Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

domingo, 30 de noviembre de 2008

Desde Tirgoviste con amor: La Mujer Holgazana

Vlad se encontró con un hombre trabajando en el campo que parecía falto de mujer por el aspecto de sus ropas. Al preguntarle si no estaba casado éste le dijo que sí. Vlad hizo traer a la mujer y le preguntó qué hacía en sus días, y ésta le dijo que lavar, hacer el pan y coser. Señalando a las ropas de su marido, Vlad no le creyó y decidió empalarla a pesar de que el marido afirmaba estar satisfecho con ella. Luego obligó a otra mujer a casarse con este hombre no sin antes amenazarla con el mismo destino si no cuidaba bien del campesino.

Julio César, Acto I

William Shakespeare

DRAMATIS PERSONAE

JULIO CÉSAR OCTAVIO CÉSAR, MARCO ANTONIO y M. EMILIO LÉPIDO, triunviros después de la muerte de Julio César. CICERÓN, PUBLIO y POPILIO LENA, senadores. MARCO BRUTO, CASIO, CASCA, TREBONIO, LIGARIO, DECIO, BRUTO, METELO CÍMBER y CINA, conspiradores contra Julio César. FLAVIO y MARULO, tribunos. ARTEMIDOBO, sofista de Guido. UN ADIVINO. CINA, un poeta. OTRO POETA. LUCIO, TITINIO, MESALA, CATÓN EL JÓVEN y VOLUMNIO, amigos de Bruto y Casio. VARRÓN, CLITO, CLAUDIO, ESTRATÓN, LUCIO y DARDANIO, criados de Bruto. PÍNDARO criado de Casio. CALPURNIA, esposa de César. PORCIA, esposa de Bruto. SENADORES, CIUDADANOS, GUARDIAS, SERVIDORES, etc.


Escena: Roma; después en Sardis y cerca de Filipos.

ACTUS PRIMUS 1

SCENA PRIMA

Roma. — Una calle

Entran FLAVIO, MARULO y una turba de ciudadanos FLAVIO. — ¡Largo de aquí! ¡A vuestras casas! ¡Gente ociosa, marchad a vuestras casas! ¿Es hoy día festivo? ¡Qué! ¿Ignoráis, siendo artesanos, que no debéis salir en día de trabajo sin los distintivos de vuestra profesión? Habla, ¿qué oficio tienes? CIUDADANO PRIMERO. — Carpintero, señor. MARULO. — ¿Dónde están tu mandil de cuero y tu escuadra? ¿Qué haces con tu mejor vestido? Y vos, señor mío, ¿de qué oficio sois? CIUDADANO SEGUNDO. — Francamente, señor; comparado con un obrero fino, no soy más que, como si dijéramos, un remendón. MARULO. — Pero ¿qué oficio es el tuyo? ¡Contéstame sin rodeos! CIUDADANO SEGUNDO. — Un oficio, señor, que espero podré ejercer con la conciencia tranquila, pues, en verdad, es el de reparador de malas suelas. MARULO. — ¿Qué oficio, bribón? Bribonazo, ¿qué oficio? CIUDADANO SEGUNDO. — Os lo ruego, señor, no os descompongáis; sin embargo, si os descomponéis, podré componeros. MARULO. — ¿Qué quieres decir con eso? ¡Componerme tú a mí, bergante!
Por estar muy en carácter, reproducimos las divisiones latinas en actos y escenas, del Folio primero. CIUDADANO SEGUNDO. — ¡Claro, señor, remendaros! FLAVIO. — ¿Eres un zapatero de viejo, no? CIUDADANO SEGUNDO.—En efecto, señor; todo lo que poseo es por la lezna. No me inmiscuyo en los asuntos de los negociantes ni en los de las negociantas sino con la lezna. Soy propiamente un cirujano de calzas viejas; cuando están en gran peligro, les devuelvo la salud. De modo que personas tan calificadas como las que más han ido en cueros limpios con la obra de mis manos. FLAVIO. — Pero ¿por qué no estás hoy en tu taller? ¿A qué llevas a estas gentes por las calles? CIUDADANO SEGUNDO. — Francamente, señor, a que gasten sus zapatos, para así procurarme yo más trabajo. Pero, a decir verdad, señor, holgamos hoy por ver a César y regocijarnos en su triunfo (1). MARULO. — ¡Regocijaros! ¿De qué? ¿Qué conquista trae a la patria? ¿Qué tributarios le acompañan a Roma adornando con los lazos de su cautiverio las ruedas de su carroza? ¡Estúpidos pedazos de pedernal, peores que cosas insensibles! ¡Oh corazones encallecidos, ingratos hijos de Roma! ¿No conocisteis a Pompeyo? ¡Cuántas y cuántas veces habéis escalado muros y almenas, torres y ventanas, sí, y hasta la punta de las chimeneas, con vuestros niños en brazos, y habéis esperado allí todo el largo día, en paciente expectación, para ver desfilar al gran Pompeyo por las calles de Roma! Y apenas veíais aparecer su carro, ¿no prorrumpíais en una aclamación tan estruendosa que temblaba el Tíber bajo sus bordes al escuchar el eco de vuestro clamoreo en sus cóncavas márgenes? ¿Y ahora os engalanáis con vuestros mejores vestidos? ¿Y ahora elegís este día como de fiesta? ¿Y ahora sembráis de flores el paso del que viene en triunfo sobre la sangre de Pompeyo? ¡Idos! ¡Corred a vuestras casas, doblad vuestras rodillas y suplicad a los dioses que suspendan el castigo que forzosamente ha de acarrear esta ingratitud! FLAVIO. — ¡Idos, idos, queridos compatriotas! Y por esta falta, reunid a todas ]as sencillas gentes de vuestra condición, conducidlas al Tíber y verted vuestras lágrimas en su cauce hasta que su afluente más humilde llegue a besar la mayor altura de sus riberas. (Salen los CIUDADANOS.) ¡Ved cómo se conmovió su rudo temple! Se alejan amordazados por su culpa... Bajad por esa vía hacia el Capitolio; yo iré por ésta. Despojad las estatuas si las halláis engalanadas con trofeos. MARULO. — ¿Podemos hacerlo? Ya sabéis que es la fiesta de las Lupercales. FLAVIO. — ¡No importa! No dejemos estatua alguna adornada con trofeos de César. Yo bulliré por aquí y arrojaré de las calles a la plebe. Haced igual donde notéis que se forman grupos. ¡Estas plumas en crecimiento, arrancadas a las alas de César, Je harán mantenerse en un vuelo ordinario, quien, de otro modo, se remontaría sobre la vista de los hombres y nos sumiría a todos en un sobrecogimiento servil. (Salen.)


(1) In hit triumph, el quinto y último triunfo de César, a su regreso de la batalla do Hunda, en España, donde acababa de derrotar a los hijos de Pompeyo, Cneo y Sexto.


SCENA SECUNDA

El mismo lugar. — Una plaza pública

Entran en -procesión, con música, CÉSAR, ANTONIO, ataviados para las carreras; CALPURNIA, PORCIA, DECIO, CICERÓN, BRUTO, CASIO y CASCA; una gran muchedumbre los sigue, entre los que se halla un ADIVINO


CÉSAR. — ¡Calpurnia! (1). CASCA. — ¡Silencio, oh! César habla. (Cesa la música.) CESAR. — ¡Calpurnia! CALPURNIA. — Aquí me tenéis, señor. CÉSAR. — Colocaos en la dirección del paso de Antonio cuando emprenda su carrera (2). ¡Antonio! ANTONIO. — ¡César, señor! CÉSAR. — No olvidéis en la rapidez de vuestra carrera, Antonio, de tocar a Calpurnia (3), pues, al decir de nuestros antepasados, la infecunda, tocada en esta santa carrera, se libra de la maldición de su esterilidad. ANTONIO. — Lo tendré presente. Cuando César dice: «Haz esto», se hace. CÉSAR. — Proseguid, y no olvidéis ninguna ceremonia (4). (Trompetería.) ADIVINO. — ¡César! CÉSAR. — ¡Eh! ¿Quién llama? CASCA. — ¡Que cese todo ruido! ¡Silencio de nuevo! (Cesa la música.) CÉSAR. — ¿Quién de entre la muchedumbre me ha llamado? Oigo una voz, más vibrante que toda la música, gritar: «¡César!» Habla; César se vuelve para oírte. ADIVINO, — ¡Guárdate de los idus de marzo! CÉSAR. — ¿Quién es ese hombre? BRUTO. — Un adivino, que advierte que os guardéis dé los idus de marzo. CÉSAR. — Traedle ante mí, que le vea la cara. CASIO. — Amigo, sal de entre la muchedumbre; mira a César. \ CÉSAR. — ¿Qué me dices ahora? Habla otra vez. ADIVINO. — ¡Guárdate de los idus de marzo! CÉSAR. — Es un visionario; dejémosle. Paso. (Música. Salen todos menos BRUTO y CASIO.) CASIO.—¿Iréis a presenciar el orden de las carreras? BRUTO. — No. CASIO. —' Os ruego que vayáis. BRUTO. — No soy aficionado a juegos. Me falta algo de ese carácter alegre que hay en Antonio. Pero no impida yo vuestros gustos, Casio. Os abandono. . CASIO. — Bruto: os observo de poco tiempo a esta parte: no hallo en vuestros ojos aquella gentileza y expresión de afecto a que estaba acostumbrado. Os manifestáis de un modo en extremo frío e impenetrable para con un amigo que os quiere.


(1) Calpurnia, cuarta esposa de César. (2) When he doth mn M» counte. Muco Antonio era el jefe de loa lupercos, llamados Julianos. Estos Julianos constituían una tercera orden que había sido creada por César. (8) El día de las Lupercales, los sacerdotes lupercos corrían por las callea con una correa de cuero en la mano y tocaban a las mujeres que encontraban a su paso. La superstición popular atribuía a esa práctica la virtud de que habla aquí Shakespeare. (4) Esto se halla de acuerdo con el carácter de César, a lo menos como nos los presenta Shakespeare, supersticioso en grado sumo


BRUTO. — No os equivoquéis, Casio. Si mi aspecto se ha vuelto sombrío, el descontento de mi semblante sólo va contra mí. Desde hace algún tiempo estoy atormentado por pasiones contrarias, ideas que no conciernen sino a mí propio, que quizá hayan alterado un tanto mis maneras; pero no por eso se aflijan mis buenos amigos, entre los cuales os cuento, Casio, ni den otra interpretación a mi desvío, sino que el pobre Bruto, en guerra consigo mismo, olvida las muestras de afecto a los demás. CASIO. — Entonces, Bruto, he interpretado mal la índole de vuestras reservas, y ésta es la causa de que ocultara en mi seno pensamientos de la mayor importancia, dignos de meditarse. Decidme, querido Bruto, ¿podéis veros la cara? BRUTO. — No es posible, Casio, porque los ojos no pueden verse a sí mismos sino por refracción, o sea, mediante otros objetos. CASIO. — Justamente, y es muy lamentable, Bruto, que no tengáis espejos que reflejen vuestro oculto valer ante vuestras miradas, a fin de que pudierais contemplar vuestra imagen. He oído a muchos de los hombres más respetados de Roma —excepto el inmortal César— hablar de Bruto y, gimiendo bajo la opresión de la época, suspirar por que el noble Bruto abriese los ojos. BRUTO. — ¿A qué peligros quisierais arrastrarme, Casio, que me hacéis buscar en mí mismo lo que en mí mismo no hay? CASIO. — Vaya, querido Bruto, preparaos a oír; y puesto que sabéis que no podríais miraros tan bien como por reflejo, yo, espejo vuestro, os descubriré sin lisonjas lo que existe en vos que todavía ignoráis. Y no desconfiéis de mí, estimado Bruto. Si yo fuese un chismoso vulgar o tuviera por costumbre repetir con ordinarias protestas mi afecto a cada advenedizo; si supieseis que marcho en pos de los hombres y los abrazo efusivamente, para después hacerlos víctima del escándalo, o si os consta que me prodigo en los festines a todos los vencidos, tenedme entonces por peligroso. (Clarines y aclamaciones.) . BRUTO. — ¿Qué significan esas aclamaciones? Temo que el pueblo escoja por rey a Cesar. CASIO. — ¿De veras lo teméis? Luego debo pensar que no deseáis que ocurra. BRUTO. — No lo quisiera, Casio; y, no obstante, le amo sinceramente. Pero ¿por qué me retenéis aquí tanto tiempo? ¿Qué es lo que pretendéis comunicarme? Si es algo para el bien general, presentad ante mis ojos a un lado el honor y al otro la muerte, y miraré a entrambos con indiferencia, pues así me favorezcan los dioses como amo el nombre de la gloria más que temo a la muerte. CASIO. — Veo en vos esa virtud, Bruto, como veo vuestra' fisonomía externa. Bien; pues de honor es el tema de que voy a hablaros. Ignoro qué pensáis vos y los demás hombres acerca de esta vida; pero, por lo que a mí respecta, preferiría no vivir a vivir bajo el terror de un semejante a mí mismo. Libre nací como César, e igualmente vos; ambos hemos sido tan bien alimentados como él, y de la misma manera podemos soportar el rigor de los inviernos. Pues cierta vez, en un día borrascoso y crudo, en que el Tíber, irritado, se precipitaba contra sus bordes, me dijo César: «¿Te atreverías, Casio, a arrojarte ahora conmigo en medio de esas olas enfurecidas y nadar hasta allá abajo en aquel punto?» No acabó de pronunciarlo, cuando, equipado como estaba, me zambullí, instándole a que me siguiera, lo que hizo acto continuo. Rugía el torrente y. luchamos contra él con rudo empuje, hendiéndolo y avanzando con esfuerzos, que se oponían a la violencia de su curso; pero antes de llegar al sitio señalado, César gritó: «¡Socórreme, Casio, o me ahogo!» Yo, como Eneas, nuestro glorioso antepasado, que para salvarle de las llamas de Troya llevó sobre sus hombros al viejo Anquises, así llevé, arrebatándolo de las ondas del Tíber, al desfallecido César. ¡Y ese hombre ha llegado ahora a ser un dios, y Casio es una miserable criatura que ha de inclinarse humildemente si César se digna hacerle un ligero saludo! Cuando se hallaba en España tuvo fiebres, y al hacer presa en él observé cómo temblaba. ¡Es verdad, ese dios temblaba! De sus labios cobardes había huido el color, y esos mismos ojos, cuya mirada atemoriza al mundo, habían perdido su brillo. Oíale yo gemir, sí, y esa su voz, que invitó a los romanos a que le distinguieran y a escribir en los libros sus discursos, ¡oh vergüenza!, gritaba: «Dadme algo de beber, Titinio», igual que una niña quejumbrosa. ¡Por los dioses! Maravíllame que un hombre de constitución tan débil pueda marchar a la cabeza del majestuoso mundo y llevar él solo la palma. (Aclamaciones. Clarines.) BRUTO. — ¡Otra aclamación general! Esos aplausos son promovidos, sin duda, por algunos nuevos honores tributados a César. CASIO. — ¡Claro, hombre! Él se pasea por el mundo, que le parece estrecho, como un coloso (1), y nosotros, míseros mortales, tenemos que caminar bajo sus piernas enormes y atisbar por todas partes para hallar una tumba ignominiosa. ¡Los hombres son algunas veces dueños de sus destinos! ¡La culpa, querido Bruto, no es de nuestras estrellas, sino de nosotros mismos, que consentimos en ser inferiores! ¡Bruto y César! ¿Qué había de hacer en este «César»? ¿Por qué había de sonar ese nombre más que el vuestro? Escribidlos juntos: vuestro nombre es tan bello como el suyo. Pronunciadlos: el vuestro es igualmente sonoro. Pesadlos: no pesa menos. Conjurad con ellos: Bruto conmoverá un espíritu tan pronto como César. (Aclamaciones.) Ahora, en nombre de los dioses todos, ¿de qué alimento se nutre este nuestro César, que ha llegado a ser tan grande? ¡Qué vergüenza para nuestra época! ¡Roma, has perdido la raza de las sangres esclarecidas! ¿Qué generación pasó desde el diluvio que no haya/ sido famosa por más de un hombre? ¿Cuándo pudieron decir antes de ahora los que hablaban de Roma que sus; vastos recintos sólo contenían un hombre? ¡Ya sucede eso en Roma, verdaderamente, y sobra espacio cuando en ella no hay más que un solo hombre! ¡Oh! Vos y yo hemos oído relatar a nuestros padres que en otro tiempo existió un Bruto que habría soportado con paciencia al diablo eterno con tal de mantener su rango en Roma con tanto orgullo como un rey. BRUTO. — Que me estimáis, no puedo dudarlo. De lo que me incitaríais a realizar, algo vislumbro. Más adelante os comunicaré lo que pienso, así de este caso como de nuestra época. Por ahora no deseo hacerlo, y os suplico, por el afecto que os guardo, que no intentéis conmoverme más. Tomaré en consideración lo que me habéis dicho. Oiré atentamente lo que tengáis que decirme, y tiempo propicio habrá para medir y tratar de tan importantes asuntos. Hasta entonces, mi noble amigo, tened esto bien presente: Bruto preferiría ser un aldeano a titularse hijo de Roma en las duras condiciones que estos tiempos parecen imponernos. CASIO. — ¡Celebro que mis débiles palabras hayan hecho brotar de Bruto esas chispas de fuego! BRUTO. — Han dado fin los juegos, y César vuelve. CASIO. — Cuando pase el cortejo, tirad a Casca de la manga, y él os contará con sus bruscos modales lo que haya sucedido hoy digno de nota. (Vuelven a pntrar CÉSAB y su séquito.) BRUTO. — Lo haré. Pero mirad, Casio: la cólera centellea en la frente de César, y todos los que le acompañan semejan un séquito lleno de consternación. Las mejillas de Calpurnia están pálidas, y Cicerón deja ver su semblante irritado y la fiereza de sus ojos, tal como le contemplamos en el Capitolio cuando le contrarían en los debates algunos senadores. CASIO. — Casca nos dirá qué ha sido. CÉSAR. — ¡Antonio! ANTONIO. — ¿César? CÉSAR. — Rodéame de hombres gruesos, de poca cabeza y que de noche duerman bien. He allí a Casio, con su figura extenuada y hambrienta. ¡Piensa demasiado! ¡Semejantes hombres son peligrosos!

(1) Inke a Colossus, alusión al coloso de Rodas, estatua colosal de Apolo situada a la entrada del puerto de E odas, y entré las piernas de la cual pasaban los navios.


ANTONIO. — No le temáis, César; no es peligroso; es un noble romano y de rectas intenciones. CÉSAR — ¡Le quisiera más grueso! Pero no le temo. Y, sin embargo, si mi nombre fuera asequible al temor, no sé de hombre alguno a quien evitase tan pronto como a ese enjuto Casio. Lee mucho, es un gran observador y penetra admirablemente en los motivos de las acciones humanas. Él no es amigo de espectáculos, como tú, Antonio, ni oye música. Rara vez sonríe, y si lo hace es de manera que parece mofarse de sí mismo y desdeñar su humor, que pudo impulsarle a sonreír a cosa alguna. Tales hombres no sosiegan jamás mientras ven alguno más grande que ellos, y son, por lo tanto, peligrosísimos. Te digo más bien lo que es de temer que lo que yo tema, pues siempre soy César. Colócate a mi derecha, pues soy sordo de este oído, y dime francamente lo que opinas de él. (Salen CÉSAR y su séquito, menos CASCA.) CASCA. — Me habéis tirado del manto. ¿Queríais hablarme? BRUTO. — Sí, Casca; contadnos qué ha sucedido hoy, que César parece tan descontento. CASCA. — ¿Pues no estabais con él? BBUTO. — No preguntaríamos entonces a Casca lo ocurrido. CASCA. — Pues sucedió que le ofrecieron una corona, y ofrecida que le fue, la apartó con el revés de la mano, así, y entonces el pueblo prorrumpió en aclamaciones. BRUTO. — ¿Qué motivó el segundo clamoreo? CASCA. — Pues lo mismo. CASIO. — Hubo tres vítores. ¿A qué obedeció el último aplauso? CASCA. — Pues a lo mismo. BRUTO. — ¿Le ofrecieron tres veces la corona? CASCA. — Sí, a fe mía, así fue, y la apartó por tres veces, cada una más suavemente que la anterior, y a cada vez que la apartaba vociferaban mis honrados vecinos. CASIO. — ¿Quién le ofreció la corona? CASCA. — Pues Antonio. BRUTO. — Contadnos cómo pasó, amable Casca. CASCA. — ¡Que me ahorquen si puedo decir como fue aquello! Fue pura farsa, apenas me fijé. Vi a Marco Antonio ofrecerle una corona —aunque no era tampoco una corona, sino una especie de coronilla—, y, como os decía, la apartó una vez, pero, a pesar de todo, pienso que le habría gustado tenerla. Entonces se la ofreció otra vez, nuevamente la rechazó, pero tengo para mí que se le hizo muy pesado retirar de ella los dedos. Y luego se la ofreció por tercera vez; por tercera vez la alejó de sí. Y mientras de este modo la rehusaba, la chusma vitoreó y aplaudió con sus callosas manos, echando por alto sus gorros mugrientos y exhalando tal cantidad de aliento pestífero porque César había desdeñado la corona, que medio lo asfixiaron, pues se desmayó y rodó por el suelo. Y en cuanto a mí, no me atreví a reírme, de miedo de abrir la boca y tragar aquellas miasmas. BRUTO. — Pero despacio, por favor. ¡Cómo! ¿Se desmayó César? CASCA. — Cayó al suelo en la plaza del mercado, echando espumarajos por la boca, y quedó sin habla. BRUTO. — Es muy posible. Padece de vértigos. CASIO. — No, César no padece de vértigos. Somos nosotros, vos, yo y el honrado Casca, quienes sufrimos vértigos. CASCA. — No sé qué queréis decir con eso, pero lo cierto es que César cayó. Y si no es verdad que la canalla le palmoteó y le silbó a medida que le gustaba o disgustaba, como acostumbra hacerlo con los actores en el teatro, consiento en que me tengáis por embustero. / BRUTO. — ¿Qué dijo al volver en sí? CASCA. — Por mi fe, antes de caer, cuando él vio que aquel rebaño de populacho se alegraba de que rehusase la corona, me pidió que le desabrochara su justillo y presentó el cuello para que se lo cortasen. A ser yo uno del oficio, le hubiera cogido la palabra, aunque tuviese que ir al infierno en compañía, de los tunantes. Y en esto, cayó. Al volver en sí manifestó que, si había dicho cohecho algo digno de represión, deseaba que sus señorías lo atribuyesen a su mal. Tres o cuatro mujerzuelas que se hallaban junto a mí, exclamaron: «¡Ay qué buen alma!», y le perdonaron de todo corazón. Pero de ésos no hay que hacer caso. Si César hubiese apuñalado a sus madres no habrían dicho menos. BRUTO. — ¿Y fue entonces cuando se marchó así, tan abatido? CASCA. — Sí. CASIO — ¿Dijo algo Cicerón? CASCA. — Sí, habló en griego. CASIO. — ¿Con qué fin? CASCA. — Pues que no os mire más a la cara si puedo -decirlo, pero los que le entendieron se sonreían, moviendo la cabeza. En cuanto a mí, aquello estaba en griego. Puedo daros además otras noticias: Marulo y Flavio han sido reducidos al silencio por haber despojado de sus adornos las estatuas de César. ¡Adiós! ¡Más tonterías podría contaros si las recordara! CASIO. — ¿Queréis cenar conmigo esta noche, Casca? CASCA. — No, he prometido hacerlo fuera. CASIO. — ¿Comeríais conmigo mañana? CASCA. — Sí, si estoy vivo, si no cambiáis de opinión y si vuestra comida vale la pena de ser comida. CASIO. — Bueno, os esperaré. CASCA. — Hacedlo así. ¡Adiós uno y otro! (Sale CASCA.) BRUTO. — ¡Qué carácter rnás áspero se ha vuelto! Era de fino temple cuando iba a la escuela. CASIO. — Y lo sigue siendo, a pesar de esa apariencia tosca, si se trata de ejecutar cualquier empresa noble o arriesgada. Su rudeza es el condimento de su buen criterio, que hace que el estómago de las gentes digiera sus palabras con mejor apetito. BRUTO. — Así es, en efecto. Os dejo por ahora. Si queréis hablar conmigo mañana, iré a vuestra casa, o, sí preferís venir a la mía, os aguardaré. CASIO. — Iré a veros. Hasta entonces, reflexionad en lo que nos rodea. (Sale BRUTO.) ¡Bien, Bruto, eres noble! No obstante, veo que, dispuesto como está, tu honrado metal puede forjarse. He aquí la conveniencia de que las almas nobles asocien siempre a sus iguales. Porque ¿quién hay tan firme que no pueda ser seducido? Cesarme soporta con dificultad, pero ama a Bruto. Si yo fuera ahora Bruto, y Bruto fuera Casio, él no ejercería influjo en mí. Esta noche arrojaré' a sus ventanas escritos de distintas procedencias, que parezcan provenir de vanos ciudadanos. Todos expresarán la alta opinión que Roma tiene de su nombre. En ellos se aludirá embozadamente a la ambición de César. Y después, que piense César en afirmarse bien, porque le echaremos abajo o sufriremos días peores. (Sale,,)


SCENA TERTIA

El mismo lugar. — Una calle

Truenos y relámpagos. Entran por opuestas direcciones CASCA, con la espada desmida, y CICERÓN

CICERÓN. — ¡Buenas tardes, Casca! ¿Habéis conducido a César a su casa? ¿Por qué estáis sin aliento y tan espantado?
CASCA. .— ¿No os conmovéis cuando se estremecen en masa los cimientos de la tierra como una cosa vacilante? ¡Oh Cicerón! He visto tempestades en que los irritados vientos rajaban las nudosas encinas y he contemplado al ambicioso océano hincharse y mugir espumoso para alzarse tan alto como las amenazadoras nubes; pero nunca hasta esta noche, nunca hasta ahora mismo presencié una tempestad que destila fuego. ¡De por fuerza hay empeñada en el cielo una guerra civil, o el mundo, demasiado insolente con los dioses, los provoca a consumar la destrucción!
CICERÓN. — ¡Qué! ¿Habéis visto algo aún más que asombroso?
CASCA. — Un siervo ordinario, a quien conocéis de vista, levantó su mano izquierda, de la cual brotaron llamas, y ardió como veinte antorchas juntas, y, no obstante, su mano, insensible al fuego, permaneció ilesa. Aún hay más, y desde ese momento no he vuelto a envainar mi espada: frente al Capitolio hallé un león, que me miró con ojos encendidos y se alejó encolerizado, sin hacerme mal. Y sobre un alto he encontrado un grupo como de cien mujeres, pálidas, demudadas por el terror, que juraban haber visto recorrer las calles arriba y abajo a hombres completamente envueltos en, llamas. Y ayer, el ave de las tinieblas se posó en pleno día sobre la plaza del mercado, graznando y chillando. Cuando coinciden a una semejantes prodigios, que nadie diga: «Son fenómenos naturales, y sus causas éstas», porque, a mi juicio, son presagios siniestros para los países donde se verifican.
CICERÓN. — Es ésta una época bastante extraña por cierto; pero los hombres pueden interpretar las cosas a su manera, contrariamente al fin de las cosas mismas. ¿Vendrá mañana César al Capitolio?
CASCA. — Sí, porque encargó a Antonio que os hiciera saber que estaría allí mañana.
CICERÓN. — Pues buenas noches, Casca. Con esta perturbación del firmamento no está el ánimo para pasear.
CASCA. — ¡Adiós, Cicerón! (Sale CICERÓN. Entra CASIO.)
CASIO. — ¿Quién va?
CASCA. — Un romano.
CASIO. — Por vuestra voz, sois Casca.
CASCA. — Tenéis buen oído. ¡Qué noche, Casio!
CASIO. — Una noche muy grata para los hombres de bien.
CASCA. — ¿Quién ha visto jamás un cielo tan airado?
CASIO. — ¡Los que saben lo llena de delitos que está la tierra! Por mi parte, he vagado por las calles, arrostrando la noche peligrosa. Y desceñido como me veis, Casca, he expuesto mi pecho a las centellas, y cuando el azulado relámpago oblicuo parecía desgarrar el seno del cielo, yo mismo me ofrecí como su blanco y bajo su fuerte estallido.
CASCA. — Pero ¿por qué tentáis tanto a los cielos? Es propio del hombre temblar y estremecerse cuando los dioses de mayor potencia envían para aterrarnos estos terribles mensajeros.
CASIO. — Sois torpe, Casca , y carecéis de esos destellos de vida que deben existir en todo romano; o al menos, no los queréis utilizar. Os veo pálido y pusilánime, lleno de temor ,y repentinamente estupefacto ante la rara impaciencia de los cielos. Pero si consideráis la verdadera razón de todos estos fuegos, de todos estos errantes fantasmas, de esas aves y bestias que cambian de naturaleza, de esos decrépitos, locos y niños que reflexionan, de todas esas cosas que transforman su orden, su modo de ser y sus facultades primitivas en cualidades monstruosas, habéis de convenir en que el cielo les ha infundido semejante disposición, tomándolos como instrumentos de temor y alarma para algún estado de cosas fuera de las condiciones normales. Ahora podría yo, Casca, nombraros a un hombre muy semejante a esta terrible noche, que truena, relampaguea, abre tumbas y ruge como león del Capitolio; un hombre que en valor personal no es más fuerte que vos y que yo, y que, sin embargo, ha crecido prodigiosamente y es tan aterrador como esas extrañas conmociones.
CASCA. — Es a César a quien os referís, ¿no es así, Casio?
CASIO. — ¡Sea quien fuere! Porque hoy los romanos tienen músculos y nervios como sus antepasados. Pero, ¡desdicha de los tiempos!, el alma de nuestros padres ha desaparecido, y es el espíritu de nuestras madres el que nos gobierna. ¡Nuestro yugo y sumisión prueba que somos afeminados!
CASCA. — Se dice, efectivamente, que los senadores pretenden mañana aclamar a César como rey, y que llevará su corona por mar y tierra en todas partes, menos aquí en Italia.
CASIO. — ¡Ya sé entonces el sitio de este puñal! ¡Casio librará a Casio de la esclavitud! Por eso, ¡oh. dioses!, convertís a los débiles en los más fuertes. Por eso, ¡oh dioses!, sojuzgáis a los tiranos. ¡Ni las torres de piedra, ni las murallas de bronce forjado, ni las prisiones subterráneas, ni los recios eslabones de hierro pueden resistir el vigor del espíritu! Porque la vida, fatigada de estas, barreras mortales, nunca pierde el poder de libertarse a sí propia. Y pues yo sé esto, que el mundo entero sepa también que de la parte de tiranía 'que sufro puedo sacudirme cuando me plazca. (Truenos todavía.)
CASCA. — ¡Igual puedo yo! ¡Cada esclavo tiene en su propia mano el poder de anular su cautividad!
CASIO. — ¿Y por qué, entonces, habría de ser César un tirano? ¡Pobre hombre! Bien se me alcanza que no se atrevería a ser un, lobo a no ver que los romanos son unos corderos. ¡Ni sería león si no fueran ciervos los romanos! Los que tienen prisa en encender un gran fuego lo hacen con míseras pajas... ¿Qué estercolero, qué desecho, qué inmundicia es Roma, cuando sirve de baja materia para alumbrar una cosa tan vil como César? Pero ¡oh dolor! ¿Adonde me conduces? Quizá hablo ante un hombre que voluntariamente es siervo, en cuyo caso me hará responder de mis palabras; pero voy armado y el peligro me es indiferente.
CASCA. — ¡Habláis a Casca, esto es, a un hombre incapaz de violar un secreto! ¡Tomad mi mano! ¡Alzad la voz para remediar todos estos males, e iré tan lejos en mis pasos como el más atrevido!
CASIO. — ¡Queda aceptado el trato! Sabed ahora, Casca, que he comprometido a algunos de los más generosos y nobles romanos a acometer conmigo una empresa llena de honrosas y arriesgadas consecuencias. En este instante me esperan en el atrio de Pompeyo, pues en noche tan terrible como ésta no hay movimiento ni paseo en las calles y el aspecto del cielo favorece la obra que tenemos entre manos, la más sangrienta, feroz y aterradora.
(Entra CIKA.) CASCA. — Apartad un momento, pues se acerca uno a toda prisa.
CASIO. — Es Cina; le conozco en los pasos. Un amigo. Cina, ¿dónde marcháis tan apresuradamente?
CINA. — En busca vuestra. ¿Quién es éste? ¿Metelo Címber?
CASIO. — No; es Casca, un afiliado a nuestra empresa. ¿Me aguardan, Cina? CINA. — Me alegro de ella ¡Qué tremenda noche! Dos o tres de los nuestros han visto visiones extrañas. CASIO. — ¿Me esperan? Decidme.
CINA. — Sí, os aguardan. ¡Oh Casio! ¡Si pudierais atraer a nuestro partido al noble Bruto!...
CASIO. — ¡Tranquilizaos, querido Cina! Tomad este papel y colocadlo en la silla del pretor, de modo que Bruto pueda hallarlo, y arrojad éste por su ventana. Éste fijadlo con cera en la estatua del antiguo Bruto. Y hecho todo, dirigios al atrio de Pompeyo, donde nos encontraréis. ¿Están allí Decio Bruto y Trebonio?
CINA. — Todos, menos Metelo Címber, que fue a buscaros a vuestra casa. Bien; iré en seguida y distribuiré estos papeles como me habéis ordenado.
CASIO. — Después encaminaros al teatro de Pompeyo. (Sale CINA.) Venid, Casca. Vos y yo iremos todavía antes de amanecer a ver a Bruto en su casa. Tres cuartas partes de él son a estas horas nuestras, y al primer encuentro nos pertenecerá completamente el hombre.
CASCA. — ¡Oh, él ocupa un lugar elevado en todos los corazones del pueblo! Y lo que en nosotros parecería delito, su sola presencia, como por la más rica alquimia, lo transformaría en virtud y acto meritorio.
CASIO. — Habéis comprendido perfectamente cuánto vale y la gran necesidad que tenemos de su persona. Vayámonos, pues es ya más de media noche (1), y antes del día debemos despertarle y asegurarnos de él. (Salen.)

El Fiscal, conversaciones a fin de mes

Bahtsiz Bedeviler....Paco................. dice:
Pero de acuerdo con los calculos de probabilidades, hay
Bahtsiz Bedeviler....Paco................. dice:
una entre un millón de que algún club 'esplai inquero
Bahtsiz Bedeviler....Paco................. dice:
tenga un mínimo de coherencia con los
Bahtsiz Bedeviler....Paco................. dice:
objetivos que el ayuntamiento pretende que realicemos
Bahtsiz Bedeviler....Paco................. dice:
sin importar las horas que tengamos que emplear
Bahtsiz Bedeviler....Paco................. dice:
con una sonrisa de oreja a oreja
Bahtsiz Bedeviler....Paco................. dice:
aceptando este sino que para
Bahtsiz Bedeviler....Paco................. dice:
bien o para mal, no deberemos
Bahtsiz Bedeviler....Paco................. dice:
repetir el año que viene
Bahtsiz Bedeviler....Paco................. dice:
o como mucho, el mes que viene
Bahtsiz Bedeviler....Paco................. dice:
ni le importa a la empresa contratante que
Bahtsiz Bedeviler....Paco................. dice:
estemos al borde de un ataque de
Bahtsiz Bedeviler....Paco................. dice:
stress
Bahtsiz Bedeviler....Paco................. dice:
ahora coge la primera letra de cada línea
Hola, soy Van Underdevater, por la gracia del dios árbol, del dios río y de otros que han escapado a mi memoria, del Congo, rey dice:
PUTOSCABRONES
Hola, soy Van Underdevater, por la gracia del dios árbol, del dios río y de otros que han escapado a mi memoria, del Congo, rey dice:
xDDDDDD
Bahtsiz Bedeviler....Paco................. dice:
Vanessa creyó que era muy descarado
Bahtsiz Bedeviler....Paco................. dice:
y hombre, para una empresa que necesitan tres meses para corregir una pu*a programación de dos folios, es que se lo deben mirar con lupa, como mínimo
Bahtsiz Bedeviler....Paco................. dice:
xD
Hola, soy Van Underdevater, por la gracia del dios árbol, del dios río y de otros que han escapado a mi memoria, del Congo, rey dice:
xDDD
Hola, soy Van Underdevater, por la gracia del dios árbol, del dios río y de otros que han escapado a mi memoria, del Congo, rey dice:
de hecho, la programación ya estaba caducada
Hola, soy Van Underdevater, por la gracia del dios árbol, del dios río y de otros que han escapado a mi memoria, del Congo, rey dice:
xD
Bahtsiz Bedeviler....Paco................. dice:
xDDDDD
Bahtsiz Bedeviler....Paco................. dice:
si me vuelvena hacerlo repetir
Bahtsiz Bedeviler....Paco................. dice:
pondré mensajes cifrados por todos lados

Tabla de Vigenère

llano-->abcdefghijklmnopqrstuvwxyz<--llano
bcdefghijklmnopqrstuvwxyza
cdefghijklmnopqrstuvwxyzab
defghijklmnopqrstuvwxyzabc
efghijklmnopqrstuvwxyzabcd
fghijklmnopqrstuvwxyzabcde
ghijklmnopqrstuvwxyzabcdef
hijklmnopqrstuvwxyzabcdefg
ijklmnopqrstuvwxyzabcdefgh
jklmnopqrstuvwxyzabcdefghi
klmnopqrstuvwxyzabcdefghij
lmnopqrstuvwxyzabcdefghijk
knopqrstuvwxyzabcdefghijkl
nopqrstuvwxyzabcdefghijklm
opqrstuvwxyzabcdefghijklmn
pqrstuvwxyzabcdefghijklmno
qrstuvwxyzabcdefghijklmnop
rstuvwxyzabcdefghijklmnopq
stuvwxyzabcdefghijklmnopqr
tuvwxyzabcdefghijklmnopqrs
uvwxyzabcdefghijklmnopqrst
vwxyzabcdefghijklmnopqrstu
wxyzabcdefghijklmnopqrstuv
xyzabcdefghijklmnopqrstuvw
yzabcdefghijklmnopqrstuvwx
zabcdefghijklmnopqrstuvwxy
abcdefghijklmnopqrstuvwxyz


En primer lugar, lo importante es saber que el texto llano no cuenta (por esa razón, la última fila es exactamente igual).
Una vez asimilado esto, necesitaremos un texto a cifrar (“me gustan los macarrones”) y una palabra clave (por ejemplo, kebab).
Ahora procedemos a eliminar los espacios y relacionar cada una de las letras del texto a cifrar con las de la palabra clave:

k e b a b k e b a b k e b a b k e b a b k
m e g u s t a n l o s m a c a r r o n e s

Cogiendo la “m”, buscaremos en el texto llano esta misma letra. Habiéndola encontrado, la uniremos (como unas coordenadas cartesianas) a la fila de la “k” (que es la letra que le corresponde de la palabra “kebab”).
El resultado final sería: WIHUTDEOLPCQBCBBVPNFC
La principal ventaja de este método es que es completamente inexpugnable al análisis de frecuencia.

Es Muss Sein!

Milan Kundera

Cierto señor Dembscher le debía a Beethoven cincuenta marcos y el compositor, que jamás tenía un céntimo, se los reclamó.
"Muss es sein?", suspiró desolado el señor Dembscher y Beethoven se echó a reír alegremente: "Es muss sein!", inmediatamente anotó aquellas palabras y su melodía.
Compuso sobre aquel motivo realista una pequeña composición para cuatro voces: tres voces cantan "es muss sein, es muss sein, ja, ja, ja", "tiene que ser, tiene que ser, sí, sí, sí" y la tercera voz añade: "Heraus mit dem Beutel!", "¡Saca el monedero!".
Ese mismo motivo fue un año más tarde la base de la cuarta frase de su último cuarteto opus 135. Beethoven ya no pensaba entonces en el monedero de Dembscher. La frase “es muss sein!” le sonaba cada vez más majestuosa, como si la pronunciase el propio Destino. En el idioma de Kant, hasta el “buenos días”, con la entonación precisa, puede adquirir el aspecto de una tesis metafísica.
El alemán es un idioma de palabras pesadas. De modo que “es muss sein!” ya no era ninguna broma, sino “der schwer gefasste Entschluss”.
De ese modo, Beethoven transformó una inspiración cómica en un cuarteto serio, un chiste en una verdad metafísica. Ésta es una interesante historia de transformación de lo leve en pesado (o sea, según Parménides, de transformación de lo positivo en negativo). Sorprendentemente, semejante transformación no nos sorprende.
Por el contrario, nos indignaría que Beethoven hubiese transformado la seriedad de su cuarteto en el chiste ligero del canon a cuatro voces sobre el monedero de Dembscher. Sin embargo, estaría actuando plenamente de acuerdo con Parménides: ¡convertiría lo pesado en leve, lo negativo en positivo! ¡Al comienzo (como un boceto imperfecto) estaría la gran verdad metafísica y al final (como la obra perfecta) habría una broma ligera! Sólo que nosotros ya no sabemos pensar como Parménides.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Pesadilla en Abbey Road: Trabajos de Castellano: Una vez más en los calzones

Para la muchacha de las gafas

“Manifiesta tus intenciones, Musa. Sé que estás ahí.
Queridos bardos que sufrieron por tu culpa han dicho
que eres luminosa como una llama, pero voluble como el aire.
Mi pluma y yo, sumergidos en sombra líquida,
podemos extender mucha oscuridad, a lo largo de días y resmas
pero sin ti, no puede haber luz.
¿Por qué ocultarte en las sombras, cuando estás envuelta en fuego?
Aguijonea la noche con azotes de luz. Arráncate
tu turbio sudario. Concédeme lo que requiero.

Pero no te encuentras en la oscuridad. Creo
que nado, como los calamares, en nubes de mi propia autoría
para ti, ofensivas. Para nosotros dos, opacas.
Lo que así está constituido, sólo una pluma
puede atravesarlo. Aquí tengo una; empecemos.”
(Neal Stephenson, Invocación)



En un punto donde Eusebio Estada se junta con las vías del tren de Sóller, en una esquina tan pronunciada que un buen observador hubiese calificado de triángulo acutángulo, un buen triángulo isósceles, hay una cafetería. Pertenece a una cadena de cafeterías que tiene, como mínimo, otro puesto en las Avenidas, cerca de uno de los dos Corte Inglés.
La cafetería, bien por pertenecer a dueños franceses, bien por un fútil intento de ganar glamour, se llamaba Croissanterie Mallorca.
Daniel no podía hacer más que permanecer sentado. Para pagar el alquiler de la silla, hacía que le trajesen café constantemente. El primer sorbo había sido desagradable en extremo, como uno de esos exóticos venenos que la cocinera del comedor de su colegio les hacía probar. Pero se sorprendió al comprobar que la taza estaba casi vacía.
Eran las nueve de la mañana de un sábado, y la cafetería estaba tan vacía como el apartado de Observaciones en sus boletines de notas.
Daniel era un estudiante educado, que no llamaba la atención de los profesores, al menos en el aspecto negativo. También era la única persona que, tras insultar a alguien, tenía que esperar unos segundos a que el insulto llegase al cerebro y éste lo procesase.
Llevaba el pelo bien cortado, lo suficientemente largo para haber trazado una pulcra raya hacia la derecha y que el flequillo aún le tapase parte de la frente. Una camisa de lino azul oscura cubría su torso y se metía bajo unos largos pantalones del mismo color.
En conjunto, era la versión empresarial de un tuareg.
La poca gente que había en la cafetería estaba dentro, ya que, aún a esas horas, a causa de la inminente llegada del invierno, cualquier asiento en el exterior estaba demasiado húmedo como para sentarse.
En la cafetería sonaba alguna canción española de esas que tienen suficientes años como para ser consideradas viejas, pero que han pasado, mágicamente, a ser consideradas clásicas.
En el exterior, la gente se arremolinaba en los semáforos y las paradas de autobús, escondiendo la cara bajo la bufanda y usando clínex y, en su defecto, sus manos para crear una pantalla que impida la propagación de los microorganismos estacionales. Algunos de ellos se apoyaban en los troncos de los árboles, que ya casi estaban despojados de sus hojas a causa de las tormentas, que ese año habían sido un segador implacable.
Como iba con tiempo, se permitió el lujo de colocarse los auriculares y escapar del ambiente que, cada vez más, comenzaba a llenarse de gente que, como él, tenía demasiado tiempo libre.
Un potente golpe orquestal, seguido de dos más, dio inicio al Dies Irae del réquiem de Giuseppe Verdi. Allá, lejos, algún exaltado no dejaba de cantar que alguien, si no le devolvía a su chica, se revolvería entre polvos pica-pica.
El olor a café recién hecho impregnó el ambiente. Sería lógico pensar que era normal en una cafetería, y sin embargo se le antojaba como nuevo. Aunque quizá no lo fuese. Detrás suya se sentó una pareja entrada en años con una hija adolescente entrada en quilos. El pelo estaba sujetado por dos coletas fosforescentes que, unidas a la catástrofe dermatológica que pretendía ser sus mejillas, le daba el aspecto de uno de esos dibujos infantiles de cuadernos Rubio. Las gafas revelaban unos ojos miopes que, saltaba a la vista, no eran por leer mucho.
Verdi, dio paso a Tchaikovsky, y éste a una mezcla de Gershwin con las últimas tendencias nacionales, que algún interfecto con, presumiblemente, menos luces que una aldea francesa del s. XI había puesto en su coche.
Detrás suya, la muchacha de las gafas preguntaba, aparentemente sin venir a cuento (Daniel no había escuchado toda la conversación, pero por la peculiar forma de hablar de la muchacha podía imaginarse que no se había perdido gran cosa) que quién era Hitler.
-Eral jefe de los názi.
En ese momento, Ignorancia preguntó que si era aquel “del bigotillo cuadrao”, a lo que Garrulo respondió afirmativamente. “Todo sea dicho”, pensó Daniel, “tampoco se pierde mucho por no saber quién era”.
Justo entonces entró un señor mal afeitado, peor vestido y que venía a justificar todo el despotismo ilustrado con su sola presencia. Era la clase de albañil fachóide que sólo podía serlo por ignorancia (saltaba a la vista que no estaba lo suficientemente acomodado como para querer preservar sus bienes y, sin embargo, tener ideas revolucionarias).
Se sentó en la mesa de delante de Daniel, y el hedor a sudor y cerveza seca hacía que se le confundiesen las ideas y se sumiese en un entretejido de preocupantes pensamientos privados.
El autobús de la línea 10 paró frente a la cafetería, lo cual significaba que Aquel Que No Debe Ser Nombrado llegaría en breve, ya que cogía la misma línea (pero en la dirección contraria). De este autobús, sin embargo, se bajó un chico bien vestido y larguirucho que tenía pinta de haber dormido lo suficiente como para no volverse loco. Entró en el local y Daniel vio que, rodeados de unas profundas ojeras, asomaban unos ojos azul claro.
A diferencia de la sociedad que le rodeaba, a Daniel los ojos azules no se le antojaban en absoluto símbolo de belleza. Entre los mayas se consideraba que bizquear era un rasgo hermoso, y apostaría el cuello a que a nadie se le ocurre tal cosa. Pero no era sólo que no los encontrase estéticamente hermosos, sino que los ojos azules (verdes o grises) le daban miedo.
Le inspiraban la frialdad del tipo que uno casi imagina que se sentiría como en casa en un campo de batalla medieval, destrozando cráneos y arrancando dientes en la ingenua creencia de que se los implantarán.
Sin embargo, cuando lo pensaba fuera de ese temor real, opinaba que los ojos claros no lo gustaban porque eran tan visibles que parecían casi saltones, y si hacían honor a su epíteto, era mejor no estar cerca para no salpicarse.
Además, el chico tenía la misma expresión estúpida en la cara que el señor que llega a su casa antes de la hora, entra a su cuarto para encontrarse a su mujer acostada con otro, hace unos comentarios estúpidos sobre el tiempo y se va a ahogar sus penas en algún bar o, si fuese algún odioso pequeño burgués lleno de hipócritas marcas anticapitalistas, ahogarlas en algún río.
Claro, que se toparía con problemas. En Mallorca no hay ríos, y el torrente de Sa Riera lleva tanta agua que casi es posible hundir la suela de los zapatos sin encontrar fondo.
Y ahogar sus penas era precisamente lo que el albañil parecía estar haciendo, engullendo una cerveza antes de ir a la obra. Por la forma en que lo hacía, Daniel no pudo reprimir sus instintos clasistas y pensar que para aquella gente la mediocridad era un objetivo inalcanzable.
La Hire* se sentó en una mesa que estaba situada a la derecha de Daniel, como si entre él, Aspirante A Mediocre y la familia de Ignorancia y Garrulo quisiesen asaltarlo, como hombres con palos y problemas financieros.
En algún momento de estas reflexiones, Mami Ignorancia salió a pagar a la barra, y tras una larga conversación entre Mami y la blanca sonrisa ecuatoriana de detrás del mostrador, Daniel pudo deducir que Atahualpa se había quedado sin cambio. La cortesía de ésta era desconcertante, sobretodo si se tenía en cuenta la mala cara y educación deficiente de Mami.
Garrulo se unió de seguida a la discusión, alegando que no había derecho y dejando a Ignorancia jugando con unos cubiertos que serían tildados de peligrosos en otras latitudes.
El albañil, que evidentemente lo sabe todo y nadie es mejor que él ni meando, se unió para criticar a la pobre camarera, que no podía escudarse en el viejo truco de no entender el idioma (treta usada por las tiendas de comerciantes chinos de calle arriba –o abajo, a Daniel nunca se le había dado bien la cinemática y carecía por completo de inteligencia espacial).
La Hire, irónicamente apodado así por algún chico aburrido que escribe relatos realistas para clases de castellano a las 0:45 de un domingo de noviembre (sábado, en Canarias), se acercó, con su pelo plucramente despeinado a intentar defender a la pobre camarera. A pesar de que era el único que parecía tener dos dedos de frente (su pelo estaba sufriendo una evidente desertización), fue silenciado por el volumen de los simples argumentos del albañil.
Desde donde estaba sentado, a Daniel se le antojó una escena divertida. Uno casi podría imaginárselo como una opera trágica con gordos tenores italianos tan exportados como uno de esos productos chinos que tienes que coger con los palillos y comprobar que no te han servido gato en lugar de pollo:



~Una vez más en los calzones~
Obertura y Acto I. Se ilumina el escenario y en él aparece un bullicioso bar de una gran metrópolis colonial. La gente va de un lado a otro aparentando que hace algo. La melodía orquestal es animada y Daniel piensa en la obertura de La Flauta Mágica, pero cuando se hace evidente la protagonista, una joven inmigrante que está solicitada por todo el mundo, no puede evitar pensando en Fígaro en la célebre ópera de Rossini.
Acto II. Se inicia con un diálogo de los Hados, muy tenebroso, que apuestan sobre el daño que le podrán hacer a su conejillo de indias (El Aria de la Reina de la Noche). Tras una conversación con su marido irrespetuoso y cruel, nuestra joven heroína va al trabajo deprimida. El día se presenta muy normal hasta que aparecen unos hombres con una pinta evidentemente malvada (¡no van bien afeitados!). Et la Garde Descendante, de la Carmen de Bizet.
Acto III. La situación se hace insoportable, y los malvados-mal-afeitados van a pagar. Pero lo hacen con billetes grandes, y obligan a la pobre muchacha a buscar un cambio que no tiene mientras se ríen de ella y hacen comentarios de lo más crueles (escena del Commendatore, Don Giovanni de Mozart). Justo en ese momento, aparece el joven y apuesto enamorado de la chica (que no su marido), e intenta salvarla de los granujas. Éstos se van refunfuñando entre dientes que no volverán jamás, y el malvado dueño judío del negocio echa a la chica y la deja sin dinero para alimentar a sus diez hijos y su marido borracho (si la ópera estuviese ambientada hoy en día seguramente algunos de sus hijos tendrían ya treinta años).
Nuestra heroína se queda en el centro del escenario, como única parte iluminada, y canta mientras suena el Lamento de Ingrid, parte de Peer Gynt Suites –en ese momento una parte del público, en su mayoría estudiantes del colegio concertado al que Daniel iba, se puso de pie (si no lo estaban ya) y aplaudió (hay que reconocer que se hubiesen levantado y manifestado su aprecio por cualquier fémina humana reconocible como tal que se hubiera presentado en los terrenos de su colegio).
Acto IV. El marido de nuestra protagonista le pega una brutal paliza y la echa de su casa, con el pretexto de que mientras él se parte el espinazo y se juega el hígado para beber los malos licores que ella le compra, resulta que la señorita se dedica a no tener cambio para los clientes (En la Cueva del Rey de la Montaña, Peer Gynt Suites). Ella decide ir en busca de su amadísimo caballero salvador, pero su sentido de la venganza puede con ella y se hace con un modelo de ametralladora de la época colonial anticuado hasta para la Primera Guerra Mundial.
Una vez encañonada la puerta, tras haber paseado por la calle con una especie de símbolo fascista en el armazón de un cañón de doce libras, habiendo montado una plataforma de su invención, se dedica a asesinar a todos los clientes del local, incluidos los granujas de la noche anterior, que ahora han pedido huevos con bacon (¡huevos con bacon! ¡huevos con bacon!). Enciende un cigarro (claro que sí, ahora es una mujer moderna), aprieta el gatillo y la orquesta deja paso a un grupo de música ligera que, por la melodía, un culto observador podría decir que capta la esencia de las ceremonias de apareamiento de los pueblos africanos.
Acto V y desenlace. Una vez perpetuada la matanza, ella pasa a coger el dinero que el malvado patrón judío no le ha dado, cuando, en el suelo, divisa el cadáver de su amado paladín. Su locura le puede y se precipita desde el escenario gritando “yo soy una enviada del infierno, yo empuñé un cañón Gatling exterminador”. Lux Aeterna, Gyorgy Ligeti.



Se da cuenta de que la discusión ya ha terminado, de que la gente normal no piensa en esas cosas justo cuando su abuelo, un anciano encorvado y vestido con un jersey verde y pantalones de pana, se sienta enfrente suya.
-Perdona, bástese que uno espere el autobús para que éste llegue con retraso.
El tiempo pasaba increíblemente rápido cuando uno se sentía imaginativamente ebrio.



*La Hire fue un soldado francés que luchó junto a Juana de Arco y que se caracterizaba por su salvajismo en el campo de batalla, demostrando, junto a Vlad Draculea, que no todo fue Renacimiento en el siglo XV.

sábado, 22 de noviembre de 2008

El Emperador de los Helados

Wallace Stevens

Llama al que lía los enormes cigarros
al musculoso, y pídele que bata
en los cuencos de la cocina el coágulo de la lujuría.
Que las criaturas holgazaneen, vestidas
con el traje que acostumbran usar, y los muchachos
traigan flores envueltas en periódicos atrasados
No molestes el final de la apariencia
El único emperador es el emperador de los helados

Saca de la cómoda de tablones de pino
a la que le faltan tres perillas de vídrio, aquella
sábana donde ella una vez bordó tres cisnes
y extiéndela sobre ella para cubrirle el rostro
Y si sus callosos pies sobresalen, lo hacen
para mostrar hasta que punto está fría, y muda
Deja que la lámpara concentre sus rayos
El único emperador es el emperador de los helados

miércoles, 19 de noviembre de 2008

La Columna del Amor y el Respeto (y un Trabajo de Castellano): Cometas en el Cielo

“Porque la Historia, en contra de lo
que afirman las teorías populares,
es reyes y fechas y batallas”
(Terry Pratchett, Dioses Menores)


Cuando la gente dice “está escrito”, sin duda se refiere a libros. Pero no cualquier novelucha de Marcial Lafuente Estefanía, o una insulsa novela sobre jugadores de rol inexistentes. Cuando dicen que algo está escrito, sin duda se refieren a que está escrito en obras como Cometas en el Cielo.
A primera vista, el título nos hace temer lo peor. Uno casi se imagina que pasará las próximas horas, días o semanas (o incluso meses, la evolución humana no es que haya sido una pasada) leyendo una novela pastel sobre los problemas de unos niños, cuando unos acontecimientos fuera de su comprensión les roban la infancia, y de la búsqueda frenética de un hombre por redimirse. Y lo hace, sí, pero bien escrito.
Hablar de Afganistán en literatura es abrir una puerta a toda una cohorte de novelas de denuncia social, para que las enfundadas amas de casa occidentales se escandalicen y den ayuda a una ONG que, seguramente, se gastará el dinero en ayuda que nunca llegará a su destino.
Estas mismas amas de casa se sentarán en sus sillones, suspirarán hondo y pensarán que han cumplido su cupo de buenas acciones (y vive Dios que se me acaba de ocurrir un tema para el relato realista...). Y he de dejar claro que no tengo nada en contra de donar dinero a ONGs, pero eso no es, ni mucho menos, todo lo que se podría hacer.
Pero, dicho esto (no he podido reprimirme), he de decir que me ha gustado. Me ha gustado porque no es un libro que se recree en la miseria sin dejar espacio a la trama. Y me ha gustado, especialmente, un pasaje de la página 241, donde Farid le dice a Amir que él no se había criado en Afganistán, que seguramente vivía en una bonita casa con dos o tres pisos, con criados (hazaras, apostaría los ojos), con bonitos decorados para alojar a sus invitados, que se aglomerarán para hablar de sus viajes por Europa y América.
Además, la mayoría, la inmensa mayoría, de hecho, de gente que se lo ha leído me ha dicho que les ha gustado, que les ha emocionado y epítetos que, cada vez más, hieden a panadería y dejan los glóbulos oculares tan húmedos como los ensangrentados pantalones de Hassan (cita requerida). Si, incluso, hablando sobre la utilidad, hacer que la gente lea buenos libros como este, fomentaría la lectura de no ser porque la mayoría tenía que buscar en un mapa siquiera la zona donde estaba Afganistán. Enseñaría valores sobre la ética; los enseñaría, si alguien fuese capaz de verlos y prestarles atención, comprenderlos, poner cara de profundas cavilaciones y luego ir a ver qué dan por la tele. Así, por ejemplo, apuesto a que el libro no ha causado el mismo efecto en todos los que lo han leído, pero aún pondría la mano en el fuego por mi clase y diría que a todos, más o menos, les ha gustado el libro.
Y me quemaría.
Y, para finalizar mi argumentación, citaré a la persona cuya opinión más valoro, por ser la persona con más experiencia que conozco. Sí, mi entrañable abuelo, que tiene la costumbre de leerse todos los libros del instituto para acabar metiéndose con Dai Sijie y lo contemplativos que eran los chinos. Sus palabras fueron “es bueno”, y si bien no era el “bravo” de Rahim Khan, tratándose de mi abuelo es todo lo que se podría desear.
Al final sobresale una única razón para que me haya encantado la novela, y es que Amir, como nombre, me encanta.
En resumen, es el mejor libro de lectura obligatoria que me leo desde que leí a Kipling, y la única razón por la que puedo decir que he leído libros mejores es porque he leído libros más largos.

lunes, 17 de noviembre de 2008

El Comerciante

Un buen día, un comerciante florentino se presentó en su castillo para denunciar que le habían robado una bolsa de monedas de oro. El príncipe le dijo que volviera al día siguiente. Cuando el mercader retornó al día siguiente, los ladrones y todos los miembros de sus familias estaban empalados en el patio de castillo. Frente a ellos, Vlad devolvió la bolsa robada.
Entonces el Empalador le pidió al comerciante que contara las monedas de la bolsa, para comprobar si faltaba alguna. El aterrorizado extranjero las contó cuidadosamente, y probablemente demasiado asustado para mentir, musitó finalmente: -Sobra una.
Vlad le contestó: -Tu honradez te ha salvado. Si hubieras intentado quedártela, habrías acabado en la estaca más alta, junto con éstos..

jueves, 13 de noviembre de 2008

¡Sí, yo también soy mujer!

Estoy pasando por una de esas crisis de chica adolescente que en un momento determinado se estresa porque ve lo mucho que os ponéis las pilas los demás y lo poco que se pone las pilas ella.
Además resulta que hay un chico que actúa como un imán en ella y que no debe haber compartido más tiempo de su vida que con el resto de las chicas de su clase, y que, por supuesto, también tiene novia como lo tiene el 99% de la gente de su edad (con la diferencia de que JUSTAMENTE él tiene una novia más guapa que la media española).
Ante ese panorama, y, teniendo en cuenta que la chica no ha sido muy explosiva ni ligona en lo que lleva de vida, debería renunciar a su amor semiplatónico y dedicarse a otra cosa, como mirar las musarañas, PERO NO PUEDE, porque es un tío tan eléctrico que desprende chispas y su mero contacto con ella le encrespa el pelo más de lo que ya lo tiene.
Ni siquiera es su ideal de persona, pero el mencionado voltaje sí lo tiene, el cabrón. Y unas venas en el cuello que es un sin vivir. La pobre.
¡Quién fuera putilla para enseñarle una teta! Que unas lo solucionan todo así, pero ella tendría que ponerse carteles de neón fosforescentes y en movimiento para darle a entender a él que, a parte de una tía un poco rara, también tiene un cuerpo y HOLA, NO SABE UTILIZARLO, PERO PODRÍA APRENDER.
Claro que le dice eso y lo más probable es que no le vuelva a dirigir una mísera mirada en todo lo que le queda de curso.
Encima a veces la pobre se piensa que tiene una mínima y remota posibilidad de que él se fije en ella, porque debe tener un ojo bizco o no sabe enfocar la vista, pero siempre le pilla mirándole. Lo que hace que su cerebro automáticamente piense: "Tienes una novia, ¿quieres dos?" O, directamente, "ELÍJEME A MÍ".
Pokémon, gotta catch 'em all.
Y otras veces se da cuenta de que, coño, teniendo una novia guapa, quién va a elegir a una persona que empieza hablando de problemas amorosos y termina hablando de Pokémon?
Él no. Coño. La vida es dura...

A todo esto. ¿Por qué lo he escrito en tercera persona?


pd. Tomás, añádeme en mi cuenta de Sharpnailis como contribuyente en el blog que es un coñazo tener que cambiar de sesión cada vez que quiero publicar algo aquí...

lunes, 10 de noviembre de 2008

La Columna del Odio de Mariano José de Larra: Sátira contra los vicios de la Cort

Mariano José de Larra
«... A nadie se ofenderá, a lo menos a sabiendas; de nadie bosquejaremos retratos; si algunas caricaturas por casualidad se pareciesen a alguien, en lugar de corregir nosotros el retrato, aconsejamos al original que se corrija; en su mano estará, pues, que deje de parecérsele.»




Déjame, Andrés, que de la corte huyendo,
de tantos vicios hórridos me aleje,
como en mi patria mísera estoy viendo:
ni te asombre que, al tiempo que los deje,
ya que enmendarlos mi razón no pueda,
en sátiras amargas los moteje.

Tú enhorabuena contemplarlos queda,
tú, a quien fortuna próspera o contraria
salir de entre ellos para siempre veda.
Viva en la corte el que sin renta diaria
triunfa y pelecha, y sin saber por dónde
fija la rueda de la suerte varia.

Mírale andar en coche como un conde,
la bolsa llena de oro, y por su oficio
pregúntale por ver si te responde.
Pues ese es jugador; noble ejercicio;
tiene en el candelero que sustenta,
sino un condado real, un beneficio.

Y son las heredades con que cuenta
y aquí vive, el amarre y el pegote,
y su casa y su honor, que pone en venta.
¿Ves aquel otro, erguido de cogote,
que también opulento y sin empleo
sabe existir?, pues ese es un pegote.

Sin ese nunca, hay boda, ni bateo,
ni hay ambigú, ni baile, ni banquete,
ni hay partida de caza o de recreo.
Al que encuentra en la calle le arremete,
y le pide, y le hostiga; y a que al cabo
le convide a comer le compromete.

Y no pienses hartarle con un pavo,
porque es un sabañón, aunque un poema
te recite al comer de cabo a rabo.
Que aun esa gracia tiene; pues no hay flema
que aguante los sonetos que te encaja
entre uno y otro cangilón de crema.

De todo habla incansable, y corta y raja,
lanzando un epigrama a cada uno,
pues no siendo sus versos, todo es paja.
¿Quién es aquél que ayer aun hecho un tuno,
roto paseaba y andrajoso el Prado,
y hoy no saluda en zancos a ninguno?

¡Pardiez que sé quién es! Un hombre honrado
que, deprisa y corriendo, con la moza
se casó de un señor encopetado;
a quien, en vez de darle una coroza,
un destino le dieron, y se mama
dos mil duros, y gajes, y carroza.

Y el muy desvergonzado se nos llama
padre de un hijo que nació a seis meses
de haber casado con la honesta dama.
Llega; háblale de honor; con los Meneses
se dice emparentado y los Quincoces,
y segundo de casa de Marqueses.

-¡Soy un hombre de honor! -dirate a voces,
que está de vanidad que ya revienta
el muy... Más tú ya, Andrés, bien le conoces.
¿Ves aquel otro que en landó se ostenta
con lentes, y cadenas y traílla
de galgos por detrás, palco, y la renta

gasta de un rey, causando maravilla?
Pues ese debe el frac que lleva puesto,
y el sobre-todo, a un sastre de esta villa,
y el caballo al chalán, la casa a Ernesto,
la comida en la fonda, y cien sorbetes
en el café, y cigarros, por supuesto.

Y al paso que en la cárcel mil pobretes
por un duro se mueren de ictericia,
ese pasea libre de corchetes;
porque es conde y señor, y aunque desquicia
con su vivir el orden, insolente
de las leyes se burla y la justicia.

¿Quién es aquella que anda entre la gente,
abrumada de encajes y diamantes,
que parece sultana del Oriente?
Ésa es moza de prendas relevantes:
un intendente, aunque la ves soltera,
sostiene a la maldita y sus amantes.

Su madre, que la adiestra, hedionda, fiera,
vieja, pintada y con postizo, a infame
precio vendió su doncellez primera.
¡Y es posible! ¡Qué horror! ¿No hay quien la llame
por las calles a voces... torpe y bruja,
ni hay galera en Madrid que la reclame?

¿Y no quieres, Andrés, que brame y cruja
el látigo tendido en la cloaca
que a Sodoma y Gomorra sobrepuja?
Pues no llueve flamígera y opaca
rayos aquí una nube tronadora,
¿querrás que yo no aplique mi triaca?

¿Quién es aquella cara que enamora,
con el gesto mirlado, rubio el pelo,
ceñido el talle y dengues de señora?
¿Es hombre o es mujer? Pisando el suelo
con ademán pulido, barbilucio,
gayado de colores el pañuelo,

en afeites envuelto, ¿ese tan lucio,
tan vestido y compuesto, es algún dije
que del país nos vino de Confucio?
Pues aquese es un hombre; un año exige
su tocado al espejo; a ese bonito
le ampara protector, si es que nos rige

la voz pública, Andrés, un... pero ¡chito!
Huye, conmigo, Andrés; antes nos vamos,
que trague tanto crimen el Cocito.
¿Qué haremos por acá los que ignoramos
el fraude, y la lisonja, y la mentira,
y los que por orgullo no adulamos?

Vibrar no sé para adular mi lira,
ni aguantar supe nunca humillaciones;
la voz entonces de mi labio espira.
¿Qué suerte haré yo aquí con mis renglones,
yo que el humo jamás echo a ninguno
del incienso vertido en mis borrones?

¿Yo que no tengo el diálogo oportuno
de Inarco, ni su sal para la escena,
ni el aura injusta y popular de alguno?
Aunque haga una comedia mala o buena,
si no entiendo del teatro las intrigas,
¿cuándo a pública luz saldrá mi vena?

Si no tengo allá dentro un par de amigas,
si no adulo el cortejo que las paga,
serán de mis comedias enemigas.
¿He de alabar a un necio que se traga
como agua la alabanza no adquirida,
aunque el papel destroce o lo deshaga?

¿O he de sufrir; en fin, cuando aplaudida
mi comedia enriquezca el escenario,
que mil reales me den? No, por mi vida.
¿Pido limosna acaso, o perdulario
coplero soy de esquina por ventura?
¿Y eso ha de producirme el incensario,

y el quemarme las cejas? ¡Qué locura!
Cómanse con el resto ese dinero,
o al hospital lo den para una cura.
¡No hay vates!, gritarán, ¡en lastimero
estado el teatro está!... Dime ¿los vates
se mantienen de versos, majadero?

¿O no hay más que zurcir seis disparates
para granjear aplauso? ¿Hacer escenas
tan fácil es como decir dislates?
¿Y quién protege las comedias buenas?
¿Los señores acaso? ¿Él...? ¡Vive el cielo!
¡Y las oyen tal vez a duras penas!

Mal haya para siempre el torpe suelo
donde el pícaro sólo hace fortuna;
donde vive el honrado en desconsuelo;
donde es culpa el saber; donde importuna
la ciencia, y donde el genio perseguido
ahogados mueren en su propia cuna;

donde no es otro mérito atendido
que el oro; donde al mísero atropella
el coche de un bribón vano y henchido;
donde en millones nada, por su estrella,
quien al pueblo los roba desangrado
en un destino que le dio una bella;

donde al ciento por ciento da prestado,
sin que nadie lo mate; un usurero,
y vive rico, alegre y respetado;
donde el abate, aquel farandulero,
que mudó de opinión cual de camisa,
lleva su moza al Prado de bracero;

donde marcha la faz bañada en risa,
el crimen descarado, alta la frente,
corrompiendo el terreno por do pisa...
¿Y esto es vivir, Andrés? ¿Y entre esta gente
me invitas a quedarme? ¿Por qué indicio
pudiste sospechar que esté demente?

Viva aquí el abogado que en su oficio
hace blanco lo negro, y que defiende
la virtud ofendida como el vicio.
Y el médico aquí viva, que se entiende
con algún boticario, y nos receta
drogas que a medias con aquel nos vende.

Mas yo, que soy un mísero poeta,
antes que por decir verdades claras
en un encierro un alguacil me meta,
y me cuesten mis sátiras más caras,
o en el hospicio muera miserable,
quiero del riesgo huir doscientas varas:

que ni es lícito hablar, donde intratable
pone a la lengua una mordaza el miedo,
y ¡ay del primero que rompiéndola hable!
A Dios te queda, Andrés, que ya no puedo
tanta bilis sufrir, ni tanta ira,
y ¡ay de mí, triste, si a verterla quedo!

Que si Apolo su fuego no me inspira
para hacer buenos versos contra el vicio,
sabrá mi indignación templar mi lira.
Y mientras que huyo el riesgo a su ejercicio,
viva en la corte el que aguantarle sabe,
y el que de embrollos gusta y de bullicio,
viva en la corte, y que la corte alabe.


El bachiller don Juan Pérez de Munguía


Pobrecito Hablador, Nº 1, "Dos palabras"

martes, 4 de noviembre de 2008

Lacónico

Parece ser que proviene de una región de Grecia llamada Laconia. Esparta, la capital de Laconia, era famosa por sus disciplinados y huraños soldados. Eran tan parcos en palabras como, según Frank Miller, en vestimenta,así que "lacónico" pasó a referirse a algo breve y conciso.
La anécdota cuenta que una vez, estando sitiada Laconia, los sitiadores mandaron una misiva preguntándoles que si sabían que, de no rendirse, destruirían la ciudad completamente.
La respuesta fue sí. Y digo "sí", porque fue todo lo que dijeron.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Invocación

Neal Stephenson

Manifiesta tus intenciones, Musa. Sé que estás ahí.
Queridos bardos que sufrieron por tu culpa han dicho
que eres luminosa como una llama, pero voluble como el aire.
Mi pluma y yo, sumergidos en sombra líquida,
podemos extender mucha oscuridad, a lo largo de días y resmas
pero sin ti, no puede haber luz.
¿Por qué ocultarte en las sombras, cuando estás envuelta en fuego?
Aguijonea la noche con azotes de luz. Arráncate
tu turbio sudario. Concédeme lo que requiero.

Pero no te encuentras en la oscuridad. Creo
que nado, como los calamares, en nubes de mi propia autoría
para ti, ofensivas. Para nosotros dos, opacas.
Lo que así está constituido, sólo una pluma
puede atravesarlo. Aquí tengo una; empecemos.