Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

jueves, 11 de febrero de 2016

Miopía

Victoria es miope y sus ojos parecen enormes tras sus gafas de culo de botella. Victoria es miope, y eso quiere decir que forma imágenes en algún punto anterior a la retina, y por eso las lentes de sus gafas son divergentes y hacen que los rayos de luz converjan un poco más lejos del cristalino, en la retina.
Entrecierra los ojos cuando no lleva gafas y quiere leer algo distante, y parece que desaparecen y su cara es llana como la efigie de un fantasma. Sin embargo, cuando quiere tener algo cerca, tan próximo que pueda quemarlo con su respiración febril, la miopía juega a su favor: sus ojos enfocan con mucha más facilidad que los de una persona emétrope.
Por esa razón, cuando Jack está muy cerca sus ojos son enormes mares negros en los que ahogarse. Victoria es miope y puede observar su rostro lleno de imperfecciones de manera casi científica, saltando acrobáticamente entre manchas y arrugas, observando sus ojos perfectos luchando por mantener el enfoque con sus ojos ---los de ella--- imperfectos.
Jack, que nunca ha estado en Francia, le recita con un acento torpe y americano

Quand, les deux yeux fermés, en un soir chaud d'automne, 
Je respire l'odeur de ton sein chaleureux, 
Je vois se dérouler des rivages heureux
 Qu'éblouissent les feux d'un soleil monotone. 

 Y Victoria, que ha vivido en París, le responde con un acento suave y chino

--- C'est la fièvre, imbécile.

martes, 2 de febrero de 2016

Amanece en el Cáucaso, y un hombre

Amanece en el Cáucaso y un hombre corre montaña abajo esquivando ramas de altos árboles. Busca con la mirada cualquier cosa que pueda hacerle perder el equilibrio, evita fugazmente caerse y rodar durante centenares de difíciles metros. Podría ser cualquiera: la escena se ha repetido desde que antes de que el Cáucaso se llamase así, desde que por primera vez una mujer abrió los ojos en una terraza natural para encontrarse con el sol bañando de luz un valle alpino. En ese momento en que los temores de la noche se disipan y se esconden en algún lugar entre el verdor del bosque y la nieve de la cúspide. En la zona gris de roca, donde viven los dioses menores.

Los miedos nocturnos también se han repetido muchas veces desde que alguien concibió el mundo como tal. No sólo allí: la gente tiene miedo en una balsa en medio de un río por la noche así como la gente tiene miedo cuando está oscuro y fuera de la tienda sólo suena el viento jugando con las dunas. Pero amanece en el Cáucaso y un hombre choca contra un árbol porque su mirada fugaz no ha contemplado todas las posibilidades que existen de que algo salga mal. El hombre pierde el equilibrio y de hecho agradece chocar contra el árbol en lugar de seguir rodando montaña abajo.

La ladera oeste de la montaña sigue en penumbras, bajo la sombra del pico. Todo sigue oscuro, el hombre todavía cree que está sumido en la hora del lobo, corre y corre bajando la ladera hacia el valle verde. Pero apoyado en el árbol con el tórax oprimido ha sido capaz de ver la tenue luz del sol iluminando las copas de los árboles, y sabe, porque amanece en el Cáucaso y un hombre que, como todo hombre atemporal, sabe por dónde sale el sol y por dónde se esconde, no puede esperar a seguir corriendo en dirección contraria a la sombra que ya sube por la falda de la montaña. Él, el hombre que corre hacia el llano, y la sombra, que corre hacia la zona gris de roca, donde viven los dioses menores.

Amanece en el Cáucaso, y el hombre vuelve a correr con más fuerza a pesar de que el pecho le duele a causa del golpe. El duro aire frío de la mañana le perfora la garganta mientras a su alrededor todo se ilumina paulatinamente. Pero él no lo sabe porque tiene sus ojos fijos en el frente donde pega el sol y no a sus lados donde sólo se intuye. Es una escena que sucede desde que la mujer se yergue por primera vez en la terraza para contemplar y escuchar el mundo. Pero es difícil no escuchar a las aves nocturnas cuando se despiertan las diurnas.

La oscuridad se acerca al hombre y el hombre tiene miedo. Miedo porque sabe de dónde viene la oscuridad, porque sabe que es aún más rápida que la luz. Se prepara para chocar, corriendo más rápido para evitar ser arrastrado hacia la zona gris de rocas que hay entre el bosque donde viven los pueblos del Cáucaso y la nieve, donde nunca nadie ha podido mirar. Cierra los ojos con fuerza y acelera, se prepara.

Amanece, y el hombre abre los ojos en mitad del bosque iluminado. Se gira, pero no puede encontrar ni rastro de la sombra. Así es como sucede ---y lleva sucediendo desde que por primera vez una mujer abrió los ojos al sol del Cáucaso.

Anochece en el Cáucaso y el hombre por fin se encuentra a la mujer. ``Te he visto correr hacia la oscuridad,'' le dice ella, ``pero parece que la oscuridad se había ido cuando llegaste.'' Él no entiende (él nunca lo entiende) y entra, se echa a dormir unas eras más. Ella mira las sombras del valle y tiene miedo. Los temores nocturnos vuelven cada vez que la zona gris queda oscurecida, y se apoderan de la gente del valle.

Pero ella no teme a la oscuridad. Teme que él corra hacia la luz sin darse cuenta de que a su alrededor ya ha amanecido.

lunes, 1 de febrero de 2016

En Hong Kong también es Navidad

En Hong Kong diciembre dista mucho de ser un mes frío. La temperatura media ronda unos diecisiete grados centígrados y es un mes relativamente seco.

Por otra parte, Hong Kong es una urbe superpoblada. La densidad media es de unos seis mil quinientos habitantes por kilómetro cuadrado.

Entonces, ¿por qué coño se siente tan frío y solo?

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Dancin bitchez

Se trata de un lugar al aire libre. Es verano, y hace calor. Unas gotas de sudor perlan mi frente, incomodándome. Hay humedad, y el traje de noche, aunque elegante y bien escogido, incluso cómodo –para ser un traje- no puede evitarme el sudar.
Es una especie de patio arbolado. El suelo está cubierto por baldosas y flores y plantas la mar de bien cuidados nos rodean por doquier. La situación no es de congoja. Acorralado por la vegetación y asediado por el clima, no me vengo abajo. Un grupo de música desconocido para mí toca algo indeterminado –me fijo en que el bajista no es muy bueno- y una brisa, agradable aunque algo cálida, hace ondear ligeramente las faldas de las demás mujeres como si fueran banderas multicolor.
Seguiría describiéndome a mí mismo, pero la verdad es que no me interesa lo más mínimo. Estoy en ese lugar al aire libre, posiblemente cerca del mar, quizá cerca de un río, porque puedo bailar con ella. La agarro por la cintura, acercándome peligrosamente a su nalga izquierda. La otra mano sobre el hombro, y parecería que estuviéramos bailando un vals o un tango si no fuera porque no tengo ni idea de qué toca el bajista. Yo me muevo desacompasadamente, porque ni sé bailar ni nunca me he molestado en aprender, y ella lo hace algo mejor que yo porque es imposible hacerlo peor. No sé de qué color va vestida, porque la luz no es muy buena y tengo problemas para distinguir los colores, pero sí sé que va ceñida. Su cintura estrecha y sus caderas anchas quedan remarcadas por el estrecho vestido de noche. Algo escotado, sin ser impertinente, me importuna con su sonrisa, más cautivadora que socarrona. Si ya es alta por sí misma, los tacones que luce la sitúan a mi altura, posiblemente más. Casi seguro que más, pero resulta incómodo imaginarse a la mujer más alta que el hombre. Puedo hundir mi rostro en su hombro y sentir como su nariz y su barbilla se acomodan en el mío. Aspiro con delicadeza, sin hacer ruido –puesto que habría parecido grosero o quizá ofensivo-, y un suave perfume a cítricos me inunda las fosas nasales. Considero que ella es bastante dulce, así que el contraste ácido del olor a mandarina me hace sonreír y ella cree que sonrío porque ella me hace sonreír a mí y en parte tiene razón.
El jardín bien arreglado se ha convertido en una pista de baile improvisada –o no tan improvisada, quizá los anfitriones lo habían dispuesto así- y me resulta curiosa la intimidad que ofrece un abrazo bailarín. Podemos susurrar  sin vernos la cara más que de vez en cuando, echando el cuello hacia atrás en una postura incómoda, como tratando de cerciorarnos que seguimos siendo ella y yo y que nadie ha tenido la extraña idea de intercambiarse por alguno de los dos mientras estábamos enfrascados disfrutándonos mutuamente.
No giramos. No damos vueltas ni volteretas ni realizamos movimientos complejos. Una parte de mi cerebro está dedicada a no pisar sus pies, débiles ahora que usa zapatos de tacón, y la otra parte de mi mente, la que está más o menos libre, la dedico a grabar en alguna parte de mi cerebro lo que está ocurriendo. Normalmente es más fácil recordar un suceso traumático. Tienes un accidente de coche y o bien lo recuerdas perfectamente y con horror durante noches interminables o bien tu mente lo borra por completo y sigues viviendo como si nunca hubieras estampado el auto. Los recuerdos buenos son distintos: a los dos días crees que lo recordarás toda la vida. A los dos años, no recuerdas el color del vestido, el dibujo de su sonrisa o la cantidad de compases que falló el bajista. Es fácil recordar el dolor causado por un cristal al atravesar algún tendón; atroz, posiblemente. Recordar un rostro, una boca abierta y la completa disposición de sus dientes, eso es realmente difícil.
Así que me cuestiono su existencia mientras bailamos –o lo intentamos- y accedo a que su sola presencia dote de sentido a aquel traje incómodamente cómodo y aquellas pequeñas gotitas de sudor que me molestan pero a ella no le importan. Es demasiado bonita para estar a mi vera, pero lo está. Por supuesto, he visto a mujeres más bonitas. Pero no esta clase de bonito. He visto caras objetivamente más proporcionadas, pómulos más elevados, labios más rojos y carnosos. He visto fisonomías matemáticamente más sugerentes. Pero ella es la más bonita de todas, esta noche, y no de un todas que sólo comprende las demás mujeres del baile, sino un todas que las comprende a todas en un sentido mucho más amplio.
Entonces bajo la mano, con alevosía, hacia su culazo y se lo aprieto con ternura. Con ternura porque no pretendo excitarla. Ella me conoce y me tiene confianza y simplemente me entiende sin que le diga nada: hablamos nuestro propio idioma y yo le aprieto el culo y ella no se enfada ni se excita ni se deja llevar por las convenciones sociales, sino que se ha molestado en aprender mi dialecto personal y entiende al instante que le estoy expresando ternura y entonces, ella, que es algo más convencional que yo –aunque no mucho- me abraza con fuerza y puedo sentir como sus senos se aprietan contra mi pecho y, aunque ella no lo pretendía, yo sí me excito un poco. Los hombres somos mucho más fáciles de excitar.
Recuerdo el abrazo porque está ocurriendo ahora mismo. Me rodea el cuello con ambos brazos y mi nariz roza el suyo. He dejado de apretarle el trasero y he dejado también las manos tontas. Si no sé bailar, es natural que tampoco sea el mejor abrazador del mundo. Estoy cansado, tengo sueño y la corbata me pesa pero agradezco el contacto físico y hasta me permito cerrar los ojos para sentir ligeramente más el roce de nuestras dermis.
Estamos perdidos en un mar de buenos bailarines y me asombro de la facilidad con la que pasamos desapercibidos. Estamos teniendo un momento intimísimo, mucho más que el sexo, más íntimo que la relación profesor-alumno, más íntimo que la amistad que hay entre un ciego y su perro lazarillo. Estamos rodeados por desconocidos, a la vista de cualquiera que se atreva a mirar, engarzado el uno en los brazos del otro, relampagueando y tronando completamente en silencio. Hemos formado un fuerte, una burbuja o un muro intraspasable. Estamos ella y yo y no estamos haciendo nada más que movernos al son de una música que no oímos y teniendo una conversación tácita en la que por supuesto no intervienen las palabras.
Y finalmente nos fuimos a dormir, tardísimo. Más que tarde. Realmente tarde. Y a las 11 en punto, ella se despierta y me despierta mí. Apaga la alarma, me mira con tanta ternura que casi siento un pellizco en mi nalga izquierda, y me da los buenos días de tal forma que por cojones iba a serlo. Y luego se da la vuelta y se vuelve a dormir, exhalando un pequeño suspirito que quizá se puede confundir con el rugido de una leona.
Yo dirijo la mirada hasta su figura y compruebo que las sábanas dejan al descubierto su culazo desnudo. Sacudo la cabeza como un perro lazarillo al que acabaran de duchar a traición. Me levanto y con cautela salgo, cerrando la puerta con cuidado sumo para evitar despertarla.

Al fin, enfilo el pasillo, dirección a echarla de menos.

domingo, 31 de agosto de 2014

Onirismos: El gatito azul

Sueño que me encuentro en una capilla académica junto a L. un otoño, y que estamos escuchando a un coro de estudiantes cantar Joia en el món. Me hace gracia imitarlos de vez en cuando, y como hay una pequeña columna entre ambos, aparezco por la parte de delante cantando la parte de las voces femeninas, y de repente me voy y aparezco por la parte de detrás cantando la parte de las voces masculinas, en respuesta (i canta sa llaor, i canta sa llaor, i cantaaa i caaaanta sa llaor). Ríe.
Entonces ella se pone mi abrigo y decidimos salir al aire frío. Opino que qué bien, porque viendo cómo le queda a ella puedo hacerme una idea de cómo me queda a mí. Es un abrigo largo y oscuro que tiene una capucha, también oscura. Le pregunto si me queda mejor con o sin la capucha, y me dice que sin -obviamente-, pero que igual me conviene llevar capucha, al menos hasta que aprenda a conducir.
O eso o un sombrero, vaya. Bromeo diciendo que igual me compro un bombín, pero ella se refería más a un gorrito de lana como los que lleva ella. Le digo que sí, que lo sé. Veo su imagen constantemente.

Poco después decidimos volver a la capilla y encontramos a una señora y su nieto jugando con un gatito en las escaleras. El gato tiene muy poco pelo, repartido aquí y allá con mechones largos e irregulares, acabados en azul -no un azul natural, sino un azul tintado. El niño repite una y otra vez que menos mal que su abuela lo ha salvado del sastre, que era malo con él.
Me acerco, aunque L. sigue subiendo las escaleras. Pregunto qué hacía el sastre con el felino, y la mujer me mira sonriente y dice "Esto." Acto seguido arranca un mechón de pelo del gatito de manera brutal, y él no se inmuta. Aunque lo intento supongo que mi cara refleja el horror de la situación, y la mujer dice que está bien, lo han salvado y estará mejor pronto.
Le digo a L. que venga pues, por lo que sé, le encantan los animales. Ella viene, pero se queda mirando al gato sin ninguna emoción visible. Supongo que ya no le gustan las mismas cosas.

sábado, 21 de junio de 2014

Estoicismo resentido

Hoy pensaba en este poema de Kavafis, el poeta de la ciudad de Alejandría.

Y si no puedes hacer tu vida como la quieres,
en esto esfuérzate al menos
cuanto puedas: no la envilezcas
en el contacto excesivo con la gente,
en demasiados trajines y conversaciones.
No la envilezcas llevándola,
trayéndola a menudo y exponiéndola
a la torpeza cotidiana
de las compañías y las relaciones,
hasta que llegue a ser pesada como una extraña.

sábado, 10 de mayo de 2014

Unoriginal couch request, I: ¡París!


Un viaje por el interior de la psique humana, y de algunas capitales europeas.

15 de junio: Me tomo un Vallinaccio y, para mi galopante desagrado, sabe a café. Ahora me arrepiento de no haber pedido azúcar. Esperamos el avión.

Girona, o alguna lugar cerca de; esperamos el autobús. Gerard ha tirado el vaso.

(Lidl y esa bolsa que nos acompañó hasta Suecia)

Quizá no salgamos de Girona. ¿Billetes de autobús? Bien, tal vez. Capturas de una página web. Sólo cabe esperar la friolera de cuatro horas para saberlo, cogiendo, en el mejor de los casos, el tren en la madrugada.

16 de junio: Buena noticia, no ha hecho falta esperar cuatro horas. Dicho autobús no existía: a G. le ha vendido el billete un gnomo. Noche de mierda en el aeropuerto. G. no ha podido dormir.
Nos hemos lavado la cabeza en los aseos públicos. (Hemos desayunado tostadas con atún).

En Perpignan todas las chicas con monas, todo el mundo está enfadado. Los anuncios son dados en francés y en español. La estación, el único lugar en el que hemos estado, aparte de un cíber de beurre y un supermercado, es un lugar horrible que se jacta de haber hecho comprender a Dalí el sentido de la creación. (Apuntes en este párrafo: “la manzana de G.”, “me ofrecen marihuana”).
Te cobran por usar los lavabos. Delante, una pareja retoza alegremente en otro andén, él de gris y ella llevando un vestido y medias, sirviendo de contraste con los trenes de alta velocidad.
En otro orden de cosas, Eichmann en Jerusalén es sorprendente: lleno de datos curiosos y reflexiones, que muestran a un asesino exasperantemente tonto, bobo, incapaz de pensar.
Y la pareja sigue retozando...
(Aurélie: 47 rue Vivienne. “Hazak”. 2nd elevator, 7th floor, the door on the right)

17 de junio: ayer nos acogió, a última hora y con prisas, una francesa hawaiiófila que toca el ukelele. Estuve cerca de una hora preguntando a la gente para encontrar su casa, dando vueltas por Grands Boulevards. (Chucrut)
Ahora escribo estas líneas en los jardines del Louvre, mientras Gerard da de comer a los pinzones y palomas, al lado de un grupo de ¿chinos? (más morenos que los japoneses), mientras un ¿musulmán? ¿senegalés? juega con sus caros perros negros. Un cuervo observa las palomas con delectación.
Hemos alquilado una habitación en Paris-Clichy, albergue Léo Lagrange, en 107 rue Martre.
Nos ha asaltado un comando de pedigüeños sordomudos muy violentos.
Una disgresión: aún recuerdo la guardia militar armada del metro, y nosotros sin saber dónde dormir. Una japonesa asustada y demás stuff.

Hemos ido a comer al hostal y hemos comprado comida -y un melón que no nos hemos comido. Luego hemos salido y hemos ido a Notre Dame y la Shakespeare & Company -una librería con Jam Session, una japonesa pianista que tocaba de maravilla, una improvisación – miraba la partitura del Praeludium XVI de Bach, pero no era eso. Luego ha presentado unas variaciones sobre el Praeludium XX, y ha venido el resto de la banda. Hemos comprado A farewell to arms, de Hemingway, y Mother Night, de Vonnegut. (Adición posterior: la estudiante de intercambio de Washington D.C. que nos indicó el camino a la librería y que se quejó de que los franceses hablasen tanto francés). Luego hemos ido a ver la Torre Eiffel, bajo cuya base nos hemos sentado y hemos hablado en un parque lleno de cuervos. (Conversación sobre videojuegos)
La habitación del hostal tiene tres camas, una de las cuales está ocupada por un canadiense borde (esto está tachado: me hizo un regalo) y medio rubio, medio pelirrojo (es quebecois). He perdido las llaves, nos he costado 16€. (Notas en el párrafo: “el canadiense nos despertó a las seis de la mañana”, “las llaves estaban en mi bolsillo”)
Ayudamos a una muchacha mexicana, mona y simpática, con el ordenador.
(Adición posterior: “¡París! DondelaschicassonmonasperonotantocomoenPerpiñán, ¡París!”)

18 de junio: Abandonamos el hostal, nos encontramos a la mexicana en el ascensor. Desayunamos.
Ya lo dijo Descartes: “Joderme a mí es joder al más grande.” (¿De dónde coño sale esto? Y, ¿por qué yo no tengo la idea de infinito?)

Sentados, escribiendo junto al Princesa Guerrera, la perspectiva de pasar la noche en vela rondando por París no parece tan horrible.
Hemos ido a las estaciones de tren y, estúpidos de nosotros, debimos reservar cuando éstos no estaban aún llenos. La solución ha sido un tren hacia Colonia a las 6:00h, y luego de allí a Berlín. Mientras escribo esto me ha asaltado la sensación de estar en París, por primera e irremediable vez.
Después fuimos al castillo de Vincennes y al Parc Floral, donde Quizzy Brown (Push Up) nos ha deleitado con funky-jazz bajo la lluvia.
Más tarde, fuimos a casa de David Arambrosky (¿Abramovitz?) -o algo así-, concertino de piano y homosexual (visiblemente en orden invertido, como él), de la cual nos ha echado educadamente (Abramuse face). He podido tocar su piano de cola.
De allí a S&C, pasando por una siniestra tienda de chinos que me han cambiado la maleta rota por tres ovejas y una virgen.
He estado leyendo a Arendt mientras escuchaba a un muchacho tocar el piano en la Shakespeare.
Gerard me explica por qué huele tan mal el Sena, en términos biológicos. (No recuerdo nada).

19 de junio: Consternación. Paseamos, encontrando muchachas borrachas y lo que G. asegura es una actriz porno (Liza del Sierra). Entonces huimos y, cogiendo el metro parisino por última vez, llegamos a la Gare du Nord. Allí, un simpático vagabundo -aunque probablemente no sea ése el término- nos guía hacia un bar que, dice, está abierto toda la noche -en este punto debo hacer notar que necesitábamos un lugar donde pasar la noche antes de que abriesen la estación, a las cuatro y media (y que soy idiota). En dicho bar, caro como él solo, todo cobra un aire extremadamente hostil, desde el Je t'aime... Moi non plus de Gainsbourg y Birkin, hasta el camarero que ofrece los servicios carnales de dos muchachas o -quizá, mi francés no llega a tanto- drogas, o me pregunta por qué me sangra la nariz (Me sangra la nariz). El caso es que lo hace con secretismo, y se arrepiente en seguida. Permanecemos allí hasta las cuatro, cuando salimos a las frías calles parisinas y esperamos a la salida de la Gare du Nord.
Mientras escribo esto, Gerard dormita a mi lado mientras esperamos el tren que nos ha de llevar a Colonia y, de allí, a Berlín.