Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

domingo, 29 de marzo de 2009

Saturday Morning Breakfast Cereal; Mitosis


Watchmen *****

Ojalá supiera escribir una crítica que pudiera expresar fielmente el verdadero valor de un sólo fotograma de Watchmen. Me encantaría tener un montón de argumentos y razones que pudieran convencer a un hipotético espectador insatisfecho de que se equivoca, pero no tengo muy claros cuales son los criterios que utiliza la gente entendida para decidir si una película es buena o mala. De todas formas, sí sé cuales son los míos.

Todo el mundo habla de que Watchmen es fiel al original. Algunos se seguirán asombrando de que haya directores que consigan pasar el estilo de una novela gráfica a la pantalla; otros ya se habrán aburrido y lo considerarán repetitivo... Pero no hay ninguna crítica que yo haya visto se olvide por un momento de que está sacada de un cómic.

Se supone que si supiese calificar la película respecto al cómic original, o es más, si incluso hubiera sabido de la existencia del mismo antes de sentarme en la butaca de la sala del cine, ahora tendría más argumentos a favor o en contra, lo enfocaría de otra manera y probablemente no estuviera escribiendo esta crítica sino una mera comparación.

Lo que sí puedo decir es que me encanta salir del cine con una sonrisa en la cara, y eso es lo que me ha pasado gracias a Watchmen.

He sentido la sensación de encontrarme un mundo nuevo; una gama de personajes, escenarios, ambientes y tipos de planos que nunca me habrían llamado la atención por separado, pero que, combinados, forman una especie de poesía visual que para saborear entera y disfrutar de todos sus detalles habría que pasarla a cámara lenta y repetirla hasta que te quede claro que no se te ha olvidado ningún rincón del encuadre por observar.

La banda sonora, los efectos especiales, el vestuario, el maquillaje y más o menos absolutamente todo es tan perfectamente complementario que casi da asco pensar que cuando salgas del cine, ni las calles ni la ciudad ni las personas no van a estar tan bien hechas.

Por lo tanto, aunque en realidad no pueda argumentar por qué Watchmen me parece una película de cinco estrellas, tampoco puedo encontrarle defecto suficiente para contrarestrar todo lo que me hace pensar que sí lo es; así que si alguien encuentra una película TÉCNICAMENTE mejor, que suba la máxima puntuación a seis.

jueves, 26 de marzo de 2009

The Moldy Peaches

Bien, como doy por sentado que no tenéis nada mejor que hacer (condición indispensable para dear caer vuestros ojos por estos lares), dejaré estos vídeos de gentileshombres haciendo nosesabequé con guitarras.


Nothing came out


Jorge Regula


Anyone else but you

Ellos robaron la picha de Hitler

SINOPSIS: Berlín 2006. Unos trabajadores turcos descubren el bunker secreto de Hitler. En su interior, fielmente custodiado por el cadáver de Eva Braün, se encuentra el miembro incorrupto de Adolf Hitler conservado en una urna. La noticia del estremecedor hallazgo da la vuelta al mundo y llega a oídos del Doctor Weissmann, un viejo científico nazi escondido en Torremolinos, que trama un diabólico plan: hacerse con el pene de Hitler y reconstruir un nuevo Fürher partiendo de él. Para conseguir su objetivo, el Doctor Weissmann recluta a cuatro skinheads malagueños, voluntariosos pero totalmente imbéciles, que arriesgarán la vida e incluso su hombría por el éxito de la misión. Ellos tendrán que robar la picha de Hitler y enfrentarse a una sociedad secreta de bellas y mortíferas amazonas dispuestas a todo por poseer el preciado trofeo.

Al principio fue la línea de comandos, XI: Linux

A FINALES DE LOS AÑOS OCHENTA y principios de los noventa me pasé un montón de tiempo programando para Macintosh, y al final decidí pagar varios cientos de dólares por un producto de Apple llamado el Macintosh Programmer's Workshop, o MPW. MPW tenía competidores, pero era incuestionablemente el mejor sistema de desarrollo de software para el Mac. Los propios ingenieros de Apple solían escribir código Macintosh con él. Puesto que MacOS era con mucho el sistema operativo más desarrollado tecnológicamente en aquel momento, y puesto que Linux ni siquiera existía todavía, y puesto que este era el programa que usaba de hecho el equipo de ingenieros creativos de elite de Apple, tenía grandes expectativas. Venía en una pila de disquetes de un pie de alto, así que tuve tiempo para que mi emoción creciera durante el interminable proceso de instalación. La primera vez que inicié MPW, probablemente me esperaba algún tipo de quisquilloso muestrario multimedia. Por el contrario, era austero, casi hasta el punto de resultar intimidatorio. Era una ventana desplazable en la que se podía escribir texto simple, sin formato. El sistema interpretaba entonces esas líneas de texto como comandos, y trataba de ejecutarlos.

Era, en otras palabras, un teletipo de vidrio ejecutando una interfaz de línea de comandos. Venía con todo tipo de comandos crípticos pero potentes, que podían invocarse tecleando sus nombres, y que sólo gradualmente aprendí a usar. Sólo algunos años después, cuando empecé a enredar con Unix, comprendí que la interfaz de línea de comandos encarnada en MPW era una recreación de Unix.

En otras palabras, lo primero que habían hecho los hackers de Apple cuando consiguieron que MacOS fuese funcional --posiblemente antes de que lo fuera-- había sido recrear la interfaz de Unix, para poder hacer algún trabajo útil. En aquel momento, mi mente no daba para entender esto pero, en lo que concernía a los hackers de Apple, la muy pregonada Interfaz Gráfica de Usuario del Mac era un impedimento, algo a evitar incluso antes de que el aparatito saliera siquiera al mercado.

Incluso antes de que mi PowerBook fallara y destruyera mi gran archivo en julio de 1995, había habido señales de peligro. Un viejo amigo mío, que crea y lleva compañías de alta tecnología en Boston, había desarrollado un producto comercial usando el Macintosh. Básicamente el Mac funcionaba como terminal gráfico de alto rendimiento, escogido por su bonita interfaz de usuario, que daba al usuario acceso a una gran base de datos de información gráfica almacenada en una red de ordenadores mucho más potentes, pero de uso menos orientado al usuario. Este tipo era la segunda persona que llamó mi atención sobre el Macintosh, por cierto, y a mediados de los ochenta compartíamos la emoción de ser expertos en alta tecnología y de usar la tecnología Apple en un mundo de tontainas usuarios de DOS. Las primeras versiones del sistema de mi amigo funcionaron bien pero, cuando se unieron varias máquinas a la red, empezaron a producirse misteriosos fallos; a veces todo el sistema sencillamente se detenía. Era uno de esos fallos que no podían reproducirse fácilmente. Finalmente se dieron cuenta de que estos errores del sistema se producían cada vez que un usuario, buscando algo en los menús, mantenía el botón del ratón pulsado durante más de dos segundos.

Básicamente, el MacOS sólo podía hacer una cosa por vez. Desplegar un menú en la pantalla es una cosa. Así que cuando de desplegaba un menú, el Macintosh no era capaz de hacer nada más hasta que el usuario indeciso soltaba el botón.

Esto no es algo tan terrible en una máquina de un solo usuario y un solo proceso (aunque es una cosa bastante mala), pero es un desastre en una máquina que forma parte de una red, porque formar parte de una red conlleva algún tipo de interacción continua de bajo nivel con otras máquinas. Al no responder a la red, el Mac provocó un fallo en todo el sistema de red.

Para trabajar con otros ordenadores, y con diferentes tipos de hardware, un sistema operativo ha de ser incomparablemente más potente que MS-DOS y que el MacOS original. El único modo de conectarse con Internet que merece la pena tomarse en serio es PPP, el Protocolo Punto-a-Punto, que (no importan los detalles) convierte a su ordenador --temporalmente-- en un miembro de pleno derecho de la Internet Global, con su propia dirección única, y diversos privilegios, poderes y responsabilidades. Técnicamente, significa que su máquina ejecuta el protocolo TCP/IP, que, brevemente, se basa en el envío de paquetes de datos, en ningún orden en particular, y en momentos impredecibles, siguiendo un inteligente y elegante conjunto de reglas. Pero enviar un paquete de datos es una cosa, así que un sistema operativo que sólo pueda hacer una cosa por vez no puede formar parte de Internet y hacer otra cosa simultáneamente. Cuando se inventó TCP/IP, ejecutarlo era un honor reservado a los Ordenadores Serios --mainframes y miniordenadores de alta potencia usados en contextos técnicos y comerciales--, así que el protocolo está diseñado con el presupuesto de que cada ordenador que lo usa es una máquina seria, capaz de hacer muchas cosas a la vez. Hablando pronto y mal, una máquina Unix. Ni MacOS ni MS-DOS se construyeron originalmente pensando en eso, así que cuando Internet se puso caliente, hubo que llevar a cabo cambios radicales.

Cuando mi PowerBook me partió el corazón y cuando Word dejó de reconocer mis antiguos archivos, me pasé a Unix. La alternativa obvia a MacOS habría sido Windows. En realidad yo no tenía nada contra Microsoft, ni contra Windows. Pero ya resultaba bastante obvio que los antiguos sistemas operativos de PC estaban funcionando más allá de sus posibilidades y lo mostraban, así que tal vez era mejor evitarlos hasta que hubieran aprendido a caminar y mascar chicle al mismo tiempo.

El cambio tuvo lugar un día particular en el verano de 1995. Llevaba un par de semanas en San Francisco, usando mi PowerBook para trabajar en un documento. El documento era demasiado grande para caber en un solo disquete, así que no había realizado ninguna copia desde que salí de casa. El PowerBook se colgó y borró todo el archivo.

Sucedió justo cuando salía a visitar una compañía llamada Electric Communities, que en aquella época estaba en Los Altos. Me llevé mi PowerBook conmigo. Mis amigos en Electric Communities eran usuarios de Mac que tenían todo tipo de software para recuperar archivos y datos perdidos por fallos de disco, y estaba seguro de que podría recobrar la mayor parte del archivo.

Resultó que dos utilidades diferentes para la recuperación de datos por fallo del Mac fueron incapaces de hallar rastro alguno de que mi archivo había existido alguna vez. Estaba completa y sistemáticamente borrado. Peinamos el disco duro bloque a bloque, y encontramos fragmentos disjuntos de incontables archivos antiguos, descartados y olvidados, pero nada de lo que yo quería. El trasquilón metafórico fue especialmente brutal ese día. Fue algo así como ver cómo la chica de la que llevas diez años enamorado se mata en un accidente de tráfico, y luego estar presente en su autopsia, para darte cuenta de que bajo la ropa y el maquillaje era sólo carne y hueso.

Debí de vagar por los pasillos de la Electric Communities en una especie de fuga jungiana primaria, porque en aquel momento sucedieron tres cosas extrañamente sincrónicas.

  1. Randy Farmer, cofundador de la compañía, llegó en una visita rápida con su familia (estaba recuperándose de una operación en la espalda en aquel momento). Traía noticias candentes: «Hoy han masterizado Windows 95.» Quería decir que el nuevo sistema operativo de Microsoft había sido colocado ese mismo día en un disco compacto especial conocido como el «master dorado», que se usaría para sacar trillones de copias, preparando su estruendoso lanzamiento unas pocas semanas después. Esta noticia fue recibida con fastidio por los empleados de Electric Communities, incluyendo uno que tenía la puerta del despacho llena de las viñetas y novedades habituales, por ejemplo.
  2. Un cómic de Dilbert en el que Dilbert, el sufridor ingeniero de software de una empresa, se encuentra con un hombre barbudo y peludo de cierta edad, algo parecido a Santa Claus, pero más siniestro, y con cierta sorna. Dilbert reconoce a este hombre, por su apariencia y efecto, como un hacker de Unix, y reacciona con una cierta mezcla de nerviosismo, respeto y hostilidad. Dilbert realiza endebles intentos por meterse con el perturbador extraño durante un par de viñetas; el hacker de Unix le escucha con una especie de irritante calma beatífica y luego, en la última viñeta, mete la mano en el bolsillo. «Ten una moneda, chico», dice, «y ve a comprarte un ordenador de verdad».
  3. El dueño de la puerta y del cómic era un tal Doug Barnes. Era sabido que Barnes tenía ciertas opiniones heréticas sobre el tema de los sistemas operativos. A diferencia de la mayoría de los techies del Área de la Bahía, que adoraban el Macintosh, considerando que era la máquina del verdadero hacker, a Barnes le gustaba señalar que el Mac, con su arquitectura herméticamente sellada, era de hecho hostil a los hackers, a quienes les gusta enredar y para los que la apertura es un dogma. En cambio, las máquinas compatibles con IBM, que pueden montarse y desmontarse fácilmente, eran mucho más hackeables.

Así que cuando volví a casa empecé a enredar con Linux, que es una de las muchísimas distintas implementaciones concretas del ideal abstracto y platónico llamado Unix. No me apetecía cambiarme a un nuevo sistema operativo, porque mis tarjetas de crédito todavía echaban humo después de todo el dinero que me había gastado en hardware para el Mac en el curso de los años. Pero la gran virtud de Linux era, y es, que podía ejecutarse en exactamente el mismo tipo de hardware que el sistema operativo de Microsoft --es decir, el hardware más barato que existe--. Como para demostrar que esto era una gran idea, una o dos semanas después de volver a casa pude hacerme con un ordenador entonces bastante bueno (un 486 a 33Mhz) gratis, porque conocía a un tipo que trabajaba en una oficina en la que estaban tirándolos. Una vez llegué a casa, le quité la funda, metí las manos y empecé a cambiar las tarjetas. Si algo no funcionaba, iba a una tienda de ordenadores de segunda mano, buscaba en una cesta llena de componentes y compraba una nueva tarjeta por unos cuantos dólares.

La disponibilidad de todo este hardware barato pero efectivo fue una consecuencia involuntaria de decisiones que se habían tomado hacía más de una década en IBM y Microsoft. Cuando salió Windows y llevó la GUI a un mercado mucho más amplio, el régimen del hardware cambió: el precio de las tarjetas de vídeo en color y los monitores de alta resolución empezó a caer, y sigue cayendo. Este enfoque del hardware gratis-para-todos significó que Windows era inevitablemente torparrón comparado con MacOS. Pero la GUI llevó la informática a un público tan vasto que el volumen aumentó muchísimo y los precios se vinieron abajo. Mientras tanto Apple, que tanto deseaba un sistema operativo limpio e integrado, con el vídeo totalmente integrado en el hardware de procesamiento, había quedado muy por detrás en la cuota de mercado, en parte al menos porque su precioso hardware costaba tanto.

Pero el precio que tuvimos que pagar los dueños de un Mac por una estética y un diseño superiores no fue meramente financiero. Había un precio cultural también, debido al hecho de que no podíamos abrir el ordenador y enredar con él. Doug Barnes tenía razón. Apple, pese a su reputación de ser la opción de los hackers creativos y contestatarios, había creado de hecho una máquina que desalentaba el hackeo, mientras que Microsoft, considerada una perezosa tecnológica y una plagiaria, había creado un vasto bazar de componentes sin orden ni concierto: una sopa primordial que había acabado autoorganizándose en Linux.

domingo, 22 de marzo de 2009

Pesadilla en Abbey Road: Las fantásticas aveturas del mundo de Tommy Toole, I; Viernes de carnaval

El pequeño Tommy Toole había hecho muchas cosas en su vida, y era el soporte de una familia numerosa de palurdos pequeñitos y otros seres deformes por el paso de eones (como era el caso de sus abuelos) y por el de los partos (los Toole eran, a falta de otra cosa a la que aspirar en sus infumables vidas, católicos).
El profesor de gimnasia le tenía manía, porque le obligaba a hacer ejercicios que en el mejor de los casos le repelían, y Tommy pensaba en perfumados caballeros barrocos hablando sobre leyes del inverso al cuadrado y guerras contra Francia. Y luego, sin razón aparente, su cuello emitía un chasquido y la próxima parada para sus huesos era la enfermería.
Pero ese día, Tommy Toole había pensado algo, una emoción, y luego tuvo claro que iba a matarlos a todos.
Bien, de incomprendido a psicópata el paso no era excesivamente grande. Es más, rayaba lo ordinario, así que durante todo el camino hacia el instituto pensó en cómo hacerlo de forma tan genial que las generaciones posteriores se estremeciesen al nombrar su nombre.
Sería difícil, ya que tenía nombre de dibujo animado. Las fantásticas aventuras del mundo de Tommy Toole, protagonizada por Tommy Toole y cadáveres por cortesía de la Escuela Secundaria de Orlando.
Ni Sartre hubiese podido hacer algo con eso. Pero Tommy no era francés, y la muerte es algo que impresiona. Si Mickey Mouse hubiese matado al Pato Dónald y hubiese violado a Minnie, la iconografía de Disney se sentiría menos orgullosa de su personaje, y los niños no se comprarían camisetas con su efigie como no lo hacen con la de Hitler.
Por otra parte, nadie esperaría que tuviese la imperante necesidad de causar una matanza estudiantil, y el día en la escuela fue todo lo tedioso que podía ser, pasando del álgebra a la Guerra de los Cien Años sin más nexo que unas cuantas paredes de ladrillo carcomidas por el tiempo y la falta de fondos. Enrique V recibía pelotas de tenis por un reino, y Tommy las recibía con la ilusión catatónica de un niño ante un plato de brócoli.
Finalmente, cuando salía de la enfermería habiendo abandonado la idea de matar a toda esa panda de inútiles, por inviable, se topó con un cartel. Era el típico cartel que sirve de marco a una foto (el Tío Sam con un sombrero de pirata encima y una pintura de payaso en la cara) dejando un amplio espacio bajo ésta para anunciar cualesquiera que fuesen los motivos de la impresión, los cuales compartían espacio con una variopinta mezcla de serpentinas de diversos colores. El cartel decía:


América te Necesita
para disfrazarte de marinerito


Que era la forma políticamente incorrecta del instituto para dar a entender que, de aquí a una semana, viernes por la tarde, tendría lugar una fiesta de carnaval. El borde superior del mismo estaba carcomido, lo cual no dejaba de ser extraño, puesto que llevaba allí menos de un mes.
Carnaval...

sábado, 21 de marzo de 2009

NAYRUZ!!!




Hoy, 21 de marzo, entra la primavera; y, para los antiguos persas, con una lógica aplastante, era el comenzamiento del año (pues, ¿por qué hay que empezar el año en mitad del invierno?). A esta fiesta se la denominó "Nuevo Día", en persa "New Ruz", y su popularidad, en Irán, y demás zonas de influencia persa, no ha decaído.

Es llamada Nowruz en Irán, Noruj para los kurdos; Nevruz en Turquía y era el Nayruz en España....

No, no me he equivocado; en la España musulmana, Al Ándalus, el Nayruz era una de las principales celebraciones anuales, la cual se conmemoraba haciendo carreras de caballos y partidos de polo (otra herencia persa; similar a los partidos de buzkashi con que conmemoran en el Asia Central el Newruz), e incluso saltando hogueras (costumbre persa preislámica, relacionada posiblemente con el culto al fuego zoroástrico, que sigue vigente en bastantes países, y que entre nosotros ha pasado a San Antonio o San Juan, dependiendo).

¿Como llegó hasta nosotros una fiesta que en la actualidad no se conmemora en los países árabes vecinos? se podría pensar en Ziryab, aquel cortesano, músico, cocinero....etc persa que aportó a la Corte andalusí (y posteriormente a Europa) cosas tales como la estructura de los banquetes en tres platos, o posiblemente la futura guitarra española; aunque, también es posible que llegase con los árabes. En aquella época, en países árabes como Egipto era una fiesta bastante popular.

Algunas celebraciones españolas que coinciden por estas fechas, como la fiesta de la Luz, en cierto pueblo extremeño, que se celebra con desfiles a caballo, entre otras cosas, así como la celebración de otras fiestas mediante muestars de hípica o haciendo "foguerons", como San Juan, parecen tener un claro precedente en el Nayruz.

Así que, haciendo un pequeño tributo a nuestros antepasados, así como a aquella España que el español medio ignora, a pesar de ser heredero directo de ella, decido conmemorar el Nayruz desde las páginas de este blog; ofrezco, al visitante, esta mesa de Año Nuevo iraní, que encabeza el artículo, conocida como "Haft Sin", las "Siete S", letra por la que empiezan la mayoría de cosas que la surten, cada una con un significado preciso, que invito al lector a conocer....

viernes, 20 de marzo de 2009

Al principio fue la línea de comandos, X: El trasquilón metafórico

Neal Stephenson


EMPECÉ A USAR MICROSOFT WORD en cuanto sacaron la primera versión en torno a 1985. Tras algunos problemas iniciales descubrí que era mejor herramienta que MacWrite, que era su único competidor en aquel momento. Escribí un montón de cosas en versiones tempranas de Word, guardándolo todo en disquetes, y transferí los contenidos de todos mis disquetes a mi primer disco duro, que adquirí en torno a 1987. A medida que salían nuevas versiones de Word yo actualizaba fielmente, razonando que como escritor tenía sentido que me gastara una cierta cantidad de dinero en herramientas.

En algún momento, a mediados de los ochenta, traté de abrir uno de mis antiguos documentos Word que databa más o menos de 1985 usando la versión entonces vigente de Word: 6.0. No funcionó. Word 6.0 no reconocía un documento creado por una versión anterior de sí mismo. Abriéndolo como archivo de texto, pude recuperar las secuencias de letras que constituían el texto del documento. Mis palabras seguían allí. Pero el formato parecía pasado por un colador --las palabras que yo había escrito iban interrumpidas por cuadros rectangulares vacíos y basura.

Ahora bien, en el contexto de una empresa (el principal mercado de Word) este tipo de cosa sólo es una molestia --uno de los problemas rutinarios que comporta usar ordenadores--. Es fácil comprar programitas de conversión de archivos que se ocupan de este problemas. Pero si eres un escritor, cuyo oficio son las palabras, cuya identidad profesional es un corpus de documentos escritos, este tipo de cosa resulta extremadamente desasosegante. En mi tipo de trabajo hay muy pocos presupuestos establecidos, pero uno de ellos es que una vez escribes una palabra, queda escrita y no puede desescribirse. La tinta mancha el papel, el escoplo corta la piedra, el estilo marca la arcilla y algo ha sucedido irrevocablemente (mi cuñado es un teólogo que lee tablillas en cuneiforme de hace 3250 años --puede reconocer la escritura de algunos escribas individuales, e identificarlos por su nombre--). Pero el software de procesamiento de textos --particularmente el tipo que emplea formatos de archivo especiales y complejos-- tiene el sobrenatural poder de desescribir las cosas. Un pequeño cambio en los formatos de archivo, o unos pocos bits revueltos, y la producción literaria de meses o años puede dejar de existir.

Esto era técnicamente un fallo de la aplicación (Word 6.0 para Macintosh), no del sistema operativo (MacOS 7 punto algo), así que el blanco inicial de mi enfado fueron los responsables de Word. Por otro lado, yo podía haber elegido la opción guardar como texto en Word y haber guardado todos mis documentos como simples telegramas, y este problema no habría surgido. Por el contrario, me había dejado seducir por todas esas vistosas opciones de formateo que ni siquiera existían hasta que las GUIs aparecieron y las hicieron practicables. Había caído en el hábito de usarlas para que mis documentos tuvieran un bonito aspecto (tal vez más bonito del que merecían; todos esos viejos documentos en los disquetes resultaron ser más o menos una porquería). Ahora estaba pagando el precio de mi autoindulgencia. La tecnología había avanzado y hallado maneras de que mis documentos parecieran aún más bonitos, y la consecuencia de ello era que todos los viejos y feos documentos habían dejado de existir.

Era --si me disculpan una pequeña y extraña fantasía durante un momento-- como si hubiera ido a alojarme en un hotel exquisitamente diseñado, poniéndome en manos de los antiguos maestros de la interfaz sensorial, me hubiera sentado en mi habitación y hubiese escrito una historia con un bolígrafo en papel amarillo y, al volver de la cena, me hubiese encontrado con que la doncella se había llevado mi trabajo y en su lugar había dejado una pluma y una resma de pergamino --explicando que la habitación tenía mucho mejor aspecto así y era todo parte de una actualización rutinaria--. Pero escritas en aquellas hojas de papel, en impecable ortografía, habría largas secuencias de palabras escogidas al azar del diccionario. Espantoso, cierto, pero legalmente no podría demandar a la dirección, porque al alojarme en ese hotel había dado mi consentimiento para ello. Había entregado mis credenciales de morlock y me había convertido en un eloi.

viernes, 13 de marzo de 2009

Al principio fue la línea de comandos, IX: Morlocks y Eloi al teclado

Neal Stephenson

EN LOS TIEMPOS de la interfaz de línea de comandos, los usuarios eran todos morlocks que tenían que convertir sus pensamientos en símbolos alfanuméricos e introducirlos a mano, un proceso insufriblemente tedioso que eliminaba toda ambigüedad, revelaba todas las asunciones ocultas y castigaba cruelmente la pereza y la imprecisión. Entonces los hacedores de interfaces se pusieron a trabajar en sus GUI, e introdujeron una nueva capa semiótica entre la gente y las máquinas. Las personas que usan tales sistemas han renunciado a la responsabilidad, y al poder, de enviar bits directamente al chip que lleva a cabo la aritmética, y le han pasado esa responsabilidad y poder al sistema operativo. Esto resulta tentador porque dar instrucciones claras, a alguien o a algo, es difícil. No podemos hacerlo sin pensar y, dependiendo de la complejidad de la situación, debemos pensar intensamente en cosas abstractas y considerar cualquier número de ramificaciones para hacerlo bien. Para la mayoría de nosotros, esto es una ardua tarea. Queremos que las cosas sean más fáciles. La medida de cuánto lo queremos viene dada por el grueso de la fortuna de Bill Gates.

El sistema operativo (por tanto) se ha convertido en una especie de instrumento para ahorrarse trabajo intelectual, que traduce las intenciones vagamente expresadas de los humanos a bits. De hecho, les pedimos a nuestros ordenadores que tomen responsabilidades que siempre se han considerado propias de seres humanos: queremos que comprendan nuestros deseos, que prevean nuestras necesidades, que establezcan conexiones, que desempeñen tareas rutinarias sin necesidad de pedírselo, que nos recuerden lo que tendría que recordársenos a la vez que filtran el ruido. En los niveles más elevados (es decir, más próximos al usuario) esto tiene lugar mediante una serie de convenciones --menús, botones, etc--. Estas funcionan en el sentido en que funcionan las analogías: ayudan a los eloi a comprender conceptos abstractos o poco familiares comparándolos con algo conocido. Pero se usa el término más pretencioso de metáfora.

El concepto que lo englobaba todo en MacOS era la «metáfora del escritorio», que subsumía cierto número de metáforas menores (y a menudo contradictorias, o al menos mezcladas). Con una GUI, un archivo (frecuentemente llamado «documento») se metafrasea como una ventana en pantalla (al que se denomina «escritorio»). La ventana siempre es demasiado pequeña para contener el documento, así que uno «se mueve» o, más pretenciosamente, «navega» por el documento «pinchando y arrastrando» el «dedo» en la «barra de desplazamiento». Cuando se «teclea» (usando un teclado) o «dibuja» (usando un «ratón») en la «ventana» o se usan «menús» desplegables y «cuadros de diálogo» para manipular sus contenidos, los resultados del trabajo se almacenan (al menos en teoría) en un «archivo», y luego la misma información se recupera en otra «ventana». Cuando ya no se necesita, se «arrastra» a la «papelera».

Hay una mezcla masiva y promiscua de metáforas aquí y podría deconstruirla hasta que las ranas criaran pelo, pero no lo haré. Considérese sólo una palabra: «documento». Cuando documentamos algo en el mundo real, creamos registros fijos, permanentes e inmutables de ello. Pero los documentos de un ordenador son volátiles, efímeras constelaciones de datos. A veces (como cuando se abren o guardan), el documento que aparece en la ventana es idéntico al que está almacenado, bajo el mismo nombre, en un archivo de disco, pero otras veces (como cuando se hacen cambios sin guardarlos), es completamente diferente. En cualquier caso, cada vez que se pulsa «Guardar», se aniquila la versión previa del documento, reemplazándola por lo que quiera que aparezca en la ventana en ese momento. Así que, incluso la palabra guardar, se usa en un sentido que es grotescamente engañoso: «destruir una versión, guardar otra» sería más exacto.

Cualquiera que use un procesador de textos durante mucho tiempo inevitablemente sufrirá la experiencia de emplear horas de trabajo en un documento largo y luego perderlo porque el ordenador falla o se corta la luz. Hasta el momento en que desaparece de pantalla, el documento parece tan sólido y real como si estuviera impreso en papel y tinta. Pero un momento después, sin avisar, se ha esfumado, completa e irremediablemente, como si nunca hubiera existido. El usuario queda con una sensación de desorientación (por no hablar del cabreo) proveniente de un trasquilón metafórico: uno se da cuenta de que ha estado viviendo y pensando dentro de una metáfora que es esencialmente falsa.

Así que las interfaces gráficas usan metáforas para hacer que la informática resulte más fácil, pero son malas metáforas. Aprender a usarlas es esencialmente un juego de palabras, el proceso de aprender nuevas definiciones de palabras como «ventana» y «documento» y «guardar», que son diferentes, y en muchos casos diametralmente opuestas a las antiguas. Por muy improbable que parezca, esto ha salido muy bien, al menos desde el punto de vista comercial, lo cual significa que Apple/Microsoft han hecho mucho dinero con ello. Todos los otros sistemas operativos modernos han aprendido que, para ser aceptados por los usuarios, han de ocultar sus entrañas bajo el mismo tipo de adornos. Esto tiene ciertas ventajas: si se sabe usar un sistema operativo de GUI, probablemente se puede deducir cómo usar cualquier otro en pocos minutos. Todo funciona de modo algo distinto, como las cañerías europeas pero, enredando un poco, se puede escribir una nota y navegar por la red.

La mayor parte de la gente que compra sistemas operativos (si es que se molestan en comprarlo) no comparan las funciones subyacentes, sino el aspecto y sensación superficiales. El comprador medio de un sistema operativo no paga realmente, y no le interesa especialmente, el código de bajo nivel que asigna memoria y escribe bytes en el disco. Lo que compramos realmente es un sistema de metáforas. Y --mucho más importante-- a lo que nos vendemos es al presupuesto implícito de que las metáforas son un buen modo de tratar con el mundo.

Desde hace poco se ha vuelto disponible un montón de nuevo hardware que les proporciona a los ordenadores numerosos modos interesantes de afectar al mundo real: hacer que las impresoras escupan papel, dirigir haces radiactivos hacia enfermos de cáncer, crear películas realistas sobre el Titanic. Windows se usa ahora como sistema operativo para cajas registradoras y cajeros automáticos. El sistema de mi televisión por satélite emplea una especie de GUI (interfaz gráfica) para cambiar de canal y mostrar guías de programas. Los modernos teléfonos móviles llevan una cruda GUI metido en una diminuta pantalla. Incluso Lego tiene una GUI: se puede comprar un juego de Lego llamado Mindstorms que permite construir pequeños robots Lego y programarlos mediante una GUI en el ordenador.

Así que ahora le pedimos a la GUI que haga mucho más que servir de máquina de escribir glorificada. Ahora queremos que se convierta en una herramienta generalizada para tratar con la realidad. Esto ha hecho que las compañías que viven de sacar nueva tecnología al mercado de masas vivan una bonanza económica.

Obviamente, no se puede vender un complicado sistema tecnológico a la gente sin algún tipo de interfaz que les permita usarlo. La dinamo de combustión interna fue una maravilla tecnológica en su época, pero era inútil como bien de consumo hasta que le conectaron una palanca de cambios, transmisión, volante y frenos. Esa extraña colección de cacharros, que sobrevive hasta nuestros días en cada coche que surca las carreteras, constituye lo que hoy llamaríamos una interfaz de usuario. Pero si los coches se hubieran inventado después que los Macintosh, los fabricantes de coches no se habrían molestado en diseñar todos esos complicados dispositivos. Tendríamos una pantalla de ordenador por salpicadero, y un ratón (o como mucho un joystick) por volante, y cambiaríamos de marchas desplegando un menú:

APARCAR

MARCHA ATRÁS

PUNTO MUERTO

3
2
1

Ayuda...

Así, unas pocas líneas de código pueden sustituir cualquier interfaz mecánica imaginable. El problema es que en muchos casos el sustituto es defectuoso. Conducir un coche mediante una GUI sería una experiencia horrible. Incluso si la GUI estuviera totalmente libre de fallos, sería increíblemente peligroso, porque los menús y botones sencillamente no pueden responder tan bien como los controles mecánicos directos. El padre de mi amigo, el señor que restauraba el descapotable, nunca se habría tomado la molestia si hubiera ido equipado con una GUI. No habría sido divertido.

El volante y la palanca de cambios se inventaron en una era en la que la tecnología más complicada en la mayor parte de las casas era la batidora de mantequilla. Aquellos primeros fabricantes de coches tenían mucha suerte, ya que podían diseñar la interfaz que resultara más adecuada para la tarea de conducir un automóvil, y la gente la aprendía. Lo mismo sucedió con el teléfono de marcado y la radio AM. Ya en la Segunda Guerra Mundial, la mayor parte de la gente conocía varias interfaces: no sólo podían batir mantequillas, sino también conducir un coche, marcar en el teléfono, conectar la radio, encender un mechero y cambiar una bombilla.

Pero ahora cualquier cosita --relojes de pulsera, vídeos, hornillos-- está lleno de funcionalidades, y cada funcionalidad es inútil sin interfaz. Si usted es como yo y como la mayoría de consumidores, nunca ha usado el noventa por ciento de las funcionalidades de su microondas, vídeo o teléfono móvil. Ni siquiera sabe que estas funcionalidades existen. El pequeño beneficio que podrían aportarle queda anulado por la pura molestia de tener que aprenderlas. Esto debe de ser un gran problema para los fabricantes de bienes de consumo, porque no pueden competir sin ofrecer características.

Ya no es aceptable que los ingenieros inventen toda una nueva interfaz de usuario para cada nuevo producto, como hicieron en el caso del automóvil, en parte porque resulta demasiado caro y en parte porque hay un límite en lo que puede aprender la gente normal. Si el vídeo se hubiera inventado hace cien años, tendría una ruedecita para la sintonización y una palanca para avanzar y rebobinar, y una gran asa de hierro forjado para cargar o expulsar los cassettes. Llevaría un gran reloj analógico delante, y habría que ajustar la hora moviendo las manillas en la esfera. Pero debido a que el vídeo se inventó cuando se inventó --durante una especie de incómodo periodo de transición entre la era de las interfaces mecánicas y las GUI-- tiene sólo unos cuantos botones delante y, para fijar la hora, hay que pulsar los botones de modo correcto. Esto le debe de haber parecido bastante razonable a los ingenieros responsables, pero para muchos usuarios es sencillamente imposible. De ahí el famoso 12:00 que parpadea en tantos vídeos. Los informáticos lo llaman el problema del doce parpadeante. Cuando hablan de ello, empero, no suelen estar hablando de vídeos.

Los vídeos modernos habitualmente tienen algún tipo de programación en pantalla, lo cual significa que se puede fijar la hora y controlar las demás funcionalidades mediante una especie de GUI primitivo. Los GUI también tienen botones virtuales, claro, pero también tienen otros tipos de controles virtuales, como botones de radio, casillas que tachar, espacios para introducir textos, esferas y barras. Las interfaces compuestas de estos elementos parecen ser mucho más fáciles para muchas personas que pulsar esos botoncitos en la máquina, y así el propio 12:00 parpadeante está desapareciendo lentamente de los salones de Estados Unidos. El problema del doce parpadeante ha pasado a otras tecnologías.

Así que la GUI ha pasado de ser una interfaz para ordenadores personales a convertirse en una especie de metainterfaz que se emplea en cualquier nueva tecnología de consumo. Raramente es ideal, pero tener una interfaz ideal o incluso buena ya no es la prioridad; lo importante ahora es tener algún tipo de interfaz que los clientes usen realmente, de tal modo que los fabricantes puedan afirmar con toda seriedad que ofrecen nuevas posibilidades.

Queremos GUI básicamente porque son convenientes y porque son fáciles --o al menos la GUI hace que así parezca--. Por supuesto, nada es realmente fácil y simple, y poner una bonita interfaz no cambia ese hecho. Un coche controlado a través de una GUI sería más fácil de conducir que uno controlado por los pedales y el volante, pero sería increíblemente peligroso.

Al usar GUI todo el tiempo, hemos aceptado sin darnos cuenta una premisa que pocas personas aceptarían si se les planteara directamente, a saber: que las cosas difíciles pueden hacerse fáciles, y las complicadas pueden volverse simples, acoplándoles la interfaz adecuada. Para comprender lo raro que es todo esto, imagínense que las críticas de libros se escribieran según el mismo sistema de valores que aplicamos a las interfaces de usuario: la escritura de este libro es maravillosamente simple; el autor pasa por encima de temas complicados y emplea generalizaciones ramplonas casi en cada oración. Los lectores rara vez tendrán que pensar, y se les ahorrará toda la dificultad y el tedio generalmente asociados con la lectura de libros anticuados. Mientras nos limitemos a operaciones sencillas como fijar la hora en nuestro vídeo, no es para tanto. Pero cuando tratamos de hacer cosas más ambiciosas con nuestra tecnología, inevitablemente nos topamos con el problema de «el trasquilón metafórico».

lunes, 9 de marzo de 2009

La Columna del Amor y el Respeto: Emili Carbonell

No suelo escribir estas cosas, y es cierto que si no hubiese muerto no creo que lo hubiese hecho. Y como ponerme sensible, aún cuando la ocasión lo merezca, no me gusta, publicaré un texto suyo, que creo habla más sobre él que cualquier cosa que yo pudiese escribir.

Soy todo un hombre. Un pedazo de tío. Un tío con dos cojones, vamos, aunque la expresión suene a caduca y a rancia. Y lo digo con todo el orgullo que me confiere ser un macho de la especie humana, de la cual a veces me resulta difícil sentirme orgulloso. Un individuo macho que lucha dentro de su manada por ser más fuerte, más respetado y querido, para así poder dar a mi manada lo mejor de mí, y no para tener privilegios sobre ella. Soy todo un hombre, porque intenta siempre conocer al desconocido, sin mirar el color de su cara, en lugar de temerle sin conocerle. Todo un hombre que es amigo del homosexual, ese que decidió vivir la vida de una forma distinta a la que le querían imponer algunos, supuestamente hombres, pero que nunca tuvieron la mitad de valor que tiene el que va contra corriente. Soy todo un hombre porque protejo a mi hembra, en lugar de maltratarla, porque nunca podré olvidar que una hembra me trajo, y una hembra me va a perpetuar. Soy todo un hombre, porque cuando uno en mi manada se vuelve loco y ataca a diestro y siniestro a los demás, o se vuelve egoísta y ataca a los débiles para quedarse con su comida, soy partidario de enseñarle a vivir con la manada, en lugar de echarlos de ella. Soy todo un hombre, porque cuando veo el abuso, la injusticia y la cobardía no puedo evitar que resbalen en mi cara lágrimas hechas de rabia y dolor. Soy todo un hombre porque he comprendido que si sólo hay una vida, compartirla con los demás es lo que más valoraras cuando esta se acabe. Y porque he comprendido que el ansia de poder no es sino una forma de tapar el miedo a la muerte. Y soy todo un hombre, sobre todo, porque aún intento cada día no perder la fé en mi manada.

domingo, 8 de marzo de 2009

Al principio fue la línea de comandos, VIII: La cultura de la interfaz

Neal Stephenson

HACE UNOS AÑOS1 entré en una tienda cualquiera y me encontré con la siguiente escena: cerca de la entrada había una pareja joven frente a un gran mostrador de cosméticos. El hombre sostenía estólidamente una cesta de la compra en las manos mientras su compañera arramblaba con productos de maquillaje del mostrador y los apilaba en la cesta. Desde entonces siempre he pensado en ese hombre como la personificación de una interesante tendencia humana: no sólo no nos ofenden las imágenes manufacturadas sino que nos gustan. Prácticamente insistimos en ello. Estamos ansiosos por ser cómplices de nuestro propio engaño: por pagar dinero por el pase a un parque temático, votar a un tipo que obviamente nos está mintiendo o permanecer de pie sosteniendo la cesta que se llena de cosméticos.

Hace poco estuve en Disney World, concretamente en la parte llamada el Reino Mágico, caminando por Main Street USA. Esta es la perfecta pequeña ciudad victoriana y cuca que lleva al castillo Disney. Había mucha gente; nos abríamos camino más que caminábamos. Justo delante mío había un hombre con una videocámara. Era una de esas nuevas videocámaras en las que, en vez de mirar por un visor, contemplas una pantalla plana en color del tamaño de un naipe, que televisa en directo lo que quiera que la cámara esté grabando. Sostenía el aparato cerca de la cara, de tal modo que le tapaba la vista. En vez de ir a ver una pequeña ciudad de verdad gratis, había pagado dinero por ver una falsa, y en vez de verla a simple vista estaba contemplándola por televisión.

Y en vez de quedarme en casa y leer un libro, yo le estaba mirando a él.

La preferencia de los estadounidenses por las experiencias mediadas resulta bastante obvia, y no voy a dar la murga con ello. Ni siquiera voy a hacer comentarios desdeñosos acerca de ello --después de todo, yo estaba en Disney World como cliente de pago--. Pero claramente está relacionado con el colosal éxito de las GUI, así que tengo que hablar algo acerca de ello. A los de Disney se le dan mejor que a nadie las experiencias mediadas. Si entendieran qué son los sistemas operativos, y por qué los usa la gente, aplastarían a Microsoft en uno o dos años.

En la sección de Disney World llamada el Reino Animal hay una nueva atracción, que se supone abrirá en marzo de 1999, llamada el Viaje por la Jungla del Maharajá. Lo habían abierto como anticipo cuando yo estuve allí. Es una reproducción completa, piedra a piedra, de una hipotética ruina en las junglas de la India. Según decían, fue construida por un rajá local en el siglo XVI como reserva de caza. El rajá iba allí con sus principescos huéspedes a cazar tigres de Bengala. Con el paso del tiempo, quedó abandonada y la ocuparon los tigres y los monos; finalmente, en torno a la época de la independencia de la India, se convirtió en una reserva natural del gobierno, ahora abierto a los visitantes.

El lugar se parece más a lo que he descrito que ningún edificio real que se pueda encontrar en la India. Todas las piedras en los muros derrumbados tenían el aspecto de haber sido desgastados por las lluvias monzónicas durante siglos, la pintura de las paredes está descascarillada y apagada y los tigres de Bengala se mueven entre las columnas rotas. Allí donde se podrían realizar reparaciones modernas en la antigua estructura, se han hecho, pero no como las llevarían a cabo los ingenieros de la Disney, sino ahorrativos encargados indios, con bambú y barras herrumbrosas. La herrumbre está pintada, claro, y protegida de la herrumbre auténtica por una capa de plástico transparente, pero no se nota a menos que uno se agache.

En cierto punto se puede caminar junto a un muro de piedra con una serie de desgastados frisos antiguos esculpidos. Un extremo del muro se ha derrumbado y caído a tierra, quizás debido a algún terremoto largo tiempo olvidado, y uno o dos paneles tienen anchas fisuras, pero la historia sigue siendo legible: primero, el caos primordial lleva a la creación de muchas especies animales. Luego, vemos el Árbol de la Vida rodeado de diversos animales. Esta es una alusión obvia al enorme Árbol de la Vida que domina el centro del Reino Animal de Disney, igual que el Castillo domina el Reino Mágico o la Esfera domina Epcot. Pero está hecho en un estilo históricamente correcto, y probablemente engañaría a cualquiera que no tuviera un doctorado en historia del arte indio.

El siguiente panel muestra a un homo sapiens bigotudo derribando el Árbol de la Vida con una cimitarra y a animales huyendo en todas direcciones. El panel que va después muestra al errado humano golpeado por un tsunami, parte de un Diluvio presumiblemente provocado por su estupidez.

El panel final muestra al Brote de la Vida que vuelve a crecer, pero ahora el Hombre ha abandonado su afilada arma y se ha unido a los demás animales, que lo rodean para ensalzarlo y adorarlo.

Es, en otras palabras, una profecía del cuello de botella: la situación, planteada habitualmente por los modernos ecologistas, de que el mundo se enfrentará pronto a un periodo de graves tribulaciones ecológicas que durarán unas pocas décadas o siglos y acabarán cuando encontremos un nuevo y armonioso modus vivendi con la Naturaleza.

En conjunto, el friso es una obra bastante brillante. Obviamente no es una antigua ruina india, y alguna persona o personas vivas merecen ser elogiadas. Pero no hay firmas en la reserva de caza de Maharajá en Disney World. No hay firmas en nada, porque arruinaría el efecto si largos créditos colgaran de cada ladrillo desgastado a medida, como en las películas de Hollywood.

Entre los guionistas de Hollywood, Disney tiene la reputación de ser una madrastra verdaderamente malvada. No resulta difícil ver por qué. Disney está en el negocio de los productos de ilusión sin fisuras --un espejo mágico que refleja el mundo mejor de lo que realmente es--. Pero un escritor está hablando literalmente a sus lectores, no sólo creando un ambiente o presentándoles algo donde mirar; y así como la interfaz de línea de comandos abre un canal mucho más directo y explícito entre usuario y máquina que la GUI, lo mismo sucede con palabras, escritor y lector.

La palabra, al final, es el único sistema para codificar los pensamientos --el único medio-- que no es fungible, que se niega a disolverse en el torrente devorador de los medios electrónicos (los turistas más ricos en Disney World llevan camisetas con los nombres de diseñadores famosos impresos, porque los propios diseños pueden copiarse fácilmente y con impunidad. El único modo de fabricar ropa que no puede copiarse legalmente es imprimir palabras con copyright y marca registrada; una vez se ha dado ese paso, la ropa misma ya no importa realmente, y así una camiseta es tan buena como cualquier otra cosa. Las camisetas con palabras caras son ahora la insignia de la clase alta. Las camisetas con palabras baratas, o sin palabras, son para el común de los mortales).

Pero esta cualidad especial de las palabras y de la comunicación escrita tendría el mismo efecto sobre el producto de la Disney que un graffiti de spray sobre un espejo mágico. Así que la Disney lleva a cabo la mayor parte de su comunicación sin recurrir a las palabras, y en su mayor parte, no se echa de menos las palabras. Algunas de las propiedades más antiguas de la Disney, como Peter Pan, Winnie Pooh, y Alicia en el País de las Maravillas, salieron de libros. Pero los nombres de sus autores se mencionan raramente, si es que se mencionan, y no se pueden comprar los libros originales en la tienda Disney. Si se pudiera, parecerían viejos y extraños, como versiones muy raras de los originales más puros y auténticos de la Disney. Comparados con producciones más recientes como La Bella y la Bestia y Mulan, las películas de la Disney basadas en estos libros (en particular Alicia en el País de las Maravillas y Peter Pan) parecen profundamente extrañas, y no del todo apropiadas para niños. Lo cual es razonable, porque Lewis Carroll y J.M. Barrie eran hombres muy raros, y la naturaleza de la palabra escrita es tal que su rareza personal se filtra a través de todas las capas de disneyficación como rayos X a través de una pared. Probablemente, por esta misma razón, la Disney parece haber dejado de comprar libros y ahora encuentra sus temas y caracteres en los relatos tradicionales, que tienen la cualidad lapidaria y gastada por el tiempo de los antiguos bloques de piedra de las ruinas del Maharajá.

Si siguiéramos a esos turistas a sus casas, podríamos encontrar arte, pero sería el tipo de arte folclórico no firmado que venden en las tiendas de la Disney de tema africano y asiático. En general, sólo parecen estar cómodos con medios que han sido ratificados por su antigüedad, por su aceptación popular masiva o por ambas cosas.

En este mundo, los artistas son como los obreros anónimos y analfabetos que construyeron las grandes catedrales en Europa y luego desaparecieron en tumbas anónimas del cementerio. La catedral en conjunto es apabullante y conmovedora a pesar de, y posiblemente debido a, el hecho de que no tenemos ni idea de quién la construyó. Cuando caminamos por ella comulgamos no con obreros individuales sino con toda una cultura.

Disney World funciona del mismo modo. Si se es un intelectual, un lector o un escritor de libros, lo más amable que se puede decir al respecto es que la ejecución es soberbia. Pero resulta fácil encontrarlo todo un poco siniestro, porque falta algo: la traducción de todo su contenido a palabras escritas, claras y explícitas, las atribución de las ideas a personas específicas. No se puede discutir con ello. Parece como si se estuviera pasando por alto un montón de cosas, como si Disney World nos estuviera engañando, y posiblemente colándonos todo tipo de asunciones ocultas y pensamiento débil. Pero esto es exactamente lo mismo que se pierde en la transición de la interfaz de línea de comandos a la GUI.

La Disney y Apple/Microsoft están en el mismo negocio: cortocircuitar la laboriosa y explícita comunicación verbal con interfaces de diseño caro. La Disney es una especie de interfaz de usuario en sí misma --y más que meramente gráfica--. Llamémosla interfaz sensorial. Puede aplicarse a cualquier cosa en el mundo, real o imaginada, aunque a un precio apabullante.

¿Por qué rechazamos las interfaces basadas en la palabra, y preferimos las gráficas o sensoriales --una tendencia que explica el éxito tanto de Microsoft como de la Disney?

Parte de ello es simplemente que el mundo es ahora muy complicado --mucho más complicado que el mundo de los cazadores-recolectores con el cual evolucionaron nuestros cerebros-- y sencillamente no podemos manejar todos los detalles. Tenemos que delegar. No tenemos más opción que confiar en algún artista anónimo de la Disney o en algún programador de Apple o Microsoft para que elijan por nosotros, nos libren de algunas opciones y nos den un resumen convenientemente empaquetado.

Pero más importante es el hecho de que durante este siglo el intelectualismo falló, y todo el mundo lo sabe. En lugares como Rusia y Alemania, la gente común renunció a su control sobre los modos de vida tradicionales, costumbres y religión, y permitió que los intelectuales llevaran el cotarro, y los intelectuales lo estropearon todo y convirtieron el siglo en un matadero. Aquellos intelectuales de tanta palabrería solían percibirse como algo meramente tedioso; ahora también parecen algo peligrosos.

Los estadounidenses somos los únicos que no salimos malparados en ningún momento de todo esto. Somos libres y prósperos porque heredamos sistemas políticos y de valores fabricados por un conjunto dado de intelectuales del siglo XVIII que por casualidad acertaron. Pero hemos perdido contacto con esos intelectuales, y con cualquier cosa parecida al intelectualismo, hasta el punto de no leer libros ya, aunque sabemos leer. Estamos mucho más cómodos transmitiéndoles esos valores a las generaciones futuras de forma no-verbal, mediante el proceso de inmersión mediática. Parece que esto funciona hasta cierto punto, porque la policía en muchos países ahora se queja de que los arrestados insisten en que les lean sus derechos, como en las películas de policías estadounidenses. Cuando se les explica que están en un país diferente, se indignan. Puede que las reposiciones de Starsky y Hutch, dobladas a diversas lenguas, resulten ser, a largo plazo, una fuerza más potente en favor de los derechos humanos que la Declaración de Independencia.

Una cultura enorme, rica y nuclear que propaga sus valores nucleares mediante la inmersión mediática parece una mala idea. Está el riesgo obvio de errar. Las palabras son el único medio inmutable que tenemos, que es el motivo por el cual son el vehículo preferido para conceptos extremadamente importantes como los Diez Mandamientos, el Corán y la Declaración de Derechos. A menos que los mensajes transmitidos por nuestros medios vayan ligados a algún conjunto fijo de preceptos, pueden desperdigarse por doquier y posiblemente llenar la mente de la gente de estupideces.

Orlando tenía una base militar llamada McCoy Air Force Base, con largas pistas desde las que podían despegar los B-52 para llegar a Cuba o a cualquier otro lugar, cargados de bombas nucleares. Pero ahora McCoy ha sido desmantelada y sus instalaciones se han destinado a otros fines. El aeropuerto civil de Orlando las ha absorbido. Las largas pistas se usan ahora para descargar turistas llegados en vuelos 747 desde Brasil, Italia, Rusia y Japón, a fin de que vengan a Disney World y empaparse de nuestros medios durante un tiempo.

Para las culturas tradicionales, especialmente las basadas en la palabra como el Islam, esto resulta infinitamente más amenazante de lo que lo fueron jamás los B-52. Resulta obvio para cualquiera fuera de los Estados Unidos que nuestras archimuletillas, multiculturalismo y diversidad, son fachadas que encubren (en muchos casos involuntariamente) una tendencia global a erradicar las diferencias culturales. El pilar básico del multiculturalismo (o de «honrar la diversidad», o como se quiera llamarlo) es que las personas tienen que dejar de juzgarse unas a otras --dejar de aseverar (y, gradualmente, dejar de creer) que esto está bien y esto está mal, que una cosa es fea y otra hermosa, que Dios existe y tiene estas o aquellas cualidades.

La lección que la mayor parte de la gente ha extraído del siglo XX es que, para que un gran número de diferentes culturas coexistan pacíficamente en el globo (o incluso en el barrio), es necesario que la gente suspenda el juicio de este modo. De ahí (argumento) nuestra sospecha, u hostilidad, respecto de todas las figuras de autoridad en la cultura moderna. Como explicó David Foster Wallace en su ensayo E Unibus Pluram, este es el mensaje fundamental de la televisión; es el mensaje que la gente se lleva a casa, de cualquier modo, tras llevar inmersos en los medios el tiempo suficiente. No está expresado en esos términos altisonantes, claro. Se transmite a través de la presunción de que todas las figuras de autoridad --maestros, generales, policías, sacerdotes, políticos-- son bufones hipócritas, y que el cinismo descreído es el único modo de ser.

El problema es que una vez que nos hemos librado de la capacidad de juzgar lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso, etc., ya no queda cultura. Todo lo que queda son los bailes folclóricos y el macramé. La capacidad de juicio, de creencia, es el fin mismo de tener una cultura. Creo que por eso aparecen a veces tipos con metralletas en lugares como Luxor, y empiezan a disparar a los occidentales. Entienden perfectamente la lección de la base aérea McCoy. Cuando los hijos llegan con gorras ladeadas de los Chicago Bulls, los padres enloquecen.

La anticultura global transmitida a todos los rincones del mundo por la televisión es una cultura en sí misma, y según los estándares de grandes y antiguas culturas como el Islam o Francia, parece inmensamente inferior, al menos al principio. Los único bueno que se puede decir de ella es que hace que guerras mundiales y holocaustos parezcan menos probables --¡y de hecho eso es algo bastante bueno!

El único problema real es que cualquiera que no tenga más cultura que esta monocultura global está completamente jodido. Cualquiera que crezca viendo la televisión, que nunca vea nada de religión o filosofía, se críe en una atmósfera de relativismo moral, aprenda ética viendo escándalos sexuales en el telediario, y vaya a una universidad donde los posmodernos se desviven por demoler las nociones tradicionales de verdad y cualidad, va a salir al mundo como un ser humano bastante incapaz. Y --de nuevo-- tal vez el fin de todo esto es hacernos incapaces, de modo que no nos bombardeemos mutuamente con armas nucleares.

Por otro lado, si te crías en el ámbito de una cultura dada, acabas con un conjunto básico de herramientas que se pueden usar para pensar y comprender el mundo. Puedes usar esas herramientas para rechazar la cultura en que te criaste, pero al menos tienes algunas herramientas.

En este país, la gente que lleva el cotarro --los que llenan los bufetes y las juntas directivas-- comprende todo esto a cierto nivel. Apoyan el multiculturalismo y la diversidad y la suspensión del juicio de boquilla, pero no educan a sus propios hijos así. Tengo amigos altamente educados y técnicamente sofisticados que se han mudado a pequeñas ciudades de Iowa para vivir y criar a sus hijos, y hay enclaves judíos hasidim en Nueva York donde muchos niños se crían según creencias tradicionales. Cualquier comunidad suburbana puede considerarse un lugar donde personas que tienen ciertas creencias (básicamente implícitas) van a vivir entre otros que piensan de igual manera.

Y esta gente no sólo se siente responsable respecto a sus propios hijos, sino con el país en general. Algunos miembros de la clase alta son viles y cínicos, por supuesto, pero muchos pasan al menos parte de su tiempo preocupándose por la dirección en que va el país, y sus propias responsabilidades. Y así, cuestiones que son importantes para los intelectuales lectores de libros, como el colapso ambiental global, acaban por filtrarse a través de la cultura de masas y aparecen como antiguas ruinas hindúes en Orlando.

Puede que se estén preguntando: ¿qué narices tiene que ver todo esto con los sistemas operativos? Como ya he dicho, no hay modo de explicar la dominación del mercado de sistemas operativos por Apple/Microsoft sin explicaciones culturales, así que no puedo llegar a ninguna parte en este ensayo sin hacerles saber antes de dónde vengo en lo que concierne a la cultura contemporánea.

La cultura contemporánea es un sistema de dos niveles, como los morlocks y los eloi de La máquina del tiempo, de H.G. Wells, salvo que está del revés. En La máquina del tiempo, los eloi eran la amanerada clase alta, mantenida por montones de morlocks subterráneos que hacían que los engranajes tecnológicos se movieran. Pero en nuestro mundo es al revés. Los morlocks son minoría, y hacen que las cosas se muevan porque comprenden cómo funciona todo. Los mucho más numerosos eloi aprenden todo lo que saben por verse inmersos desde su nacimiento en medios electrónicos dirigidos y controlados por los morlocks lectores de libros. Así que muchas personas ignorantes serían peligrosas si se las apuntara en la dirección equivocada, con lo cual hemos desarrollado una cultura popular que a) es increíblemente infecciosa y b) neutraliza a toda persona que se ve infectada, haciéndolos reticentes a emitir juicios e incapaces de tomar posiciones.

Los morlocks, que tienen la energía e inteligencia como para aprehender los detalles, van y dominan temas complejos y producen interfaces sensoriales tipo Disney, de tal modo que los eloi puedan entender el meollo sin tener que forzar la mente o soportar el aburrimiento. Esos morlocks van a la India y tediosamente exploran cientos de ruinas, luego vuelven a casa y construyen versiones higiénicas y sin bichos: el Selecciones del Reader's Digest, por así decir. Esto cuesta un montón, porque los morlocks insisten en que les den buen café y billetes de avión en primera, pero no es problema porque a los eloi les gusta que los deslumbren y pagarán gustosos.

Me doy cuenta de que la mayor parte de esto probablemente suena desdeñoso y amargado hasta el absurdo: el típico intelectual pijo con un berrinche por culpa de esos filisteos analfabetos. Como si yo fuera una especie de Moisés bajando solo de la montaña, con las tablas de los Diez Mandamientos grabadas en piedra inmutable --la interfaz de línea de comandos original-- y cabreándose con los débiles hebreos no iluminados que adoran imágenes. No sólo eso, sino que parece que creo que hay una especie de teoría de la conspiración.

Pero eso no es lo que quiero decir con todo esto. La situación que describo aquí podría ser mala, pero no tiene por qué ser mala, y no es necesariamente mala ahora.

La cuestión es que, sencillamente, estamos demasiado ocupados hoy en día como para comprenderlo todo con detalle. Y es mejor comprenderlo por una interfaz, oscuramente, que no comprenderlo en absoluto. Mejor que diez millones de eloi vayan al Safari por el Kilimanjaro en Disney World que no que mil cirujanos cardiovasculares y directivos de aseguradoras vayan de safari auténtico por Kenia. La frontera entre ambas clases es más porosa de lo que he dado a entender. Constantemente me encuentro con tipos normales --albañiles, mecánicos, taxistas, gente de a pie en general-- que básicamente carecían de cultura hasta que algo hizo necesario que se convirtieran en lectores y empezaran a pensar en serio acerca de las cosas. Tal vez tuvieron que vérselas con el alcoholismo, tal vez fueron a la cárcel, o enfermaron, o sufrieron una crisis de fe, o simplemente se aburrieron. Tales personas pueden aprender sobre temas particulares a toda prisa. A veces su falta de una educación amplia les lleva a acometer empresas intelectuales desquiciadas pero bueno, al menos la empresa intelectual desquiciada es un buen ejercicio. El fantasma de una política controlada por los caprichos y veleidades de los votantes que creen realmente que hay diferencias significativas entre las cerveza Bud Lite y Miller Lite, y que creen que la lucha libre es real, es naturalmente alarmante para aquellos que no lo creen. Pero los países controlados mediante la interfaz de la línea de comandos, por así decirlo, por sesudos intelectuales, ya sean religiosos o seculares, son por lo general tristes lugares donde vivir. La gente sofisticada se burla de los entretenimientos disneyescos por facilones y asacarinados, pero si el resultado es provocar reflejos básicamente cálidos y simpáticos a nivel preverbal en cientos de millones de iletrados inmersos en los medios, no pueden ser tan malos. Anoche matamos una langosta en nuestra cocina y mi hija lloró durante una hora. Los japoneses, que solían ser el pueblo más feroz del mundo, están obsesionados con adorables personajes de dibujos animados. Mi propia familia --la gente que mejor conozco-- está dividida de modo más o menos equitativo entre personas que probablemente lean este ensayo y personas que casi con toda certeza no lo hará, y no puedo decir a ciencia cierta que un grupo sea necesariamente más cálido, feliz o mejor adaptado que el otro.

miércoles, 4 de marzo de 2009

La Columna del Odio: Trabajo en equipo

Hay un conocido axioma moral que reza así: “El trabajo en equipo es esencial, pues te permitirá echarle las culpas a otro”.
Lo cierto es que, tras diez años de escolarización forzada, he deducido que intentar esconder la verdad es inútil. Puedes huir a los salvajes e inexplorados territorios peninsulares, pero no puedes escapar a la verdad.
El trabajo en equipo apesta. Aunque no me sorprende, puesto que desde que tengo uso de razón me mezclo entre la parte más o menos “marginada” de todo grupo en el que me incluyo. También he conseguido que no me sorprenda mi capacidad de sacar de ese mismo grupo la causa de la marginación.
Yo tampoco me juntaría con esa gente, ni por todo el oro falso de Son Banya.
Aunque, para sintetizarlo, el problema se reduce a que me he visto obligado a hacer el trabajo de castellano con una pandilla de pánfilos que no reconocerían un acento aunque éste les pisotease el escroto.
¡Pardiez! Si hubiese sabido que coordinar un grupo de seres directamente salidos del esperpento de Valle Inclán era tan difícil (y tan impepinablemente poco divertido) habría pasado por encima mis principios de amistad y buena voluntad.
Y, en rigor, lo peor es eso; que escogí a la gente que creía que eran mis amigos y a la gente que me daba más pena para hacer el trabajo, y me lo han pagado haciéndome tomar un medicamento para embarazadas que, según dice, causa impotencia, alucinaciones e hinchazón en los pechos (de varones) en uno de cada mil casos (a causa de que los nervios me atacan directamente al estómago, dejándolo como el campo de batalla de Cannas).
Y, ciertamente, al final, harto de que todo Dios se tomase el trabajo como una especie de buffet libre, acabé haciéndolo solo con mi leal mano derecha y, por tanto, acabé haciendo el mono (literalmente) alrededor de una farola que se suponía era el monolito de 2001.
Taaan, taaaaaaaaan, taaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaan, tatááááááááááááááááááááááááááááááááááááán
Chimpum, chimpum, chimpum.