Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

viernes, 30 de noviembre de 2007

Drácula IV... con un día de retraso

Bram Stoker


DEL DIARIO DE JONATHAN HARKER (continuación)

Desperté en mi propia cama. Si es que no ha sido todo un sueño, el conde me debe de haber traído en brazos hasta aquí. Traté de explicarme el suceso, pero no pude llegar a ningún resultado claro. Para estar seguro, había ciertas pequeñas evidencias, tales como que mi ropa estaba doblada y arreglada de manera extraña. Mi reloj no tenía cuerda, y yo estoy rigurosamente acostumbrado a darle cuerda como última cosa antes de acostarme, y otros detalles parecidos. Pero todas estas cosas no son ninguna prueba definitiva, pues pueden ser evidencias de que mi mente no estaba en su estado normal, y, por una u otra causa, la verdad es que había estado muy excitado. Tengo que observar para probar. De una cosa me alegro: si fue el conde el que me trajo hasta aquí y me desvistió, debe haberlo hecho todo deprisa, pues mis bolsillos estaban intactos. Estoy seguro de que este diario hubiera sido para él un misterio que no hubiera soportado. Se lo habría llevado o lo habría destruido. Al mirar en torno de este cuarto, aunque ha sido tan intimidante para mí, veo que es ahora una especie de santuario, pues nada puede ser más terrible que esas monstruosas mujeres que estaban allí -están esperando para chuparme la sangre.
18 de mayo. He estado otra vez abajo para echar otra mirada al cuarto aprovechando la luz del día, pues debo saber la verdad. Cuando llegué a la puerta al final de las gradas la encontré cerrada. Había sido empujada con tal fuerza contra el batiente, que parte de la madera se había astillado. Pude ver que el cerrojo de la puerta no se había corrido, pero la puerta se encuentra atrancada por el lado de adentro. Temo que no haya sido un sueño, y debo actuar de acuerdo con esta suposición.
19 de mayo. Es seguro que estoy en las redes. Anoche el conde me pidió, en el más suave de los tonos, que escribiera tres cartas: una diciendo que mi trabajo aquí ya casi había terminado, y que saldría para casa dentro de unos días; otra diciendo que salía a la mañana siguiente de que escribía la carta, y una tercera afirmando que había dejado el castillo y había llegado a Bistritz. De buena gana hubiese protestado, pero sentí que en el actual estado de las cosas sería una locura tener un altercado con el conde, debido a que me encuentro absolutamente en su poder; y negarme hubiera sido despertar sus sospechas y excitar su cólera. Él sabe que yo sé demasiado, y que no debo vivir, pues sería peligroso para él; mi única probabilidad radica en prolongar mis oportunidades. Puede ocurrir algo que me dé una posibilidad de escapar. Vi en sus ojos algo de aquella ira que se manifestó cuando arrojó a la mujer rubia lejos de sí. Me explicó que los empleos eran pocos e inseguros, y que al escribir ahora seguramente le daría tranquilidad a mis amigos; y me aseguró con tanta insistencia que enviaría las últimas cartas (las cuales serían detenidas en Bistritz hasta el tiempo oportuno en caso de que el azar permitiera que yo prolongara mi estancia) que oponérmele hubiera sido crear nuevas sospechas. Por lo tanto, pretendí estar de acuerdo con sus puntos de vista y le pregunté qué fecha debía poner en las cartas. Él calculó un minuto. Luego, dijo: -La primera debe ser del 12 de junio, la segunda del 19 de junio y la tercera del 29 de junio. Ahora sé hasta cuando viviré. ¡Dios me ampare!
28 de mayo. Se me ofrece una oportunidad para escaparme, o al menos para enviar un par de palabras a casa. Una banda de cíngaros ha venido al castillo y han acampado en el patio interior. Estos no son otra cosa que gitanos; tengo ciertos datos de ellos en mi libro. Son peculiares de esta parte del mundo, aunque se encuentran aliados a los gitanos ordinarios en todos los países. Hay miles de ellos en Hungría y Transilvania viviendo casi siempre al margen de la ley. Se adscriben por regla a algún noble o boyar, y se llaman a sí mismos con el nombre de él. Son indomables y sin religión, salvo la superstición, y sólo hablan sus propios dialectos. Escribiré algunas cartas a mi casa y trataré de convencerlos de que las pongan en el correo. Ya les he hablado a través de la ventana para comenzar a conocerlos. Se quitaron los sombreros e hicieron muchas reverencias y señas, las cuales, sin embargo, no pude entender más de lo que entiendo la lengua que hablan... He escrito las cartas. La de Mina en taquigrafía, y simplemente le pido al señor Hawkins que se comunique con ella. A ella le he explicado mi situación, pero sin los horrores que sólo puedo suponer. Si le mostrara mi corazón, le daría un susto que hasta podría matarla. En caso de que las cartas no pudiesen ser despachadas, el conde no podrá conocer mi secreto ni tampoco el alcance de mis conocimientos... He entregado las cartas; las lancé a través de los barrotes de mi ventana, con una moneda de oro, e hice las señas que pude queriendo indicar que debían ponerlas en el correo. El hombre que las recogió las apretó contra su corazón y se inclinó, y luego las metió en su gorra. No pude hacer más. Regresé sigilosamente a la biblioteca y comencé a leer. Como el conde no vino, he escrito aquí... El conde ha venido. Se sentó a mi lado y me dijo con la más suave de las voces al tiempo que abría dos cartas: -Los gitanos me han dado éstas, de las cuales, aunque no sé de donde provienen, por supuesto me ocuparé. ¡Ved! (debe haberla mirado antes), una es de usted, y dirigida a mi amigo Peter Hawkins; la otra -y aquí vio él por primera vez los extraños símbolos al abrir el sobre, y la turbia mirada le apareció en el rostro y sus ojos refulgieron malignamente-, la otra es una cosa vil, ¡un insulto a la amistad y a la hospitalidad! No está firmada, así es que no puede importarnos. Y entonces, con gran calma, sostuvo la carta y el sobre en la llama de la lámpara hasta que se consumieron. Después de eso, continuó: -La carta para Hawkins, esa, por supuesto, ya que es suya, la enviaré. Sus cartas son sagradas para mí. Perdone usted, mi amigo, que sin saberlo haya roto el sello. ¿No quiere usted meterla en otro sobre? Me extendió la carta, y con una reverencia cortés me dio un sobre limpio. Yo sólo pude escribir nuevamente la dirección y se lo devolví en silencio. Cuando salió del cuarto escuché que la llave giraba suavemente. Un minuto después fui a ella y traté de abrirla. La puerta estaba cerrada con llave. Cuando, una o dos horas después, el conde entró silenciosamente en el cuarto, su llegada me despertó, pues me había dormido en el sofá. Estuvo muy cortés y muy alegre a su manera, y viendo que yo había dormido, dijo: -¿De modo, mi amigo, que usted está cansado? Váyase a su cama. Allí es donde podrá descansar más seguro. Puede que no tenga el placer de hablar por la noche con usted, ya que tengo muchas tareas pendientes; pero deseo que duerma tranquilo. Me fui a mi cuarto y me acosté en la cama; raro es de decir, dormí sin soñar. La desesperación tiene sus propias calmas.
31 de mayo. Esta mañana, cuando desperté, pensé que sacaría algunos papeles y sobres de mi portafolios y los guardaría en mi bolsillo, de manera que pudiera escribir en caso de encontrar alguna oportunidad; pero otra vez una sorpresa me esperaba. ¡Una gran sorpresa! No pude encontrar ni un pedazo de papel. Todo había desaparecido, junto con mis notas, mis apuntes relativos al ferrocarril y al viaje, mis credenciales. De hecho, todo lo que me pudiera ser útil una vez que yo saliera del castillo. Me senté y reflexioné unos instantes; entonces se me ocurrió una idea y me dirigí a buscar mi maleta ligera, y al guardarropa donde había colocado mis trajes. El traje con que había hecho el viaje había desaparecido, y también mi abrigo y mi manta; no pude encontrar huellas de ellos por ningún lado. Esto me pareció una nueva villanía...
17 de junio. Esta mañana, mientras estaba sentado a la orilla de mi cama devanándome los sesos, escuché afuera el restallido de unos látigos y el golpeteo de los cascos de unos caballos a lo largo del sendero de piedra, más allá del patio. Con alegría me dirigí rápidamente a la ventana y vi como entraban en el patio dos grandes diligencias, cada una de ellas tirada por ocho briosos corceles, y a la cabeza de cada una de ellas un par de eslovacos tocados con anchos sombreros, cinturones tachonados con grandes clavos, sucias pieles de cordero y altas botas. También llevaban sus largas duelas en la mano. Corrí hacia la puerta, intentando descender para tratar de alcanzarlos en el corredor principal, que pensé debía estar abierto esperándolos. Una nueva sorpresa me esperaba: mi puerta estaba atrancada por fuera. Entonces, corrí hacia la ventana y les grité. Me miraron estúpidamente y señalaron hacia mí, pero en esos instantes el "atamán" de los gitanos salió, y viendo que señalaban hacia mi ventana, dijo algo, por lo que ellos se echaron a reír. Después de eso ningún esfuerzo mío, ningún lastimero ni agonizante grito los movió a que me volvieran a ver. Resueltamente me dieron la espalda y se alejaron. Los coches contenían grandes cajas cuadradas, con agarraderas de cuerda gruesa; evidentemente estaban vacías por la manera fácil con que los eslovacos las descargaron, y por la resonancia al arrastrarlas por el suelo. Cuando todas estuvieron descargadas y agrupadas en un montón en una esquina del patio, los eslovacos recibieron algún dinero del gitano, y después de escupir sobre él para que les trajera suerte, cada uno se fue a su correspondiente carruaje, caminando perezosamente. Poco después escuché el restallido de sus látigos morirse en la distancia.
24 de junio, antes del amanecer. Anoche el conde me dejó muy temprano y se encerró en su propio cuarto. Tan pronto como me atreví, corrí subiendo por la escalera de caracol y miré por la ventana que da hacia el sur. Pensé que debía vigilar al conde, pues algo estaba sucediendo. Los gitanos están acampados en algún lugar del castillo y le están haciendo algún trabajo. Lo sé, porque de vez en cuando escucho a lo lejos el apagado ruido como de zapapicos y palas, y, sea lo que sea, debe ser la terminación de alguna horrenda villanía. Había estado viendo por la ventana algo menos de media hora cuando vi que algo salía de la ventana del conde. Retrocedí y observé cuidadosamente, y vi salir al hombre. Fue una sorpresa para mí descubrir que se había puesto el traje que yo había usado durante mi viaje hacia este lugar, y que de su hombro colgaba la terrible bolsa que yo había visto que las mujeres se habían llevado. ¡No podía haber duda acerca de sus propósitos, y además con mi indumentaria! Esta es, entonces, su nueva treta diabólica: permitirá que otros me vean, de manera que por un lado quede la evidencia de que he sido visto en los pueblos o aldeas poniendo mis propias cartas al correo, y por el otro lado, que cualquier maldad que él pueda hacer sea atribuida por la gente de la localidad a mi persona. Me enfurece pensar que esto pueda seguir así, y mientras tanto yo permanezco encerrado aquí, como un verdadero prisionero, pero sin esa protección de la ley que es incluso el derecho y la consolación de los criminales. Pensé que podría observar el regreso del conde, y durante largo tiempo me senté tenazmente al lado de la ventana. Entonces comencé a notar que había unas pequeñas manchas de prístina belleza flotando en los rayos de la luz de la luna. Eran como las más ínfimas partículas de polvo, y giraban en torbellinos y se agrupaban en cúmulos en forma parecida a las nebulosas. Las observé con un sentimiento de tranquilidad, y una especie de calma invadió todo mi ser. Me recliné en busca de una postura más cómoda, de manera que pudiera gozar más plenamente de aquel etéreo espectáculo. Algo me sobresaltó; un aullido leve, melancólico, de perros en algún lugar muy lejos en el valle allá abajo que estaba escondido a mis ojos. Sonó más fuertemente en los oídos, y las partículas de polvo flotante tomaron nuevas formas, como si bailasen al compás de una danza a la luz de la luna. Sentí hacer esfuerzos desesperados por despertar a algún llamado de mis instintos; no, más bien era mi propia alma la que luchaba y mi sensibilidad medio adormecida trataba de responder al llamado. ¡Me estaban hipnotizando! El polvo bailó más rápidamente. Los rayos de la luna parecieron estremecerse al pasar cerca de mí en dirección a la oscuridad que tenía detrás. Se unieron, hasta que parecieron tomar las tenues formas de unos fantasmas. Y entonces desperté completamente y en plena posesión de mis sentidos, y eché a correr gritando y huyendo del lugar. Las formas fantasmales que estaban gradualmente materializándose de los rayos de la luna eran las de aquellas tres mujeres fantasmales a quienes me encontraba condenado. Huí, y me sentí un tanto más seguro en mi propio cuarto, donde no había luz de la luna y donde la lámpara ardía brillantemente. Después de que pasaron unas cuantas horas escuché algo moviéndose en el cuarto del conde; algo como un agudo gemido suprimido velozmente. Y luego todo quedó en silencio, en un profundo y horrible silencio que me hizo estremecer. Con el corazón latiéndome desaforadamente, pulsé la puerta; pero me encontraba encerrado con llave en mi prisión, y no podía hacer nada. Me senté y me puse simplemente a llorar. Mientras estaba sentado escuché un ruido afuera, en el patio: el agonizante grito de una mujer. Corrí a la ventana y subiéndola de golpe, espié entre los barrotes. De hecho, ahí afuera había una mujer con el pelo desgreñado, agarrándose las manos sobre su corazón como víctima de un gran infortunio. Estaba reclinada contra la esquina del zaguán. Cuando vio mi cara en la ventana se lanzó hacia adelante, y grito en una voz cargada con amenaza: -¡Monstruo, devuélveme a mi hijo! Cayó de rodillas, y alzando los brazos gritó algunas palabras en tonos que atormentaron mi corazón. Luego se arrancó el pelo y se golpeó el pecho, y se abandonó a todas las violencias de emoción extravagante. Finalmente, corrió, y, aunque yo no podía verla, podía escuchar como golpeaba con sus desnudas manos la puerta. En algún lugar bastante arriba de mí, probablemente en la torre, escuché la voz del conde llamando en su susurro duro y metálico. Su llamado pareció ser respondido desde lejos y por todos lados por los aullidos de los lobos. Antes de que hubiesen pasado muchos minutos, una manada de ellos entró, como una presa desbordada, a través de la amplia entrada del patio. No se escucharon gritos de la mujer, y los aullidos de los lobos duraron poco tiempo. Al poco rato se retiraron de uno en uno, todavía relamiéndose los hocicos. No sentí lástima por la mujer, pues sabía lo que le había sucedido a su hijo, y era mejor que estuviese muerta. ¿Qué haré? ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo puedo escapar de esta horripilante noche de terror y miedo?
25 de junio, por la mañana. Nadie sabe hasta que ha sufrido los horrores de la noche, qué dulce y agradable puede ser para su corazón y sus ojos la llegada de la mañana. Cuando el sol se elevó esta mañana tan alto que alumbró la parte superior del portón opuesto a mi ventana, el oscuro lugar que iluminaba me pareció a mí como si la paloma del arca hubiese estado allí. Mi temor se evaporó cual una indumentaria vaporosa que se disolviera con el calor. Debo ponerme en acción de alguna manera mientras me dura el valor del día. Anoche una de mis cartas ya fechada fue puesta en el correo, la primera de esa serie fatal que ha de borrar toda traza de mi existencia en la tierra. No debo pensar en ello. ¡Debo actuar! Siempre ha sido durante la noche cuando he sido molestado o amenazado; donde me he encontrado en alguna u otra forma en peligro o con miedo. Todavía no he visto al conde a la luz del día. ¿Será posible que él duerma cuando los otros están despiertos, y que esté despierto cuando todos duermen? ¡Si sólo pudiera llegar a su cuarto! Pero no hay camino posible. La puerta siempre está cerrada; no hay manera para mí de llegar a él. Miento. Hay un camino, si uno se atreve a tomarlo. Por donde ha pasado su cuerpo, ¿por qué no puede pasar otro cuerpo? Yo mismo lo he visto arrastrarse desde su ventana. ¿Por qué no puedo yo imitarlo, y arrastrarme para entrar por su ventana? Las probabilidades son muy escasas, pero la necesidad me obliga a correr todos los riesgos. Correré el riesgo. Lo peor que me puede suceder es la muerte; pero la muerte de un hombre no es la muerte de un ternero, y el tenebroso "más allá" todavía puede ofrecerme oportunidades. ¡Que Dios me ayude en mi empresa! Adiós, Mina, si fracaso; adiós, mi fiel amigo y segundo padre; adiós, todo, y como última cosa, ¡adiós Mina! Mismo día, más tarde. He hecho el esfuerzo, y con ayuda de Dios he regresado a salvo a este cuarto. Debo escribir en orden cada detalle. Fui, mientras todavía mi valor estaba fresco, directamente a la ventana del lado sur, y salí fuera de este lado. Las piedras son grandes y están cortadas toscamente, y por el proceso del tiempo el mortero se ha desgastado. Me quité las botas y me aventuré como un desesperado. Miré una vez hacia abajo, como para asegurarme de que una repentina mirada de la horripilante profundidad no me sobrecogería, pero después de ello mantuve los ojos viendo hacia adelante. Conozco bastante bien la ventana del conde, y me dirigí hacia ella lo mejor que pude, atendiendo a las oportunidades que se me presentaban. No me sentí mareado, supongo que estaba demasiado nervioso, y el tiempo que tardé en llegar hasta el antepecho de la ventana me pareció ridículamente corto. En un santiamén me encontré tratando de levantar la guillotina. Sin embargo, cuando me deslicé con los pies primero a través de la ventana, era presa de una terrible agitación. Luego busqué por todos lados al conde, pero, con sorpresa y alegría, hice un descubrimiento: ¡el cuarto estaba vacío! Apenas estaba amueblado con cosas raras, que parecían no haber sido usadas nunca; los muebles eran de un estilo algo parecido a los que había en los cuartos situados al sur, y estaban cubiertos de polvo. Busqué la llave, pero no estaba en la cerradura, y no la pude encontrar por ningún lado. Lo único que encontré fue un gran montón de oro en una esquina, oro de todas clases, en monedas romanas y británicas, austriacas y húngaras, griegas y turcas. Las monedas estaban cubiertas de una película de polvo, como si hubiesen yacido durante largo tiempo en el suelo. Ninguna de las que noté tenía menos de trescientos años. También había cadenas y adornos, algunos enjoyados, pero todos viejos y descoloridos. En una esquina del cuarto había una pesada puerta. La empujé, pues, ya que no podía encontrar la llave del cuarto o la llave de la puerta de afuera, lo cual era el principal objetivo de mi búsqueda, tenía que hacer otras investigaciones, o todos mis esfuerzos serían vanos. La puerta que empujé estaba abierta, y me condujo a través de un pasadizo de piedra hacia una escalera de caracol, que bajaba muy empinada. Descendí, poniendo mucho cuidado en donde pisaba, pues las gradas estaban oscuras, siendo alumbradas solamente por las troneras de la pesada mampostería. En el fondo había un pasadizo oscuro, semejante a un túnel, a través del cual se percibía un mortal y enfermizo olor: el olor de la tierra recién volteada. A medida que avancé por el pasadizo, el olor se hizo más intenso y más cercano. Finalmente, abrí una pesada puerta que estaba entornada y me encontré en una vieja y arruinada capilla, que evidentemente había sido usada como cementerio. El techo estaba agrietado, y en los lugares había gradas que conducían a bóvedas, pero el suelo había sido recientemente excavado y la tierra había sido puesta en grandes cajas de madera, manifiestamente las que transportaran los eslovacos. No había nadie en los alrededores, y yo hice un minucioso registro de cada pulgada de terreno. Bajé incluso a las bóvedas, donde la tenue luz luchaba con las sombras, aunque al hacerlo mi alma se llenó del más terrible horror. Fui a dos de éstas, pero no vi nada sino fragmentos de viejos féretros y montones de polvo; sin embargo, en la tercera, hice un descubrimiento. ¡Allí, en una de las grandes cajas, de las cuales en total había cincuenta, sobre un montón de tierra recién excavada, yacía el conde! Estaba o muerto o dormido; no pude saberlo a ciencia cierta, pues sus ojos estaban abiertos y fijos, pero con la vidriosidad de la muerte, y sus mejillas tenían el calor de la vida a pesar de su palidez; además, sus labios estaban rojos como nunca. Pero no había ninguna señal de movimiento, ni pulso, ni respiración, ni el latido del corazón. Me incliné sobre él y traté de encontrar algún signo de vida, pero en vano. No podía haber yacido allí desde hacía mucho tiempo, pues el olor a tierra se habría disipado en pocas horas. Al lado de la caja estaba su tapa, atravesada por hoyos aquí y allá. Pensé que podía tener las llaves con él, pero cuando iba a registrarlo vi sus ojos muertos, y en ellos, a pesar de estar muertos, una mirada de tal odio, aunque inconsciente de mí o de mi presencia, que huí del lugar, y abandonando el cuarto del conde por la ventana me deslicé otra vez por la pared del castillo. Al llegar otra vez a mi cuarto me tiré jadeante sobre la cama y traté de pensar...
29 de junio. Hoy es la fecha de mi última carta, y el conde ha dado los pasos necesarios para probar que es auténtica, pues otra vez lo he visto abandonar el castillo por la misma ventana y con mi ropa. Al verlo deslizarse por la ventana, al igual que una lagartija, sentí deseos de tener un fusil o alguna arma letal para poder destruirlo; pero me temo que ninguna arma manejada solamente por la mano de un hombre pueda tener algún efecto sobre él. No me atreví a esperar por su regreso, pues temí ver a sus malvadas hermanas. Regresé a la biblioteca y leí hasta quedarme dormido. Fui despertado por el conde, quien me miró tan torvamente como puede mirar un hombre, al tiempo que me dijo: -Mañana, mi amigo, debemos partir. Usted regresará a su bella Inglaterra, yo a un trabajo que puede tener un fin tal que nunca nos encontremos otra vez. Su carta a casa ha sido despachada; mañana no estaré aquí, pero todo estará listo para su viaje. En la mañana vienen los gitanos, que tienen algunos trabajos propios de ellos, y también vienen los eslovacos. Cuando se hayan marchado, mi carruaje vendrá a traerlo y lo llevará hasta el desfiladero de Borgo, para encontrarse ahí con la diligencia que va de Bucovina a Bistritz. Pero tengo la esperanza de que nos volveremos a ver en el castillo de Drácula. Yo sospeché de sus palabras, y determiné probar su sinceridad. ¡Sinceridad! Parece una profanación de la palabra en conexión con un monstruo como éste, de manera que le hablé sin rodeos: -¿Por qué no puedo irme hoy por la noche? -Porque, querido señor, mi cochero y los caballos han salido en una misión. -Pero yo caminaría de buen gusto. Lo que deseo es salir de aquí cuanto antes. Él sonrió, con una sonrisa tan suave, delicada y diabólica, que inmediatamente supe que había algún truco detrás de su amabilidad; dijo: -¿Y su equipaje? -No me importa. Puedo enviar a recogerlo después. El conde se puso de pie y dijo, con una dulce cortesía que me hizo frotar los ojos, pues parecía real: -Ustedes los ingleses tienen un dicho que es querido a mi corazón, pues su espíritu es el mismo que regula a nuestros boyars: "Dad la bienvenida al que llega; apresurad al huésped que parte." Venga conmigo, mi querido y joven amigo. Ni una hora más estará usted en mi casa contra sus deseos, aunque me entristece que se vaya, y que tan repentinamente lo desee. Venga. Con majestuosa seriedad, él, con la lámpara, me precedió por las escaleras y a lo largo del corredor. Repentinamente se detuvo. -¡Escuche! El aullido de los lobos nos llegó desde cerca. Fue casi como si los aullidos brotaran al alzar él su mano, semejante a como surge la música de una gran orquesta al levantarse la batuta del conductor. Después de un momento de pausa, él continuó, en su manera majestuosa, hacia la puerta. Corrió los enormes cerrojos, destrabó las pesadas cadenas y comenzó a abrirla. Ante mi increíble asombro, vi que estaba sin llave. Sospechosamente, miré por todos los lados a mi alrededor, pero no pude descubrir llave de ninguna clase. A medida que comenzó a abrirse la puerta, los aullidos de los lobos aumentaron en intensidad y cólera: a través de la abertura de la puerta se pudieron ver sus rojas quijadas con agudos dientes y las garras de las pesadas patas cuando saltaban. Me di cuenta de que era inútil luchar en aquellos momentos contra el conde. No se podía hacer nada teniendo él bajo su mando a semejantes aliados. Sin embargo, la puerta continuó abriéndose lentamente, y ahora sólo era el cuerpo del conde el que cerraba el paso. Repentinamente me llegó la idea de que a lo mejor aquel era el momento y los medios de mi condena; iba a ser entregado a los lobos, y a mi propia instigación. Había una maldad diabólica en la idea, suficientemente grande para el conde, y como última oportunidad, grité: -¡Cierre la puerta! ¡Esperaré hasta mañana! Me cubrí el rostro con mis manos para ocultar las lágrimas de amarga decepción. Con un movimiento de su poderoso brazo, el conde cerró la puerta de golpe, y los grandes cerrojos sonaron y produjeron ecos a través del corredor, al tiempo que caían de regreso en sus puestos. Regresamos a la biblioteca en silencio, y después de uno o dos minutos yo me fui a mi cuarto. Lo último que vi del conde Drácula fue su terrible mirada, con una luz roja de triunfo en los ojos y con una sonrisa de la que Judas, en el infierno, podría sentirse orgulloso. Cuando estuve en mi cuarto y me encontraba a punto de acostarme, creí escuchar unos murmullos al otro lado de mi puerta. Me acerqué a ella en silencio y escuché. A menos que mis oídos me engañaran, oí la voz del conde: -¡Atrás, atrás, a vuestro lugar! Todavía no ha llegado vuestra hora. ¡Esperad! ¡Tened paciencia! Esta noche es la mía. Mañana por la noche es la vuestra. Hubo un ligero y dulce murmullo de risas, y en un exceso de furia abrí la puerta de golpe y vi allí afuera a aquellas tres terribles mujeres lamiéndose los labios. Al aparecer yo, todas se unieron en una horrible carcajada y salieron corriendo. Regresé a mi cuarto y caí de rodillas. ¿Está entonces tan cerca el final? ¡Mañana! ¡Mañana! Señor, ¡ayudadme, y a aquellos que me aman!
30 de junio, por la mañana. Estas pueden ser las últimas palabras que jamás escriba en este diario. Dormí hasta poco antes del amanecer, y al despertar caí de rodillas, pues estoy determinado a que si viene la muerte me encuentre preparado. Finalmente sentí aquel sutil cambio del aire y supe que la mañana había llegado. Luego escuché el bien venido canto del gallo y sentí que estaba a salvo. Con alegre corazón abrí la puerta y corrí escaleras abajo, hacia el corredor. Había visto que la puerta estaba cerrada sin llave, y ahora estaba ante mí la libertad. Con manos que temblaban de ansiedad, destrabé las cadenas y corrí los pasados cerrojos. Pero la puerta no se movió. La desesperación se apoderó de mí. Tiré repetidamente de la puerta y la empujé hasta que, a pesar de ser muy pesada, se sacudió en sus goznes. Pude ver que tenía pasado el pestillo. Le habían echado llave después de que yo dejé al conde. Entonces se apoderó de mi un deseo salvaje de obtener la llave a cualquier precio, y ahí mismo determiné escalar la pared y llegar otra vez al cuarto del conde. Podía matarme, pero la muerte parecía ahora el menor de todos los males. Sin perder tiempo, corrí hasta la ventana del este y me deslicé por la pared, como antes, al cuarto del conde. Estaba vacío, pero eso era lo que yo esperaba. No pude ver la llave por ningún lado, pero el montón de oro permanecía en su puesto. Pasé por la puerta en la esquina y descendí por la escalinata circular y a lo largo del oscuro pasadizo hasta la vieja capilla. Ya sabía yo muy bien donde encontrar al monstruo que buscaba. La gran caja estaba en el mismo lugar, recostada contra la pared, pero la tapa había sido puesta, con los clavos listos en su lugar para ser metidos aunque todavía no se había hecho esto. Yo sabía que tenía que llegar al cuerpo para buscar la llave, de tal manera que levanté la tapa y la recliné contra la pared; y entonces vi algo que llenó mi alma de terror. Ahí yacía el conde, pero mirándose tan joven como si hubiese sido rejuvenecido pues su pelo blanco y sus bigotes habían cambiado a un gris oscuro; las mejillas estaban más llenas, y la blanca piel parecía un rojo rubí debajo de ellas; la boca estaba más roja que nunca; sobre sus labios había gotas de sangre fresca que caían en hilillos desde las esquinas de su boca y corrían sobre su barbilla y su cuello. Hasta sus ojos, profundos y centellantes, parecían estar hundidos en medio de la carne hinchada, pues los párpados y las bolsas debajo de ellos estaban abotagados. Parecía como si la horrorosa criatura simplemente estuviese saciada con sangre. Yacía como una horripilante sanguijuela, exhausta por el hartazgo. Temblé al inclinarme para tocarlo, y cada sentido en mí se rebeló al contacto; pero tenía que hurgar en sus bolsillos, o estaba perdido. La noche siguiente podía ver mi propio cuerpo servir de banquete de una manera similar para aquellas horrorosas tres. Caí sobre el cuerpo, pero no pude encontrar señales de la llave. Entonces me detuve y miré al conde. Había una sonrisa burlona en su rostro hinchado que pareció volverme loco. Aquél era el ser al que yo estaba ayudando a trasladarse a Londres, donde, quizá, en los siglos venideros podría saciar su sed de sangre entre sus prolíficos millones, y crear un nuevo y siempre más amplio círculo de semidemonios para que se cebaran entre los indefensos. El mero hecho de pensar aquello me volvía loco. Sentí un terrible deseo de salvar al mundo de semejante monstruo. No tenía a mano ninguna arma letal, pero tomé la pala que los hombres habían estado usando para llenar las cajas y, levantándola a lo alto, golpeé con el filo la odiosa cara. Pero al hacerlo así, la cabeza se volvió y los ojos recayeron sobre mí con todo su brillo de horrendo basilisco. Su mirada pareció paralizarme y la pala se volteó en mi mano esquivando la cara, haciendo apenas una profunda incisión sobre la frente. La pala se cayó de mis manos sobre la caja, y al tirar yo de ella, el reborde de la hoja se trabó en la orilla de la tapa, que cayó otra vez sobre el cajón escondiendo la horrorosa imagen de mi vista. El último vistazo que tuve fue del rostro hinchado, manchado de sangre y fijo, con una mueca de malicia que hubiese sido muy digna en el más profundo de los infiernos. Pensé y pensé cuál sería mi próximo movimiento, pero parecía que mi cerebro estaba en llamas, y esperé con una desesperación que sentía crecer por momentos. Mientras esperaba escuché a lo lejos un canto gitano entonado por voces alegres que se acercaban, y a través del canto el sonido de las pesadas ruedas y los restallantes látigos; los gitanos y los eslovacos de quienes el conde había hablado, llegaban. Echando una última mirada a la caja que contenía el vil cuerpo, salí corriendo de aquel lugar y llegué hasta el cuarto del conde, determinado a salir de improviso en el instante en que la puerta se abriera. Con oídos atentos, escuché, y oí abajo el chirrido de la llave en la gran cerradura y el sonido de la pesada puerta que se abría. Debe haber habido otros medios de entrada, o alguien tenía una llave para una de las puertas cerradas. Entonces llegó hasta mí el sonido de muchos pies que caminaban, muriéndose en algún pasaje que enviaba un eco retumbante. Quise dirigirme nuevamente corriendo hacia la bóveda, donde tal vez podría encontrar la nueva entrada; pero en ese momento un violento golpe de viento pareció penetrar en el cuarto, y la puerta que conducía a la escalera de caracol se cerró de un golpe tan fuerte que levantó el polvo de los dinteles. Cuando corrí a abrir la puerta, encontré que estaba herméticamente cerrada. De nuevo era prisionero, y la red de mi destino parecía irse cerrando cada vez más. Mientras escribo esto, en el pasadizo debajo de mí se escucha el sonido de muchos pies pisando y el ruido de pesos bruscamente depositados, indudablemente las cajas con su cargamento de tierra. También se oye el sonido de un martillo; es la caja del conde, que están cerrando. Ahora puedo escuchar nuevamente los pesados pies avanzando a lo largo del corredor, con muchos otros pies inútiles siguiéndolos detrás. Se cierra la puerta, las cadenas chocan entre sí al ser colocadas; se oye el chirrido de la llave en la cerradura; puedo incluso oír cuando la llave se retira; entonces se abre otra puerta y se cierra; oigo los crujidos de la cerradura y de los cerrojos. ¡Oíd! En el patio y a lo largo del rocoso sendero van las pesadas ruedas, el chasquido de los látigos y los coros de los gitanos a medida que desaparecen en la distancia. Estoy solo en el castillo con esas horribles mujeres. ¡Puf! Mina es una mujer, y no tiene nada en común con ellas. Estas son diablesas del averno. No permaneceré aquí solo con ellas; trataré de escalar la pared del castillo más lejos de lo que lo he intentado hasta ahora. Me llevaré algún oro conmigo, pues podría necesitarlo más tarde. Tal vez encuentre alguna manera de salir de este horrendo lugar. Y entonces, ¡rápido a casa! ¡Rápido al más veloz y más cercano de los trenes! ¡Lejos de este maldito lugar, de esta maldita tierra donde el demonio y sus hijos todavía caminan con pies terrenales!. Por lo menos la bondad de Dios es mejor que la de estos monstruos, y el precipicio es empinado y alto. A sus pies, un hombre puede dormir como un hombre. ¡Adiós, todo! ¡Adiós, Mina!

lunes, 26 de noviembre de 2007

La Columna del Odio: Adolescentes

Yo reniego. Reniego de mi edad. Reniego de como tendría que ser. Reniego de la ''rebeldía''.
Porque los odio. No, no los odio. Eso sería un eufemismo. Ahora mismo no se me ocurre una palabra más apropiada. Es la Columna del Odio, así que eso diré, que los odio.
Odio su falta de originalidad. Pero aún más, su incultura. Odio que crean que son los primeros en hacer las cosas.
Odio ese jodido pensamiento que los impulsa (nos impulsa) a creer que somos los salvadores del mundo y llevamos razón en todo. Odio ese odio que tienen a sus padres por poner barreras a su libertad.
Odio eso de que alguien al que le guste el manga sea un friki, y encima pueda llegar a ser popular, porque:

a) Lo del manga era gracioso al principio, pero que ahora que a miles de personas les gusta el manga sea ser friki, eso es jodidamente extraño. ''¿Inconformismo? Ni me acuerdo de a cuantos chavales jóvenes con una mariconada oriental tatuada en el brazo he visto.'' (Dr. Greg House).

b) Si aceptamos que alguien al que le gusta el manga porque está de moda (afortunadamente ya no tanto) sea un friki, eso no quita otra importante cuestión. El hecho de ser popular ya impide que se sea friki. Un friki no puede ser popular. Un friki es alguien cuya vida personal está definida, en gran parte, por la cantidad de ayuda que pueda proporcionar a la gente.

Pero esta gente todavía está bien. Todavía es aceptable. Los pobrecitos se creen frikis, bueno, dejémosles vivir en su mundo de fantasía.
Lo que más odio es la hipocresia.
Odio a esa gente que acepta que a uno le pueda gustar el manga y sea friki, y friki es una palabra con glamour (no mucho, todo sea dicho,pero lo tiene). Pero si a uno le gusta la música turca, vestir con camisas y pantalones de pinzas, la música clásica, ya no es friki, no, es raro, y esa palabra no tiene glamour, no tiene nada.
El odio es bueno, pues conduce a la ira, y la ira al lado oscuro:

-Los Emo. Bien, el fenómeno Emo no es nada del otro mundo. Lo único que me jode es que hacen falsas promesas tales como que se cortarán las venas y nos librarán de su idiotez, pero los jodidos no lo hacen. Los románticos y los nihilistas se suicidaban, morían de tifus, de tisis, de sífilis... pero ahora no. ¿Por qué vendemos antibióticos a esta gente? Es triste que el Romanticismo tenga como seguidores a una casta de ignorantes a los que les gusta hacerse la víctima. Pero de eso se trata el Romanticismo.

-Los 'killos'. Si hay algo que me jode más que un flequillo teñido con patas, esos son los killos. Son, basicamente, ese tipo de gente que uno espera encontrarse en un coche con los cristales tintados y música sonando. Ni que decir tiene que nunca es música buena (véase: Wagner, Beethoven, R. y J. Strauss, Yeni Türkü, Anthony and The Johnsons). No, no es ese tipo de música. No, esa gente, por llamarlos de alguna manera, se pasan el puto día escuchando flamenco, hip-hop, y, en general, cualquier tipo de música troglodita que estimule su poder de seducción, que parece ser bastante, lo cual hace surgir la pregunta del millón: ¿En qué coño piensa la gente?
Que un tío tunee su coche no demuestra originalidad, demustra que es idiota. Demuestra que para impresionar debe hacer el gilipollas, y lo que más miedo da es que lo consigue. A la gente le impresiona todo esto. La gente es tonta, y estar rodeado de gente tonta da miedo.

Y hay más philes, sólo expongo a las que odio más, quizá algún día hable de los jóvenes ''revolucionarios'', pero hoy no.
Y claro, uno piensa en qué le ha hecho al de arriba para que haya creado estas formas de vida inteligente (sí, ahora se llama así). Pero lo cierto es que no hay respuesta.
Imagínate, oh, tú, lector, imagínate qué utopía (sí, la M30) si no hubiera esta gente, pero Noé tenía que salvar a un animal de cada especie, eso le dijeron, y en eso no jodieron (si es que estoy hecho un poeta).
Y con este complejo de Job que me ha entrado (no sé por qué, hoy me ha dado por hablar de temas religiosos), me despido.

Canción del Pirata

José de Espronceda

Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela,
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, El Temido,
en todo mar conocido,
del uno al otro confín.

La luna en el mar riela,
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y va el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Istambul:

«Navega, velero mío,
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.

Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés,
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.»

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

«Allá muevan feroz guerra,
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo aquí tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.

Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derechoy dé pecho
a mi valor.»

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

A la voz de «¡barco viene!»
es de ver
como vira y se previene,
a todo trapo a escapar;
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.

En las presas
yo divido
lo cogido
por igual;
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río;
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna entena,
quizá en su propio navío.

Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.

Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

viernes, 23 de noviembre de 2007

La Columna del Odio: Chávez y el nieto de un señor de Murcia

El aburrimiento es malo, y cualquiera que lea habitualmente este blog puede dar buena cuenta de ello.
El aburrimiento es muy, muy malo.
¿Por qué digo esto?
Pues bien. Os lo esplicaré.
Era miércoles, había pasado toda la mañana soportando el complejo de pastor que llevo encima, cuando llego a casa.
Son la una y media, buena hora.
Me coloco en mi puesto de trabajo, es decir, el ordenador, y comienzo a mirar cosas en Youtube.
Me entra la curiosidad.
No tengo nada más que hacer, y no puedo evitarlo.
La tentación es muy grande.
Tecleo 'televisión venezolana'.
Tecleo '¿por qué no te callas?'
Tecleo 'chávez'
Tecleo 'aló presidente', y aquí está el problema.
Y lo veo, lo veo, un vídeo de 45 minutos que pone 'Resumen del progrma de Aló Presidente del 15 de Febrero'.
Un resumen de 45 minuto...
No debo hacerlo.
Sé que no debo hacerlo.
Pero la tentación me puede.
¿Cuántas gilipolleces se pueden decir en tres cuartos de hora?
Pues bien, la cantidad es inimaginable, y eso que llevo recibiendo clases de 55 minutos desde los 4 años.
Sorprendente, sublime.
Estúpido.
Bien, el resumen comenzaba con uno de los famosos chistes/gracias/idioteces de Chávez. Él había traído mucho material al plató, y hizo la broma de que mucha gente estaba apostando a que no acababan a las 21:30, y él apostaba simbólicamente.
Luego (o antes), una encuesta.
Resulta que a todos los venezolanos les parece bien el plan económico de Chávez, todos están de acuerdo.
Todo va muy bien.
Lo único un POCO preocupante es la inflación, dice Chávez.
Tras dos cuartos de hora (sí, así los llamamos en mi pueblo, ¿qué pasa?) de cháchara insoportable e incomprensible, comienza a hablar de que tomará medidas, y lee cartas de gente.
Al final hará que el médico de palacio ayude a un niño, y todo eso.

En resumen.
Tras 45 insufribles minutos de cháchara, en los que llegué a avergonzarme de hablar castellano al ver lo que se podía hacer con un idioma, y la cantidad de chistes malos que se podían oir, el programa acabó, justo antes de que intentara suicidarme.

Mi reflexión final es que me cuesta tomar a Chávez como un dictador serio, parece más bien un payaso. Un payaso hipócrita que va a hundir Venezuela, que antes de que llegara casi merecía estar a las puertas del primer mundo, y que cuando esto acabe estará bien hundida en el tercer mundo.

Y bueno, no digáis que no os avisé...


Yeni Türkü

Un gran grupo de música, no consigo cansarme de sus canciones.




Başka Turlu Birşey





Bana Bir Masal Anlat Baba





Yaprak Dökümü (por unos aficionados)


jueves, 22 de noviembre de 2007

Drácula III

Bram Stoker

DEL DIARIO DE JONATHAN HARKER (continuación)
Cuando me di cuenta de que era un prisionero, una especie de sensación salvaje se apoderó de mí. Corrí arriba y abajo por las escaleras, pulsando cada puerta y mirando a través de cada ventana que encontraba; pero después de un rato la convicción de mi impotencia se sobrepuso a todos mis otros sentimientos. Ahora, después de unas horas, cuando pienso en ello me imagino que debo haber estado loco, pues me comporté muy semejante a una rata cogida en una trampa. Sin embargo, cuando tuve la convicción de que era impotente, me senté tranquilamente, tan tranquilamente como jamás lo he hecho en mi vida, y comencé a pensar que era lo mejor que podía hacer. De una cosa sí estoy seguro: que no tiene sentido dar a conocer mis ideas al conde. Él sabe perfectamente que estoy atrapado; y como él mismo es quien lo ha hecho, e indudablemente tiene sus motivos para ello, si le confieso completamente mi situación sólo tratará de engañarme.
Por lo que hasta aquí puedo ver, mi único plan será mantener mis conocimientos y mis temores para mí mismo, y mis ojos abiertos. Sé que o estoy siendo engañado como un niño, por mis propios temores, o estoy en un aprieto; y si esto último es lo verdadero, necesito y necesitaré todos mis sesos para poder salir adelante.
Apenas había llegado a esta conclusión cuando oí que la gran puerta de abajo se cerraba, y supe que el conde había regresado. No llegó de inmediato a la biblioteca, por lo que yo cautelosamente regresé a mi cuarto, y lo encontré arreglándome la cama. Esto era raro, pero sólo confirmó lo que yo ya había estado sospechando durante bastante tiempo: en la casa no había sirvientes. Cuando después lo vi a través de la hendidura de los goznes de la puerta arreglando la mesa en el comedor, ya no tuve ninguna duda; pues si él se encargaba de hacer todos aquellos oficios minúsculos, seguramente era la prueba de que no había nadie más en el castillo, y el mismo conde debió haber sido el cochero que me trajo en la calesa hasta aquí. Esto es un pensamiento terrible; pues si es así, significa que puede controlar a los lobos, tal como lo hizo, por el solo hecho de levantar la mano en silencio. ¿Por qué habrá sido que toda la gente en Bistritz y en el coche sentían tanto temor por mí? ¿Qué significado le daban al crucifijo, al ajo, a la rosa salvaje, al fresno de montaña? ¡Bendita sea aquella buena mujer que me colgó el crucifijo alrededor del cuello! Me da consuelo y fuerza cada vez que lo toco. Es divertido que una cosa a la cual me enseñaron que debía ver con desagrado y como algo idolátrico pueda ser de ayuda en tiempo de soledad y problemas. ¿Es que hay algo en la esencia misma de la cosa, o es que es un medio, una ayuda tangible que evoca el recuerdo de simpatías y consuelos? Puede ser que alguna vez deba examinar este asunto y tratar de decirme acerca de él. Mientras tanto debo averiguar todo lo que pueda sobre el conde Drácula, pues eso me puede ayudar a comprender. Esta noche lo haré que hable sobre él mismo, volteando la conversación en esa dirección. Sin embargo, debo ser muy cuidadoso para no despertar sus sospechas.
Medianoche. He tenido una larga conversación con el conde. Le hice unas cuantas preguntas acerca de la historia de Transilvania, y él respondió al tema en forma maravillosa. Al hablar de cosas y personas, y especialmente de batallas, habló como si hubiese estado presente en todas ellas. Esto me lo explicó posteriormente diciendo que para un boyar el orgullo de su casa y su nombre es su propio orgullo, que la gloria de ellos es su propia gloria, que el destino de ellos es su propio destino. Siempre que habló de su casa se refería a ella diciendo "nosotros", y casi todo el tiempo habló en plural, tal como hablan los reyes. Me gustaría poder escribir aquí exactamente todo lo que él dijo, pues para mí resulta extremadamente fascinante. Parecía estar ahí toda la historia del país. A medida que hablaba se fue excitando, y se paseó por el cuarto tirando de sus grandes bigotes blancos y sujetando todo lo que tenía en sus manos como si fuese a estrujar lo a pura fuerza. Dijo una cosa que trataré de describir lo más exactamente posible que pueda; pues a su manera, en ella está narrada toda la historia de su raza:
"Nosotros los escequelios tenemos derecho a estar orgullosos, pues por nuestras venas circula la sangre de muchas razas bravías que pelearon como pelean los leones por su señorío. Aquí, en el torbellino de las razas europeas, la tribu ugric trajo desde Islandia el espíritu de lucha que Thor y Wodin les habían dado, y cuyos bersequers demostraron tan clara e intensamente en las costas de Europa (¿qué digo?, y de Asia y de África también) que la misma gente creyó que habían llegado los propios hombres-lobos.
Aquí también, cuando llegaron, encontraron a los hunos, cuya furia guerrera había barrido la tierra como una llama viviente, de tal manera que la gente moribunda creía que en sus venas corría la sangre de aquellas brujas antiguas, quienes expulsadas de Seythia se acoplaron con los diablos en el desierto. ¡Tontos, tontos! ¿Qué diablo o qué bruja ha sido alguna vez tan grande como Atila, cuya sangre está en estas venas? -dijo, levantando sus brazos -. ¿Puede ser extraño que nosotros seamos una raza conquistadora; que seamos orgullosos; que cuando los magiares, los lombardos, los avares, los búlgaros o los turcos se lanzaron por miles sobre nuestras fronteras nosotros los hayamos rechazado? ¿Es extraño que cuando Arpad y sus legiones se desparramaron por la patria húngara nos encontraran aquí al llegar a la frontera; que el Honfoglalas se completara aquí? Y cuando la inundación húngara se desplazó hacia el este, los escequelios fueron proclamados parientes por los misteriosos magiares, y fue a nosotros durante siglos que se nos confió la guardia de la frontera de Turquía. Hay más que eso todavía, el interminable deber de la guardia de la frontera, pues como dicen los turcos el agua duerme, y el enemigo vela. ¿Quién más feliz que nosotros entre las cuatro naciones recibió "la espada ensangrentada", o corrió más rápidamente al lado del rey cuando éste lanzaba su grito de guerra? ¿Cuándo fue redimida la gran vergüenza de la nación, la vergüenza de Cassova, cuando las banderas de los valacos y de los magiares cayeron abatidas bajo la creciente? ¿Quién fue sino uno de mi propia raza que bajo el nombre de Voivode cruzó el Danubio y batió a los turcos en su propia tierra? ¡Este era indudablemente un Drácula! ¿Quién fue aquel que a su propio hermano indigno, cuando hubo caído, vendió su gente a los turcos y trajo sobre ellos la vergüenza de la esclavitud? ¡No fue, pues, este Drácula, quien inspiró a aquel otro de su raza que en edades posteriores llevó una y otra vez a sus fuerzas sobre el gran río y dentro de Turquía; que, cuando era derrotado regresaba una y otra vez, aunque tuviera que ir solo al sangriento campo donde sus tropas estaban siendo mortalmente destrozadas, porque sabía que sólo él podía garantizar el triunfo! Dicen que él solo pensaba en él mismo. ¡Bah! ¿De qué sirven los campesinos sin un jefe? ¿En qué termina una guerra que no tiene un cerebro y un corazón que la dirija? Más todavía, cuando, después de la batalla de Mohacs, nos sacudimos el yugo húngaro, nosotros los de sangre Drácula estábamos entre sus dirigentes, pues nuestro espíritu no podía soportar que no fuésemos libres. Ah, joven amigo, los escequelios (y los Drácula como la sangre de su corazón, su cerebro y sus espadas) pueden enorgullecerse de una tradición que los retoños de los hongos como los Hapsburgo y los Romanoff nunca pueden alcanzar. Los días de guerra ya terminaron. La sangre es una cosa demasiado preciosa en estos días de paz deshonorable; y las glorias de las grandes razas son como un cuento que se narra.
Para aquel tiempo ya se estaba acercando la mañana, y nos fuimos a acostar. (Rec., este diario parece tan horrible como el comienzo de las "Noches Árabes", pues todo tiene que suspenderse al cantar el gallo -o como el fantasma del padre de Hamlet.)
12 de mayo. Permítaseme comenzar con hechos, con meros y escuetos hechos, verificados con libros y números, y de los cuales no puede haber duda alguna. No debo confundirlos con experiencias que tendrán que descansar en mi propia observación, o en mi memoria de ellas. Anoche, cuando el conde llegó de su cuarto, comenzó por hacerme preguntas de asuntos legales y en la manera en que se tramitaban cierta clase de negocios. Había pasado el día fatigadamente sobre libros y, simplemente para mantener mi mente ocupada, comencé a reflexionar sobre algunas cosas que había estado examinando en la posada de Lincoln. Hay un cierto método en las pesquisas del conde, de tal manera que trataré de ponerlas en su orden de sucesión. El conocimiento puede de alguna forma y alguna vez serme útil.
Primero me preguntó si un hombre en Inglaterra puede tener dos procuradores o más. Le dije que si deseaba podía tener una docena, pero que no sería oportuno tener más de un procurador empleado en una transacción, debido a que sólo podía actuar uno cada vez, y que estarlos cambiando sería seguro actuar en contra de su interés. Pareció que entendió bien lo que le quería decir y continuó preguntándome si habría una dificultad práctica al tener un hombre atendiendo, digamos, las finanzas, y a otro preocupándose por los embarques, en caso de que se necesitara ayuda local en un lugar lejano de la casa del procurador financiero. Yo le pedí que me explicara más completamente, de tal manera que no hubiera oportunidad de que yo pudiera darle un juicio erróneo. Entonces dijo: -Pondré un ejemplo. Su amigo y mío, el señor Peter Hawkins, desde la sombra de su bella catedral en Exéter, que queda bastante retirada de Londres, compra para mí a través de sus buenos oficios una propiedad en Londres. ¡Muy bien! Ahora déjeme decirle francamente, a menos que usted piense que es muy extraño que yo haya solicitado los servicios de alguien tan lejos de Londres, en lugar de otra persona residente ahí, que mi único motivo fue que ningún interés local fuese servido excepto mis propios deseos. Y como alguien residiendo en Londres pudiera tener, tal vez, algún propósito para sí o para amigos a quienes sirve, busqué a mi agente en la campiña, cuyos trabajos sólo serían para mi interés. Ahora, supongamos, yo, que tengo muchos asuntos pendientes, deseo embarcar algunas cosas, digamos, a Newcastle, o Durham, o Harwich, o Dover, ¿no podría ser que fuese más fácil hacerlo consignándolas a uno de estos puertos? Yo le respondí que era seguro que sería más fácil, pero que nosotros los procuradores teníamos un sistema de agencias de unos a otros, de tal manera que el trabajo local podía hacerse localmente bajo instrucción de cualquier procurador, por lo que el cliente, poniéndose simplemente en las manos de un hombre, podía ver que sus deseos se cumplieran sin tomarse más molestias.
-Pero -dijo él-, yo tendría la libertad de dirigirme a mí mismo. ¿No es así?
-Por supuesto -le repliqué -; y así hacen muchas veces hombres de negocios, quienes no desean que la totalidad de sus asuntos sean conocidos por una sola persona.
-¡Magnífico! -exclamó.
Y entonces pasó a preguntarme acerca de los medios para enviar cosas en consignación y las formas por las cuales se tenían que pasar, y toda clase de dificultades que pudiesen sobrevenir, pero que pudiesen ser previstas pensándolas de antemano. Le expliqué todas sus preguntas con la mejor de mis habilidades, y ciertamente me dejó bajo la impresión de que hubiese sido un magnífico procurador, pues no había nada que no pensase o previese. Para un hombre que nunca había estado en el país, y que evidentemente no se ocupaba mucho en asuntos de negocios, sus conocimientos y perspicacia eran maravillosos. Cuando quedó satisfecho con esos puntos de los cuales había hablado, y yo había verificado todo también con los libros que tenía a mano, se puso repentinamente de pie y dijo:
-¿Ha escrito desde su primera carta a nuestro amigo el señor Peter Hawkins, o a cualquier otro?
Fue con cierta amargura en mi corazón que le respondí que no, ya que hasta entonces no había visto ninguna oportunidad de enviarle cartas a nadie.
-Entonces escriba ahora, mi joven amigo -me dijo, poniendo su pesada mano sobre mi hombre-; escriba a nuestro amigo y a cualquier otro; y diga, si le place, que usted se quedara conmigo durante un mes más a partir de hoy.
-¿Desea usted que yo me quede tanto tiempo? -le pregunté, pues mi corazón se heló con la idea.
-Lo deseo mucho; no, más bien, no acepto negativas. Cuando su señor, su patrón, como usted quiera, encargó que alguien viniese en su nombre, se entendió que solo debían consultarse mis necesidades. Yo no he escatimado, ¿no es así? ¿Qué podía hacer yo sino inclinarme y aceptar? Era el interés del señor Hawkins y no el mío, y yo tenía que pensar en él, no en mí. Y además, mientras el conde Drácula estaba hablando, había en sus ojos y en sus ademanes algo que me hacía recordar que era su prisionero, y que aunque deseara realmente no tenía dónde escoger. El conde vio su victoria en mi reverencia y su dominio en la angustia de mi rostro, pues de inmediato comenzó a usar ambos, pero en su propia manera suave e irresistible.
-Le suplico, mi buen joven amigo, que no hable de otras cosas sino de negocios en sus cartas. Indudablemente que le gustará a sus amigos saber que usted se encuentra bien, y que usted está ansioso de regresar a casa con ellos, ¿no es así?
Mientras hablaba me entregó tres hojas de papel y tres sobres. Eran finos, destinados al correo extranjero, y al verlos, y al verlo a él, notando su tranquila sonrisa con los agudos dientes caninos sobresaliéndole sobre los rojos labios inferiores, comprendí también como si se me hubiese dicho con palabras que debía tener bastante prudencia con lo que escribía, pues él iba a leer su contenido. Por lo tanto, tomé la determinación de escribir por ahora sólo unas notas normales, pero escribirle detalladamente al señor Hawkins en secreto. Y también a Mina, pues a ella le podía escribir en taquigrafía, lo cual seguramente dejaría perplejo al conde si leía la carta. Una vez que hube escrito mis dos cartas, me senté calmadamente, leyendo un libro mientras el conde escribía varias notas, acudiendo mientras las escribía a algunos libros sobre su mesa. Luego tomó mis dos cartas y las colocó con las de él, y guardó los utensilios con que había escrito. En el instante en que la puerta se cerró tras él, yo me incliné y miré los sobres que estaban boca abajo sobre la mesa. No sentí ningún escrúpulo en hacer esto, pues bajo las circunstancias sentía que debía protegerme de cualquier manera posible.
Una de las cartas estaba dirigida a Samuel F. Billington, número 7, La Creciente, Whitby; otra a herr Leutner, Varna; la tercera era para Coutts & Co., Londres, y la cuarta para Herren Klopstock & Billreuth, banqueros, Budapest. La segunda y la cuarta no estaban cerradas. Estaba a punto de verlas cuando noté que la perilla de la puerta se movía. Me dejé caer sobre mi asiento, teniendo apenas el tiempo necesario para colocar las cartas como habían estado y para reiniciar la lectura de mi libro, antes de que el conde entrara llevando todavía otra carta en la mano. Tomó todas las otras misivas que estaban sobre la mesa y las estampó cuidadosamente, y luego, volviéndose a mí, dijo: -Confío en que usted me perdonará, pero tengo mucho trabajo en privado que hacer esta noche. Espero que usted encuentre todas las cosas que necesita. Ya en la puerta se volvió, y después de un momento de pausa, dijo: -Permítame que le aconseje, mi querido joven amigo; no, permítame que le advierta con toda seriedad que en caso de que usted deje estos cuartos, por ningún motivo se quede dormido en cualquier otra parte del castillo. Es viejo y tiene muchas memorias, y hay muchas pesadillas para aquellos que no duermen sabiamente. ¡Se lo advierto! En caso de que el sueño lo dominase ahora o en otra oportunidad o esté a punto de dominarlo, regrese deprisa a su propia habitación o a estos cuartos, pues entonces podrá descansar a salvo. Pero no siendo usted cuidadoso a este respecto, entonces... -terminó su discurso de una manera horripilante, pues hizo un movimiento con las manos como si se las estuviera lavando.
Yo casi le entendí. Mi única duda era de si cualquier sueño pudiera ser más terrible que la red sobrenatural, horrible, de tenebrosidad y misterio que parecía estarse cerrando a mi alrededor.
Más tarde. Endoso las últimas palabras escritas, pero esta vez no hay ninguna duda en el asunto. No tendré ningún miedo de dormir en cualquier lugar donde él no esté. He colocado el crucifijo sobre la cabeza de mi cama porque así me imagino que mi descanso está más libre de pesadillas. Y ahí permanecerá. Cuando me dejó, yo me dirigí a mi cuarto. Después de cierto tiempo, al no escuchar ningún ruido, salí y subí al graderío de piedras desde donde podía ver hacia el sur. Había cierto sentido de la libertad en esta vasta extensión, aunque me fuese inaccesible, comparada con la estrecha oscuridad del patio interior. Al mirar hacia afuera, sentí sin ninguna duda que estaba prisionero, y me pareció que necesitaba un respiro de aire fresco, aunque fuese en la noche. Estoy comenzando a sentir que esta existencia nocturna me está afectando. Me está destruyendo mis nervios. Me asusto de mi propia sombra, y estoy lleno de toda clase de terribles imaginaciones. ¡Dios sabe muy bien que hay motivos para mi terrible miedo en este maldito lugar! Miré el bello paisaje, bañado en la tenue luz amarilla de la luna, hasta que casi era como la luz del día. En la suave penumbra las colinas distantes se derretían, y las sombras se perdían en los valles y hondonadas de un negro aterciopelado. La mera belleza pareció alegrarme; había paz y consuelo en cada respiración que inhalaba. Al reclinarme sobre la ventana mi ojo fue captado por algo que se movía un piso más abajo y algo hacia mi izquierda, donde imagino, por el orden de las habitaciones, que estarían las ventanas del cuarto del propio conde. La ventana en la cual yo me encontraba era alta y profunda, cavada en piedra, y aunque el tiempo y el clima la habían gastado, todavía estaba completa. Pero evidentemente hacía mucho que el marco había desaparecido. Me coloqué detrás del cuadro de piedras y miré atentamente.
Lo que vi fue la cabeza del conde saliendo de la ventana. No le vi la cara, pero supe que era él por el cuello y el movimiento de su espalda y sus brazos. De cualquier modo, no podía confundir aquellas manos, las cuales había estudiado en tantas oportunidades. En un principio me mostré interesado y hasta cierto punto entretenido, pues es maravilloso cómo una pequeña cosa puede interesar y entretener a un hombre que se encuentra prisionero. Pero mis propias sensaciones se tornaron en repulsión y terror cuando vi que todo el hombre emergía lentamente de la ventana y comenzaba a arrastrarse por la pared del castillo, sobre el profundo abismo, con la cabeza hacia abajo y con su manto extendido sobre él a manera de grandes alas. Al principio no daba crédito a mis ojos. Pensé que se trataba de un truco de la luz de la luna, algún malévolo efecto de sombras. Pero continué mirando y no podía ser ningún engaño. Vi cómo los dedos de las manos y de los pies se sujetaban de las esquinas de las piedras, desgastadas claramente de la argamasa por el paso de los años, y así usando cada proyección y desigualdad, se movían hacia abajo a una considerable velocidad, de la misma manera en que una lagartija camina por las paredes.
¿Qué clase de hombre es éste, o qué clase de ente con apariencia de hombre? Siento que el terror de este horrible lugar me esta dominando; tengo miedo, mucho miedo, de que no haya escape posible para mí. Estoy rodeado de tales terrores que no me atrevo a pensar en ellos...
15 de mayo. Una vez más he visto al conde deslizarse como lagartija. Caminó hacia abajo, un poco de lado, durante unos cien pies y tendiendo hacia la izquierda. Allí desapareció en un agujero o ventana. Cuando su cabeza hubo desaparecido, me incliné hacia afuera tratando de ver más, pero sin resultado, ya que la distancia era demasiado grande como para proporcionarme un ángulo visual favorable. Pero entonces ya sabía yo que había abandonado el castillo, y pensé que debía aprovechar la oportunidad para explorar más de lo que hasta entonces me había atrevido a ver. Regresé al cuarto, y tomando una lámpara, probé todas las puertas. Todas estaban cerradas con llave, tal como lo había esperado, y las cerraduras eran comparativamente nuevas. Entonces, descendí por las gradas de piedra al corredor por donde había entrado originalmente. Encontré que podía retirar suficientemente fácil los cerrojos y destrabar las grandes cadenas; ¡pero la puerta estaba bien cerrada y no había ninguna llave! La llave debía estar en el cuarto del conde. Tengo que vigilar en caso de que su puerta esté sin llave, de manera que pueda conseguirla y escaparme. Continué haciendo un minucioso examen de varias escalinatas y pasadizos y pulsé todas las puertas que estaban ante ellos. Una o dos habitaciones cerca del corredor estaban abiertas, pero no había nada en ellas, nada que ver excepto viejos muebles, polvorientos por el viento y carcomidos de la polilla.
Por fin, sin embargo, encontré una puerta al final de la escalera, la cual, aunque parecía estar cerrada con llave, cedió un poco a la presión. La empujó más fuertemente y descubrí que en verdad no estaba cerrada con llave, sino que la resistencia provenía de que los goznes se habían caído un poco y que la pesada puerta descansaba sobre el suelo. Allí había una oportunidad que bien pudiera ser única, de tal manera que hice un esfuerzo supremo, y después de muchos intentos la forcé hacia atrás de manera que podía entrar. Me encontraba en aquellos momentos en un ala del castillo mucho más a la derecha que los cuartos que conocía y un piso más abajo. Desde las ventanas pude ver que la serie de cuartos estaban situados a lo largo hacia el sur del castillo, con las ventanas de la última habitación viendo tanto al este como al sur. De ese último lado, tanto como del anterior, había un gran precipicio. El castillo estaba construido en la esquina de una gran peña, de tal manera que era casi inexpugnable en tres de sus lados, y grandes ventanas estaban colocadas aquí donde ni la onda, ni el arco, ni la culebrina podían alcanzar, siendo aseguradas así luz y comodidad, a una posición que tenía que ser resguardada. Hacia el oeste había un gran valle, y luego, levantándose allá muy lejos, una gran cadena de montañas dentadas, elevándose pico a pico, donde la piedra desnuda estaba salpicada por fresnos de montaña y abrojos, cuyas raíces se agarraban de las rendijas, hendiduras y rajaduras de las piedras. Esta era evidentemente la porción del castillo ocupada en días pasados por las damas, pues los muebles tenían un aire más cómodo del que hasta entonces había visto. Las ventanas no tenían cortinas, y la amarilla luz de la luna reflejándose en las hondonadas diamantinas, permitía incluso distinguir los colores, mientras suavizaba la cantidad de polvo que yacía sobre todo, y en alguna medida disfrazaba los efectos del tiempo y la polilla. Mi lámpara tenía poco efecto en la brillante luz de la luna, pero yo estaba alegre de tenerla conmigo, pues en el lugar había una tenebrosa soledad que hacía temblar mi corazón y mis nervios. A pesar de todo era mejor que vivir solo en los cuartos que había llegado a odiar debido a la presencia del conde, y después de tratar un poco de dominar mis nervios, me sentí sobrecogido por una suave tranquilidad. Y aquí me encuentro, sentado en una pequeña mesa de roble donde en tiempos antiguos alguna bella dama solía tomar la pluma, con muchos pensamientos y más rubores, para mal escribir su carta de amor, escribiendo en mi diario en taquigrafía todo lo que ha pasado desde que lo cerré por última vez. Es el siglo XIX, muy moderno, con toda su alma. Y sin embargo, a menos que mis sentidos me engañen, los siglos pasados tuvieron y tienen poderes peculiares de ellos, que la mera "modernidad" no puede matar.
Más tarde: mañana del 16 de mayo. Dios me preserve cuerdo, pues a esto estoy reducido. Seguridad, y confianza en la seguridad, son cosas del pasado. Mientras yo viva aquí sólo hay una cosa que desear, y es que no me vuelva loco, si de hecho no estoy loco ya. Si estoy cuerdo, entonces es desde luego enloquecedor pensar que de todas las cosas podridas que se arrastran en este odioso lugar, el conde es la menos tenebrosa para mí; que sólo en él puedo yo buscar la seguridad, aunque ésta sólo sea mientras pueda servir a sus propósitos. ¡Gran Dios, Dios piadoso! Dadme la calma, pues en esa dirección indudablemente me espera la locura. Empiezo a ver nuevas luces sobre ciertas cosas que antes me tenían perplejo. Hasta ahora no sabía verdaderamente lo que quería dar a entender Shakespeare cuando hizo que Hamlet dijera:
"¡Mis libretas, pronto, mis libretas! es imprescindible que lo escriba", etc., pues ahora, sintiendo como si mi cerebro estuviese desquiciado o como si hubiese llegado el golpe que terminará en su trastorno, me vuelvo a mi diario buscando reposo. El hábito de anotar todo minuciosamente debe ayudarme a tranquilizar. La misteriosa advertencia del conde me asustó; pero más me asusta ahora cuando pienso en ella, pues para lo futuro tiene un terrorífico poder sobre mí. ¡Tendré dudas de todo lo que me diga! Una vez que hube escrito en mi diario y que hube colocado nuevamente la pluma y el libro en el bolsillo, me sentí soñoliento. Recordé inmediatamente la advertencia del conde, pero fue un placer desobedecerla. La sensación de sueño me había aletargado, y con ella la obstinación que trae el sueño como un forastero. La suave luz de la luna me calmaba, y la vasta extensión afuera me daba una sensación de libertad que me refrescaba. Hice la determinación de no regresar aquella noche a las habitaciones llenas de espantos, sino que dormir aquí donde, antaño, damas se habían sentado y cantado y habían vivido dulces vidas mientras sus suaves pechos se entristecían por los hombres alejados en medio de guerras cruentas. Saqué una amplia cama de su puesto cerca de una esquina, para poder, al acostarme, mirar el hermoso paisaje al este y al sur, y sin pensar y sin tener en cuenta el polvo, me dispuse a dormir. Supongo que debo haberme quedado dormido; así lo espero, pero temo, pues todo lo que siguió fue tan extraordinariamente real, tan real, que ahora sentado aquí a plena luz del sol de la mañana, no puedo pensar de ninguna manera que estaba dormido.
No estaba solo. El cuarto estaba lo mismo, sin ningún cambio de ninguna clase desde que yo había entrado en él; a la luz de la brillante luz de la luna podía ver mis propias pisadas marcadas donde había perturbado la larga acumulación de polvo. En la luz de la luna al lado opuesto donde yo me encontraba estaban tres jóvenes mujeres, mejor dicho tres damas, debido a su vestido y a su porte. En el momento en que las vi pensé que estaba soñando, pues, aunque la luz de la luna estaba detrás de ellas, no proyectaban ninguna sombra sobre el suelo. Se me acercaron y me miraron por un tiempo, y entonces comenzaron a murmurar entre ellas. Dos eran de pelo oscuro y tenían altas narices aguileñas, como el conde, y grandes y penetrantes ojos negros, que casi parecían ser rojos contrastando con la pálida luna amarilla. La otra era rubia; increíblemente rubia, con grandes mechones de dorado pelo ondulado y ojos como pálidos zafiros. Me pareció que de alguna manera yo conocía su cara, y que la conocía en relación con algún sueño tenebroso, pero de momento no pude recordar dónde ni cómo. Las tres tenían dientes blancos brillantes que refulgían como perlas contra el rubí de sus labios voluptuosos. Algo había en ellas que me hizo sentirme inquieto; un miedo a la vez nostálgico y mortal. Sentí en mi corazón un deseo malévolo, llameante, de que me besaran con esos labios rojos. No está bien que yo anote esto, en caso de que algún día encuentre los ojos de Mina y la haga padecer; pero es la verdad. Murmuraron entre sí, y entonces las tres rieron, con una risa argentina, musical, pero tan dura como si su sonido jamás hubiese pasado a través de la suavidad de unos labios humanos. Era como la dulzura intolerable, tintineante, de los vasos de agua cuando son tocados por una mano diestra. La mujer rubia sacudió coquetamente la cabeza, y las otras dos insistieron en ella. Una dijo:
-¡Adelante! Tú vas primero y nosotras te seguimos; tuyo es el derecho de comenzar.
La otra agregó:
-Es joven y fuerte. Hay besos para todas.
Yo permanecí quieto, mirando bajo mis pestañas la agonía de una deliciosa expectación. La muchacha rubia avanzó y se inclinó sobre mí hasta que pude sentir el movimiento de su aliento sobre mi rostro. En un sentido era dulce, dulce como la miel, y enviaba, como su voz, el mismo tintineo a través de los nervios, pero con una amargura debajo de lo dulce, una amargura ofensiva como la que se huele en la sangre.
Tuve miedo de levantar mis párpados, pero miré y vi perfectamente debajo de las pestañas. La muchacha se arrodilló y se inclinó sobre mí, regocijándose simplemente. Había una voluptuosidad deliberada que era a la vez maravillosa y repulsiva, y en el momento en que dobló su cuello se relamió los labios como un animal, de manera que pude ver la humedad brillando en sus labios escarlata a la luz de la luna y la lengua roja cuando golpeaba sus blancos y agudos dientes. Su cabeza descendió y descendió a medida que los labios pasaron a lo largo de mi boca y mentón, y parecieron posarse sobre mi garganta. Entonces hizo una pausa y pude escuchar el agitado sonido de su lengua que lamía sus dientes y labios, y pude sentir el caliente aliento sobre mi cuello. Entonces la piel de mi garganta comenzó a hormiguear como le sucede a la carne de uno cuando la mano que le va a hacer cosquillas se acerca cada vez más y más. Pude sentir el toque suave, tembloroso, de los labios en la piel supersensitiva de mi garganta, y la fuerte presión de dos dientes agudos, simplemente tocándome y deteniéndose ahí; cerré mis ojos en un lánguido éxtasis y esperé; esperé con el corazón latiéndome fuertemente.
Pero en ese instante, otra sensación me recorrió tan rápida como un relámpago. Fui consciente de la presencia del conde, y de su existencia como envuelto en una tormenta de furia. Al abrirse mis ojos involuntariamente, vi su fuerte mano sujetando el delicado cuello de la mujer rubia, y con el poder de un gigante arrastrándola hacia atrás, con sus ojos azules transformados por la furia, los dientes blancos apretados por la ira y sus pálidas mejillas encendidas por la pasión. ¡Pero el conde! Jamás imaginé yo tal arrebato y furia ni en los demonios del infierno. Sus ojos positivamente despedían llamas. La roja luz en ellos era espeluznante, como si detrás de ellos se encontraran las llamas del propio infierno. Su rostro estaba mortalmente pálido y las líneas de él eran duras como alambres retorcidos; las espesas cejas, que se unían sobre la nariz, parecían ahora una palanca de metal incandescente y blanco. Con un fiero movimiento de su mano, lanzó a la mujer lejos de él, y luego gesticuló ante las otras como si las estuviese rechazando; era el mismo gesto imperioso que yo había visto se usara con los lobos. En una voz que, aunque baja y casi un susurro, pareció cortar el aire y luego resonar por toda la habitación, les dijo:
-¿Cómo se atreve cualquiera de vosotras a tocarlo? ¿Cómo os atrevéis a poner vuestros ojos sobre él cuando yo os lo he prohibido? ¡Atrás, os digo a todas!
¡Este hombre me pertenece! Cuidaos de meteros con él, o tendréis que véroslas conmigo.
La muchacha rubia, con una risa de coquetería rival, se volvió para responderle: -Tú mismo jamás has amado; ¡tú nunca amas!
Al oír esto las otras mujeres le hicieron eco, y por el cuarto resonó una risa tan lúgubre, dura y despiadada, que casi me desmayé al escucharla. Parecía el placer de los enemigos. Entonces el conde se volvió después de mirar atentamente mi cara, y dijo en un suave susurro:
-Sí, yo también puedo amar; vosotras mismas lo sabéis por el pasado. ¿No es así? Bien, ahora os prometo que cuando haya terminado con él os dejaré besarlo tanto como queráis. ¡Ahora idos, idos! Debo despertarle porque hay trabajo que hacer.
-¿Es que no vamos a tener nada hoy por la noche? -preguntó una de ellas, con una risa contenida, mientras señalaba hacia una bolsa que él había tirado sobre el suelo y que se movía como si hubiese algo vivo allí.
Por toda respuesta, él hizo un movimiento de cabeza. Una de las mujeres saltó hacia adelante y abrió la bolsa. Si mis oídos no me engañaron se escuchó un suspiro y un lloriqueo como el de un niño de pecho. Las mujeres rodearon la bolsa, mientras yo permanecía petrificado de miedo. Pero al mirar otra vez ya habían desaparecido, y con ellas la horripilante bolsa. No había ninguna puerta cerca de ellas, y no es posible que hayan pasado sobre mí sin yo haberlo notado. Pareció que simplemente se desvanecían en los rayos de la luz de la luna y salían por la ventana, pues yo pude ver afuera las formas tenues de sus sombras, un momento antes de que desaparecieran por completo.
Entonces el horror me sobrecogió, y me hundí en la inconsciencia.

martes, 20 de noviembre de 2007

Oscuridad

'Dadle vuestra capa a Tob, y sentaos a tomar algo frente al fuego.
Dejad una nota en la entrada, si gustáis.
Bienvenidos'
-..Moth..-
Corría. Corría. Corría deprisa.
Estaba lloviendo, y el agua le empapaba los rizos de su largo cabello, que le caían por la frente formando pequeñas marañas de pelo empapado.
Sus zapatos chapoteaban en los charcos formados en el suelo del bosque, los árboles pasaban rápido a su lado.
Oscurecía, y el sol enviaba sus moribundos rayos a la tierra, que se llenaba de sombras. La luz del sol, ya bastante menguada, se veía dificultada por los árboles. La luz era cada vez más escasa.
Él seguía corriendo. Estaba cansado. Muy cansado. Debía parar.
Descansar.
Seguía corriendo y sus zapatos chapoteaban en los charcos. El fango saltaba. La lluvia arreciaba.
La ropa cada vez pesaba más.
Correr era cada vez más pesado. Más cansado.
Necesitaba descansar.
Y tropezó.
Necesitaba descansar.
Se durmió.
El canto de un pájaro lo despierta.
Oscuridad.
El sol ya ha desaparecido.
Oscuridad.
Se levanta tambaleándose. Ya no llueve.
Tiene la cara llena de hojas mojadas. El suelo está empapado.
Mira a su alrededor. Árboles. Oscuridad.
Nada más.
Se queda un momento parado.
No sabe dónde ir.
Se queda ahí parado. En pie.
Se oye un buho a lo lejos.
Luego silencio.
De repente se fija en un punto a lo lejos. Se fija sólo en ese punto.
Ha olvidado por qué huye.
Ha olvidado qué hace allí.
Sólo ve esas luces. Luces en medio de la oscuridad del bosque.
Necesita descansar. Necesita refugio.
Y hay luz.
Algún leñador. O un ermitaño.
Solitario.
Esa gente siempre es amable con los vagabundos.
Con los errantes.
Comieza a caminar en dirección a esas luces.
Las hojas se oyen crepitar bajo sus pies. Camina.
Necesita descansar.
El ruido de las hojas es el único ruido del bosque.
No se oye nada más.
No se ve nada más.
Sólo las luces, y su conttraste contra los árboles.
Sólo las luces.
Necesita descansar.
Se oye el buho.
Ese sonido le provoca un profundo escalofrío.
Es un buho, nada más.
Sólo eso, y nada más.
Está oscuro.
Ya llega a un claro. Alcanza a distinguir la silueta de un cuervo. Un cuervo.
Un cuervo posado en un árbol. Como si fuera el cuervo de ese poema.
Nunca más.
Oscuridad.
El cuervo levanta el vuelo.
Él sigue caminando. Avanzando.
Necesita descansar.
Ya se acerca a las luces.
Ya las puede ver de cerca.
En efecto, es una casa.
Una casita en medio del bosque.
Una casita pequeña, a juzgar por lo que puede ver.
Oscuridad.
Llega a la entrada.
Llama a la puerta.
Toc, toc, toc.
La puerta se abre, hay sólo un amable anciano.
Le pregunta que qué le ha pasado, que parece perdido, hambriento.
Nada.
Sólo necesita descansar.
El amable anciano le prepara una buena cena, y él cena en la cocina.
Luego, el anicano le dice que él no dormirá y lo acomoda en su cama, él se queja, pero el anciano insiste.
Necesita descansar.
Se duerme inmediatamente.
Ruidos. Ruidos en mitad de la noche.
Se incorpora en la cama. No sabe la hora.
Oye ruidos.
No un buho. No un cuervo.
Una especie de canto.
Un canto hermoso, como el que sin duda sería propio de las sirenas.
Se incorpora en la cama.
Va al salón.
Allí, recostado en una butaca, frente a un buen hogar, se halla el anciano.
Está despierto, y le indica que se acerque.
Él le pregunta que qué es ese canto.
Ese bello canto.
Es el canto de la dama de los bosques, le dice el anciano. Está buscando a su amado. Su amado está perdido, perdido para siempre.
Su amante está muerto. Murió en una de esas interminables guerras con el Imperio Otomano. Grecia está plagada de historias de estas, dice.
Ella lo busca, pues no acepta que esté muerto. Se iban a casar.
Ella no aceptó su muerte, y se fue al bosque. A buscarlo. De eso hace ya tres años.
La llaman la Blanca Dama, aunque su vestido blanco ya está manchado por el barro y las hojas, y su morena piel, dorada por el sol, está blanca.
Pero sigue siendo hermosa, dice.
Un día la vio, dice, la vio mientras buscaba leña. Ella era hermosa. Muy hermosa. Le preguntó que si había visto a su amado, y él le dijo que su amado había muerto.
Muerto.
Y ella se fue, huyó.
Y no la ha vuelto a ver.
Hoy la volverá a buscar, dice, se irá ahora.
Él se queda mirando el fuego. Calentándose.
El anciano se va. Le dice que volverá a la mañana, o no volverá.
Y él se duerme, otra vez.
Y despierta. No lo despierta ningún ruido, ningún sueño perturbador.
Duerme bien, la luz del sol entra por las ventanas.
Es mediodía.
Y está solo.

lunes, 19 de noviembre de 2007

El Sacerdote Nuevo

Estreno mi presencia en el blog de Su Ilustrísima Sir Thomas Mallory con este clásico del humor reelaborado por un servidor, la historia del primer sermón.....


Nuestro protagonista es un joven sacerdote recién salido del seminario, que al tener que dar su primer sermón dominical en la parroquia a la que le habían destinado, temblaba más que un flan en las manos de la Duquesa de Alba . Entonces le pidió consejo al obispo de su diócesis, el cual le contestó:

"La próxima vez, hijo mío, échate unas gotitas de orujo en el botellín de agua, verás como te sientes más relajado. Si quieres, este domingo acudiré a tu parroquia para escuchar el sermón y luego poder ayudarte a mejorar los puntos en los que falles".
El domingo siguiente, tal como había dicho el obispo se presenta, y su pupilo pone en práctica la sugerencia y en efecto, sesentía tan bien que pensaba que podría hablar en medio de una tempestad, totalmente relajado.
Tras el sermón, regresa a la sacristía, y encuentra una nota de su mentor, que decía lo siguiente

"Hijo mío:

Antes que nada, felicitarte por tu sermón, algunos detalles deben, en efecto ser mejorados, pero en general ha sido aceptable. Siento no poder comunicártelo en persona, pero nada más acabada la misa he tenido que abandonar tu iglesia para atender unos asuntos urgentes en otra parroquia de nuestra diócesis.

En cuanto a los puntos que considero que debes mejorar, me gustaría reseñar los siguientes:

1- La próxima vez échate unas gotitas de orujo en el agua y no unas gotitas de agua en el orujo

2- No es considerado muy correcto poner una rodaja de limón en el borde del cáliz y una sombrillita de cocktail.

3- El uso de la estola como servilleta podría herir sensibilidades.

4- Las hostias son para distribuirlas a los feligreses, no deben ser usadas como posavasos.

5- La caseta del al lado del altar es el confesionario, no el baño.

6- Evite apoyarse en la imagen de la Virgen, y mucho menos abrazarla.

7- No considero que resulte muy adecuado encenderse un cigarro con el cirio pascual ni ofrecérselo a la estatua de San Antonio Abad para "que le dé una caladilla".

8- Existen 10 mandamientos, no 12.

9- Existen 12 apóstoles, no 10, y además, ninguno era enanito.

10- La Santísima Trinidad son Padre, Hijo y Espíritu Santo, no " Papi, Júnior y el aparecido".

11- No nos referimos a Nuestro Señor Jesucristo y los Apóstoles como "la banda de J. C. y sus chicos" aunque suene mejor, y el Señor no trabajaba como D.J. en una disco durante los fines de semana.

12- No nos referimos a María Magdalena como "la putita esa".

13- David derrota a Goliat con una piedra lanzada desde su honda, no atropellándolo con su "onda", y en las Santas Escrituras no dice en ningún lugar que "le partiese el culo".

14- No nos referimos a Judas como "ese sapo hijoputa soplón".

15- Cuando Nuestro Señor resucitó al tercer día no fue directo a casa del Sumo Sacerdote Caifás a ajustar cuentas. Tampoco le ató la barba a la parte trase de su "onda" (¿el de la "onda" no era el rey David?) y lo arrastró por toda Jerusalén.

16- No debes tratar a Su Santidad Benedicto XVI como "El Padrino".

17- El hecho de levantarse cada mañana y ver a su jefe crucificado no convierte a Su Santidad en el trabajador más feliz del mundo.

18- Bin Laden no tuvo nada que ver con la muerte de Cristo.

19- El agua bendita es para bendecir y no para refrescarse la nuca.

20- Supermán no tiene el poder de perdonar los pecados.

21- No es recomendable oficiar la misa subido encima del altar, y mucho menos con el pie sobre la Biblia.

22- En el ofertorio los fieles entregan el diezmo voluntario. Saque el letrero que dice "su propina es mi sueldo".

23- Los pecadores irán al infierno y no "a la puta mierda".

24- En el próximo sermón evita confundir a la madre superiora con batman, y menos aún romperle el crucifijo en la crisma, ni conminarla a seguir "peleando" mientras la pobre mujer pedía ayuda.

25-No creo que la idea de sacar a los feligreses a bailar sea vista con buenos ojos en Roma. De
todas maneras, resultó interesante, aunque debo recordarte que el Mesías de Haendel no se baila, y mucho menos haciendo el "trencito" por toda la iglesia.

26- El Padrenuestro se debe rezar alzando las manos al cielo, no haciendo la "ola".
Esto es todo. Por cierto, el gordito con falditas y cara de cabrón de la primera fila era yo....Te recomendaría estudiar atentamente mis propuestas con vistas al próximo sermón, y vuelvo a felicitarte,

Atentamente:

EL OBISPO"

Imagina un título original

Las relaciones humanas son retorcidas y carentes de sentido.

Provienen del instinto de sociabilidad que tiene el ser humano, en las que se exige un intercambio de información entre individuos. Son una fuente de alegrías asegurada, pero también una fuente de desilusiones. Desengaño. Traición. Mentira. Todas ésas palabras malas que salen en cualquier canción del mundo. Las relaciones son la base de nuestra existencia. Nuestras virtudes y nuestros defectos.
La manera más eficaz de formarse a uno a mismo, y también la de romperse en mil pedazos.

Algunos buscan en los otros lo que no encuentran en ellos mismos. Otros buscan a gente con la que identificarse y complementarse. Hay gente que elige relacionarse con los que son menos que ellos, para sentirse superiores en todo momento. También los hay que buscan a personas por encima de ellos, para ahorrarse el pensar por ellos mismos.

Hay quien se conforma con poco.
Hay quien nunca se conforma.
Hay quien lucha por conseguir lo que cree que merece tener.

Pero hay una única cosa que todos compartimos.

Ésas ganas de sentir que no estás sólo.
De sentir que tu vida es un poco importante para alguien. Ésas ganas de compartir tu interior con alguien, y que a ése alguien le importe lo que pienses, que te pregunte tu opinión, que para él no seas un pedazo de carne en movimiento. Sino un cuerpo con alma y pensamientos.

Que tus alegrías sean el doble de buenas, que las tristezas, la mitad de malas. Tener algún hombro en el que llorar. Tener alguien con quien reír hasta que duela.
Tener ése alguien que te espera cuando no estás, y al que tú añoras cuando desaparece.

Esperas a que vuelva.
Y vuelve. Y entonces puedes constatar que eres feliz. Que ningún problema te volverá a atacar nunca. Que nada es lo suficientemente malo para derrocar este momento. Para quitarlo a él de delante.

Y entonces, se va.

Y te preguntas que harás cuando nunca más vuelva.

Muerto

Y allí estaba yo. Allí sentado. En ese café del puerto de Estambul. Estaba anocheciendo, y se podía ver a la gente abandonar sus tareas y volver a sus casas.
El humo de las pipas de agua llenaba el ambiente, haciendo que la oscuridad se volviese casi palpable... y blanca. La música salía del café, y se mezclaba con el sonido de las conversaciones, sonaba a música lejana, del otro mundo, como deben sonar las conversaciones y risas de una playa abarrotada al nadador exhausto que lucha contra la corriente. Era música oriental, música turca, pero tenía un deje macabro.
Estaba sentado, sentado solo. No había nadie a mi lado. Estaba solo, pero rodeado de gente. La brisa soplaba y agitaba mi pelo. Me sentía bien. Me sentía calmado. Contento. Feliz. Me sentía tranquilo. Sin preocupaciones.
Muerto.
Sí, en cierto modo, me sentía muerto.
Estaba sentado, tomando un té. El té humeaba, y añadía un poco de humo al ya de por sí cargado ambiente. Cogí la taza de té con ambas manos para calentarme. Cuánto baho.
Rico té turco. Delicioso té turco.
Sentado en una mesa a mi lado había un señor entrado en años, un viejo lobo de mar. Me recordaba a aquel viejo poema de Coleridge.
Estaba bebiendo raki. Leche de león, como se llama por aquí. Bebía raki en generosas cantidades.
La música seguía sonando en el interior del café, seguía sonando a música tenebrosa.
El viejo marinero se levantó, fue a pagar, y se fue.
Y me dejó solo. Bueno, solo no, rodeado de gente. No es que conociera a aquel viejo marinero, nunca lo había visto antes. Pero me caía bien. Me caía bien por su sencillez.
Y se había ido. Todo el mundo me abandonaba.
Pena, pena por la muerte de Leonor,
la única, ángel radiente,
Leonor por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.
Sí, él también me había abandonado.
Me levanté, pagué, recogí mi abrigo, y me marché.
Y aquí estoy ahora. Estoy en el puerto. En el muelle. Tras de mí se alza Europa, en frente Asia, y en medio el mar.
Todo el mundo me abandona.
Veo como una joven pareja pasa junto a mí y me mira.
Ella se ríe, y él la besa. Se quedan besando detrás mía.
Por amor de Dios.
Todo el mundo me abandona.
Y me lanzo al mar.
Se oye un chapuzón, pero yo no lo oigo. El agua está fría.
No oigo como la chica grita. No oigo como la gente comienza a correr por la calle.
Todo el mundo me abandona.
Me siento bien. Me siento calmado. Contento. Feliz. Me siento tranquilo. Sin preocupaciones.
Muerto.

sábado, 17 de noviembre de 2007

La Columna del Odio: El instituto I, Los alumnos.

Citando a Xu: 'Volver al "insti" no es volver al mundo civilizado, es volver a un lugar en el que la gente escribe "haveces" y no sabe pasar de centímetros a metros (esto último igual tampoco lo sabe algún profesor)'. Pues bien, tiene razón.
El instituto es una especie de guardería gigante donde la gente que tiene mi edad, al menos en teoría, se pasa todo el día jugando, hablando, fumando, escuchando ''música'' (esto último es bastante discutible a no ser que se acepte que la música es todo sonido organizado con la idea de crear algo estético, aunque eso no sea del todo estético), el instituto es una especie de cuartel donde en teoría la gente va a aprender, pero se pasa todo el día hablando de cosas que si bien para sus mentes subdesarrolladas deben ser la monda, son completamente estúpidas, a no ser que uno piense que que la Yoli se haya ''enrollao'' con ''er'' Juanjo sea un tema bastante importante para el centro.
En resumen, que los pasillos del centro huelen a erudición, y los baños son usados por primates lo bastante ignorantes como para desconocer la tecnología de las cadenas del baño. Claro, después de unas semanas, uno piensa: 'Bueno, la evolución humana tampoco es que haya sido una pasada, pero bueno'.
Uno puede dividir la fauna de este peculiar ecosistema en varias philes:

-Ganado.
La forman la mayor parte de los alumnos. Ese tipo de alumnos que desconocen la tecnología de las cadenas, así como la de unos recipientes muy bonitos llamados basuras, que claro, uno los asociaría a ellos, pero sólo sirven para los deshechos no humanos del instituto (por desgracia). Claro, legalmente estos individuos, estos deshechos, estas... cosas, son consideradas humanas, aunque yo creo que es una conjura del Gobierno de la Tercera Confederación Intergaláctica y los Vampiros Diurnos para que nos ahoguemos en nuestra propia mierda, literalmente hablando, y por mierda no me refiero sólo a la basura que tiran, sino al ganado en líneas generales. Me refiero a ese tipo de gente que no se conforma con no estudiar, debe evitar a toda costa que los demás estudien. A ese tipo de gente que, pobrecitos, se creen la monda y la mar de graciosos. En resumen, que en ciertos casos sí estoy a favor de la Eutanasia.

-Personas Simpáticas.
Son todos los seres a los que considero superiores, o claramente superiores. Hay que no estudian, los hay que sí, pero al menos no son tan Neardentales como el ganado. Ellos saben tirar de la cadena (que ahora nos reímos, pero eso supone una coordinación que las mentes inferiores claramente no pueden afrontar). En definitiva, que podríamos dividir a la gente del instituto en Los que Sí saben tirar de una Cadena y los que No.

-Personas Antipáticas.
Esta es una clasificación personal, pues las Personas (dotadas de raciocinio) pueden clasificar algo más que si se tirarían o no a ciertos congéneres , si no en gente a la que tienen en estima y gente a la que no. Yo, personalmente, no soporto a la gente que se cree superior a los demás, vale que yo también me creo superior a los demás, pero convendréis conmigo en que lo soy... o al menos lo hago de una forma desenfadada.

-Otros.
Son la gente que considero o bien personas raras, o bien ganado superior, u otras muchas cosas. Entre ellos, el más destacable es el sujeto C', que me cae muy bien, pero que no puede leer lo que escribo sin dejar de decir que lo pasa es que me siento superior a los demás, que miento, que digo las cosas desde mi punto de vista y que sólo debería expresar opiniones... pero eso es lo que hago, expresar opiniones. Aquél mismo sujeto que siempre tiene que tener razón en todo, pero bueno, nadie duda que es una persona lista.


Por supuesto luego soy yo el que se pone de los nervio, ¿verdad? Soy yo el que pone a la gente a parir, yo el que me siento superior, yo el raro, yo el friki, sólo porque no soporto que unos जोदिडोस सर्डोस सुब्नोर्मलेस य देफिसिएंतेस मेंताल्मेंते se dediquen a hacer el subnormal por el instituto (quizá no lo finjan...). Por mí podrían सोदोमिज़रसे लोस उनोस अ लोस ओत्रोस कों उन बाते दे बसेबल्ल.

Debo agradecerle especialmente esta entrada al botón de Transliteración de textos... eres el mejor.