Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

jueves, 30 de octubre de 2008

Un Descenso al Maelström

Edgar Allan Poe


Los caminos de Dios en la naturaleza y en la providencia no son como nuestros caminos; y nuestras obras no pueden compararse en modo alguno con la vastedad, la profundidad y la inescrutabilidad de Sus obras, que contienen en sí mismas una profundidad mayor que la del pozo de Demócrito.
-Joseph Glanvill


Habíamos alcanzado la cumbre del despeñadero más elevado. Durante algunos minutos, el anciano pareció demasiado fatigado para hablar.

-Hasta no hace mucho tiempo -dijo, por fin- podría haberlo guiado en este ascenso tan bien como el más joven de mis hijos. Pero, hace unos tres años, me ocurrió algo que jamás le ha ocurrido a otro mortal... o, por lo menos, a alguien que haya alcanzado a sobrevivir para contarlo; y las seis horas de terror mortal que soporté me han destrozado el cuerpo y el alma. Usted ha de creerme muy viejo, pero no lo soy. Bastó algo menos de un día para que estos cabellos, negros como el azabache, se volvieran blancos; debilitáronse mis miembros, y tan frágiles quedaron mis nervios, que tiemblo al menor esfuerzo y me asusto de una sombra. ¿Creerá usted que apenas puedo mirar desde este pequeño acantilado sin sentir vértigo?

El «pequeño acantilado», a cuyo borde se había tendido a descansar con tanta negligencia que la parte más pesada de su cuerpo sobresalía del mismo, mientras se cuidaba de una caída apoyando el codo en la resbalosa arista del borde; el «pequeño acantilado», digo, alzábase formando un precipicio de negra roca reluciente, de mil quinientos o mil seiscientos pies, sobre la multitud de despeñaderos situados más abajo. Nada hubiera podido inducirme a tomar posición a menos de seis yardas de aquel borde. A decir verdad, tanto me impresionó la peligrosa postura de mi compañero que caí en tierra cuan largo era, me aferré a los arbustos que me rodeaban y no me atreví siquiera a mirar hacia el cielo, mientras luchaba por rechazar la idea de que la furia de los vientos amenazaba sacudir los cimientos de aquella montaña. Pasó largo rato antes de que pudiera reunir coraje suficiente para sentarme y mirar a la distancia.

-Debe usted curarse de esas fantasías -dijo el guía-, ya que lo he traído para que tenga desde aquí la mejor vista del lugar donde ocurrió el episodio que mencioné antes... y para contarle toda la historia con su escenario presente.

“Nos hallamos -agregó, con la manera minuciosa que lo distinguía-, nos hallamos muy cerca de la costa de Noruega, a los sesenta y ocho grados de latitud, en la gran provincia de Nordland, y en el distrito de Lodofen. La montaña cuya cima acabamos de escalar es Helseggen, la Nebulosa. Enderécese usted un poco... sujetándose a matas si se siente mareado... ¡Así! Mire ahora, más allá de la cintura de vapor que hay debajo de nosotros, hacia el mar.”

Miré, lleno de vértigo, y descubrí una vasta extensión oceánica, cuyas aguas tenían un color tan parecido a la tinta que me recordaron la descripción que hace el geógrafo nubio del Mare Tenebrarum. Ninguna imaginación humana podría concebir panorama más lamentablemente desolado. A derecha e izquierda, y hasta donde podía alcanzar la mirada, se tendían, como murallas del mundo, cadenas de acantilados horriblemente negros y colgantes, cuyo lúgubre aspecto veíase reforzado por la resaca, que rompía contra ellos su blanca y lívida cresta, aullando y rugiendo eternamente. Opuesta al promontorio sobre cuya cima nos hallábamos, y a unas cinco o seis millas dentro del mar, advertíase una pequeña isla de aspecto desértico; quizá sea más adecuado decir que su posición se adivinaba gracias a las salvajes rompientes que la envolvían. Unas dos millas más cerca alzábase otra isla más pequeña, horriblemente escarpada y estéril, rodeada en varias partes por amontonamientos de oscuras rocas.

En el espacio comprendido entre la mayor de las islas y la costa, el océano presentaba un aspecto completamente fuera de lo común. En aquel momento soplaba un viento tan fuerte en dirección a tierra, que un bergantín que navegaba mar afuera se mantenía a la capa con dos rizos, en la vela mayor, mientras la quilla se hundía a cada momento hasta perderse de vista; no obstante, el espacio a que he aludido no mostraba nada que semejara un oleaje embravecido, sino tan sólo un breve, rápido y furioso embate del agua en todas direcciones, tanto frente al viento como hacia otros lados. Tampoco se advertía espuma, salvo en la proximidad inmediata de las rocas.

-La isla más alejada -continuó el anciano- es la que los noruegos llaman Vurrgh. La que se halla a mitad de camino es Moskoe. A una milla al norte verá la de Ambaaren. Más allá se encuentran Islesen, Hotholm, Keildhelm, Suarven y Buckholm. Aún más allá -entre Moskoe y Vurrgh- están Otterholm, Flimen, Sandflesen y Stockholm. Tales son los verdaderos nombres de estos sitios; pero... ¿qué necesidad había de darles nombres? No lo sé, y supongo que usted tampoco... ¿Oye alguna cosa? ¿Nota algún cambio en el agua?

Llevábamos ya unos diez minutos en lo alto del Helseggen, al cual habíamos ascendido viniendo desde el interior de Lofoden, de modo que no habíamos visto ni una sola vez el mar hasta que se presentó de golpe al arribar a la cima. Mientras el anciano me hablaba, percibí un sonido potente y que crecía por momentos, algo como el mugir de un enorme rebaño de búfalos en una pradera norteamericana; y en el mismo momento reparé en que el estado del océano a nuestros pies, que correspondía a lo que los marinos llaman picado, se estaba transformando rápidamente en una corriente orientada hacía el este. Mientras la seguía mirando, aquella corriente adquirió una velocidad monstruosa. A cada instante su rapidez y su desatada impetuosidad iban en aumento. Cinco minutos después, todo el mar hasta Vurrgh hervía de cólera incontrolable, pero donde esa rabia alcanzaba su ápice era entre Moskoe y la costa. Allí, la vasta superficie del agua se abría y trazaba en mil canales antagónicos, reventaba bruscamente en una convulsión frenética -encrespándose, hirviendo, silbando- y giraba en gigantescos e innumerables vórtices, y todo aquello se atorbellinaba y corría hacia el este con una rapidez que el agua no adquiere en ninguna otra parte, como no sea el caer en un precipicio.

En pocos minutos más, una nueva y radical alteración apareció en escena. La superficie del agua se fue nivelando un tanto y los remolinos desaparecieron uno tras otro, mientras prodigiosas fajas de espuma surgían allí donde antes no había nada. A la larga, y luego de dispersarse a una gran distancia, aquellas fajas se combinaron unas con otras y adquirieron el movimiento giratorio de los desaparecidos remolinos, como si constituyeran el germen de otro más vasto. De pronto, instantáneamente, todo asumió una realidad clara y definida, formando un círculo cuyo diámetro pasaba de una milla. El borde del remolino estaba representado por una ancha faja de resplandeciente espuma; pero ni la menor partícula de ésta resbalaba al interior del espantoso embudo, cuyo tubo, hasta donde la mirada alcanzaba a medirlo, era una pulida, brillante y tenebrosa pared de agua, inclinada en un ángulo de cuarenta y cinco grados con relación al horizonte, y que giraba y giraba vertiginosamente, con un movimiento oscilante y tumultuoso, produciendo un fragor horrible, entre rugido y clamoreo, que ni siquiera la enorme catarata del Niágara lanza al espacio en su tremenda caída.

La montaña temblaba desde sus cimientos y oscilaban las rocas. Me dejé caer boca abajo, aferrándome a los ralos matorrales en el paroxismo de mi agitación nerviosa. Por fin, pude decir a mi compañero:

-¡Esto no puede ser más que el enorme remolino del Maelstrón!

-Así suelen llamarlo -repuso el viejo-. Nosotros los noruegos le llamamos el Moskoe-ström, a causa de la isla Moskoe.

Las descripciones ordinarias de aquel vórtice no me habían preparado en absoluto para lo que acababa de ver. La de Jonas Ramus, quizá la más detallada, no puede dar la menor noción de la magnificencia o el horror de aquella escena, ni tampoco la perturbadora sensación de novedad que confunde al espectador. No sé bien en qué punto de vista estuvo situado el escritor aludido, ni en qué momento; pero no pudo ser en la cima del Helseggen, ni durante una tormenta. He aquí algunos pasajes de su descripción que merecen, sin embargo, citarse por los detalles que contienen, aunque resulten sumamente débiles para comunicar una impresión de aquel espectáculo:

«Entre Lofoden y Moskoe -dice-, la profundidad del agua varía entre treinta y seis y cuarenta brazas; pero del otro lado, en dirección a Ver (Vurrgh), la profundidad disminuye al punto de no permitir el paso de un navío sin el riesgo de que encalle en las rocas, cosa posible aun en plena bonanza. Durante la pleamar, las corrientes se mueven entre Lofoden y Moskoe con turbulenta rapidez, al punto de que el rugido de su impetuoso reflujo hacia el mar apenas podría ser igualado por el de las más sonoras y espantosas cataratas. El sonido se escucha a muchas leguas, y los vórtices o abismos son de tal tamaño y profundidad que si un navío es atraído por ellos se ve tragado irremisiblemente y arrastrado a la profundidad, donde se hace pedazos contra las rocas; cuando el agua se sosiega, los pedazos del buque asoman a la superficie. Pero los intervalos de tranquilidad se producen solamente en los momentos del cambio de la marea y con buen tiempo; apenas duran un cuarto de hora antes de que recomience gradualmente su violencia. Cuando la corriente es más turbulenta y una tempestad acrecienta su furia resulta peligroso acercarse a menos de una milla noruega. Botes, yates y navíos han sido tragados por no tomar esa precaución contra su fuerza atractiva. Ocurre asimismo con frecuencia que las ballenas se aproximan demasiado a la corriente y son dominadas por su violencia; imposible resulta entonces describir sus clamores y mugidos mientras luchan inútilmente por escapar. Cierta vez, un oso que trataba de nadar de Lofoden a Moskoe fue atrapado por la corriente y arrastrado a la profundidad, mientras rugía tan terriblemente que se le escuchaba desde la costa. Grandes cantidades de troncos de abetos y pinos, absorbidos por la corriente, vuelven a la superficie rotos y retorcidos a un punto tal que no pasan de ser un montón de astillas. Esto muestra claramente que el fondo consiste en rocas aguzadas contra las cuales son arrastrados y frotados los troncos. Dicha corriente se regula por el flujo y reflujo marino, que se suceden constantemente cada seis horas. En el año 1645, en la mañana del domingo de sexagésima, la furia de la corriente fue tan espantosa que las piedras de las casas de la costa se desplomaban.»

Por lo que se refiere a la profundidad del agua, no me explico cómo pudo ser verificada en la vecindad inmediata del vórtice. Las «cuarenta brazas» tienen que referirse, indudablemente, a las porciones del canal linderas con la costa, sea de Moskoe o de Lofoden. La profundidad en el centro del Moskoe-ström debe ser inconmensurablemente grande, y la mejor prueba de ello la da la más ligera mirada que se proyecte al abismo del remolino desde la cima del Helseggen. Mientras encaramado en esta cumbre contemplaba el rugiente Flegetón allá abajo, no pude impedirme sonreír de la simplicidad con que el honrado Jonas Ramus consigna -como algo difícil de creer- las anécdotas sobre ballenas y osos, cuando resulta evidente que los más grandes buques actuales, sometidos a la influencia de aquella mortal atracción, serían el equivalente de una pluma frente al huracán y desaparecerían instantáneamente.

Las tentativas de explicar el fenómeno -que, en parte, según recuerda, me habían parecido suficientemente plausibles a la lectura- presentaban ahora un carácter muy distinto e insatisfactorio. La idea predominante consistía en que el vórtice, al igual que otros tres más pequeños situados entre las islas Ferroe, «no tiene otra causa que la colisión de las olas, que se alzan y rompen, en el flujo y reflujo, contra un arrecife de rocas y bancos de arena, el cual encierra las aguas al punto que éstas se precipitan como una catarata; así, cuanto más alta sea la marea, más profunda será la caída, y el resultado es un remolino o vórtice, cuyo prodigioso poder de succión es suficientemente conocido por experimentos hechos en menor escala». Tales son los términos con que se expresa la Encyclopedia Britannica. Kircher y otros imaginan que en el centro del canal del Maelstrón hay un abismo que penetra en el globo terrestre y que vuelve a salir en alguna región remota (una de las hipótesis nombra concretamente el golfo de Botnial). Esta opinión, bastante gratuita en sí misma, fue la que mi imaginación aceptó con mayor prontitud una vez que hube contemplado la escena. Pero al mencionarla a mi guía me sorprendió oírle decir que, si bien casi todos los noruegos compartían ese punto de vista, él no lo aceptaba. En cuanto a la hipótesis precedente, confesó su incapacidad para comprenderla, y yo le di la razón, pues, aunque sobre el papel pareciera concluyente, resultaba por completo ininteligible e incluso absurda frente al tronar de aquel abismo.

-Ya ha podido ver muy bien el remolino -dijo el anciano-, y si nos colocamos ahora detrás de esa roca al socaire, para que no nos moleste el ruido del agua, le contaré un relato que lo convencerá de que conozco alguna cosa sobre el Moskoe-ström.

Me ubiqué como lo deseaba y comenzó:

-Mis dos hermanos y yo éramos dueños de un queche aparejado como una goleta, de unas setenta toneladas, con el cual pescábamos entre las islas situadas más allá de Moskoe y casi hasta Vurrgh. Aprovechando las oportunidades, siempre hay buena pesca en el mar durante las mareas bravas, si se tiene el coraje de enfrentarlas; de todos los habitantes de la costa de Lofoden, nosotros tres éramos los únicos que navegábamos regularmente en la región de las islas. Las zonas usuales de pesca se hallan mucho más al sur. Allí se puede pescar a cualquier hora, sin demasiado riesgo, y por eso son lugares preferidos. Pero los sitios escogidos que pueden encontrarse aquí, entre las rocas no sólo ofrecen la variedad más grande, sino una abundancia mucho mayor, de modo que con frecuencia pescábamos en un solo día lo que otros más tímidos conseguían apenas en una semana. La verdad es que hacíamos de esto un lance temerario, cambiando el exceso de trabajo por el riesgo de la vida, y sustituyendo capital por coraje.

«Fondeábamos el queche en una caleta, a unas cinco millas al norte de esta costa, y cuando el tiempo estaba bueno, acostumbrábamos aprovechar los quince minutos de tranquilidad de las aguas para atravesar el canal principal de Moskoe-ström, mucho más arriba del remolino, y anclar luego en cualquier parte cerca de Otterham o Sandflesen, donde las mareas no son tan violentas. Nos quedábamos allí hasta que faltaba poco para un nuevo intervalo de calma, en que poníamos proa en dirección a nuestro puerto. Jamás iniciábamos una expedición de este género sin tener un buen viento de lado tanto para la ida como para el retorno -un viento del que estuviéramos seguros que no nos abandonaría a la vuelta-, y era raro que nuestros cálculos erraran. Dos veces, en seis años, nos vimos precisados a pasar la noche al ancla a causa de una calma chicha, lo cual es cosa muy rara en estos parajes; y una vez tuvimos que quedarnos cerca de una semana donde estábamos, muriéndonos de inanición, por culpa de una borrasca que se desató poco después de nuestro arribo, y que embraveció el canal en tal forma que era imposible pensar en cruzarlo. En esta ocasión hubiéramos podido ser llevados mar afuera a pesar de nuestros esfuerzos (pues los remolinos nos hacían girar tan violentamente que, al final, largamos el ancla y la dejamos que arrastrara), si no hubiera sido que terminamos entrando en una de esas innumerables corrientes antagónicas que hoy están allí y mañana desaparecen, la cual nos arrastró hasta el refugio de Flimen, donde, por suerte, pudimos detenernos.

»No podría contarle ni la vigésima parte de las dificultades que encontrábamos en nuestro campo de pesca -que es mal sitio para navegar aun con buen tiempo-, pero siempre nos arreglamos para burlar el desafío del Moskoe-ström sin accidentes, aunque muchas veces tuve el corazón en la boca cuando nos atrasábamos o nos adelantábamos en un minuto al momento de calma. En ocasiones, el viento no era tan fuerte como habíamos pensado al zarpar y el queche recorría una distancia menor de lo que deseábamos, sin que pudiéramos gobernarlo a causa de la correntada. Mi hermano mayor tenía un hijo de dieciocho años y yo dos robustos mozalbetes. Todos ellos nos hubieran sido de gran ayuda en esas ocasiones, ya fuera apoyando la marcha con los remos, o pescando; pero, aunque estábamos personalmente dispuestos a correr el riesgo, no nos sentíamos con ánimo de exponer a los jóvenes, pues verdaderamente había un peligro horrible, ésa es la pura verdad.

»Pronto se cumplirán tres años desde que ocurrió lo que voy a contarle. Era el 10 de julio de 18..., día que las gentes de esta región no olvidarán jamás, porque en él se levantó uno de los huracanes más terribles que hayan caído jamás del cielo. Y, sin embargo, durante toda la mañana, y hasta bien entrada la tarde, había soplado una suave brisa del sudoeste, mientras brillaba el sol, y los más avezados marinos no hubieran podido prever lo que iba a pasar.

»Los tres –mis dos hermanos y yo- cruzamos hacia las islas a las dos de la tarde y no tardamos en llenar el queche con una excelente pesca que, como pudimos observar, era más abundante ese día que en ninguna ocasión anterior. A las siete -por mi reloj- levamos anclas y zarpamos, a fin de atravesar lo peor del Ström en el momento de la calma, que según sabíamos iba a producirse a las ocho.

»Partimos con una buena brisa de estribor y al principio navegamos velozmente y sin pensar en el peligro, pues no teníamos el menor motivo para sospechar que existiera. Pero, de pronto, sentimos que se nos oponía un viento procedente de Helseggen. Esto era muy insólito; jamás nos había ocurrido antes, y yo empecé a sentirme intranquilo, sin saber exactamente por qué. Enfilamos la barca contra el viento, pero los remansos no nos dejaban avanzar, e iba a proponer que volviéramos al punto donde habíamos estado anclados cuando, al mirar hacia popa vimos que todo el horizonte estaba cubierto por una extraña nube del color del cobre que se levantaba con la más asombrosa rapidez.

»Entretanto, la brisa que nos había impulsado acababa de amainar por completo y estábamos en una calma total, derivando hacia todos los rumbos. Pero esto no duró bastante como para darnos tiempo a reflexionar. En menos de un minuto nos cayó encima la tormenta, y en menos de dos el cielo quedó cubierto por completo; con esto, y con la espuma de las olas que nos envolvía, todo se puso tan oscuro que no podíamos vernos unos a otros en la cubierta.

»Sería una locura tratar de describir el huracán que siguió. Los más viejos marinos de Noruega jamás conocieron nada parecido. Habíamos soltado todo el trapo antes de que el viento nos alcanzara; pero, a su primer embate, los dos mástiles volaron por la borda como si los hubiesen aserrado..., y uno de los palos se llevó consigo a mi hermano mayor, que se había atado para mayor seguridad.

»Nuestra embarcación se convirtió en la más liviana pluma que jamás flotó en el agua. El queche tenía un puente totalmente cerrado, con sólo una pequeña escotilla cerca de proa, que acostumbrábamos cerrar y asegurar cuando íbamos a cruzar el Ström, por precaución contra el mar picado. De no haber sido por esta circunstancia, hubiéramos zozobrado instantáneamente, pues durante un momento quedamos sumergidos por completo. Cómo escapó a la muerte mi hermano mayor no puedo decirlo, pues jamás se me presentó la oportunidad de averiguarlo. Por mi parte, tan pronto hube soltado el trinquete, me tiré boca abajo en el puente, con los pies contra la estrecha borda de proa y las manos aferrando una armella próxima al pie del palo mayor. El instinto me indujo a obrar así, y fue, indudablemente, lo mejor que podía haber hecho; la verdad es que estaba demasiado aturdido para pensar.

»Durante algunos momentos, como he dicho, quedamos completamente inundados, mientras yo contenía la respiración y me aferraba a la armella. Cuando no pude resistir más, me enderecé sobre las rodillas, sosteniéndome siempre con las manos, y pude así asomar la cabeza. Pronto nuestra pequeña embarcación dio una sacudida, como hace un perro al salir del agua, y con eso se libró en cierta medida de las olas que la tapaban. Por entonces estaba tratando yo de sobreponerme al aturdimiento que me dominaba, recobrar los sentidos para decidir lo que tenía que hacer, cuando sentí que alguien me aferraba del brazo. Era mi hermano mayor, y mi corazón saltó de júbilo, pues estaba seguro de que el mar lo había arrebatado. Mas esa alegría no tardó en transformarse en horror, pues mi hermano acercó la boca a mi oreja, mientras gritaba: ¡Moskoe-ström!

»Nadie puede imaginar mis sentimientos en aquel instante. Me estremecí de la cabeza a los pies, como si sufriera un violento ataque de calentura. Demasiado bien sabía lo que mi hermano me estaba diciendo con esa simple palabra y lo que quería darme a entender: Con el viento que nos arrastraba, nuestra proa apuntaba hacia el remolino del Ström... ¡y nada podía salvarnos!

»Se imaginará usted que, al cruzar el canal del Ström, lo hacíamos siempre mucho más arriba del remolino, incluso con tiempo bonancible, y debíamos esperar y observar cuidadosamente el momento de calma. Pero ahora estábamos navegando directamente hacia el vórtice, envueltos en el más terrible huracán. 'Probablemente -pensé- llegaremos allí en un momento de la calma... y eso nos da una esperanza.' Pero, un segundo después, me maldije por ser tan loco como para pensar en esperanza alguna. Sabía muy bien que estábamos condenados y que lo estaríamos igual aunque nos halláramos en un navío cien veces más grande.

»A esta altura la primera furia de la tempestad se había agotado, o quizá no la sentíamos tanto por estar corriendo delante de ella. Pero el mar, que el viento había mantenido aplacado y espumoso al comienzo, se alzaba ahora en gigantescas montañas. Un extraño cambio se había producido en el cielo. Alrededor de nosotros, y en todas direcciones, seguía tan negro como la pez, pero en lo alto, casi encima de donde estábamos, se abrió repentinamente un círculo de cielo despejado -tan despejado como jamás he vuelto a ver-, brillantemente azul, y a través del cual resplandecía la luna llena con un brillo que no le había conocido antes. Iluminaba con sus rayos todo lo que nos rodeaba, con la más grande claridad; pero... ¡Dios mío, qué escena nos mostraba!

»Hice una o dos tentativas para hacerme oír de mi hermano, pero, por razones que no pude comprender, el estruendo había aumentado de manera tal que no alcancé a hacerle entender una sola palabra, pese a que gritaba con todas mis fuerzas en su oreja. Pronto sacudió la cabeza, mortalmente pálido, y levantó un dedo como para decirme: '¡Escucha!'

»Al principio no me di cuenta de lo que quería significar, pero un horrible pensamiento cruzó por mi mente. Extraje mi reloj de la faltriquera. Estaba detenido. Contemplé el cuadrante a la luz de la luna y me eché a llorar, mientras lanzaba el reloj al océano. ¡Se había detenido a las siete! ¡Ya había pasado el momento de calma y el remolino del Ström estaba en plena furia!

»Cuando un barco es de buena construcción, está bien equipado y no lleva mucha carga, al correr con el viento durante una borrasca las olas dan la impresión de resbalar por debajo del casco, lo cual siempre resulta extraño para un hombre de tierra firme; a eso se le llama cabalgar en lenguaje marino.

»Hasta ese momento habíamos cabalgado sin dificultad sobre las olas; pero de pronto una gigantesca masa de agua nos alcanzó por la bovedilla y nos alzó con ella... arriba... más arriba... como si ascendiéramos al cielo. Jamás hubiera creído que una ola podía alcanzar semejante altura. Y entonces empezamos a caer, con una carrera, un deslizamiento y una zambullida que me produjeron náuseas y mareo, como si estuviera desplomándome en sueños desde lo alto de una montaña. Pero en el momento en que alcanzamos la cresta, pude lanzar una ojeada alrededor, y lo que vi fue más que suficiente. En un instante comprobé nuestra exacta posición. El vórtice de Moskoe-ström se hallaba a un cuarto de milla adelante; pero ese vórtice se parecía tanto al de todos los días como el que está viendo usted a un remolino en una charca. Si no hubiera sabido dónde estábamos y lo que teníamos que esperar, no hubiese reconocido en absoluto aquel sitio. Tal como lo vi, me obligó a cerrar involuntariamente los ojos de espanto. Mis párpados se apretaron como en un espasmo.

»Apenas habrían pasado otros dos minutos, cuando sentimos que las olas decrecían y nos vimos envueltos por la espuma. La embarcación dio una brusca media vuelta a babor y se precipitó en su nueva dirección como una centella. A1 mismo tiempo, el rugido del agua quedó completamente apagado por algo así como un estridente alarido... un sonido que podría usted imaginar formado por miles de barcos de vapor que dejaran escapar al mismo tiempo la presión de sus calderas. Nos hallábamos ahora en el cinturón de la resaca que rodea siempre el remolino, y pensé que un segundo más tarde nos precipitaríamos al abismo, cuyo interior veíamos borrosamente a causa de la asombrosa velocidad con la cual nos movíamos. El queche no daba la impresión de flotar en el agua, sino de flotar como una burbuja sobre la superficie de la resaca. Su banda de estribor daba al remolino, y por babor surgía la inmensidad oceánica de la que acabábamos de salir, y que se alzaba como una enorme pared oscilando entre nosotros y el horizonte.

»Puede parecer extraño, pero ahora, cuando estábamos sumidos en las fauces del abismo, me sentí más tranquilo que cuando veníamos acercándonos a él. Decidido a no abrigar ya ninguna esperanza, me libré de una buena parte del terror que al principio me había privado de mis fuerzas. Creo que fue la desesperación lo que templó mis nervios.

»Tal vez piense usted que me jacto, pero lo que le digo es la verdad: Empecé a reflexionar sobre lo magnífico que era morir de esa manera y lo insensato de preocuparme por algo tan insignificante como mi propia vida frente a una manifestación tan maravillosa del poder de Dios. Creo que enrojecí de vergüenza cuando la idea cruzó por mi mente. Y al cabo de un momento se apoderó de mí la más viva curiosidad acerca del remolino. Sentí el deseo de explorar sus profundidades, aun al precio del sacrificio que iba a costarme, y la pena más grande que sentí fue que nunca podría contar a mis viejos camaradas de la costa todos los misterios que vería. No hay duda que eran éstas extrañas fantasías en un hombre colocado en semejante situación, y con frecuencia he pensado que la rotación del barco alrededor del vórtice pudo trastornarme un tanto la cabeza.

»Otra circunstancia contribuyó a devolverme la calma, y fue la cesación del viento, que ya no podía llegar hasta nosotros en el lugar donde estábamos, puesto que, como usted mismo ha visto, el cinturón de resaca está sensiblemente más bajo que el nivel general del océano, al que veíamos descollar sobre nosotros como un alto borde montañoso y negro. Si nunca le ha tocado pasar una borrasca en plena mar, no puede hacerse una idea de la confusión mental que produce la combinación del viento y la espuma de las olas. Ambos ciegan, ensordecen y ahogan, suprimiendo toda posibilidad de acción o de reflexión. Pero ahora nos veíamos en gran medida libres de aquellas molestias... así como los criminales condenados a muerte se ven favorecidos con ciertas liberalidades que se les negaban antes de que se pronunciara la sentencia.

»Imposible es decir cuántas veces dimos la vuelta al circuito. Corrimos y corrimos, una hora quizá, volando más que flotando, y entrando cada vez más hacia el centro de la resaca, lo que nos acercaba progresivamente a su horrible borde interior. Durante todo este tiempo no había soltado la armella que me sostenía. Mi hermano estaba en la popa, sujetándose a un pequeño barril vacío, sólidamente atado bajo el compartimiento de la bovedilla, y que era la única cosa a bordo que la borrasca no había precipitado al mar. Cuando ya nos acercábamos al borde del pozo, soltó su asidero y se precipitó hacia la armella de la cual, en la agonía de su terror, trató de desprender mis manos, ya que no era bastante grande para proporcionar a ambos un sostén seguro. Jamás he sentido pena más grande que cuando lo vi hacer eso, aunque comprendí que su proceder era el de un insano, a quien el terror ha vuelto loco furioso. De todos modos, no hice ningún esfuerzo para oponerme. Sabía que ya no importaba quién de los dos se aferrara de la armella, de modo que se la cedí y pasé a popa, donde estaba el barril. No me costó mucho hacerlo, porque el queche corría en círculo con bastante estabilidad, sólo balanceándose bajo las inmensas oscilaciones y conmociones del remolino. Apenas me había afirmado en mi nueva posición, cuando dimos un brusco bandazo a estribor y nos precipitamos de proa en el abismo. Murmuré presurosamente una plegaria a Dios y pensé que todo había terminado.

»Mientras sentía la náusea del vertiginoso descenso, instintivamente me aferré con más fuerza al barril y cerré los ojos. Durante algunos segundos no me atreví a abrirlos, esperando mi aniquilación inmediata y me maravillé de no estar sufriendo ya las agonías de la lucha final con el agua. Pero el tiempo seguía pasando. Y yo estaba vivo. La sensación de caída había cesado y el movimiento de la embarcación se parecía al de antes, cuando estábamos en el cinturón de espuma, salvo que ahora se hallaba más inclinada. Junté coraje y otra vez miré lo que me rodeaba.

»Nunca olvidaré la sensación de pavor, espanto y admiración que sentí al contemplar aquella escena. El queche parecía estar colgando, como por arte de magia, a mitad de camino en el interior de un embudo de vasta circunferencia y prodigiosa profundidad, cuyas paredes, perfectamente lisas, hubieran podido creerse de ébano, a no ser por la asombrosa velocidad con que giraban, y el lívido resplandor que despedían bajo los rayos de la luna, que, en el centro de aquella abertura circular entre las nubes a que he aludido antes, se derramaban en un diluvio gloriosamente áureo a lo largo de las negras paredes y se perdían en las remotas profundidades del abismo.

»Al principio me sentí demasiado confundido para poder observar nada con precisión. Todo lo que alcanzaba era ese estallido general de espantosa grandeza. Pero, al recobrarme un tanto, mis ojos miraron instintivamente hacía abajo. Tenía una vista completa en esa dirección, dada la forma en que el queche colgaba de la superficie inclinada del vórtice. Su quilla estaba perfectamente nivelada, vale decir que el puente se hallaba en un plano paralelo al del agua, pero esta última se tendía formando un ángulo de más de cuarenta y cinco grados, de modo que parecía como si estuviésemos ladeados. No pude dejar de observar, sin embargo, que, a pesar de esta situación, no me era mucho más difícil mantenerme aferrado a mi puesto que si el barco hubiese estado a nivel; presumo que se debía a la velocidad con que girábamos.

»Los rayos de la luna parecían querer alcanzar el fondo mismo del profundo abismo, pero aún así no pude ver nada con suficiente claridad a causa de la espesa niebla que lo envolvía todo y sobre la cual se cernía un magnífico arco iris semejante al angosto y bamboleante puente que, según los musulmanes, es el solo paso entre el Tiempo y la Eternidad. Aquella niebla, o rocío, se producía sin duda por el choque de las enormes paredes del embudo cuando se encontraba en el fondo; pero no trataré de describir el aullido que brotaba del abismo para subir hasta el cielo.

»Nuestro primer deslizamiento en el pozo, a partir del cinturón de espumas de la parte superior, nos había hecho descender a gran distancia por la pendiente; sin embargo, la continuación del descenso no guardaba relación con el anterior. Una y otra vez dimos la vuelta, no con un movimiento uniforme sino entre vertiginosos balanceos y sacudidas, que nos lanzaban a veces a unos cuantos centenares de yardas, mientras otras nos hacían completar casi el circuito del remolino. A cada vuelta, y aunque lento, nuestro descenso resultaba perceptible.

»Mirando en torno a la inmensa extensión de ébano líquido sobre la cual éramos así llevados, advertí que nuestra embarcación no era el único objeto comprendido en el abrazo del remolino. Tanto por encima como por debajo de nosotros se veían fragmentos de embarcaciones, grandes pedazos de maderamen de construcción y troncos de árboles, así como otras cosas más pequeñas, tales como muebles, cajones rotos, barriles y duelas. He aludido ya a la curiosidad anormal que había reemplazado en mí el terror del comienzo. A medida que me iba acercando a mi horrible destino parecía como si esa curiosidad fuera en aumento. Comencé a observar con extraño interés los numerosos objetos que flotaban cerca de nosotros. Debo de haber estado bajo los efectos del delirio, porque hasta busqué diversión en el hecho de calcular sus respectivas velocidades en el descenso hacia la espuma del fondo. 'Ese abeto -me oí decir en un momento dado- será el que ahora se precipite hacia abajo y desaparezca'; y un momento después me quedé decepcionado al ver que los restos de un navío mercante holandés se le adelantaban y caían antes. Al final, después de haber hecho numerosas conjeturas de esta naturaleza, y haber errado todas, ocurrió que el hecho mismo de equivocarme invariablemente me indujo a una nueva reflexión, y entonces me eché a temblar como antes, y una vez más latió pesadamente mi corazón.

»No era el espanto el que así me afectaba, sino el nacimiento de una nueva y emocionante esperanza. Surgía en parte de la memoria y, en parte, de las observaciones que acababa de hacer. Recordé la gran cantidad de restos flotantes que aparecían en la costa de Lofoden y que habían sido tragados y devueltos luego por el Moskoe-ström. La gran mayoría de estos restos aparecía destrozada de la manera más extraordinaria; estaban como frotados, desgarrados, al punto que daban la impresión de un montón de astillas y esquirlas. Pero al mismo tiempo recordé que algunos de esos objetos no estaban desfigurados en absoluto. Me era imposible explicar la razón de esa diferencia, salvo que supusiera que los objetos destrozados eran los que habían sido completamente absorbidos, mientras que los otros habían penetrado en el remolino en un período más adelantado de la marea, o bien, por alguna razón, habían descendido tan lentamente luego de ser absorbidos, que no habían alcanzado a tocar el fondo del vórtice antes del cambio del flujo o del reflujo, según fuera el momento. Me pareció posible, en ambos casos, que dichos restos hubieran sido devueltos otra vez al nivel del océano, sin correr el destino de los que habían penetrado antes en el remolino o habían sido tragados más rápidamente.

»Al mismo tiempo hice tres observaciones importantes. La primera fue que, por regla general, los objetos de mayor tamaño descendían más rápidamente. La segunda, que entre dos masas de igual tamaño, una esférica y otra de cualquier forma, la mayor velocidad de descenso correspondía a la esfera. La tercera, que entre dos masas de igual tamaño, una de ellas cilíndrica y la otra de cualquier forma, la primera era absorbida con mayor lentitud. Desde que escapé de mi destino he podido hablar muchas veces sobre estos temas con un viejo preceptor del distrito, y gracias a él conozco el uso de las palabras `cilindro' y `esfera'. Me explicó -aunque me he olvidado de la explicación- que lo que yo había observado entonces era la consecuencia natural de las formas de los objetos flotantes, y me mostró cómo un cilindro, flotando en un remolino, ofrecía mayor resistencia a su succión y era arrastrado con mucha mayor dificultad que cualquier otro objeto del mismo tamaño, cualquiera fuese su forma1.

»Había además un detalle sorprendente, que contribuía en gran medida a reformar estas observaciones y me llenaba de deseos de verificarlas: a cada revolución de nuestra barca sobrepasábamos algún objeto, como serían un barril, una verga o un mástil. Ahora bien, muchos de aquellos restos, que al abrir yo por primera vez los ojos para contemplar la maravilla del remolino se encontraban a nuestro nivel, estaban ahora mucho más arriba y daban la impresión de haberse movido muy poco de su posición inicial.

»No vacilé entonces en lo que debía hacer: resolví asegurarme fuertemente al barril del cual me tenía, soltarlo de la bovedilla y precipitarme con él al agua. Llamé la atención de mi hermano mediante signos, mostrándole los barriles flotantes que pasaban cerca de nosotros, e hice todo lo que estaba en mi poder para que comprendiera lo que me disponía a hacer. Me pareció que al fin entendía mis intenciones, pero fuera así o no, sacudió la cabeza con desesperación, negándose a abandonar su asidero en la armella. Me era imposible llegar hasta él y la situación no admitía pérdida de tiempo. Así fue como, lleno de amargura, lo abandoné a su destino, me até al barril mediante las cuerdas que lo habían sujetado a la bovedilla y me lancé con él al mar sin un segundo de vacilación.

»El resultado fue exactamente el que esperaba. Puesto que yo mismo le estoy haciendo este relato, por lo cual ya sabe usted que escapé sano y salvo, y además está enterado de cómo me las arreglé para escapar, abreviaré el fin de la historia. Habría transcurrido una hora o cosa así desde que hiciera abandono del queche, cuando lo vi, a gran profundidad, girar terriblemente tres o cuatro veces en rápida sucesión y precipitarse en línea recta en el caos de espuma del abismo, llevándose consigo a mi querido hermano. El barril al cual me había atado descendió apenas algo más de la mitad de la distancia entre el fondo del remolino y el lugar desde donde me había tirado al agua, y entonces empezó a producirse un gran cambio en el aspecto del vórtice. La pendiente de los lados del enorme embudo se fue haciendo menos y menos escarpada. Las revoluciones del vórtice disminuyeron gradualmente su violencia. Poco a poco fue desapareciendo la espuma y el arco iris, y pareció como si el fondo del abismo empezara a levantarse suavemente. El cielo estaba despejado, no había viento y la luna llena resplandecía en el oeste, cuando me encontré en la superficie del océano, a plena vista de las costas de Lofoden y en el lugar donde había estado el remolino de Moskoe-ström. Era la hora de la calma, pero el mar se encrespaba todavía en gigantescas olas por efectos del huracán. Fui impulsado violentamente al canal del Ström, y pocos minutos más tarde llegaba a la costa, en la zona de los pescadores. Un bote me recogió, exhausto de fatiga, y, ahora que el peligro había pasado, incapaz de hablar a causa del recuerdo de aquellos horrores. Quienes me subieron a bordo eran mis viejos camaradas y compañeros cotidianos, pero no me reconocieron, como si yo fuese un viajero que retornaba del mundo de los espíritus. Mi cabello, negro como ala de cuervo la víspera, estaba tan blanco como lo ve usted ahora. También se dice que la expresión de mi rostro ha cambiado. Les conté mi historia... y no me creyeron. Se la cuento ahora a usted, sin mayor esperanza de que le dé más crédito del que le concedieron los alegres pescadores de Lofoden.»

miércoles, 29 de octubre de 2008

La Columna del Odio: Trabajos de Castellano sobre la Televisión

Introducción.

El debate de la Eutanasia ha tenido, y tiene, especial relevancia y polémica dentro de los debates. Suiza es el único país del mundo donde esta práctica está permitida. Personalmente opino que la vida de una persona sólo le pertenece a ésta, pero eso es otra historia, y será, como dice Kipling, contada en otra ocasión.
Este trabajo sobre la programación televisiva me ha dado la oportunidad de asegurarme de que todos esos rumores sobre los programas del corazón eran ciertos, y no tan sólo exageraciones. Aparte de los canales locales, todos los canales, a excepción de La Sexta y la 2, están consagrados en vida y alma al corazón. Incluso la tele nacional se ha pasado a esta moda. Todo esto me ha hecho plantearme que casi más importante que el debate sobre la Eutanasia, deberíamos plantearnos, y muy seriamente, el del genocidio selectivo.
Es broma, evidentemente, uno no puede abrirse al mundo y decir que se va a dedicar a asesinar (¿liberar?) a todos los reporteros del corazón, porque entonces la gente no te va a respetar. Pero sería ingenuo decir que lo que les preocupa es tanto lo de ‘asesinar’ como lo de ‘programas del corazón’, pues eso les genera remordimientos, porque hay más gente de la que pensamos enganchada a esta plaga.
La mayoría saben que es basura, eso se nota, pero lo mismo pasa con el alcohol y el tabaco. Y, como con el alcohol y el tabaco, la única razón por la que no se prohíban, aparte del dinero, es que la gente está demasiado enganchada. Y está el dinero, cómo no.
De hecho, la única razón por la que no apagué a televisión, resfriado como estaba, fue el hecho de que era un trabajo. Uno corre el riesgo de sentirse extrañamente mal, al ver estos programas. De hecho, la única expresión que se me ocurría para expresar los sentimientos que me pasaron por la mente (las imágenes no las expresaré, puesto que se podría sacar una trilogía entera de libros de auto-ayuda para asesinos en serie) es una que ya inventé en otra ocasión, en un alarde de pedantería, “impotencia tantálica” .
Más aún, puesto que mi compañero escogió La Sexta, y yo, como adoro sufrir, escogí Antena 3, para poder humillar el mundo del corazón.
Otro inconveniente a tener en cuenta es el hecho de que entre trozo y trozo de programa colocan anuncios, amos indiscutibles de la programación, si bien, oficialmente son los programas del corazón. Como bien dijo Tyler Durden (o Jack... Eduard Norton) ‘Cuando llegue la época de los grandes viajes intergalácticos, serán las grandes compañías quienes lo bauticen todo... La Galaxia Coca-Cola... El Sistema de Mac...’. Incluso he oído que algunos de los interfectos que se ganan la vida en esos coliseos de hoy en día (léase: programación rosa) sacan libros, lo cual me extraña, puesto que seguramente lo único que han llegado a escribir sin faltas de ortografía en toda su vida sea: ‘Mi mamá me mima’, todo esto tras una compleja clase de trucos nemotécnicos para acordarse de que, en efecto, ‘mamá’ se acentúa. No es de extrañar que se descubra la existencia de ‘negros’ que escribían por ellos, ya que seguramente el único capaz de articular dos frases con sentido sea Jaime Peñafiel, y estoy siendo magnánimo.
Toda esta introducción e para crear el clima idóneo del nacimiento de una nueva tribu urbana, una nueva subdivisión del género humano, y son las llamadas ‘marujas’.
La ya maltrecha imagen que tenía del sótano de la Humanidad se ve vapuleada por este descubrimiento, pues hasta entonces creía que eran sólo mitos, cuentos para asustar a los niños, como el hombre del saco, el Coco, le góticos y Ana Obregón. Hasta el sótano más profundo puede albergar pozos, oscuros pozos que albergan la imagen más cruel y depravada de todo lo que hemos conseguido.
Si dentro de millones de años, una civilización de otro planeta llega a nuestro mundo, quizá se olviden de los grises tomos de grandes literatos para coger ediciones más atractivas, en color, cuyo titular sea: ‘Jaime Peñafiel nos desvela los secretos de la casa real...’ o que si Pepita y Fulano se casan.
La cultura está decayendo. Existen casos de adolescentes que lo único que leen son estas lecturas... incalificables... y eso es triste. Dejando al lado el sarcasmo, eso es muy triste.
Por supuesto, todas mis conjeturas están hechas desde mi punto de vista, y aceptaré gustoso sugerencias sobre mis escritos.
O no.
De hecho, lo único bueno que he podido encontrar en esos programas es que unen a la gente, la unen en el odio. Omito decir que unen a esos seres en el odio a tal o cuál personaje público por sus declaraciones, puesto que hablamos de gente que esté en posesión de todas sus cualidades mentales.
Escribo estas líneas para expresar la crítica que nos pediste, ya que es obligatoria, aún así lo hubiese escrito, pues nunca perdería la ocasión de humillar algo, o alguien.
Leí una cita muy buena, cuyo autor no recuerdo: ‘Piénsenlo, si hubiésemos invadido su país, matado a sus líderes y convertido a su pueblo al cristianismo, ahora mismo todos ustedes estarían abriendo regalos de Navidad’, lo cual, en mi opinión, revela el dilema de nuestra sociedad, a que vivimos bien, pero nuestras mentes se pudre a una velocidad sorprendente. En estos momentos, casi hay que pagar para ver buena programación, ya que, como yo mismo dije ‘la tele pública es el mayor monstruo que ha parido la historia’.
Pero ni siquiera pagando uno se puede librar, puesto que pasando se acaba encontrando con canales con nombres tan ingeniosos como Telecorazón, y más.
Cambiando de tema (el odio ya casi me nubla la vista), el tema de los telediarios los tuvimos un tanto más complicado, puesto que uno no hizo demasiados análisis, y el otro sí. Me guardaré de decir quién es quién.
Y no me andaré más por las ramas, puesto que creo que el comentario y la introducción han acabado en una sola cosa, y creo que la indignación contenido fluye por todos los rincones de mi cuerpo, acabaré esto.
Y ahora, les presentamos la película.


Lunes 4 de febrero de 2008

Antena 3.

De A3bandas (16:00) a las noticias de la noche (21:00).

A3bandas. (16:00-18:00).
Espectáculo, sociedad y actualidad. Supongo que esa es la forma delicadamente comercial que tienen en esa cadena para decir que es un programa del corazón como otro cualquiera, ya que, aparte de estar presentado por un tal Jaime Cantizano, tiene a las arpías, o erinias, sería más exacto. Sí, exacto, erinias, las que se dedicaban a atormentar a los que se habían portado mal, Alecto, Mégera y Tisífone. Puesto que, ciertamente, seguramente los que son atormentados por estos... seres... se lo merecen, puesto que eso los hizo (y, tristemente, hace) ricos.
Aparte del contenido del programa, lo que llama la atención es el título. A3bandas. A3, es decir, Antena tres, y las 3 bandas son las de las tres erinias. Tal alarde de originalidad seguro que ha hecho las delicias de todas esas mentes de las que ya hablé (y quien dice hablar, dice despotricar).

Dame chocolate. (18:00-18:15).
Por si aún quedaba algún resquicio de inteligencia en nuestras mentes, las producciones hispanoamericanas tienen, como siempre, la solución.
Resulta que una tal Rosita está enamorada, y eso es celebrado por todos nosotros con una jovialidad fuera de lo normal. Seguramente por el hecho de que estamos demasiado preocupados por nuestras vidas como para pensar que quizá nuestras neuronas mueran.
Dicen que la imitación es una forma de adulación, y hay no pocas telenovelas de este tipo.
Nadie sabe por qué disfrutan tanto atormentando neuronas. Por supuesto, los productores hispanoamericanos no se dan cuenta de que están tomando parte en una forma muy tosca de selección natural.
Algún día, las neuronas aprenderán a volar.

El diario de Patricia (19:15-21:00).
Mas, todo el horror que hayas podido soportar palidecerá ante esta horrible visión, las pupilas se agrandarán, el corazón comenzará a latir de forma irregular, un horrible escalofrío recorrerá toda tu columna cuando descubras que este programa se sigue emitiendo.
Las vidas de la gente que vive en este país son tan tristes que ya se tienen que contentar con las vidas de otra gente.
Reconciliaciones en directo.
Son las versiones actuales de los coliseos romanos, pero más cutre. Al menos podrían tener la decencia suficiente para matarse entre ellos y librar al mundo de su estupidez, al menos así los programas tendrían una exclusiva realmente jugoso que comentar.
Claro, eso debería pasar, pero es difícil. En un universo caótico hay demasiadas cosas que pueden salir mal, es demasiado probable el general tropiece con el caballo, o que el portador del mensaje clave sea asaltado por unos hombres con palos y problemas financieros.
O que no se mueran del todo. La mala hierba nunca muere.
El programa lleva tanto tiempo emitiéndose, que seguro que la presentadora ya ni se llama Patricia.

Noticias (21:00-21:45).
Avances de noticias, por orden.
-Detenido el último portavoz de la Ilegalizada Batasuna.
-Peor dato de paro en 24 años (lo cual dice mucho a cerca de la naturaleza política de la cadena).
-Faltan 35 días para las elecciones (según encuestas, el PSOE aumenta y el PP disminuye).
-Crónicas negras.
-Primer atentado palestino con muchas víctimas mortales del año, en Israel.
-Más víctimas
-Deportes (ya no me quedé a mirarlos).

Noticias.
1. Peor dato de paro en 24 años (lo cual, en opinión de algunas personas, demuestra que la única diferencia notable entre izquierda y derecha es el bolsillo donde se guardan el dinero)
2. Empiezan a escogerse lemas electorales. Orgía desenfrenada de lemas de mal gusto y de república bananera, o de campaña estadounidense, que para el caso...
3. Detenido el último portavoz de la Ilegalizada Batasuna. Llegan las elecciones...
4. En efecto, 35 días para las elecciones. Cuestionarios a ciudadanos.
5. El primer atentado palestino del año (hay que ver, la gente es tan morbosa que los contabiliza, en los buenos tiempos se hablaba del primer bebé del año, ahora...). Sí, bueno, la política internacional no está para tirar cohetes, aunque a más de uno le gustaría...
6. Elecciones en USA, empate entre Obama y Hilary, en el Partido Republicano tienen las cosas un poco más claras. Víspera del Supermartes.
7. Víctimas (crónicas negras). Seguramente provocadas por discusiones con el mando de la tele.
8. Visita de los Reyes a Egipto.
9. Violencia, más víctimas (¿nunca se cansarán?)
10. Aumenta el número de carreras ilegales en España. Corred, cerdos, corred.
11. Las cartas del Solitario a su abogado. Declaraciones de inocencia.
12. Turismo, un hotel de hielo en el Círculo Polar Ártico. Lo único interesante desde que dejamos lo de los cohetes...
13. Premios Goya. Comentarios de moda. Algunos, según los presentadores, ‘comentarios fuera de contexto’ por parte de los premiados (en concreto contra la conferencia episcopal).
14. Estreno de la serie Física o Química. Autopromoción. (Como comentario diré que la serie es tan mala que casi prefiero lo de Dame Chocolate).
15. Deportes.
16. Anuncio de REPSOL, con el Hallelujah de Leonard Cohen versionado por Rufus Wainwright, que nos presenta El Tiempo.

domingo, 26 de octubre de 2008

Degradación imaginativa

El niño está sentado en el suelo, en el suelo de madera, junto a la chimenea, siguiendo el movimiento de la sombra del anciano que está sentado enfrente, causado por la irregularidad del fuego. Fuera, en el invierno, las calles son blancas, los cielos oscuros, y todo es, en definitiva, mucho más frío. Pero aquí está a salvo, junto al anciano, en este mundo cálido y acogedor, iluminado tan sólo por el hogar.
Aquí, en este mundo, se ve todo más seguro. La cara del anciano está llena de los surcos adquiridos con los años, y sonríe con una afable sonrisa de amor paternal. Sí, este es un mundo seguro.
La casa está en silencio, pues todos se han acostado ya, y sólo existe vida en este pequeño reducto. El niño no hubiese salido de la habitación por nada del mundo, pues sabía, tenía la absoluta certeza, de que ahí fuera todo era peligroso y traicionero.
Sin embargo aquí puede dormir, y se echa haciendo un ovillo junto al fuego, que lo calienta. Oye la voz del anciano que le llama, y le insta a irse a su habitación. Pero él no quiere, quiere quedarse en aquel rincón, y sólo la mención de abandonarlo le turba en gran manera.
Fuera, en ese otro mundo más oscuro, oscuras nubes se adentran en la atmósfera, y comienza sonar el golpeteo del granizo en los cristales de la realidad, como recordatorio de que nada es eterno, y que todo su mundo no es menos frágil que una ventana.
Las doce solemnes campanadas de medianoche se alzan sobre la estrepitosa tempestad, y el niño se acurruca encima de las piernas del anciano, aferrándose a él como un náufrago se aferraría a un bote.
En aquel horrible momento, cuando todo parece volverse contra él, oye la cálida y paternal voz del anciano.
Y un momento después está lejos. Fuera de ese mundo real y acogedor, lejos de la tempestad.
Es cierto que su imaginación, libre de la pesadez de los años y con la ilusión infantil de descubrir aquello que no es conocido, podía volar más alto que muchas cosas, y hubiera bastado con que el anciano hubiese dicho una palabra para que el niño hubiera creado su propia historia, con ese encanto lineal que sólo se puede encontrar en las historias infantiles.
Y se despertó en un prado verde oscuro, húmedo de la lluvia que había caído. El cielo era gris y amenazaba a continuar lloviendo. Era ese un mundo extraño, y allá abajo se oía el crepitar de las olas contra las piedras.
Se levantó, y sintió el gélido viento pegándole en la cara, erizándole el vello de la nuca y poniéndole la piel de gallina. Comenzó a caminar, llevado por el impulso de las palabras del anciano, que le relataban los hechos cual si fuesen órdenes.
Caminó hasta encontrar un caminito escondido entre la hierba, que hacía tiempo que nadie cogía. Lo siguió, lo siguió sin saber lo que encontraría, sin saber si lo que hacía era lo correcto. Lo siguió porque era la historia, porque se lo había ordenado su subconsciente.
Porque debía hacerlo.
Caminó solo durante horas y horas, acompañado tan sólo por las montañas al horizonte y las nubes sobre su cabeza. En el horizonte seguía sonando el crepitar de las olas, y había comenzado a llover.
Se estremecía ante cada gota de agua fría que le caía en la piel, y se le estaba empapando la camisa.
Los zapatos se le encharcaban., y el cielo era cada vez más oscuro.
El pelo le caía alborotado sobre la frente, y tenía cada vez la piel más pálida.
Continuó caminando hasta que sus cansados ojos encontraron una gruta donde pasar la noche. Entró dentro y se aseguró de que no hubiese nadie más dentro de ella. Se acurrucó en una esquina y se sumió en un sueño inquieto.
Se despertó.
Hacía, frío, pero ya no llovía.
Salió temprano y continuó caminando por el caminito, pesadamente, pues tenía la cabeza nublada por el cansancio, y le dolían los ojos.
Subió por el camino de las montañas, lenta y pesadamente, porque era la primera indicación que encontró.
No tenía miedo, pues sabía que el anciano no le deseaba ningún mal, y todas sus curiosidades fueron saciadas.
Se sentía en un mundo suyo exclusivamente, y no encontrarse a nadie ayudaba a su creciente egocentrismo.
Finalmente, tras mucho pasear, se encontró frente a un puente de piedra. Sin duda, los que construyesen ese puente hicieron un trabajo estupendo. Estaba decorado con dos gárgolas a cada lado del puente, cuya misión era ahuyentar a los espíritus malignos.
Cuando se tiene una iglesia que mantener, la superstición reemplaza a la ciencia en muchos aspectos. Oye decir al anciano.
Las gárgolas le dan miedo. Le recuerdan los grabados antiguos de vampiros del libro de su padre. Las mira atemorizado y, por un momento, piensa que ellas le devuelven la mirada. Que algo dentro de ellas se remueve y le dirige una mirada de desaprobación, una risotada maligna silenciada por unos cuantos quilos de piedra maciza.
Da un primer paso sin convicción. El segundo se hace más pesado que si tuviese que soportar el peso de las mismas gárgolas, y al tercero echa a correr como alma que lleva el diablo.
Sigue por el camino hasta que se encuentra una taberna de madera, en un cruce de caminos aparentemente muy utilizado por los comerciantes.
Entra a pedir ayuda y algo de cobijo, pero el lugar parece desierto. Si ha habido vida en ese lugar hasta hace poco, si sólo se han ido a la ciudad por un momento, o si nunca la ha habido, colocado ese lugar allí para confundir su imaginación (porque, realmente, ¿qué otra cosa hacía él allí que confundir su imaginación?) y tornarla en un torrente de sensaciones encontradas.
Decidió quedarse dentro y abastecerse un poco de comida mientras pudiese. El sol entraba por los ventanales, y las persianas daban golpecitos a causa del viento. El crepitar de las olas aún era audible en la lejanía y, si se agudizaba mucho el oído, se podía oír el ruido del granizo al chocar contra los cristales de la realidad.
Se sentó a la mesa y se comió una buena hogaza de pan no demasiado antigua, por lo que dedujo que, viviera quien viviese allí, no debía llevar demasiado tiempo fuera.
El mundo siguió con su habitual recorrido sobre su eje, sin importarle a quien pudiese molestar, y el Sol se escondió tras las montañas, privando de luz la tierra y sumiendo en tinieblas los pensamientos más alegres.
El niño subió a la parte de arriba, donde encontró un lugar para dormir en lo que ya se había convertido en una versión bastante tétrica de Ricitos de Oro.
Desde arriba oía las persianas golpearse rítmicamente entre sí, el viento correr por la casa con su particular silbido. Se tapó la cara con las sábanas por temor a algo.
Algo innombrable. Algo que cuanto más pensaba en él más real le parecía. Porque estamos en el reino de la imaginación, donde todo es posible.
Finalmente apareció. Algo abrió la puerta, y llenó la casa de un pestilente olor. Algo caminaba en la casa con pasos pesados, y con una respiración entrecortada llenaba la casa de horror.
El niño se escondió completamente entre las sábanas, y la cosa de la planta baja decidió que, o bien no había nadie en la taberna o no valía la pena preocuparse por un bocado tan poco suculento como la carne de niño.
En contra de los tópicos populares, la carne de niño es una carne tan poco suculenta como la que encontrarías en una rata.
En algún momento de la noche, el niño se duerme.
A la mañana siguiente se despierta y, con mucho sigilo, sale de la casa.
Corre camino abajo hasta encontrarse con un pequeño riachuelo, donde se lava.
Mientras lo hace se da cuenta de algo importante. Todo eso comienza a no hacerle ninguna gracia.
Es decir, lo de la pulmonía y tener miedo a las gárgolas está bien, lo de esconderse en una gruta para pasar la noche es bastante divertido. Por Dios, si hasta caminar fue entrañable.
Pero que lo de que la única persona que se ha dejado entrever en toda su maldita estancia fuera un ser aterrador de pisadas pesadas (aliteración), de respiración entrecortada y secretismo aterrador ya le sacaba de quicio (no, en aquella época aún no había oído hablar de las sectas de fumadores obesos).
No, todo esto era macabro, y no podía seguir así.
No se le ocurría el porqué de que el anciano le estuviese haciendo pasar tan mal rato (de hecho, ahora que lo pensaba, no sabía ni de qué conocía al anciano).
Se dirigió al camino, para ver si encontraba algún ser vivo que, a ser posible, no le diese tanto miedo como para verse obligado a imaginarse con una motosierra.
También pensó en el porqué de que no lo hubiese hecho ya.
Si esto fuera uno de sus juegos de rol, al menos sabría qué tiene que hacer. O a quién tiene que buscar, o dónde tiene que ir.
Esto se parecía a la fantasía delirante de algún escritor frustrado cuya imaginación le obligase a dar vueltas al mismo punto durante horas intentando llenar un trozo de papel. El problema es que él formaba parte de esa fantasía.
La fantasía paranóide de algún loco con baja autoestima que se dedica a escribir relatos absurdos para concursos.
Cogió el camino esperando que se le cayese un meteorito encima o algo así. Encontró un mendigo bebiendo de un arroyo, y le preguntó que dónde estaba la ciudad más próxima. Al ver que no respondía, le repitió amablemente la pregunta. El mendigo le dijo que sí, que sabía lo que significaba ‘ciudad’, que lo había buscado en su VOX, y que no tenía porque repetirle las cosas dos veces como si fuese tonto. Que los snobs siempre hacían lo mismo y se sentían superiores al resto de mortales. Que la opresión inherente al sistema acababa con los sueños de la gente, y demás.
El niño decidió seguir buscando la ciudad, tropezó, se magulló, se levantó y decidió seguir buscando la ciudad.
Finalmente encontró la ciudad a la caída de una fría noche, y se dirigió a pedirle consejo a las autoridades locales. Éstas le hicieron coger número y esperar en la sala de espera.
Coge una revista.
Y espera.

Pesadilla en Abbey Road: El Cielo está enladrillado

Sappy y Sir Thomas

Todo empezó como suelen empezar estas cosas, con tu padre lamiendo los restos de tu madre del suelo, los ojos rojos y, sorprendentemente en él, sobrio.
Aunque, si lo que quieres es oír una historia curiosa, quizá sea mejor empezar en el momento en el que sales de tu casa y te encuentras con el ocaso de la civilización; cuando Dios, cabreado por algún desengaño amoroso, decide enviar a la tierra un grupo de cadáveres comecocos en una macabra versión del Pacman.
Por supuesto, estas cosas ocurren. Te levantas una mañana y ves que lo que antes fue tu vecino se está haciendo unos pinchitos con tu perro. Claro, que deberías haberte dado cuenta porque tu mujer se está comiendo a tus hijos crudos, sin cocer ni nada, y tu suegra te ha dirigido, posiblemente, las primeras palabras en tus diez años de infierno matrimonial. Lógicamente no las entendiste, porque la sangre burbujeante que salía de su garganta te impedía entender muy bien lo que decía.
Aunque tras diez años de contacto con tu familia política, no sabrías decir si realmente hay que echarle la culpa a la sangre.
El caso es que el mundo parece sufrir una especie de plaga bacteriana altamente contagiosa, y para cuando decides darte cuenta de que no es que Halloween haya cambiado repentinamente de fecha, te encuentras con un panorama no menos que desolador y apocalíptico. Sales a la calle y se oyen estruendosos accidentes, sofocados gritos de terror y alguna que otra tubería que explota, y en poco menos de cinco minutos, la civilización retrocede al menos ochocientos kilómetros de evolución.
Y sabes que no puedes quedarte ahí plantado observando como el universo agoniza. Tu instinto básico de supervivencia y ésas doscientas películas de cataclismos que te tragaste algún día especialmente aburrido te dicen a gritos que necesitas ir a un sitio para ponerte a buen recaudo, que debes analizar el comportamiento de esas cosas raras que tienes ahora por familia y que seguidamente debes desempeñar el papel de héroe de la humanidad y debes encontrar la cura para tan molesto mal.
Todo esto te lo dice tu absurda conciencia, pero ¿sabes que es lo que más te empreña? Que hoy había fútbol, joder. ¿No tenía el mundo un momento mejor para acabarse?
Así que coges tu chaqueta, una raqueta de tenis y un bocadillo de chopet y sales a la calle dispuesto a salvar el mundo.
Al salir te das cuenta de porque este país nunca ha sido la Meca de las películas de zombies. Todo el mundo está o bien descuartizado (bien descuartizado, sin duda) o bien en su casa, viendo el fútbol. En América esto no pasa, la gente sale a las calles y se convierte en el primer blanco de un familiar que hace lo menos tres años que no ves.
Aquí la gente tendrá suerte si mañana es festivo.
Te das cuenta de que no vale la pena, giras los talones y te metes en tu casa. Dejas el bocadillo de chopet en la encimera. Te afeitas. Te metes bajo la manguera de la ducha, mientras, un chorro de agua caliente te refresca las ideas.
Sales de la ducha desnudo y pones la música a todo volumen. Si el fin del mundo está cerca (cosa que a todas luces parece estar sucediendo), te lo habrás pasado en grande. Disfrutarás cada jodido momento antes de que tu cerebro se convierta en el primer plato de tu mujer (de la que, por cierto, te das cuenta con cierta inquietud que no la has vuelto a saber nada desde que se comió a tus hijos), de tu médico o de tu jefe.
Pones la música a todo volumen.
Highway to Hell.
Te sientas y meditas.
Quiero decir, seguro que ya hay más de un macho por ahí suelto con ganas de llevarse el título de Mesías del siglo XXI o lo que sea. Más de un atlético don Juan que irá volando tapas de sesos mientras le toca los pechos a una guapa heroína (que, seguramente, recibirá más el nombre por lo que queda en su cerebro más que por la función de salvar a la humanidad), más de un sabihondo cuatro-ojos viciado a los sudokus y a hackear ordenadores que accederá a las computadoras más importantes del país que ahora funcionan sin control para tratar de regular el ahora destartalado mundo, más de un joven empollón que aspira a médico tratando de descubrir la vacuna que os salvará a todos. Algunos sucumbirán. Pero entonces vendrán otros. Siempre hay algún matado que hace este tipo de cosas. Y algo es seguro; tú no eres uno de ellos.
¿Qué servicio le puede dar al mundo alguien sin la mayor virtud de tener el honor de ser el campeón de tiro de escupitajos en la Peña Madridista? ¿Alguien cuyo sex-appeal ronda los números negativos y su número de conquistas se puede representar con un dedo de la mano? Tú has sido creado para consumir cantidades industriales de cerveza y para abuchear a los jugadores del equipo contrario, no para luchar contra un ejército de zombies.
Porque, seamos francos, no tienes ni siquiera chica a la que salvar (siempre que no contemos a ese montón de desechos que está a tu puerta sacándose las llaves de una especie de bolsa marsupial abierta en el abdomen y estropeándose su preciosa manicura rasgando la puerta).
En ese momento de verdad te das cuenta de que esto va en serio, de que tu mujer está a las puertas, de que si abre es el final de todas las cervezas, de toda la diversión, de todo lo que te ha mantenido realmente con vida.
Y mira, como siempre.
Saltas por encima del sofá para colocarlo atrancando la puerta, y colocas el pestillo en una maniobra sólo digna de alguien que ha debido soportar muchas visitas de mormones, vendedores de pólizas, de semillas (siempre habías creído que eso sólo pasaba en las pelis americanas) y cónyuges con incontinencia verbal (y urinaria, te dice tu pituitaria {ese amiguito que durante las próximas horas nos va a dar mucho por culo}).
Te sientas cerca de tu listín telefónico pensando en los funcionarios de la policía preguntándoles a sus superiores cuál es el protocolo en caso de que tu vecino te haya arrancado media mano de un mordisco.
(En caso de que el cadáver reanimado de su mujer esté llamando a la puerta con los intestinos de sus hijos en la garganta, pulse 1).
Si llamas ahora, seguramente la línea esté colapsada.
(Si la llave de la aberración llega al cerrojo, pulse 2).
Aunque, bien mirado, en este país no hemos sido mucho de resolver los problemas con la policía. Los bomberos estarán desocupados, seguramente, ya que esto parece una versión extremista de la huelga de los asadores.
(Si oye que el zombi de Jesús, el vecino vegetariano, está atacando al cadáver de su mujer {ya que ‘zombie’ quizá sea una palabra un tanto fuerte para definir una década muerta de tu vida), pulse 3).
Eso te dará tiempo para pensar. Pensar en una persona que tenga experiencia en salir vivo de un ataque zombies, armado con la raqueta de tenis del club pijo al que lo que un (mal) día fue tu mujer te obligó a apuntarte.
Haces memoria, y lo encuentras. Sí, por imposible que parezca, lo encuentras.
Es aquel tío del que todo el mundo pasaba en las fiestas del instituto, aquel cuyo coeficiente intelectual no sólo da mil vueltas al tuyo, sino que hasta si le extrajeras medio cerebro y lo apuntases a una secta neonazi podría darte clases de cultura.
La misma persona que sobrevivió una semana encerrado en su garaje jugando al Tetris y alimentándose de barritas energéticas y fluidos corporales, sólo por el simple placer de no salir de su casa. La misma persona que se pasó la carrera sacando sobresalientes mientras jugaba al D & D, reuniéndose en tu garaje, en aquella época oscura de tu vida que prefieres no recordar. El Dungeon Master al que nunca podías vencer, tú, un simple paladín grado 4, con una espada de bonificación +3 y un -2 en protección contra hechizos ígneos.
Marcas su número sin demasiada convicción, en algún lugar de la ciudad, algún zombie puede oír la musiquilla de Star Trek saliendo de un extraño aparato metido en el bolsillo.
El caso es que oyes el pitido constante, mientras los rasguidos a la puerta han cesado. Lo cierto es que te han entrado unas ganas terribles de comerte unas magdalenas, mermelada, y un zumo de naranja (de concentrado, cómo no, ese saborcillo a jarabe siempre te ha gustado).
Oyes una voz repelente al otro lado del teléfono:
-¿Dígame?
- Tío, necesito tu ayuda, debo reunirme contigo.
-¿Eh? ¿Qué pasa?
- Tengo que salir de mi casa, y hay zombies en el piso.
-¿Y no puedes comprarte una guía del juego, en lugar de preguntarme a mí?
-¿?¿?¿?¿?¿?¿? No es un juego, es la vida real.
-Hummmmmmm... ¿seguro que no son votantes? Estamos en época de elecciones...
-¿Los votantes se comen entre ellos?
-No me extrañaría, es lo último que les queda a los partidos políticos. Quizá, si te comes unos cuantos militantes del partido contrario, te regalan una entrada al fútbol.
-¿Puedo ir a tu casa? Desde que instalaste tu sistema de defensa contra una invasión mazdeísta me siento más seguro allí.
-Shhhht, no rebeles mis secretos, querido amigo, no queremos que los del Contubernio sepan que lo sabemos, ¿sabes? Tienen pinchadas todas las líneas.
-Deja ya el rollo, voy para allá...
- Por cierto, si realmente son zombies, párteles el cráneo.
-Pensaba darles besitos.
-Lo sé, te conozco, por eso te aviso. ¡Cuídate!
-Espera, ¿sabes que es lo más bonito que me han dicho nunca?
-Adiós...
Cuelgas el teléfono, y piensas en hasta qué punto el friki de tu amigo tiene razón, y si podrías partirle el cráneo a tu mujer. Tiene la cabeza muy dura, si lo sabrás tú.
Coges la raqueta, y sales.
El piso está lleno de sangre, pero no hay rastro de lo que hasta esta mañana era tu vida. Sales corriendo y te metes de un salto en el ascensor. Esta maniobra no es tanto por los zombies, sino porque te hacía ilusión. Había un ascensor, estaba abierto, el pasillo libre y resbaladizo, obviamente nadie puede resistirse.
El problema es que, en esos instantes en los que estás volando, te das cuenta de que vas a caer encima de tu mujer. Pones el mango de la raqueta mirando a ella, mientras tú apartas la mirada.
La raqueta queda incrustada en su cabeza, y no te quieres imaginar cómo habría sido el mundo si fuera ella la que se tirase encima tuya, con su, digamos, amplia estructura. Te imaginas tumbado en la moqueta roja (¿no era azul?) y viscosa del ascensor, con tus intestinos pugnando por salir por la boca y tus piernas sufriendo calambres por la falta de sangre.
Cierras el ascensor, y bajas hasta la planta baja. No tienes coche, nunca lo has necesitado.

viernes, 24 de octubre de 2008

Dolor de Estómago

Una serpiente que se enrolla, que estrangula. Tu sudor es sopa caliente y comestible, que baja por tu espalda y mancha las sábanas; y en ése momento abres los ojos y rezas para que no sea otra noche de esas.
Con la incomodidad de alguien que ha comido piedras, te giras, lentamente; ojos abiertos y respiración acelerada. Tu organismo se prepara para la redención, para el final, para el si las cosas van mal, mejor acabar con todo.
Tienes ganas de echar tu cuerpo por la boca, pero implica un esfuerzo tan soberanamente gigantesco, que podrías venderle tu alma al demonio con tal de conservar tus órganos en su sitio.
Respirar. Respirar. Respirar. Y pensar en cosas bonitas.
Pero en el mundo no hay nada bonito cuando tienes al diablo rasguñando tus tripas. Joder. Sería mejor dormirse y olvidarse de que ha pasado esto, olvidar que desde dentro, es desde donde te joden más. Olvídense ustedes que nuestro estómago es un cabrón hijo puta que espera a la mínima que te despistas y se contrae, y tu caes cada vez más en una pequeña muerte, silenciosa y burbujeante.

pd. Tienes un montón de citas de Irati! :D

miércoles, 22 de octubre de 2008

¡Felicidades!

Citando mi libro de geología:

“Quants anys té el nostre planeta? Són molts els que han intentat respondre a aquesta pregunta al llarg de la història.
La societat occidental, sota la influència del cristianisme, va buscar la resposta en la interpretació de la Bíblia. Al segle XVII, un arquebisbe va afirmar que la Terra havia estat creada el 22 d’octubre de l’any 4.004 a.C.”


En fin, feliz 6012º aniversario, supongo.

lunes, 20 de octubre de 2008

El Último Gay de Escocia, IV

A Neracomon,
mi eterna musa

Don’t Stop Me Now
Él no tenía ni idea de aritmética. La mayoría de los grandes magos post-Serrano murieron sin saber que uno más uno no eran siete.
Las ciencias mágicas siempre se han limitado a contar objetos en clases de Alquimia. De hecho, la verdadera traducción de “muggle” es “aquél que no cuenta con los dedos”. Desde un punto de vista evolutivo, los “muggles” han avanzado bastante más que los magos.
Excepto en la cama.
Dormir sigue siendo la misma mierda desde el siglo XI.
Incluso, si nos detuviésemos a contemplar la historia del mundo, veríamos que os magos han sido de tanta importancia como aquella vez que escupiste en la calle por tener la garganta cargada.
Pero en fin, a lo que íbamos. Él no tenía ni idea de aritmética.
De hecho, en líneas generales, él no tenía ni idea de nada.
Ganchito era, en palabras de su padre, “el hijo bastardo del puto Forrest Gump, joder”.
El padre de Ganchito tampoco era un hombre con demasiadas luces, y me atrevería a decir que la primera vez que se le ocurrió una idea propia acabó casándose por dejar embarazada a la chica que, durante los próximos treinta años de su vida, fue esclavizada por un marido bruto y un hijo burro.
Papá Ganchito tampoco se ocupó nunca de enseñar a su hijo, puesto que estaba convencido de que el partido de cricket era mucho más provechoso.
Fue el pensamiento más acertado que tuvo en toda su vida. El problema es que tuvo sus consecuencias, como que Ganchito, que, como he dicho, no tenía ni idea de aritmética, se quedase embobado pensando en el número de frascos de un litro podría llenar con un litro de brebaje mágico rejuvenecedor de la piel.
Claro, que Papá Ganchito no lo vería, porque murió de un infarto en el cuarto de baño, con un Playboy en las rodillas y una mano en los calzones.
Fue el único de su familia que no accedió a jugar una ruleta rusa individual con el tambor cargado.

Hava Nagila
Sigmund Freud dijo una vez que una de las dos únicas maneras de ser feliz en esta vida era ser idiota (la otra era hacérselo). Pero Ganchito no era feliz. De hecho, distaba mucho de la felicidad.
Había nacido cerca de Glasgow, y su padre supo que nunca sería hijo ilustre de la ciudad.
Ésto era importante, ya que su padre, por regla general, no sabía muchas cosas. La familia de Ganchito no tenía antepasados ilustres, y no podía vanagloriarse de ser antigua.
Ni nueva.
Ni ambigua, ya que ninguno conocía la palabra.
A efectos prácticos, la familia de Ganchito ni siquiera era una familia. Los abuelos no se acordaban ni del nombre de sus hijos, por lo que no podían saber si tenían nietos.
La infancia de Ganchito estuvo marcada por el amor y frustración de su madre, que sufría al ver cómo Dios la castigaba tanto por un momento de calentón que, de hecho, no había sido tal, ya que Papá Ganchito había sido quien más interés tenía en la relación.
Por aquel entonces no se llamaba Papá Ganchito, pero hoy ya nadie recuerda su nombre, ya sea porque ni siquiera saben quién era Ganchito, o porque, al final, ni él recordaba su nombre.
Enseñó a su hijo todo lo que un padre sobrealimentado y con un ligero retraso mental podría enseñar a un hijo tan idéntico al padre que, a veces, ni ellos se diferenciaban.
Desde un punto de vista evolutivo, era una familia interesante.
Desde un punto de vista biológico, sólo sobresalía que eran más feos que pegarle una paliza a un padre, en una habitación oscura y con un calcetín sudado.
El porqué del ingreso de Ganchito en Hogwarts es un interrogante que sólo la Ciencia despejará en su momento.
La recomendación para el ingreso fue redactada un domingo. Se la enviaron, y el padre de Ganchito disparó a la lechuza. Entonces se volvió a redactar, y papá Ganchito le volvió a dar. Se volvió a redactar, y la lechuza se perdió, se encontró, perdió la misiva y fue asesinada por un niño con tirachinas.
Finalmente, se les envió un fax.
En éste se le estipulaba, básicamente, que el colegio no se hacía cargo de incineraciones accidentales, incineraciones premeditadas, electrocuciones accidentales, electrocuciones premeditadas, electrocuciones anales, violaciones, ataques de Teletubbies hambrientos, abusos de profesores o venta fraudulenta de estampitas monacales.
También decía que el colegio corría con todos los gastos, argumento que los padres de Ganchito, si bien a su pesar, esgrimieron para sacar a Ganchito de su entorno íntimo (estaba haciendo muy buenas migas con las musarañas del sótano donde lo tenían escondido).
Así fue como Ganchito ingresó en el colegio de Magia y Hechicería de Hogwarts, la tapadera de una oscura institución que se dedicaba a la compra-venta de niños para amos polacos con relojes de lectura directa.

Blowin’ In The Wind
La relación entre Ganchito y Salido se habría continuado tildando de inexistente, debido a la falta de comunicación, que era debida al idioma y a un ligero (y pongo “ligero”, diría Sire, como Número de Avogadro) retraso mental por parte de Ganchito y al particular egocentrismo de David, que se creía único en el colegio.
Punto en el cual, debo decir que estaba completamente equivocado. Citando a John Donne, famoso metafísico del siglo XVII: Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra.; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.
Sí, gente con mal gusto hay por todas partes.
Sin embargo, se sucedió un incidente que cambió el curso de sus vidas y las estrelló con más fuerza que la fraternidad de pecho y la de sangre. Era el tipo de fraternidad que sólo puede darse con gente con los mismos problemas que tú.
Todo empezó, como suelen empezar estas cosas, por el principio. Por un principio tan minúsculo e insignificante que cuesta creer que uniese incluso dos mentes como las suyas.
Sí, todo empezó con una bola de papel mágica. Hacía ya ocho años que el Consejo había prohibido los hechizos ígneos en el Tratado de Maëlstrom, donde también se había prohibido cualquier tipo de hechizo que coartase la libertad interior y se dictaron leyes sobre la velocidad media de una golondrina sin carga.
Teniendo en cuenta el famoso y problemático dilema del origen de la golondrina, si europea o africana, los teóricos del Tratado de Maëlstrom llegaron a la conclusión de que su velocidad media no tenía grandes variaciones, si bien es verdad que dependía de un factor muy importante. Depende de qué golondrina africana y de qué golondrina europea.
Así pues, nuestra bolita de papel mágica lvl 2 se movía a una velocidad constante de 10 m/s. Chocó contra Salido, que estaba tumbado en la cama, y éste se levantó y sólo vio a Ganchito.
No había sido él, por supuesto. Su cerebro encontraba demasiadas dificultades para concordar una frase (y no digo una oración, entonces ya flipaba) como para lanzarle una bolita de papel mágica y acertar.
El verdadero origen de la bola sigue siendo desconocido, si bien se ha especulado que forma parte de ese extraño fenómeno, propio del mundo mágico, donde las cosas suceden sin motivo aparente.
Pero Salido se rió, y Ganchito le siguió. Poco después, una, dos, o quizá tres horas más tarde, los dos conversaban animadamente sobre Quidditch, y Salido se encariñó pronto con este extraño sujeto.
Era la única persona que sabía a ciencia cierta que era más tonto que él.
Para Ganchito éso significaba una oportunidad de acercarse a David sin tener que abrirse la cabeza contra un pote de mermelada.

martes, 14 de octubre de 2008

Sonata nº 49. (La Sonata de Lestat)

Franz Joseph Haydn

Haydn siempre sería recordado como "el otro" gran compositor del Clasicismo. Representa la sumisión y la humildad en una época donde la rebeldía y el ego del artista empiezan a pujar sobre las austeras valoraciones clásicas, pero no por ello menos dignas.
Citando a Shakespeare, Haydn hubiese soportado "los dardos y pedradas de la áspera Fortuna".

Haydn es el padre de las sinfonías (epíteto dado por sus más de cien composiciones para orquesta), un excelente compositor de cuartetos y el autor de esta pieza, cuyo Adagio e Cantabile será recordado, gracias a Anne Rice, como la Sonata de Lestat.

La Flauta Mágica

Pa... pa-pa
Pa... pa-pa
Pa-pa-pa-paa
Paa-pa-pa-pa
Pa·pa·pa·pa·pa·pa·pa·paa
Pa·pa·pa·pa·pa·pa·pa·paa
Parapapapá
Parapapapá
Papapapapapagena!
Papapapapapageno!


sábado, 11 de octubre de 2008

Los Beneficios de la Luna

Charles Baudelaire

La Luna, que es el capricho mismo, se asomó por la ventana mientras dormías en la cuna, y se dijo: "Esa criatura me agrada."
Y bajó muellemente por su escalera de nubes y pasó sin ruido a través de los cristales. Luego se tendió sobre ti con la ternura flexible de una madre, y depositó en tu faz sus colores. Las pupilas se te quedaron verdes y las mejillas sumamente pálidas. De contemplar a tal visitante, se te agrandaron de manera tan rara los ojos, tan tiernamente te apretó la garganta, que te dejó para siempre ganas de llorar.
Entretanto, en la expansión de su alegría, la Luna llenaba todo el cuarto como una atmósfera fosfórica, como un veneno luminoso; y toda aquella luz viva estaba pensando y diciendo: "Eternamente has de sentir el influjo de mi beso. Hermosa serás a mi manera. Querrás lo que quiera yo y lo que me quiera a mí: al agua, a las nubes, al silencio y a la noche; al mar inmenso y verde; al agua informe y multiforme; al lugar en que no estés; al amante que no conozcas; a las flores monstruosas; a los perfumes que hacen delirar; a los gatos que se desmayan sobre los pianos y gimen como mujeres, con voz ronca y suave.
"Y serás amada por mis amantes, cortejada por mis cortesanos. Serás reina de los hombres de ojos verdes a quienes apreté la garganta en mis caricias nocturnas; de los que quieren al mar, al mar inmenso, tumultuoso y verde; al agua informe y multiforme, al sitio en que no están, a la mujer que no conocen, a las flores siniestras que parecen incensarios de una religión desconocida, a los perfumes que turban la voluntad y a los animales salvajes y voluptuosos que son emblema de su locura."
Y por esto, niña mimada, maldita y querida, estoy ahora tendido a tus pies, buscando en toda tu persona el reflejo de la terrible divinidad, de la fatídica madrina, de la nodriza envenenadora de todos los lunáticos.

viernes, 10 de octubre de 2008

The Song of Uncle Sweetshare



Rol, Rol, ¡montañas de Rol!




He he! Ha ho!
To the workshop he will go!


My Uncle's candy is so sweet! It's such a yummy winter's treat!

When the sugar is warmed by the pale hearth light

The happiness spreads throughout the night!


He he! Ha ho!

To the workshop he will go! Uncle Sweetshare is coming near

To spread his candy and his cheer!

It's better than trinkets, games or toys

So say all the little girls and boys!


He he! Ha ho!

To the workshop he will go! Candy, candy -- he makes so much!

Uncle Sweetshare has a magic touch!

So it's back to the workshop in the snow!

With lovely lanterns all aglow!


He he! Ha ho! He he he ha ha ho!

La Columna del Odio: 4º A

Escribo estas líneas desde la clase de informática, ya que nos sobra tiempo para usar los ordenadores para fines más ruines que escribir 'hola' con el lápiz del Paint.
Por fin, hechas las valoraciones iniciales, puedo aventurarme a dar una visión de mi curso. Sin ir más lejos, ahora mismo estoy sentado al lado de un interfecto que me hace ver vídeos de Youtube, a lo que no puedo responder más que con una sonrisa y unas palabras malintencionadas.
La columna de hoy la dedicaré a un episodio que se sucedio el lunes, del cual no me vi con fuerzas de hablar hasta ahora, que nos han dejado el aula.
Hasta ahora, no tengo muy claro si debo pensar que estoy rodeado de idiotas o de vándalos.
La cosa fue máso meno como sigue. Al llegar a la clase, mi profesor de Historia (que tiene nombre de conquistador español, por cierto) comenzó a explicar los diferentes movimientos reformistas.
Cuando hablábamos de Calvino y su idea de la predestinación, un sujeto, al que daré en llamar Alguien, se puso a silbar, respaldado por todo un coro de voces adolescentes tan estridentes como un pinchazo de otitis.
A ésto le siguió la bella exhibición de canto de Alguien II, que llamaré Lola Flores. Era tan bella que se me aflojó el esfínter y la vesícula bilial protestó enviando una agria sensación de angustia a mi garganta.
Entonces el profesor explotó, cubriéndonos de mierda. Sinceramente, me compadecía de él.
Fue allí cuando, para cabrearlo más, para perder tiempo de clase, para ganarse negativos, o porque son gilipollas, no lo sé, se echaron a reír. El profesor no supo que hacer, y nos mandó estudiarnos lo que él hubiera explicado, y nos dio una reprimenda sobre lo que era la educación y el respeto.
Y, sí, nos la teníamos merecida.

domingo, 5 de octubre de 2008

La Columna del Odio de Mariano José de Larra: Vuelva Usted Mañana

Mariano José de Larra

Artículo del Bachiller

Gran persona debió de ser el primero que llamó pecado mortal a la pereza; nosotros, que ya en uno de nuestros artículos anteriores estuvimos más serios de lo que nunca nos habíamos propuesto, no entraremos ahora en largas y profundas investigaciones acerca de la historia de este pecado, por más que conozcamos que hay pecados que pican en historia, y que la historia de los pecados sería un tanto cuanto divertida. Convengamos solamente en que esta institución ha cerrado y cerrará las puertas del cielo a más de un cristiano.

Estas reflexiones hacía yo casualmente no hace muchos días, cuando se presentó en mi casa un extranjero de éstos que, en buena o en mala parte, han de tener siempre de nuestro país una idea exagerada e hiperbólica, de éstos que, o creen que los hombres aquí son todavía los espléndidos, francos, generosos y caballerescos seres de hace dos siglos, o que son aún las tribus nómadas del otro lado del Atlante: en el primer caso vienen imaginando que nuestro carácter se conserva tan intacto como nuestra ruina [1]; en el segundo vienen temblando por esos caminos, y preguntan si son los ladrones que los han de despojar los individuos de algún cuerpo de guardia establecido precisamente para defenderlos de los azares de un camino, comunes a todos los países.

Verdad es que nuestro país no es de aquellos que se conocen a primera ni a segunda vista, y si no temiéramos que nos llamasen atrevidos, lo compararíamos [2] de buena gana a esos juegos de manos sorprendentes e inescrutables para el que ignora su artificio, que estribando en una grandísima bagatela, suelen después de sabidos dejar asombrado de su poca perspicacia al mismo que se devanó los sesos por buscarles causas extrañas. Muchas veces la falta de una causa determinante en las cosas nos hace creer que debe de haber las profundas para mantenerlas al abrigo de nuestra penetración. Tal es el orgullo del hombre, que más quiere declarar en alta voz que las cosas son incomprensibles cuando no las comprende él, que confesar que el ignorarlas puede depender de su torpeza.

Esto no obstante, como quiera que entre nosotros mismos se hallen muchos en esta ignorancia de los verdaderos resortes que nos mueven, no tendremos derecho para extrañar que los extranjeros no los puedan tan fácilmente penetrar.

Un extranjero de éstos fue el que se presentó en mi casa, provisto de competentes cartas de recomendación para mi persona. Asuntos intrincados de familia, reclamaciones futuras, y aun proyectos vastos concebidos en Paris de invertir aquí sus cuantiosos caudales en tal cual especulación industrial o mercantil, eran los motivos que a nuestra patria le conducían.

Acostumbrado a la actividad en que viven nuestros vecinos, me aseguró formalmente que pensaba permanecer aquí muy poco tiempo, sobre todo si no encontraba pronto objeto seguro en que invertir su capital. Parecióme el extranjero digno de alguna consideración, trabé presto amistad con él, y lleno de lástima traté de persuadirle a que se volviese a su casa cuanto antes, siempre que seriamente trajese otro fin que no fuese el de pasearse. Admiróle la proposición, y fue preciso explicarme más claro.

-Mirad- le dije-, monsieur Sans-délai [3] -que así se llamaba-; vos venís decidido a pasar quince días, y a solventar en ellos vuestros asuntos.

-Ciertamente- me contestó-. Quince días, y es mucho. Mañana por la mañana buscamos un genealogista para mis asuntos de familia; por la tarde revuelve sus libros, busca mis ascendientes, y por la noche ya sé quién soy. En cuanto a mis reclamaciones, pasado mañana las presento fundadas en los datos que aquél me dé, legalizadas [4] en debida forma; y como será una cosa clara y de justicia innegable (pues sólo en este caso haré valer mis derechos), al tercer día se juzga el caso y soy dueño de lo mío. En cuanto a mis especulaciones, en que pienso invertir mis caudales, al cuarto día ya habré presentado mis proposiciones. Serán buenas o malas, y admitidas o desechadas en el acto, y son cinco días; en el sexto, séptimo y octavo, veo lo que hay que ver en Madrid; descanso el noveno; el décimo tomo mi asiento en la diligencia, si no me conviene estar más tiempo aquí, y me vuelvo a mi casa; aún me sobran de los quince cinco días.

Al llegar aquí monsieur Sans-délai, traté de reprimir una carcajada que me andaba retozando ya hacía rato en el cuerpo, y si mi educación logró sofocar mi inoportuna jovialidad, no fue bastante a impedir que se asomase a mis labios una suave sonrisa de asombro y de lástima que sus planes ejecutivos me sacaban al rostro mal de mi grado.

-Permitidme, monsieur Sans-délai- le dije entre socarrón y formal-, permitidme que os convide a comer para el día en que llevéis quince meses de estancia en Madrid.

-¿Cómo?

-Dentro de quince meses estáis aquí todavía.

-¿Os burláis?

-No por cierto.

-¿No me podré marchar cuando quiera? ¡Cierto que la idea es graciosa!

-Sabed que no estáis en vuestro país activo y trabajador.

-Oh!, los españoles que han viajado por el extranjero han adquirido la costumbre de hablar mal [siempre] de su país por hacerse superiores a sus compatriotas.

-Os aseguro que en los quince días con que contáis, no habréis podido hablar siquiera a una sola de las personas cuya cooperación necesitáis.

-¡Hipérboles! Yo les comunicaré a todos mi actividad.

-Todos os comunicarán su inercia.


Conocí que no estaba el señor de Sans-délai muy dispuesto a dejarse convencer sino por la experiencia, y callé por entonces, bien seguro de que no tardarían mucho los hechos en hablar por mí. Amaneció el día siguiente, y salimos entrambos a buscar un genealogista, lo cual sólo se pudo hacer preguntando de amigo en amigo y de conocido en conocido: encontrámosle por fin, y el buen señor, aturdido de ver nuestra precipitación, declaró francamente que necesitaba tomarse algún tiempo; instósele, y por mucho favor nos dijo definitivamente que nos diéramos una vuelta por allí dentro de unos días. Sonreíme y marchámonos. Pasaron tres días: fuimos.

-Vuelva usted mañana- nos respondió la criada-, porque el señor no se ha levantado todavía.

-Vuelva usted mañana- nos dijo al siguiente día-, porque el amo acaba de salir.

-Vuelva usted mañana- nos respondió el otro-, porque el amo está durmiendo la siesta.

-Vuelva usted mañana- nos respondió el lunes siguiente-, porque hoy ha ido a los toros.

-¿Qué día, a qué hora se ve a un español?

Vímosle por fin, y "Vuelva usted mañana -nos dijo-, porque se me ha olvidado. Vuelva usted mañana, porque no está en limpio".

A los quince días ya estuvo; pero mi amigo le había pedido una noticia del apellido Díez, y él había entendido Díaz, y la noticia no servía. Esperando nuevas pruebas, nada dije a mi amigo, desesperado ya de dar jamás con sus abuelos.

Es claro que faltando este principio no tuvieron lugar las reclamaciones.

Para las proposiciones que acerca de varios establecimientos y empresas utilísimas pensaba hacer, había sido preciso buscar un traductor; por los mismos pasos que el genealogista nos hizo pasar el traductor; de mañana en mañana nos llevó hasta el fin del mes. Averiguamos que necesitaba dinero diariamente para comer, con la mayor urgencia; sin embargo, nunca encontraba momento oportuno para trabajar. El escribiente hizo después otro tanto con las copias, sobre llenarlas de mentiras, porque un escribiente que sepa escribir no le hay en este país.

No paró aquí; un sastre tardó veinte días en hacerle un frac, que le había mandado llevarle en veinticuatro horas; el zapatero le obligó con su tardanza a comprar botas hechas; la planchadora necesitó quince días para plancharle una camisola; y el sombrerero a quien le había enviado su sombrero a variar el ala, le tuvo dos días con la cabeza al aire y sin salir de casa.

Sus conocidos y amigos no le asistían a una sola cita, ni avisaban cuando faltaban, ni respondían a sus esquelas. ¡Qué formalidad y qué exactitud!

-¿Qué os parece de esta tierra, monsieur Sans-délai?- le dije al llegar a estas pruebas.

-Me parece que son hombres singulares...

-Pues así son todos. No comerán por no llevar la comida a la boca.

Presentóse con todo, yendo y viniendo días, una proposición de mejoras para un ramo que no citaré, quedando recomendada eficacísimamente.

A los cuatro días volvimos a saber el éxito de nuestra pretensión.

-Vuelva usted mañana- nos dijo el portero-. El oficial de la mesa no ha venido hoy.

"Grande causa le habrá detenido", dije yo entre mí. Fuímonos a dar un paseo, y nos encontramos, ¡qué casualidad!, al oficial de la mesa en el Retiro, ocupadísimo en dar una vuelta con su señora al hermoso sol de los inviernos claros de Madrid.

Martes era el día siguiente, y nos dijo el portero:

-Vuelva usted mañana, porque el señor oficial de la mesa no da audiencia hoy.

-Grandes negocios habrán cargado sobre él- dije yo.

Como soy el diablo y aun he sido duende, busqué ocasión de echar una ojeada por el agujero de una cerradura. Su señoría estaba echando un cigarrito al brasero, y con una charada del Correo [5] entre manos que le debía costar trabajo el acertar [6].

-Es imposible verle hoy- le dije a mi compañero- su señoría está en efecto ocupadísimo.

Diónos audiencia el miércoles inmediato, y ¡qué fatalidad! el expediente había pasado a informe, por desgracia, a la única persona enemiga indispensable de monsieur y de su plan [7], porque era quien debía salir en él perjudicado. Vivió el expediente dos meses en informe, y vino tan informado como era de esperar. Verdad es que nosotros no habíamos podido encontrar empeño para una persona muy amiga del informante. Esta persona tenía unos ojos muy hermosos, los cuales sin duda alguna le hubieran convencido en sus ratos perdidos de la justicia de nuestra causa.

Vuelto de informe se cayó en la cuenta en la sección de nuestra bendita oficina de que el tal expediente no correspondía a aquel ramo; era preciso rectificar este pequeño error; pasóse al ramo, establecimiento y mesa correspondiente, y hétenos, caminando después de tres meses a la cola siempre de nuestro expediente, como hurón que busca el conejo, y sin poderlo sacar muerto ni vivo de la huronera. Fue el caso al llegar aquí que el expediente salió del primer establecimiento y nunca llegó al otro.

-De aquí se remitió con fecha de tantos- decían en uno.

-Aquí no ha llegado nada- decían en otro.

-¡Voto va!- dije yo a monsieur Sans-délai, ¿sabéis que nuestro expediente se ha quedado en el aire como el alma de Garibay [8], y que debe de estar ahora posado como una paloma sobre algún tejado de esta activa población?

Hubo que hacer otro. ¡Vuelta a los empeños! ¡Vuelta a la prisa! ¡Qué delirio!

-Es indispensable -dijo el oficial con voz campanuda-, que esas cosas vayan por sus trámites regulares.

Es decir, que el toque estaba, como el toque del ejercicio militar, en llevar nuestro expediente tantos o cuantos años de servicio.

Por último, después de cerca de medio año de subir y bajar, y estar a la firma o al informe, o a la aprobación, o al despacho, o debajo de la mesa, y de volver siempre mañana, salió con una notita al margen que decia:

«A pesar de la justicia y utilidad del plan del exponente, negado». [9]

-¡Ah, ah!, monsieur Sans-délai -exclamé riéndome a carcajadas-; éste es nuestro negocio.

Pero monsieur Sans-délai se daba a todos los diablos.

-¿Para esto he echado yo mi viaje tan largo? ¿Después de seis meses no habré conseguido sino que me digan en todas partes diariamente: Vuelva usted mañana, y cuando este dichoso mañana llega en fin, nos dicen redondamente que no? ¿Y vengo a darles dinero? ¡Y vengo a hacerles favor? Preciso es que la intriga más enredada se haya fraguado para oponerse a nuestras miras.

-¿Intriga, monsieur Sans-délai? No hay hombre capaz de seguir dos horas una intriga. La pereza es la verdadera intriga; os juro que no hay otra; ésa es la gran causa oculta; es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas.

Al llegar aquí, no quiero pasar en silencio algunas razones de las que me dieron para la anterior negativa, aunque sea una pequeña digresión.

-Ese hombre se va a perder- me decía un personaje muy grave y muy patriótico.

-Esa no es una razón- le repuse-: si él se arruina, nada, nada se habrá perdido en concederle lo que pide; él llevará el castigo de su osadía o de su ignorancia.

-¿Cómo ha de salir con su intención?

-Y suponga usted que quiere tirar su dinero y perderse, ¿no puede uno aquí morirse siquiera, sin tener un empeño para el oficial de la mesa?

-Puede perjudicar a los que hasta ahora han hecho de otra manera eso mismo que ese señor extranjero quiere. [10]

-¿A los que lo han hecho de otra manera, es decir, peor?

-Si, pero lo han hecho.

-Sería lástima que se acabara el modo de hacer mal las cosas. ¿Con que, porque siempre se han hecho las cosas del modo peor posible, será preciso tener consideraciones con los perpetuadores del mal? Antes se debiera mirar si podrían perjudicar los antiguos al moderno.

-Así está establecido; así se ha hecho hasta aquí; así lo seguiremos haciendo.

-Por esa razón deberían darle a usted papilla todavía como cuando nació.

-En fin, señor Fígaro [11], es un extranjero.

-Y por qué no lo hacen los naturales del país?

-Con esas socaliñas [12] vienen a sacarnos la sangre.

-Señor mío- exclamé, sin llevar más adelante mi paciencia-, está usted en un error harto general. Usted es como muchos que tienen la diabólica manía de empezar siempre por poner obstáculos a todo lo bueno, y el que pueda que los venza. Aquí tenemos el loco orgullo de no saber nada, de quererlo adivinar todo y no reconocer maestros. Las naciones que han tenido, ya que no el saber, deseos de él, no han encontrado otro remedio que el de recurrir a los que sabían más que ellas. Un extranjero- seguí- que corre a un país que le es desconocido, para arriesgar en él sus caudales, pone en circulación un capital nuevo, contribuye a la sociedad, a quien hace un inmenso beneficio con su talento y su dinero, si pierde es un héroe; si gana es muy justo que logre el premio de su trabajo, pues nos proporciona ventajas que no podíamos acarrearnos solos. Ese extranjero que se establece en este país, no viene a sacar de él el dinero, como usted supone; necesariamente se establece y se arraiga en él, y a la vuelta de media docena de años, ni es extranjero ya ni puede serlo; sus más caros intereses y su familia le ligan al nuevo país que ha adoptado; toma cariño al suelo donde ha hecho su fortuna, al pueblo donde ha escogido una compañera; sus hijos son españoles, y sus nietos lo serán; en vez de extraer el dinero, ha venido a dejar un capital suyo que traía, invirtiéndole y haciéndole producir; ha dejado otro capital de talento, que vale por lo menos tanto como el del dinero; ha dado de comer a los pocos o muchos naturales de quien ha tenido necesariamente que valerse; ha hecho una mejora, y hasta ha contribuido al aumento de la población con su nueva familia. Convencidos de estas importantes verdades, todos los Gobiernos sabios y prudentes han llamado a sí a los extranjeros: a su grande hospitalidad ha debido siempre la Francia su alto grado de esplendor; a los extranjeros de todo el mundo que ha llamado la Rusia, ha debido el llegar a ser una de las primeras naciones en muchísimo menos tiempo que el que han tardado otras en llegar a ser las últimas; a los extranjeros han debido los Estados Unidos... Pero veo por sus gestos de usted- concluí interrumpiéndome oportunamente a mí mismo- que es muy difícil convencer al que está persuadido de que no se debe convencer. ¡Por cierto, si usted mandara, podríamos fundar en usted grandes esperanzas! [La fortuna es que hay hombres que mandan más ilustrados que usted, que desean el bien de su país, y dicen: «Hágase el milagro, y hágalo el diablo.» Con el Gobierno que en el día tenemos, no estamos ya en el caso de sucumbir a los ignorantes o a los malintencionados, y quizá ahora se logre que las cosas vayan a mejor, aunque despacio, mal que les pese a los batuecos.]

Concluida esta filipica, fuíme en busca de mi Sans-délai.

-Me marcho, señor Figaro- me dijo-. En este país no hay tiempo para hacer nada; sólo me limitaré a ver lo que haya en la capital de más notable.

-¡Ay! mi amigo- le dije-, idos en paz, y no queráis acabar con vuestra poca paciencia; mirad que la mayor parte de nuestras cosas no se ven.

-¿Es posible?

-¿Nunca me habéis de creer? Acordáos de los quince días...

Un gesto de monsieur Sans-délai me indicó que no le había gustado el recuerdo.

-Vuelva usted mañana- nos decían en todas partes-, porque hoy no se ve.

-Ponga usted un memorialito para que le den a usted permiso especial.

Era cosa de ver la cara de mi amigo al oir lo del memorialito: representábasele en la imaginación el informe, y el empeño, y los seis meses, y... Contentóse con decir:

-Soy extranjero [13]-. ¡Buena recomendación entre los amables compatriotas míos!

Aturdíase mi amigo cada vez más, y cada vez nos comprendía menos. Días y días tardamos en ver [a fuerza de esquelas y de volver,] las pocas rarezas que tenemos guardadas. Finalmente, después de medio año largo, si es que puede haber un medio año más largo que otro, se restituyó mi recomendado a su patria maldiciendo de esta tierra, y dándome la razón que yo ya antes me tenía, y llevando al extranjero noticias excelentes de nuestras costumbres [14] diciendo sobre todo que en seis meses no había podido hacer otra cosa sino volver siempre mañana, y que a la vuelta de tanto mañana, eternamente futuro, lo mejor, o más bien lo único que había podido hacer bueno, había sido marcharse.

¿Tendrá razón, perezoso lector (si es que has llegado ya a esto que estoy escribiendo), tendrá razón el buen monsieur Sans-délai en hablar mal de nosotros y de nuestra pereza? ¿Será cosa de que vuelva el día de mañana con gusto a visitar nuestros hogares? Dejemos esta cuestión para mañana, porque ya estarás cansado de leer hoy: si mañana u otro día no tienes, como sueles, pereza de volver a la librería, pereza de sacar tu bolsillo, y pereza de abrir los ojos para ojear las hojas que tengo que darte todavía [15], te contaré cómo a mí mismo, que todo esto veo y conozco y callo mucho más, me ha sucedido muchas veces, llevado de esta influencia, hija del clima y de otras causas, perder de pereza más de una conquista amorosa: abandonar más de una pretensión empezada, y las esperanzas de más de un empleo, que me hubiera sido acaso, con más actividad, poco menos que asequible; renunciar, en fin, por pereza de hacer una visita justa o necesaria, a relaciones sociales que hubieran podido valerme de mucho en el transcurso de mi vida; te confesaré que no hay negocio que no pueda hacer hoy que no deje para mañana; te referiré que me levanto a las once, y duermo siesta; que paso haciendo el quinto pie de la mesa de un café, hablando o roncando, como buen español, las siete y las ocho horas seguidas; te añadiré que cuando cierran el café, me arrastro lentamente a mi tertulia diaria (porque de pereza no tengo más que una), y un cigarrito tras otro me alcanzan clavado en un sitial, y bostezando sin cesar, las doce o la una de la madrugada; que muchas noches no ceno de pereza, y de pereza no me acuesto; en fin, lector de mi alma, te declararé que de tantas veces como estuve en esta vida desesperado, ninguna me ahorqué y siempre fue de pereza. Y concluyo por hoy confesándote que ha más de tres meses que tengo, como la primera entre mis apuntaciones, el título de este artículo, que llamé: Vuelva usted mañana; que todas las noches y muchas tardes he querido durante ese tiempo escribir algo en él, y todas las noches apagaba mi luz diciéndome a mí mismo con la más pueril credulidad en mis propias resoluciones.- ¡Eh! mañana le escribiré. Da gracias a que llegó por fin este mañana, que no es del todo malo; pero ¡ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás!

Publicado en "El Pobrecito Hablador"
Fecha de publicación: 14 de enero de 1833