Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

viernes, 28 de marzo de 2008

Ainulindalë (La Música de los Ainur)

John Ronald Reuel Tolkien

En el principio estaba Eru, el Único, que en Arda es llamado Ilúvatar; y primero hizo a los Ainur, los Sagrados, que eran vástagos de su pensamiento, y estuvieron con él antes que se hiciera alguna otra cosa. y les habló y les propuso temas de música; y cantaron ante él y él se sintió complacido. Pero por mucho tiempo cada uno de ellos cantó solo, o junto con unos pocos, mientras el resto escuchaba; porque cada uno sólo entendía aquella parte de la mente de Ilúvatar de la que provenía él mismo, y eran muy lentos en comprender el canto de sus hermanos. Pero cada vez que escuchaban, alcanzaban una comprensión más profunda, y crecían en unisonancia y armonía.

Y sucedió que Ilúvatar convocó a todos los Ainur , y les comunicó un tema poderoso, descubriendo para ellos cosas todavía más grandes y más maravillosas que las reveladas hasta entonces; y la gloria del principio y el esplendor del final asombraron a los Ainur, de modo que se inclinaron ante Ilúvatar y guardaron silencio.

Entonces les dijo Ilúvatar: —Del tema que os he comunicado, quiero ahora que hagáis, juntos y en armonía, una Gran Música. y como os he inflamado con la Llama Imperecedera, mostraréis vuestros poderes en el adorno de este tema mismo, cada cual con sus propios pensamientos y recursos, si así le place. Pero yo me sentaré y escucharé, y será de mi agradó que por medio de vosotros una gran belleza despierte en canción.

Entonces las voces de los Ainur, como de arpas y laúdes, pífanos y trompetas, violas y órganos, y como de coros incontables que cantan con palabras, empezaron a convertir el tema de Ilúvatar en una gran música; y un sonido se elevó de innumerables melodías alternadas, entretejidas en una armonía que iba más allá del oído hasta las profundidades y las alturas, rebosando los espacios de la morada de Ilúvatar; y al fin la música y e1 eco de la música desbordaron volcándose en el Vacío, y ya no hubo vacío. Nunca desde entonces hicieron los Ainur una música como ésta aunque se ha dicho que los coros de los Ainur y los Hijos de Ilúvatar harán ante él una música todavía más grande, después del fin de los días. Entonces los temas de Ilúvatar se tocarán correctamente y tendrán ser en el momento en que aparezcan, pues todos entenderán entonces plenamente la intención del Único para cada una de las partes, y conocerán la comprensión de los demás, e Ilúvatar pondrá en los pensamientos de ellos el fuego secreto.

Pero ahora Ilúvatar escuchaba sentado, y durante un largo rato le pareció bien, pues no había fallas en la música. Pero a medida que el tema prosperaba, nació un deseo en el corazón de Melkor: entretejer asuntos de su propia imaginación que no se acordaban con el tema de Ilúvatar, porque intentaba así acrecentar el poder y la gloria de la parte que le había sido asignada. A Melkor, entre los Ainur, le habían sido dados los más grandes dones de poder y conocimiento, y tenía parte en todos los dones de sus hermanos. Con frecuencia había ido solo a los sitios vacíos en busca de la Llama Imperecedera; porque grande era el deseo que ardía en él de dar ser a cosas propias, y le parecía que Ilúvatar no se ocupaba del Vacío, cuya desnudez le impacientaba. No obstante, no encontró el Fuego, porque el Fuego está con Ilúvatar. Pero hallándose solo, había empezado a tener pensamientos propios, distintos de los de sus hermanos.

Melkor entretejió algunos de estos pensamientos en la música, e inmediatamente una discordancia se alzó en torno, y muchos de los que estaban cerca se desalentaron, se les confundió el pensamiento, y la música vaciló; pero 7 algunos empezaron a concertar su música con la de Melkor más que con el pensamiento que habían tenido en un principio. Entonces la discordancia de Melkor se extendió todavía más, y las melodías escuchadas antes naufragaron en un mar de sonido turbulento. Pero Ilúvatar continuaba sentado y escuchaba, hasta que pareció que alrededor del trono había estallado una furiosa tormenta, como de aguas oscuras que batallaran entre sí con una cólera infinita que nunca sería apaciguada.

Entonces Ilúvatar se puso de pie y los Ainur vieron que sonreía; y levantó la mano izquierda y un nuevo tema nació en medio de la tormenta, parecido y sin embargo distinto al anterior, y que cobró fuerzas y tenía una nueva belleza. Pero la discordancia de Melkor se elevó rugiendo y luchó con él, y una vez más hubo una guerra de sonidos más violenta que antes, hasta que muchos de los Ainur se desanimaron y no cantaron más, y Melkor predominó. Otra vez se incorporó entonces Ilúvatar, y los Ainur vieron que estaba serio; e Ilúvatar levantó la mano derecha, y he aquí que un tercer tema brotó de la confusión, y era distinto de los otros. Porque pareció al principio dulce y suave, un mero murmullo de sonidos leves en delicadas melodías; pero no pudo ser apagado y adquirió poder y profundidad. y pareció por último que dos músicas se desenvolvían a un tiempo ante el asiento de Ilúvatar, por completo discordantes. La una era profunda, vasta y hermosa, pero lenta y mezclada con un dolor sin medida que era la fuente principal de su belleza. La música de Melkor había alcanzado ahora una unidad propia; pero era estridente, vana e infinitamente repetida, y poco armónica, pues sonaba como un clamor de múltiples trompetas que bramaran unas pocas notas, todas al unísono. E intentó ahogar a la otra música con una voz violenta, pero pareció que la música de Ilúvatar se apoderaba de a1gún modo de las notas más triunfantes y las entretejía en su propia solemne estructura.

En medio de esta batalla que sacudía las estancias de Ilúvatar y estremecía unos silencios hasta entonces inmutables, Ilúvatar se puso de pie por tercera vez, y era terrible mirarlo a la cara. Levantó entonces ambas manos y en un acorde más profundo que el Abismo, más alto que el Firmamento, penetrante como la luz de los ojos de Ilúvatar, la Música cesó.

Entonces Ilúvatar habló, y dijo: —Poderosos son los Ainur, y entre ellos el más poderoso es Melkor; pero sepan él y todos los Ainur que yo soy Ilúvatar; os mostraré las cosas que habéis cantado y así veréis qué habéis hecho. y tú, Melkor, verás que ningún tema puede tocarse que no tenga en mi su fuente más profunda, y que nadie puede alterar la música a mi pesar. Porque aquel que lo intente probará que es sólo mi instrumento para la creación de cosas más maravillosas todavía, que él no ha imaginado.

Entonces los Ainur tuvieron miedo aunque aún no habían comprendido qué les decía Ilúvatar; y llenose Melkor de vergüenza, de la que nació un rencor secreto. Pero Ilúvatar se irguió resplandeciente, y se alejó de las hermosas regiones que había hecho para los Ainur; y los Ainur lo siguieron.

Pero cuando llegaron al Vacío, Ilúvatar les dijo: —¡Contemplad vuestra música!—. y les mostró una escena, dándoles vista donde antes había habido sólo oído; y los Ainur vieron un nuevo Mundo hecho visible para ellos, y era un globo en el Vacío, y en él se sostenía, aunque no pertenecía al Vacío. y mientras lo miraban y se admiraban, este mundo empezó a desplegar su historia y les pareció que vivía y crecía. y cuando los Ainur hubieron mirado un rato en silencio, volvió a hablar Ilúvatar: —iContemplad vuestra música! Este es vuestro canto y cada uno de vosotros encontrará en él, entre lo que os he propuesto, todas las cosas que en apariencia habéis inventado o añadido. y tú, Melkor, descubrirás los pensamientos secretos de tu propia mente y entenderás que son sólo una parte del todo y tributarios de su gloria.

8 Y muchas otras cosas dijo Ilúvatar a los Ainur en aquella ocasión, y por causa del recuerdo de sus palabras y por el conocimiento que cada uno tenía de la música que él mismo había compuesto, los Ainur saben mucho de lo que era, lo que es y lo que será, y pocas cosas no ven. Sin embargo, algunas cosas hay que no pueden ver, ni a solas ni aun consultándose entre ellos; porque a nadie más que a sí mismo ha revelado Ilúvatar todo lo que tiene él en reserva y en cada edad aparecen cosas nuevas e imprevistas, pues no proceden del pasado. y así fue que mientras esta visión del Mundo se desplegaba ante ellos, los Ainur vieron que contenía cosas que no habían pensado antes. y vieron con asombro la llegada de los Hijos de Ilúvatar y las estancias preparadas para ellos, y advirtieron que ellos mismos durante la labor de la música habían estado ocupados en la preparación de esta morada, pero ignorando que tuviese algún otro propósito que su propia belleza. Porque sólo él había concebido a los Hijos de Ilúvatar; que llegaron con el tercer tema, y no estaban en aquel que Ilúvatar había propuesto en un principio, y ninguno de los Ainur había intervenido en esta creación. Por tanto, mientras más los contemplaban, más los amaban, pues eran criaturas distintas de ellos mismos, extrañas y libres, en las que veían reflejada de nuevo la mente de Ilúvatar; y conocieron aun entonces algo más de la sabiduría de Ilúvatar , que de otro modo habría permanecido oculta aun para los Ainur.

Ahora bien, los Hijos de Ilúvatar son Elfos y Hombres, los Primeros Nacidos y los Seguidores. Y entre todos los esplendores del Mundo, las vastas salas y los espacios, y los carros de fuego, Ilúvatar escogió como morada un sitio en los Abismos del Tiempo y en medio de las estrellas innumerables. Y puede que esta morada parezca algo pequeña a aquellos que sólo consideran la majestad de los Ainur y no su terrible sutileza; como quien tomara toda la anchura de Arda para levantar allí una columna y la elevara hasta que el cono de la cima fuera mas punzante que una aguja; o quien considerara sólo la vastedad inconmensurable del Mundo, que los Ainur aún están modelando, y no la minuciosa precisión con que dan forma a todas las cosas que en él se encuentran. Pero cuando los Ainur hubieron contemplado esa morada en una visión y luego de ver a los Hijos de Ilúvatar que allí aparecían, muchos de los más poderosos de entre ellos se volcaron en pensamiento y deseo sobre ese sitio. y de éstos Melkor era el principal, como también había sido al comienzo el más grande de los Ainur que participaran en la Música. y fingió, aun ante sí mismo al comienzo, dominando los torbellinos de calor y de frío que lo habían invadido, que deseaba ir allí y ordenarlo todo para beneficio de los Hijos de Ilúvatar. Pero lo que en verdad deseaba era someter tanto a Elfos como a Hombres, pues envidiaba los dones que Ilúvatar les había prometido; y él mismo deseaba tener súbditos y sirvientes, y ser llamado Señor, y gobernar otras voluntades.

Pero los otros Ainur contemplaron esa habitación puesta en los vastos espacios del Mundo; que los Elfos llaman Arda, la Tierra, y los corazones de todos se regocijaron en la luz, y los ojos se les alegraron en la contemplación de tantos colores, aunque el ruido del mar los inquietó sobremanera. y observaron los vientos y el aire y las materias de que estaba hecha Arda, el hierro y la piedra, la plata y el oro, y muchas otras sustancias, pero de todas ellas el agua fue la que más alabaron. y dicen los Eldar que el eco de la Música de los Ainur vive aún en el agua, más que en ninguna otra sustancia de la Tierra; y muchos de los Hijos de Ilúvatar escuchan aún insaciables las voces del Mar, aunque todavía no saben lo que oyen.

Ahora bien, aquel Ainur a quien los Elfos llaman Olmo, volvió sus pensamientos al agua y de todos fue a él a quien Ilúvatar dio más instrucción en música. Pero sobre aires y vientos quien más había reflexionado era Manwe, noble de nobles entre los Ainur. En la materia de la Tierra había pensado Aule, a quien Ilúvatar había concedido una capacidad y un conocimiento apenas menores que los de MeIkor; aunque lo que deleita y enorgullece a Aule es la tarea de hacer y las cosas hechas, y no la posesión ni su propia maestría; por tanto da y nos atesora, y está libre de cuidados, emprendiendo siempre nuevas tareas.

9 E Ilúvatar habló a Olmo, y dijo: —¿No ves cómo aquí, en este pequeño reino de los Abismos del Tiempo, Melkor ha declarado la guerra contra tu provincia? Ha concebido un frío crudo e inmoderado, y sin embargo no ha destruido la belleza de tus fuentes, ni la de tus claros estanques. ¡Contempla la nieve y la astuta obra de la escarcha! Melkor ha concebido calores y fuegos sin restricción, y no ha podido marchitar tu deseo ni apoyar por completo la música del mar. ¡Contempla más bien la altura y la gloria de las nubes, y las nieblas siempre cambiantes! ¡Y escucha la caída de la lluvia sobre la Tierra! Y en estas nubes eres llevado cerca de Manwe, tu amigo, a quien amas.

Respondió entonces Olmo: —En verdad, mi corazón no había imaginado que el agua llegara a ser tan hermosa, ni mis pensamientos secretos habían concebido el copo de nieve, ni había nada en mi música que contuviese la caída de la lluvia.

Iré en busca de Manwe; ¡y juntos haremos melodías que serán tu eterno deleite!— Y Manwe y Olmo fueron desde el principio aliados, y en todo cumplieron con fidelidad los propósitos de Ilúvatar.

Pero mientras Olmo hablaba todavía y los Ainur miraban absortos, la visión se apagó y se ocultó a los ojos de todos, y les pareció que en ese momento percibían algo distinto, la Oscuridad, que no habían conocido antes excepto en pensamiento. Pero se habían enamorado de la belleza de la visión que allí cobraba ser, y les colmaba la mente; porque la historia no estaba todavía completa ni los ciclos del tiempo del todo cumplidos cuando la visión les fue arrebatada. y han dicho algunos que la visión cesó antes de que culminara el Dominio de los Hombres y la desaparición de los Primeros Nacidos, por tanto, aunque la Música lo ocupaba todo, los Valar no vieron con los ojos las Eras Posteriores ni el fin del Mundo.

Entonces hubo inquietud entre los Ainur; pero Ilúvatar los llamó y dijo: —Sé lo que vuestras mentes desean: que aquello que habéis visto sea en verdad, no sólo en vuestro pensamiento, sino como vosotros sois, y aun otros. Por tanto, digo: ¡Ea! ¡Que sean estas cosas! Y enviaré al Vacío la L1ama Imperecedera, y se convertirá en el corazón del Mundo, y el Mundo Será; y aquellos de entre vosotros que lo deseen, podrán descender a él.

Y de pronto vieron los Ainur una luz a lo lejos como si fuera una nube con un viviente corazón de llamas; y supieron que no era sólo una visión, sino que Ilúvatar había hecho algo nuevo: Ea, el Mundo que Es.

Así sucedió pues que de los Ainur algunos siguen morando con Ilúvatar más allá de los confines del Mundo; pero otros, y entre ellos muchos de los más grandes y más hermosos, se despidieron de Ilúvatar y descendieron al Mundo. Ilúvatar les impuso esta condición, quizá también necesaria para el amor de ellos: que desde entonces en adelante los poderes que él les había concedido se limitaran y sujetaran al Mundo, por siempre, hasta que el Mundo quedase completado, de modo tal que ellos fuesen la vida del Mundo y el Mundo la vida de ellos. Y por esto mismo se los llama los Valar, los Poderes del Mundo.

Pero al principio, cuando los Valar entraron en Ea, se sintieron desconcertados, y perdidos, pues les pareció que nada de lo que hablan visto en su visión estaba hecho todavía, y que todo estaba a punto de empezar y aún informe y a oscuras. Porque la Gran Música no había sido sino el desarrollo y la floración del pensamiento en los Palacios Intemporales, y lo que habían visto, sólo una prefiguración; pero ahora habían entrado en el principio del Tiempo, y advertían que el Mundo había sido sólo precantado y predicho, y que ellos tenían que completarlo. De modo que empezaron sus grandes trabajos en desiertos inconmensurables e inexplorados, y en edades incontables y olvidadas, hasta que en los Abismos del Tiempo y en medio de las vastas estancias de Ea, hubo una hora y un lugar en los que fue hecha la habitación de los Hijos de Ilúvatar.

Y en estos trabajos Manwe y Aule y Ulmo se empeñaron más que otros; pero Melkor estuvo también allí desde el principio, y se mezclaba en todo lo que se 10 hacía, cambiándolo si le era posible según sus propios deseos y propósitos; y animó grandes fuegos. Por tanto, mientras la Tierra era todavía joven y estaba toda en llamas, Melkor la codició y dijo a los otros Valar: —Este será mi reino, y para mí lo designo.

Pero Manwe era el hermano de Melkor en la mente de Ilúvatar y el primer instrumento en el Segundo tema que Ilúvatar había levantado contra la discordancia de Melkor; y convocó a muchos espíritus, tanto mayores como menores, que bajaran a los campos de Arda a ayudar a Manwe, temiendo que Melkor pudiera impedir para siempre la culminación de los trabajos, y que la tierra se marchitara antes de florecer. Y Manwe dijo a Melkor: —Este reino no lo tomarás para ti injustamente, pues muchos otros han trabajado en él no menos que tú.

Y hubo lucha entre Melkor y los otros Valar; y por esa vez Melkor se retiró y partió a otras regiones donde hizo lo que quiso; pero no se quitó del corazón el deseo de dominar e Reino de Arda.

Ahora bien, los Valar tomaron para sí mismos forma y color; y porque habían sido atraídos al Mundo por el amor de los Hijos de Ilúvatar, en quienes habían puesto tantas esperanzas, tomaron formas que se asemejaban a lo que habían contemplado en la Visión de l1úvatar, excepto en majestad y en esplendor.

Además esas formas proceden del conocimiento que ellos tenían del Mundo visible más que del Mundo en sí; y no las necesitan, salvo como necesitamos nosotros el vestido, pues podríamos ir desnudos sin desmedro de nuestro ser. Por tanto los Valar pueden andar, si así les place, sin atuendo, y entonces ni siquiera los Eldar los perciben con claridad, aunque estén presentes. Pero cuando deciden vestirse, algunos Valar toman forma de hombre y otros de mujer; porque esa diferencia de temperamento la tenían desde el principio, y se encarna en la elección de cada uno,. no porque la elección haga de ellos varones o mujeres, sino como el vestido entre nosotros, que puede mostrar al varón o a la mujer pero no los hace. Mas las formas con que los Grandes se invisten no son en todo momento como las formas de los reyes y de las reinas de los Hijos de l1úvatar; porque a veces se visten de acuerdo con sus propios pensamientos, hechos visibles en formas de majestad y temor.

Y los Valar convocaron a muchos compañeros, algunos menores, otros tan poderosos como ellos, y juntos trabajaron en el ordenamiento de la Tierra y en el apaciguamiento de sus tumultos. Entonces Melkor vio lo que se había hecho, y que los Valar andaban por la Tierra como poderes Visibles, vestidos con las galas del Mundo, y eran agradables y gloriosos de ver, y bienaventurados, y la Tierra estaba convirtiéndose en un jardín de deleite, pues ya no había torbellinos en ella. La envidia de Melkor fue entonces todavía mayor y él también tomó forma visible, pero a causa del temple de Melkor y de la malicia que ardía en él, esa forma era terrible y oscura. y descendió sobre Arda con poder y majestad más grandes que los de ningún otro Valar, como una montaña que vadea el mar y tiene la cabeza por encima de las nubes, vestida de hielo y coronada de fuego y humo; y la luz de los ojos de Melkor era como una llama que marchita con su calor y traspasa con un frío mortal.

Así empezó la primera batalla de los Valar con Melkor por el dominio de Arda; y de esos tumultos los Elfos conocen muy poco. Porque lo que aquí se ha declarado procede de los Valar mismos, con quienes los Eldalie hablaron en la tierra de Valinor y de quienes recibieron instrucción; pero poco contaron los Valar de las guerras anteriores al advenimiento de los Elfos. Se dice no obstante entre los Eldar que los Valar se esforzaron siempre, a pesar de Melkor, por gobernar la Tierra y prepararla para la llegada de los Primeros Nacidos; y construyeron tierras y Melkor las destruyó; cavaron valles y Melkor los levantó; tallaron montañas y Melkor las derribó; ahondaron mares y Melkor los derramó; y nada podía conservarse en paz ni desarrollarse, pues no bien empezaban los Valar una obra, Melkor la deshacía o corrompía. Y, sin embargo, no todo era en vano; y aunque la voluntad y el 11 propósito de los Valar no se cumplían nunca, y todas las cosas tenían un color y una forma distintos de como ellos los habían pensado, no obstante la Tierra iba cobrando forma y haciéndose más firme. Y así la habitación de los Hijos de Ilúvatar fue establecida al fin en los Abismos del Tiempo y entre las estrellas innumerables.

Informe sobre la Tierra: Fundamentalmente inofensiva

Hoy vengo a recomendar un libro bastante extraño, pero que no puede por menos sacarme una sonrisa por lo extremadamente friki que es, y por lo bien narrado que está.
El libro es una narración de Douglas Adams. Colgaré dos fragmentos que me han obligado a partirme el culo (y parte de la coumna verterbral) aquí...

Fragmento 1:

Arthur Dent había estado en algunos sitios infectos a lo largo de su vida, pero jamás había visto un puerto espacial con un letrero que dijera: 'Incluso viajar sin esperanza es mejor que venir aquí.'. Para dar la bienvenida a los visitantes, en el vestíbulo de llegadas se exhibía una foto del presidente de Ahoraqué, que sonreía. Era la única fotografía que podía encontrarse de él, y la habían tomado poco después de que se pegara un tiro, de modo que aún retocada lo mejor posible la sonrisa era más bien aterradora. Un lado de la cabeza estaba dibujado a lápiz. Y no habían cambiado la fotografía porque no se había encontrado un sustituto al presidente. Los habitantes habían tenido desde siempre una sola ambición, que era marcharse del planeta.
Arthur se registró en un pequeño motel de las afueras de la ciudad y se sentó abatido en la cama, que estaba húmeda, y hojeó el pequeño folleto informativo, que también estaba húmedo. Decía que el planeta Ahoraqué recibió el nombre de las primeras palabras pronunciadas por los primeros colonos que llegaron allí después deaños luz de vagar por el espacio en un esfuerzo por alcanzar los más remotos e inexplorados confines de la Galaxia. La ciudad principal se llamaba Puesvaya. No había más ciudades propiamente dichas. La colonización de Ahoraqué no había sido un éxito, y la clase de gente que verdaderamente quería vivir en aquel planeta no era muy recomendable para hacer vida en común.
El folleto mencionaba el comercio. La principal actividad económica era el comercio de pieles de puercos de las marismas, pero o estaba muy desarrollada porque nadie en su sano juicio quería comprar una piel de puerco de las marismas ahoraqueño. Dicho comercio sólo se mantenía a duras penas porque en la Galaxia había un considerable número de gente que no estaba en su sano juicio. Arthur se había sentido muy incómodo observando a ciertos ocupantes de la pequeña cabina de pasajeros de la nave...


Fragmento 2:

-Y usted pretende que yo sea su crítico gastronómico.
-Tendremos en cuenta sus prestaciones.
-¡Mata! -gritó Ford. Se dirigía a la toalla.
La toalla saltó de manos de Harl.
No porque tuviera fuerza motriz propia, sino porque Harl se sobresaltó ante la idea de que pudiera tenerla. Volvió a sobresaltarse al ver que Ford Prefect se abalanzaba sobre él por encimadel escritorio esgrimiendo los puños. En realidad, Ford sólo pretendía apoderarse de su tarjeta de crédito, pero nadie ocupa un puesto como el de Harl sin desarrollar un sano sentido paranoide de la vida. Tomó la sensata precaución de lanzarse hacia atrás, se dio un fuertegolpe en la cabeza con el cristal a prueba de cohetes y se sumió en unos sueños inquietantes y muy personales.

jueves, 27 de marzo de 2008

No estamos solos...

No, no lo estamos, y si bien la comparación es muy honrosa (para nosotros, que no para él), me parece que no somos los únicos frikis de este país, y parece ser que yo no lo soy de la música celta.
Y, como no sé muy bien qué más poner, colgaré la letra de la primera de las canciones, Women of Ireland, primero en inglés y luego en gaélico.

Inglés
There's a woman in Erin who'd give me shelter and my fill of ale;
There's a woman in Ireland who'd prefer my strains to strings being played;
There's a woman in Eirinn and nothing would please her more
Than to see me burning or in a grave lying cold.

There's a woman in Eirinn who'd be mad with envy if I was kissed
By another on fair-day, they have strange ways, but I love them all;
There are women I'll always adore, battalions of women and more
And there's this sensuous beauty and she shackled to an ugly boar.

There's a woman who promised if I'd wander with her I'd find some gold
A woman in night dress with a loveliness worth more than the woman
Who vexed Ballymoyer and the plain of Tyrone;
And the only cure for my pain I'm sure is the ale-house down the road.


Gaélico
Ta bean in Éireann a phronnfadh sead damh is mo shaith le n-ol
Is ta bean in Éireann is ba bhinne leithe mo rafla ceoil
No seinm thead; ata bean in Eirinn is niorbh fhearr lei beo
Mise ag leimnigh no leagtha i gcre is mo tharr faoi fhod

Ta bean in Éireann a g ead liom mur bhfaighfinn ach pog
O bhean ar aonach, nach ait an sceala, is mo dhaimh fein leo;
Ta bean ab fhearr liom no cath is cead dhiobh nach bhfagham go deo
Is ta cailin speiriuil ag fear gan Bhearla, dubhghranna croin.

Ta bean a dearfadh da siulann leithe go bhfaighinn an t-or,
Is ta bean 'na leine is is fearr a mein no na tainte bo
Le bean a bhuairfeadh Baile an Mhaoir is clar Thir Eoghain,
Is ni fhaicim leigheas ar mo ghalar fein ach scaird a dh'ol.



Drácula, XXI

Bram Stoker
DEL DIARIO DEL DOCTOR SEWARD


3 de octubre. Déjenme expresar exactamente todo lo sucedido, tal y como lo recuerdo desde la última vez en que escribí en el diario. Debo hacerlo con toda calma, ya que no debo pasar por alto ni uno solo de los detalles que recuerdo. Cuando llegué a la habitación de Renfield, lo encontré tendido en el suelo sobre su costado, en medio de un charco de sangre. Cuando me dispuse a moverlo, comprendí que había recibido varias heridas terribles; no parecía existir esa unidad de fines entre las partes del cuerpo, que parecen marcar incluso la cordura letárgica. Al observar su rostro pude advertir que lo tenía horriblemente magullado, como si se lo hubieran golpeado contra el suelo..., en realidad era de las heridas que tenía en el rostro que había surgido el charco de sangre. El asistente que estaba arrodillado al lado del cuerpo me dijo, mientras le dábamos la vuelta al cuerpo: -Creo, señor, que tiene la espalda rota. Vea, tanto su brazo como su pierna derecha, así como el lado derecho de su rostro, están paralizados. El asistente estaba absolutamente estupefacto, debido a que no se explicaba cómo había podido suceder algo semejante. Parecía absolutamente desconcertado y sus cejas estaban muy fruncidas cuando dijo: -No puedo comprender ninguna de las dos cosas. Puede marcarse el rostro así, golpeando su cabeza contra el suelo. En cierta ocasión vi a una joven que lo hizo en el Asilo Eversfield, antes de que nadie pudiera impedírselo. Y supongo que hubiera podido romperse la espalda al caer de la cama, si lo hizo en una mala postura. Pero le aseguro que me es imposible imaginarme cómo pudieron suceder ambas cosas al mismo tiempo. Si tenía la espalda rota no podía golpearse la cabeza, y si tenía el rostro así ya antes de caerse de la cama, entonces habría rastro de sangre. Entonces, le dije: -Vaya a buscar al doctor van Helsing y ruéguele que tenga la bondad de venir aquí cuanto antes. Quiero verlo inmediatamente. El hombre se fue corriendo y a los pocos minutos apareció el profesor, en pijama y con sus zapatillas. Cuando vio a Renfield en el suelo, lo miró agudamente y se volvió hacia mí. Creo que reconoció lo que estaba pensando, como si estuviera reflejado claramente en mis ojos, ya que dijo tranquilamente, manifiestamente para que lo oyera el asistente: -¡Qué triste accidente! Necesitará una vigilancia muy atenta y muchos cuidados. Voy a quedarme con usted; pero, ante todo, voy a vestirme. Si quiere usted quedarse aquí, me reuniré con usted en unos momentos. El paciente estaba respirando ahora de manera estentórea y era fácil comprender que había sufrido alguna herida terrible. Van Helsing regresó con extraordinaria celeridad, trayendo consigo un maletín con el instrumental de cirugía. Era evidente que había estado pensando y que se había decidido, puesto que, incluso antes de echarle una ojeada al paciente, me susurró: -Mande salir al asistente. Tenemos que estar solos con él para cuando se recupere de la operación. Por consiguiente, dije: -Creo que eso es todo, Simmons. Hemos hecho ya todo lo que podíamos hacer. Será mejor que vaya a ocuparse de su ronda; el doctor van Helsing va a operar al paciente. En caso de que haya algo extraño en alguna parte, comuníquemelo inmediatamente. El hombre se retiró y nosotros examinamos cuidadosamente al paciente. Las heridas de su rostro eran superficiales; la verdadera herida era una fractura del cráneo, que se extendía sobre la región motora. El profesor reflexionó durante un momento, y dijo: -Debemos reducir la presión y volver a las condiciones normales, tanto como sea posible hacerlo; la rapidez de la sufusión muestra la naturaleza terrible del daño. Toda la región motora parece estar afectada. La sufusión del cerebro aumentará rápidamente, debemos practicar la trepanación inmediatamente, si no queremos que resulte demasiado tarde. Mientras hablaba, se oyeron unos golpecitos suaves en la puerta; me dirigí a ella, la abrí y encontré a Quincey y a Arthur que estaban en el pasillo, en pijama y zapatillas; este último habló: -Oí a su asistente que llamaba al doctor van Helsing y le hablaba de un accidente. Por consiguiente, desperté a Quincey o, más bien, lo llamé, ya que estaba despierto. Las cosas están sucediendo con demasiada rapidez y de manera muy extraña como para que podamos dormir profundamente en estos tiempos. He estado pensando en que mañana por la noche no veremos las cosas tal como han sucedido. Tendremos que mirar hacia atrás y hacia adelante un poco más de lo que lo hemos estado haciendo. ¿Podemos entrar? Asentí, y mantuve la puerta abierta hasta que se encontraron en el interior; luego, volví a cerrarla. Cuando Quincey vio la actitud y el estado del paciente y notó el horrible charco de sangre que había en el suelo, dijo suavemente: -¡Dios santo! ¿Qué le ha sucedido? ¡Pobre diablo! Se lo expliqué brevemente y añadí que esperábamos que recuperaría el conocimiento después de la operación..., al menos durante un corto tiempo. Fue inmediatamente a sentarse al borde de la cama, con Godalming a su lado, y esperamos todos pacientemente. -Debemos esperar -dijo van Helsing para determinar el mejor sitio posible en donde poder practicar la trepanación, para poder retirar el coágulo de sangre con la mayor rapidez y eficiencia posibles, ya que es evidente que la hemorragia va en aumento. Los minutos durante los cuales estuvimos esperando pasaron con espantosa lentitud. Tenía un pensamiento terrible, y por el semblante de van Helsing comprendí que sentía cierto temor o aprensión de lo que iba a suceder. Temía las palabras que Renfield iba a pronunciar. Temía verdaderamente pensar, pero estaba consciente de lo que estaba sucediendo, puesto que he oído hablar de hombres que han oído el reloj de la muerte. La respiración del pobre hombre se hizo jadeante e irregular. Parecía en todo momento que iba a abrir los ojos y a hablar, pero entonces, se producía una respiración prolongada y estertórea y se calmaba, para adquirir una mayor insensibilidad. Aunque estaba acostumbrado a los lechos de los enfermos y a los muertos, aquella expectación se fue haciendo para mí cada vez más intolerable. Casi podía oír con claridad los latidos de mi propio corazón y la sangre que fluía en mis sienes resonaba como si fueran martillazos. Finalmente, el silencio se hizo insoportable. Miré a mis compañeros y vi en sus rostros enrojecidos y en la forma en que tenían fruncido el ceño que estaban soportando la misma tortura que yo. Un suspenso nervioso flotaba sobre todos nosotros, como si sobre nuestras cabezas fuera a sonar alguna potente campana cuando menos lo esperábamos. Finalmente, llegó un momento en que era evidente que el paciente se estaba debilitando rápidamente; podía morir en cualquier momento. Miré al profesor y vi que sus ojos estaban fijos en mí. Su rostro estaba firme cuando habló: -No hay tiempo que perder. Sus palabras pueden contribuir a salvar muchas vidas; he estado pensando en ello, mientras esperábamos. ¡Es posible que haya un alma que corra un peligro muy grande! Debemos operar inmediatamente encima del oído. Sin añadir una palabra más comenzó la operación. Durante unos minutos más la respiración continuó siendo estertórea. Luego, aspiró el aire de manera tan prolongada que parecía que se le iba a rasgar el pecho. Repentinamente, abrió los ojos y permanecieron fijos, con una mirada salvaje e impotente. Permaneció así durante unos momentos y, luego, su mirada se suavizó, mostrando una alegre sorpresa. De sus labios surgió un suspiro de alivio. Se movió convulsivamente, y al hacerlo, dijo: -Estaré tranquilo, doctor. Dígales que me quiten la camisa de fuerza. He tenido un terrible sueño y me he quedado tan débil que ni siquiera puedo moverme. ¿Qué me sucede en el rostro? Lo siento todo inflamado y me duele horriblemente. Trató de volver la cabeza, pero, a causa del esfuerzo, sus ojos parecieron ponérsele otra vez vidriosos y, suavemente, lo hice desistir de su empeño. Entonces, van Helsing dijo en tono grave y tranquilo: -Cuéntenos su sueño, señor Renfield. Cuando oyó la voz del profesor, su rostro se iluminó, a pesar de sus magulladuras, y dijo: -Usted es el doctor van Helsing. ¡Me alegro mucho de que esté usted aquí! Deme un trago de agua; tengo los labios secos. Luego se lo contaré todo. He soñado. Hizo una pausa, y pareció desvanecerse. Llamé quedamente a Quincey. -¡EI brandy! Está en mi estudio..., ¡dese prisa! Se fue rápidamente y regresó con un vaso, una botella de brandy y una jarra de agua. Le humedecimos al herido los labios magullados y recobró el sentido rápidamente. Sin embargo, parecía que su pobre cerebro herido había estado trabajando mientras tanto, puesto que, cuando recuperó completamente el conocimiento, me miró fijamente, con una terrible expresión de desconcierto que nunca podré olvidar, y me dijo: -No debo engañarme; no se trataba de un sueño, sino de una terrible realidad. Sus ojos recorrieron la habitación, y cuando vio a las dos figuras que permanecían sentadas pacientemente en el borde del lecho, continuó diciendo: -Si no estuviera seguro de ello ya, lo sabría por ellos. Cerró los ojos por un instante..., no a causa del dolor o del sueño, sino voluntariamente, como si estuviera reuniendo todas sus fuerzas; cuando volvió a abrirlos, dijo apresuradamente y con mayor energía de la que había mostrado hasta entonces: -¡Rápido, doctor, rápido! ¡Me estoy muriendo! Siento que me quedan solamente unos minutos y después caeré muerto o algo peor. Vuelva a humedecerme los labios con brandy. Tengo que decirle algo antes de morir, o antes de que mi cerebro destrozado muera. ¡Gracias! Sucedió aquella noche, después de que salió usted de aquí, cuando le imploré que me dejara salir del asilo. No podía hablar, ya que sentía que mi lengua estaba atada; pero estaba tan cuerdo entonces, exceptuando el hecho de que no podía hablar, como ahora. Estuve desesperado durante mucho tiempo después de que se fue usted de mi habitación; debieron pasar varias horas. Luego, sentí una paz repentina. Mi cerebro pareció volver a funcionar fríamente y comprendí dónde me encontraba. Oí que los perros ladraban detrás de la casa, pero, ¡no donde estaba él! Mientras el paciente hablaba, van Helsing lo miraba sin parpadear, pero alargó la mano, tomó la mía y me la apretó con fuerza. Sin embargo, no se traicionó; asintió ligeramente y dijo en voz muy baja: -Continúe. Renfield continuó diciendo: -Llegó hasta la ventana en medio de la niebla, como lo había visto antes, con frecuencia; pero entonces era algo sólido, no un fantasma, y sus ojos eran feroces, como los de un hombre encolerizado. Su boca roja estaba riendo y sus dientes blancos y agudos brillaban bajo el resplandor de la luna, al tiempo que miraba hacia los árboles, hacia donde los perros estaban ladrando. No le pedí que entrara al principio, aunque sabía que deseaba hacerlo... como había querido hacerlo siempre. Luego, comenzó a prometerme cosas..., no con palabras sino haciéndolas verdaderamente. Fue interrumpido por una palabra del profesor. -¿Cómo? -Haciendo que las cosas sucedieran; del mismo modo que acostumbraba mandarme las moscas cuando brillaba el sol. Grandes moscas bien gordas, con acero y zafiros en sus alas; y enormes palomillas, por las noches, con calaveras y tibias cruzadas. Van Helsing asintió en dirección al oído, al mismo tiempo que me susurraba a mí, de manera inconsciente: -La Acherontia Atropos de las Esfinges, lo que ustedes llaman la "polilla de la calavera", ¿no es así? El paciente continuó hablando, sin hacer ninguna pausa: -Entonces comenzó a susurrar: "¡Ratas, ratas, ratas! Cientos, miles, millones de ellas y cada una de ellas es una vida; y perros para comerlas y también gatos. ¡Todos son vida! Todos tienen sangre roja con muchos años de vida en ellos; ¡no sólo moscas zumbadoras!" Yo me reí de él, debido a que deseaba ver qué podía hacer. Entonces, los perros aullaron, a lo lejos, más allá de los árboles oscuros, en su casa. Me hizo acercarme a la ventana. Me puse en pie, miré al exterior y él alzó los brazos y pareció estar llamando a alguien, sin pronunciar una sola palabra. Una masa oscura se extendió sobre el césped y avanzó como las llamas en un incendio. Apartó la niebla a derecha e izquierda y pude ver que había miles y miles de ratas, con ojos rojos iguales a los de él, sólo que más pequeños. Mantuvo la mano en alto, y todas las ratas se detuvieron; y pensé que parecía estar diciéndome: "¡Te daré todas esas vidas y muchas más y más importantes, a través de los tiempos sin fin, si aceptas postrarte y adorarme!" Y entonces, una nube rojiza, del color de la sangre, pareció colocarse ante mis ojos y, antes de saber qué estaba haciendo, estaba abriendo el ventanillo de esa ventana y diciéndole: "¡Entre, Amo y Señor!" Todas las ratas se habían ido, pero él se introdujo en la habitación por la ventana, a pesar de que solamente estaba entreabierta unos centímetros..., como la luna ha aparecido muchas veces por un pequeño resquicio y se ha presentado frente a mí en todo su tamaño y esplendor. Su voz se hizo más débil, de modo que volví a humedecerle los labios con el brandy y continuó hablando, pero parecía como si su memoria hubiera continuado funcionando en el intervalo, puesto que su relato había avanzado bastante ya, cuando volvió a tomar la palabra. Estaba a punto de hacerlo volver al punto en que se había quedado, cuando van Helsing me susurró: -Déjelo seguir. No lo interrumpa; no puede volver atrás, y quizá no pueda continuar en absoluto, una vez que pierda el hilo de sus pensamientos. Renfield agregó: -Esperé todo el día tener noticias suyas, pero no me envió nada; ni siquiera una mosca, y cuando salió la luna, yo estaba muy enfadado con él. Cuando se introdujo por la ventana, a pesar de que estaba cerrado, sin molestarse siquiera en llamar, me enfurecí mucho. Se burló de mí y su rostro blanco surgió de entre la niebla, mientras sus ojos rojizos brillaban, y se paseó por la habitación como si toda ella le perteneciera y como si yo no existiera. No tenía ni siquiera el mismo olor cuando pasó a mi lado. No pude detenerlo. Creo que, de algún modo, la señora Harker había entrado en la habitación. Los dos hombres que estaban sentados junto a la cama se pusieron en pie y se acercaron, quedándose detrás del herido, de tal modo que él no pudiera verlos, pero en donde podían oír mejor lo que estaba diciendo. Los dos estaban silenciosos, pero el profesor se sobresaltó y se estremeció; sin embargo, su rostro adquirió una expresión más firme y grave. Renfield continuó adelante, sin darse cuenta de nada: -Cuando la señora Harker vino a verme aquella tarde, no era la misma; era como el té, después de que se le ha echado agua a la tetera. En ese momento, todos nosotros nos movimos, pero ninguno pronunció una palabra; Renfield prosiguió: -No supe que estaba aquí hasta que me habló, y no parecía la misma. No me intereso por las personas pálidas; me agradan cuando tienen mucha sangre, y parecía que ella la había perdido toda. No pensé en ello en ese momento, pero cuando salió de aquí, comencé a reflexionar en ello y me enfurecí enormemente al comprender que él le estaba robando la vida. Noté que todos los presentes se estremecieron, lo mismo que yo; pero, aparte de eso, todos permanecimos inmóviles. -Así, cuando vino esta noche, lo estaba esperando. Vi la niebla que penetraba por la ventana y lo así con fuerza. He oído decir que los locos tienen una fuerza sobrenatural, y como sabrá que yo estaba loco, por lo menos a veces, resolví utilizar mi poder. Él también lo sintió, puesto que tuvo que salir de la niebla para pelear conmigo. Lo sujeté fuertemente y pensé que iba a vencerlo, porque no quería que continuara robándole la vida a ella. Entonces vi sus ojos. Su mirada me traspasó, y mis fuerzas me abandonaron. Se soltó, y cuando trataba otra vez de aferrarlo, me levantó en el aire y me dejó caer. Había una nube roja frente a mí y oí un ruido como un trueno. La niebla pareció escaparse por debajo de la puerta. Su voz se estaba haciendo más débil y su respiración más jadeante. Van Helsing se puso en pie instintivamente. -Ahora conocemos lo peor -dijo-. Está aquí, y conocemos sus fines. Puede que no sea demasiado tarde. Tenemos que armarnos, lo mismo que la otra noche; pero no perdamos tiempo. No hay un instante que perder. No era necesario expresar con palabras nuestros temores ni nuestra convicción..., puesto que eran comunes a todos nosotros. Nos apresuramos a tomar en nuestras habitaciones las mismas cosas que teníamos cuando entramos en la casa del conde. El profesor tenía preparadas sus cosas, y cuando nos reunimos en el pasillo, las señaló de manera significativa y dijo: -Nunca las dejo, y no debo hacerlo, hasta que este desgraciado asunto concluya. Sean prudentes también, amigos míos. No estamos enfrentándonos a un enemigo común. ¡Nuestra querida señora Mina debe sufrir! ¡Ay! ¡Qué lástima! Al exterior de la puerta de los Harker hicimos una pausa. Art y Quincey se mantuvieron atrás, y el último preguntó: -¿Debemos molestarla? -Es preciso -dijo van Helsing tristemente-. Si la puerta está cerrada, la forzaremos para entrar. -¿No la asustaremos terriblemente? ¡No es natural entrar por efracción en la habitación de una dama! Van Helsing dijo solemnemente: -Tiene usted toda la razón, pero se trata de una cuestión de vida o muerte. Todas las habitaciones son iguales para un médico, e incluso si no lo fueran, esta noche son todas como una sola. Amigo John, cuando haga girar la perilla, si la puerta no se abre, ¿quiere usted apoyar el hombro y abrirla a la fuerza? ¿Y ustedes también, amigos míos? ¡Ahora! Hizo girar la perilla de la puerta al tiempo que hablaba, pero la puerta no se abrió. Nos lanzamos todos contra ella y, con un ruido seco, se abrió de par en par. Caímos a la habitación y estuvimos a punto de perder todos el equilibrio. En efecto, el profesor cayó de bruces, y pude ver por encima de él, mientras se levantaba sobre las manos y las rodillas. Lo que vi me dejó estupefacto. Sentí que el cabello se me ponía rígido, como cerdas, en la parte posterior del cuello; el corazón pareció detenérseme. La luz de la luna era tan fuerte que, a través de los espesos visillos amarillentos, la habitación podía verse con claridad. Sobre la cama, al lado de la ventana, estaba tendido Jonathan Harker, con el rostro sonrojado y respirando pesadamente, como presa de estupor. Arrodillada sobre el borde más cercano del lecho que daba al exterior, se distinguía la figura blanca de su esposa. A su lado estaba un hombre alto y delgado, vestido de negro. Tenía el rostro vuelto hacia el otro lado, pero en cuanto lo vimos, reconocimos todos al conde..., con todos los detalles, incluso con la cicatriz que tenía en la frente. Con su mano izquierda tenía sujetas las dos manos de la señora Harker, apartándolas junto con sus brazos; su mano derecha la aferraba por la parte posterior del cuello, obligándola a inclinar la cabeza hacia su pecho. Su camisón blanco de dormir estaba manchado de sangre y un ligero reguero del mismo precioso líquido corría por el pecho desnudo del hombre, que aparecía por una rasgadura de sus ropas, La actitud de los dos tenía un terrible parecido con un niño que estuviera obligando a un gatito a meter el hocico en un platillo de leche, para que beba. Cuando entramos precipitadamente en la habitación, el conde volvió la cabeza y en su rostro apareció la expresión infernal que tantas veces había oído describir. Sus ojos brillaron, rojizos, con una pasión demoníaca; las grandes ventanas de su nariz blanca y aquilina estaban distendidas y temblaban ligeramente; y sus dientes blancos y agudos, detrás de los labios gruesos de la boca succionadora de sangre, estaban apretados, como los de un animal salvaje. Girando bruscamente, de tal modo que su víctima cayó sobre la cama como si tuviera un lastre, se lanzó sobre nosotros. Pero, para entonces, el profesor se había puesto ya en pie y tendía hacia él el sobre que contenía la Sagrada Hostia. El conde se detuvo repentinamente, del mismo modo que la pobre Lucy lo había hecho fuera de su tumba, y retrocedió. Retrocedió al tiempo que nosotros, con los crucifijos en alto, avanzábamos hacia él. La luz de la luna desapareció de pronto, cuando una gran nube negra avanzó en el cielo, y cuando Quincey encendió la lamparita de gas con un fósforo, no vimos más que un ligero vapor que desaparecía bajo la puerta que, con el retroceso natural después de haber sido abierta bruscamente, estaba en su antigua posición. Van Helsing, Art y yo, nos dirigimos apresuradamente hacia la señora Harker, que para entonces había recuperado el aliento y había proferido un grito tan agudo, tan penetrante y tan lleno de desesperación, que me pareció que iba a poder escucharlo hasta los últimos instantes de mi propia vida. Durante unos segundos, permaneció en su postura llena de impotencia y de desesperación. Su rostro estaba fantasmal, con una palidez que era acentuada por la sangre que manchaba sus labios, sus mejillas y su barbilla; de su cuello surgía un delgado hilillo de sangre; sus ojos estaban desorbitados de terror. Entonces, se cubrió el rostro con sus pobres manos lastimadas, que llevaban en su blancura la marca roja de la terrible presión ejercida por el conde sobre ellas, y de detrás de sus manos salió un gemido de desolación que hizo que el terrible grito de unos instantes antes pareciera solamente la expresión de un dolor interminable. Van Helsing avanzó y cubrió el cuerpo de la dama con las sábanas, con suavidad, mientras Art, mirando un instante su rostro pálido, con la desesperación reflejada en el semblante, salió de la habitación. Van Helsing me susurró: -Jonathan es víctima de un estupor como sabemos que sólo el vampiro puede provocarlo. No podemos hacer nada por la pobre señora Mina durante unos momentos, en tanto no se recupere. ¡Debo despertar a su esposo! Metió la esquina de una toalla en agua fría y comenzó a frotarle el rostro a Jonathan. Mientras tanto, su esposa se cubría el pálido rostro con ambas manos y sollozaba de tal modo, que resultaba desgarrador oírla. Levanté los visillos y miré por la ventana, hacia el exterior, y en ese momento vi a Quincey Morris que corría sobre el césped y se escondía detrás de un tejo. No logré imaginarme qué estaba haciendo allí; pero, en ese momento, oí la rápida exclamación de Harker, cuando recuperó en parte el sentido y se volvió hacia la cama. En su rostro, como era muy natural, había una expresión de total estupefacción. Pareció atontado unos instantes y, entonces, pareció que la conciencia volvía a él por completo, y empezó a erguirse. Su esposa se incorporó a causa del rápido movimiento y se volvió hacia él, con los brazos extendidos, como para abrazarlo; sin embargo, inmediatamente los echó hacia atrás, juntó los codos y se cubrió de nuevo el rostro, estremeciéndose de tal modo, que el lecho temblaba violentamente bajo su cuerpo. -¡En nombre del cielo! ¿Qué significa esto? -exclamó Harker-. Doctor Seward, doctor van Helsing, ¿qué significa esto? ¿Qué ha sucedido? Mina, querida, ¿qué ocurre? ¿Qué significa esa sangre? ¡Dios mío, Dios mío! ¡Ha estado aquí! -e incorporándose, hasta quedar de rodillas, juntó las manos-. ¡Dios mío!, ¡ayúdanos! ¡Ayúdala! ¡Oh, Dios mío, ayúdala! Con un movimiento rápido, saltó de la cama y comenzó a vestirse. Todo su temple de hombre despertó de improviso, sintiendo la necesidad de entrar en acción inmediatamente. -¿Qué ha sucedido? ¡Explíquenmelo todo! -dijo, sin hacer ninguna pausa-. Doctor van Helsing, sé que usted ama a Mina. ¡Haga algo por salvarla! No es posible que sea demasiado tarde. ¡Cuídela, mientras yo voy a buscarlo a él! -su esposa, en medio de su terror, de su horror y de su desesperación, vio algún peligro seguro para él, puesto que, inmediatamente, olvidando su propio dolor, se aferró a él y gritó: -¡No, no! ¡Jonathan! ¡No debes dejarme sola! Ya he sufrido bastante esta noche, Dios lo sabe bien, sin temer que él te haga daño a ti. ¡Tienes que quedarte conmigo! ¡Quédate con nuestros amigos, que cuidarán de ti! Su expresión se hizo frenética, al tiempo que hablaba; y, mientras él cedía hacia ella, Mina lo hizo inclinarse, sentándolo en el borde de la cama y aferrándose a él con todas sus fuerzas. Van Helsing y yo tratamos de calmarlos a ambos. El profesor conservaba en la mano su crucifijo de oro y dijo con una calma maravillosa: -No tema usted, querida señora. Estamos nosotros aquí con ustedes, y mientras este crucifijo esté a su lado, no habrá ningún monstruo de esos que pueda acercársele. Está usted a salvo esta noche, y nosotros debemos tranquilizarnos y consolarnos juntos. La señora Harker se estremeció y guardó silencio, manteniendo la cabeza apoyada en el pecho de su esposo. Cuando alzó ella el rostro, la camisa blanca de su esposo estaba manchada de sangre en el lugar en que sus labios se habían posado y donde la pequeña herida abierta que tenía en el cuello había dejado escapar unas gotitas. En cuanto la señora Harker lo vio, se echó hacia atrás, con un gemido bajo y un susurro, en medio de tremendos sollozos: -¡Sucio, sucio! No debo volver a tocarlo ni a besarlo. ¡Oh! Es posible que sea yo ahora su peor enemigo y que sea de mí de quien mayor temor deba él sentir. Al oír eso, Jonathan habló con resolución. -¡Nada de eso, Mina! Me avergüenzo de oír esas palabras; no quiero que digas nada semejante de ti misma, ni quiero que pienses siquiera una cosa semejante. ¡Que Dios me juzgue con dureza y me castigue con un sufrimiento todavía mayor que el de estos momentos, si por cualquier acto o palabra mía hay un alejamiento entre nosotros! Extendió los brazos y la atrajo hacia su pecho. Durante unos instantes, su esposa permaneció abrazada a él, sollozando. Jonathan nos miró por encima de la cabeza inclinada de su esposa, con ojos brillantes, que parpadeaban sin descanso, al tiempo que las ventanas de su nariz temblaban convulsivamente y su boca adoptaba la dureza del acero. Al cabo de unos momentos, los sollozos de la señora Harker se hicieron menos frecuentes y más suaves y, entonces, Jonathan me dijo, hablando con una calma estudiada que debía estar poniendo a ruda prueba sus nervios: -Y ahora, doctor Seward, cuénteme todo lo ocurrido. Ya conozco demasiado bien lo que sucedió, pero reláteme todos los detalles, por favor. Le expliqué exactamente qué había sucedido y me escuchó con impasibilidad forzada, pero las ventanas de la nariz le temblaban y sus ojos brillaban cuando le expliqué cómo las manos del conde sujetaban a su esposa en aquella terrible y horrenda posición, con su boca apoyada en la herida abierta de su garganta. Me interesó, incluso en ese momento, el ver que, aunque el rostro blanco por la pasión se contorsionaba convulsivamente sobre la cabeza inclinada de la señora Harker, las manos acariciaban suave y cariñosamente el cabello ensortijado de su esposa. Cuando terminé de hablar, Quincey y Godalming llamaron a la puerta. Entraron, después de que les dimos permiso para hacerlo. Van Helsing me miró interrogadoramente. Comprendí que quería indicarme que quizá sería conveniente aprovecharnos de la llegada de nuestros dos amigos para distraer la atención de los esposos atribulados, con el fin de que no se fijaran por el momento uno en el otro; así pues, cuando le hice un signo de asentimiento, el profesor les preguntó a los recién llegados qué habían visto o hecho. Lord Godalming respondió: -No lo encontré en el pasillo ni en ninguna de nuestras habitaciones. Miré en el estudio; pero, aun cuando había estado allí, ya se había ido. Sin embargo... Guardó silencio un instante, mirando a la pobre figura tendida en el lecho. Van Helsing le dijo gravemente: -Continúe, amigo Arthur. No debemos ocultar nada más. Nuestra esperanza reposa ahora en saberlo todo. ¡Hable libremente! Por consiguiente, Art continuó: -Había estado allí y, aunque solamente pudo estar unos segundos, puso todo el estudio en desorden. Todos los manuscritos han sido quemados y las llamas azules estaban lamiendo todavía las cenizas blancas -hizo una pausa-. ¡Gracias a Dios que está la otra copia en la caja fuerte! Su rostro se iluminó un instante, pero volvió a entristecerse al agregar: -Corrí entonces escaleras abajo, pero no encontré ningún signo de él. Miré en la habitación de Renfield, pero... no había rastro de él, excepto... -volvió a guardar silencio. -Continúe -le dijo Harker, con voz ronca. Lord Godalming inclinó la cabeza, se humedeció los labios y continuó: -Excepto que el pobre tipo está muerto. La señora Harker levantó la cabeza, nos miró uno por uno a todos, y dijo solemnemente: -¡Que se haga la voluntad de Dios! No pude dejar de pensar que Art estaba ocultándonos algo, pero como supuse que lo haría con un fin determinado, no dije nada. Van Helsing se volvió a Morris y le preguntó: -Y usted, amigo Quincey, ¿no tiene nada que contarnos? -Un poco -dijo Morris-. Es posible que sea algo importante, pero, por el momento, no puedo asegurarlo. Creía que sería conveniente saber adónde iba el conde al salir de la casa. No lo vi, pero advertí un murciélago que remontaba el vuelo desde la ventana de Renfield y volaba hacia el oeste. Esperaba verlo regresar a Carfax en alguna de sus formas, pero, evidentemente, se dirigió hacia algún otro refugio. Ya no volverá esta noche, debido a que el cielo comienza a enrojecer por el este y se acerca el amanecer. ¡Debemos trabajar mañana! Pronunció las últimas palabras con los dientes apretados. Durante unos dos minutos, reinó el silencio y me imaginé que podíamos oír el ruido producido por los latidos de nuestros corazones. Entonces, van Helsing, colocando cariñosamente su mano sobre la cabeza de la señora Harker, dijo: -Ahora, querida señora Harker, díganos qué ha sucedido, con exactitud. Dios sabe que no quiero causarle ninguna pena, pero es preciso que lo sepamos todo, ya que ahora, más que nunca, tenemos que llevar a cabo todo el trabajo con rapidez y eficacia y con una urgencia mortal. Se acerca el día en que debe terminarse todo, si es posible, y si tenemos la oportunidad de poder vivir y aprender. La pobre señora se estremeció violentamente y pude advertir la tensión de sus nervios, abrazándose a su esposo con mayor fuerza y haciendo que su cabeza descendiera todavía más sobre su pecho. Luego, levantó la cabeza orgullosamente y tendió una mano que van Helsing tomó y, haciendo una reverencia, la besó respetuosamente y la conservó entre sus propias manos. La otra mano de la señora Harker estaba sujeta en una de las de su esposo, que, con el otro brazo, rodeaba su talle protectoramente. Al cabo de una pausa en la que estuvo obviamente ordenando sus pensamientos, comenzó: -Tomé la droga que usted, con tanta amabilidad, me entregó, pero durante bastante tiempo no me hizo ningún efecto. Me pareció estar cada vez más despierta, e infinidad de fantasmas comenzaron a poblar mi imaginación... Todas ellas relativas a la muerte y a los vampiros, a la sangre, al dolor y a la desesperación -su esposo gruñó involuntariamente, al tiempo que ella se volvía hacia Jonathan y le decía amorosamente-: No te irrites, cariño. De es ser valeroso y fuerte, para ayudarme en esta terrible prueba. Si supieras qué esfuerzo tan grande me cuesta simplemente hablar de este asunto tan horrible, comprenderías lo mucho que necesito tu ayuda. Bueno, comprendí que debía tratar de ayudar a la medicina para que hiciera efecto, por medio de mi propia voluntad, si es que quería que me sirviera de algo. Por consiguiente, resueltamente, me esforcé en dormir. Estoy segura de que debí dormirme inmediatamente, puesto que no recuerdo nada más. Jonathan, al entrar, no me despertó, puesto que mi recuerdo siguiente es que estaba a mi lado. Había en la habitación la misma niebla ligera que había visto antes. Pero no recuerdo si tienen ustedes conocimiento de ello; encontrarán todo al respecto en mi diario, que les mostraré más tarde. El mismo terror vago de la otra vez se apoderó de mí y tuve el mismo sentimiento de que había alguien en la habitación. Me volví para despertar a Jonathan, pero descubrí que dormía tan profundamente, que más bien parecía que era él y no yo quien había tomado la droga. Me esforcé todo lo que pude, pero no logré que despertara. Eso hizo que me asustara mucho y miré en torno mío, aterrorizada. Entonces, el corazón me dio un vuelco: al lado de la cama, como si hubiera surgido de la niebla o mejor dicho, como si la niebla se hubiera transformado en él, puesto que había desaparecido por completo, había un hombre alto y delgado, vestido de negro. Lo reconocí inmediatamente por la descripción que me hicieron los otros. Por su rostro blanco como la cera; la nariz larga y aquilina, sobre la que la luz formaba una delgada línea blanca; los labios entreabiertos, entre los que aparecían los dientes blancos y agudos y los ojos rojos que me parecía haber visto a la puesta del sol en la Iglesia de Santa María, en Whitby. Conocía también la cicatriz roja que tenía en la frente, donde Jonathan lo golpeó. Durante un momento, mi corazón se detuvo y quise gritar, pero estaba paralizada. Mientras tanto, el monstruo habló, con un susurro seco y cortante, mostrando con el dedo a Jonathan: "-¡Silencio! Si profiere usted un solo sonido, lo cogeré a él y le aplastaré la cabeza. "Yo estaba aterrorizada y demasiado estupefacta como para poder hacer o decir algo. Con una sonrisa burlona, me puso una mano en el hombro y, manteniéndome bien sujeta me desnudó la garganta con la otra, diciendo al mismo tiempo: "-Primeramente, un pequeño refresco, como pago por mis esfuerzos. Será mejor que esté inmóvil; no es la primera vez ni la segunda que sus venas me han calmado la sed. "Yo estaba atolondrada y, por extraño que pueda parecer, no deseaba estorbarle. Supongo que es parte de su terrible poder, cuando está tocando a una de sus víctimas. Y, ¡oh, Dios mío, oh, Dios mío, ten piedad de mí! ¡Apoyó sus labios asquerosos en mi garganta! "Sentí que mis fuerzas me estaban abandonando y estaba medio desmayada. No sé cuanto tiempo duró esa terrible escena, pero me pareció que pasaba un buen rato antes de que retirara su boca asquerosa, maloliente y sucia. ¡Vi que estaba llena de sangre fresca!" El recuerdo pareció ser superior a sus fuerzas y se hubiera desplomado a no ser por el brazo de su esposo que la sostenía. Con un enorme esfuerzo, se controló, y siguió diciendo: -Luego, me habló burlonamente: "¡De modo que usted, como los demás, quería enfrentar su inteligencia a la mía! ¡Quería ayudar a esos hombres a aniquilarme y a frustrar mis planes! Ahora ya sabe usted y todos ellos saben en parte y sabrán plenamente antes de que pase mucho tiempo, qué significa cruzarse en mi camino. Debieron guardar sus energías para usarlas más cerca de sus hogares. Mientras hacían planes para enfrentarse a mí... A mí que he dirigido naciones, que he intrigado por ellas y he luchado por ellas, cientos de años antes de que ellos nacieran, yo los estaba saboteando. Y usted, la bienamada de todos ellos, es ahora mía; es carne de mi carne, sangre de mi sangre, familiar de mi familia; mi prensa de vino durante cierto tiempo; y, más adelante, será mi compañera y ayudante. Será usted vengada a su vez, puesto que ninguno de ellos podrá suplir sus necesidades. Pero ahora debo castigarla por lo que ha hecho aliándose a los demás para combatirme. De ahora en adelante acudirá a mi llamado. Cuando mi mente ordene, pensando en usted, cruzará tierras y mares si es preciso para acudir a mi lado y hacer mi voluntad, y para asegurarme de ello, ¡mire lo que hago!" Entonces, se abrió la camisa, y con sus largas y agudas uñas, se abrió una vena en el pecho. Cuando la sangre comenzó a brotar, tomó mis manos en una de las suyas, me las apretó con firmeza y, con su mano libre, me agarró por el cuello y me obligó a apoyar mi boca contra su herida, de tal modo que o bien me ahogaba o estaba obligada a tragar... ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho para merecer un destino semejante, yo, que he intentado permanecer en el camino recto durante todos los días de mi vida? ¡Ten piedad de mí, Dios mío! ¡Baja tu mirada sobre mi pobre alma que está sujeta a un peligro más que mortal! ¡Compadécete de mí! Entonces, comenzó a frotarse los labios, como para evitar la contaminación. Mientras narraba su terrible historia, el cielo, al oriente, comenzó a iluminarse, y todos los detalles de la habitación fueron apareciendo con mayor claridad. Harker permanecía inmóvil y en silencio, pero en su rostro, conforme el terrible relato avanzaba, apareció una expresión grisácea que fue profundizándose a medida que se hacía más clara la luz del día; cuando el resplandor rojizo del amanecer se intensificó, su piel resaltaba, muy oscura, contra sus cabellos, que se le iban poniendo blancos. Hemos tomado disposiciones para permanecer siempre uno de nosotros atento al llamado de la infeliz pareja, hasta que podamos reunirnos todos y dispongamos todo lo necesario para entrar en acción. Estoy seguro de que el sol no se elevará hoy sobre ninguna casa que esté más sumida en la tristeza que ésta.

miércoles, 26 de marzo de 2008

La Columna del Odio: Adolescentes, III (Tardes de tedio y anginas)

Odio las vacaciones. Y no lo digo como una excusa para reafirmar mi posición de alumno modélico, ni para gritar a los cuatro vientos lo diferente y guay que soy. Lo digo, sencillamente, porque las odio.
Y sí, soy consciente de que se está bien sin tener que sufrir en ese antro académico. Pero sigo sin soportarlas. Por Dios, me paso todo el jodido día en mi casa escuchando Dios sabe qué estilos de música extraña, y lamentándome de lo mucho que me aburro.
Por supuesto, sé que esta opinión no es compartida por muchos de los púeres hormonando que tengo por compañeros (e incluso por los pocos que llego a considerar amigos), ya que, o bien se lo pasan de lo más bien haciendo de adolescentes y de amigos que salen, y todo ese rollo de la fraternidad; o bien están demasiado aliviados del estrés que causan los estudios (lo cual es, en la mayoría de los casos, irreal, ya que seguramente el 'estrés' que causan los estudios es una gilipollez que pasa por no dejarles salir de su cabaña cuando lo desean).
Pero es a estos primeros a los que hoy voy a descargar mi odio, que, ya que no conoce límites, se tendrá que conformar con tamaño alarde de estupidez (bendita estupidez) humana. Sería precipitado decir que los odio a todos, porque sé que no es cierto (aún); pero puedo asegurar que le he cogido un retintín a algunos que no soporto.
Por supuesto, es estúpido pensar que cualquiera de los seres que lean esto se sienta identificado, pero si tienes mi edad, y has salido más de tres veces de tu casa con amigos, durante estas vacaciones, te odio. Es más, si me conoces y has podido contactar conmigo, te odio por partida doble por pasar de mí.
De hecho, creo que la escoria humana que se pavonea por este lugar dejado de la mano de Dios, mostrando sus gordos culos de sudamericana híper-alimentada, hablando en un dialecto propio del castellano, preguntándome que cómo se hace esto o lo otro (se ve que tengo cara de informático), si bien no son mejores que vosotros, tampoco son infinitamente peor (lo cual se debería convertir en el objetivo de muchos de vosotros).
Si, por lo menos, mis notas no hubiesen sido tan mediocres podría soportar que todo el ejército de acné motorizado de mi edadse lo pasase tan bien (mas sé que para muchos de vosotros la mediocridad es un objetivo inalcanzable). Pero mis notas han sido mediocres (ni un sólo 10), y os odio.
Ni los Beatles consiguen sacarme de mi espiral de odio desenfrenada (y lo digo no sintiéndome emo, ya que creo sinceramente que no son seres iguales a mí). Un comentario de mi primo que me caló hondo: 'Los Beatles, aunque iban de súper guays, eran chungos. Drogadictos y demás mierda. Hoy día tocarían Punk, Grunge, Heavy, o demás. El problema es que lo más rebelde que se les ocurría era, ¿qué sé yo? Hey Jude.'
Escucho Iron Maiden...
Supongo que los que hayáis llegado hasta aquí o bien os cagaréis en mí o me levantaréis cual ídolo del rock. Me odiaréis el tiempo suficiente para que se os pase el enfado, me alabaréis infinitas noches de tedio mirando por estos lares, u os sentiréis indiferentes.
Insultaros así no tiene precio, pero para todo lo demás, Master Card.

lunes, 24 de marzo de 2008

El Comentario Desconcertante: Anginas

Dos semanas creyendo que tenía la gripe, tomando jarabes distintos, temiendo que evolucionase a una pulmonía (bueno, tanto no). Y va una médico cubana y me dice que no, que tengo anginas.
Sí, mi indignación no tiene límites. Y, como la campaña publicitaria de Sleepy Hollow dice, rodarán cabezas.

La Columna del Odio: El Cine

No siento pasión por el cine. En serio, no me despierta ningún sentimiento realmente importante. Casi hay que obligarme a ir al cine. En serio. Creo que desde que comenzó el año, la única película que he ido a ver fue REC, y ni siquiera fue por la película, fue por la compañía.
Yo, cual Holden, a veces me digo que odio el cine. Mas no lo odio, me da pereza. Me da pereza poner una película y mantener la atención concentrada durante horas en esa película. Me da pereza hacerlo solo, y depende de la persona también.
Pero hay buen cine. Hay películas realmente buenas. Películas que casi consigo ver solo (me cuesta).
La mayoría son por recomendación, como hace unos meses, que me recomendaron La Naranja Mecánica. Bastante buena. Me volví a aficionar a Kubrick, y revisé el Resplandor y Barry Lyndon.
Fantásticas las dos. Sobre todo Barry Lyndon, es preciosa.
Mas no todo es así. Tras ver una película me siento incapaz de ver otra. No soy capaz de ver películas de manera muy seguida. Incluso ahora, su sola mención me produce vómitos...
No sería capaz de ver una película ni aunque me apuntasen con medio centenar de armas biológicas...

sábado, 22 de marzo de 2008

La Columna del Odio: Felicidad

La felicidad es un concepto ambiguo, inestable, corto y que no es el mismo para todo el mundo.
Hay quien, abusando de su poder, busca la felicidad asesinando, entre pitos y flautas, a diez millones de judíos, republicanos, gitanos...
Hay quien decide que su meta en la vida es cambiar el mundo, escribiendo frases que nadie lee y libros que nadie compra, salvo para hacerse el intelectual.
Hay quien se mete en conferencias sobre lo malo que es el capital, y la sociedad, y la Democracia Burguesa.
Hay gente que se dedica a pensar que su pueblo está oprimido, y pasa de los que realmente lo están.
Hay quien escribe largos tratados de odio a la Humanidad, comenzando por odiar a la gente que los rodea.
Hay gente que se mete en grupitos de gilipollas engreídos sólo para no sentirse solo.
Hay quien se deja matar sólo por seguir sus ideales, sean liberar la India, escribir canciones de paz y amor, comprar fruta y defender a la familia (¿qué pasa? ¿no habéis visto el Padrino?)
Y hay gente que me retiene durante diez horasy media matando soldaditos de plomo y disfrutando como si fuesen niños.
Y es a esta gente a quien le dedico esto. Maravillosos prohombres que me dejan expresar mi ira tirando dados de diez caras, matando unidades de Landwerh y Guardia Británica, tomando la colina de Quatre Brass (que no el pueblo, por desgracia).
Ayer, gran día el de ayer. A las 11 de la mañana me presenté en la casa de Lord Toni, temiendo pasar las próximas diez horas de mi vida aburrido y mirando como un doctor en Astrofísica y... y..., bueno, el Sire, se mataban entre ellos. Metafóricamente hablando, claro.
Su atención estaba demasiado concentrada en entes de plomo como para pasaracosas superiores.
El Sire, tras llamarme Judas, me asignó el flanco de la colina de Quatre Brass, el menos protegido, y que debía tomar con un muro de cañones (tres de 6 libras y uno de 12).
Pronto me distinguí, si no por mis méritos estratégicos, por mi suerte con los dados. Este hecho fue demostrado cuando el Sire, atendiendo a una llamada, me dejó el turno de combates a mí, y causé importantes bajas al enemigo, incluidas dos bajas a la Guardia Británica (sí, eso es bastante).
Más tarde, en mi flanco, conseguí que un batallón de fusileros se distinguiese por tener una gran suerte en los dados, y destruyeron unos cuantos batallones.
Hubiésemos tomado el pueblo (a pesar de que el Sire ya había jodido mucho la situación en su flacno {sé que elSire me perdonará}), pero nos faltó tiempo, y mi suerte se truncó.
Pero bueno, pasé de ser Judas a ser el Chuck Norris de los Dados, y su amuleto de la suerte.
Los Hados me son propicios.

jueves, 20 de marzo de 2008

La cita de Martin Niemöller

"Primero vinieron a buscar a los comunistas, y no protesté, porque no era comunista. Luego vinieron a buscar a los judíos, y no protesté, porque no era judío. Luego vinieron por los sindicalistas, y no protesté, porque yo no era sindicalista. Más tarde vinieron por los católicos, y no protesté, puesto que yo era protestante. Finalmente vinieron por mí, y no protesté, ya no había nadie que me escuchase."

Drácula XX

Bram Stoker

DEL DIARIO DE JONATHAN HARKER


1 de octubre, por la noche. Encontré a Thomas Snelling en su casa, en Bethnal Green; pero, desafortunadamente, no estaba en condiciones de recordar nada. El aliciente mismo de la cerveza que mi esperada visita había abierto ante él, resultó demasiado fuerte, y comenzó a beber demasiado pronto, antes de mi llegada. Sin embargo, supe, gracias a su esposa, una persona decente y tímida, que era solamente el asistente de Smollet, que de los dos era el responsable. De modo que me dirigí hacia Walworth y encontré al señor Joseph Smollet en su casa, en mangas de camisa, tomando una taza de té tardía, que levantaba de un platillo. Es un tipo honrado e inteligente, un trabajador de confianza y con una inteligencia y una personalidad que le son propias. Recordaba todo respecto al incidente de las cajas, y, sacando de un lugar misterioso de la parte posterior de su pantalón una libreta con las puntas de las hojas dobladas y las páginas cubiertas de jeroglíficos trazados con un lápiz de punta gruesa y con una escritura muy apoyada, me comunicó el punto de destino de las cajas. Había seis que había tomado en Carfax y las había depositado en el número ciento noventa y siete de Chicksand Street, en Mile End New Town, y otras seis que había depositado en Jamaica Lane, Bermondsey. En el caso de que el conde deseara distribuir sus fantasmales refugios por todo Londres, esos lugares habrían sido escogidos como punto de partida, de tal modo que a continuación pudiera distribuir completamente las cajas. El modo sistemático en que todo aquello estaba siendo llevado a cabo me hizo pensar que eso no podría significar que el monstruo deseaba confinarse en dos lugares de Londres. Estaba situado ya en la parte este de la ribera norte, al este de la costa sur y al sur de la ciudad. Era seguro que no pensaba dejar fuera de sus planes diabólicos el norte y el oeste..., por no hablar de la City misma, y el corazón mismo del Londres elegante, al sudoeste y al oeste. Volví a ver a Smollet y le pregunté si podría decirnos si había sido sacada alguna otra caja de Carfax. Entonces respondió: -Bueno, señor, se ha portado usted muy bien conmigo -le había dado medio soberano y voy a decirle todo lo que sé. Oí a un hombre llamado Bloxam que decía hace cuatro noches en el "Are and Ounds" de Pincer's Alley, que él y su compañero habían tenido un trabajo sucio y raro en una vieja casa de Purfleet. No son frecuentes aquí los trabajos de esa índole, y creo que Sam Bloxam podrá decirle algo más al respecto. Le pregunté si le era posible indicarme donde podría encontrarlo. Le dije que si podía conseguirme la dirección, tendría mucho gusto en entregarle otro medio soberano. De modo que tomó de un trago el resto de su té y se puso en pie, diciendo que iba a iniciar sus averiguaciones. En la puerta se detuvo, y dijo: -Escuche, señor, no tiene sentido que espere usted aquí. Es posible que encuentre pronto a Sam, o que no lo haga, pero, de todos modos, no creo que se encuentre en condiciones de decirle muchas cosas esta noche. Sam es un tipo raro cuando saca los pies de sus casillas. Si puede usted darme un sobre con un sello de correos y su dirección, veré donde es posible encontrar a Sam y le enviaré los datos por correo esta misma noche. Pero será preciso que vaya a verlo muy de mañana si quiere encontrarlo, puesto que Sam se levanta temprano, por muy prolongada que haya sido la juerga de la noche anterior. Eso resultó práctico, de modo que uno de los niños salió con un penique a comprar un sobre y una hoja de papel, y le di el cambio. Cuando regresó, le puse la dirección al sobre y le pegué el sello, y cuando Smollet me prometió otra vez que me enviaría la dirección por correo en cuanto la descubriera, me dirigí a casa. De todos modos, estamos sobre la pista. Esta noche me siento cansado y deseo dormir. Mina está profundamente dormida y tiene un aspecto demasiado pálido; sus ojos dan la impresión de que ha estado llorando. Pobre mujer, estoy seguro de que le es muy duro permanecer en la ignorancia y que eso puede hacer que se sienta doblemente ansiosa por mí y por todos los demás. Pero es mejor así. Es mejor sentirse decepcionado y ansioso, que tener los nervios destrozados. Los médicos tenían razón al insistir en que ella debía permanecer fuera de todo este terrible asunto. Debo mantenerme firme, puesto que la carga del silencio debe pesar sobre todo en mí. Ni siquiera puedo mencionar el tema ante ella, por ninguna circunstancia. En realidad, no creo que resulte una tarea difícil y dura, después de todo, ya que ella misma se ha hecho reticente en lo relativo a ese tema y no ha vuelto a hablar del conde ni de sus actos desde que le comunicamos nuestra decisión.

2 de octubre, por la noche. Fue un día largo, emocionante, y de los que resultan una verdadera prueba. Por el primer correo he recibido la carta que me era destinada y que contenía una hoja sucia de papel, sobre el que habían escrito con un lápiz de carpintero y una mano demasiado pesada: "Sam Bloxam, Korkrans, 4, Poters Cort, Bartel Street, Walworth. Pregunte por el algacil." Recibí la carta en la cama y me levanté, sin despertar a Mina. Estaba pálida y parecía dormir pesada y profundamente. Pensé no despertarla, pero en cuanto volviera de esa investigación, tomaría las disposiciones pertinentes para que regresara a Exéter. Creo que estará más contenta en nuestra propia casa, interesándose en sus tareas cotidianas, que estando aquí, entre nosotros, en la ignorancia de todo lo que está sucediendo. Vi solamente al doctor Seward durante un momento y le dije adónde me dirigía, prometiéndole regresar a explicarle todo el resto en cuanto pudiera descubrir algo. Me dirigí a Walworth y encontré con ciertas dificultades Potter's Court. La ortografía del señor Smollet me engañó, debido a que pregunté primeramente por Poter's Court en lugar de Potter's Court. Sin embargo, cuando encontré la dirección, no tuve dificultades en encontrar la casa de huéspedes Corcoran. Cuando le pregunté al hombre que salió a la puerta por el "algacil", movió la cabeza y dijo: -No lo conozco. No hay ningún tipo así aquí; no he oído hablar de él en toda mi vida. No creo que haya nadie semejante que viva aquí o en las cercanías. Saqué la carta de Smollet y al leerla me pareció que la lección sobre la ortografía con que estaba escrito la dirección podría ayudarme. -¿Quién es usted? -le pregunté. -Soy el alguacil -respondió. Comprendí inmediatamente que estaba en terreno seguro. La ortografía con que estaba escrita la carta me volvió a engañar. Una propina de media corona puso los conocimientos del alguacil a mi disposición y supe que el señor Bloxam había dormido en la casa Corcaran, para que se difuminaran los vapores de la cerveza que había tomado la noche anterior, pero que se había ido a su trabajo en Poplar a las cinco de la mañana. No pudo indicarme donde se encontraba el lugar exacto en que trabajaba, pero tenía una vaga idea de que se trataba de algún almacén nuevo y con ese indicio tan sumamente ligero me puse en camino hacia Poplar. Eran ya las doce antes de que lograra indicaciones sobre un edificio similar y fue en un café donde me dieron los datos. En el salón había varias mujeres comiendo. Una de ellas me dijo que estaban construyendo en Cross Angel Street un edificio nuevo de "almacenes refrigerados", y puesto que se apegaba a la descripción del alguacil, me dirigí inmediatamente hacia allá. Una entrevista con un guardián bastante hosco y con un capataz todavía más malhumorado que el guarda, cuyo humor hice que mejorara un poco con la ayuda de unas monedas, me puso sobre la pista de Bloxam; mandaron a buscarlo cuando sugerí que estaba dispuesto a pagarle al capataz su sueldo del día íntegro por el privilegio de hacerle unas cuantas preguntas sobre un asunto privado. Era un tipo bastante inteligente, aunque de maneras y hablar un tanto bruscos. Cuando le prometí pagarle por sus informes y le di un adelanto, me dijo que había hecho dos viajes entre Carfax y una casa de Piccadilly y que había llevado de la primera dirección a la última nueve grandes cajas, "muy pesadas", con una carreta y un caballo que había alquilado para el trabajo. Le pregunté si podría indicarme el número de la casa de Piccadilly, a lo cual replicó: -Bueno, señor, me he olvidado del número, pero estaba a unas cuantas puertas de una gran iglesia blanca, o algo semejante, que no hace mucho que ha sido construida. Era una vieja casona cubierta de polvo, aunque no tan llena de polvo como la casa de la que saqué las cajas. -¿Cómo logró usted entrar, si estaban desocupadas las dos casas? -Me estaba esperando el viejo que me contrató en la casa de Purfleet. Me ayudó a levantar las cajas y a colocarlas en la carreta. Me insultó, pero era el tipo más fuerte que he visto. Era un anciano, con unos bigotes blancos, tan finos que casi no se le notaban. ¡Esa frase hizo que me sobresaltara! -Tomó uno de los extremos de la caja como si se tratara de un juego de té, mientras yo tomaba el otro, sudando y jadeando como un oso. Me costó un gran trabajo levantar la parte que me correspondía, pero lo conseguí y... no soy tampoco un debilucho. -¿Cómo logró usted entrar en la casa de Piccadilly? -Me estaba esperando también allí. Debió salir inmediatamente y llegar allí antes que yo, puesto que cuando llamé a la puerta, salió él mismo a abrirme y me ayudó a descargar las cajas en el vestíbulo. -¿Las nueve? -le pregunté. -Sí; llevé cinco en el primer viaje y cuatro en el segundo. Era un trabajo muy pesado, y no recuerdo muy bien cómo regresé a casa. Lo interrumpí: -¿Se quedaron las cajas en el vestíbulo? -Sí; era una habitación muy amplia, y no había en ella nada más. Hice otra tentativa para saber algo más al respecto. -¿No le dio ninguna llave? -No tuve necesidad de ninguna llave. El anciano me abrió la puerta y volvió a cerrarla cuando me fui. No recuerdo nada de la segunda vez, pero eso se debe a la cerveza. -¿Y no recuerda usted el número de la casa? -No, señor. Pero no tendrá dificultades en encontrarla. Es un edificio alto, con una fachada de piedra y un escudo de armas y unas escaleras bastante altas que llegan hasta la puerta de entrada. Recuerdo esas escaleras debido a que tuve que subir por ellas con las cajas, junto con tres muchachos que se acercaron para ganarse unos peniques. El viejo les dio chelines y, como vieron que les había dado mucho, quisieron más todavía, pero el anciano agarró a uno de ellos por el hombro y poco faltó para que lo echara por las escaleras; entonces, todos ellos se fueron, insultándolo. Pensaba que con esos informes no tendría dificultades en encontrar la casa, de modo que después de pagarle a mi informante, me dirigí hacia Piccadilly. Había adquirido una nueva y dolorosa experiencia. El conde podía por lo visto manejar las cajas solo. De ser así, el tiempo resultaba precioso, puesto que ya que había llevado a cabo ciertas distribuciones, podría llevar a cabo el resto de su trabajo, escogiendo el tiempo oportuno para ello, pasando completamente inadvertido. En Piccadilly Circus me apeé y me dirigí caminando hacia el oeste; después de pasar el junior Constitutional, llegué ante la casa que me había sido descrita y me satisfizo la idea de que se trataba del siguiente refugio que había escogido Drácula. La casa parecía haber estado desocupada durante mucho tiempo. Las ventanas estaban llenas de polvo y las persianas estaban levantadas. Toda la estructura estaba ennegrecida por el tiempo, y de las partes metálicas la pintura había desaparecido. Era evidente que en el balcón superior había habido un anuncio durante cierto tiempo, que había sido retirado bruscamente, de tal modo que todavía quedaban los soportes verticales. Detrás de la barandilla del balcón vi que sobresalían varias tablas sueltas, cuyos bordes parecían blancos. Hubiera dado mucho por poder ver intacto el anuncio, puesto que quizá me hubiera dado alguna indicación en cuanto a la identidad de su propietario. Recordaba mi experiencia sobre la investigación y la compra de la casa de Carfax y no podía dejar de pensar que si podía encontrar al antiguo propietario era posible que descubriera algún medio para entrar en la casa. Por el momento, no había nada que pudiera descubrir del lado de Piccadilly y tampoco podía hacerse nada, de modo que me dirigí hacia la parte posterior para ver si podía verse algo de ese lado. Las caballerizas estaban llenas de actividad, debido a que la mayoría de las casas estaban ocupadas. Les pregunté a un par de criados y de encargados de las cuadras, que pude encontrar, si podían decirme algo sobre la casa desocupada. Uno de ellos me dijo que había oído decir que alguien la había comprado en los últimos tiempos, pero no sabía quién era el nuevo propietario. Uno de ellos, sin embargo, me dijo que hasta hacía muy poco tiempo había habido un anuncio que decía "se vende" y que era posible que podrían facilitarme más detalles Mitchell, Sons & Candy, los agentes de mudanzas, puesto que me dijo que creía recordar que ese era el nombre que figuraba en el anuncio para todos los informes. No deseaba parecerle demasiado ansioso a mi informador, ni dejar que adivinara demasiado, por lo cual, luego de darle las más cumplidas gracias, me alejé. Estaba oscureciendo y la noche otoñal estaba errándose, de modo que no quise perder el tiempo. Después de buscar la dirección de Mitchell, Sons & Candy en un directorio telefónico de Berkeley, me dirigí inmediatamente a sus oficinas, que se encontraban en Sackville Street. El caballero que me recibió tenía unos modales particularmente suaves, pero no era muy comunicativo. Después de decirme que la casa de Piccadilly, que en nuestra conversación llamó "mansión", había sido vendida, consideró que mi interés debía concluir allí. Cuando le pregunté quién la había comprado, abrió los ojos demasiado y guardó silencio un momento antes de responder: -Está vendida, señor. -Excúseme -dije, con la misma cortesía-, pero tengo razones especiales para desear saber quién adquirió ese edificio. Volvió a hacer una pausa bastante prolongada y alzó las cejas todavía más. -Está vendida, señor -volvió a decir, lacónicamente. -Supongo que no le importará darme esa información -insistí. -Pero, ¡por supuesto que me importa! -respondió-. Los asuntos de nuestros clientes son absolutamente confidenciales en manos de Mitchell, Sons & Candy. Estaba claro que se trataba de un pedante de la peor especie y que no merecía la pena discutir con él. Pensé que sería mejor enfrentarme a él en su propio terreno y le dije: -Sus clientes, señor, tienen suerte de tener un guardián tan resuelto de sus confidencias. Yo mismo soy un profesional -al decir esto le tendí mi tarjeta-. En este caso, no estoy interesado en este asunto por curiosidad: actúo por parte de lord Godalming, que desea saber algo sobre la propiedad que creía que, hasta últimas fechas, se encontraba en venta. Esas palabras hicieron que las cosas tomaran otro cariz. -Me gustaría darle a usted esos informes si los tuviera, señor Harker, y especialmente me gustaría servir a su cliente. En cierta ocasión llevamos a cabo unas transacciones para él sobre el alquiler de unas habitaciones cuando era el Honorable Arthur Holmwood. Si puede usted darme la dirección de su señoría, tendré mucho gusto en consultar a la casa sobre el sujeto y, en todo caso, me comunicaría con su señoría por medio del correo de esta misma noche. Será un placer el facilitarle esos informes a su señoría, si es que podemos apartarnos en este caso de las reglas de conducta de esta casa. Deseaba hacerme una amistad, no buscarme un enemigo, de modo que le di las gracias, le entregué la dirección de la casa del doctor Seward y me fui. Era ya de noche y me sentía cansado y hambriento. Tomé una taza de té en la Aerated Bread Company y regresé a Purfleet en tren. Encontré a todos los otros en la casa. Mina tenía aspecto pálido y cansado, pero hizo un valeroso esfuerzo para parecer amable y animosa: me dolía pensar que había tenido que ocultarle algo y que de ese modo la había inquietado. Gracias a Dios, sería la última noche que tendría que estar cerca sin asistir a nuestras conferencias, creyendo en cierto modo que no era merecedora de nuestra confianza. Necesité todo mi valor para mantenerla realmente alejada de todo lo relativo a nuestro horrible trabajo. Parece estar en cierto modo más hecha a la idea, o el sujeto se le ha hecho repugnante, puesto que cada vez que se hace alguna alusión accidental a ese tema, se estremece verdaderamente. Me alegro de que hayamos tomado nuestra resolución a tiempo, puesto que con sentimientos semejantes, nuestros conocimientos cada vez mayores serían una verdadera tortura para ella. No podía hablarles a los demás de los descubrimientos que había efectuado durante el día en tanto no estuviéramos solos. Así, después de la cena, y de un pequeño intermedio musical que sirvió para guardar las apariencias, incluso para nosotros mismos, conduje a Mina a su habitación y la dejé que se acostara. Mi adorable esposa fue más cariñosa conmigo que nunca y me abrazó como si deseara retenerme, pero había mucho de qué hablar y tuve que dejarla sola. Gracias a Dios, el haber dejado de contarnos todas las cosas, no había hecho que cambiaran las cosas entre nosotros. Cuando bajé otra vez encontré a todos sentados en torno al fuego, en el estudio. En el tren había escrito en mi diario todo lo relativo a mis descubrimientos del día, y me limité a leerles lo que había escrito, como el mejor medio posible en que pudieran enterarse de los informes que había obtenido. Cuando terminé, van Helsing dijo: -Ha tenido usted un magnífico día de trabajo, amigo Jonathan. Indudablemente, estamos sobre la pista de las cajas que faltan. Si encontramos todas en esa casa, entonces, nuestro trabajo se acerca a su final. Pero, si falta todavía alguna de ellas, tendremos que buscarla hasta que la encontremos. Entonces daremos el golpe final y haremos que el monstruo muera verdaderamente. Permanecimos todos sentados en silencio y, de pronto, el señor Morris dijo: -¡Digan! ¿Cómo vamos a poder entrar a esa casa? -Lo mismo que como lo hicimos en la otra -dijo lord Godalming rápidamente. -Pero, Art, entramos por efracción en Carfax; pero era de noche y teníamos el parque que nos ocultaba a las miradas indiscretas. Sería algo muy diferente el cometer ese delito en Piccadilly, tanto de noche como de día. Confieso que no veo cómo vamos a poder entrar, a no ser que ese pedante de la agencia inmobiliaria nos consiga alguna llave. Lord Godalming frunció el ceño, se puso en pie y se paseó por la habitación. De pronto se detuvo y dijo, volviéndose hacia nosotros y mirándonos uno por uno: -Quincey tiene razón. Este asunto de las entradas por efracción se hace muy serio; nos salió muy bien una vez, pero el trabajo que tenemos ahora entre manos es muy diferente..., a menos que encontremos el llavero del conde. Como no podíamos hacer nada antes de la mañana y como era aconsejable que lord Godalming esperara hasta recibir la comunicación de Mitchell's, decidimos no dar ningún paso hasta la hora del desayuno. Durante un buen rato, permanecimos sentados, fumando, discutiendo todas las facetas del asunto, visto desde diferentes ángulos; aproveché la oportunidad de completar este diario y ponerlo al corriente hasta este preciso instante. Tengo mucho sueño y debo ir a acostarme... Sólo una línea más. Mina duerme profundamente y su respiración es regular. Tiene la frente surcada de pequeñas arrugas, como si incluso dormida estuviera pensando. Está todavía muy pálida, pero no tan macilenta como esta mañana. Mañana espero que podremos poner fin a todo esto; se irá a nuestra casa de Exéter. ¡Oh! ¡Qué sueño tengo! Del diario del doctor Seward 1 de octubre. Estoy absolutamente asombrado por lo de Renfield. Sus saltos de humor son tan repentinos, que tengo dificultades para poder registrarlos y adaptarme a ellos, y como siempre tienen un significado que va más allá de su propio bienestar, forman un estudio más que interesante. Esta mañana, cuando fui a verlo, después de que hubo rechazado a van Helsing, sus modales eran los de un hombre que estaba dirigiendo al destino. En efecto, estaba dándole órdenes al destino, subjetivamente. No se preocupaba en absoluto por ninguna de las cosas terrenales; estaba en las nubes y miraba desde su atalaya a todas las flaquezas y deseos de nosotros, los pobres mortales. Decidí aprovecharme de la ocasión y aprender algo, de modo que le pregunté: -¿Qué me dice usted de las moscas en estos últimos tiempos? Me sonrió con aire muy superior..., con una sonrisa como la que hubiera podido aparecer en el rostro de Malvolio, antes de responderme: -La mosca, mi querido señor, tiene una característica sorprendente: sus alas son típicas del carácter aéreo de las facultades psíquicas. ¡Los antiguos tuvieron razón cuando representaron el alma en forma de mariposa! Pensé agotar su analogía, y dije rápidamente: -¡Oh! ¿Está usted buscando un alma ahora? Su locura envolvió a la razón y una expresión de asombro se extendió sobre su rostro al tiempo que, sacudiendo la cabeza con una energía que no le había visto nunca antes, dijo: -¡Oh, no, no! No quiero almas. Todo lo que quiero es vida -su rostro se iluminó en ese momento-. Siento una gran indiferencia sobre eso en la actualidad. La vida está muy bien: tengo toda la que necesito. Tiene que buscarse usted otro paciente, doctor, si es que desea estudiar la zoofagia. Esa salida me sorprendió un poco, por lo cual le dije: -Entonces, usted dirige la vida; debe ser usted un dios, ¿no es así? Sonrió con una especie de superioridad benigna e inefable. -¡Oh, no! No entra en mis cálculos, de ninguna manera, el arrogarme los atributos de la divinidad. Ni siquiera me interesan sus actos especialmente espirituales. ¡Si me es posible establecer cuál es mi posición intelectual, diría que estoy, en lo referente a las cosas puramente terrenales, en cierto modo en la posición que ocupaba Enoch espiritualmente! Eso representaba para mí un problema difícil, no lograba recordar en ese momento cuál había sido la posición de Enoch. Por consiguiente, tuve que hacerle una pregunta simple, aunque comprendí que, al hacerlo, me estaba rebajando ante los ojos del lunático... -¿Y por qué se compara con Enoch? -Porque andaba con Dios. No comprendí la analogía, pero no me agradaba reconocerlo, de modo que volví al tema que ya había negado: -De modo que no le preocupa la vida y no quiere almas, ¿por qué? Le hice la pregunta rápidamente y con bastante sequedad, con el fin de ver si me era posible desconcertarlo. El esfuerzo dio resultado y por espacio de un instante se tranquilizó y volvió a sus antiguos modales serviles, se inclinó ante mí y me aduló servilmente, al tiempo que respondía: -No quiero almas. ¡Es cierto! ¡Es cierto! No quiero. No me servirían de nada si las tuviera; no tendría modo de usarlas. No podría comérmelas o... Guardó silencio repentinamente y la antigua expresión de astucia volvió a extenderse sobre su rostro, como cuando un viento fuerte riza la superficie de las aguas. -Escuche, doctor, en cuanto a la vida, ¿qué es después de todo? Cuando ha obtenido todo lo necesario y sabe que nunca deseará otra cosa, eso es todo. Tengo amigos, buenos amigos, como usted, doctor Seward -esto lo dijo con una expresión de indecible astucia-. ¡Sé que nunca me faltarán los medios de vida! Creo que entre las brumas de su locura vio en mí cierto antagonismo, puesto que, finalmente, retrocedió al abrigo de sus iguales..., al más profundo y obstinado silencio. Al cabo de poco tiempo, comprendí que por el momento era inútil tratar de hablar con él. Estaba enfurruñado. De modo que lo dejé solo y me fui. Más tarde, en el curso del día, me mandó llamar. Ordinariamente no hubiera ido a visitarlo sin razones especiales, pero en este momento estoy tan interesado en él que me veo contento de hacer ese pequeño esfuerzo. Además, me alegró tener algo que me ayude a pasar el tiempo. Harker está fuera, siguiendo pistas; y también Quincey y lord Godalming. Van Helsing está en mi estudio, examinando cuidadosamente los registros preparados por los Harker; parece creer que por medio de un conocimiento exacto de todos los detalles es posible que llegue a encontrar algún indicio importante. No desea que lo molesten mientras trabaja, a no ser por algún motivo especial. Pude hacer que me acompañara a ver al paciente, pero pensé que después de haber sido rechazado como lo había sido, no le agradaría ya ir a verlo. Además, había otra razón: Renfield no hablaría con tanta libertad ante una tercera persona como lo haría estando solos él y yo. Lo encontré sentado en la silla, en el centro de su habitación, en una postura que indica generalmente cierta energía mental de su parte. Cuando entré, dijo inmediatamente, como si la pregunta le hubiera estado quemando los labios: -¿Qué me dice de las almas? Era evidente que mi aplazamiento había sido correcto. Los pensamientos inconscientes llevaban a cabo su trabajo, incluso en el caso de los lunáticos. Decidí acabar con aquel asunto. -¿Qué me dice de ellas usted mismo? -inquirí. Renfield no respondió por el momento y miró en torno suyo, arriba y abajo, como si esperara obtener alguna inspiración para responder. -¡No quiero almas! -dijo en tono débil y como de excusa. El asunto parecía ocupar su mente y decidí aprovecharme de ello... a ser "cruel sólo para ser bueno". De modo que le dije: -A usted le gusta la vida, ¿quiere la vida? -¡Oh, sí! Pero, eso ya está bien. ¡No necesita usted preocuparse por eso! -Pero -inquirí-, ¿cómo vamos a obtener la vida sin obtener el alma al mismo tiempo? Eso pareció sorprenderlo, de modo que desarrollé la idea: -Pasará usted un tiempo muy divertido cuando salga de aquí, con las almas de todas las moscas, arañas, pájaros y gatos, zumbando, retorciéndose y maullando en torno suyo. Les ha quitado usted las vidas y debe saber qué hacer con sus almas. Algo pareció afectar su imaginación, ya que se cubrió los oídos con los dedos y cerró los ojos, apretándolos con fuerza, como lo hace un niño cuando le están lavando la cara con jabón. Había algo patético en él que me emocionó; asimismo, recibí una lección, puesto que me parecía que había un niño frente a mí..., solamente un niño, aunque sus rasgos faciales reflejaban el cansancio y la barba que aparecía sobre sus mejillas era blanca. Era evidente que estaba sufriendo algún proceso de desarreglo mental y, sabiendo cómo sus estados anímicos anteriores parecían haber interpretado cosas que eran aparentemente extrañas para él, creí conveniente introducirme en sus pensamientos tanto como fuera posible, para acompañarlo. El primer paso era el de volver a ganarme su confianza, de modo que le pregunté, hablando con mucha fuerza, para que pudiera oírme, a pesar de que tenía los oídos cubiertos: -¿Quiere usted un poco de azúcar para volver a atraer a sus moscas? Pareció despertarse de pronto y movió la cabeza. Con una carcajada, dijo: -¡No! ¡las moscas son de poca importancia, después de todo! -hizo una ligera pausa, y añadió -: Pero, de todos modos, no quiero que sus almas me anden zumbando en los oídos. -¿O las arañas? -continué diciendo. -¡No quiero arañas! ¿Para qué sirven las arañas? No tienen nada para comer o... -guardó silencio repentinamente, como si se acordara de algún tópico prohibido. "¡Vaya, vaya!", me dije para mis adentros. "Es la segunda vez que se detiene repentinamente ante la palabra, ¿qué significa esto?" Renfield se dio cuenta de que había cometido un error, ya que se apresuró a continuar, como para distraer mi atención e impedir que me fijara en ello. -No tengo ningún interés en absoluto en esos animales. "Ratas, ratones y otros animales semejantes", como dice Shakespeare. Puede decirse que no tienen importancia. Ya he sobrepasado todas esas tonterías. Sería lo mismo que le pidiera usted a un hombre que comiera moléculas con palillos, que el tratar de interesarme en los carnívoros, cuando sé lo que me espera. -Ya comprendo -le dije-. Desea usted animales grandes en los que poder clavar sus dientes, ¿no es así? ¿Qué le parecería un elefante para su desayuno? -¡Está usted diciendo tonterías absolutamente ridículas! Se estaba despertando mucho, de modo que me dispuse a ahondar un poco más el asunto. -Me pregunto -le dije, pensativamente- a qué se parece el alma de un elefante. Obtuve el efecto que deseaba, ya que volvió a bajar de las alturas y a convertirse en un niño. -¡No quiero el alma de un elefante, ni ningún alma en absoluto! -dijo. Durante unos momentos, permaneció sentado, como abatido. Repentinamente se puso en pie, con los ojos brillantes y todos los signos de una gran excitación cerebral. -¡Váyase al infierno con sus almas! -gritó-. ¿Por qué me molesta con sus almas? ¿Cree que no tengo ya bastante con qué preocuparme, sufrir y distraerme, sin pensar en las almas? Tenía un aspecto tan hostil que pensé que se disponía a llevar a cabo otro ataque homicida, de modo que hice sonar mi silbato. Sin embargo, en el momento en que lo hice se calmó y dijo, en tono de excusa: -Perdóneme, doctor; perdí el control. No necesita usted ayuda de ninguna especie. Estoy tan preocupado que me irrito con facilidad. Si conociera usted el problema al que tengo que enfrentarme y al que tengo que buscar una solución, me tendría lástima, me toleraría y me excusaría. Le ruego que no me metan en una camisa de fuerza. Deseo reflexionar y no puedo hacerlo cuando tengo el cuerpo atado. ¡Estoy seguro de que usted lo comprenderá! Era evidente que tenía autodominio, de modo que cuando llegaron los asistentes les dije que podían retirarse. Renfield los observó, mientras se alejaban; cuando cerraron la puerta, dijo, con una considerable dignidad y dulzura: -Doctor Seward, ha sido usted muy considerado conmigo. ¡Créame que le estoy muy agradecido! Creí que sería conveniente dejarlo en ese momento y me fui. Hay desde luego algo en que pensar respecto al estado de ese hombre. Varios puntos parecen formar lo que los periodistas americanos llaman "una historia", tan sólo es preciso ponerlos en orden. Vamos a intentarlo. No desea mencionar la palabra "beber". Teme el sentirse cargado con el "alma" de algo. No tiene miedo de pensar en la "vida" en el futuro. Desprecia todas las formas inferiores de vida, aunque teme ser atormentado por sus almas. ¡Lógicamente, todos esos puntos indican algo! Tiene la seguridad, en cierto modo, de que llegará a adquirir cierta forma de vida superior. Teme la consecuencia..., la carga de un alma. Por consiguiente, ¡es una vida humana la que está buscando! ¿En cuanto a la seguridad...? ¡Gran Dios! ¡El conde ha estado con él y se prepara algún otro tremendo horror! Más tarde. He ido a ver a van Helsing después de terminar mi ronda y le he comunicado mis sospechas. Se puso muy serio y, después de reflexionar en ello por un momento, me pidió que lo llevara a ver a Renfield. Así lo hice. Cuando llegamos junto a la puerta de la habitación del alienado, oímos que estaba cantando al interior con mucha alegría, como acostumbraba hacerlo en una época que parecía encontrarse ya muy atrás. Al entrar vimos que había extendido el azúcar, como acostumbraba hacerlo antes, y que las moscas, sumidas en el letargo del otoño, comenzaban ya a zumbar en la habitación. Tratamos de hacerlo hablar sobre el sujeto de nuestra conversación anterior, pero se negó a prestarnos atención. Continuó cantando, tal y como si no estuviéramos con él en absoluto. Había conseguido un pedazo de papel y lo estaba doblando, al interior de una libreta de notas. Tuvimos que irnos, sin haber aprendido nada nuevo. Es realmente un caso curioso. Tendremos que vigilarlo esta noche. Carta de Mitchell, Sons & Candy a lord Godalming 1 de octubre "Su señoría: "Estamos siempre muy bien dispuestos a satisfacerlo en sus deseos. Estamos en condiciones, con respecto a los deseos de Su Señoría, expresados por el señor Harker de parte de usted, de darle los informes requeridos sobre el número trescientos cuarenta y siete de Piccadilly. Los vendedores originales son los herederos del difunto señor Archibald Winter Suffield. El comprador es un noble extranjero, el conde de Ville, que efectuó personalmente la compra, pagando al contado el precio estipulado, si Su Señoría nos excusa el empleo de una expresión tan sumamente vulgar. Aparte de esto, no conocemos absolutamente nada más respecto al mencionado conde. "Somos, señor, los más humildes servidores de Su Señoría, "MITCHEL, SONS & CANDY " Del diario del doctor Seward 2 de octubre. Coloqué a un hombre en el pasillo durante la última noche, para presentar un informe exacto de todos los ruidos que pudiera oír en la habitación de Renfield y dándole instrucciones para que en el caso de que se produjera algo insólito, me llamara inmediatamente. Después de la cena, cuando estuvimos todos reunidos en torno al fuego del estudio, y después de que la señora Harker se hubo retirado a sus habitaciones, discutimos de las tentativas y los descubrimientos que habíamos hecho durante aquel día. Harker era el único de nosotros que había obtenido resultados y tenemos grandes esperanzas de que los indicios que ha obtenido puedan ser de mucha importancia. Antes de ir a acostarme, di una vuelta por las habitaciones de los pacientes y miré por el judas de la puerta. Renfield estaba durmiendo profundamente y su pecho se elevaba y descendía con regularidad. Esta mañana, el hombre que permaneció de servicio me comunicó que después de medianoche estuvo inquieto y recitando sus oraciones con voz un poco fuerte. Le pregunté si eso era todo y me respondió que eso era todo lo que había oído. Había algo en sus modales que se hacía tan sospechoso que le pregunté francamente si se había dormido. Lo negó, pero admitió haberse quedado medio dormido durante un rato. Es una desgracia que no se pueda confiar en los hombres, a menos que se les esté vigilando. Hoy, Harker ha salido a seguir su pista y Art y Quincey han ido a buscar caballos. Godalming piensa que sería conveniente tener siempre preparados a los caballos, ya que cuando dispongamos de los informes que buscamos, es posible que no haya tiempo que perder. Debemos esterilizar toda la tierra importada entre el amanecer y la puesta del sol. Así podremos tomar al conde por su punto más débil, y sin un lugar en el que pueda refugiarse. Van Helsing ha ido al Museo Británico buscando a ciertas autoridades de medicina antigua. Los antiguos médicos tomaron en cuenta ciertas cosas que sus seguidores no aceptaron y el profesor está buscando curas contra los demonios y los hechizos, que pueden sernos útiles más adelante. A veces pienso que debemos estar todos completamente locos y que vamos a recuperar la razón, viéndonos encerrados en camisas de fuerza. Más tarde. Nos hemos reunido nuevamente. Parece que al fin estamos sobre la pista y que el trabajo de mañana puede muy bien ser el principio del fin. Me pregunto si la calma de Renfield tiene algo que ver con eso. Sus saltos de humor se han ajustado tanto a los movimientos del conde, que la destrucción inminente del monstruo puede haberle sido revelada de algún modo sutil. Si pudiéramos tener alguna idea de lo que está ocurriendo en su mente, sobre todo entre el momento en que estuve conversando con él y el instante en que volvió a dedicarse a la caza de moscas, podría considerarlo como una pista valiosa. Aparentemente iba a estar tranquilo durante una temporada... ¿Será cierto...? Ese grito horrible parece proceder de su habitación... El asistente entró precipitadamente en mi habitación y me dijo que de alguna forma, Renfield había tenido un accidente. Había oído su grito y cuando acudió a su habitación lo encontró desplomado en el suelo, boca abajo y todo cubierto de sangre. Debo ir a verlo inmediatamente...