Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

martes, 30 de septiembre de 2008

El Último Gay de Escocia, III

A Mîm,
por su odio a Ganchito

Tupperware Blues
Ahora la historia vuelve otra vez a Ganchito, que tras el incidente del elfo se tapó la boca con cinta aislante en la extraña creencia de que se liberaría de una rara maldición que lo perseguía.
Ni que decir tiene que le liberaron de la cinta en cuanto ingresó en la enfermería por una conmoción cerebral causada al darse golpes contra un plato de comida.
Nadie sabe por qué lo hizo Ganchito entonces, aunque la teoría más popular es que intentaba hacer amigos (toda la gente se reía cuando se daba golpes, eso era síntoma de popularidad), sin embargo aún hay gente que sostiene que intentaba hacer pasar la comida por la cinta aislante. Esta gente era, ciertamente, la que tenía razón, puesto que usar la democracia con adolescentes es como usarla con soviéticos.
La cuestión es, a fin de cuentas, que Ganchito acabó paseando solo, desnutrido, descerebrado y, según decían muchos, desheredado, por los pasillos del colegio.
La tristeza le vencía y no había hechizo conocido, ni bolsa de patatillas lo suficientemente grande como para aplacar su pena. O quizá sí, realmente, nadie lo probó, ya que, o a nadie le importaba o se habían acostumbrado a ver vagar a Ganchito sin rumbo por los pasillos, la mirada perdida, la comisura de los labios abiertos y un reguerillo de saliva recorriéndole la barbilla.
Ganchito no era un alumno muy brillante. No es que se aburriese en las clases porque entendía las materias que se daban.
No las entendía, de hecho.
Ganchito no era muy listo, pero olía bien.
Ganchito era “especial”. O al menos eso decía su madre cuando le preguntaban por qué su hijo se tiraba al suelo en calzoncillos desde lo alto del sofá.
A la madre de Ganchito nunca le ilusionaron las vacaciones de verano.
Aunque Ganchito siempre quiso a su madre, y nunca hubiera deseado que le pasase nada malo.
Las mamás siempre ahogan los gritos en las almohadas cuando son felices.

Map of Your Head
Así pues, entró en la habitación como quien entra tras provocarse una lesión cerebral a base de golpes.
Esto es, por la puerta.
Avanzó rápidamente por la habitación y se sentó en la cama. La cama profirió un grito y él se levantó de la cama.
En la cama estaba Vinnie, y Ganchito se preguntó cómo había podido pasar por alto su, digamos, amplia estructura.
De pronto dio con la respuesta. La habitación estaba repleta de una intensa humareda de un olor aún más intenso que calaba hondo y te revolvía el estómago.
Y no es que alguien hubiese intentado quemar el instituto, como ya pasó una vez*. Lo que sucedía esta vez es que Salido y Vinnie habían encontrado unos tallos vírgenes de mandrágora y se la estaban fumando mientras ésta chillaba como si estuviese posesa.
En fin, era lógico.
Por lo que, ahora, el aire de la habitación era tan irrespirable como el agua de la fosa séptica de Hogwarts.
Las formas de vida que habitaban la habitación tampoco se diferenciaban mucho de los parásitos que habitaban el pozo negro.
Como veía que, a todas luces, ninguno de los inquilinos de la habitación (Vinnie y Salido; Tomás estaría en otro lugar o sepultado bajo la espesa bruma) tenía la intención de abrir las ventanas, Ganchito decidió aprovechar la falta de visibilidad para acercarse a David todo lo posible.
Por desgracia para él, y en contra de sus planes iniciales, la falta de visibilidad no le excluía, y se pasó media hora contemplando unos calzoncillos sucios que alguien había dejado en la silla (que, tras un cuidadoso examen olfativo [¿?] identificó como pertenecientes a Vinnie). Luego se levantó, se tambaleó y cayó al suelo con un estrépito que hizo que la mitad de Hogwarts levantase la vista y maldijese al “idiota gordo cabrón del orto”.
La pierna de Salido también lo sintió, aunque sus sentidos estaban tan disminuidos que ya no distinguía la mandrágora del incienso.
Nadie se volvió a quejar de que a Salido le oliese el aliento.

The Last Waltz
En 1987 un estudiante de Hogwarts murió de coma etílico en uno de los bailes, resultado de un “alguien ha saboteado el ponche” un poco demasiado extremista.
Dos años después, Freddie Mercury tuvo una relación con un alumno del colegio que le traería unas consecuencias siniestras.
Pero si ni todas las películas de Harry Potter habían bastado para que Hogwarts retirase esa estúpida costumbre de los bailes entre estudiantes, nada lo haría.
Nadie sabe por qué Dumbledore hacía eso, quizá temía que la invasión de los spoilers acabase con su enérgica (y senil) tiranía en el colegio, que había sido la época más oscura de la historia de Hogarts desde que Merlín, encaprichado de Nimué, se dedicó a castrar a todos los varones del colegio temiendo la competencia.
Al final, los temores de Merlín fueron infundados, puesto que Nimué era lesbiana. No así sus tumores, que le llevaron a la muerte tres años más tarde, porque el consejo mágico de médicos decidió que Merlín no podía quedarse calvo.
La calavera con pelo (y mucho Superglue) de Merlín aún se conserva en el Museo de Bellas Artes Mágicas en la ciudad de Ávalón, pero como es un lugar hipotético, nadie la ha vuelto a ver.
El caso es que ese año la mitad del colegio había aprovechado para irse a una taberna muggle, porque, aunque fuesen sangres sucias que no supiesen hacer nada (no como ellos, que llevaban igual desde los días en que Houddini introdujo la fotografía), sabían beber como el que más.
Así que al final, sólo quedaron en Hogwarts Salido, Ganchito y Tomás, éste último reponiéndose de las lesiones causadas por la caída de los imperios. El caso era más o menos así: a Salido no le dejaban entrar en las tabernas porque se dedicaba a robar la caja intentando seducir a las camareras, siendo cuales fuesen los eones que éstas llevasen cobre la Tierra (la última vez fue un diplodocus). Ganchito, sencillamente, estaba dentro de la prohibición de animales en los bares.
Así que Salido se levantó del banco, se giró y, con un tono burlón, le pidió a Ganchito si le concedía el honor de un baile, a lo que él contestó con lágrimas en los ojos, una sonrisa de satisfacción y unos pantalones que, de repente, eran demasiado estrechos.
El resto de la velada fue un escupitajo en la cara de Tchaikovsky, Strauss y Shostakovich, todos ellos muggles. Porque otra de las cosas que los muggles sí sabían hacer, y mucho mejor que los magos, era música.
Y la música es el arte de lo abstracto, más aún que la magia.

*Véase: Bowling for Hogwarts.

Waterhouse y De Lesseps Dance



El vídeo es una compilaci´n de cuadros de William Waterhouse (1849-1917) acompañados por la música de danza de la película Shakespeare in Love (buena pero un tanto cursi).

En la película, Shakespeare finge ser uno de los músicos para cautivar a la hija de los Lesseps, que está prometida a un noble venido a menos.

En consecuencia, lo único que realmente vale la pena de la película son los diálogos y la escena de danza.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Four Rooms

(Tim acaba de llegar a la habitación 309. Allí le esperan Antonio, su mujer, su hijo y su hija.)

Antonio: Quiero que cuide de mis hijos. ¿Puede hacerlo? Quiero salir una noche por allí con mi mujer, entiende. (Acompaña esta oración con un guiño del ojo izquierdo).
Tim: Sí, lo haré. Aunque no tengo mucha experiencia con los niños.
Antonio: Da igual, son unos angelitos. Cuide de que no se metan en líos.
Tim: Pero…
Antonio: No admito peros. A que sí, cariño.
Mujer china: Sí.
Antonio: Adiós, señor (Se queda mirando la etiqueta del botones). Señor Tim.

(Antonio y su mujer salen por la puerta. Tim se queda solo con los dos niños.)

Tim: Bueno, criajos. Ahora me voy. No quiero problemas, si no os portáis mal os traeré leche con galletitas.
Niña: ¿Cómo que criajos? Se lo diré a papá. Él me creerá.
Niño: Es cierto.
Tim: No, no lo harás. ¿Verdad? (Acompaña esto con sus manos, haciendo como que retuerce un cuello).

(Tim sale por la puerta. Se quedan los dos hemanos, solos en la habitación.)

Niño: Vamos, pon la tele.
Niña: De acuerdo. (Coge el mando y comienza a cambiar de canal: los Teletuvis, culebrones, películas de acción, etc. Así llegan al canal porno). Dejaré esto. Traeme la botella de champagne del mueble-bar.
Niño: Pero…
Niña: Puedes coger lo que quieras del cajón de mamá.
Niño: Vale.

(La niña se queda mirando el canal porno. El niño le trae el champagne, se va al armario de su madre y comienza a travestirse. En ese momento aparece Tim, con unas galletitas en la mano y unos vasos de leche en la otra. Se encuentra a la niña beibiendo champagne, al niño vestido con la ropa de los domingos de su madre. Tim coge la botella de champagne y la deja encima de la mesa, apaga la televisión.)

Tim: ¿Pero qué coño hacéis?
Niña: Coño es una palabra fea.
Tim: Sí, como puta y joder.
Niña: Se lo diré a papá.
Tim: Sí, ¿también le dirás que te estabas emborrachando y tu hermano se estaba travistiendo con la ropa de su madre, todo esto con la película “Adolescentes en celo”, interpretada por la ya mítica actriz Traci Lords, de fondo?
Niña: ¿Y tú cómo sabes eso?
Tim (Mirando alrededor, sonrojado): Hombre, mujer, es por decir algo. Bueno, comeos las galletitas y ya está, a la cama.
La niña coge una galletita, la prueba y se la escupe en la cara a Tim.

Niña: Están rancias.
Tim (Cabreado): Mojadlas en la leche.
Niña: No me da la gana, gilipollas.
Tim: ¿Pero de dónde coño sacas ese puto lenguaje, joder? (Saca un bote de un bolsillo, le pide a los niños cabrones que cierren los ojos y les unta los mismos con el contenido del cuenco) Es un ungüento, mi madre me lo ponía cuando me acostaba, si se me ocurría abrir los ojos, me dolería un huevo; no abráis los putos ojos.

(Tim sale de la habitación, va a la recepción y comienza a hablar con un compañero de profesión.)

Tim: Que día más jodido, primero me han follado un puñado de brujas.
Botones: ¿Qué te ha follado el cuñado de una bruja?
Tim: No, un puñado de brujas.
Botones: Bueno, me parece una manera cojonuda de comenzar el día.
Tim: Sí, bueno, esa ha sido la mejor parte, luego he ido a la habitación de un matrimonio de ancianos pirados que querían montárselo conmigo. Me han vomitado encima, yo mismo he vomitado…

(Mientras, en la habitación, la niña se levanta, va al baño y se lava la cara, se tumba en la cama y pone la peli porno.)


Niño: Estás viendo la tele, no puedes abrir los ojos.
Niña: Me he quitado la mierda ésa que llevas en los ojos con agua, en el baño.
Niño: Ahora vuelvo. (Se levanta, se dirige al baño, se choca contra la pared, se recupera y se vuelve a golpear, consigue entrar en el baño, se lava la cara y vuelve) Ostias, ¿esos son los cigarrillos de papá?
Niña: Sí, traeme el champagne y el bote de pintura roja. (El niño va en busca de todo eso, trae en bote y su hermana pinta una diana en la pared, en un cuadro carísimo. El niño, mientras, enciende un cigarro, no de tabaco, y se lo fuma).
Como mola, coge estos fragmentos de cristal de la botella (se la acaba y la rompe) y tíralos a la diana.
Niño: No hay espacio, habrá que retirar la cama. (Retiran el somier y se encuentran una prostituta rubia, desnuda, muerta, con una aguja clavada en el culo) ¿Qué coño es esto?
Niña: Hay que llamar a Tim. (Coge el teléfono y tecle a el número de la recepción, Tim, al oírlo, se queda mirando el número de la habitación y profiriendo maldiciones).
Tim: Llamad si es urgente. (Cuelga, vuelven a llamar). A ver, ¿quién coño ha muerto?
Niña: No lo sé, pero está debajo de mi cama.
Tim: ¿Eh? ¿cómo lo sabes?
Niña: Lo he visto.
Tim: ¡Ajá! Tienes un ungüento en los ojos, no ves una mierda.
Niña: Me lo he quitado con agua. ¿No se te había ocurrido?
Tim: Eh… No teníamos… Será mejor que suba.

(Sube, abre la puerta y se encuentra a la niña bebiendo otra botella de champagne, al niño fumando, otra peli porno en la tele, olor a porro en el ambiente, el cuadro pintado y una puta muerta. Coge y le pega una ostia al niño y le coge la botella a la niña y la tira al suelo, llena)
Niño: ¿Qué coño haces?
Tim: Hay que llamar a la policia. (Coge el teléfono y marca el número de la policía, queda un momento en silencio, el niño coge otro porro) ¿Oiga, agente? Hay una puta muerta.
Niña: ¡No la llames así!
Tim: Calla, zorra. (Al teléfono) Hay una PUTA muerta.
Niña: (Coge la aguja y se la clava en el muslo a Tim) ¡No la llames así!
Tim: ¡Agghhh, mierda! (Se gira al niño y le mete otra ostia, el cigarrillo cae al suelo, empapado de champagne, y todo empieza a arder) No te drogues, capullo. (La niña, a todo esto, coge otra botella)

(Tim se consigue sacar la aguja del muslo y la sostiene en alto, con una mueca de dolor. En ese momento llegan Antonio y su mujer y se encuentran al niño fumando, la puta muerta, la peli porno, la habitación ardiendo, la niña bebiendo, el cuadro pintado, Tim con una cara de loco acojonante y, en ese momento, comienzan a llover pequeñas gotas de agua del sistema contra incendios.)

Antonio: ¿Puedo ayudar?

Los Vikingos

Inauguro una sección de trabajos que, por una u otra razón, dsfruté haciendo. Será cosa del aburrimiento, quizá.

Introducción.

En 793 Britania no es un país, ni siquiera es ya la idea de uno, sino un mosaico de pequeños reinos que surgieron tras la partida de las últimas legiones de Roma y que compiten entre sí. De vez en cuando surgía un caudillo lo suficientemente fuerte para ser llamado “el Bretwalda”, el alto rey de Britania.

El Imperio Romano no cayó en Britania, simplemente recogió sus cosas y se fue, dejando a los britanorromanos a merced de invasores como los sajones venidos del continente; además, gran parte de lo que sería Escocia y toda Irlanda nunca fueron romanas, lo que dejaba la puerta abierta a nuevas invasiones.

Impulsados por líderes semilegendarios como el Rey Arturo, los bretones contraatacaron, pero estaban solos, realmente solos en un mundo hostil. En 410, el emperador Honorio envió a los romano bretones una educada carta en la que les decía que “vigilasen sus defensas”, esta era la única ayuda que podía ofrecer un Imperio Romano que ya no era ni sombra de lo que fue. Cien años antes el último de los grandes emperadores romanos, Constantino, fue coronado en Eburacum, al norte de la isla.

Pero no todo era triste, en el siglo VIII, el gran rey de Mercia, Offa, acuñó las primeras monedas desde la marcha de los romanos y se convirtió en un rey tan poderoso como cualquiera de los reyes del continente.

Pero unos nubarrones se avecinaban por el horizonte. El año de Nuestro Señor 793 no empezó bien para el pueblo de Nortumbria, la vecina norteña de Mercia. La crónica anglosajona narraría así los acontecimientos:

“Se avistaron malos presagios en el cielo, bolas de fuego y “feroces dragones”. Más tarde hubo una hambruna y la gente se debilitaba, enfermaba y moría. El año mostró pocos indicios de mejorar cuando a principios del verano apareció una nueva amenaza, desde el lejano norte vinieron unos barcos con forma de dragón, feroces “lobos entre ovejas” ¡Los vikingos!”

Estos hombres del norte atacaron la isla monasterio de Lindisfarne, uno de los centros más antiguos de erudición cristiana del norte de Europa.

Pero volverían, y serían muchos más, y Britania nunca volvería a ser igual.


De la expansión Vikinga.

Britania era por tradición una septarquia; Essex y Wessex formaban la denominada “orilla sajona”; Mercia, East Anglia y Nortumbria eran los reinos anglosajones del centro de la isla, eran los más poderosos; los reinos de Gales, al oeste, eran los últimos reinos britanorromanos de la isla; y, por último, los Celtas del lejano Norte.

Como se ha dicho, en 793 los vikingos atacaron Lindisfarne, en 795 atacaron las islas de Inich Murray e Inich Boffin, en la costa oeste de Irlanda. Hacia 800 atacaron el Imperio Carolingio, atacaron Sevilla (pero fueron repelidos por los musulmanes) y establecieron bases permanentes en Britania.

Allí, los vikingos comenzaron a invadir la isla, haciendo retroceder a los nortumbrios y a los mercios, además, tomaron East Anglia. Gracias a esta invasión, los reinos sajones del sur se hicieron tan poderosos como para creer que podrían con los vikingos, craso error. Hacia 850 los vikingos ya tenían un tercio de la isla.

Pero no todos los vikingos fueron al oeste, otros muchos navegaron por los grandes ríos rusos, de hecho, la palabra Rusia viene de “rus”, el nombre que dieron a los vikingos de la zona.

También atacaron Kiev e, incluso, Constantinopla, donde el emperador les dio una gran suma de dinero para alejarse de la ciudad.

Volviendo a Occidente.

De 855 a 886 asediaron París.

En Britania, tras un periodo de estancamiento, un gran rey sajón mandó ejecutar a todos los vikingos de su reino, resultó ser el mayor error de su reinado, ya que, una familiar de un gran rey noruego resultó estar entre ellos. El rey se enfadó tanto que decidió enviar una expedición a castigar al rey sajón y a toda Britania. Finalmente, el rey sajón fue vencido y Britania castigada, pero los vikingos no volverían a tener tanto poder jamás.

El fin del poderío vikingo

A menudo es Harald Hardrade quien recibe el título del último vikingo, que fue derrotado en Stamfford Brigde en 1066 luchando contra Harald Godwinson, o Harald el Sajón.

Pero no hay que olvidar que Normandia fue fundada por vikingos, por lo tanto, Guillermo el Conquistador, Duque de Normandia, que venció a los sajones de Harold el Sajón en Hastings, después de la muerte de su amigo Harald Hardrade en Samfford Brigde, y fue coronado Rey de Inglaterra el Día de Navidad de 1066 era vikingo, según este razonamiento, Inglaterra sería el último reino vikingo.


De la Cultura Vikinga.

Los vikingos tenían una cultura basada en el honor y el prestigio del guerrero; si un clan ofendía a otro, éste tenía que responder, por insignificante que fuera la ofensa.

El Destino

Los vikingos creían en el destino; que estaba controlado por las tres norns. Nadie podía escapar a su destino, ni siquiera los dioses.

-El Destino de los Poderosos.
Llegará la última batalla en la que el lobo Fenrid, la serpiente Midgard, los gigantes y todas las criaturas del caos se alzarán contra los dioses. La batalla ya está perdida. Todos lo saben. Incluso se le ha dado un nombre a la derrota que verá el fin del mundo, el Destino de los Poderosos. Odin, señor de los dioses, es completamente consciente de ello, sabe que el lobo Fenrid será su muerte; Thor sabe que, después de vencer a la serpiente Midgard dará nueve pasos antes de caer por el veneno de ésta.

Sin embargo las valkirias siguen llevando a los muertos en combate al Walhala, a entrenarse para la última batalla, no porque crean que hay posibilidad de vencer, sino porque hay que aceptar el destino sin flaqueza, ahí reside el prestigio de un vikingo.

Las Sagas vikingas

La literatura vikinga se agrupa en Sagas, que son historias de héroes épicos vikingos.

-Los Kennings.
Son metáforas. Al cuervo se le llama “el cisne de sangre”, a la boca “el templo de las palabras”… Para decir batalla, el poeta dirá “el juicio de las lanzas” o “la tormenta de las espadas”

-Historias vikingas.
En las Sagas abundan historias de este tipo:


“En un día lluvioso, un granjero coge una
gran lanza de hierro y va a golpear la
puerta de su enemigo. Éste abre la
puerta y recibe un golpe certero en el
vientre. Mira su herida y dice:
“Realmente fascinante esta gran lanza…”
A continuación se derrumba muerto en el
umbral de la puerta.


Hombre de recursos

El vikingo es un hombre de recursos. Es un granjero que cultiva la tierra, un artesano que fabrica herramientas, es cazador y pescador. Sus dominios están junto al mar y posee un barco. A veces deja su tierra para comerciar (actividad que se le da muy bien) y guerrear –lo que proporcione beneficio.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Valses

En educación física, al final de curso, quizá nos hagan bailar vals, o tango, o chachachá.
Sin duda, puestos a elegir, prefiero el vals.
Un dos·tres, un dos·tres, un dos·tres.

The Last Waltz, de Gho Young-wuk (OldBoy)


Segundo Vals, Jazzsuite, de Dimitri Shostakovich


La Valse d'Amélie, de Yann Tiersen (Le fabuleux destin d'Amélie Poulain)

miércoles, 17 de septiembre de 2008

La Situación de Nikki


"Ahora que voy a morir, ruego a Dios que cuide de mi alma..."
Esos eran los pensamientos que aparecieron (casi de un modo automático) en la cabeza de Nikki.
Las palabras iban y venían de un modo continuo, pero fuerte, como si las letras flotaran en el agua del mar mientras subía inevitablemente la marea.
Imaginaba que era normal pensar en eso estando atada en una silla, completamente amordazada y con una escopeta de caza mirándote detenidamente, apuntándote a la cara.
Sólo Jhonny podría salvarla, y ella sabía que vendría y lo haría. Pero hasta entonces... sería mejor que nadie abriera la puerta, y si Jhonny quería entrar a salvarla, que entrase por la ventana.
Rectamente acaparada en la silla (y no por su propia voluntad) se quedó mirando fijamente el fino cordel atado elegantemente del gatillo de la escopeta hasta marcar una curva línea y llegar al pomo de la puerta. Sabía que Jhonny vendría. Sam no, eso estaba claro. Marinero de mierda. Después de 10 años saliendo juntos, ahora la odiaba más que nada. Tanto, que hasta Nikki se atrevería a decir (si ese enorme trozo de esparadrapo no le tapara la boca) que, de ser por él, abriría la puerta sin pensarselo dos veces. Por eso se marchó con Jhonny.
Ahora, miraba como el cordel llegaba desde el pomo hasta el gatillo. Y así, sucesivamente, hasta caer en un profundo mar de recuerdos... Y llegar hasta donde estaba 10 horas antes.
Recordaba que había visto a esa figura, en un extraño lugar.
Era un sitio oscuro, húmedo, y olía fuertemente a gasolina. El párking de su aparcamiento.
Salió de la puerta que conducía a las escaleras, mientras buscaba en su bolso las llaves de su Chevrolet. Voilà!, el monito gris que tenía como llavero sacó la cabeza y le dedicó esa alegre sonrisa, mezcla de picardura e inocencia, que tenía desde que se le fue cosida. Estiró y las sacó.
Cuando Nikki cerró el bolso, levantó la vista, cuando vio a
(esa Figura...)
Benny, el vecino de abajo, un torpe chico de pelo rojo y alborotado, unas pequitas en su cara, y unos 40 kilos de más, salía de su viejo Volkswagen levantando una tímida mano a Nikki:
-Hola Ben.
-Bueno días Nik.
Se ruborizó hasta colorear su cara del mismo pigmento que su cabello.
Cuando ella llegó a su coche, Benny ya había salido del párking. Estaban solos. Ella y
(esa Figura...)
su mono gris. Metió la llave del Chevy hasta conseguir abrir la portezuela, entró, dejó el bolso en el asiento del co-piloto y, cuando se puso el cinturón, un chasquido del asiento (de cuero) de la parte de atrás del coche desató un aroma peculiar, que invadió el coche, para luego dejar paso al fuerte olor del cloroformo.
Los fluorescentes se apagaron en la cabeza de Nikki. Cuando las sombras se marcharon, el cerebro de la chica distinguió dos cañones mirandola fijamente, amenazantes, que parecían decir: "¡Hola Nik! ¿Qué tal? Somos tus amigos, cañón nº 1 y cañón nº 2. Queremos estar aquí contigo, ¿sabes? Vamos a hacerte compañía todo este largo rato. Y quien sabe, quizá tu amigo Jhonny quiera salvarte entrando por la puerta y no por la ventana y no tengamos más remedio que escupirte dos perdigonazos en la cara."
Hay que joderse, pensó Nikki.
"Ahora que voy a morir, ruego a Dios que cuide de mi alma..."
Seguía rezando, pidiendo a aquella fuerza superior que la ayudara. Aunque dudaba mucho que bajase del cielo, cortara el cordel que mantenía atado la escopeta a la puerta y lo lanzase por la ventana.
"Eh, tú, grandullón, ¿Qué haces? No ves que nos han puesto explícitamente aquí para escupir nuestros famosos perdigonazos en la cara a Nik?"
Sin duda, estoy loca, pensó Nikki, sin duda alguna...
CLASH!
El ruido de cristal roto procedente del baño, enmudeció el arma, a los rezos de la joven y a cualquier otro ruido que entrase a la habitación. Sólo el ruido del cristal roto era lo que importaba.
Y sí, por fin, allí estaba... Jhonny. Se la quedó mirando algo atónito, pero sonrió, por haberla encontrado, por saber que iba a estar bien.
-¿Estás bien? -le preguntó.
"Pues mira, ahora que estás aquí, algo mejor, pero no sabes lo que me incomodan estas cuerdas y el tener a cañón nº 1 y a cañón nº 2 apuntándome en la cara... ¿Sabías que van a escupirme 2 perdigonazos en la cara? Jajajaj ¿Te lo puedes creer?" era lo que pensaba soltarle, pero, dadas las circunstancias, un leve gemido fue mejor respuesta.
Él se abalanzó sobre ella y le quitó el trozo de esapradrapo de la boca.
-Jo... der...
Él sonrió. Había empezado a quitarle las cuerdas:
-Ya sé quién ha sido el mamón que te ha hecho esto.
-Sam...
-¿Cómo lo sabes?
-Esas cuerdas son las que hacen los marineros y los pescadores, luego que Sam era el único que tenía mi copia de llaves, y por último, mi coche olía a la colonia que siempre usaba.
-Cabrón. Voy a matarle, te juro que mataré a...
-Jhonny.
-Dime.
Ambos se quedaron quietos (Bueno, Nikki no podía moverse mucho) y se miraron. Se miraron y se cruzaron las mejores miradas que se han podido cruzar jamás. Eran miradas de afecto, de cariño, de amor... Indicando que algo, puro y especial, había nacido entre ellos. Y que nada, nada, los separaría...
Nada, sin contar el importante y esencial factor de que, mientras Jhonny desataba los pies a Nikki, el vecino de arriba, Benny, había recibido una nota, clara y precisa, de una persona que sabía muy bien lo que este hombre sentía por su vecina de abajo. Una nota que decía que Nikki estaba en peligro mortal, que alguien tenía que bajar a por ella, sin perder el tiempo.
Alguién salió de su casa a toda leche.
Otra persona pregaba por su vida.
Otra desataba las cuerdas que ataban a su amor.
Una escopeta estaba a la espera de su precisa señal.
Las cuerdas fueron desatadas.
Los pies intentaron levantarse.
El pomo se giró.
La cuerda se estiró.
El gatillo se accionó.
Nikki cerró los ojos por última vez. Lo sabía.
-Te qu...
Un disparo segó el ambiente, y Benny entró.
"Ahora que voy a morir..."

domingo, 14 de septiembre de 2008

El Capitel del Odio: 4º A

Los preliminares al comienzo del nuevo curso siempre son una época interesante, llena de fuertes emociones y fortísimas decepciones, con algún que otro alivio pero sin nada que realmente valga la pena recordar. A excepción, por supuesto, del fantasma del día de las presentaciones, que es el último día de libertad. Un día excepcionalmente feliz, tanto por el encuentro de antiguos compañeros como por las ganas de aprovechar las últimas horas de libertad que nos brinda el Sino del Estudiante.
Así pues, comenzaré a relatar mi historia.
El viernes me encaminé hacia el instituto con el alma en un puño y el estómago en otro, para averiguar de una vez qué era lo que me deparaba el destino y la clase de monos con la que me tocaba lidiar esta vez.
Nada más entrar me doy cuenta de que la típica turba de alumnos que tapa las listas ha dado paso a tres o cuadro alumnos, de origen presumiblemente eslavo, cuyas madres tienen tan tiranizados que casi se puede ver la sangre procedente de la castración. Me abro paso como puedo para llegar a las listas de cuarto, cuando reparo en la figura alargada de mi izquierda.
- Hola, maestro.
Vamos bien, con Toni hemos ido a topar.
- Hola...
Miro mi clase intentando no hacer notar a mi antiguo discípulo, ese experimento fallido, que estoy repasando mentalmente su árbol genealógico.
Me toca el grupo A, como el año pasado, lo cual intepreto como un buen signo.
Comienzo a buscar a toda la gente a la que le toque el mismo grupo. Comienzo por la gente que me puede hacer la vida más agradable, es decir, los sujetos N, A y, si acaso, MC.
Tres sujetos que da la casualidad están junto a mí durante este año, por lo cual me alegro profundamente.
Entonces comienzo a mirar el resto de la clase. Todos ellos han cogido Ciencias, por lo que asumo que estaré rodeado de gente que realmente tiene ganas de estudiar y que no tiene especiales ganas de perder el tiempo.
Y me entra pánico.
Me explicaré. Es una clase que corre el riesgo de llevarse bien y hacer avanzar los estudios. Una clase que hace casi palpable la oscura posibilidad de que las clases dejen de ser circos romanos para convertirse en clases.
Además, son todos una panda de estúpidos tan estirados que casi se podría encender una cerilla en ellos.
En fin, era lógico.
Sin embargo, esa primera impresión se va diluyendo a medida que me paro a pensar en cada sujeto.
Entre ellos está la que fue mi competidora en primero y segundo, con la cual, en tercero, por la falta de roce, empecé a llevarme bien.
Está el que ha sido mi competidor durante este año, acaso no tanto como el sujeto arriba mencionado. Si por madurez o por camaradería, no lo sé.
Está también el sujeto C, del cual creía que me había librado pero que a todas luces (sin duda más que las que tiene él) parece haber vuelto para vengarse.
El sujeto de los escotes generosísimos, que hablan maravillas sobre Dios y la santidad también ha decidido alegrarme (la vista) con su presencia.
Paso por encima de mi nombre cuando me encuentro con algo terrible.
Matas Perelló, Toni.
Miro a mi izquierda para contemplar a la figura larguirucha riéndose de forma que con un siniestro poco tiempo podríamos tildar de falta de cordura y esquizofrénica.
Buena la hemos hecho, ahora tendré que aguantar al inútil este durante nueve meses. Creo que es la sensación más cercana al embarazo que puede sentir un hombre.
Miro más abajo para ver si encuentro motivos para prolongar mi existencia un poco más y no cortarme el cuello en el atrio del instituto.
Vinnie. En sí, es casi tan pesado como Toni, y también amenaza con sentarse a mi lado.
Sin embargo, todo esto tiene una cara buena. Quizá tenga la oportunidad de ver un circo romano. Un circo romano muy poco interesante, teniendo en cuenta el potencial físico de Vinnie frente al de Toni, el cual cuenta como mayor arma con sus frecuentes y peligrosas idas de olla.
¡Pardiez, mi infierno sois vosotros!

Y hasta aquí he dado, hasta mañana, que veré por fin a los verdugos de mi tortura, y seguramente estaré más inspirado.

Hamlet, V

William Shakespeare

Escena I
SEPULTURERO 1.º SEPULTURERO 2.º
Cementerio contiguo a una iglesia.
SEPULTURERO 1.º.- ¿Y es la que ha de (192) sepultarse en tierra sagrada, la que deliberadamente ha conspirado contra su propia salvación?
SEPULTURERO 2.º.- Dígote que sí, conque haz presto el hoyo. El juez ha reconocido ya el cadáver y ha dispuesto que se la entierre en sagrado.
SEPULTURERO 1.º.- Yo no entiendo cómo va eso... Aun si se hubiera ahogado haciendo esfuerzos para librarse, anda con Dios.
SEPULTURERO 2.º.- Así han juzgado que fue.
SEPULTURERO 1.º.- No, no, eso fue se offendendo; ni puede haber sido de otra manera: porque... Ve aquí el punto de la dificultad. Si yo me ahogo voluntariamente, esto arguye por de contado una acción, y toda acción consta de tres partes, que son: hacer, obrar y ejecutar, de donde se infiere, amigo Rasura, que ella se ahogó voluntariamente.
SEPULTURERO 2.º.- ¡Qué! Pero, oígame ahora el tío Socaba.
SEPULTURERO 1.º.- No, deja, yo te diré. Mira, aquí está el agua. Bien. Aquí está un hombre. Muy bien... Pues señor, si este hombre va y se mete dentro del agua, se ahoga a sí mismo, porque, por fas o por nefas, ello es que él va... Pero, atiende a lo que digo. Si el agua viene hacia él y le sorprende y le ahoga, entonces no se ahoga él a sí propio... Compadre Rasura, el que no desea su muerte, no se acorta la vida.
SEPULTURERO 2.º.- ¿Y qué hay leyes para eso?
SEPULTURERO 1.º.- Ya se ve que las hay, y por ellas se guía el juez que examina estos casos.
SEPULTURERO 2.º.- ¿Quieres que te diga la verdad? Pues mira, si la muerta no fuese una señora, yo te aseguro que no la enterrarían en sagrado.
SEPULTURERO 1.º.- En efecto dices bien y es mucha lástima que los grandes personajes hayan de tener en este mundo especial privilegio, entre todos los demás cristianos, para ahogarse y ahorcarse cuando quieren, sin que nadie les diga nada... Vamos allá (193) con el azadón... Ello es que no hay caballeros de nobleza más antigua que los jardineros, sepultureros y cavadores, que son los que ejercen la profesión de Adán.
SEPULTURERO 2.º.- Pues qué, ¿Adán fue caballero (194)?
SEPULTURERO 1.º.- ¡Toma! Como que fue el primero que llevó armas... Pero, voy a hacerte una pregunta y si no me respondes a cuento, has de confesar que eres un...
SEPULTURERO 2.º.- Adelante.
SEPULTURERO 1.º.- ¿Cuál es el que construye edificios más fuertes, que los que hacen los albañiles y los carpinteros de casas y navíos?
SEPULTURERO 2.º.- El que hace la horca, porque aquella fábrica sobrevive a mil inquilinos.
SEPULTURERO 1.º.- Agudo eres, por vida mía. Buen edificio es la horca; pero, ¿cómo es bueno? Es bueno para los que hacen mal; ahora bien, tú haces mal en decir que la horca es fábrica más fuerte que una iglesia, con que la horca podría ser buena para ti... Volvamos a la pregunta.
SEPULTURERO 2.º.- ¿Cuál es el que hace habitaciones más durables que las que hacen los albañiles, los carpinteros de casas y de navíos?
SEPULTURERO 1.º.- Sí, dímelo y sales del apuro.
SEPULTURERO 2.º.- Ya se ve que te lo diré.
SEPULTURERO 1.º.- Pues vamos.
SEPULTURERO 2.º.- Pues no puedo decirlo.
SEPULTURERO 1.º.- Vaya, no te rompas la cabeza sobre ello... Tú eres un burro lerdo, que no saldrá de su paso por más que le apaleen. Cuando te hagan esta pregunta, has de responder: el Sepulturero. ¿No ves que las casas que él hace, duran hasta el día del juicio? Anda, ve ahí a casa de Juanillo y tráeme una copa de aguardiente.
Escena II
HAMLET, HORACIO, SEPULTURERO 1.º
SEPULTURERO 1. º.- Yo amé en mis primeros años (195), dulce cosa lo juzgué; pero casarme, eso no, que no me estuviera bien.
HAMLET.- Qué poco (196) siente ese hombre lo que hace, que abre una sepultura y canta.
HORACIO.- La costumbre le ha hecho ya familiar esa ocupación.
HAMLET.- Así es la verdad. La mano que menos trabaja, tiene más delicado el tacto. SEPULTURERO 1.º.- La edad callada en la huesa (197) me hundió con mano cruel, y toda se destruyó la existencia que gocé.
HAMLET.- Aquella calavera tendría lengua en otro tiempo, y con ella podría también cantar... ¡Cómo la tira al suelo el pícaro! Como si fuese la quijada con que hizo Caín el primer homicidio. Y la que está maltratando ahora ese bruto, podría ser muy bien la cabeza de algún estadista, que acaso pretendió engañar al Cielo mismo. ¿No te parece?
HORACIO.- Bien puede ser.
HAMLET.- O la de algún cortesano, que diría: felicísimos días, Señor Excelentísimo, ¿cómo va de salud, mi venerado Señor? Ésta puede ser la del caballero Fulano, que hacía grandes elogios del potro del caballero Zutano, para pedírsele prestado después. ¿No puede ser así?
HORACIO.- Sí, señor.
HAMLET.- ¡Oh! Sí por cierto, y ahora está en poder del señor gusano, estropeada y hecha pedazos con el azadón de un sepulturero... Grandes revoluciones se hacen aquí, si hubiera en nosotros, medios para observarlas... Pero, ¿costó acaso tan poco la formación de estos huesos a la naturaleza, que hayan de servir para que esa gente (198) se divierta en sus garitos con ellos?... ¡Eh! Los míos se estremecen al considerarlo. SEPULTURERO 1.º.- Una piqueta (199) con una azada, un lienzo donde revuelto vaya, y un hoyo en tierra que le preparan: para tal huésped eso le basta.
HAMLET.- Y esa otra, ¿por qué no podría ser la calavera de un letrado? ¿Adónde se fueron sus equívocos y sutilezas, sus litigios, sus interpretaciones, sus embrollos? ¿Por qué sufre ahora que ese bribón, grosero, le golpee contra la pared, con el azadón lleno de barro?... ¡Y no dirá palabra acerca de un hecho tan criminal! Éste sería, quizás, mientras vivió, un gran comprador de tierras, con sus obligaciones y reconocimientos, transacciones, seguridades mutuas, pagos, recibos... Ve aquí el arriendo de sus arriendos, y el cobro de sus cobranzas; todo ha venido a parar en una calavera llena de lodo. Los títulos de los bienes que poseyó cabrían difícilmente en su ataúd. Y, no obstante eso, todas las fianzas y seguridades recíprocas de sus adquisiciones no le han podido asegurar otra posesión que la de un espacio pequeño, capaz de cubrirse con un par de sus escrituras... ¡Oh! ¡Y a su opulento sucesor tampoco le quedará más!
HORACIO.- Verdad es, señor.
HAMLET.- ¿No se hace el pergamino de piel de carnero?
HORACIO.- Sí señor, y de piel de ternera también.
HAMLET.- Pues, dígote, que son más irracionales que las terneras y carneros, los que fundan su felicidad en la posesión de tales pergaminos. Voy a tramar conversación con este hombre. ¿De quién es esa sepultura, buena pieza? (200)
SEPULTURERO 1.º.- Mía, señor (201). y un hoyo en tierra (202)
que le preparan: para tal huésped eso le basta.
HAMLET.- Sí, yo creo que es tuya porque estás ahora dentro de ella... Pero la sepultura es para los muertos, no para los vivos: con que has mentido.
SEPULTURERO 1.º.- Ve ahí un mentís demasiado vivo; pero yo os le volveré.
HAMLET.- ¿Para qué muerto cavas esa sepultura?
SEPULTURERO 1.º.- No es hombre, señor.
HAMLET.- Pues bien, ¿para qué mujer?
SEPULTURERO 1.º.- Tampoco es eso.
HAMLET.- Pues ¿qué es lo que ha de enterrarse ahí?
SEPULTURERO 1.º.- Un cadáver que fue mujer; pero ya murió... Dios la perdone.
HAMLET.- ¡Qué taimado es! Hablémosle clara y sencillamente, porque si no, es capaz de confundirnos a equívocos. De tres años a esta parte he observado cuanto se va sutilizando la edad en que vivimos... Por vida mía, Horacio, que ya el villano sigue tan de cerca al caballero, que muy pronto le desollará el talón. ¿Cuánto tiempo ha que eres sepulturero?
SEPULTURERO 1.º.- Toda mi vida, se puede decir. Yo comencé el oficio, el día que nuestro último Rey Hamlet venció a Fortimbrás.
HAMLET.- ¿Y cuánto tiempo habrá?
SEPULTURERO 1.º.- ¡Toma! ¿No lo sabéis? Pues hasta los chiquillos os lo dirán. Eso sucedió el mismo día en que nació el joven Hamlet, el que está loco y se ha ido a Inglaterra.
HAMLET.- ¡Oiga! ¿Y por qué se ha ido a Inglaterra?
SEPULTURERO 1.º.- Porque..., porque está loco, y allí cobrará su juicio; y si no le cobra a bien que poco importa.
HAMLET.- ¿Por qué?
SEPULTURERO 1.º.- Porque allí todos son tan locos como él, y no será reparado.
HAMLET.- ¿Y cómo ha sido volverse loco?
SEPULTURERO 1.º.- De un modo muy extraño, según dicen.
HAMLET.- ¿De qué modo?
SEPULTURERO 1.º.- Habiendo perdido el entendimiento.
HAMLET.- Pero, ¿qué motivo dio lugar a eso? (203)
SEPULTURERO 1.º.- ¿Qué lugar? Aquí en Dinamarca, donde soy enterrador, y lo he sido de chico y de grande, por espacio de treinta años.
HAMLET.- ¿Cuánto tiempo podrá estar enterrado un hombre sin corromperse?
SEPULTURERO 1.º.- De suerte que si él no corrompía ya en vida (como nos sucede todos los días con muchos cuerpos galicados, que no hay por donde asirlos), podrá durar cosa de ocho o nueve años. Un curtidor durará nueve años, seguramente.
HAMLET.- ¿Pues qué tiene él más que otro cualquiera?
SEPULTURERO 1.º.- Lo que tiene es un pellejo tan curtido ya, por mor de su ejercicio, que puede resistir mucho tiempo al agua; y el agua, señor mío, es la cosa que más pronto destruye a cualquier hideputa de muerto. Ve aquí una calavera que ha estado debajo de tierra veintitrés años.
HAMLET.- ¿De quién es?
SEPULTURERO 1.º.- Mayor hideputa, ¡loco! ¿De quién os parece que será?
HAMLET.- ¿Yo cómo he de saberlo?
SEPULTURERO 1.º.- ¡Mala peste en él y en sus travesuras!... Una vez me echó un frasco de vino del Rhin por los cabezones... Pues, señor, esta calavera es la calavera de Yorick, el bufón del Rey (204).
HAMLET.- ¿Ésta?
SEPULTURERO 1.º.- La misma.
HAMLET.- ¡Ay! ¡Pobre Yorick! Yo le conocí, Horacio..., era un hombre sumamente gracioso de la más fecunda imaginación. Me acuerdo que siendo yo niño me llevó mil veces sobre sus hombros... y ahora su vista me llena de horror; y oprimido el pecho palpita... Aquí estuvieron aquellos labios donde yo di besos sin número. ¿Qué se hicieron tus burlas, tus brincos, tus cantares y aquellos chistes repentinos que de ordinario animaban la mesa con alegre estrépito? Ahora, falto ya enteramente de músculos, ni aún puedes reírte de tu propia deformidad... Ve al tocador de alguna de nuestras damas y dila, para excitar su risa, que porque se ponga una pulgada de afeite en el rostro; al fin habrá de experimentar esta misma transformación... (205) Dime una cosa, Horacio.
HORACIO.- ¿Cuál es, señor?
HAMLET.- ¿Crees tú que Alejandro, metido debajo de tierra, tendría esa forma horrible?
HORACIO.- Cierto que sí.
HAMLET.- Y exhalaría ese mismo hedor... ¡Uh!
HORACIO.- Sin diferencia alguna (206).
HAMLET.- En qué abatimiento hemos de parar, ¡Horacio! Y ¿por qué no podría la imaginación seguir las ilustres cenizas de Alejandro, hasta encontrarla tapando la boca de algún barril?
HORACIO.- A fe que sería excesiva curiosidad ir a examinarlo.
HAMLET.- No, no por cierto. No hay sino irle siguiendo hasta conducirle allí, con probabilidad y sin violencia alguna. Como si dijéramos: Alejandro murió, Alejandro fue sepultado, Alejandro se redujo a polvo, el polvo es tierra, de la tierra hacemos barro... ¿y por qué con este barro en que él está ya convertido, no habrán podido tapar un barril de cerveza? El emperador César, muerto y hecho tierra, puede tapar un agujero para estorbar que pase el aire... ¡Oh!... Y aquella tierra, que tuvo atemorizado el orbe, servirá tal vez de reparar las hendiduras de un tabique, contra las intemperies del invierno... Pero, callemos... hagámonos a un lado, que... sí... Aquí viene el Rey, la Reina, los Grandes... ¿A quién acompañan? ¡Qué ceremonial tan incompleto es éste! Todo ello me anuncia que el difunto que conducen, dio fin a su vida con desesperada mano... Sin duda era persona de calidad... Ocultémonos un poco, y observa.
Escena III
CLAUDIO, GERTRUDIS, HAMLET, LAERTES, HORACIO, UN CURA, DOS SEPULTUREROS. Acompañamiento de Damas, Caballeros y Criados. (207)
LAERTES.- ¿Qué otra ceremonia falta? (208)
HAMLET.- Mira, aquel es Laertes, joven muy ilustre.
LAERTES.- ¿Qué ceremonia falta?
EL CURA.- Ya se han celebrado sus exequias con toda la decencia posible. Su muerte da lugar a muchas dudas, y a no haberse interpuesto la suprema autoridad que modifica las leyes, hubiera sido colocada en lugar profano, allí estuviera hasta que sonase la trompeta final, y en vez de oraciones piadosas, hubieran caído sobre su cadáver guijarros, piedras y cascote. No obstante esto, se la han concedido las vestiduras y adornos virginales, el clamor de las campanas y la sepultura.
LAERTES.- ¿Con que no se debe hacer más?
EL CURA.- No más. Profanaríamos los honores sagrados de los difuntos cantando un réquiem para implorar el descanso de su alma, como se hace por aquellos que parten de esta vida con más cristiana disposición.
LAERTES.- Dadla tierra, pues (209). Sus hermosos e intactos miembros acaso producirán violetas suaves. Y a ti, clérigo zafio, te anuncio que mi hermana será un ángel del Señor, mientras tú estarás bramando en los abismos.
HAMLET.- ¡Qué! ¡La hermosa Ofelia!
GERTRUDIS.- Dulces dones a mi dulce amiga (210). A Dios... Yo deseaba que hubieras sido esposa de mi Hamlet, graciosa doncella, y esperé cubrir de flores tu lecho nupcial..., pero no tu sepulcro.
LAERTES.- ¡Oh! ¡Una y mil veces sea maldito, aquel cuya acción inhumana te privó a ti del más sublime entendimiento!... No... esperad un instante, no echéis la tierra todavía... No..., hasta que otra vez la estreche en mis brazos... (211) Echadla ahora sobre la muerta y el vivo, hasta que de este llano hagáis un monte que descuelle sobre el antiguo Pelión o sobre la azul extremidad del Olimpo que toca los cielos.
HAMLET.- ¿Quién es el que da a sus penas idioma tan enfático? (212) ¿El que así invoca en su aflicción a las estrellas errantes, haciéndolas detenerse admiradas a oírle?... Yo soy Hamlet, Príncipe de Dinamarca.
LAERTES.- El demonio lleve tu alma.
HAMLET.- No es justo lo que pides... Quita esos (213) dedos de mi cuello, porque aunque no soy precipitado ni colérico; algún riesgo hay en ofenderme, y si eres prudente, debes evitarle. Quita de ahí esa mano.
CLAUDIO.- Separadlos.
GERTRUDIS.- ¡Hamlet! ¡Hamlet!
TODOS.- ¡Señores!
HORACIO.- Moderaos, señor.
HAMLET.- No, por causa tan justa lidiaré con él, hasta que cierre mis párpados la muerte.
GERTRUDIS.- Qué causa puede haber, hijo mío...
HAMLET.- Yo he querido a Ofelia y cuatro mil hermanos juntos no podrán, con todo su amor, exceder al mío... ¿Qué quieres hacer por ella? Di.
CLAUDIO.- Laertes, mira que está loco.
GERTRUDIS.- Por Dios, Laertes, déjale.
HAMLET.- Dime lo que intentas hacer (214). ¿Quieres llorar, combatir, negarte al sustento, hacerte pedazos, beber todo el Esil (215), devorar un caimán? Yo lo haré también... ¿Vienes aquí a lamentar su muerte, a insultarme precipitándote en su sepulcro, a ser enterrado vivo con ella?... Pues bien, eso quiero yo, y si hablas de montes, descarguen sobre nosotros yugadas de tierra innumerables, hasta que estos campos tuesten su frente en la tórrida zona, y el alto Ossa parezca en su comparación un terrón pequeño... Si me hablas con soberbia, yo usaré un lenguaje tan altanero como el tuyo.
GERTRUDIS.- Todos son efectos de su frenesí, cuya violencia podrá agitarte por algún tiempo; pero después, semejante a la mansa paloma cuando siente animada las mellizas crías, le veréis sin movimiento y mudo.
HAMLET.- Óyeme: ¿cuál es la razón de obrar así conmigo? Siempre te he querido bien... Pero nada importa. Aunque el mismo Hércules, con todo su poder, quiera estorbarlo, el gato maullará y el perro quedará vencedor (216).
CLAUDIO.- Horacio, ve, no le abandones... Laertes, nuestra plática de la noche anterior fortificará tu paciencia, mientras dispongo lo que importa en la ocasión presente... Amada Gertrudis, será bien que alguno se encargue de la guarda de tu hijo. Esta sepultura se adornará con un monumento durable. Espero que gozaremos brevemente horas más tranquilas; pero, entretanto, conviene sufrir.
Escena IV
HAMLET, HORACIO
Salón del Palacio. (217)
HAMLET.- Baste ya lo dicho sobre esta materia. Ahora quisiera informarte de lo demás; pero, ¿te acuerdas bien de todas las circunstancias?
HORACIO.- ¿No he de acordarme, señor?
HAMLET.- Pues sabrás (218) amigo, que agitado continuamente mi corazón en una especie de combate, no me permitía conciliar el sueño, y en tal situación me juzgaba más infeliz que el delincuente cargado de prisiones. Una temeridad... Bien que debo dar gracias a esta temeridad, pues por ella existo. Sí, confesemos que tal vez nuestra indiscreción suele sernos útil; al paso que los planes concertados con la mayor sagacidad, se malogran, prueba certísima de que la mano de Dios conduce a su fin todas nuestras acciones por más que el hombre las ordene sin inteligencia.
HORACIO.- Así es la verdad.
HAMLET.- Salgo, pues, de mi camarote, mal rebujado con un vestido de marinero, y a tientas, favorecido de la oscuridad, llego hasta donde ellos estaban. Logro mi deseo, me apodero de sus papeles, y me vuelvo a mi cuarto. Allí, olvidando mis recelos toda consideración, tuve la osadía de abrir sus despachos, y en ellos encuentro, amigo, una alevosía del Rey. Una orden precisa, apoyada en varias razones, de ser importante a la tranquilidad de Dinamarca, y aún a la de Inglaterra y ¡oh! mil temores y anuncios de mal, si me dejan vivo... En fin, decía: que luego que fuese leída, sin dilación, ni aun para afinar a la segur el filo, me cortasen la cabeza.
HORACIO.- ¡Es posible!
HAMLET.- Mira la orden aquí (219), podrás leerla en mejor ocasión; pero ¿quieres saber lo que yo hice?
HORACIO.- Sí, yo os lo ruego.
HAMLET.- Ya ves como rodeado así de traiciones, ya ellos habían empezado el drama, aun antes de que yo hubiese comprendido el prólogo. No obstante, siéntome al bufete, imagino una orden distinta, y la escribo inmediatamente de buena letra... Yo creí algún tiempo (como todos los grandes señores) que el escribir bien fuese un desdoro; y aun no dejé de hacer muchos esfuerzos para olvidar esta habilidad; pero ahora conozco, Horacio, cuán útil me ha sido tenerla. ¿Quieres saber lo que el escrito contenía?
HORACIO.- Sí señor.
HAMLET.- Una súplica del Rey dirigida con grandes instancias al de Inglaterra, como a su obediente feudatario, diciéndole que su recíproca amistad florecería como la palma robusta; que la paz, coronada de espigas, mantendría la quietud de ambos imperios, uniéndolos en amor durable, con otras expresiones no menos afectuosas. Pidiéndole, por último, que vista que fuese aquella carta, sin otro examen, hiciese perecer con pronta muerte a los dos mensajeros; no dándoles tiempo ni aun para confesar su delito.
HORACIO.- ¿Y cómo la pudisteis sellar?
HAMLET.- Aún eso también parece que lo dispuso el Cielo, porque felizmente trata conmigo el sello de mi padre, por el cual se hizo el que hoy usa el Rey. Cierro el pliego en la forma que el anterior, póngole la misma dirección, el mismo sello, le conduzco sin ser visto al mismo paraje y nadie nota el cambio... Al día siguiente ocurrió el combate naval, lo que después sucedió, ya lo sabes.
HORACIO.- De ese modo, Guillermo y Ricardo caminan derechos a la muerte.
HAMLET.- Ya ves que ellos han solicitado este encargo, mi conciencia no me acusa acerca de su castigo... Ellos mismos se han procurado su ruina... Es muy peligroso al inferior meterse entre las puntas de las espadas, cuando dos enemigos poderosos lidian.
HORACIO.- ¡Oh! ¡Qué Rey éste!
HAMLET.- ¿Juzgas tú, que no estoy en obligación de proseguir lo que falta? Él, que asesinó a mi padre y mi Rey, que ha deshonrado a mi madre, que se ha introducido furtivamente entre el solio, y mis derechos justos, que ha conspirado contra mi vida, valiéndose de medios tan aleves... ¿No será justicia rectísima castigarle con esta mano? No será culpa en mí tolerar que ese monstruo exista, para cometer como hasta aquí, maldades atroces?
HORACIO.- Presto le avisarán de Inglaterra cual ha sido el éxito de su solicitud.
HAMLET.- Sí, presto lo sabrá; pero entretanto el tiempo es mío y para quitar a un hombre la vida, un instante basta... Sólo me disgusta, amigo Horacio, el lance ocurrido con Laertes, en que olvidado de mí propio, no vi en mi sentimiento la imagen y semejanza del suyo. Procuraré su amistad, sí... Pero, ciertamente, aquel tono amenazador que daba a sus quejas irritó en exceso mi cólera.
HORACIO.- Callad... ¿Quién viene aquí?
Escena V
HAMLET, HORACIO, ENRIQUE
ENRIQUE.- En hora (220) feliz haya regresado vuestra Alteza a Dinamarca.
HAMLET.- Muchas gracias, caballero... ¿Conoces a este moscón?
HORACIO.- No señor.
HAMLET.- Nada se te dé, que el conocerle es por cierto poco agradable. Este es señor de muchas tierras y muy fértiles, y por más que él sea un bestia que manda en otros tan bestias como él; ya se sabe, tiene su pesebre fijo en la mesa del Rey... Es la corneja más charlera que en mi vida he visto; pero como te he dicho ya, posee una gran porción de polvo.
ENRIQUE.- Amable Príncipe, si vuestra grandeza no tiene ocupación que se lo estorbe, yo le comunicaría una cosa de parte del Rey.
HAMLET.- Estoy dispuesto a oírla con la mayor atención... Pero, emplead el sombrero en el uso a que fue destinado. El sombrero se hizo para la cabeza.
Enrique.- Muchas gracias, señor... ¡Eh! El tiempo está caluroso.
HAMLET.- No, al contrario, muy frío. El viento es norte.
ENRIQUE.- Cierto que hace bastante frío.
HAMLET.- Antes yo creo... a lo menos para mi complexión, hace un calor que abrasa.
ENRIQUE.- ¡Oh! En extremo... Sumamente fuerte, como... Yo no sé como diga... Pues, señor, el Rey me manda que os informe de que ha hecho una grande apuesta en vuestro favor. Este es el asunto.
HAMLET.- Tened presente que el sombrero se...
ENRIQUE.- ¡Oh! Señor... Lo hago por comodidad... Cierto... Pues ello es, que Laertes acaba de llegar a la Corte... ¡Oh! Es un perfecto caballero, no cabe duda. Excelentes cualidades, un trato muy dulce, muy bien quisto de todos... Cierto, hablando sin pasión, es menester confesar que es la nata y flor de la nobleza, porque en él se hallan cuantas prendas pueden verse en un caballero.
HAMLET.- La pintura que de él hacéis no desmerece nada en vuestra boca; aunque yo creí que, al hacer el inventario de sus virtudes, se confundirían la aritmética y la memoria y ambas serían insuficientes para suma tan larga. Pero, sin exagerar su elogio, yo le tengo por un hombre de grande espíritu, y de tan particular y extraordinaria naturaleza, que (hablando con toda la exactitud posible) no se hallará su semejanza sino en su mismo espejo; pues el que presuma buscarla en otra parte, sólo encontrará bosquejos informes.
ENRIQUE.- Vuestra Alteza acaba de hacer justicia imparcial en cuanto ha dicho de él.
HAMLET.- Sí, pero sépase a qué propósito nos enronquecemos ahora, entremetiendo en nuestra conversación las alabanzas de ese galán.
ENRIQUE.- ¿Cómo decís, señor?
HORACIO.- ¿No fuera mejor que le hablarais con más claridad? Yo creo, señor, que no os sería difícil.
HAMLET.- Digo, que ¿a qué viene ahora hablar de ese caballero?
ENRIQUE.- ¿De Laertes?
HORACIO.- ¡Eh! Ya vació cuanto tenía, y se le acabó la provisión de frases brillantes.
HAMLET.- Sí señor, de ese mismo.
ENRIQUE.- Yo creo que no estaréis ignorante de...
HAMLET.- Quisiera que no me tuvierais por ignorante; bien que vuestra opinión no me añada un gran concepto... Y bien, ¿qué más?
ENRIQUE.- Decía que no podéis ignorar el mérito de Laertes.
HAMLET.- Yo no me atreveré a confesarlo, por no igualarme con él; siendo averiguado que para conocer bien a otro, es menester conocerse bien a sí mismo.
ENRIQUE.- Yo lo decía por su destreza en el arma, puesto que según la voz general, no se le conoce compañero.
HAMLET.- ¿Y qué arma es la suya?
ENRIQUE.- Espada y daga.
HAMLET.- Esas son dos armas... Vaya adelante.
ENRIQUE.- Pues señor, el Rey ha apostado contra él seis caballos bárbaros, y él ha impuesto por su parte, (según he sabido) seis espadas francesas con sus dagas y guarniciones correspondientes, como cinturón, colgantes, y así a este tenor... Tres de estas cureñas particularmente son la cosa más bien hecha que puede darse. ¡Cureñas como ellas!.. ¡Oh! Es obra de mucho gusto y primor.
HAMLET.- Y ¿a qué cosa llamáis cureñas?
HORACIO.- Ya recelaba yo y que sin el socorro de motas marginales no pudierais acabar el diálogo.
ENRIQUE.- Señor, por cureñas entiendo yo, así, los... Los cinturones.
HAMLET.- La expresión sería mucho más propia, si pudiéramos llevar al lado un cañón de artillería; pero en tanto que este uso no se introduce, los llamaremos cinturones... En fin y vamos al asunto. Seis caballos bárbaros, contra seis espadas francesas, con sus cinturones, y entre ellos tres cureñas primorosas. ¿Con que esto es lo que apuesta el francés contra el danés? ¿Y a qué fin se han impuesto (como vos decís) todas esas cosas?
ENRIQUE.- El Rey ha apostado que si batalláis con Laertes, en doce jugadas no pasarán de tres botonazos los que él os dé, y él dice, que en las mismas doce, os dará nueve cuando menos, y desea que esto se juzgue inmediatamente: si os dignáis de responder.
HAMLET.- ¿Y si respondo que no?
ENRIQUE.- Quiero decir, si admitís el partido que os propone.
HAMLET.- Pues, señor, yo tengo que pasearme todavía en esta sala, porque si su Majestad no lo ha por enojo, esta es la hora crítica en que yo acostumbro respirar el ambiente. Tráiganse aquí los floretes, y si ese caballero lo quiere así, y el Rey se mantiene en lo dicho, le haré ganar la apuesta, si puedo; y si no puedo, lo que yo ganaré será vergüenza y golpes.
ENRIQUE.- ¿Con qué lo diré en esos términos?
HAMLET.- Esta es la substancia; después lo podéis adornar con todas las flores de vuestro ingenio.
ENRIQUE.- Señor, recomiendo nuevamente mis respetos a vuestra grandeza.
HAMLET.- Siempre vuestro, siempre.
Escena VI
HAMLET, HORACIO
HAMLET.- Él hace muy bien de recomendarse a sí mismo, porque si no, dudo mucho que nadie lo hiciese por él.
HORACIO.- Este me parece un vencejo, que empezó a volar y chillar, con el cascarón pegado a las plumas.
HAMLET.- Sí, y aun antes de mamar hacía ya cumplimientos a la teta. Este es uno de los muchos que en nuestra corrompida edad son estimados, únicamente porque saben acomodarse al gusto del día, con esa exterioridad halagüeña y obsequiosa. Y con ella tal vez suelen sorprender el aprecio de los hombres prudentes; pero se parecen demasiado a la espuma; que por más que hierva y abulte, al dar un soplo, se reconoce lo que es: todas las ampollas huecas se deshacen, y no queda nada en el vaso.
Escena VII
HAMLET, HORACIO, UN CABALLERO
CABALLERO.- Señor, parece que su Majestad os envió un recado con el joven Enrique, y éste ha vuelto diciendo que esperabais en esta sala. El Rey me envía a saber si gustáis de batallar con Laertes inmediatamente, o si queréis que se dilate.
HAMLET.- Yo soy constante en mi resolución y la sujeto a la voluntad del Rey. Si esta hora fuese cómoda para él, también lo es para mí, conque hágase al instante o cuando guste; con tal que me halle en la buena disposición que ahora.
CABALLERO.- El Rey y la Reina bajan ya, con toda la Corte.
HAMLET.- Muy bien.
CABALLERO.- La Reina quisiera que antes de comenzar la batalla, hablarais a Laertes con dulzura y expresiones de amistad.
HAMLET.- Es advertencia muy prudente.
Escena VIII
HAMLET, HORACIO
HORACIO.- Temo que habéis de perder, señor.
HAMLET.- No, yo pienso que no. Desde que él partió para Francia, no he cesado de ejercitarme, y creo que le llevaré ventaja... Pero... No podrás imaginarte que angustia siento, aquí en el corazón. Y ¿sobre qué?.. No hay motivo.
HORACIO.- Con todo eso, señor...
HAMLET.- ¡Ilusiones vanas! Especie de presentimientos, capaces sólo de turbar un alma femenil.
HORACIO.- Si sentís interiormente alguna repugnancia, no hay para que empeñaros. Yo me adelantaré a encontrarlos, y les diré que estáis indispuesto.
HAMLET.- No, no... Me burlo yo de tales presagios. Hasta en la muerte de un pajarillo interviene una providencia irresistible. Si mi hora es llegada, no hay que esperarla, si no ha de venir ya, señal que es ahora, y si ahora no fuese, habrá de ser después: todo consiste en hallarse prevenido para cuando venga. Si el hombre, al terminar su vida, ignora siempre lo que podría ocurrir después, ¿qué importa que la pierda tarde o presto? Sepa morir (221).
Escena IX
HAMLET, HORACIO, CLAUDIO, GERTRUDIS, LAERTES, ENRIQUE, Caballeros, Damas y acompañamiento.
CLAUDIO.- Ven, Hamlet, ven, y recibe esta mano que te presento (222).
HAMLET.- Laertes, si estáis (223) ofendido de mí, os pido perdón. Perdonadme como caballero. Cuantos se hallan presentes saben, y aun vos mismo lo habréis oído, el desorden que mi razón padece. Cuanto haya hecho insultando la ternura de vuestro corazón, vuestra nobleza, o vuestro honor, cualquiera acción en fin, capaz de irritaros; declaro solemnemente en este lugar que ha sido efecto de mi locura. ¿Puede Hamlet haber ofendido a Laertes? No, Hamlet no ha sido, porque estaba fuera de sí, y si en tal ocasión (en que él a sí propio se desconocía) ofendió a Laertes, no fue Hamlet el agresor, porque Hamlet lo desaprueba y lo desmiente. ¿Pues quién pudo ser? Su demencia sola... Siendo esto así, el desdichado Hamlet es partidario del ofendido, al paso que en su propia locura reconoce su mayor contrario. Permitid, pues, que delante de esta asamblea me justifique de toda siniestra intención y espere de vuestro ánimo generoso el olvido de mis desaciertos. Disparaba el arpón sobre los muros de ese edificio, y por error herí a mi hermano.
LAERTES.- Mi corazón, cuyos impulsos naturales eran los primeros a pedirme en este caso venganza, queda satisfecho. Mi honra no me permite pasar adelante ni admitir reconciliación alguna; hasta que examinado el hecho por ancianos y virtuosos árbitros, se declare que mi pundonor está sin mancilla. Mientras llega este caso, admito con afecto recíproco el que me anunciáis, y os prometo de no ofenderle.
HAMLET.- Yo recibo con sincera gratitud ese ofrecimiento, y en cuanto a la batalla que va a comenzarse, lidiaré con vos como si mi competidor fuese mi hermano... Vamos. Dadnos floretes.
LAERTES.- Sí, vamos.. Uno a mí.
HAMLET.- La victoria no os será difícil, vuestra habilidad lucirá sobre mi ignorancia, como una estrella resplandeciente entre las tinieblas de la noche.
LAERTES.- No os burléis, señor.
HAMLET.- No, no me burlo.
CLAUDIO.- Dales floretes, joven Enrique. Hamlet, ya sabes cuales son las condiciones.
HAMLET.- Sí, señor, y en verdad que habéis apostado por el más débil. (224)
CLAUDIO.- No temo perder. Yo os he visto ya esgrimir a entrambos y aunque él haya adelantado después; por eso mismo, el premio es mayor a favor nuestro.
LAERTES.- Este es muy pesado. Dejadme ver otro. (225)
HAMLET.- Este me parece bueno... ¿Son todos iguales?
ENRIQUE.- Sí señor.
CLAUDIO.- Cubrid esta mesa de copas, llenas de vino. Si Hamlet da la primera o segunda estocada, o en la tercera suerte da un quite al contrario, disparen toda la artillería de las almenas. El Rey beberá a la salud de Hamlet echando en la copa una perla más preciosa que la que han usado en su corona los cuatro últimos soberanos daneses. Traed las copas, y el timbal diga a las trompetas, las trompetas al artillero distante, los cañones al cielo, y el cielo a la tierra; ahora brinda el Rey de Dinamarca a la salud de Hamlet... Comenzad, y vosotros que habéis de juzgarlos, observad atentos.
HAMLET.- Vamos (226).
LAERTES.- Vamos señor. (227)
HAMLET.- Una.
LAERTES.- No.
HAMLET.- Que juzguen.
ENRIQUE.- Una estocada, no hay duda.
LAERTES.- Bien; a otra.
CLAUDIO.- Esperad... Dadme de beber. (228) Hamlet, esta perla es para ti, y brindo con ella a tu salud. Dadle la copa.
HAMLET.- Esperad un poco. (229) Quiero dar este bote primero. Vamos. Otra estocada. ¿Qué decís?
LAERTES.- Sí, me ha tocado, lo confieso.
CLAUDIO.- ¡Oh! Nuestro hijo vencerá.
GERTRUDIS.- Está grueso, y se fatiga demasiado. Ven aquí, Hamlet, toma este lienzo, y límpiate el rostro. La Reina brinda a tu buena fortuna querido Hamlet. (230)
HAMLET.- Muchas gracias, señora.
CLAUDIO.- No, no bebáis.
GERTRUDIS.- ¡Oh! Señor, perdonadme. Yo he de beber.
CLAUDIO.- ¡La copa envenenada!.. Pero... No hay remedio.
HAMLET.- No, ahora no bebo, esperad un instante.
GERTRUDIS.- Ven, hijo mío, te limpiaré el sudor del rostro.
LAERTES.- Ahora veréis si le acierto. (231)
CLAUDIO.- Yo pienso que no.
LAERTES.- No sé qué repugnancia siento al ir a ejecutarlo.
HAMLET.- Vamos a la tercera, Laertes... Pero, bien se ve que lo tomáis a fiesta, batallad, os ruego, con más ahínco. Mucho temo que os burláis de mí.
LAERTES.- ¿Eso decís, señor? Vamos. (232)
ENRIQUE.- Nada, ni uno ni otro.
LAERTES.- Ahora... (233) Ésta...
CLAUDIO.- Parece que se acaloran demasiado. Separadlos.
HAMLET.- No, no, vamos otra vez.
ENRIQUE.- Ved qué tiene la Reina ¡Cielos!
HORACIO.- ¡Ambos heridos! ¿Qué es esto, señor?
ENRIQUE.- ¿Cómo ha sido, Laertes?
LAERTES.- Esto es haber caído en el lazo que preparé, justamente muero víctima de mi propia traición.
HAMLET.- ¿Qué tiene la Reina?
CLAUDIO.- Se ha desmayado al veros heridos.
GERTRUDIS.- No, no... ¡La bebida!... ¡Querido Hamlet! ¡La bebida! ¡Me han envenenado! (234)
HAMLET.- ¡Oh! ¡Qué alevosía!.. ¡Oh!.. Cerrad las puertas... Traición... Buscad por todas partes (235)...
LAERTES.- No, el traidor está aquí. (236) Hamlet, tú eres muerto... no hay medicina que pueda salvarte, vivirás media hora, apenas... En tu mano está el instrumento aleve, bañada con ponzoña su aguda punta. ¡Volviose en mi daño, la trama indigna! Vesme aquí postrado para no levantarme jamás. Tu madre ha bebido un tosigo... No puedo proseguir... El Rey, el Rey es el delincuente. (237)
HAMLET.- ¡Está envenenada esta punta! Pues, veneno, produce tus efectos.
TODOS.- Traición, traición.
CLAUDIO.- Amigos, estoy herido... Defendedme.
HAMLET.- ¡Malvado incestuoso, asesino! Bebe esta ponzoña ¿Está la perla aquí? Sí, toma (238), acompaña a mi madre.
LAERTES.- ¡Justo castigo!... Él mismo preparó la poción mortal... Olvidémonos de todo, generoso Hamlet y... ¡Oh! ¡No caiga sobre ti la muerte de mi padre y la mía, ni sobre mí la tuya!
HAMLET.- El Cielo te perdone... Ya voy a seguirte. Yo muero, Horacio... Adiós, Reina infeliz... (239) Vosotros que asistís pálidos y mudos con el temor a este suceso terrible... Si yo tuviera tiempo. (240) La muerte es un ministro inexorable que no dilata la ejecución... Yo pudiera deciros... pero, no es posible. Horacio, yo muero. Tú, que vivirás, refiere la verdad y los motivos de mi conducta, a quien los ignora.
HORACIO.- ¿Vivir? No lo creáis. Yo tengo alma Romana, y aún ha quedado aquí parte del tósigo. (241)
HAMLET.- Dame esa copa... presto... por Dios te lo pido. ¡Oh! ¡Querido Horacio! Si esto permanece oculto, ¡qué manchada reputación dejaré después de mi muerte! Si alguna vez me diste lugar en tu corazón, retarda un poco esa felicidad que apeteces; alarga por algún tiempo la fatigosa vida en este mundo llena de miserias, y divulga por él mi historia... ¿Qué estrépito militar es éste? (242)
Escena X
HAMLET, HORACIO, ENRIQUE, UN CABALLERO y acompañamiento.
CABALLERO.- El joven Fortimbrás que vuelve vencedor de Polonia, saluda con la salva marcial que oís a los Embajadores de Inglaterra.
HAMLET.- Yo expiro, Horacio, la activa ponzoña sofoca ya mi aliento... No puedo vivir para saber nuevas de Inglaterra; pero me atrevo (243) a anunciar que Fortimbrás será elegido por aquella nación. Yo, moribundo, le doy mi voto... Díselo tú, e infórmale de cuanto acaba de ocurrir... ¡Oh!... Para mí solo queda ya... silencio eterno. (244)
HORACIO.- En fin, ¡se rompe ese gran corazón! Adiós, adiós, amado Príncipe. (245) ¡Los coros angélicos te acompañen al celeste descanso!... Pero, ¿cómo se acerca hasta aquí el estruendo de tambores?
Escena XI
FORTIMBRÁS, DOS EMBAJADORES, HORACIO, ENRIQUE, SOLDADOS, acompañamiento.
FORTIMBRÁS.- ¿En dónde está ese espectáculo (246)?
HORACIO.- ¿Qué buscáis aquí? Si queréis ver desgracias espantosas, no paséis adelante.
FORTIMBRÁS.- ¡Oh! Este destrozo pide sangrienta venganza... ¡Soberbia muerte! ¿Qué festín dispones en tu morada infernal, que así has herido con un golpe solo tantas ilustres víctimas?
EMBAJADOR 1.º.- ¡Horroriza el verlo!... Tarde hemos llegado con los mensajes de Inglaterra. Los oídos a quienes debíamos dirigirlos, son ya insensibles. Sus órdenes fueron puntualmente ejecutadas: Ricardo y Guillermo perdieron la vida... Pero, ¿quién nos dará las gracias de nuestra obediencia?
HORACIO.- No las recibiríais de su boca, aunque viviese todavía, que él nunca dio orden para tales muertes. Pero, puesto que vos viniendo victorioso de la guerra contra Polonia y vosotros enviados de Inglaterra, os halláis juntos en este lugar y os veo deseosos de averiguar este suceso trágico: disponed que esos cadáveres se expongan sobre una tumba elevada a la vista pública, y entonces haré saber al mundo que lo ignora el motivo de estas desgracias. Me oiréis hablar (pues todo os lo sabré referir fielmente) de acciones crueles, bárbaras, atroces sentencias que dictó el acaso estragos imprevistos, muertes ejecutadas con violencia y aleve astucia y al fin, proyectos malogrados, que han hecho perecer a sus autores mismos.
FORTIMBRÁS.- Deseo con impaciencia oíros, y convendrá que se reúna con este objeto la nobleza de la nación. No puedo mirar sin horror los dones que me ofrece la fortuna; pero tengo derechos muy antiguos a esta corona, y en tal ocasión es justo reclamarlos.
HORACIO.- También puedo hablar en ese propósito, declarando el voto que pronunció aquella boca, que ya no formará sonido alguno... Pero, ahora que los ánimos están en peligroso movimiento, no se dilate la ejecución un instante solo: para evitar los males que pudieran causar la malignidad o el error.
FORTIMBRÁS.- Cuatro de mis capitanes lleven al túmulo el cuerpo de Hamlet con las insignias correspondientes a un guerrero. ¡Ah! Si él hubiese ocupado el trono, sin duda hubiera sido un excelente Monarca... Resuene la música militar por donde pase la pompa fúnebre, y hagánsele todos los honores de la guerra... Quitad, quitad de ahí esos cadáveres. Espectáculo tan sangriento, más es propio de un campo de batalla que de este sitio... Y vosotros, haced que salude con descargas todo el ejército.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Joe, el pavo empirista

Temer al amor es temer a la vida, y los que temen a la vida ya estánmedio muertos.
Bertrand Russell


Joe era el pavo más alegre del corral. Cada mañana, antes de que elprimer rayo de luz solar se abriera paso entre las rendijas de lamadera vieja y desconchada, usurpaba el trabajo de Ralph, el gallo y cantabafuerte y claro para que todos supieran la ilusión con la que recibía elnuevo día. Por su personalidad extrovertida, Joe caía bien a casi todos los demás animales de la granja, especialmente a la cerdita Lisa, que estaba perdidamente enamorada de él, a pesar de la diferencia de edad que había entre ambos, y que hacía pensar a los demás animales que su amor era una locura. Para Ralph, en cambio, Joe no era más que un vulgar usurpador, un intruso, un pobre infeliz que no pensaba en el futuro. A las pocas mañanas de despertarse con el canto de Joe, Ralph no pudo contenerse. Indignado, le preguntó porqué insistía en hacer su trabajo, si no sabía qué era lo que se esperaba de él en la granja. Joe, atónito por la actitud del gallo, reaccionó con tranquilidad, haciéndole saber que no consideraba lo que hacía ningún trabajo, puesto que no le suponíael menor esfuerzo. Simplemente, le explicó, quiero contagiar a todo elmundo de la alegría que me produce el nacimiento de un nuevo día, de la oportunidad que el Señor nos brinda de disfrutar de su creación una vezmás. Ralph no podía creer lo que oía.
- No sabes, pobre desdichado -le gritó-, que los humanos que nos echanla comida solo quieren engordarte para matarte y comerte?
- No creo que eso sea posible... Seguro que me tienen en gran estimapormi optimismo y mi actitud frente a la vida!Ralph el gallo y Joe, el pavo más alegre del corral, estuvierondiscutiendo horas.
Exteriormente, Joe no dejó que las crueles palabrasde su compañero le afectaran, pero para mayor seguridad, decidióempezaruna estadística y anotaba cada día que pasaba feliz en el corral.
Al cabo de una semana, enseñó su libreta a Ralph, el gallo. Mira, le dijo, ha pasado toda una semana, los humanos han entrado cada día y yo sigo aqui, cantando cada mañana con el primer rayo de luz, recibiendoeldía con alegría. Cada mañana sin falta, Joe dibujaba una rallita en sulibreta, lo más ordenadamente posible que sus patas (no prensiles) lepermitían.
Cada día que pasaba feliz en el corral, con cada anotación en sulibreta, Joe se sentía más seguro y confiado. Las burlas a su compañero,Ralph, el gallo más huraño del corral, se hicieron más y másfrecuentes.
Finalmente, cuando había más de cien anotaciones en su libreta, Joesintió que no era necesario continuar con aquello, puesto que estabaclaro que las amenazas y las lúgubres predicciones de Ralph eranpatrañas.
Así siguió Joe, el pavo más alegre del corral, cantando cada mañana,recibiendo alegre los primeros rayos de luz solar que se colaban en lagranja y le hacían abrir sus pequeños ojos llenos de vitalidad, duranteun tiempo indeterminado.
Una mañana (que Joe había recibido cantando alegre y despreocupado,como era su costumbre), los humanos entraron temprano en el corral. Se acercaron mucho a Joe, pero él no se preocupó (seguramente quierensaberqué me hace sentir tan alegre y despreocupado, pensó). Lo cogieron y selo llevaron a casa. Joe no se preocupó demasiado; seguramente quierenque viva con ellos para recibir el nuevo día todos juntos, pensó. Los humanos le acercaron un cuchillo de grandes dimensiones al cuello. En ese momento, Joe, el pavo más alegre del corral, perdió su serenidad.
Se resistió con todas sus fuerzas contra un destino terrible que noentendía, pero su resistencia fue en vano. Joe era un pavoestadounidense y ese día era Acción de Gracias.


he perdido el link xDDD

martes, 9 de septiembre de 2008

Tears in Heaven

En segundo, y no por ello menos importante, expondré mi actualización.
En uno de aquellos años oscuros de lo que doy en llamar mi infancia, cuando era niño (y no niña, como se especula últimamente), Mr. Fungis me habló de Tears in Heaven, que había sido compuesta por Eric Clapton en memoria del hijo de éste, Connor, que se cayó del quincuagésimo tercer piso de su apartamento mientras su padre, y ésto lo averiguaría más tarde, se metía heroína.
El tiempo, sin embargo, borró los nombres de mi memoria, y años más tarde me dediqué a intentar recordarlos.
Tras todos los intentos fallidos, desde creer que se trataba de Bohemian Rhapsody sin más motivos que la oscura neblina infantil que me cubre el cerebro, hasta David Bowie, abandoné la búsqueda.
Y, como suele pasar, no bien hube abandonado la idea de encontrar la canción cuando la canción me encontró a mí. Fue en una reunión con los migos de mi padre, cuando mi hermanito, que se había subido al sofá, estaba peligrosamente cerca de la ventana.
En ese momnto, a un amigo de mi padre, se le ocurrió decir que quizá debiéramos contratar a Eric Clapton de canuro.
Ese mismo amig también me dijo una vez: 'Tomás, debes saber un par de cosas en esta vida. La primera es que el alcohol es muy malo para la salud. La segunda es que es muy bueno para todo lo demás, y hay que elegir, y no es fácil.'
o su otra cita, menos célebre: 'El dinero no da la felicidad. Pero ser pobre tampoco, así que, puestos a elegir...'

en fain (parafraseando a Lady Handry), que aquí dejo la letra y el link de Youtube

Shallom!



sábado, 6 de septiembre de 2008

La Columna del Odio de Mariano José de Larra: Lo que no se puede decir, no se debe decir

Mariano José de Larra

Hay verdades de verdades, y a imitación del diplomático de Scribe, podríamos clasificarlas con mucha razón en dos: la verdad que no es verdad, y... Dejando a un lado las muchas de esa especie que en todos los ángulos del mundo pasan convencionalmente por lo que no son, vamos a la verdad verdadera, que es indudablemente la contenida en el epígrafe de este capítulo.
Una cosa aborrezco, pero de ganas, a saber: esos hombres naturalmente turbulentos que se alimentan de oposición, a quienes ningún Gobierno les gusta, ni aun el que tenemos en el día; hombres que no dan tiempo al tiempo, para quienes no hay ministro bueno, sobre todo desde que se ha convenido con ellos en que Calomarde era el peor de todos; esos hombres que quieren que las guerras no duren, que se acaben pronto las facciones, que haya libertad de imprenta, que todos sean milicianos urbanos... Vaya usted a saber lo que quieren esos hombres. ¿No es un horror?
Yo no. Dios me libre. El hombre ha de ser dócil y sumiso, y cuando está sobre todo en la clase de los súbditos, ¿qué quiere decir esa petulancia de juzgar a los que le gobiernan? ¿No es esto la débil y mezquina criatura pidiendo cuentas a su Criador?
La ley, señor, la ley. Clara está y terminante, impresa y todo: no es decir que se la dan a uno de tapadillo. Ése es mi norte. Cójame Zumalacárregui, si se me ve jamás separarme un ápice de la ley.
Quiero hacer un artículo, por ejemplo. No quiero que me lo prohíban, aunque no sea más que por no hacer dos en vez de uno. ¿Y qué hace usted?, me dirán esos perturbadores que tienen siempre la anarquía entre los dedos para soltársela encima al primer ministro que trasluzcan, ¿qué hace usted para que no se lo prohíban?
¡Qué he de hacer, hombres exigentes! Nada: lo que debe hacer un escritor independiente en tiempos como estos de independencia. Empiezo por poner al frente de mi artículo, para que me sirva de eterno recuerdo: «Lo que no se puede decir, no se debe decir». Sentada en el papel esta provechosa verdad, que es la verdadera, abro el reglamento de censura: no me pongo a criticarlo, ¡nada de eso!, no me compete. Sea reglamento o no sea reglamento, cierro los ojos, y venero la ley, y la bendigo, que es más. Y continúo: «Artículo 12. No permitirán los censores que se inserten en los periódicos:
»Primero: artículos en que viertan máximas o doctrinas que conspiren a destruir o alterar la religión, el respeto a los derechos y prerrogativas del trono, el Estatuto Real y demás leyes fundamentales de la Monarquía».
Esto dice la ley. Ahora bien: doy el caso que me ocurra una idea que conspira a destruir la religión. La callo, no la escribo, me la como. Éste es el modo.
No digo nada del respeto a los derechos y prerrogativas del trono, el Estatuto, etc., etc. ¿Si les parecerá a esos hombres de oposición que no me ocurre nada sobre esto? Pues se equivocan, ni cómo he de impedir yo que me ocurran los mayores disparates del mundo. Ya se ve que me ocurriría entrar en el examen de ese respeto, y que me ocurriría investigar los fundamentos de todas las cosas más fundamentales. Pero me llamo aparte, y digo para mí: ¿No está clara la ley? Pues punto en boca. Es verdad que me ocurrió; pero la ley no condena ocurrencia alguna. Ahora, en cuanto a escribirlo, ¿no fuera una necedad? No pasaría. Callo, pues; no lo pongo, y no me lo prohíben. He aquí el medio sencillo, sencillísimo. Los escritores, por otra parte, debemos dar el ejemplo de la sumisión. O es ley, o no es ley. ¡Mal haya los descontentadizos! ¡Mal haya esa funesta oposición! ¿No es buena manía la de oponerse a todo, la de querer escribirlo todo?
Que no pasan las «sátiras» e «invectivas» contra la autoridad; pues no se ponen tales sátiras ni invectivas. Que las prohíben, aunque se «disfracen» con «alusiones» o «alegorías». Pues no se disfrazan. Así como así, ¡no parece sino que es cosa fácil inventar las tales alusiones y alegorías!
Los «escritos injuriosos» están en el mismo caso, aun cuando vayan con «anagramas» o en otra cualquiera forma, «siempre que los censores se convenzan de que se alude a personas determinadas».
En buen hora; voy a escribir ya; pero llego a este párrafo y no escribo. Que no es injurioso, que no es libelo, que no pongo anagrama. No importa; puede convencerse el censor de que se alude, aunque no se aluda. ¿Cómo haré, pues, que el censor no se convenza? Gran trabajo: no escribo nada; mejor para mí; mejor para él; mejor para el Gobierno: que encuentre alusiones en lo que no escribo. He aquí, he aquí el sistema. He aquí la gran dificultad por tierra. Desengañémonos: nada más fácil que obedecer. Pues entonces, ¿en qué se fundan las quejas? ¡Miserables que somos!
Los «escritos licenciosos», por ejemplo. ¿Y qué son escritos licenciosos? ¿Y qué son costumbres? Discurro, y a mi primera resolución, nada escribo; más fácil es no escribir nada, que ir a averiguarlo.
Buenas ganas se me pasan de injuriar a algunos «soberanos y gobiernos extranjeros». Pero ¿no lo prohíbe la ley? Pues chitón.
Hecho mi examen de la ley, voy a ver mi artículo; con el reglamento de censura a la vista, con la intención que me asiste, no puedo haberlo infringido. Examino mi papel; no he escrito nada, no he hecho artículo, es verdad. Pero en cambio he cumplido con la ley. Este será eternamente mi sistema; buen ciudadano, respetaré el látigo que me gobierna, y concluiré siempre diciendo: «Lo que no se puede decir, no se debe decir».

Octubre de 1834

lunes, 1 de septiembre de 2008

Hamlet, IV

William Shakespeare

Escena I
CLAUDIO, GERTRUDIS, RICARDO, GUILLERMO
Salón de Palacio.
CLAUDIO.- Esos suspiros, esos profundos sollozos, alguna causa tienen, dime cuál es; conviene que la sepa yo... ¿En dónde está tu hijo?
GERTRUDIS.- Dejadnos solos un instante. ¡Ah! ¡Señor lo que he visto esta noche!
CLAUDIO.- ¿Qué ha sido, Gertrudis? ¿Qué hace Hamlet?
GERTRUDIS.- Furioso está, como el mar y el viento cuando disputan entre sí cuál es más fuerte. Turbado con la demencia que le agita, oyó algún ruido detrás del tapiz; saca la espada, grita: un ratón, un ratón, y en su ilusión frenética mató al buen anciano que se hallaba oculto.
CLAUDIO.- ¡Funesto accidente! Lo mismo hubiera hecho conmigo si hubiera estado allí. Ese desenfreno insolente amenaza a todos: a mí, a ti misma, a todos en fin. ¡Oh! ¿Y cómo disculparemos una acción tan sangrienta? Nos la imputarán sin duda a nosotros, porque nuestra autoridad debería haber reprimido a ese joven loco, poniéndole en paraje donde a nadie pudiera ofender. Pero el excesivo amor que le tenemos nos ha impedido hacer lo que más convenía; bien así como el que padece una enfermedad vergonzosa, que por no declararla, consiente primero que le devore la substancia vital. ¿Y a dónde ha ido?
GERTRUDIS.- A retirar de allí el difunto cuerpo, y en medio de su locura, llora el error que ha cometido. Así el oro manifiesta su pureza; aunque mezclado, tal vez, con metales viles.
CLAUDIO.- Vamos, Gertrudis, y apenas toque el sol la cima de los montes haré que se embarque y se vaya, entretanto será necesario emplear toda nuestra autoridad y nuestra prudencia, para ocultar o disculpar, un hecho tan indigno.
Escena II
CLAUDIO, GERTRUDIS, RICARDO, GUILLERMO
CLAUDIO.- ¡Oh! ¡Guillermo, amigos! Id entrambos con alguna gente que os ayude. Hamlet, ciego de frenesí, ha muerto a Polonio y le ha sacado arrastrando del cuarto de su madre. Id a buscarle, habladle con dulzura y haced llevar el cadáver a la capilla. No os detengáis. Vamos, que pienso llamar a nuestros más prudentes amigos, para darles cuenta de esta imprevista desgracia y de lo que resuelvo hacer. Acaso por este medio la calumnia (cuyo rumor ocupa la extensión del orbe y dirige sus emponzoñados tiros con la certeza que el cañón a su blanco) errando esta vez el golpe, dejará nuestro nombre ileso y herirá sólo al viento insensible. ¡Oh! Vamos de aquí... mi alma está llena de agitación y de terror.
Escena III
HAMLET, RICARDO, GUILLERMO
Cuarto de HAMLET.
HAMLET.- Colocado ya en lugar seguro. Pero...
RICARDO.- Hamlet, señor.
HAMLET.- ¿Qué ruido es este? ¿Quién llama a Hamlet? ¡Oh! Ya están aquí.
RICARDO.- Señor, ¿qué habéis hecho del cadáver?
HAMLET.- Ya está entre el polvo, del cual es pariente cercano.
RICARDO.- Decidnos en donde está, para que le hagamos llevar a la capilla.
HAMLET.- ¡Ah! No creáis, no.
RICARDO.- ¿Qué es lo que no debemos creer?
HAMLET.- Que yo pueda guardar vuestro secreto, y os revele el mío... Y, además, ¿qué ha de responder el hijo de un Rey a las instancias de un entremetido palaciego?
RICARDO.- ¿Entremetido me llamáis?
HAMLET.- Sí, señor, entremetido: que como una esponja chupa del favor del Rey las riquezas y la autoridad. Pero estas gentes, a lo último de su carrera, es cuando sirven mejor al Príncipe, porque este, semejante al mono, se los mete en un rincón de la boca; allí los conserva, y el primero que entró, es el último que se traga. Cuando el Rey necesite lo que tú (que eres su esponja) le hayas chupado, te coge, te exprime, y quedas enjuto otra vez.
RICARDO.- No comprendo lo que decís.
HAMLET.- Me place en extremo. Las razones agudas son ronquidos para los oídos tontos.
RICARDO.- Señor, lo que importa es que nos digáis en donde está el cuerpo, y os vengáis con nosotros a ver al Rey.
HAMLET.- El cuerpo está con el Rey; pero el Rey no está con el cuerpo. El Rey viene a ser una cosa como...
GUILLERMO.- ¿Qué cosa, señor?
HAMLET.- Una cosa, que no vale nada..., pero; guarda, Pablo... Vamos a verle.
Escena IV
CLAUDIO solo
Salón de Palacio.
CLAUDIO.- Le he enviado a llamar y he mandado buscar el cadáver. ¡Qué peligroso es dejar en libertad a este mancebo! Pero no es posible tampoco ejercer sobre él la severidad de las leyes. Está muy querido de la fanática multitud, cuyos afectos se determinan por los ojos, no por la razón, y que en tales casos considera el castigo del delincuente, y no el delito. Conviene, para mantener la tranquilidad, que esta repentina ausencia de Hamlet aparezca como cosa muy de antemano meditada y resuelta. Los males desesperados, o son incurables, o se alivian con desesperados remedios.
Escena V
CLAUDIO, RICARDO
CLAUDIO.- ¿Qué hay? ¿Qué ha sucedido?
RICARDO.- No hemos podido lograr que nos diga adónde ha llevado el cadáver.
CLAUDIO.- Pero, él, ¿en dónde está?
RICARDO.- Afuera quedó con gente que le guarda, esperando vuestras órdenes.
CLAUDIO.- Traedle a mi presencia.
RICARDO.- Guillermo, que venga el Príncipe.
Escena VI
CLAUDIO, RICARDO, HAMLET, GUILLERMO, CRIADOS
CLAUDIO.- Y bien y Hamlet, ¿en dónde está Polonio?
HAMLET.- Ha ido a cenar.
CLAUDIO.- ¿A cenar? ¿Adónde?
HAMLET.- No adónde coma, sino adónde es comido, entre una numerosa congregación de gusanos. El gusano es el Monarca supremo de todos los comedores. Nosotros engordamos a los demás animales para engordarnos, y engordamos para el gusanillo, que nos come después. El Rey gordo y el mendigo flaco son dos platos diferentes; pero se sirven a una misma mesa. En esto para todo.
CLAUDIO.- ¡Ah!
HAMLET.- Tal vez un hombre puede pescar con el gusano que ha comido a un Rey, y comerse después el pez que se alimentó de aquel gusano.
CLAUDIO.- ¿Y qué quieres decir con eso?
HAMLET.- Nada más que manifestar, cómo un Rey puede pasar progresivamente a las tripas de un mendigo.
CLAUDIO.- ¿En dónde está Polonio?
HAMLET.- En el cielo. Enviad a alguno que lo vea, y si vuestro comisionado no le encuentra allí, entonces podéis vos mismo irle a buscar a otra parte. Bien que, si no le halláis en todo este mes, le oleréis sin duda al subir los escalones de la galería.
CLAUDIO.- Id allá a buscarle.
HAMLET.- No, él no se moverá de allí hasta que vayan por él.
CLAUDIO.- Este suceso, Hamlet, exige que atiendas a tu propia seguridad, la cual me interesa tanto, como lo demuestra el sentimiento que me causa la acción que has hecho. Conviene que salgas de aquí con acelerada diligencia. Prepárate, pues. La nave está ya prevenida, el viento es favorable, los compañeros aguardan, y todo está pronto para tu viaje a Inglaterra.
HAMLET.- ¿A Inglaterra?
CLAUDIO.- Sí, Hamlet.
HAMLET.- Muy bien.
CLAUDIO.- Sí, muy bien debe parecerte, si has comprendido el fin a que se encaminan mis deseos.
CLAUDIO.- Yo veo un ángel que los ve... Pero vamos a Inglaterra. ¡Adiós, mi querida madre!
CLAUDIO.- ¿Y tu madre que te ama, Hamlet?
HAMLET.- Mi madre... Padre y madre son marido y mujer; marido y mujer son una carne misma, conque... Mi madre... ¡Eh, vamos a Inglaterra!
Escena VII
CLAUDIO, RICARDO, GUILLERMO
CLAUDIO.- Seguidle inmediatamente, instad con viveza su embarco, no se dilate un punto. Quiero verle fuera de aquí esta noche. Partid. Cuanto es necesario a esta comisión está sellado y pronto. Id, no os detengáis. Y tú, Inglaterra, si en algo estimas mi amistad (de cuya importancia mi gran poder te avisa), pues aún miras sangrientas las heridas que recibiste del acero danés y en dócil temor me pagas tributos; no dilates tibia la ejecución de mi suprema voluntad, que por cartas escritas a este fin, te pide con la mayor instancia, la pronta muerte de Hamlet. Su vida es para mí una fiebre ardiente, y tú sola puedes aliviarme. Hazlo así, Inglaterra, y hasta que sepa que descargaste el golpe por más feliz que mi suerte sea, no se restablecerán en mi corazón la tranquilidad, ni la alegría.
Escena VIII
FORTIMBRÁS, UN CAPITÁN, SOLDADOS
Campo solitario en las fronteras de Dinamarca.
FORTIMBRÁS.- Id, Capitán, saludad en mi nombre al Monarca danés: decidle que en virtud de su licencia, Fortimbrás pide el paso libre por su reino, según se le ha prometido. Ya sabéis el sitio de nuestra reunión. Si algo quiere su Majestad comunicarme, hacedle saber que estoy pronto a ir en persona a darle pruebas de mi respeto.
CAPITÁN.- Así lo haré, señor.
FORTIMBRÁS.- Y vosotros, caminad con paso vagaroso.
Escena IX
UN CAPITÁN, HAMLET, RICARDO Y GUILLERMO, SOLDADOS
HAMLET.- Caballero, ¿de dónde son estas tropas?
CAPITÁN.- De Noruega, señor.
HAMLET.- Y decidme, ¿adónde se encaminan?
CAPITÁN.- Contra una parte de Polonia.
HAMLET.- ¿Quién las acaudilla?
CAPITÁN.- Fortimbrás, sobrino del anciano Rey de Noruega.
HAMLET.- ¿Se dirigen contra toda Polonia, o solo a alguna parte de sus fronteras?
CAPITÁN.- Para deciros sin rodeos la verdad, vamos a adquirir una porción de tierra, de la cual (exceptuando el honor) ninguna otra utilidad puede esperarse. Si me la diesen arrendada en cinco ducados, no la tomaría, ni pienso que produzca mayor interés al de Noruega ni al Polaco; aunque a pública subasta la vendan.
HAMLET.- Sin duda, ¿el Polaco no tratará de resistir?
CAPITÁN.- Antes bien ha puesto ya en ella tropas que la guarden.
HAMLET.- De ese modo el sacrificio de dos mil hombres y veinte mil ducados no decidirá la posesión de un objeto tan frívolo. Esa es una apostema del cuerpo político, nacida de la paz y excesiva abundancia, que revienta en lo interior; sin que exteriormente se vea la razón porque el hombre perece. Os doy muchas gracias de vuestra cortesía.
CAPITÁN.- Dios os guarde.
RICARDO.- ¿Queréis proseguir el camino?
HAMLET.- Presto os alcanzaré. Id adelante un poco.
Escena X
HAMLET solo
HAMLET.- Cuantos accidentes ocurren, todos me acusan, excitando a la venganza mi adormecido aliento. ¿Qué es el hombre que funda su mayor felicidad, y emplea todo su tiempo solo en dormir y alimentarse? Es un bruto y no más. No. Aquél que nos formó dotados de tan extenso conocimiento que con él podemos ver lo pasado y futuro, no nos dio ciertamente esta facultad, esta razón divina, para que estuviera en nosotros sin uso y torpe. Sea, pues, brutal negligencia, sea tímido escrúpulo que no se atreve a penetrar los casos venideros (proceder en que hay más parte de cobardía que de prudencia), yo no sé para qué existo, diciendo siempre: tal cosa debo hacer; puesto que hay en mí suficiente razón, voluntad, fuerza y medios para ejecutarla. Por todas partes halló ejemplos grandes que me estimulan. Prueba es bastante ese fuerte y numeroso ejército, conducido por un Príncipe joven y delicado, cuyo espíritu impelido de ambición generosa desprecia la incertidumbre de los sucesos, y expone su existencia frágil y mortal a los golpes de la fortuna a la muerte, a los peligros más terribles, y todo por un objeto de tan leve interés. El ser grande no consiste, por cierto, en obrar sólo cuando ocurre un gran motivo; sino en saber hallar una razón plausible de contienda, aunque sea pequeña la causa; cuando se trata de adquirir honor. ¿Cómo, pues, permanezco yo en ocio indigno, muerto mi padre alevosamente, mi madre envilecida... estímulos capaces de excitar mi razón y mi ardimiento, que yacen dormidos? Mientras para vergüenza mía veo la destrucción inmediata de veinte mil hombres, que por un capricho, por una estéril gloria van al sepulcro como a sus lechos, combatiendo por una causa que la multitud es incapaz de comprender, por un terreno que aún no es suficiente sepultura a tantos cadáveres. ¡Oh! De hoy más, o no existirá en mi fantasía idea ninguna, o cuántas forme serán sangrientas.
Escena XI
GERTRUDIS, HORACIO
Galería de Palacio.
GERTRUDIS.- No, no quiero hablarla.
HORACIO.- Ella insta por veros. Está loca, es verdad; pero eso mismo debe excitar vuestra compasión.
GERTRUDIS.- ¿Y qué pretende? ¿Qué dice?
HORACIO.- Habla mucho de su padre; dice que continuamente oye que el mundo está lleno de maldad; solloza, se lastima el pecho, y airada trastorna con el pie cuanto al pasar encuentra. Profiere razones equívocas en que apenas se halla sentido; pero la misma extravagancia de ellas mueve a los que las oyen a retenerlas, examinando el fin conque las dice, y dando a sus palabras una combinación arbitraria, según la idea de cada uno. Al observar sus miradas, sus movimientos de cabeza, su gesticulación expresiva, llegan a creer que puede haber en ella algún asomo de razón; pero nada hay de cierto, sino que se halla en el estado más infeliz.
GERTRUDIS.- Será bien hablarla: antes que mi repulsa, esparza conjeturas fatales, en aquellos ánimos que todo lo interpretan siniestramente. Hazla venir. El más frívolo acaso parece a mi dañada conciencia presagio de algún grave desastre. Propia es de la culpa esta desconfianza. Tan lleno está siempre de recelos el delincuente, que el temor de ser descubierto, hace tal vez que él mismo se descubra.
Escena XII
GERTRUDIS, OFELIA, HORACIO
OFELIA.- ¿En dónde está la hermosa Reina de Dinamarca?
GERTRUDIS.- ¿Cómo va, Ofelia?
OFELIA.-
¿Cómo al amante
que fiel te sirva,
de otro cualquiera
distinguiría?
Por las veneras
de su esclavina,
bordón, sombrero
con plumas rizas,
y su calzado
que adornan cintas.
GERTRUDIS.- ¡Oh! ¡Querida mía! Y, ¿a qué propósito viene esa canción?
OFELIA.- ¿Eso decís?.... Atended a ésta.
Muerto es ya, señora,
muerto y no está aquí.
Una tosca piedra
a sus plantas vi
y al césped del prado
su frente cubrir.
¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!
GERTRUDIS.- Sí, pero, Ofelia...
OFELIA.- Oíd, oíd.Blancos paños le vestían...
Escena XIII
CLAUDIO, GERTRUDIS, OFELIA, HORACIO
GERTRUDIS.- ¡Desgraciada! ¿Veis esto, señor?
OFELIA.-
Blancos paños te vestían
como la nieve del monte
y al sepulcro le conducen,
cubierto de bellas flores,
que en tierno llanto de amor
se humedecieron entonces.
CLAUDIO.- ¿Cómo estás, graciosa niña?
OFELIA.- Buena, Dios os lo pague... Dicen que la lechuza fue antes una doncella, hija de un panadero. ¡Ah! Sabemos lo que somos ahora; pero no lo que podemos ser. Dios vendrá a visitaros.
CLAUDIO.- Alusión a su padre.
OFELIA.- Pero no, no hablemos más en esto, y si os preguntan lo que significa decid:
De San Valentino
la fiesta es mañana:
yo, niña amorosa,
al toque del alba
iré a que me veas
desde tu ventana,
para que la suerte
dichosa me caiga.
Despierta el mancebo,
se viste de gala
y abriendo las puertas
entró la muchacha,
que viniendo virgen,
volvió desflorada.
CLAUDIO.- ¡Graciosa Ofelia!
OFELIA.- Sí, voy a acabar; sin jurarlo, os prometo que la voy a concluir.
¡Ay! ¡Mísera! ¡Cielos!
¡Torpeza villana!
¿Qué galán desprecia
ventura tan alta?
Pues todos son falsos,
le dice indignada.
Antes que en tus brazos
me mirase incauta,
de hacerme tu esposa
me diste palabra.
Y él responde entonces:
Por el sol te juro
que no lo olvidara,
si tú no te hubieras
venido a mi cama.
CLAUDIO.- ¿Cuánto ha que está así?
OFELIA.- Yo espero que todo irá bien... Debemos tener paciencia... Pero, yo no puedo menos de llorar considerando que le han dejado sobre la tierra fría... Mi hermano lo sabrá... Preciso... Y yo os doy las gracias por vuestros buenos consejos... Vamos : la carroza. Buenas noches, señoras, buenas noches. Amiguitas, buenas noches, buenas noches.
CLAUDIO.- Acompáñala a su cuarto, y haz que la asista suficiente guardia. Yo te lo ruego.
Escena XIV
CLAUDIO, GERTRUDIS
CLAUDIO.- ¡Oh! Todo es efecto de un profundo dolor, todo nace de la muerte de su padre, y ahora observo, Gertrudis, que cuando los males vienen, no vienen esparcidos como espías; sino reunidos en escuadrones. Su padre muerto, tu hijo ausente (habiendo dado él mismo, justo motivo a su destierro), el pueblo alterado en tumulto con dañadas ideas y murmuraciones, sobre la muerte del buen Polonio; cuyo entierro oculto ha sido no leve imprudencia de nuestra parte. La desdichada Ofelia fuera de sí, turbada su razón, sin la cual somos vanos simulacros o comparables sólo a los brutos; y por último (y esto no es menos esencial que todo lo restante) su hermano, que ha venido secretamente de Francia, y en medio de tan extraños casos, se oculta entre sombras misteriosas, sin que falten lenguas maldicientes que envenenen sus oídos, hablándole de la muerte de su padre. Ni en tales discursos, a falta de noticias seguras, dejaremos de ser citados continuamente de boca en boca. Todos estos afanes juntos, mi querida Gertrudis, como una máquina destructora que se dispara, me dan muchas muertes a un tiempo.
GERTRUDIS.- ¡Ay! ¡Dios! ¿Qué estruendo es éste?
Escena XV
CLAUDIO, GERTRUDIS, UN CABALLERO
CLAUDIO.- ¿En dónde está mi guardia?... Acudid, defended las puertas... ¿Qué es esto?
CABALLERO.- Huid, señor. El océano, sobrepujando sus términos, no traga las llanuras con ímpetu más espantoso que el que manifiesta el joven Laertes, ciego de furor; venciendo la resistencia que le oponen vuestros soldados. El vulgo le apellida Señor, y como si ahora comenzase a existir el mundo; la antigüedad y la costumbre (apoyo y seguridad de todo buen gobierno) se olvidan y se desconocen. Gritan por todas partes: nosotros elegimos por Rey a Laertes. Los sombreros arrojados al aire, las manos y las lenguas le aplauden, llegando a las nubes la voz general que repite: Laertes será nuestro Rey, viva Laertes.
GERTRUDIS.- ¡Con qué alegría sigue, ladrando, esa trahilla pérfida el rastro mal seguro en que va a perderse!
CLAUDIO.- Ya han roto las puertas.
Escena XVI
LAERTES, CLAUDIO, GERTRUDIS, SOLDADOS y PUEBLO
LAERTES.- ¿En dónde está el Rey? Vosotros, quedaos todos afuera.
VOCES.- No, entremos.
LAERTES.- Yo os pido que me dejéis.
VOCES.- Bien, bien está.
LAERTES.- Gracia, señores. Guardad las puertas... y tú, indigno Príncipe, dame a mi padre.
GERTRUDIS.- Menos, menos ardor, querido Laertes.
LAERTES.- Si hubiese en mí una gota de sangre con menos ardor, me declararía por hijo espurio, infamaría de cornudo a mi padre e imprimiría sobre la frente limpia y casta de mi madre honestísima, la nota infame de prostituta.
CLAUDIO.- Pero, Laertes, ¿cuál es el motivo de tan atrevida rebelión? Déjale, Gertrudis, no le contengas... No temas nada contra mí. Existe una fuerza divina que defiende a los Reyes: la traición no puede, como quisiera, penetrar hasta ellos, y ve malogrados en la ejecución todos sus designios... Dime, Laertes, ¿por qué estás tan airado? Déjale Gertrudis... Habla tú.
LAERTES.- ¿En dónde está mi padre?
CLAUDIO.- Murió.
GERTRUDIS.- Pero no le ha muerto el Rey.
CLAUDIO.- Déjale preguntar cuanto quiera.
LAERTES.- ¿Y cómo ha sido su muerte?.. ¡Eh!... No, a mí no se me engaña. Váyase al infierno la fidelidad, llévese el más atezado demonio los juramentos de vasallaje, sepúltense la conciencia, la esperanza de salvación, en el abismo más profundo... La condenación eterna no me horroriza, suceda lo que quiera, ni éste ni el otro mundo me importan nada... Sólo aspiro, y este es el punto en que insisto, sólo aspiro a dar completa venganza a mi difunto padre.
CLAUDIO.- ¿Y quién te lo puede estorbar?
LAERTES.- Mi voluntad sola y no todo el universo, y en cuanto a los medios de que he de valerme, yo sabré economizarlos de suerte que un pequeño esfuerzo produzca efectos grandes.
CLAUDIO.- Buen Laertes, si deseas saber la verdad acerca de la muerte de tu amado padre ¿está escrito acaso en tu venganza, que hayas de atropellar sin distinción amigos y enemigos, culpados e inocentes?
LAERTES.- No, sólo a mis enemigos.
CLAUDIO.- ¿Querrás, sin duda, conocerlos?
LAERTES.- ¡Oh! A mis buenos amigos yo los recibiré con abiertos brazos, y semejante al pelícano amoroso, los alimentaré si necesario fuese con mi sangre misma.
CLAUDIO.- Ahora hablaste como buen hijo, y como caballero. Laertes, ni tengo culpa en la muerte de tu padre, ni alguno ha sentido como yo su desgracia. Esta verdad deberá ser tan clara a tu razón, como a tus ojos la luz del día.
VOCES.- Dejadla entrar.
LAERTES.- ¿Qué novedad... qué ruido es este?
Escena XVII
CLAUDIO, GERTRUDIS, LAERTES, OFELIA, acompañamiento.
LAERTES.- ¡Oh! ¡Calor activo, abrasa mi cerebro! ¡Lágrimas, en extremo cáusticas, consumid la potencia y la sensibilidad de mis ojos! Por los Cielos te juro que esa demencia tuya será pagada por mí con tal exceso, que el peso del castigo tuerza el fiel y baje la balanza... ¡Oh! ¡Rosa de Mayo! ¡Amable niña! ¡Mi querida Ofelia! ¡Mi dulce hermana!... ¡Oh! ¡Cielos! Y ¿es posible que el entendimiento de una tierna joven sea tan frágil como la vida del hombre decrépito?... Pero la naturaleza es muy fina en amor, y cuando éste llega al exceso, el alma se desprende tal vez de alguna preciosa parte de sí misma, para ofrecérsela en don al objeto amado.
OFELIA.-
Lleváronle en su ataúd
con el rostro descubierto.
Ay no ni, ay ay ay no ni.
Y sobre su sepultura
muchas lágrimas llovieron.
Ay no ni, ay ay ay no ni.
Adiós, querido mío. Adiós.
LAERTES.- Si gozando de tu razón me incitaras a la venganza, no pudieras conmoverme tanto.
OFELIA.- Debéis cantar aquello de:
Abajito está
llámele, señor, que abajito está.
¡Ay! Que a propósito viene el estribillo... El pícaro del Mayordomo fue el que robó a la señorita.
LAERTES.- Esas palabras vanas producen mayor efecto en mí que el más concertado discurso.
OFELIA.- Aquí traigo romero, que es bueno para la memoria. Tornad, amigo, para que os acordéis... Y aquí hay trinitarias, que son para los pensamientos.
LAERTES.- Aun en medio de su delirio quiere aludir a los pensamientos que la agitan, y a sus memorias tristes.
OFELIA.- Aquí hay hinojo para vos, y palomillas y ruda... para vos también, y esto poquito es para mí. Nosotros podemos llamarla yerba santa del Domingo,... vos la usaréis con la distinción que os parezca... Esta es una margarita. Bien os quisiera dar algunas violetas; pero todas se marchitaron cuando murió mi padre. Dicen que tuvo un buen fin.
Un solitario
de plumas vario
me da placer.
LAERTES.- Ideas funestas, aflicción, pasiones terribles, los horrores del infierno mismo; ¡todo en su boca es gracioso y suave!
OFELIA.-
Nos deja, se va,
y no ha de volver.
No, que ya murió,
no vendrá otra vez...
su barba era nieve,
su pelo también.
Se fue, ¡dolorosa
partida! se fue.
En vano exhalamos
suspiros por él.
Los Cielos piadosos
descanso le den.
A él y a todas las almas cristianas. Dios lo quiera... ¡Eh!, señores, adiós.
Escena XVIII
CLAUDIO, GERTRUDIS, LAERTES
LAERTES.- Veis esto, ¡Dios mío!
CLAUDIO.- Yo debo tomar parte en tu aflicción, Laertes: no me niegues este derecho... Óyeme aparte. Elige entre los más prudentes de tus amigos, aquellos que te parezca. Oigamos a entrambos y juzguen. Si por mí propio o por mano ajena, resulto culpado: mi reino, mi corona, mi vida, cuanto puedo llamar mío, todo te lo daré para satisfacerte. Si no hay culpa en mí, deberé contar otra vez con tu obediencia, y unidos ambos, buscaremos los medios de aliviar tu dolor.
LAERTES.- Hágase lo que decís... Su arrebatada muerte, su oscuro funeral: sin trofeos, armas, ni escudos sobre el cadáver, ni debidos honores, ni decorosa pompa; todo, todo está clamando del cielo a la tierra por un examen, el más riguroso.
CLAUDIO.- Tú le obtendrás, y la segur terrible de la justicia caerá sobre el que fuere delincuente. Ven conmigo.
Escena XIX
HORACIO, UN CRIADO
Sala en casa de HORACIO.
HORACIO.- ¿Quiénes son los que me quieren hablar?
CRIADO.- Unos marineros, que según dicen os traen cartas.
HORACIO.- Hazlos entrar. Yo no sé de qué parte del mundo pueda nadie escribirme, si ya no es Hamlet mi señor.
Escena XX
HORACIO, DOS MARINEROS
MARINERO 1.º.- Dios os guarde.
HORACIO.- Y a vosotros también.
MARINERO 1.º.- Así lo hará si es su voluntad. Estas cartas del Embajador que se embarcó para Inglaterra vienen dirigidas a vos, si os llamáis Horacio, como nos han dicho.
HORACIO.- Horacio: luego que hayas leído ésta, dirigirás esos hombres al Rey para el cual les he dado una carta. Apenas llevábamos dos días de navegación, cuando empezó a darnos caza un pirata muy bien armado. Viendo que nuestro navío era poco velero, nos vimos precisados a apelar al valor. Llegamos al abordaje: yo salté el primero en la embarcación enemiga, que al mismo tiempo logró desaferrarse de la nuestra, y por consiguiente me hallé solo y prisionero. Ellos se han portado conmigo como ladrones compasivos; pero ya sabían lo que se hacían, y se lo he pagado muy bien. Haz que el Rey reciba las cartas que le envío, y tú ven a verme con tanta diligencia, como si huyeras de la muerte. Tengo unas cuantas palabras que decirte al oído que te dejarán atónito; bien que todas ellas no serán suficientes a expresar la importancia del caso. Esos buenos hombres te conducirán hasta aquí. Guillermo y Ricardo siguieron su camino a Inglaterra. Mucho tengo que decirte de ellos. Adiós. Tuyo siempre, Hamlet. Vamos. Yo os introduciré para que presentéis esas cartas. Conviene hacerlo pronto, a fin de que me llevéis después a donde queda el que os las entregó.
Escena XXI
CLAUDIO, LAERTES
Gabinete del Rey.
CLAUDIO.- Sin duda tu rectitud aprobará ya mi descargo y me darás lugar en el corazón como a tu amigo; después que has oído, con pruebas evidentes, que el matador de tu noble padre, conspiraba contra mi vida.
LAERTES.- Claramente se manifiesta... Pero, decidme ¿por qué no procedéis contra excesos tan graves y culpables? Cuando vuestra prudencia, vuestra grandeza, vuestra propia seguridad, todas las consideraciones juntas deberían excitaros tan particularmente a reprimirlos.
CLAUDIO.- Por dos razones, que aunque tal vez las juzgarás débiles; para mí han sido muy poderosas. Una es, que la Reina su madre vive pendiente casi de sus miradas, y al mismo tiempo (sea desgracia o felicidad mía) tan estrechamente unió el amor mi vida y mi alma a la de mi esposa, que así como los astros no se mueven sino dentro de su propia esfera, así en mí no hay movimiento alguno que no dependa de su voluntad. La otra razón por que no puedo proceder contra el agresor públicamente es el grande cariño que le tiene el pueblo, el cual, como la fuente cuyas aguas mudan los troncos en piedras, bañando en su afecto las faltas del Príncipe, convierte en gracias todos sus yerros. Mis flechas no pueden con tal violencia dispararse, que resistan a huracán tan fuerte; y sin tocar el punto a que las dirija, se volverán otra vez al arco.
LAERTES.- Seguiré en todo vuestras ideas, y mucho más si disponéis que yo sea el instrumento que las ejecute.
CLAUDIO.- Todo sucede bien... Desde que te fuiste se ha hablado mucho de ti delante de Hamlet, por una habilidad en que dicen que sobresales. Las demás que tienes no movieron tanto su envidia como ésta sola; que en mi opinión ocupa el último lugar.
LAERTES.- ¿Y qué habilidad es, señor?
CLAUDIO.- No es más que un lazo en el sombrero de la juventud; pero que la es muy necesario, puesto que así son propios de la juventud los adornos ligeros y alegres, como de la edad madura las ropas y pieles que se viste, por abrigo y decencia... Dos meses ha que estuvo aquí un caballero de Normandía... Yo conozco a los franceses muy bien, he militado contra ellos, y son por cierto buenos jinetes; pero el galán de quien hablo era un prodigio en esto. Parecía haber nacido sobre la silla, y hacía ejecutar al caballo tan admirables movimientos, como si él y su valiente bruto animaran un cuerpo solo, y tanto excedió a mis ideas, que todas las formas y actitudes que yo pude imaginar, no negaron a lo que él hizo.
LAERTES.- ¿Decís que era normando?
CLAUDIO.- Sí, normando.
LAERTES.- Ese es Lamond, sin duda.
CLAUDIO.- Él mismo.
LAERTES.- Le conozco bien y es la joya más precisa de su nación.
CLAUDIO.- Pues éste hablando de ti públicamente, te llenaba de elogios por tu inteligencia y ejercicio en la esgrima, y la bondad de tu espada en la defensa y el ataque; tanto que dijo alguna vez, que sería un espectáculo admirable el verte lidiar con otro de igual mérito; si pudiera hallarse, puesto que según aseguraba él mismo, los más diestros de su nación carecían de agilidad para las estocadas y los quites cuando tú esgrimías con ellos. Este informe irritó la envidia de Hamlet, y en nada pensó desde entonces sino en solicitar con instancia tu pronto regreso, para batallar contigo. Fuera de esto...
LAERTES.- ¿Y qué hay además de eso, señor?
CLAUDIO.- Laertes, ¿amaste a tu padre? O eres como las figuras de un lienzo, que tal vez aparentan tristeza en el semblante, cuando las falta un corazón.
LAERTES.- ¿Por qué lo preguntáis?
CLAUDIO.- No porque piense que no amabas a tu padre; sino porque sé que el amor está sujeto al tiempo, y que el tiempo extingue su ardor y sus centellas; según me lo hace ver la experiencia de los sucesos. Existe en medio de la llama de amor una mecha o pábilo que la destruye al fin, nada permanece en un mismo grado de bondad constantemente, pues la salud misma degenerando en plétora perece por su propio exceso. Cuanto nos proponemos hacer debería ejecutarse en el instante mismo en que lo deseamos, porque la voluntad se altera fácilmente, se debilita y se entorpece, según las lenguas, las manos y los accidentes que se atraviesan; y entonces, aquel estéril deseo es semejante a un suspiro, que exhalando pródigo el aliento causa daño, en vez de dar alivio... Pero, toquemos en lo vivo de la herida. Hamlet vuelve. ¿Qué acción emprenderías tú para manifestar, más con las obras que con las palabras, que eres digno hijo de tu padre?
LAERTES.- ¿Qué haré? Le cortaré la cabeza en el templo mismo.
CLAUDIO.- Cierto que no debería un homicida hallar asilo en parte alguna, ni reconocer límites una justa venganza; pero, buen Laertes, haz lo que te diré. Permanece oculto en tu cuarto; cuando llegue Hamlet sabrá que tú has venido; yo le haré acompañar por algunos que alabando tu destreza den un nuevo lustre a los elogios que hizo de ti el francés. Por último, llegaréis a veros; se harán apuestas en favor de uno y otro... Él, que es descuidado, generoso, incapaz de toda malicia, no reconocerá los floretes; de suerte que te será muy fácil, con poca sutileza que uses, elegir una espada sin botón, y en cualquiera de las jugadas tomar satisfacción de la muerte de tu padre.
LAERTES.- Así lo haré, y a ese fin quiero envenenar la espada con cierto ungüento que compré de un charlatán, de cualidad tan mortífera, que mojando un cuchillo en él, adonde quiera que haga sangre introduce la muerte; sin que haya emplasto eficaz que pueda evitarla, por más que se componga de cuantos simples medicinales crecen debajo de la luna. Yo bañaré la punta de mi espada en este veneno, para que apenas le toque, muera.
CLAUDIO.- Reflexionemos más sobre esto... Examinemos, qué ocasión, qué medios serán más oportunos a nuestro engaño; porque, si tal vez se malogra, y equivocada la ejecución se descubren los fines, valiera más no haberlo emprendido. Conviene, pues, que este proyecto vaya sostenido con otro segundo, capaz de asegurar el golpe, cuando por el primero no se consiga. Espera... Déjame ver si... Haremos una apuesta solemne sobre vuestra habilidad y... Sí, ya hallé el medio. Cuando con la agitación os sintáis acalorados y sedientos (puesto que al fin deberá ser mayor la violencia del combate), él pedirá de beber, y yo le tendré prevenida expresamente una copa, que al gustarla sólo, aunque haya podido librarse de tu espada ungida, veremos cumplido nuestro deseo. Pero... Calla. ¿Qué ruido se escucha?
Escena XXIV
GERTRUDIS, CLAUDIO, LAERTES
CLAUDIO.- ¿Qué ocurre de nuevo, amada Reina?
GERTRUDIS.- Una desgracia va siempre pisando las ropas de otra; tan inmediatas caminan. Laertes tu hermana acaba de ahogarse.
LAERTES.- ¡Ahogada! ¿En dónde? ¡Cielos!
GERTRUDIS.- Donde hallaréis un sauce que crece a las orillas de ese arroyo, repitiendo en las ondas cristalinas la imagen de sus hojas pálidas. Allí se encaminó, ridículamente coronada de ranúnculos, ortigas, margaritas y luengas flores purpúreas, que entre los sencillos labradores se reconocen bajo una denominación grosera, y las modestas doncellas llaman, dedos de muerto. Llegada que fue, se quitó la guirnalda, y queriendo subir a suspenderla de los pendientes ramos; se troncha un vástago envidioso, y caen al torrente fatal, ella y todos sus adornos rústicos. Las ropas huecas y extendidas la llevaron un rato sobre las aguas, semejante a una sirena, y en tanto iba cantando pedazos de tonadas antiguas, como ignorante de su desgracia, o como criada y nacida en aquel elemento. Pero no era posible que así durarse por mucho espacio. Las vestiduras, pesadas ya con el agua que absorbían la arrebataron a la infeliz; interrumpiendo su canto dulcísimo, la muerte, llena de angustias.
LAERTES.- ¿Qué en fin se ahogó? ¡Mísero!
GERTRUDIS.- Sí, se ahogó, se ahogó.
LAERTES.- ¡Desdichada Ofelia! Demasiada agua tienes ya, por eso quisiera reprimir la de mis ojos... Bien que a pesar de todos nuestros esfuerzos, imperiosa la naturaleza sigue su costumbre, por más que el valor se avergüence. Pero, luego que este llanto se vierta, nada quedará en mí de femenil ni de cobarde... Adiós señores... Mis palabras de fuego arderían en llamas, si no las apagasen estas lágrimas imprudentes.
CLAUDIO.- Sigámosle, Gertrudis, que después de haberme costado tanto aplacar su cólera, temo ahora que esta desgracia no la irrite otra vez. Conviene seguirle.