Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

viernes, 28 de septiembre de 2007

La Columna del Odio

Este título y esta idea la saqué del blog de los amigos de un gran profesor que tuve, de todas formas, gracias al tal Xu.

Se supone que aquí tengo que hablar de lo que odio, pero si lo hago me extenderé más allá de los límites de lo permitido y provocaré la ira de Eru/Ilúvatar.

El odio, como bien dijo el Maese Xu, tiene muy mala prensa, pero es necesario para mantener unida una sociedad.

Bien, dedicaré esta primera edición/plagio de la columna del odio a despotricar contra la gente feliz. No contra la gente feliz en general, todos tienen derecho a ser como quieran, pero sí contra esa gente que no tiene otra cosa que hacer que decirle al mundo que es feliz, esa gente que nos hace sentir inferiores porque ellos están bien, claro, que uno se pregunta el porqué de que si son tan felices tienen que ir demostrándolo a todo el mundo.
Me refiero a esa gente tan empalagosamente feliz que uno tiene de pronto la sensación de que ha entrado en un anuncio de compresas, como el final de El Retorno del Rey, cuando Frodo está sentado en la cama y exclama 'Gandalf', y el viejo (al que por cierto le gustan MUCHO los hobbits) ríe, y Frodo ríe, y aparece Aragorn, hijo de Arathorn, descendiente de Isildur, hijo de Elendil y hermano de Anarion; y el gueyfo, y todo eso...
Bueno, no nos distraigamos de nuestro cometido, me refiero a esa gente tan feliz que a uno le da la sensación de que no podrá soportar mucho más y les vas a echar la bilis en su jodida cara de felices, coño.
Esa gente que uno piensa 'Joder, tanto tiempo intentando encontrar sere humanos inferiores para tener cabezas de turco y resulta que viven la mar de felices, en Joyland, el país de la gente feliz, con árboles de colores, rosas por todas partes, paté de atún, y amor. Ojalá las rosas tengan espinas y el paté de atún salmonela, y que con tanto amor les entre una enfermedad venérea, joder.'

Bueno, hasta aquí he despotricado, intentaré seguir despotricando más a menudo.

Shallom!

lunes, 24 de septiembre de 2007

Poema

Yace muerta, muerta, muerta y fría,
así yace el alma mía.
Yace sin vida, sin vida, sin vida ni conciencia,
que no despertará, ni la más avanzada ciencia.

Era ella la más hermosa,
esbelta y grácil cual la rosa.
Era ella toda simpatía y alegría,
pero ahora yace ya bien fría.

Ella a mí me enamoró,
mi alma decoró,
de cálidos pensamientos,
que ahora de consuelo están sedientos.

Ella yace frente a mí,
con su dulce aroma de alhelí.
Ella yace en el suelo,
como mi alma sin consuelo.

Cálida era su dulce boca,
ahora es tormento, una horca.
Cálida era su suave piel,
ahora comparable a la hiel.

Su rostro es hermoso,
ver su sonrisa, gozoso;
pero tras ella se esconde la máscara vil
de la muerte, que tiene lo menos mil.

Yace muerta, en plenitud de la vida,
la menos dichosa jamás vivida.
Yace muerta, ha vivido suficiente,
no volverá más a este horror emergente.

Ella se descompondrá,
y mi amor no resucitará
por nadie más,
nunca, jamás.

¡Ea, pues, amada mía!
La más amada mientras vivía.
Marcha, pues, querida,
marcha ya a tu nueva vida.


Un servidor

¡Oh, mi yo! ¡Oh, vida!

Walt Whitman

¡Oh, mi yo! ¡oh, vida!
de sus preguntas que vuelven,
Del desfile interminable de los desleales,
de las ciudades llenas de necios,

De mí mismo,
que me reprocho siempre (pues,
¿quién es más necio que yo, ni más desleal?),
De los ojos que en vano ansían la luz, de los objetos
despreciables, de la lucha siempre renovada,
De lo malos resultados de todo, de las multitudes
afanosas y sórdidas que me rodean,

De los años vacíos e inútiles de los demás, yo
entrelazado con los demás,
La pregunta, ¡Oh, mi yo!, la pregunta triste que
vuelve - ¿qué de bueno hay en medio de estas
cosas, Oh, mi yo, Oh, vida ?

Respuesta

Que estás aquí - que existe la vida y la identidad,
Que prosigue el poderoso drama, y que
puedes contribuir con un verso.

¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán!

Walt Whitman

Oh Capitán, mi Capitán:
nuestro azaroso viaje ha terminado.
Al fin venció la nave y el premio fue ganado.
Ya el puerto se halla próximo,
ya se oye la campana
y ver se puede el pueblo que entre vítores,
con la mirada sigue la nao soberana.

Mas ¿no ves, corazón, oh corazón,
cómo los hilos rojos van rodando
sobre el puente en el cual mi Capitán
permanece extendido, helado y muerto?

Oh Capitán, mi Capitán:
levántate aguerrido y escucha cual te llaman
tropeles de campanas.
Por ti se izan banderas y los clarines claman.
Son para ti los ramos, las coronas, las cintas.

Por ti la multitud se arremolina,
por ti llora, por ti su alma llamea
y la mirada ansiosa, con verte, se recrea.

Oh Capitán, ¡mi Padre amado!
Voy mi brazo a poner sobre tu cuello.
Es sólo una ilusión que en este puente
te encuentres extendido, helado y muerto.

Mi padre no responde.
Sus labios no se mueven.
Está pálido, pálido. Casi sin pulso, inerte.
No puede ya animarle mi ansioso brazo fuerte.
Anclada está la nave: su ruta ha concluido.
Feliz entra en el puerto de vuelta de su viaje.
La nave ya ha vencido la furia del oleaje.
Oh playas, alegraos; sonad, claras campanas
en tanto que camino con paso triste, incierto,
por el puente do está mi Capitán
para siempre extendido, helado y muerto.

Versión de Nicolás Bayona Posad

domingo, 23 de septiembre de 2007

mutilamiento humano

olaa? bueno no se exactacmente donde me e metido TT.TT

BUENO narrare una historia estupida que trata sobre gente estupida a la que le sobran las estupididas estupideces.

volvamos a una sesión fotografica en un desguace de coches, donde Evie y yo tenemos que trepar por los montones de chatarra con unos bañadores de Hermaun Macing tan estrechos que se te adhieren a la piel.
Evie empieza a decir:
- ah hablando de tu hermano mutilado....
No es mi fotografo ni mi director artístico favorito.
Cuando las esquirlas se colocan muy cerca unas de otras, acaban formando fibroblastos y uniéndose entre si . Otra palabra tecnica.
Fibroblastos
Es lo ultimo que me faltava por oir.
No puedo hablar.
No puedo reir.
Solo puedo tomar liquidos.
Nadie me mira. Soy invisible
Lo unico que deseo es que alguien me pregunte que ha pasado.
Me comieron la cara los pajaros responderia.
No tengo mandibula inferiror.
No tengo vida.
¿No quieres enamorarte?
I de que me serviria nadie es capaz de querer a alguien que no tiene labios, que no tiene cara.
El fotografo dice en mi cabeza: Dame paciencia.
Flash.
Dame control.
Flash.
Entro en un supermercado , no se porque , no tengo dinero pero decido llevarme un pavo. R ebusco entre el monton de pavos congelados, entre el amasijo de bultos color carne que hay en el congelador. Rebusco asta que encuentro el mas grande , y lo cojo como si fuera mi hijo.
Lo siento mama. Lo siento Dios.
hablando de cirujia plastica, estudie lo que podia hacer por mi .
habia cirujanos a montonesy estaban los libros que compraban , Con fotos.Las fotos eran en blanco y negro gracias a Dios, y los cirujanos me explicaban que aspecto tendria tras años de dolor.
la cirujia plastica suele empezar por algo llamado pedículo, hay que seguir las pautas
Con todo lo que e aprendido podria ser medico.
los cirujanos decian que podias quitarte un trozo de piel de un sitio y ponertelo en otro. Pero no es como injertar un arbol.La sangre, las venas y los capilares en inferto vivo.
para hacer un injerto de piel , para reconstruir la mandibula , tienes que quitarte una buena franja de piel del cuello , cortar desde la base del cuello sin que el corte afecte a la piel de arriba.
imaginad un especie de estandarte o de tira de piel que cuelga del cuello pero sigue sujeta a la cara.Como la piel sigue sujeta a ala carne , recibe el flujo sanguineo ,esta tira de piel sigue viva.
luego se coge la tira de piel y se enrolla hasta formar un cilindro o una columna.
se deja enrollada hasta q se cura y se convierte en un trozo de carne que cuelga en la parte posterior del rostro.Tejido vivo. Lleno de carne , sangre sana , que cuelga caliente y te roza el cuello . esto es un pendiculo.
dermobrasion no se si es la palabra adecuada, pero es la primera que pasa por mi mente.
dame terror.
Flash.
dame panico.
Flash
soy una drogadicta, adicta al sexo , que va los domingos a una iglesia por la noche a concentraciones masivas de gente con los mismos problemas a desentoxicarte con el metodo de los 12 pasos , por ahora voy por el cuarto para matar mi tiempo libre , llevo cada dia a casa una piedra y la lavo en el lavavajillas y le pongo nombre , al fin de ocupar un espacio en mi tiempo
vicioso.

Nadie salvo yo , me entiende.

sábado, 22 de septiembre de 2007

El almohadón de pluma

Horacio Quiroga

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial.
Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
-¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
-Pst... -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio... poco hay que hacer...
-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.
-Pesa mucho -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

For the Blood is the Life (1911)

Francis Marion Crawford

Cené en el crepúsculo sobre el tejado de la vieja torre, ya que estaba fresco ahí durante el gran calor del verano. Aparte, la pequeña cocina había sido construída en una esquina de la gran plataforma, lo cual resultaba más conveniente si las fuentes tenían que ser llevadas por la empinada escalinata pétrea, rota en varios lugares y por todos lados agrietada por los años.
La torre era una de aquellas construcciones ordenadas en el sureste de Calabria por el emperador Carlos V, a principios del siglo XVI para vigilar el avance de los piratas bárbaros, cuando los infieles se aliaron a Francisco I contra el emperador y la Iglesia. Estaban hecha ruinas, un par aún permanecían intactas, y la mía era una de las más grandes. Como entró en mi patrimonio diez años atrás, y porque gasté parte de cada año en ella, son materias que no conciernen a este relato. La torre se elevaba en una de los más solitarios puntos de Italia meridional, y en el extremo de un promontorio curvo, que forma un pequeño pero seguro puerto natural en la parte sur del golfo de Policastro, y justo al norte del Cabo Escala, el lugar de nacimiento de Judas Iscariote, según una vieja leyenda local.
La torre se eleva en esta porción del terreno, y no hay otra casa que pueda ser vista en un radio de tres millas de ella. Cuando vine, tomé un par de marinos, uno de ellos un experto cocinero, y cuando estuve lejos lo dejé a cargo de un pequeño hombre que una vez fue un minero y que se amigó conmigo tiempo atrás.
Mi amigo, quien algunas veces me visita en mi soledad estival, es un artista de profesión, de origen escandinavo, y un cosmopólita debido a la fuerza de las circunstancias. Nosotros cenamos al crepúsculo; el brillo del atardecer se había disipado de nuevo, y la tarde púrpura había caído en la vasta cadena de montañas que atravesaban el golfo hacia el este, y se alzaban más alto a medida que se van hacia el sur. Hacía calor, y nos sentamos en una de las esquinas de la plataforma, esperando por el rocío de la noche. El color se hundió desde el aire, hubo un pequeño intervalo de tinieblas, y una lámpara envió una veta amarilla desde la puerta abierta de la cocina donde los hombres estaban preparando la comida.
Entonces la luna surgió súbitamente sobre la cresta del promontorio, inundando la plataforma e iluminando cada pequeño guijarro de roca y mata de hierba bajo nosotros, bajo el filo del agua calma. Mi amigo prendió su pipa y se sentó mirando un punto en las colinas. Supe que estaba mirando, y por un largo tiempo me pregunté si habría visto algo que hubiera acaparado su atención. Había pasado un largo tiempo desde que habló por última vez. Como la mayoría de los pintores, él confiaba en su propia vista, como un león confía en su propia fuerza y un venado en su velocidad, y él siempre se molestaba cuando no podía reconciliar lo que veía con lo que él creía que tenía que ver.
- Es extraño - dijo. -¿Ves aquel pequeño montículo justo en aquel lado?
- Si - repuse, y supuse lo que vendría.
- Parece como una tumba - observó Holger.
- Es verdad. Parece como un sepulcro.
- Si - continuó mi amigo, con sus ojos aún fijos en el punto. - Pero lo extraño de esto es que veo el cuerpo yaciendo sobre la misma, por supuesto, - continuó Holger, volteando su cabeza como lo hacen los artistas - debe ser un efecto de la luz. En primer lugar, no es una tumba. Segundo, si lo fuera, el cuerpo debería estar dentro y no fuera. Entonces, debe ser un efecto de la luz de la luna. ¿Lo puedes ver?
- Perfectamente; siempre lo veo en las noches de luna.
- No parece interesarte mucho - dijo Holger.
- Por el contrario, esto me interesa, pero ya estoy un poco cansado. Tu no estás tan equivocado, sin embargo. El montículo es realmente una tumba.
- No puede ser - gritó Holger, incrédulamentey.
- No, -respondí - no puede ser. Lo se, porque he tomado el trabajo de ir allá y verlo.
- ¿Entonces qué era? - preguntó Holger.
- Nada
- ¿Entonces es sólo un efecto de la luz, supongo?
- Quizás lo es. Pero la inexplicable parte del asunto es que no hay diferencia si la luna ha salido o se pone, o si está en creciente o menguante. Si hay alguna luz de luna, desde el este o del oeste, mientras brilla sobre las piedras, uno puede ver el contorno del cuerpo.
Holger removió su pipa con la punta de su cuchillo y usó su dedo como tapón. Cuando el tabaco ardió bien, él se levantó de su silla.
- Si tu no lo piensas - dijo - iré abajo y miraré el montículo.
Me dejó, cruzó la azotea, y desapareció bajo los oscuros escalones. No me moví, pero me senté mirando hasta que lo vi salir de la torre. Lo escuché canturrear una vieja canción danesa mientras cruzaba el espacio abierto bajo el brillo de la luna, dirigiéndose directamente hacia el misterioso montículo. Cuando él estaba a diez pasos de él, Holger se paró, avanzó solo dos pasos y luego retrocedió cuatro y nuevamente se paró. Sabía lo que eso significaba. Él había llegado al punto donde la cosa dejaba de ser visible, donde, como el hubiera dicho, el efecto de la luz cambiaba.
Entonces él regresó al montículo y se paró sobre él. Podía ver aún la cosa, pero ya no estaba tendida sobre la piedra; ahora estaba como arrodillada, rodeando con sus blancos brazos el cuerpo de Holger y mirando en su rostro. Una fría brisa conmovió mi cabello en ese momento, y el viento nocturno comenzó a soplar desde las colinas, pero sentí como si fuera la respiración de otro mundo.
La cosa pareció como que trataba de escalar por sus pies, ayudándose por el cuerpo de Holger, mientras este permanecía erguido, quizás inconsciente de eso, aparentemente mirando hacia la torre, que es muy pintoresca cuando la luz de la luna cae por aquel lado.
- ¡Regresa! -le grité-. ¡No te quedes ahí toda la noche!
Me pareció como que él se movió muy a su pesar, como que bajó del montículo, con dificultad. Eso fue. Los brazos de la cosa aún estaban rodeándolo por la cintura, pero sus pies no podían dejar la tumba. A medida que él lentamente se movía hacia adelante, se iba cubriendo con una especie de corona de bruma, ligera y blanquecina, hasta que vi claramente cuando Holger se sacudió, como cuando alguien se asusta. En el mismo momento un leve gemido de dolor llegó a mis oídos a través del viento. Pudo haber sido una pequeña lechuza que vive sobre las rocas, y la brumosa presencia se replegó suavemente cuando la figura de Holger comenzó a avanzar y dejó el montículo.
De nuevo sentí la fría brisa en mi cabello, y esta vez una helada sensación de horror bajó por mi espina. Recordaba muy bien cuando yo mismo había ido al montículo, bajo la luz de la luna; había estado allí cerca, y no había visto nada; como Holger, fui y me paré encima del montículo; y recordaba como, cuando volví, estaba seguro que no había nada allí, y de pronto tuve la convicción que habría algo si solo miraba detrás mío. Recordaba la fuerte tentación de mirar para atrás, una tentación que resistí como si fuera algo indigno de un hombre de sentido común, hasta que me libré, y me sacudí tal cual como Holger había hecho.
Y ahora sabía que aquellos blancos y neblinosos brazos también me habían rodeado; lo supe en un instante, y me estremecí cuando recordé que esa noche también había escuchado la misma lechuza. Pero no había sido ningún buho o lechuza. Era el aullido de la Cosa.
Recambié el tabaco de mi pipa y me serví una copa de fuerte vino del sur; en menos de un minuto Holger estaba de nuevo sentado a mi lado.
- Por supuesto, no había nada allí -dijo-, pero es escalofriante. ¿Sabías que cuando estaba volviendo estaba tan seguro que había alguien detrás mío que quería voltearme y ver? Hice un gran esfuerzo para no hacerlo.
Se río un poco, sacudió las cenizas de su pipa, y se sirvió una copa. Por un momento ninguno de los dos habló, y la luna siguió alta, y ambos miramos a la Cosa que permanecía sobre el montículo.
- Tu puedes hacer una historia sobre aquello -dijo Holger luego de un largo rato.
- Hay una -le respondí-, si no estás con mucho sueño, te la puedo contar.
- Adelante -dijo Holger, a quien le gustaban las historias.
El viejo Alario estaba moribundo en el pueblo, detrás de la colina. Tu lo recuerdas, no tengo duda. Ellos decían que él hizo dinero vendiendo joyas falsificadas en Sud América, y que escapó con el dinero luego de haber sido acusado. Como todos estos tipos, si ellos se traen algo consigo mismos, lo invierten para refaccionar sus casas, y como no había albañiles por aquí, él envió dos obreros a Paola. Ellos eran dos corpulentos pillos, un napolitano que había perdido un ojo, y un siciliano que tenía una vieja cicatriz de pulgada y media en su mejilla izquierda. Alguna vez los vi, ya que los domingos acostumbraban bajar por aquí a pescar en las rocas de la costa. Cuando Alario pescó las fiebres que lo llevaron a la tumba, los albañiles aún estaban trabajando. Como ellos acordaron que parte de sus pagas sería el alojamiento y la comida, él los hacía dormir en la casa. Su esposa había muerto, y solo tenía un hijo llamado Angelo, que era mucho más honesto que él mismo. Angelo estaba por casarse con la hijo del hombre más rico del pueblo, y extrañamente, a pesar que el matrimonio había sido arreglado por sus padres, los jóvenes novios estaban enamorados el uno del otro.
De esta manera, sucedía que todo el pueblo amaba a Angelo, y entre el resto había una salvaje y bonita criatura llamada Cristina, que parecía ser una gitana. Ella tenía labios muy rojos y ojos negros, y tenía el cuerpo de un galgo, y la lengua de un demonio. Pero para Angelo ella no tenía la menor importancia. Él era poco más que un simplón, muy diferente del truhán que era su padre; y bajo las que yo denomino circunstancias normales, realmente creo que él jamás habría mirado a otra mujer excepto a la bonita y pequeña criatura, con la que tuvo que casarse por órdenes de su padre. Pero las cosas se dieron vuelta, tanto por causas normales o no naturales.
Había también un joven y apuesto pastor de las colinas sobre Maratea que estaba enamorado de Cristina, quien parecía vivir muy indiferente de éste joven. Cristina no tenía un medio de vida estable, pero ella era una buena chica y era capaz de hacer cualquier trabajo, en pos de tener un poco de pan o un plato de arvejas, y un techo bajo el cual poder dormir. Ella era muy feliz cuando tenía algún tipo de tarea cerca de la casa del padre de Angelo. No habían médicos en el pueblo, y cuando los vecinos supieron que el viejo Alario estaba muy enfermo, Cristina fue enviada a Scalea para traer a un doctor. Esto fue casi al anochecer, y si ellos esperaron tanto fue porque el enfermo se negaba a permitir cualquier tipo de extravagancia mientras él fuera capaz de hablar. Pero mientras Cristina estuvo fuera, algunas cosas marcharon muy mal. El ábate fue llevado al lecho, y cuando hubo hecho lo que pudo, dio su opinión de que el viejo estaba muerto, lo anunció a los vecinos y dejó la casa.
Tu conoces a esta gente. Tienen un miedo físico a la muerte muy grande. Hasta que el cura habló, el salón estaba lleno de gente. Sus palabras salieron difícilmente de su boca. Cayó la noche. Todos se apuraron en llegar a sus casas, corriendo a través de la calle.
Angelo, que como habíamos dicho, estaba fuera, Cristina aún no había vuelto, la sirvienta que había cuidado al viejo durante su enfermedad, habíase ido con el resto, y el cadáver quedó solitario bajo la parpadeante luz de la lámpara de aceite.
Cinco minutos después dos hombres miraron con cautela y se movieron sigilosamente por el dormitorio. Eran el albañil napolitano tuerto y su compañero siciliano. Ellos sabían que era lo que querían. En un breve momento habían encontrado debajo de la cama una pequeña pero fuerte cajita de metal, y al siguiente instante habían dejado la casa, al amparo de la oscuridad. Había sido un trabajo sencillo, ya que la casa de Alario era la última antes del desfiladero que desemboca en estas rocas, y los ladrones habían simplemente salido por la puerta trasera, y ya estaban amparados por las rocas, a excepción de la posibilidad de encontrarse con algún campesino retrasado, la cual era casi nula, ya que muy poca gente utilizaba esa ruta. Ellos llevaban una azada y una pala, y siguieron su camino sin ningún accidente.
Te estoy contando esta historia como debió haber ocurrido, ya que, por supuesto, no hay testigos de la parte que ahora viene. Los hombres llevaron la caja a través del desfiladero, intentando enterrarla hasta que fueran capaces de regresar con un bote y tomarla. Así que debían elegir el lugar adecuado para enterrarlo dado la posibilidad que parte del dinero estuviera en títulos o en papeles, así que había que procurar un lugar seco y resguardado. Sabían que el papel se pudriría si ellos se veían obligados a dejarlo por mucho tiempo, así que cavaron su foso aquí abajo, cerca de estos guijarros. Si, justamente donde hoy está el montículo.
Cristina no encontró al médico en Scalea, ya que había sido llamado desde un lugar más allá del valle, a mitad de camino de San Domenico. Si ella le hubiera encontrado, él habría tenido que acudir en mula por el camino superior, que es más uniforme, pero también más largo. Pero Cristina tomó el atajo a través de las rocas, que pasan cerca de cincuenta pies por sobre el montículo. Los hombres estaban cavando cuando ella pasó, y ella los escuchó trabajar. No se habría marchado sin descubrir el origen de estos ruidos, y ya que ella nunca había tenido miedo en su vida, pensó que a lo mejor eran los pescadores quienes algunas veces vienen de noche para conseguir alguna roca que usar de ancla o juntar algunos leños para prender una fogata. La noche estaba oscura y Cristina probablemente se acercó mucho a los dos hombres antes de que pudiera ver que estaban haciendo. Ella los vió, por supuesto, y ellos la vieron también, e instantáneamente comprendieron que la tenían en su poder. Había una sola cosa que hacer para estar seguros, y ellos la hicieron de inmediato. Golpearon a la chica en la cabeza, terminaron de cavar el foso lo más rápido que pudieron, y enterraron el arcón de metal junto a la chica. Ellos comprendieron de inmediato que su única posibilidad de quedar absueltos de toda sospecha era la de regresar de inmediato, y no había pasado media hora que se encontraban chismorreando con el hombre que estaba construyendo el ataúd de Alario. Él era un compadre de ellos, y también había estado trabajando en las reparaciones de la casa del viejo. Hasta donde yo pude ser capaz de elucubrar, las únicas personas que supuestamente sabían donde Alario guardaba su tesoro eran Angelo y la sirvienta que había mencionado antes. Angelo estaba ausente; y fue la mujer quien descubrió el robo.
Era fácil suponer que nadie más sabía donde estaba el dinero. El viejo guardaba su caja cerrada con llave, y él mismo guardaba la llave en un bolsillo de su chaqueta, y no permitía que la mujer entrara a limpiar, a no ser que él estuviera presente. El pueblo entero sabía que él tenía mucho dinero en algún sitio, y era probable que los albañiles hubieran descubierto el lugar husmeando a través de la ventana en su ausencia. Si el viejo no hubiera estado delirante hasta que perdió el conocimiento, él se hubiera agonizado aterrorizado de pensar en sus riquezas. La fiel sirvienta había olvidado la existencia del arcón por unos momentos, cuando se marchó asustada junto a los demás. Veinte minutos habían pasado hasta que ella regresó con las dos viejas que siempre eran llamadas cuando alguien moría y que preparaban al muerto para el funeral. Cuando volvió al lecho del viejo, hizo el ademán como si se hubiera caído algo para poder tener oportunidad de agacharse y mirar debajo de la cama. Pero la caja no estaba. Había sido en la tarde que la había visto, así que habría sido robada en el corto intervalo que ella abandonó la habitación.
No había carabineros en el pueblo, no había nada parecido a una oficina municipal, ya que no había municipalidad. Creo que nunca hubo tal cosa en el pueblo. Asi fue como la vieja sirvienta que había vivido toda su vida en el pueblo, que jamás necesitó recurrir a la ayuda de ninguna autoridad civil, simplemente salió corriendo a través de la calle, en la oscuridad, gritando que habían robado la casa de su patrón muerto. Mucha gente se levantó a mirar que ocurría, pero al principio nadie pareció inclinado a ayudarla. La mayoría se murmuraban entre ellos que probablemente ella misma habría robado el dinero. El primer hombre en moverse fue el padre de la chica que se había casado con Angelo; su opinión era que la caja habría sido robada por los dos albañiles que estaban alojados en la casa. Así que organizó una búsqueda por ellos, que comenzó naturalmente en la casa de Alario y finalizó en la carpintería , donde los ladrones fueron encontrados conversando con el carpintero, que estaba terminando el ataúd, a la luz de una lámpara de aceite. La partida de búsqueda los acusó del robo y iba a proceder a encerrarlos hasta tanto se pudieran traer a algunos carabineros desde Scalea. Los dos hombres se miraron entre sí por un momento, y de pronto, sin la más mínima dubitación, arrojaron la lámpara, volcaron el ataúd poniéndolo como barrera, y largaron a correr en la oscuridad. Luego de un breve instante, estaban siendo perseguidos.
Este es el fin de la primera parte de la historia. El tesoro había desaparecido, y no había pistas que suministraran algún dato sobre los ladrones. El viejo fue enterrado, y cuando Angelo regresó, al final, tuvo que pedir prestado para pagar por el miserable funeral, y aún así tuvo alguna dificultad en hacerlo. No es necesario que cuente que habiendo perdido su herencia, también perdió a su novia. En esta parte del mundo, los matrimonios son hechos sobre estrictos principios de negocios, y si el dinero prometido no estaba al día pactado, la novia o el novio cuyos padres habían fracasado en tenerlo, podían dar marcha atrás y cancelar todo. El pobre Angelo sabía todo esto muy bien. Su padre no había poseído mucha tierra, y solo tenía el dinero que había traído de Sud América, el cuál ahora ya no estaba. Solo tenía deudas por los materiales de construcción utilizados en la refacción de la casa. Estaba arruinado, y la bonita y pequeña criatura que iba a ser suya, le dio vuelta la cara en la más elegante forma. En tanto Cristina, que habían pasado varios días de su desaparición, ya nadie recordaba que había sido enviada al pueblo a buscar a un médico y jamás había regresado. Ella ya había desaparecido por varios días antes, cuando había conseguido un trabajo en una granja distante. Pero cuando no volvió a ser vista por mucho tiempo, la gente se comenzó a preguntar, hasta que se convencieron de la idea que ella había sido conspiradora junto a los albañiles y había escapado con ellos.
Hice una pausa y limpié mis anteojos.
- Este tipo de cosas no pasan en ningún otro lado -observó Holger, llenando nuevamente su pipa-. Es maravilloso que un encanto natural tan bello como el que hay por aquí, esté tan cerca del asesinato y la muerte súbita. Acciones que serían simplemente brutales y desagradables en cualquier otro lado, se vuelven dramáticas y misteriosas a causa que estamos en Italia y que estamos viviendo en una genuina torre construída por Carlos V para protegerse de los piratas bárbaros.
- Hay algo de eso -admití. Holger es el hombre más romántico del mundo, pero siempre piensa que es necesario explicar todo.
- Supongo que ellos encontraron el cadáver de la infortunada chica junto con la caja.
- Parece que es de tú interés -respondí-, te lo diré junto con el final de la historia.
La luna estaba en lo más alto; el perfil de la Cosa sobre el montículo era ahora mucho más claro a mis ojos que antes.
El pueblo, poco a poco, regresó a su vida normal, común y corriente. Nadie extrañó al viejo Alario, quien había estado mucho tiempo ausente por sus viajes a Sud América, y nunca se había convertido en una figura familiar en el lugar. Angelo continuó viviendo en la casa a medio terminar, y a razón de que no tenía dinero, ya no podía tener a la vieja sirvienta, aunque ella, por cariño, venía de vez en cuando y le lavaba una camisa. Aparte de la casa, él había heredado un pequeño terrero a alguna distancia del pueblo. Él trató de cultivarlo, pero no puso corazón en el trabajo, ya que sabía que jamás podría pagar los impuestos del mismo, o de la casa, la cuál sería confiscada por el Gobierno, o bien embargada por el reclamo de la deuda de los materiales de construcción
Angelo era muy desgraciado. Mientras su padre vivía y era rico, cada chica en el pueblo había estado enamorada de él; pero todo había cambiado ahora. Él se había sentido admirado y respetado, y era invitado a tomar vino por padres cuyas hijas estaban solteras. Ahora se cocinaba su miserable cena, y se sentía triste, melancólico y taciturno.
Al anochecer, cuando el trabajo diurno hubo terminado, en vez de ir a pasear en espacios abiertos, cerca de la iglesia, con los jóvenes amigos de su misma edad, él comenzaba a errar en lugares solitarios de las afueras del pueblo hasta que caía la oscuridad. Entonces regresaba a su casa y se iba a la cama para ahorrar el gasto de la luz. Pero en aquellas solitarias horas de penumbra empezaba a tener extraños sueños. Ya no estaba siempre solo, cuando se sentaba en el tronco de un árbol, donde el sendero cercano tornaba hacia el desfiladero, él estaba seguro que una mujer caminaba por sobre las rocas sin el menor sonido, como si sus pies estuviesen desnudos; y ella se quedaba bajo un gruop de castaños, solamente a una docena de yardas del sendero, y lo llamaba con señas, sin emitir la mínima palabra. A pesar que ella se mantenía en las sombras, él sabía que sus labios eran rojos, y cuando ella le sonrió, mostró dos pequeñas y claras hileras de dientes. Él la reconoció de inmediato, y supo que era Cristina, y que estaba muerta. Aún no experimentaba miedo; él solo se preguntaba si sería un sueño, ya que pensaba si hubiera estado despierto, seguro hubiera tenido miedo.
Aparte, la mujer muerta tenía labios rojos, y esto solo podía suceder en un sueño. Siempre que él pasaba cerca del desfiladero, al anochecer, ella siempre estaba cerca esperándolo, o faltaba muy poco para que aparezca, y él comenzó a pensar que ella se acercaría un poco cada día. Al principio él solo podía estar seguro de sus labios enrojecidos, pero con cada vez que la veía, estaba distinta, y el rostro pálido se le mostraba con unos ojos profundos y ávidos.
Fue que los ojos se volvieron ténues. Poco a poco él iba dándose cuenta que algún día el sueño no terminaría cuando volviera a su casa, sino que continuaría cuando fuera abajo, hacia el desfiladero, desde donde provenía la visión. Ella estaba cerca ahora cuando le hacía señas. Sus mejillas tenían la lividez de la muerte, y tenían la palidez de la inanición, con la furia y la sed no satisfecha de sus ojos que le devoraban. Ella le había hechizado, y al final estaba demasiado cerca suyo. Él no podía decir si su respiración era ígnea como el fuego o fría como el hielo; tampoco podía decir si sus rojos labios ardían o estaban helados; o si sus cinco dedos de su mano eran brasas o quemaban su piel como la escarcha; no podía distinguir si estaba dormido o despierto, ni tampoco si ella estaba viva o muerta. Pero él sabía que la amaba, ella solitaria de todas las criaturas, de esto o del otro mundo, y su hechizo cayó poderoso sobre él.
Cuando la luna subía a lo alto esa noche, la sombra de esta Cosa no estaba sola sobre el montículo.
Angelo despertó en la fría mañana, empapado del rocío nocturno y asustado en carne, hueso y sangre propia. Abrió sus ojos hacia la clara luz y vio las estrellas que aún brillaban en el firmamento. Lentamente volvió su cabeza hacia el montículo, pero la otra cara no estaba allí. El miedo lo había paralizado súbitamente, un miedo inenarrable y desconocido; saltó y comenzó a correr hacia arriba para escalar el desfiladero, sin jamás volver a mirar para atrás, hasta tanto hubo alcanzado la puerta de su hogar en las afueras del pueblo. Ese día regresó a su trabajo, y las horas se arrastraron agotadoramente hasta que el sol cayó y se hundió en el mar, y grandes destellos sobre las colinas de Maratea se tornaron púrpuras contra el cielo teñido de gaviotas.
Angelo cargó en su hombro el pesado azadón y dejó el campo. Se sentía menos cansado ahora que en la mañana cuando comenzó a trabajar, pero se prometió a sí mismo que iría a su casa sin detenerse en el acantilado, y comería la mejor cena que pudiera prepararse, y dormiría toda la noche como cualquier cristiano. No sería tentado de nuevo por la sombra con labios rojos y respiración gélida; no soñaría de nuevo esa pesadilla de terror y placer. Él estaba cerca del pueblo ahora; había pasado media hora desde que el sol se había puesto, y las campanas de la iglesia tronaron con pequeños y discordantes ecos alrededor de las rocas y barrancos para comunicar a toda la buena gente que el día se había cumplido. Angelo aún permaneció un momento donde la ruta se bifurcaba, donde el izquierdo conducía al pueblo, y el derecho hacia el acantilado, donde un grupo de castaños se levantaba a la vera del sendero. Él se frenó un minuto, acomodando el sombrero sobre su cabeza y mirando fijamente hacia el mar, y sus labios se movieron mientras él silenciosamente recitaba una oración familiar. Sus labios se movían, pero las palabras que siguieron perdían su significado y se convertían en otras, y terminaban en un nombre que él pronunciaba en voz alta: ¡Cristina! Con el nombre, la tensión de su voluntad se relajó súbitamente, la realidad se evaporó y el sueño regresó de nuevo, y como un sonámbulo, bajó, bajó, por el sendero hacia la creciente oscuridad. Y a medida que ella se deslizaba por un lado, susurró extrañas y dulces cosas a su oído, que, si él hubiera estado en vigilia, hubiera sabido que no podría comprenderlas; pero en el estado actual, le parecieron las palabras más maravillosas que había escuchado en toda su vida. Y ella lo besó, pero no sobre su boca. Él sintió sus penetrantes besos bajo su garganta, y sabía que sus labios estaban rojos. Así que el salvaje sueño se aceleró hacia la oscuridad y las penumbras, a través de la pálida luz de luna, y toda la gloria de la noche estival. Pero amanecer se despertó medio muerto, sobre el montículo de allá abajo, recordando y no recordando, falto de sangre, aún extrañamente nostálgico de esos labios rojos. Entonces vino el pavor, el terrorífico pánico innombrable, el horror mortal que guardan los confines del mundo que no vemos, ni que conocemos al igual que las otras cosas, pero que podemos sentir a través de gélidos escalofríos en nuestros huesos y del toque de una fantasmal mano que es capaz de encanecer nuestro cabello. Una vez más Angelo se levantó del montículo y corrió hacia el desfiladero, bajo las primeras luces del día. Pero sus pasos fueron más inseguros esta vez, y él se detuvo para recuperar el aliento; y cuando se acercó al salto de agua que se yergue a mitad de la colina, se arrodilló y remojó su cara y bebió como el nunca antes había bebido, por que tenía la sed de un hombre herido que había quedado toda la noche desangrandose a la intemperie.
Ella había regresado, y él no podía escapar, pero podría tenerla cada noche al crepúsculo, hasta que ella hubiera drenado la última gota de su sangre. Fue en vano que al final del día él tratara de tomar otro camino y fuera a casa por alguna senda que no lindara con el desfiladero. En vano se prometía cada mañana mientras tenía que trepar por su solitario camino rumbo al hogar. Era en vano, ya que cuando el sol ardiente se hundía en el mar, y el fresco de la noche regresaba, sus pies lo llevaban hacia el viejo camino, y ella le esperaba en las sombras, bajo los castaños; y entonces todo ocurría de nuevo y él volvía a sentir esos besos bajo su garganta mientras ella se movía y revoloteaba a lo largo del camino, enlazando su brazo alrededor suyo. Y a medida que su sangre decrecía, ella estaba más hambrienta y más sedienta cada noche, y cada día cuando él se despertaba en las primeras horas de la mañana, le resultaba más difícil el esfuerzo de trepar las rocas del desfiladero para llegar a su casa; y cuando él llegaba a su trabajo, sus pies y sus brazos se cansaban mucho más rápido del azadón. Él apenas hablaba con los demás, pero la gente decía que ser estaba "autoconsumiendo" por el amor de la chica que iba a desposar y que perdió junto con su herencia; y ellos se reían con tal pensamiento, ya que este no es un país muy romántico. Durante este tiempo, Antonio, el hombre que está aquí para vigilar la torre, regresó de visitar a su gente, cerca de Salerno. Él había estado fuera todo el tiempo, desde antes de la muerte de Alario, y no estaba enterado de todo esto. Él me ha contado que regresó una tarde, casi de noche, y subió a la torre para comer y dormir, ya que estaba muy cansado. Era pasada la medianoche cuando se despertó, y cuando miró que la luna estaba subiendo por la colina, vio hacia el montículo, y observó algo, y no pudo volver a dormir esa noche. Cuando regresó en la mañana, a pleno día, no había nada que ver sobre el montículo, solo piedras y arena. Luego marchó directo por la ruta al pueblo, y fue a la casa del viejo cura.
- He visto una cosa maléfica esta noche -dijo-, he visto como un muerte bebe la sangre de un vivo. Y la sangre es la vida.
- Dime que fue lo que viste -dijo el cura, como réplica.
Antonio le contó todo lo que había visto.
- Usted debe traer su libro y su agua bendita esta noche -añadió-. Estaré ahí antes del atardecer con usted, y si le place cenar conmigo mientras esperamos, estaré listo.
- Iré -respondió el sacerdote-, por lo que he leído en los viejos libros estos extraños seres no están ni vivos ni muertos, descansan en sus tumbas durante el día, y roban la sangre y la vida de los vivos durante la noche.
Antonio no podía leer, pero estuvo feliz de que el cura pudiera comprender todo aquello. Por supuestos estos libros instruían la manera de terminar la existencia de la Cosa no muerta para siempre.
Así que Antonio regresó a su trabajo, que consistía en sentarse en el lado sombrío de la torre, o bien colgarse con una línea de pesca de alguna roca junto al mar. Pero aquel día él marchó dos veces a revisar el montículo, a pleno sol, y estuvo revisando los alrededores, en busca de algún hueco en el que este ser pudiera refugiarse; pero no halló nada. Cuando el sol comenzó a extinguirse y el aire refrescó en las sombras, él fue a llamar al viejo cura, llevando consigo una canasta; en la que pusieron una botella de agua bendita, y todo aquello que el cura pudiera necesitar para su tarea; y ellos bajaron y esperaron en la puerta de la torre, hasta fuera de noche. Pero mientras las últimas luces del día aún se retardaban en desaparecer vieron que algo se movía, justo allá, dos figuras, un hombre que caminaba y una mujer que revoloteaba a su alrededor, mientras su cabeza permanecía sobre los hombros de él, besándole el cuello. El sacerdote, según me contó, también, mientras le castañeteaban los dientes, asió fuertemente del brazo a Antonio. La visión pasaba y desaparecía entre las sombras. Entonces Antonio tomó un envase de licor fuerte, que él guardaba para ocasiones especiales, y se bebió un trago de esos que hacen que un hombre mayor se sienta de nuevo joven, y luego tomó su linterna, y también su pico y pala, y dio al sacerdote su estola y el agua bendita, acto seguido comenzaron a caminar hacia el punto donde habían visto la aparición. Antonio dijo que sus propias rodillas se chocaban entre sí al caminar y el cura se tropezaba en su propio latín. Cuando ellos estaban a un par de yardas del montículo la parpadeante luz de la linterna se movió sobre el rostro pálido de Angelo, inconsciente, como si estuviera dormido, y sobre su respingado cuello había una muy delgada línea de gotas de sangre que era vertida sobre su cuello; y la luz de la linterna también iluminó sobre otra cara que miraba desde esta fiesta, con dos profundos ojos muertos que veían como a través de la muerte, con labios rojizos como la vida misma, con dos relucientes dientes sobre los que brillaba una gota sonrosada. El cura, viejo buen hombre, cerró sus ojos y exhibió su agua bendita ante él, y su voz rota se tradujo en un grito; y Antonio, quien no se acobardó después de todo, levantó su pico con una mano, teniendo la linterna en la otra, y le saltó encima, sin saber como terminaría; y entonces juró que escuchó el grito de una mujer, y la Cosa se había ido. Angelo quedó inconsciente sobre el montículo, con la línea roja sobre su cuello, y las gotas de su mortal sudor en su frente. Ellos lo alzaron en brazos, medio muerto como estba, y lo dejaron cerca de donde estaban; luego Antonio comenzó a trabajar, y el cura ayudó, aunque él era viejo y no podía hacer mucho. Así que cavaron profundo, y a lo último Antonio, estando sobre la tumba, se paró y alumbró con su linterna para mirar lo que podían ver.
Su cabello, que solía ser castaño oscuro, con algunas canas cerca de las sienes, en menos de un mes quedó totalmente gris como un tejón. Él había sido minero cuando joven, y la mayoría de esta gente jamás llegaron a ver algo como lo que él vio esta noche: esta Cosa que permanecería ni sobre ni debajo de la tumba. Antonio había llevado algo con él que el cura no había advertido. Él se había hecho esa misma tarde una afilada estaca tallada de vieja madera de barco, que ahora llevaba con él, además de su pico, cuando bajó a la tumba, alumbrando con su linterna. No puedo imaginar ningún poder sobre la Tierra que pueda traducir en palabras lo que ocurrió entonces, y el viejo cura se asustó al mirar. Él dice que escuchó a Antonio que respiraba como una bestia salvaje, y moviéndose como si estuviera luchando con algo tan fuerte como sí mismo; y también escuchó un maléfico sonido, como si algo hubiera perforado violentamente carne y hueso; el más horroroso sonido de todos, el alarido de una mujer, el sobrenatural aullido de una mujer ni viva ni muerta, pero enterrada en lo profundo durante muchos días. Y él, el pobre viejo cura, pudo únicamente caer y arrodillarse en la arena, vociferando sus oraciones y exorcismos en voz alta para ahogar esos sonidos desgarradores. Entonces, súbitamente, un pequeño arcón de metal cayó cerca de donde estaba arrodillado, siendo iluminado por la luz de la linterna, y al siguiente momento Antonio estaba detrás de él, con su cara tan pálida como sebo, empujando la arena y grava dentro de la tumba, con furia, y mirando por sobre el borde hasta que el foso estuvo medio lleno; y el cura dijo que había mucha más sangre fresca en las manos de Antonio y en sus ropas.
Aquí es donde termina mi historia. Holger terminó su vino y se reclinó en su silla.
- Entonces Angelo tuvo lo suyo de nuevo -dijo-, ¿se casó con la chica que estaba prometida?
- No, él quedó aterrorizado, y se fue a Sud América, y no volví a tener noticias desde entonces.
- Y este pobre cadáver está aún allí, supongo -dijo Holger-. ¿Sigue muerto aún?, me pregunto.
Me lo pregunto también, pero si está muerto o vivo, debo tener cuidado de verlo, aún a plena luz del día. Antonio está canoso como un tejón, y él nunca ha sido el mismo desde aquella noche.

La Metamorfosis del Vampiro

Charles Baudelaire

La mujer mientras tanto, de su boca de fresa,
retorciéndose igual que una serpiente en la brasa,
y amasando sus pechos en el hierro de una ballena,
dejaba correr estas palabras todo impregnadas de almizcle:
- Yo tengo el labio húmedo, y sé la ciencia
de perder en el fondo de un lecho la antigua conciencia.
Seco todos los llantos en mis pechos trinfantes,
y hago reír a los viejos con la sonrisa de los niños.
¡Sustituyo, para quien me vea desnuda y sin velos,
la luna, el sol, el cielo y las estrellas!
Soy mi querido sabio, tan docta en voluptuosidades,
cuando ahogo un hombre en mis brazos temidos
o cuando a los mordiscos mi busto,
tímida y libertina, y frágil y robusta,
que sobre estos colchones que se pasman de emoción,
los ángeles impotentes se condenarían por mí !>>.

Cuando ella hubo de mis huesos succionado toda la médula,
Y que lánguidamente me volvía hacia ella
Para rendirle un beso de amor, yo no vi más
¡que un pellejo de flancos viscosos, todo lleno de pus!
Cerré los dos ojos, en mi frío horror,
y cuando los reabrí a la claridad viviente,
a mi alrededor, en lugar de maniquí potente
Que parecía haber hecho provisión de sangre,
temblaban confusamente los despojos de esqueleto,
que de ellos mismos exhalaban el grito de una veleta,
o de una enseña, al extremo de un vástago de hierro,
que balancea el viento durante las noches de invierno

viernes, 21 de septiembre de 2007

Lenore (1773)

Gottfried August Bürger

Amaneció Lenore al par del alba carmesí,
surgiendo de temibles visiones,
"¿Eres infiel, William, o estás muerto?
hace tanto que te fuiste."
Porque él, con los guerreros de Federico,
a la lejana Praga fue a luchar;
nunca escribió, en el fragor del combate,
y triste estaba el corazón sincero que lo añoraba.

La Emperatriz y el Rey,
cansados de una lucha sin cuartel,
al fin terminaron con el odio pertinaz,
que inspiraba la rivalidad:
y la multitud marcial, con risas y canciones,
hablaba de su hogar mientras marchaba,
y ¡clank, clank, clank! venían los rangos,
al sonido de las trompetas que crecía.

Y aquí y allá y en todas partes,
a lo largo del camino lleno de gente,
venían viejos y jóvenes, con música alegre,
a unirse a las bandas;
y los niños saltaban y gritaban para espiar a la multitud,
y temblando y estremecida la novia empujaba:
Pero ¡Oh! para los labios suaves de Lenore
se habían terminado los besos y agradecimientos.

Corría rápidamente mirando hombre por hombre
con ojos anhelantes;
pero se sentía sola en la multitud poderosa,
como si la presionara y aplastara,
Mientras pasaba de la tropa -un grupo agradable-
orgullosas las plumas oleaban y caían,
Ella se arrancaba los pelos y daba vueltas,
y como loca se tiraba contra el piso.

Su madre la acariciaba con dulzura,
con suaves palabras de aliento:
"Hija mía, que Dios te contemple
y te tranquilice, niña mía."
"¡Oh, madre, madre! ¡Lo que se fue, se fue!
No comprendo cómo el mundo sigue rodando:
¿Qué piedad tiene Dios conmigo?
¡Pena, pena y aflicción, para mi pesado corazón!

"¡Ayuda, Cielos, ayúdenla!
¡Niña, reza un Ave María!
Grandes y sabios son los actos de Dios;
Él te ama y se compadece de ti."
"¡Fuera, madre, fuera con esas mentiras!
¿Acaso Él ve mi desesperación, o escucha mi llanto?
¿Qué importa ahora esperar o rezar?
La noche ha llegado, ya acabó el día.

"¡Ayuda, Cielos, ayuda!
Quien conoce al Padre
sabe por cierto que ama a su niña:
El pan y el vino de su mano divina
suavizarán su ira temperamental."
"¡Oh, madre, querida madre! el vino y el pan
no aliviarán la angustia que tortura mi mente;
porque será tarde para el pan y el vino
para este frío cádaver que aúlla desde la tumba."

"¿Qué pasaría si la falsa fe del traidor falló,
acuciada por dulces tentaciones?
¿Qué pasaría si en la lejana Hungría
él tomó otra novia?
Rechaza al frágil tonto, mujer,
que acepta piedras y rechaza las perlas:
mientras que el alma y el cuerpo estén juntos
en su corazón traicionero siempre habrá tormentas."

"¡Oh madre, oh madre!
¡Lo ido, ido está, y perdido quedará!
La muerte, la muerte es el destino de mi alma,
aplastada, quebrada y desolada. ¡La chispa de mi vida!
¡Abajo, abajo a la tumba: muere sola en la noche,
muere lejos en la oscuridad! ¿Qué piedad tiene Dios de mí?
¡Lamentos, ay, por mi pesado corazón!"

Ayuda, Cielos, ayuda, y no la abandonen
porque sus penas son muy agudas,
no sabe lo que dice,
¡Oh, no consideren pecado sus palabras!
Abandona, hija mía, tu desdicha,
y piensa en las felicidades prometidas,
para que tenga paz tu mente
y sé una esperanza y hogar y novia para él."

"¿Madre mía, qué es la felicidad?
¿Madre mía, qué es el infierno?
¡Mi felicidad es estar con Guillermo,
Sin él, es mi infierno!
Muero sola en la noche, lejos en la oscuridad!
Tierra y Cielo, Cielo y tierra,
nada peor que estar sin Guillermo."

Esta pena quebraba el pecho de Lenore,
y apesadumbraba su cerebro;
Así surgía su lamento al Poder en lo alto,
para cuestionar y quejarse:
Sacudiendo sus manos y golpeando su seno,
Gritando y aullando sin descanso,
hasta que su suave velo la luna desplegó,
y las estrellas brillaron en el azul oscuro.

¡Pero se escuchan unos ruidos y el trote
de un pesado caballo!
¡Cómo retumba el acero mientras surge el jinete!
¡Cómo grita el eco!
Mientras silenciosa y claramente la campana gentil
repiquetea y tintinea dulcemente;
y claro y muy bajo a través del tablón de la puerta
llega una voz a los oídos:

"¡Hola, hola! Destraben la puerta;
¿Estás despierta, novia mía, o dormida?
¿Tu corazón aún está libre y fiel al mío?
¿Estás riendo, novia mía, o llorando?"
"¡Oh, cansada estoy, Guillermo, he esperado por ti,
Lamentandóme mientras aguardaba todo el día,
llorando con una gran pena,
por la crueldad de tu demora."

"Hasta la mortal medianoche no descansamos,
he viajado rápido desde muy lejos,
y aquí estoy de vuelta con ellos
ahora ya pasó la oscuridad."
"Ah! Descansa con ellos hasta que la noche esté tranquila,
suave debes ser, y blando, y cálido:
Escucha al viento, cómo susurra y golpea
a través de las zarzas espinosas."

"A través de las zarzas de espinos déjalos suspirar,
Déjalos suspirar, niña, déjalos!
Calma la fiereza del ojo brillante de mi cabalgadura,
y su orgulloso y salvaje penacho.
Arriba, arriba y lejos! No pararé,
Carguen rápido detrás mío, arriba, arriba y lejos!
Cientos de millas serán cabalgadas
hasta que pueda reposar en la cama nupcial."

"¡Qué! cabalgar cien millas esta noche,
llevado por esas locas fantasías!
¿No escuchas la campana con su lamento,
mientras tocan las once?"
"Mira, mira! Mira! la luna brilla:
Nosotros y los muertos cabalgamos rápido en la noche.
Es por una apuesta que te llevaré
al recinto nupcial cada vez que nazca el día."

"¡Oh! ¿Dónde está el cuarto, querido Guillermo,
y dónde la cama, Guillermo?
"Lejos, lejos de aquí: quieto, estrecho y frío:
tablón y fondo y tapa."
"¿Hay lugar para mí?" - "¡Para mí y para tí,
Sube, sube a la montura rápidamente!
Los invitados a la boda están listos,
y la puerta de la cámara está abierta."

Aquí a la derecha y allá a la izquierda,
pasaban los sembrados de maíz y tréboles,
y los puentes apenas vistos por los ojos asombrados,
mientras los sobrevolaban traqueteando.
"¿Qué pretende mi amado? La luna brilla,
Los muertos viajan rápido a través de la noche.
¿Acaso mi amado teme a los tranquilos muertos?"
"¡Oh, no, déjalos dormir en su lecho polvoriento!"

En la fresca y suave brisa que flotaba alrededor
mientras los cuervos volaban sobre sus cabezas,
¡Din dón! ¡Din Dón! Es el sonido, es la canción,
"Lugar, hagan lugar para los muertos que pasan!"
el tren funerario se acerca,
llevando el ataúd, llevando el ferétro;
y el lamento de su canto era crudo y sibilante,
como el croar de las ranas en las marismas.

"Desenterraste tu cádaver en la medianoche oscura,
con himnos y tañidos y gemidos,
Pero yo te devuelvo al hogar, mi joven esposa,
para una fiesta nupcial más hermosa.
Ven, corista, ven con tu gentío coral,
y canten solemnemente una canción de bodas,
Ven, hermano, ven - deja escapar la bendición
que no se interrumpa el descanso del novio y la novia."

¡Pasan a la derecha, pasan a la izquierda,
los árboles y montañas en la carrera!
¡A la izquierda, y a la derecha y la izquierda,
vuelan sobre el pueblo y el mercado!
"¿Qué pretende mi amado? La luna brilla,
Los muertos viajan rápido a través de la noche.
¿Acaso mi amado teme a los tranquilos muertos?"
"¡Oh! déjalos solos en su lecho polvoriento!"

¡Mira, mira, mira! en el árbol del patíbulo,
mientras bailan rodando alocadamente,
arriba y abajo, al resplandor lunar, un grupo volátil,
semi perdidos: "¡Jo, jo! loca multitud,
vengan aquí, y unánse al comienzo de mi veloz carrera;
Vengan, bailénme una danza, oh bailarines,
mientras nos encerramos en los tablones del lecho nupcial."

¡Cómo corre la luna allá en lo alto,
en la salvaje carrera alocada!
¡Afuera y adentro, moviéndose como las estrellas
y giran sobre el cielo resplandeciente!
"¿Qué pretende mi amado? La luna brilla,
Rápidamente los muertos cabalgan a través de la noche.
¿Acaso mi amado teme a los tranquilos muertos?"
"¡Ay! Déjalos solos en su lecho polvoriento!"

"¡Corcel, corcel! apura la marcha,
que la arena del tiempo está bien gastada;
¡Corcel, corcel, rápido! comienza el día,
El aroma matutino se siente.
Termina nuestra cabalgata, termina:
¡Hagan lugar, espacio para el novio y la novia!
Finalmente, al fin hemos llegado al sitio,
porque la velocidad del muerto no ha aminorado!

Y rápidamente hacia una puerta de hierro,
llegaron con las riendas sueltas;
Al toque del jinete los cerrojos cedieron,
y las trabas se quebraron y cayeron;
las puertas se abrieron ante el toque de difuntos,
y sobre las blancas tumbas se lanzaron sin orden ni concierto:
las tumbas parecían arbustos sombríos,
mientras brillaban por la débil luz de la luna.

¡Pero mira, mira! en un parpadear,
una maravilla fantasmal, la chaqueta del jinete,
pedazo a pedazo, se cae como ceniza brillante,
Sin sangre y sin pelo, una calavera desnuda,
la visión de esa macabra cabeza fue horrible,
ya no estaba allí la máscara de la vida,
y el esqueleto llevaba un reloj de arena y una guadaña.

Fuerte relinchó el caballo mientras se hundía,
y las chispas caían desparramadas:
¿Qué hombre podría decir si hubiera huído,
o se hubiera desmayado en terreno abierto?
¡Lamentos desde la tierra y aullidos en el aire!
¡Gritos y gemidos por todas partes!
Semimuerta, medio viva, el alma de Lenore
luchó como nunca antes había luchado.

La tropa del cementerio -un grupo fantasmagórico-
rodeó a la mujer agonizante;
Adentro y afuera en sus volteretas
a través del giro de los danzarines:
"Paciencia, paciencia, cuando el corazón se está quebrando;
A tu Dios no se le hacen preguntas:
¡Fuera de tu cuerpo y liberada:
Cielo conservará tu alma eternamente!"

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Credo

Leonor Dinamarca


Estoy maldita
Para poder entregarme a tus besos.

Bajé al infierno
al tercer día resucité de entre los muertos;
pero no quiero sentarme
ni a diestra ni a siniestra
de Dios Padre Todopoderoso.

He tenido que recorrer la miseria de mis días.
Nacer, morir y resucitar.

Para poder mirarte.
Lavar mis ropas.
Matar mis mentiras.
Creer en mis palabras.
Entregarme a tus deseos.

Bajé al infierno.
Al tercer día resucité de entre los muertos.
Dios no me quiere ni a diestra ni a siniestra.
Condenada a tus ojos ciertos,
a la pérdida constante de mi orgullo.
A pronunciar tu nombre...
Sabiendo que prefiero demonios, ángeles
caídos, vampiros y cuervos.
Condenada al enamoramiento absurdo
que tanto detesto.
Dios me hizo una mujer libre
y confinó mi libertad a la tibieza agobiante
de tu sexo.

Dios te hizo malditamente bello
para lograr que mi alma de unicornio
deje de causar delirios y tormentos.

Hubiese preferido una tumba.
Ser crucificada en invertidas cruces de silencio.
Yacer en el fuego azul de mi propio infierno.
Suicidio, locura o sufrimientos.
Condenada al enamoramiento infame,
a pronunciar tu nombre cómo si fuese la
oración que redime los lamentos.

Un día olvidaré mis manos inertes,
frías piedras en la noche del desierto,
para volcarme en tu nombre de ángel
y ser la parte amarga de tus huesos.

De tanto amarte en mi nefasta conciencia
un día olvidaré que soy de piedra
y bajaré al infierno de tu mano;
pero no habrá ni tercer día,
ni resurrección...
ni otra maldita condena.
Hubiese preferido una tumba.
Una cruz negra.
Pero el Dios que maldijo mis voces
me dio un corazón de niña,
una voz de poeta.
Un hombre que será mi amor, mi carcelero.
Inspiración constante.
Muerte eterna.
La sombra que me sigue.
Mi otro yo.
Mi absolución.
El perdón de todos mis pecados.
Mi obscuridad, mi propia tumba y mi veneno.

Creo en la sangre y el pecado,
en los ángeles caídos,
en el fuego azul de cada infierno.
Creo en el amor que me derrumba,
en Lucifer que me gobierna,
en la maldición de los recuerdos
y en la muerte eterna... Amén.

martes, 18 de septiembre de 2007

Mis humildes orígenes

Yo soy el vástago de un italiano que se fue al Tíbet a fecundar tomates. Cuando los chinos invadieron el Tíbet (el italiano había tomado un color rojo que los autóctonos contemplaban con cierta alarma) destruyeron a todos los vástagos... excepto a uno.
Nací con forma de caracol, y comencé mis anadadas haciendo contrabando entre la India y China de pingüinos saharianos (sí, en efecto, yo los extinguí), pero cuando los guardias de fronteras dejaron de usar tortugas para comenzar con los caballos y los coches patrulla, fue mi fin.
Entonces viajé a México como polizón en un barco y me transformé en chica. Luego trabajé de concubina de un jeque árabe llamado Ahmed en la ciudad de Bagdag. Pero se cansó, decía que no le gustaba encontrarse mi mucosa en su alcoba, que no era muy cariñosa... y volví a México.
Entonces me cambié de sexo (sí, por eso este es mi aspecto físico) y estuve durante dos meses con las hormonas completamente locas, me crecían granos en el pelo de la barba (los pechos me los quitaron y los usaron para reconstruirle la cara a Michael Jackson.
Y aquí estoy, escribiendo esto.

viernes, 14 de septiembre de 2007

El rey Arturo, Lancelot, el Santo Grial, Merlín y el Hombre Lobo

Todos hemos oído hablar de las famosas películas tipo 'Drácula vs Frankenstein', 'King Kong vs Godzilla', 'El Hombre Lobo, Drácula, Frankenstein y House, en el fin del mundo', etc.
Pues bien, esto no es un invento de la Universal o la Hammer, en la Edad Media, Chrétien de Troyes comenzó a escribir historias que relacionaban al rey Artuto (un caudillo semilegendario britano) de Geoffrey de Monmouth, con Lancelot (un ermitaño, que ni siquiera héroe, bretón). Eran dos personajes conocidos en el mundo de la literatura medieval, cómo Drácula y Frankenstein a mediados del siglo XX.
Más tarde, Sir Thomas Malory (no yo, otro más ilustre, si cabe) escribió la Vulgata artúrica, mezclando la historia del Grial, Lancelot, el Rey Arturo, Excalibur, Merlín... Y esa es la historia que conocemos.

Según la Historia Reggum Britanniae, de Geoffrey de Monmouth, Arturo fue a conquistar el Imperio romano, allá por el año 500 d.H. (yo creía que había caído en el 476 d.H.). Le llegaron informes de que Medraut (Mordred), su sobrino, había usurpado el poder y se había casado con la reina... y Arturo volvió, y ambos se enfrentaron en Cammlann, y ambos perecieron (la reina se fue a un monasterio).

Según Sir Thomas Malory se fue a buscar el Santo Grial (que fue encontrado por Gallahad, en no sé qué historia) y tuvieron que volver sin encontrarlo. Lancelot, que estaba de regente en Camelot (creo) se tiraba a la reina. Merlín lo sabía, pero no quiso hacer nada, pues era un viejo salido que los espiaba desde su ventana. Medraut obligó a su padre (o tío) a quemarla, a Lancelot no le hizo gracia y salvó a la reina, pdre e hijo (tío y sobrino) se cabrearon, y se mataron en Cammlann, lo de siempre.

Según los Monty Python (la versión verídica) fueron acusados de asesinato antes de atacar un castillo gabacho en Inglaterra con un ejército salido de la nada y llevados a comisaría por orden de Scotland Yard.

Y hasta aquí lo de hoy. Y
'Besefer hakhayim tikhalev ve titakhem leshana tova!'

domingo, 9 de septiembre de 2007

Bienvenidos al 5768


El próximo día 11 del mes corriente (Septiembre), a las 19-20h. comenzará el último día del año 5767 del calendario judío. Mi madre ha prometido que, para el 12 a la misma hora (los días judíos comienzan cuando se pone el Sol) dejará de fumar... veamos cuanto dura.
El caso es que he decidido fechar todos mis trabajos del instituto según el calendario judío, y no el gregoriano (no del gran Gregory House, supongo que habrá habido otros más mediocres...).

sábado, 1 de septiembre de 2007

La morte amoureuse (1836)

Théophile Gautier

Me preguntáis hermano si he amado; sí. Es una historia singular y terrible, y, a pesar de mis sesenta y seis años, apenas me atrevo a remover las cenizas de este recuerdo. No quiero negaros nada, pero no referiría a otra persona menos experimentada que vos una historia semejante. Se trata de acontecimientos tan extraordinarios que apenas puedo creer que hayan sucedido. Fui, durante más de tres años, el juguete de una ilusión singular y diabólica. Yo, un pobre cura rural, he llevado todas las noches en sueños (quiera Dios que fuera un sueño) una vida de condenado, una vida mundana y de Sardanápalo. Una sola mirada demasiado complaciente a una mujer pudo causar la perdición de mi alma, pero, con la ayuda de Dios y de mi santo patrón, pude desterrar al malvado espíritu que se había apoderado de mí. Mi vida se había complicado con una vida nocturna completamente diferente. Durante el día, yo era un sacerdote del Señor, casto, ocupado en la oración y en las cosas santas. Durante la noche, en el momento en que cerraba los ojos, me convertía en un joven caballero, experto en mujeres, perros y caballos, jugador de dados, bebedor y blasfemo. Y cuando al llegar el alba me despertaba, me parecía lo contrario, que me dormía y soñaba que era sacerdote. Me han quedado recuerdos de objetos y palabras de esta vida sonámbula, de los que no puedo defenderme y, a pesar de no haber salido nunca de mi parroquia, se diría al oírme que soy más bien un hombre que lo ha probado todo, y que, desengañado del mundo, ha entrado en religión queriendo terminar en el seno de Dios días tan agitados, que un humilde seminarista que ha envejecido en una ignorada casa de cura, en medio del bosque y sin ninguna relación con las cosas del siglo.
Sí, he amado como no ha amado nadie en el mundo con un amor insensato y violento, tan violento que me asombra que no haya hecho estallar mi corazón. ¡Oh, qué noches! ¡Qué noches!
Desde mi más tierna infancia, había sentido la vocación del sacerdocio; también fueron dirigidos en este sentido todos mis estudios, y mi vida, hasta los veinticuatro años, no fue otra cosa que un largo noviciado. Con los estudios de teología terminados, pasé sucesivamente por todas las órdenes menores, y mis superiores me juzgaron digno, a pesar de mi juventud, de alcanzar el último y terrible grado. El día de mi ordenación fue fijado para la semana de Pascua.
Jamás había andado por el mundo. El mundo era para mí el recinto del colegio y del seminario. Sabía vagamente que existía algo que se llamaba mujer, pero no me paraba a pensarlo: mi inocencia era perfecta. Sólo veía a mi madre, anciana y enferma, dos veces al año y ésta era toda mi relación con el exterior.
No lamentaba nada, no sentía la más mínima duda ante este compromiso irrevocable; estaba lleno de alegría y de impaciencia. Jamás novia alguna contó las horas con tan febril ardor; no dormía, soñaba que cantaba misa. ¡Ser sacerdote! No había en el mundo nada más hermoso: hubiera rechazado ser rey o poeta. Mi ambición no iba más allá.
Os digo esto para mostraros cómo lo que me sucedió no debió sucederme y cómo fui víctima de tan inexplicable fascinación.
Llegado el gran día caminaba hacia la iglesia tan ligero que me parecía estar sostenido en el aire, o tener alas en los hombros. Me creía un ángel, y me extrañaba la fisonomía sombría y preocupada de mis compañeros, pues éramos varios. Había pasado la noche en oración, y mi estado casi rozaba el éxtasis. El obispo, un anciano venerable, me parecía Dios Padre inclinado en su eternidad, y podía ver el cielo a través de las bóvedas del templo.
Vos sabéis los detalles de esta ceremonia: la bendición, la comunión bajo las dos especies, la unción de las palmas de las manos con el aceite de los catecúmenos y, finalmente, el santo sacrificio ofrecido al unísono con el obispo. No me detendré en esto. ¡Oh, qué razón tiene Job, y cuán imprudente es aquel que no llega a un pacto con sus ojos! Levanté casualmente mi cabeza, que hasta entonces había tenido inclinada, y vi ante mí, tan cerca que habría podido tocarla –aunque en realidad estuviera a bastante distancia y al otro lado de la balaustrada–, a una mujer joven de una extraordinaria belleza y vestida con un esplendor real. Fue como si se me cayeran las escamas de las pupilas. Experimenté la sensaaón de un ciego que recuperara súbitamente la vista. El obispo, radiante, se apagó de repente, los cirios palidecieron en sus candelabros de oro como las estrellas al amanecer, y en toda la iglesia se hizo una completa oscuridad. La encantadora criatura destacaba en ese sombrío fondo como una presencia angelical; parecía estar llena de luz, luz que no recibía, sino que derramaba a su alrededor.
Bajé los párpados, decidido a no levantarlos de nuevo, para apartarme de la influencia de los objetos, pues me distraía cada vez más, y apenas sabía lo que hacía.
Un minuto después volví a abrir los ojos, pues a través de mis párpados la veía relucir con los colores del prisma en una penumbra púrpura, como cuando se ha mirado al sol. ¡Ah, qué hermosa era! Cuando los más grandes pintores, persiguiendo en el cielo la belleza ideal, trajeron a la tierra el divino retrato de la Madonna, ni siquiera vislumbraron esta fabulosa realidad. Ni los versos del poeta ni la paleta del pintor pueden dar idea. Era bastante alta, con un talle y un porte de diosa; sus cabellos, de un rubio claro, se separaban en la frente, y caían sobre sus sienes como dos ríos de oro; parecía una reina con su diadema; su frente, de una blancura azulada y transparente, se abría amplia y serrna sobre los arcos de las pestañas negras, singularidad que contrastaba con las pupilas verde mar de una vivacidad y un brillo insostenibles. ¡Qué ojos! Con un destello decidían el destino de un hombre; tenían una vida, una transparencia, un ardor, una humedad brillante que jamás había visto en ojos humanos; lanzaban rayos como flechas dirigidas a mi corazón. No sé si la llama que los iluminaba venía del cielo o del infierno, pero ciertamente venía de uno o de otro. Esta mujer era un ángel o un demonio, quizá las dos cosas, no había nacido del costado de Eva, la madre común. Sus dientes eran perlas de Oriente que brillaban en su roja sonrisa, y a cada gesto de su boca se formaban pequeños hoyuelos en el satén rosa de sus adorables mejillas. Su nariz era de una finura y de un orgullo regios, y revelaba su noble origen, En la piel brillante de sus hombros semidesnudos jugaban piedras de ágata y unas rubias perlas, de color semejante al de su cuello, que caían sobre su pecho. De vez en cuando levantaba la cabeza con un movimiento ondulante de culebra o de pavo real que hacía estremecer el cuello de encaje bordado que la envolvía como una red de plata.
Llevaba un traje de terciopelo nacarado de cuyas amplias mangas de armiño salían unas manos patricias, infinitamente delicadas. Sus dedos, largos y torneados eran de una transparencia tan ideal que dejaban pasar la luz como los de la aurora.
Tengo estos detalles tan presentes como si fueran de ayer, y aunque estaba profundamente turbado nada escapó a mis ojos; ni siquiera el más pequeño detalle: el lunar en la barbilla, el imperceptible vello en las comisuras de los labios, el terciopelo de su frente, la sombra temblorosa de las pestañas sobre las mejillas, captaba el más ligero matiz con una sorprendente lucidez.
Mientras la miraba sentía abrirse en mí puertas hasta ahora cerradas; tragaluces antes obstruidos dejaban entrever perspectivas desconocidas; la vida me parecía diferente, acababa de nacer a un nuevo orden de ideas. Una escalofriante angustia me atenazaba el corazón; cada minuto transcurrido me parecía un segundo y un siglo. Sin embargo, la ceremonia avanzaba, y yo me encontraba lejos del mundo, cuya entrada cerraban con furia mis nuevos deseos. Dije sí, cuando quería decir no, cuando todo mi ser se revolvía y protestaba contra la violencia que mi lengua hacía a mi alma: una fuerza oculta me arrancaba a mi pesar las palabras de la garganta. Quizá por este motivo tantas jóvenes llegan al altar con el firme propósito de rechazar clamorosamente al esposo que les imponen y ninguna lleva a cabo su plan. Por esta razón, sin duda, tantas novicias toman el velo aunque decididas a destrozarlo en el momento de pronunciar sus votos. Uno no se atreve a provocar tal escándalo ni a decepcionar a tantas personas; todas las voluntades, todas las miradas pesan sobre uno como una losa de plomo; además, todo está tan cuidadosamente preparado, las medidas tomadas con antelación de una forma tan visiblemente irrevocable, que el pensamiento cede ante el peso de los hechos y sucumbe por completo.
La mirada de la hermosa desconocida cambiaba de expresión según transcurría la ceremonia. Tierna y acariciadora al principio, adoptó un aire desdeñoso y disgustado, como de no haber sido comprendida.
Hice un esfuerzo capaz de arrancar montañas para gritar que yo no quería ser sacerdote, sin conseguir nada; mi lengua estaba pegada al paladar y me fue imposible traducir mi voluntad en el más mínimo gesto negativo. Aunque despierto, mi estado era semejante al de una pesadilla, donde se quiere gritar una palabra de la que nuestra vida depende sin obtener resultado alguno.
Ella pareció darse cuenta de mi martirio y, como para animarme, me lanzó una mirada llena de divinas promesas. Sus ojos eran un poema en el que cada mirada era un canto.
Me decía:
–Si quieres ser mío te haré más dichoso que el mismo Dios en su paraíso; los ángeles te envidiarán. Rompe ese fúnebre sudario con que vas a cubrirte, yo soy la belleza, la juventud, la vida; ven a mí, seremos el amor. ¿Qué podría ofrecerte Yahvé como compensación? Nuestra vida discurrirá como un sueño y será un beso eterno.
»Derrama el vino de ese cáliz y serás libre, te llevaré a islas desconocidas, dormirás apoyado en mi seno en un lecho de oro macizo bajo un dosel de plata. Te amo y quiero arrebatarte a tu Dios ante quien tantos corazones nobles derraman un amor que nunca llega hasta él.
Me parecía oír estas palabras con un ritmo y una dulzura infinita, su mirada tenía música, y las frases que me enviaban sus ojos resonaban en el fondo de mi corazón como si una boca invisible las hubiera susurrado en mi alma. Me encontraba dispuesto a renunciar a Dios y, sin embargo, mi corazón realizaba maquinalmente las formalidades de la ceremonia. La hermosa mujer me lanzó una segunda mirada tan suplicante, tan desesperada, que me atravesaron el corazón cuchillas afiladas, y sentí en el pecho más puñales que la Dolorosa.
Todo terminó. Ya era sacerdote.
Jamás fisonomía humana manifestó una angustia tan desgarradora; la joven que ve morir a su novio súbitamente junto a ella, la madre junto a la cuna vacía de su hijo, Eva sentada en el umbral del paraíso, el avaro que encuentra una piedra en el lugar de su tesoro, y el poeta que deja caer al fuego el único manuscrito de su más bella obra, no muestran un aire tan aterrado e inconsolable. La sangre abandonó su rostro encantador, que se volvió blanco como el mármol; sus hermosos brazos cayeron a lo largo de su cuerpo como si sus músculos se hubieran relajado y se apoyó en una columna, pues desfallecían sus piernas. Yo me dirigí vacilante hacia la puerta de la iglesia, lívido, con la frente inundada de sudor más sangrante que el del Calvario. Me ahogaba. Las bóvedas caían sobre mis hombros y me parecía como si sostuviera sólo yo con mi cabeza todo el peso de la cúpula.
Al franquear el umbral una mano se apoderó bruscamente de la mía, ¡una mano de mujer! Jamás había tocado otra. Era fría como la piel de una serpiente y me dejó una huella ardiente como la marca de un hierro al rojo vivo. Era ella.
–¡Infeliz, infeliz! ¿Qué has hecho? –me susurró. Luego desapareció entre la multitud.
El anciano obispo pasó a mi lado; me miró severamente. Mi comportamiento era de lo más extraño, palidecía, enrojecía, me encontraba turbado. Uno de mis compañeros se apiadó de mí y me llevó con él; hubiera sido incapaz de encontrar solo el camino del seminario. A la vuelta de una esquina, mientras el joven sacerdote miraba hacia otro lado, un paje vestido de manera extraña se me acercó y, sin detenerse, me entregó un portafolios rematado en oro, indicándome que lo ocultara; lo deslicé en mi manga y lo tuve guardado hasta que me quedé solo en mi celda. Hice saltar el broche; sólo había dos hojas con estas palabras: «Clarimonda, en el palacio Concini.» Como yo no estaba entonces al corriente de las cosas de la vida, no conocía a Clarimonda, a pesar de su celebridad, e ignoraba por completo dónde se encontraba el palacio Concini. Hice mil conjeturas tan extravagantes unas como otras, pero con tal de volver a verla, me importaba bastante poco que pudiera ser gran dama o cortesana.
Este amor, nacido hacía bien poco, se había enraizado de forma indestructible. De tan imposible como me parecía, ni siquiera pensaba en intentar arrancarlo. Esta mujer se había apoderado de mí, por completo, tan sólo una mirada suya había bastado para transformarme; me había insinuado su voluntad; y ya no vivía en mí, sino en ella y para ella. Hacía mil extravagancias, besaba mi mano donde ella me había cogido y repetía su nombre durante horas. Sólo con cerrar los ojos la veía con la misma claridad que si estuviera ante mí y me repetía las mismas palabras que ella me dijo en el pórtico de la iglesia: «infeliz, infeliz, ¿qué has hecho?». Comprendía todo el horror de mi situación y el carácter fúnebre y terrible del estado que acababa de profesar se revelaba ante mí. Ser sacerdote, es decir, castidad, no amar, no distinguir ni edad ni sexo, apartarse de la belleza, arrancarse los ojos, arrastrarse en la sombra helada de un claustro o de una iglesia, ver sólo moribundos, velar cadáveres desconocidos y llevar sobre sí el duelo de la negra sotana con el fin de convertir la túnica en un manto para el propio féretro.
Y sentía mi vida como un lago interior que crece y se desborda; la sangre me laría con fuerza en las arterias; mi juventud, tanto tiempo reprimida, estallaba de golpe, como el áloe que tarda cien años en florecer y se abre con la fuerza de un trueno.
¿Cómo hacer para ver de nuevo a Clarimonda? No tenía pretextos para salir del seminario, no conocía a nadie en la ciudad; ni siquiera permanecería allí por más tiempo, pues sólo esperaba a que me designasen la parroquia que debía ocupar. Intenté arrancar los barrotes de la ventana, pero la altura era horrible, y sin escalera era impensable. Además, sólo podría bajar de noche y ¿cómo conducirme en el inextricable laberinto de calles? Estas dificultades –que no serían nada para otros– eran inmensas para mí, pobre seminarista recién enamorado, sin experiencia, sin dinero y sin ropa.
«¡Ah! –me decía a mí mismo en mi ceguera–, si no hubiera sido sacerdote habría podido verla todos los días, habría sido su amante, su esposo; en vez de estar cubierto con mi triste sudario, tendría ropas de seda y terciopelo, cadenas de oro, una espada y plumas como los jóvenes y hermosos caballeros. Mis cabellos, deshonrados por la tonsura, jugarían alrededor de mi cuello, formando ondeantes rizos. Tendría un lustroso bigote, y sería un valiente. Pero, una hora ante el altar, unas pocas palabras apenas articuladas me separaban para siempre de entre los vivos, ¡y yo mismo había sellado la losa de mi tumba, había corrido el cerrojo de mi prisión!»
Me asomé a la ventana. El cielo estaba maravillosamente azul, los árboles se habían vestido de primavera; la naturaleza hacía gala de una irónica alegría. La plara estaba llena de gente; unos iban, otros venían. Galanes y hermosas jovencitas iban en parejas hacia el jardín y los cenadores. Grupos de amigos pasaban cantando canciones de borrachos. Había un movimiento, una vida, una animación que aumentaba penosamente mi duelo y mi soledad. Una madre joven jugaba con su hijo en el umbral de la casa. Le besaba su boquita rosa perlada de gotas de leche, y le hacía arrumacos con mil divinas puerilidades que sólo las madres saben hacer. El padre, de pie, a una cierta distancia, sonreía dulcemente ante esta encantadora escena, y sus brazos cruzados estrechaban su alegría contra el corazón. No pude soportar este espectáculo; cerré la ventana y me eché en la cama con un odio y una envidia espantosa en el corazón, mordiendo mis dedos y la manta como un tigre con hambre de tres días.
No sé cuántos días permanecí de este modo; pero al volverme en un furioso espasmo vi al padre Serapion, de pie en la habitación, observándome atentamente. Me avergoncé de mí mismo y, hundiendo la cabeza en mi pecho, me cubrí el rostro con las manos.
–Romualdo, amigo mío –me dijo Serapion después de algunos minutos de silencio–, os sucede algo extraño; ¡vuestra conducta es verdaderamente inexplicable! Vos, tan sosegado y tan dulce os revolvéis ahora como un animal furioso. Tened cuidado hermano, y no escuchéis las sugerencias del diablo; el espíritu maligno, irritado por vuestra eterna consagración al Señor, os acecha como un lobo rapaz, e intenta un último esfuerzo para atraeros a él. En vez de dejaros abatir, mi querido Romualdo, haceos una coraza de oración, un escudo de mortificación y combatid valientemente al enemigo: le venceréis. La virtud necesita de la tentación, y el oro sale más fino del crisol. No os asustéis ni os desaniméis. Las almas mejor guardadas y las más firmes han tenido estos momentos. Orad, ayunad, meditad y se alejará el malvado espíritu.
El discurso del padre Serapion me hizo volver en mí y me tranquilicé.
–Venía a anunciaros que os ha sido asignada la parroquia de C**: el sacerdote que la ocupaba acaba de morir, y el obispo me ha encargado que os instale allí. Estad preparado para mañana.
Respondí afirmativamente con la cabeza y el padre se retiró. Abrí el misal y comencé a leer oraciones; pero pronto las líneas se tornaron confusas bajo mis ojos. Las ideas se enmarañaron en mi cerebro, y el libro se deslizó de entre mis manos sin darme cuenta.
¡Partir mañana sin haberla visto!, ¡añadir otro imposible más a todos los que ya había entre nosotros!, ¡perder para siempre la esperanza de encontrarla a menos que sucediera un milagro!, ¿escribirle?, ¿y a través de quién haría llegar mi carta? Con el carácter sagrado de mi estado, ¿a quién podría abrir mi corazón? ¿en quién confiar? Fui presa de una terrible ansiedad. Además, me venía a la memoria lo que el padre Serapion me acababa de decir de los artificios del diablo: lo extraño de la aventura, la belleza sobrenatural de Clarimonda, el destello fosforescente de sus ojos, la ardiente huella de su mano, la turbación en que me había hundido, el cambio repentino que se había operado en mí, mi piedad desvanecida en un instante; todo ello demostraba claramente la presencia del diablo, y la mano satinada no era sino el guante con que cubría sus garras. Estos pensamientos me sumieron en un gran temor, recogí el misal que había caído de mis rodillas al suelo y volví a mis oraciones.
A la mañana siguiente, Serapion vino a recogerme. Dos mulas cargadas con nuestro equipaje esperaban a la puerta. Él montó una, y yo, mejor o peor, la otra. Mientras recorríamos las calles de la ciudad miraba todas las ventanas y balcones por si veía a Clarimonda; pero era demasiado temprano, y la ciudad aún no había abierto los ojos. Mi mirada intentaba atravesar los estores y cortinas de los palacios ante los que pasábamos. Serapion, sin duda, atribuía esta curiosidad a la admiracion que me causaba la belleza de la arquitectura, pues aminoraba el paso de su montura para darme tiempo de ver. Por fin llegamos a la puerta de la ciudad y empezamos a subir la colina. Cuando llegué a la cima me volví para mirar una vez más el lugar donde vivía Clarimonda. La sombra de una nube cubría por completo la ciudad; los tejados azules y rojos se confundían en un semitono general donde flotaban, aquí y allá, los humos de la mañana, como blancos copos de espuma. Gracias a un singular efecto óptico se dibujaba, rubio y dorado, bajo un rayo único de luz, un edificio que sobrepasaba en altura a las construcciones vecinas, hundidas por completo en el vaho; aunque estaba a más de una legua, parecía muy cercano. Podían distinguirse los más mínimos detalles, las torres, las azoteas, las ventanas e incluso las veletas con cola de milano.
–¿Qué palacio es ese que veo allá a lo lejos iluminado por un rayo de sol? –le pregunté a Serapion.
Puso la mano por encima de sus ojos y cuando lo vio me contestó:
–Es el antiguo palacio que el príncipe Concini regaló a la cortesana Clarimonda; allí suceden cosas horribles.
En ese instante –aún no sé si fue realidad o ilusión– creí ver cómo en la terraza se deslizaba una silueta blanca y esbelta que brilló un segundo y se apagó. ¡Era Clarimonda!
¡Oh! ¿Sabía ella entonces que en ese momento desde lo alto de este amargo camino que me separaba de ella que no descendería nunca más, ardiente e inquieto, no apartaba mis ojos del palacio que habitaba y al que un insignificante juego de luz parecía acercarme como para invitarme a entrar y ser su dueño? Sin duda lo sabía, pues su alma estaba demasiado ligada a la mía como para sentir el menor estremecimiento, y esta sensación la había impulsado a subir a la terraza, envuelta en sus velos, en el helado rocío de la mañana.
La sombra se apoderó del palacio, y todo fue un océano inmóvil de tejados y cumbres donde sólo se distinguía una ondulación montuosa. Serapion arreó a su mula, cuyo paso siguió la mía enseguida, y un recodo del camino me arrebató para siempre la ciudad de S**, pues no volvería nunca.
Al cabo de tres días de camino a través de campos tristes vislumbramos a través de los árboles el gallo del campanario de la iglesia donde debía servir. Después de recorrer calles tortuosas flanqueadas por chozas y cercados llegamos ante la fachada, que no se caracterizaba por su grandeza. Un porche adornado con algunas nervaduras y dos o tres pilares del mismo gres toscamente tallados, tejas y contrafuertes del mismo gres que los pilares, esto era todo. A la izquierda, el cementerio con la hierba crecida y una gran cruz de hierro en medio; a la derecha y a la sombra de la iglesia, la casa parroquial. Era una casa de una sencillez extrema y de una desolada pulcritud. Entramos. Algunas gallinas picoteaban unos pocos granos de avena; acostumbradas como estaban a la negra sotana de los curas, no se espantaron con nuestra presencia y apenas se apartaron para dejarnos pasar. Se oyó un ladrido ronco y áspero, y vimos aparecer un perro viejo. Era el perro de mi antecesor. Tenía los ojos apagados, el pelo gris y todos los síntomas de la mayor vejez que un perro puede alcanzar. Lo acaricié suavemente y se puso a caminar junto a mí lleno de una indecible satisfacción. Vino también a nuestro encuentro una mujer muy vieja que había sido el ama de llaves del anciano cura, quien después de conducirme a una habitación de la planta baja me preguntó si había pensado despedirla. Le respondí que me quedaría con ella, con ella y con el perro, asimismo con las gallinas y con todos los muebles que su amo le había dejado al morir, cosa que la llenó de alegría, una vez que el padre Serapion le pagó en el momento el dinero que quería a cambio.
Cuando estuve instalado, el padre Serapion volvió al seminario. De forma que me quedé solo y sin otro apoyo que yo mismo. La idea de Clarimonda comenzó de nuevo a obsesionarme, y aunque me esforzaba en apartarla de mí, no siempre lo conseguía. Una tarde, paseando por mi jardín entre los caminos bordeados de boj, me pareció ver a través de los arbustos una silueta de mujer que seguía todos mis movimientos, y vi brillar entre las hojas dos pupilas verde mar; pero era sólo una ilusión, pues al pasar al otro lado encontré la huella de un pie tan pequeño que parecía de un niño. El jardín estaba rodeado por murallas muy altas, inspeccioné todos los recodos y rincones y no había nadie. Jamás pude explicarme este hecho, que no fue nada comparado con las cosas extrañas que me habían de suceder. Durante un año viví cumpliendo con exactitud todos los deberes correspondientes a mi estado, orando, ayunando y socorriendo enfermos, dando limosnas hasta privarme de lo más indispensable. Pero sentía en mi interior una profunda aridez y la fuente de la gracia estaba seca para mí. No podía gozar de la felicidad que da el cumplimiento de una misión santa. Mi pensamiento estaba en otra parte, y las palabras de Clarimonda me volvían a los labios como un estribillo que se repite involuntariamente. ¡Oh hermano, meditad bien esto! Por haber mirado solamente una vez a una mujer, por una falta aparentemente tan leve, he sufrido durante años las más miserables turbaciones. Mi vida está trastornada para siempre jamás.
No voy a entreteneros más tiempo con derrotas y victorias seguidas siempre de las más profundas caídas y pasaré a relatar enseguida un hecho decisivo. Una noche llamaron violentamente a la puerta. La anciana ama de llaves fue a abrir, y un hombre de rostro cobrizo y ricamente vestido, aunque a la moda exrranjera, y con un gran puñal, apareció en el umbral a la luz del farol de Bárbara. La primera impresión de ésta fue de miedo, pero el hombre la tranquilizó diciéndole que necesitaba verme enseguida para algo relacionado con mi ministerio. Bárbara le hizo subir. Yo ya iba a acostarme. El hombre me dijo que su señora, una gran dama, estaba a punto de morir y deseaba un sacerdote. Le respondí que estaba dispuesto a acompañarle; cogí lo necesario para la Extremaunción y bajé a toda prisa. En la puerta resoplaban de impaciencia dos caballos negros como la noche, y de su pecho emanaban oleadas de humo. Me sujetó el estribo y me ayudó a montar uno de ellos, después montó él el otro, apoyando solamente una mano en la silla. Apretó las rodillas y soltó las riendas de su caballo, que salió como una flecha. El mío, cuya brida también sujetaba él, se puso al galope y se mantuvo a la par que el suyo. Bajo nuestro insaciable galope, la tierra desaparecía gris y rayada, y las negras siluetas de los árboles huían como un ejército derrotado. Atravesamos un sombrío bosque tan oscuro y glacial que un escalofrío de supersticioso terror me recorrió el cuerpo. La estela de chispas que las herraduras de nuestros caballos producían en las piedras dejaba a nuestro paso un reguero de fuego, y si alguien nos hubiera visto a esta hora de la noche, nos habría tomado a mi guía y a mí por dos espectros cabalgando en una pesadilla. De cuando en cuando, fuegos fatuos se cruzaban en el camino, y las cornejas piaban lastimeras en la espesura del bosque, donde a lo lejos brillaban los ojos fosforescentes de algún gato salvaje. La crin de los caballos se enmarañaba cada vez más, el sudor corría por sus flancos y resoplaban jadeantes. Cuando el escudero les veía desfallecer emitía un grito gutural sobrehumano, y la carrera se reanudaba con furia. Finalmente se detuvo el torbellino. Una sombra negra salpicada de luces se alzó súbitamente ante nosotros; las pisadas de nuestras cabalgaduras se hicieron más ruidosas en el suelo de hierro, y entramos bajo una bóveda que abría sus fauces entre dos torres enormes. En el castillo reinaba una gran agitación; los criados, provistos de antorchas, atravesaban los patios, y las luces subían y bajaban de un piso a otro. Pude ver confusamente formas arquitectónicas inmensas, columnas, arcos, escalinatas y balaustradas, todo un lujo de construcción regia y fantástica. Un paje negro en quien reconocí enseguida al que me había dado el mensaje de Clarimonda, vino a ayudarme a bajar del caballo, y un mayordomo vestido de terciopelo negro con una cadena de oro en el cuello y un bastón de marfil avanzó hacia mí. Dos lágrimas cayeron de sus ojos y rodaron por sus mejillas hasta su barba blanca.
–¡Demasiado tarde, padre! –dijo bajando la cabeza–, ¡demasiado tarde!, pero ya que no pudisteis salvar su alma, venid a velar su pobre cuerpo.
Me tomó del brazo y me condujo a la sala fúnebre; mi llanto era tan copioso como el suyo, pues acababa de comprender que la muerta no era otra sino Clarimonda, tanto y tan locamente amada. Había un reclinatorio junto al lecho; una llama azul, que revoloteaba en una pátera de bronce, iluminaba toda la habitación con una luz débil e incierta, y hacía pestañear en la sombra la arista de algún mueble o de una cornisa. Sobre la mesa en una urna labrada, yacía una rosa blanca marchita, cuyos pétalos, salvo uno que se mantenía aún, habían caído junto al vaso, como lágrimas perfumadas; un roto antifaz negro, un abanico, disfraces de todo tipo se encontraban esparcidos por los sillones, y hacían pensar que la muerte se había presentado de improviso y sin anunciarse en esta suntuosa mansión. Me arrodillé, sin atreverme a dirigir la mirada al lecho, y empecé a recitar salmos con gran fervor, dando gracias a Dios por haber interpuesto la tumba entre el pensamiento de esa mujer y yo, para así poder incluir en mis oraciones su nombre santificado desde ahora. Pero, poco a poco, se fue debilitando este impulso, y caí en un estado de ensoñación. Esta estancia no tenía el aspecto de una cámara mortuoria. Contrariamente al aire fétido y cadavérico que estaba acostumbrado a respirar en los velatorios, un vaho lánguido de esencias orientales, no sé qué aroma de mujer, flotaba suavemente en la tibia atmósfera. Aquel pálido resplandor se asemejaba más a una media luz buscada para la voluptuosidad que al reflejo amarillo de la llama que tiembla junto a los cadáveres. Recordaba el extraño azar que me había devuelto a Clarimonda en el instante en que la perdía para siempre y un suspiro nostálgico escapó de mi pecho. Me pareció oír suspirar a mi espalda y me volví sin querer. Era el eco. Gracias a este movimiento mis ojos cayeron sobre el lecho de muerte que hasta entonces habían evitado. Las cortinas de damasco rojo estampadas, recogidas con entorchados de oro, dejaban ver a la muerta acostada con las manos juntas sobre el pecho. Estaba cubierta por un velo de lino de un blanco resplandeciente que resaltaba aún más gracias al púrpura del cortinaje, de una finura tal que no ocultaba lo más mínimo la encantadora forma de su cuerpo y dejaba ver sus bellas líneas ondulantes como el cuello de un cisne que ni siquiera la muerte había podido entumecer. Se hubiera creído una estatua de alabastro realizada por un hábil escultor para la tumba de una reina, o una doncella dormida sobre la que hubiera nevado.
No podía contenerme; el aire de esta alcoba me embriagaba, el olor febril de rosa medio marchita me subía al cerebro, me puse a recorrer la habitación deteniéndome ante cada columna del lecho para observar el grácil cuerpo difunto bajo la transparencia del sudario. Extraños pensamientos me atravesaban el alma. Me imaginaba que no estaba realmente muerta y que no era más que una ficción ideada para atraerme a su castillo y así confesarme su amor. Por un momento creí ver que movía su pie en la blancura de los velos y se alteraban los pliegues de su sudario. Luego me decía a mí mismo: «¿acaso es Clarimonda? ¿Qué pruebas tengo? El paje negro puede haber pasado al servicio de otra mujer. Debo estar loco para desconsolarme y turbarme de este modo». Pero mi corazón contestaba: «es ella, claro que es ella». Me acerqué al lecho y miré aún más atentamente al objeto de mi incertidumbre. Debo confesaros que tal perfección de formas, aunque purificadas y santificadas por la sombra de la muerte, me turbaban voluptuosamente, y su reposado aspecto se parecía tanto a un sueño que uno podría haberse engañado. Olvidé que había venido para realizar un oficio fúnebre y me imaginaba entrando como un joven esposo en la alcoba de la novia que oculta su rostro por pudor y no quiere dejarse ver. Afligido de dolor, loco de alegría, estremecido de temor y placer me incliné sobre ella y cogí el borde del velo; lo levanté lentamente, conteniendo la respiración para no despertarla.
Mis venas palpitaban con tal fuerza que las sentía silbar en mis sienes, y mi frente estaba sudorosa como si hubiese levantado una lápida de mármol. Era en efecto la misma Clarimonda que había visto en la iglesia el día de mi ordenación; tenía el mismo encanto, y la muerte parecía en ella una coquetería más. La palidez de sus mejillas, el rosa tenue de sus labios, sus largas pestañas dibujando una sombra en esta blancura le otorgaban una expresión de castidad melancólica y de sufrimiento pensativo de una inefable seducción. Sus largos cabellos sueltos, entre los que aún había enredadas florecillas azules, almohadillaban su cabeza y ocultaban con sus bucles la desnudez de sus hombros; sus bellas manos, más puras y diáfanas que las hostias, estaban cruzadas en actitud de piadoso reposo y de tácita oración, y esto compensaba la seducción que hubiera podido provocar, incluso en la muerte, la exquisita redondez y el suave marfil de sus brazos desnudos que aún conservaban los brazaletes de perlas. Permanecí largo tiempo absorto en una muda contemplación, y cuanto más la miraba menos podía creer que la vida hubiera abandonado para siempre aquel hermoso cuerpo.
No sé si fue una ilusión o el reflejo de la lámpara, pero hubiera creído que la sangre corría de nuevo bajo esta palidez mate; sin embargo, ella permanecía inmóvil. Toqué ligeramente su brazo; estaba frío, pero no más frío que su mano el día en que rozó la mía en el eco de la iglesia. lncliné de nuevo mi rostro sobre el suyo derramando en sus mejillas el tibio rocío de mis lágrimas. ¡Oh, qué amargo sentimiento de desesperación y de impotencia! ¡Qué agonía de vigilia! Hubiera querido poder juntar mi vida para dársela y soplar sobre su helado despojo la llama que me devoraba. La noche avanzaba, y al sentir acercarse el momento de la separación eterna no pude negarme la triste y sublime dulzura de besar los labios muertos de quien había sido dueña de todo mi amor. ¡Oh prodigio!, una suave respiración se unió a la mía, y la boca de Clarimonda respondió a la presión de mi boca: sus ojos se abrieron y recuperaron un poco de brillo, suspiró y, descruzando los brazos, rodeó mi cuello en un arrebato indescriptible.
–¡Ah, eres rú Romualdo! –dijo con una voz lánguida y suave como las últimas vibraciones de un arpa–; ¿qué haces? Te esperé tanto tiempo que he muerto; pero ahora estamos prometidos, podré verte e ir a tu casa. ¡Adiós Romualdo, adiós! Te amo, es todo cuanto quería decirte, te debo la vida que me has devuelto en un minuto con tu beso. Hasta pronto.
Su cabeza cayó hacia atrás, pero sus brazos aún me rodeaban, como reteniéndome. Un golpe furioso de viento derribó la ventana y entró en la habitación; el último pétalo de la rosa blanca palpitó como un ala durante unos instantes en el extremo del tallo para arrancarse luego y volar a través de la ventana abierta, llevándose el alma de Clarimonda. La lámpara se apagó y caí desvanecido en el seno de la hermosa muerta.
Cuando desperté estaba acostado en mi cama, en la habitación de la casa parroquial, y el viejo perro del anciano cura lamía mi mano que colgaba fuera de la manta. Bárbara se movía por la habitación con un temblor senil, abriendo y cerrando cajones, removiendo los brebajes de los vasos. Al verme abrir los ojos, la anciana gritó de alegría, el perro ladró y movió el rabo, pero me encontraba tan débil que no pude articular palabra ni hacer el más mínimo movimiento. Supe después que estuve así tres días, sin dar otro signo de vida que una respiración casi imperceptible. Estos días no cuentan en mi vida, no sé dónde estuvo mi espíritu durante este tiempo, no guardé recuerdo alguno. Bárbara me contó que el mismo hombre de rostro cobrizo que había venido a buscarme por la noche, me había traído a la mañana siguiente en una litera cerrada, y se había vuelto a marchar inmediatamente. En cuanto recuperé la memoria examiné todos los detalles de aquella noche fatídica. Pensé que había sido el juego de una mágica ilusión; pero hechos reales y palpables tiraban por tierra esta suposición. No podía pensar que era un sueño, pues Bárbara había visto como yo al hombre de los caballos negros y describía con exactitud su vestimenta y compostura. Sin embargo, nadie conocía en los alrededores un castillo que se ajustara a la descripción de aquel en donde había encontrado a Clarimonda.
Una mañana apareció el padre Serapion. Bárbara le había hecho saber que estaba enfermo y acudió rápidamente. Si bien tanta diligencia demostraba afecto e interés por mi persona, no me complació como debía. El padre Serapion tenía en la mirada un aire penetrante e inquisidor que me incomodaba. Me sentía confuso y culpable ante él, pues había descubierto mi profunda turbación, y temía su clarividencia.
Mientras me preguntaba por mi salud con un tono melosamente hipócrita, clavaba en mí sus pupilas amarillas de león, y hundía su mirada como una sonda en mi alma. Después se interesó por la forma en que llevaba la parroquia, si estaba a gusto, a qué dedicaba el tiempo que el ministerio me dejaba libre, si había trabado amistad con las gentes del lugar, cuáles eran mis lecturas favoritas y mil detalles parecidos. Yo le contestaba con la mayor brevedad, e incluso él mismo pasaba a otro tema sin esperar a que hubiera terminado. Esta charla no tenía, por supuesto, nada que ver con lo que él quería decirme. Así que, sin ningún preámbulo y como si se tratara de una noticia recordada de pronto y que temiera olvidar, me dijo con voz clara y vibrante que sonó en mi oído como las trompetas del juicio final:
–La cortesana Clarimonda ha muerto recientemente tras una orgía que duró ocho días y ocho noches. Fue algo infernalmente espléndido. Se repitió la abominación de los banquetes de Baltasar y Cleopatra. ¡En qué siglo vivimos, Dios mío! Los convidados fueron servidos por esclavos de piel oscura que hablaban una lengua desconocida; en mi opinión, auténticos demonios; la librea del de menor rango hubiera vestido de gala a un emperador. Sobre Clarimonda se han contado muchas historias extraordinarias en estos tiempos, y todos sus amantes tuvieron un fnal miserable o violento. Se ha dicho que era una mujer vampiro, pero yo creo que se trata del mismísimo Belcebú.
Calló, y me miró más fijamente aún para observar el efecto que me causaban sus palabras. No pude evitar estremecerme al oír nombrar a Clarimonda, y, la noticia de su muerte, además del dolor que me causaba por su extraña coincidencia con la escena nocturna de que fui testigo, me produjo una turbación y un escalofrío que se manifestó en mi rostro a pesar de que hice lo posible por contenerme. Serapion me lanzó una mirada inquieta y severa, luego añadió:
–Hijo mío, debo advertiros, habéis dado un paso hacia el abismo, cuidaos de no caer en él. Satanás tiene las garras largas, y las tumbas no siempre son de fiar. La losa de Clarimonda debió ser sellada tres veces, pues, por lo que se dice, no es la primera que ha muerto. Que Dios os guarde, Romualdo.
Serapion dijo estas palabras y se dirigió lentamente hacia la puerta. No volví a verle, pues partió hacia S** inmediatamente después.
Me había recuperado por completo y volvía a mis tareas cotidianas. El recuerdo de Clarimonda y las palabras del anciano padre estaban presentes en mi memoria; sin embargo, ningún extraño suceso había ratificado hasta ahora las fúnebres predicciones de Serapion, y empecé a creer que mis temores y mi terror eran exagerados. Pero una noche tuve un sueño. Apenas me había quedado dormido cuando oí descorrer las cortinas de mi lecho y el ruido de las anillas en la barra sonó estrepitosamente; me incorporé de golpe sobre los codos y vi ante mí una sombra de mujer. Enseguida reconocí a Clarimonda. Sostenía una lamparita como las que se depositan en las tumbas, cuyo resplandor daba a sus dedos afilados una transparencia rosa que se difuminaba insensiblemente hasta la blancura opaca y rosa de su brazo desnudo. Su única ropa era el sudario de lino que la cubría en su lecho de muerte, y sujetaba sus pliegues en el pecho, como avergonzándose de estar casi desnuda, pero su manita no bastaba, y como era tan blanca, el color del tejido se confundía con el de su carne a la pálida luz de la lámpara. Envuelta en una tela tan fina que traicionaba todas sus formas, parecía una estatua de mármol de una bañista antigua y no una mujer viva. Muerta o viva, estatua o mujer, sombra o cuerpo, su belleza siempre era la misma; tan sólo el verde brillo de sus pupilas estaba un poco apagado, y su boca, antes bermeja, sólo era de un rosa pálido y tierno semejante al de sus mejillas. Las florecillas azules que vi en sus cabellos se habían secado por completo y habían perdido todos sus pétalos; pero estaba encantadora, tanto que, a pesar de lo extraño de la aventura y del modo inexplicable en que había entrado en mi habitación, no sentí temor ni por un instante.
Dejó la lámpara sobre la mesilla y se sentó a los pies de mi cama; después, inclinándose sobre mí, me dijo con esa voz argentina y aterciopelada, que sólo le he oído a ella:
–Me he hecho esperar, querido Romualdo, y sin duda habrás pensado que te había olvidado. Pero vengo de muy lejos, de un lugar del que nadie ha vuelto aún; no hay ni luna ni sol en el país de donde procedo; sólo hay espacio y sombra, no hay camino, ni senderos; no hay tierra para caminar, ni aire para volar y, sin embargo, heme aquí, pues el amor es más fuerte que la muerte y acabará por vencerla. ¡Ay!, he visto en mi viaje rostros lúgubres y cosas terribles. Mi alma ha tenido que luchar tanto para, una vez vuelta a este mundo, encontrar su cuerpo y poseerlo de nuevo... ¡Cuánta fuerza necesité para levantar la lápida que me cubría! Mira las palmas de mis manos lastimadas. ¡Bésalas para curarlas, amor mío! –me acercó a la boca sus manos, las besé mil veces, y ella me miraba hacer con una sonrisa de inefable placer.
Confieso para mi vergüenza que había olvidado por completo las advertencias del padre Serapion y el carácter sagrado que me revestía. Había sucumbido sin oponer resistencia, y al primer asalto. Ni siquiera intenté alejar de mí la tentación; la frescura de la piel de Clarimonda penetraba la mía y sentía estremecerse mi cuerpo de manera voluptuosa. ¡Mi pobre niña! A pesar de todo lo que vi, aún me cuesta creer que fuera un demonio: no lo parecía desde luego, y jamás Satanás ocultó mejor sus garras y sus cuernos. Había recogido sus piernas sobre los talones y, acurrucada en la cama, adoptó un aire de coquetería indolente. Cada cierto tiempo acariciaba mis cabellos y con sus manos formaba rizos como ensayando nuevos peinados. Yo me dejaba hacer con la más culpable complacencia y ella añadía a la escena un adorable parloteo. Es curioso el hecho de que yo no me sorprendiera ante tal aventura y, dada la facilidad que tienen nuestros ojos para considerar con normalidad los más extraños acontecimientos, la situación me pareció de lo más natural.
–Te amaba mucho antes de haberte visto, querido Romualdo, te buscaba por todas partes. Tú eras mi sueño y me fijé en ti en la iglesia, en el fatal momento; me dije: ¡es él! y te lancé una mirada con todo el amor que había tenido, tenía y tendría por ti. Fue una mirada capaz de condenar a un cardenal, de poner de rodillas a mis pies a un rey ante su corte. Tú permaneciste impasible y preferiste a tu Dios. ¡Ah, cuán celosa estoy de tu Dios al que has amado y amas aún más que a mí!
»¡Desdichada, desdichada de mí!, jamás tu corazón será para mí sola, para mí, a quien resucitaste con un beso, para mí, Clarimonda la muerta, que forzó por tu causa las puertas de la tumba y viene a consagrarte su vida; recobrada para hacerte feliz.
Estas palabras iban acompañadas de caricias delirantes que aturdieron mis sentidos y mi razón hasta el punto de no temer proferir para contentarla una espantosa blasfemia y decirle que la amaba tanto como a Dios.
Sus pupilas se reavivaron y brillaron como crisopacios:
–¡Es cierto, es cierto!, ¡tanto como a Dios! –dijo rodeándome con sus brazos–. Si es así, vendrás conmigo, me seguirás donde yo quiera. Te quitarás ese horrible traje negro. Serás el más orgulloso y envidiable de los caballeros, serás mi amante. Ser el amante confeso de Clarimonda, que llegó a rechazar a un papa, es algo hermoso. ¡Ah, llevaremos una vida feliz, una dorada existencia! ¿Cuándo partimos, caballero?
–¡Mañana!, ¡mañana! –gritaba en mi delirio.
–Mañana, sea –contestó–. Tendré tiempo de cambiar de ropa, porque ésta es demasiado ligera y no sirve para ir de viaje. Además tengo que avisar a la gente que me cree realmente muerta y me llora. Dinero, trajes, coches, todo estará dispuesto, vendré a buscarte a esta misma hora. Adiós, corazón –rozó mi frente con sus labios. La lámpara se apagó, se corrieron las cortinas y no vi nada más; un sueño de plomo se apoderó de mí hasta la mañana siguiente. Desperté más tarde que de costumbre, y el recuerdo de tan extraña visión me tuvo todo el día en un estado de agitación; terminé por convencerme de que había sido fruto de mi acalorada imaginación. Pero, sin embargo, las sensaciones fueron tan vivas que costaba creer que no hubieran sido reales, y me fui a dormir no sin cierto temor por lo que iba a suceder, después de pedir a Dios que alejara de mí los malos pensamientos y protegiera la castidad de mi sueño.
Enseguida me dormí profundamente, y mi sueño continuó. Las cortinas se corrieron y vi a Clarimonda, no como la primera vez, pálida en su pálido sudario y con las violetas de la muerte en sus mejillas, sino alegre, decidida y dispuesta, con un magnífico traje de terciopelo verde adornado con cordones de oro y recogido a un lado para dejar ver una falda de satén. Sus rubios cabellos caían en tirabuzones de un amplio sombrero de fieltro negro cargado de plumas blancas colocadas caprichosamente, y llevaba en la mano una fusta rematada en oro. Me dio un toque suavemente diciendo:
–Y bien, dormilón, ¿así es como haces tus preparativos? Pensaba encontrarte de pie. Levántate, que no tenemos tiempo que perder –salté de la cama–. Anda, vístete y vámonos –me dijo señalándome un paquete que había traído–; los caballos se aburren y roen su freno en la puerta. Deberíamos estar ya a diez leguas de aquí.
Me vestí enseguida, ella me tendía la ropa riéndose a carcajadas con mi torpeza y explicándome su uso cuando me equivocaba. Me arregló los cabellos y cuando estaba listo me ofreció un espejo de bolsillo de cristal de Venecia con filigranas de plata diciendo:
–¿Cómo te ves?, ¿me tomarás a tu servicio como mayordomo?
Yo no era el mismo y no me reconocí. Mi imagen era tan distinta como lo son un bloque de piedra y una escultura terminada. Mi antigua figura no parecía ser sino el torpe esbozo de lo que el espejo reflejaba. Era hermoso y me estremecí de vanidad por esta metamorfosis. Las elegantes ropas y el traje bordado me convertían en otra persona y me asombraba el poder de unas varas de tela cortadas con buen gusto. El porte del traje penetraba mi piel, y al cabo de diez minutos había adquirido ya un cierto aire de vanidad.
Di unas vueltas por la habitación para manejarme con soltura. Clarimonda me miraba con maternal complacencia y parecía contenta con su obra.
–Ya está bien de chiquilladas, en marcha, querido Romualdo. Vamos lejos, y así no llegaremos nunca –me tomó de la mano y salimos. Las puertas se abrían a su paso apenas las tocaba, y pasamos junto al perro sin despertarle.
En la puerta estaba Margheritone, el escudero que ya conocía; sujetaba la brida de tres caballos negros como los anteriores, uno para mí, otro para él y otro para Clarimonda. Debían ser caballos bereberes de España, nacidos de yeguas fecundadas por el Céfiro, pues corrían tanto como el viento, y la luna, que había salido con nosotros para iluminarnos, rodaba por el cielo como una rueda soltada de su carro; la veíamos a nuestra derecha, saltando de árbol en árbol y perdiendo el aliento por correr tras nosotros. Pronto aparecimos en una llanura donde, junto a un bosquecillo, nos esperaba un coche con cuatro vigorosos caballos; subimos y el cochero les hizo galopar de una forma insensata, Mi brazo rodeaba el talle de Clarimonda y estrechaba una de sus manos; ella apoyaba su cabeza en mi hombro y podía sentir el roce de su cuello semidesnudo en mi brazo. Jamás había sido tan feliz. Me había olvidado de todo y no recordaba mejor el hecho de haber sido cura que lo que sentí en el vientre de mi madre, tal era la fascinación que el espíritu maligno ejercía en mí. A partir de esa noche, mi naturaleza se desdobló y hubo en mí dos hombres que no se conocían uno a otro. Tan pronto me creía un sacerdote que cada noche soñaba que era caballero, como un caballero que soñaba ser sacerdote. No podía distinguir el sueño de la vigilia y no sabía dónde empezaba la realidad ni dónde terminaba la ilusión. El joven vanidoso y libertino se burlaba del sacerdote, y el sacerdote detestaba la vida disoluta del joven noble. La vida bicéfala que llevaba podría describirse como dos espirales enmarañadas que no llegan a tocarse nunca. A pesar de lo extraño que parezca no creo haber rozado en momento alguno la locura. Tuve siempre muy clara la percepción de mis dos existencias. Sólo había un hecho absurdo que no me podía explicar: era que el sentimiento de la misma identidad perteneciera a dos hombres tan diferentes. Era una anomalía que ignoraba ya fuera mientras me creía cura del pueblo C**, ya como il signor Romualdo, amante titular de Clarimonda.
El caso es que me encontraba – o creía encontrarme– en Venecia; aún no he podido aclarar lo que había de ilusión y de real en tan extraña aventura. Vivíamos en un gran palacio de mármol en el Canaleio, con frescos y estatuas, y dos Ticianos de la mejor época en el dormitorio de Clarimonda: era un palacio digno de un rey. Cada uno de nosotros tenía su góndola y su barcarola con nuestro escudo, sala de música y nuestro poeta. Clarimonda entendía la vida a lo grande y había algo de Cleopatra en su forma de ser. Por mi parte, llevaba un tren de vida digno del hijo de un príncipe, y era tan conocido como si perteneciera a la familia de uno de los doce apóstoles o de los cuatro evangelistas de la serenísima república. No hubiera cedido el paso ni al mismo dux, y creo que desde Satán, caído del cielo, nadie fue más insolente y orgulloso que yo. Iba al Ridotto y jugaba de manera infernal. Me mezclaba con la más alta sociedad del mundo, con hijos de familias arruinadas, con mujeres de teatro, con estafadores, parásitos y espadachines. A pesar de mi vida disipada, permanecía fiel a Clarimonda. La amaba locamente. Ella habría estimulado a la misma saciedad, y habría hecho estable la inconstancia. Tener a Clarimonda era tener cien amantes, era poseer a todas las mujeres por tan mudable, cambiante y diferente de ella misma que era: un verdadero camaleón. Me hacía cometer con ella la infidelidad que hubiera cometido con otras, adoptando el carácter, el porte y la belleza de la mujer que parecía gustarme. Me devolvía mi amor centuplicado, y en vano jóvenes patricios e incluso miembros del Consejo de los Diez le hicieron las mejores proposiciones. Un Foscari llegó a proponerle matrimonio; rechazó a todos. Tenía oro suficiente; sólo quería amor, un amor joven, puro, despertado por ella y que sería el primero y el último. Hubiera sido completamente feliz de no ser por la pesadilla que volvía cada noche y en la que me creía cura de pueblo mortificándome y haciendo penitencia por los excesos cometidos durante el día. La seguridad que me daba la costumbre de estar a su lado apenas me hacía pensar en la extraña manera en que conocí a Clarimonda. Sin embargo, las palabras del padre Serapión me venían alguna vez a la memoria y no dejaban de inquietarme.
La salud de Clarimonda no era tan buena desde hacía algún tiempo. Su tez se iba apagando día a día. Los médicos que mandaron llamar no entendieron nada y no supieron qué hacer. Prescribieron algún medicamento sin importancia y no volvieron. Pero ella palidecía visiblemente y cada vez estaba más fría. Parecía tan blanca y tan muerta como aquella noche en el castillo desconocido. Me desesperaba ver cómo se marchitaba lentamente. Ella, conmovida por mi dolor, me sonreía dulcemente con la fatal sonrisa de los que saben que van a morir.
Una mañana, me encontraba desayunando en una mesita junto a su lecho, para no separarme de ella ni un minuto, y partiendo una fruta me hice casualmente un corte en un dedo bastante profundo. La sangre, color púrpura, corrió enseguida, y unas gotas salpicaron a Clarimonda. Sus ojos se iluminaron, su rostro adquirió una expresión de alegría feroz y salvaje que no le conocía. Saltó de la cama con una agilidad animal de mono o de gato y se abalanzó sobre mi herida que empezó a chupar con una voluptuosidad indescriprible. Tragaba la sangre a pequeños sorbitos, lentamente, con afectación, como un gourmet que saborea un vino de Jerez o de Siracusa. Entornaba los ojos, y sus verdes pupilas no eran redondas, sino que se habían alargado. Por momentos se detenía para besar mi mano y luego volvía a apretar sus labios contra los labios de la herida para sacar todavía más gotas rojas. Cuando vio que no salía más sangre, se incorporó con los ojos húmedos y brillantes, rosa como una aurora de mayo, satisfecha, su mano estaba tibia y húmeda, estaba más hermosa que nunca y completamente restablecida.
–¡No moriré! ¡No moriré! –decía loca de alegría colgándose de mi cuello–; podré amarte aún más tiempo. Mi vida está en la tuya y todo mi ser proviene de ti. Sólo unas gotas de tu rica y noble sangre, más preciada y eficaz que todos los elixires del mundo, me han devuelto a la vida.
Este hecho me preocupó durante algún tiempo, haciéndome dudar acerca de Clarimonda, y esa misma noche, cuando el sueño me transportó a mi parroquia vi al padre Serapion más taciturno y preocupado que nunca:
–No contento con perder vurstra alma queréis perder también vuestro cuerpo. ¡Infeliz, en qué trampa habéis caído!
El tono de sus palabras me afectó profundamente, pero esta impresión se disipó bien pronto, y otros cuidados acabaron por borrarlo de mi memoria. Una noche vi en mi espejo, en cuya posición ella no había reparado, cómo Clarimonda derramaba unos polvos en una copa de vino sazonado que acostumbraba a preparar después de la cena. Tomé la copa y fingí llevármela a los labios dejándola luego sobre un mueble como para apurarla más tarde a placer y, aprovechando un instante en que estaba vuelta de espaldas, vacié su contenido bajo la mesa, luego me retiré a mi habitación y me acosté decidido a no dormirme y ver en qué acababa todo esto. No esperé mucho tiempo, Clarimonda entró en camisón y una vez que se hubo despojado de sus velos se recostó junto a mí. Cuando estuvo segura de que dormía tomó mi brazo desnudo y sacó de entre su pelo un alfiler de oro, murmurando:
–Una gota, sólo una gotita roja, un rubí en la punta de mi aguja... Puesto que aún me amas no moriré... ¡Oh, pobre amor!, beberé tu hermosa sangre de un púrpura brillante. Duerme mi bien, mi dios, mi niño, no te haré ningún daño, sólo tomaré de tu vida lo necesario para que no se apague la mía. Si no te amara tanto me decidiría a buscar otros amantes cuyas venas agotaría, pero desde que te conozco todo el mundo me produce horror. ¡Ah, qué brazo tan hermoso, tan perfecto, tan blanco! Jamás podré pinchar esta venita azul –lloraba mientras decía esto y sentía llover sus lágrimas en mi brazo, que tenía entre sus manos. Finalmente se decidió, me dio un pinchacito y empezó a chupar la sangre que salía. Apenas hubo bebido unas gotas tuvo miedo de debilitarme y aplicó una cinta alrededor de mi brazo después de frotar la herida con un ungüento que la cicatrizó al instante.
Ya no cabía duda. El padre Serapion tenía razón. Pero, a pesar de esta certeza, no podía dejar de amar a Clarimonda y le hubiera dado toda la sangre necesaria para mantener su existencia ficticia. Por otra parte, no tenía qué temer, la mujer respondía del vampiro, y lo que había visto y oído me tranquilizaba. Mis venas estaban colmadas, de forma que tardarían en agotarse y no iba a ser egoísta con mi vida. Me habría abierto el brazo yo mismo diciéndole:
–Bebe, y que mi amor se filtre en tu cuerpo con mi sangre.
Evitaba hacer la más mínima alusión al narcótico y a la escena de la aguja, y vivíamos en una armonía perfecta. Pero mis escrúpulos de sacerdote me atormentaban más que nunca y ya no sabía qué penitencia podía inventar para someter y mortificar mi carne. Aunque todas mis visiones fueran involuntarias y sin mi participación, no me atrevía a tocar a Cristo con unas manos tan impuras y un espíritu mancillado por semejantes excesos reales o soñados. Para evitar caer en semejantes alucinaciones, intentaba no dormir, manteniendo abiertos mis párpados con los dedos, y permanecía de pie apoyado en los muros luchando con todas mis fuerzas contra el sueño. Pero la arena del adormecimiento pesaba en mis ojos, y al ver que mi lucha era inútil dejaba caer mis brazos y, exhausto y sin aliento, dejaba que la corriente me arrastrase hacia la pérfida orilla. Serapion me exhortaba de forma vehemente y me reprochaba con dureza mi debilidad y mi falta de fervor. Un día en que mi agitación era mayor que de ordinario me dijo:
–Sólo hay un remedio para que os desembaracéis de esta obsesión, y aunque es una medida extrema la llevaremos a cabo: a grandes males, grandes remedios. Conozco el lugar donde fue enterrada Clarimonda; vamos a desenterrarla para que veáis en qué lamentable estado se encuentra el objeto de vuestro amor. No permitiréis que vuestra alma se pierda por un cadáver inmundo devorado por gusanos y a punto de convertirse en polvo; esto os hará entrar en razón.
Estaba tan cansado de llevar esta doble vida que acepté; deseaba saber de una vez por todas quién era víctima de una ilusión, si el cura o el gentilhombre, y quería acabar con uno o con otro o con los dos, pues mi vida no podía continuar así. El padre Serapion se armó con un pico, una palanca y una lintera y a medianoche nos fuimos al cementerio de** que él conocía perfectamente. Tras acercar la luz a las inscripciones de algunas tumbas, llegamos por fin ante una piedra medio escondida entre grandes hierbas y devorada por musgos y plantas parásitas, donde desciframos el principio de la siguiente inscripción:
Aquí yace Clarimonda
Que fue mientras vivió
La más bella del mundo.
.......................
–Aquí es –dijo Serapion y, dejando en el suelo su linterna, colocó la palanca en el intersticio de la piedra y comenzó a levantarla. La piedra cedió y se puso a trabajar con el pico. Yo le veía hacer más oscuro y silencioso que la noche misma; él, ocupado en tan fúnebre tarea, sudaba copiosamente, jadeaba, y su respiración entrecortada parecía el estertor de un agonizante. Era un espectáculo extraño y, cualquiera que nos hubiera visto desde fuera, nos habría tomado por profanadores y ladrones de sudarios antes que por sacerdotes de Dios. El celo de Serapion tenía algo de duro y salvaje que le asemejaba más a un demonio que a un apóstol o a un ángel, y sus rasgos austeros recortados por el reflejo de la linterna nada tenían de tranquilizador.
Sentía en mis miembros un sudor glacial, y mis cabellos se erizaban dolorosamente en mi cabeza; en el fondo de mí mismo veía el acto de Serapion como un abominable sacrilegio, y hubiera deseado que del flanco de las sombrías nubes que transcurrían pesadamente sobre nosotros hubiera salido un triángulo de fuego que le redujera a polvo. Los búhos posados en los cipreses, inquietos por el reflejo de la linterna, venían a golpear sus cristales con sus alas polvorientas, gimiendo lastimosamente; los zorros chillaban a lo lejos y mil ruidos siniestros brotaban del silencio. Finalmente, el pico de Serapion chocó con el ataúd, y los tablones retumbaron con un ruido sordo y sonoro, con ese terrible ruido que produce la nada cuando se la toca; derribó la tapa y vi a Clarimonda, pálida como el mármol, con las manos juntas; su blanco sudario formaba un solo pliegue de la cabeza a los pies. Una gotica roja brillaba como una rosa en la comisura de su boca descolorida. Al verla, Serapion se enfureció:
–¡Ah! ¡Estás aquí demonio, cortesana impúdica, bebedora de sangre y de oro! –y roció de agua bendita el cuerpo y el ataúd sobre el que dibujó una cruz con su hisopo. Tan pronto como el santo roció a la pobre Clarimonda su hermoso cuerpo se convirtió en polvo y no fue más que una mezcla espantosa deforme de ceniza y de huesos medio calcinados. –He aquí a vuestra amante, señor Romualdo –dijo el despiadado sacerdote mostrándome los tristes despojos–, ¿iréis a pasearos al Lido y a Fusine con esta belleza?
Bajé la cabeza, sólo había ruinas en mi interior. Volví a mi parroquia, y el señor Romualdo, amante de Clarimonda, se separó del pobre cura a quien durante tanto tiempo había hecho tan extraña compañía. Sólo que la noche siguiente volví a ver a Clarimonda, quien me dijo, como la primera vez en el pórtico de la iglesia:
–¡Infeliz! ¡infeliz!, ¿qué has hecho?, ¿por qué has escuchado a ese cura imbécil?, ¿acaso no eras feliz?, ¿y qué te había hecho yo para que violaras mi tumba y pusieras al descubierto las miserias de mi nada? Se ha roto para siempre toda posible comunicación entre nuestras almas y nuestros cuerpos. Adiós, me recordarás –se disipó en el aire como el humo y nunca más volví a verla.
¡Ay de mí! Tenía razón; la he recordado más de una vez y aún la recuerdo. La paz de mi alma fue pagada a buen precio; el amor de Dios no era suficiente para reemplazar al suyo. Y, he aquí, hermano, la historia de mi juventud. No miréis jamás a una mujer, y caminad siempre con los ojos fijos en tierra, pues, aunque seáis casto y sosegado, un solo minuto basta para haceros perder la eternidad.