Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

sábado, 30 de mayo de 2009

El Último Gay de Escocia VI

Para la Reina Ana.



The Gunner’s Dream

Habiendo estudiado persa, hebreo, latín, griego y francés, Denis era, con mucho, el alumno más culto del colegio. No es que el puesto en sí fuese muy meritorio, ya que, salvo contadas excepciones, la mayoría de alumnos de Hogwarts tenían dificultades para escribir cinco palabras seguidas.
En Hogwarts la cultura no era algo respetado. Tomás había comprobado con horror que uno de los pocos alumnos que le superaban, Andrew Malatesta, tenía la capacidad de redacción de un niño de tercero de primaria con muñones en los brazos.
Aunque, por supuesto, no era culpa suya. La sociedad mágica despreciaba todo lo relacionado con la cultura muggle. ¿Para qué preocuparse por la velocidad media de una golondrina sin carga cuando puedes pararla y obligarla a hablar contigo?*
Contigo.
Ésa era otra. Las plumas mágicas son ortográficamente correctas, y gramaticalmente inexpugnables.
Así que cada vez que uno de los estudiantes escribía “con tigo”, la pluma se preguntaba quién demonios era Tigo. Pero con el Tratado de Maëlstrom, las plumas mágicas adquirieron un nuevo poder.
Y Tigo fue conocido como el pseudopronombre fantasma de los bosques del sur. Fruto de una mutación genética entre un pronombre personal de segunda persona sin preposición, un tratado mágico y la mala ortografía de las nuevas generaciones.
Denis, por supuesto, nunca hubiese cometido un fallo así. Sus ojos grises resplandecían cada vez que leía una falta de ortografía, y su brazo izquierdo adquiría una curiosa postura amanerada que le hubiese valido una buena reprimenda en su país natal, Polonia, que tenía la consistencia histórica de las máximas de la revolución de Octubre.
Pero, por supuesto, él no podía saberlo. Llevaba dos (putas) horas caminando por ese bosque, y lo único que había visto desde entonces era un sendero recto y una masa verde de árboles que, infería, tenían tantas ganas como él de cambiar de paisaje. Aunque, bien mirado, si él fuese un árbol (un árbol de esos normalitos que no salen en los tratados alquímicos ni en los dibujos animados) sentiría indiferencia por el paisaje que le rodease en ese momento.
Pero ni él era un árbol ni la masa informe de su alrededor estaba compuesta por ese grupo de árboles normalitos que no salen en tratados alquímicos ni en los dibujos animados. Algunos de ellos cuchicheaban, otros hacían punto de cruz, otros bailaban al alocado y hortera ritmo de una canción de The Mamas and The Papas, y un último grupo se mantenía ajeno. Bien, Denis era un chico culto e inteligente, y podía deducir que (a) se encontraba en una remota región de la mente humana cuya aprehensión le hacía dudar de su grado de sobriedad y/o lucidez, o que (b) se encontraba en medio de una compleja trama arbórea de dominación mundial.
Un paso, dos pasos...
Sentía la necesidad de contarlos para saber si seguía o no cuerdo.
Cuatro, cinco, seis...
Cinco, primo.
No es que saber contar fuese un signo inconfundible de cordura, pero en fin...
Siete (primo), ocho, nueve, diez... Diez era el número que se usaba para sustituir a Dios en todas las blasfemias que decían los marineros borrachos de las tabernas, así como el número de mandamientos divinos y el de segundos que llevaba cayendo por una suerte de agujero negro terrenal.

Half Jack
Jack era un chico normal que hacía cosas de chico normal, salvo las limitaciones inherentes a vivir en un agujero perdido por un bosque mágico.
Es decir, Jack respiraba, comía y dormía sin demasiada diferencia respecto a sus colegas urbanitas. Ésta radicaba en matices sutiles que suelen apreciarse entre vivir sobre, descomponerse bajo o ahogarse dentro de, una fosa séptica y que, por tanto, no podía ser apreciada por la mayoría de estudiantes de Hogwarts (esa mayoría que aún asistía a partidos de Quidditch por afición).
La familia de Jack había llegado al bosque durante una de las purgas de rebeldes jacobitas cripto-papistas-muggles renegados en los albores del siglo XVIII, y había llegado al agujero en el suelo durante un paseo de la madre y el padre de Jack, demostrando la famosa tendencia de los cuerpos a intentar llegar al centro de la Tierra siempre que no se cuente con un conjuro de levitación.
Como evidentemente ése no era el caso, Jack nació en el seno de una familia acomodada... sobre una piedra con musgo (aunque sólo el musgo suficiente para que se pudiese reproducir y así dar el sustento calorífico y proteínico necesario para seguir viviendo).
En el momento en el que Denis caía sobre lo que era su cena, produciendo un estruendo apagado y un gritito de angustia, Jack se estaba colocando una servilleta en el cuello de la camisa.
No es que allí abajo importase mucho la higiene, pero era la misma camisa con que su padre había caído a ese agujero, y había pasado a él, y él la pasaría a su hijo en cuanto alguna fémina humana reconocible como tal se cayese por el mismo agujero.
Denis, de porte un tanto afeminado, distaba mucho de ser una fémina humana (aunque era fácilmente reconocible como tal), y por tanto su llegada era poco menos que molesta, aunque sí algo más que inoportuna.
- ¿Quién eres? –preguntó Denis, cuando se hubo cerciorado de que el cuchillo que Jack levantaba en vilo no iba dirigido a él.
Jack, cuyo aislamiento social le hacía desconocer detalles referidos a educación, no contestó –aunque, por supuesto, Denis no había sido del todo cortés al preguntar algo así de forma tan directa.
Denis, a quien la gente en el mejor de los casos no tenía en cuenta, se tomó la no-respuesta con la resignación de un sacerdote católico bautizando a quien en unos años renegaría de él. Se levantó y dejó entrever el musgo sobre el que se había caído, arruinando así la cena de su (impepinable) compañero.
Jack, hambriento como está, contempla la posibilidad de abrirle una vía entre la laringe y el ombligo para comer algo que no sea musgo por una vez en su vida, pero parece que Denis le ha leído la mente (o se ha dado cuenta de la expresión soñadora de su cara), porque ahora lo apunta con una especie de vara de madera extrañamente tallada, y pronuncia un idioma que no había oído nunca antes, pero que por lo que a su vasta experiencia lingüística respecta, bien podría ser francés.
Jack, que no sabía cómo referirse a su visitante (no necesitaba adjetivo, pues era el único), se quedó realmente sorprendido cuando un perro con tres cabezas y un número igual de afiladas dentaduras se presentó justo delante de él.
No es que sintiese miedo (tras quince años enterrado en vida, lo que menos le asustaba eran los hechizos de la casa de Ilusión), pero que su visitante sintiese miedo de él (que sólo había pasado toda su vida encerrado allí abajo sin relacionarse con nadie y que, a todas luces, ahora estaba hambriento) le supo mal, y se sentó cabizbajo en un lado del agujero.
Pasaron los minutos, y finalmente sólo se oyó el rumor de los bosques: magos ebrios vomitando pociones oníricas y porciones de mandrágora chillando al huir de jóvenes novicios de tendencias académicas diversas.
Pero un sonido retumbó en el bosque, emitido por una voz de adolescente con un desconcertante equilibrio entre estrógenos y testosterona.
- Yo, me, mí, conmigo. Tú, te, ti, contigo.
Jack dio un respingo y miró a Denis.
- Esta noche hay clase –dijo, y desapareció.

Lovely Tigo
Tigo era un chico sensible.
Bueno, en rigor, no era un chico, sino un pseudopronombre; una clase de palabra que, como no tenía una función sintáctica determinada (en parte porque era una categoría morfológica que ni siquiera existía).
Además de ser un pseudopronombre, Tigo era, a todos los efectos, una desgracia. Como describir su físico sería de un gusto pésimo –además de un crimen contra la Humanidad-, me centraré en el aspecto psicológico. Baste decir que todo lo que tenía de desagradable su aspecto se contrarrestaba por la dulzura de su carácter, y que si fuese capaz de mantener una conversación normal con alguien, sin que éste saliese huyendo de terror, o Tigo articulase otras palabras que no fuesen pronombres, probablemente se hiciese amigo de esa pequeña minoría de la gente que aún se toma los sentimientos como algo importante.
Como los magos son unos cínicos, y Tigo era incapaz de articular otra cosa que pronombres, se aclaró la garganta:
- Él, se, sí, consigo –dijo, esperando captar la atención de alguien.
Cosa que, sorprendentemente, hizo, y de debajo de la tierra salió una especie de canino tricéfalo con el cual, evidentemente, no podría hablar, y que pasaría a clasificar como “eso” al no tener más que un pronombre por género, número y persona.
Para no liar las cosas, vamos.
Detrás de él (es decir, de eso) había una especie de maniquí venido de Europa del Este que no hacía más que perseguir horrorizado.
- Si puedes salir del pozo, ¿por ¡qué! ¡cojones! te has pasado ¡quince! ¡años! en él metido? –había dicho el maniquí, y la expresión de la cara hacía saber que no decía este tipo de palabras muy a menudo.
Al fondo apareció ese maldito Él con camisa manchada de barro, vociferando en el inglés perfecto de quien sólo habla consigo mismo.
- ¡No se me había ocurrido, y –añadió en forma de explicación, como si hiciese falta- nadie me lo dijo!
Tigo, altamente horrorizado a esas horas de la madrugada, tuvo tiempo de vociferar: “¡Vosotros!”; antes de que el cancerbero se le tirase encima y comenzase a desfigurarle la cara (en este sentido, una clara mejora con respecto a su situación anterior).
Para cuando Denis hubo llegado, se hubo resbalado en un charco de sangre, se levantó, devolvió al can a un plano astral y hubo comenzado a atender a Tigo (“¡realmente había quedado hecho un asco!”, pensó para sí), Jack se acababa de resbalar en el mismo charco, y un estruendo a su derecha les indicó que quizá no estuviesen solos.
En tanto Tigo se recuperaba, Denis recordaba viejos conjuros y Jack se levantaba, un tipo apareció corriendo por el parque perseguido por lo que, así de oídas, parecía una tormenta de pájaros sacada de cualquier película de Hitchcock.
- ¿Tomás? –dijo Denis.
El tipo que corría se cayó por el agujero en el suelo.

*Véase: Tratado de Maëlstrom

Why did the chicken cross the road?

PROFESOR DE E.G.B.: Porque quería llegar al otro lado.

PROFESOR DE SECUNDARIA: Aunque se los explique, queridas bestias, no podrán entenderlo.

PROFESOR DE FACULTAD: Para saber por qué el pollo cruzó la carretera (tema que se incluirá en el parcial de mañana), lean los apuntes desde la página 2 a la 3050.

BUDA: Preguntar eso niega tu propia naturaleza de pollo.

MOISÉS: Y Dios bajó de los cielos y le dijo al pollo... "Cruza la carretera". Y el pollo cruzó la carretera y todos se regocijaron.

SÓCRATES: ¿Sabes qué es un pollo?.

PLATÓN: Porque buscaba salir de la caverna.

ARISTÓTELES: Está en la naturaleza de los pollos cruzar la carretera.

HIPÓCRATES: Debido a un exceso de humores en sus páncreas.

SANTO TOMÁS: Para descubrir la escencia y existencia de la carretera.

MAQUIAVELO: La cuestión es que el pollo cruzó la carretera. ¿A quién le importa por qué?. El fin de cruzar la carretera justifica cualquier medio.

CRISTÓBAL COLÓN: Para ir donde ningún pollo ha estado antes.

DESCARTES: El pollo cruzó la carretera y luego existió.

SHAKESPEARE: Para ser.

HUME: Buscaba una experiencia sensible.

KANT: Porque quería descubrir más allá del fenómeno "neumo" de la carretera.

QUESNAY: Porque buscaba más tierra.

HUSSERL: Fenomenológicamente, el pollo debe descubrir el camino.

NITZSCHE: El pollo ha muerto... ¡Viva la carretera!.

HEGEL: Hay una relación dialéctica entre el pollo y la carretera.

ENGELS: ¿Por qué no cruzó el pollo la carretera?.

MARX: Era una inevitabilidad histórica.

DARWIN: A lo largo de grandes períodos de tiempo los pollos han sido seleccionados naturalmente de modo que ahora tienen una disposición genética a cruzar carreteras.

ALBERT EINSTEIN: Si el pollo ha cruzado la carretera o la carretera se ha movido debajo del pollo depende de tu marco de referencia.

ANTONIO GRAMSCI: Para hacer la revolución cultural de la carretera.

SIGMUND FREUD: El hecho de que estés preocupado porque el pollo cruza la carretera revela tu inseguridad sexual.

HEINRICH RICKERT: Para hacer la hermenéutica de la carretera.

HEMINGWAY: Para morir. Bajo la lluvia.

BORGES: Porque salió del laberinto y no quiso meterse en las ruinas circulares.

HEIDEGGER: Porque está-en-el-mundo y hubo una referencia significativa con la carretera... se le interponía en su camino.

JEAN PAUL SARTRE: Porque era libre.

LYOTARD: Porque la carretera es muy postmoderna.

MICHEL FOUCAULT: Para descubrir cual es la estructura del poder de la carretera.

ETA: La carretera representa a los vascos. El pollo cruzó a los vascos para pisotearlos y mantenerlos sometidos.

MARTIN LUTHER KING: Veo un mundo en el que todos los pollos serán libres de cruzar la carretera sin que sus motivos se pongan en cuestión.

FIDEL CASTRO: Porque lo perseguía un yankie.

RONALD REAGAN: Se me ha olvidado.

BILL CLINTON: El pollo no cruzó la carretera. Repito: el pollo no cruzó la carretera.

SADDAM HUSSEIN: Fue un acto de rebelión no provocado y el que lancemos 50 toneladas de gas nervioso estuvo plenamente justificado.

BILL GATES: Acabo de lanzar el Pollo Office 2000 que no solo cruza carreteras sino que pone huevos archiva tus documentos importantes y encuadra tus cuentas.

ANDERSEN CONSULTING: La desregulación del lado de la carretera del pollo amenazaba su posición dominante en el mercado. El pollo se enfrentaba a importantes retos para crear y desarrollar las competencias necesarias para encarar la competitividad del mercado.
Andersen Consulting, en una relación de socio con el cliente, ayudó al pollo rediseñando su estrategia de distribución física y procesos de implantación. Empleando el método de integración avícola MIA, Andersen ayudó al pollo a emplear sus habilidades, metodología, conocimiento, capital y experiencias para alinear a los recursos humanos, procesos y tecnología del pollo en el apoyo de su estrategia global dentro de un marco de trabajo de Gestión de Programas. Andersen Consulting convocó un equipo multidisciplinar de analistas de carreteras y los mejores pollos que, junto con consultores de Andersen con profundas habilidades en la industria del transporte, abordaron durante dos días una serie de reuniones al objeto de apalancar su capital personal de conocimiento (tanto explícito como implícito) y de permitirles obtener sinergías entre sí para conseguir las metas implícitas de la entrega y diseño exitoso e implementando un marco de valores de empresa a través del continuo de procesos avícolas. Las reuniones se mantuvieron en un entorno de alto impacto que estaba estratégicamente situado centrado en la industria y elaborando un mensaje consistente claro y único frente al mercado alineado con la misión, visión y valores principales del pollo. Esto condujo a la creación de una solución integradora de negocio total. Andersen Consulting ayudó a que el cambio del pollo fuese más exitoso.

SUSANA GIMÉNEZ: ¡Agárrenlo!, ¡se lleva el Mercedes y los dólares!.

MARIANO GRONDONA: Teniendo en cuenta la reflexión de Aristarco, bla, bla, bla, bla, bla...

CARLOS SAÚL MENEM: El pollo va bien. Cruzará mejor.

GRACIELA FERNÁNDEZ MEIJIDE: Vamos a investigarlo.

RAÚL ALFONSÍN: ¡Felices pascuas!, ahora que ha cruzado la carretera... ¡el pollo está en orden!

EDUARDO DUHALDE: El que ha depositado pollos, recibirá pollos; el que ha depositado carreteras, recibirá carreteras.

NORBERTO VOLANTE: El pollo cruzó la carretera porque consiguió salir del corralito.

FRANCISCO VARELA: El pollo cruzó la carretera porque era "autopoyético".

FRITZ PERLS: El pollo cruzó la carretera porque los seres vivos tienen sabiduría "autoorganísmica".

TÍTULO DE TAPA DE LA NACIÓN: Habría cruzado la
carretera un pollo.

TÍTULO DE PÁGINA 12: Listo el pollo.

TÍTULO DE CRÓNICA TV: Pollo asesino cruza la carretera de la muerte... ¡imágenes sin procesar!

O GLOBO: Mayor frango do mundo consegui atravesar a
rodovia.

REVISTA XXIII: Menem y el pollo: los oscuros
corredores de esta relación impropia. ¿Qué hay detrás
del negocio de las carreteras? Informe exclusivo:
gallinas y pollitos que reciben maíz del Estado.
¿Quiénes son los que se llevan los huevos?

REVISTA CARAS: Toda la intimidad del pollo: "SOLO
NECESITO UN AMOR PARA QUE MI ÉXITO SEA COMPLETO.

JOSÉ SOFISMA: Todos los pollos cruzan carreteras. El pollo cruzó la carretera. Todos los pollos son carreteras.

SOPORTE TÉCNICO: Yo desde acá no veo que haya cruzado la calle. Reseteá el pollo y si lo seguís viendo que cruza, formateate la carretera".

Pollo Windows 2000: Cruzará la carretera en junio. No, en agosto. No, seguramente en septiembre, ... mejor dicho, lo hará cuando esté listo...

Pollo OS/2: Cruzó la carretera hace unos años pero nadie lo había notado.

Pollo Microsoft: Está en ambos lados de la carretera... se compró la carretera...

Pollo Netscape: Está parado en la mitad de la carretera gritando que el pollo de Microsoft no le deja cruzar.

Pollo Apple Macintosh: Cruzó la carretera hace muchísimo tiempo y todavía reclama que fue el primero y que los demás pollos le robaron la idea.

Pollo Linux: Sólo un experto en pollos puede lograr que cruce la carretera...

Pollo Delphi: El pollo se arrastra por la carretera y se suelta en el otro lado.

Pollo Visual Basic: nzHighways!TheRoad.cross (aChicken)

Pollo Ensamblador: Primero construye la carretera.

Pollo C: Cruza la carretera sin mirar hacia los dos lados.

Pollo C++: No hace falta que cruce la carretera, es suficiente con dejar un puntero en el otro lado.

Pollo OOP (Programación orientada a Objetos): Tampoco necesita cruzar la carretera, simplemente manda un mensaje.

Pollo Java: Si necesitas tener un pollo en el otro lado de la
carretera, puedes descargarlo del servidor.

lunes, 25 de mayo de 2009

La Columna del Amor y el Respeto: El Ciclo Barroco

Como evitar nombrar una obra que he estado leyendo durante nueve meses es una tontería (a falta de cualquier otra palabra debidamente ofensiva), y llegarse aquí para resumir en unas líneas lo que he leído (y disfrutado) en tres mil páginas sería indecente, inútil y completamente estúpido por mi parte -además de que, francamente, se trataría de una forma de spoil bastante grosera-, decido expresar, en unas pocas líneas y para no cansar ni al lector ni a mis dedos, una opinión de qué me ha parecido el libro (los ocho libros).
Cronológicamente, el Ciclo se divide en dos etapas: de 1665 a 1701 y, después, de 1713 a 1714. Durante ese tiempo (Gran Incendio de Londres, la Plaga, Asedio de Viena, Rebelión de Monmouth, Revolución Gloriosa, Guerra de los Nueve Años -y su posterior, de 1701 a 1713, Guerra de Sucesión-, sucesión Hannover al trono de Inglaterra, etcétera) los protagonistas de la novela participan en acontecimientos históricos que no buscan -o que provocan deliberadamente- actuando según sus propios intereses en una sátira (que pronto se torna oda) al carácter inglés. Aparte del carácter histórico, el carácter de filósofo natural tiene tal importancia que un estudiante de cuarto de ESO científico a veces se ha visto negro para pode seguir las descripciones del autor (Neal Stephenson), y que la convierte en una especie de novela divulgativa de conocimientos.
Por otra parte, en cuanto a la trama, el hecho quizá más hermoso -por utilizar algún adjetivo que haga realmente justicia a la saga, fuera de cinismo- es que la novela no deja cabos sueltos. Es decir, si al principio del libro algún personaje parece haber quedado descolgado de pronto te encuentras con cien páginas explicando su relación con los protagonistas y probablemente acabe convirtiéndose en villano o en héroe (recordemos al célebre Padre Ed, o a Dappa).
En conjunto, que aunque me haya leído tres mil páginas sobre la historia de la creación del mundo modernos, vive Dios que me leería tres mil más.

domingo, 24 de mayo de 2009

La familia de vurdalak

Alexei Tolstói, primo de Lev Tolstói


En el año de 1815 se reunió en Viena lo más distinguido en materia de erudición europea, espíritus brillantes de la sociedad y de enormes capacidades diplomáticas. Cuando el Congreso concluyó, los monárquicos emigrados se preparaban para regresar definitivamente a sus castillos, los guerreros rusos a ver de nuevo sus hogares abandonados y algunos polacos partían a disgusto por tener que llevar con ellos su amor a la libertad a Cracovia, para ponerla bajo la triple y dudosa independencia que supuestamente habían logrado el príncipe Metternich, el príncipe de Hardenberg y el conde de Nesselrode.

Parecido al fin de un baile animado, la reunión hacía poco tiempo muy concurrida se redujo a un pequeño número de personas dispuestas al placer que, fascinadas por los encantos de las damas austriacas, se demoraban en cerrar el equipaje y postergaban su marcha.

Esta feliz sociedad, de la que yo formaba parte, se reunía dos veces por semana en el castillo de la señora princesa viuda de Schwarzemberg, a pocas millas de la ciudad, al lado de un pequeño burgo llamado Hitzing. Los buenos modales de la anfitriona del lugar eran realzados por la gentil amabilidad y la finura de su espíritu, y hacían deleitosa la estancia en su residencia.

Las mañanas estaban destinadas a dar paseos; merendábamos todos juntos, en el castillo o en los alrededores y, en la noche, sentados alrededor de un agradable fuego de chimenea, nos entreteníamos conversando y contando historias. Estaba estrictamente prohibido hablar de política. Ya habíamos tenido demasiado, y preferíamos los relatos de leyendas de nuestros respectivos países o de nuestras evocaciones.

Una noche, cuando ya cada uno había contado alguna cosa y nuestros ánimos se encontraban en ese estado de tensión que por lo común la oscuridad y el silencio incrementan, el marqués de Urfé, viejo emigrado a quien todos estimábamos por su alegría juvenil y por la forma atrevida de hablar de su antigua buena fortuna, aprovechó un momento de silencio y tomó la palabra:

—Vuestras historias, señores —nos dijo—, sin duda son asombrosas, pero es de mi parecer que les falta algo esencial, quiero decir, la autenticidad. Que yo sepa ninguno de vosotros ha visto con sus ojos las cosas maravillosas que acaban de narrar, como tampoco puede asegurar su veracidad bajo palabra de honor.

Fuimos obligados a reconocerlo y el anciano, acariciándose la papada, continuó:

—En cuanto a mí, señoras, no conozco sino una sola aventura de ese género, pero al mismo tiempo es tan extraña, tan horrible, y tan verdadera que ella sola es suficiente para herir de espanto el espíritu del más incrédulo. Desgraciadamente fui testigo y actor al mismo tiempo, y aunque no me gusta recordarla, esta vez con placer les narraré la historia, siempre que las damas lo consientan.

La aprobación fue unánime. Algunas miradas, temerosas ante la perspectiva de escuchar una narración verdadera, se posaron en los cuadros de luz que comenzaban a dibujarse sobre la duela; pero pronto el pequeño círculo se fue cerrando y cada uno hizo silencio para escuchar la historia del marqués.

El señor de Urfé tomó una porción de tabaco, la fumó lentamente y comenzó diciendo:

—Antes que nada, señoras mías, les pido una disculpa si en el transcurso de mi narración sucede que hablo de mis asuntos amorosos más de lo que conviene a un hombre de mi edad. Pero deberé mencionarlos para la comprensión del relato. Además, se perdona a la vejez tener momentos de confusión, y será su culpa señoras mías, si al verlas tan hermosas frente a mí, me siento tentado a creer que soy un joven mozo. Les diré sin más preámbulos que en el año de 1759 yo estaba perdidamente enamorado de la bella duquesa de Gramont. Esa pasión que creí entonces profunda y duradera no me dejaba en paz ni de día ni de noche, y la duquesa, como suelen hacer las mujeres bonitas, se complacía en coquetear para acrecentar mis tormentos. Tanto que en un momento de desesperación, fui a solicitar y obtuve una misión diplomática cerca del hospodar de Moldavia, durante las negociaciones con el gabinete de Versalles y sería tan aburrido como inútil detallarlas. La víspera de mi partida, me presenté en casa de la duquesa. Ella me recibió menos sarcástica que de costumbre y me dijo con una voz que dejaba traslucir cierta emoción:

—De Urfé, comete usted una locura. Pero le conozco y sé muy bien que nunca se retracta cuando ya ha tomado una decisión. Así que no le demando sino una cosa: acepte esta pequeña cruz como prueba de mi amistad, y llévela puesta hasta su regreso. Es una reliquia que para mi familia tiene una gran valor.

Con una galantería, quizá para el momento fuera de tono besé no la reliquia, sino la encantadora mano que me la ofrecía y me la puse alrededor del cuello. Es la misma cruz que aquí muestro; desde ese día nunca me he separado de ella.

No las fatigaré, señoras, con los detalles del viaje, ni con las observaciones que hice de los húngaros y de los serbios, un pueblo empobrecido e ignorante pero valiente y honesto, que a pesar de estar bajo el dominio turco no había olvidado ni su dignidad ni su antigua independencia. Será suficiente decirles que haber aprendido un poco del idioma polaco durante una estadía en Varsovia, facilitó mi instrucción y en poco tiempo me adiestré en el serbio, ya que esos dos idiomas, al igual que el ruso y el bohemio, como deben saber, no son sino ramas de una misma y única lengua que llaman eslava.

Ahora bien, sabía lo suficiente para hacerme entender, cuando un día llegué a un pueblo, cuyo nombre interesa apenas. Encontré a los habitantes de la casa en donde iba a hospedarme sumergidos en una consternación que me pareció tanto más inusual puesto que era domingo, día en que el pueblo serbio acostumbra entregarse a los más diversos placeres, tales como el baile, el tiro de arcabuz, la lucha, etc. Atribuí la forma de actuar de mis anfitriones a alguna desgracia reciente, y ya iba a retirarme cuando un hombre como de treinta años, alto de estatura e imponente, se acercó y me tomó de la mano.

—Pase, pase, extranjero —me dijo—, no se moleste por nuestra tristeza, cuando conozca la causa nos entenderá.

Me contó entonces que su anciano padre, llamado Gorcha, hombre de carácter inquieto e intratable, un día se había levantado de su cama y había descolgado de la pared su gran arcabuz turco.

—Muchachos —les había dicho a sus dos hijos, Georges y Pierre—, me voy a la montaña para reunirme con los valientes que persiguen a ese perro de Alibek (ése era el nombre de un bandolero turco que entonces asolaba al país). Espérenme durante diez días, y si no regreso al décimo, hagan decir una misa de difuntos, puesto que estaré muerto. Pero —añadió el viejo Gorcha poniéndose aún más circunspecto—, si yo regresara (de esto Dios los guarde) después de cumplirse los diez días, por sus vidas no me permitan de ningún modo entrar. Si esto ocurre, les ordeno olvidar que fui su padre y que me atraviesen con una estaca de álamo sin tomar en cuenta lo que yo pueda decir o hacer, ya que para ese momento no seré sino un maldito vourdalak que vendrá a succionar vuestra sangre.

Es oportuno decir, señoras mías, que los vourdalaks o vampiros de los pueblos eslavos no son otra cosa que cuerpos muertos, salidos de sus tumbas para succionar la sangre de los vivos. Hasta ahí sus costumbres son las mismas de todos los vampiros, pero tienen otra que los hace más temibles. Los vourdalaks, señoras mías, prefieren succionar la sangre de sus familiares más cercanos y de sus amigos más íntimos, quienes al morir se convierten en vampiros a su vez, de manera que se afirma haber visto en Bosnia y en Hungría poblaciones enteras convertidas en vourdalaks. El abad Agustín Calmet, en su curiosa obra sobre aparecidos, cita ejemplos escalofriantes. Los emperadores de Alemania en varias ocasiones han nombrado comisiones encargadas de esclarecer casos de vampirismo. Se levantan actas, se exhuman cadáveres encontrados ahítos de sangre y se les quema en las plazas públicas luego de perforárseles el corazón. Magistrados que son testigos de esas ejecuciones afirman haber escuchado a los cadáveres emitir alaridos al momento en que el verdugo hendía la estaca en sus pechos. Los mismos magistrados han hecho la deposición formal y lo corroboran sus juramentos y sus firmas.

Después de estas referencias, les será más fácil comprender, señoras, la impresión que produjeron las palabras de Gorcha en sus hijos. Los dos se hincaron a sus pies y le suplicaron que se les dejara ir en su lugar; pero, por toda respuesta, él les dio la espalda y se puso en marcha canturreando el estribillo de una antigua balada. Precisamente el día en que llegué al pueblo, expiraba el plazo fijado por Gorcha, y no me costó trabajo comprender la desesperación de esos jóvenes.

Se trataba de una familia buena y honesta. Georges, el mayor de los dos hijos, era de marcados rasgos masculinos, aparentaba ser un hombre serio y decidido. Estaba casado y tenía dos hijos. Su hermano Pierre era un hermoso joven de dieciocho años, su fisonomía revelaba más dulzura que audacia, y parecía ser el favorito de una hermana menor llamada Sdenka, una joven que representaba muy bien la belleza eslava. Además de esa belleza indiscutible desde todo punto de vista, el parecido con la duquesa de Gramont me impresionó de entrada. Tenía en especial un rasgo en la frente que en toda mi vida no encontré sino en esos dos seres. Esa particularidad podía no agradar en una primera impresión pero se volvía irresistiblemente atractiva después de haberla visto más de una vez.

Ya fuera porque en ese tiempo era muy joven, ya fuera el parecido, aunado a un espíritu único e ingenuo, Sdenka provocó en mí un efecto irresistible. No habíamos conversado ni dos minutos y ya sentía por ella una simpatía demasiado viva como para que no amenazara en convertirse en un sentimiento más tierno si prolongaba mi estadía en el pueblo.

Estábamos reunidos delante de la casa en torno a una mesa provista de quesos y de cuencos de leche. Sdenka hilaba; su cuñada preparaba la merienda de los niños que jugaban en la arena; Pierre, con afectada despreocupación, silbaba mientras pulía un yatagán, o largo cuchillo turco; Georges, acodado sobre la mesa, la cabeza entre las manos y el ceño fruncido, parecía devorar el camino con los ojos, sin pronunciar una palabra.

Por lo que a mí se refiere, vencido por la tristeza general, miraba con melancolía cómo las nubes enmarcaban el cielo dorado y, entre un bosque de pinos, la silueta de un convento a medio esconder.

Ese convento, como lo supe más tarde, antaño gozó de una enorme celebridad gracias a una imagen milagrosa de la Virgen, que según la leyenda los ángeles habían conducido y colocado en un roble. Pero al inicio del siglo pasado, cuando los turcos invadieron el país, degollaron a los monjes y saquearon el convento. De él no quedaban sino unos cuantos muros y una capilla comunicada por una especie de ermita. Este último acogía en sus ruinas a los curiosos y brindaba refugio a los peregrinos que llegaban a pie, venidos de un santo lugar a otro, para rendir las devociones en el convento de la Virgen del Roble. Ya dije antes que esto lo supe tiempo después. Esa tarde, yo pensaba en cosas que distaban mucho de la arqueología serbia. Como sucede a menudo, cuando se deja volar la imaginación, evocaba tiempos pasados, los días de mi infancia, la querida patria, Francia, a la que había abandonado por un país lejano y salvaje.

Recordaba a la duquesa de Gramont y, por qué no confesarlo, en la distancia recordaba también a algunas damas de mi época, abuelas vuestras, cuyos rostros, después del de la encantadora duquesa, se deslizaban en mi corazón. Rápidamente olvidé a mis anfitriones y su desasosiego.

De pronto Georges rompió el silencio:

—Mujer —dijo—, ¿a qué hora partió el viejo?

—A las ocho —respondió la mujer—. Escuché con claridad las campanas del convento.

—Entonces está bien —siguió diciendo Georges—, no pueden ser más de las siete y media—. Y enmudeció fijando otra vez los ojos el largo camino que se perdía en el bosque.

Olvidé decirles, señoras, que cuando los serbios sospechan de algún vampirizado, evitan llamarlo por su nombre o de manera directa, puesto que para ellos es hacerlo salir de su tumba. También Georges, desde hacía algún tiempo, al hablar de su padre no se refería a él de otro modo sino como el viejo.

Se quedó otro rato en silencio. De pronto, uno de los niños, tirando del delantal de Sdenka, preguntó:

—Tía, ¿cuándo regresará el abuelo a la casa?

Una bofetada fue la respuesta de Georges a la pregunta inoportuna. El niño se puso a llorar, y su hermano más pequeño interrogó asombrado y temeroso:

—¿Por qué, padre, nos prohíbe hablar del abuelo?

Otra bofetada le cerró la boca. Los dos niños se pusieron a chillar y la familia entera se santiguó.

En eso estábamos cuando escuché las campanas del convento dar poco a poco las ocho. Apenas el primer toque resonaba en nuestros oídos vimos una forma humana salir de la espesura del bosque y avanzar lentamente hacia nosotros.

—¡Es él! ¡Alabado sea Dios! —gritaron al unísono Sdenka, Pierre y su cuñada.

—¡Dios nos guarde! —dijo Georges preocupado—, ¿cómo saber si los diez días transcurrieron o no?

Todos lo miraron con pánico, mientras la forma humana seguía avanzando. Era un viejo de gran altura con un bigote plateado, la cara pálida y severa y que se arrastraba a duras penas con la ayuda de un bastón. A medida que se acercaba, el rostro de Georges se hacía más sombrío. Una vez que el recién llegado estuvo muy cerca, se plantó y recorrió a su familia con unos ojos que no parecían ver, de tan apagados y hundidos en sus órbitas.

—¡Bueno! —dijo con una voz cavernosa—, ¿nadie me va a recibir?, ¿qué significa ese silencio?, ¿no ven que estoy herido?

Entonces me di cuenta que el viejo sangraba por el costado izquierdo.

—¡Ayude a su padre a sostenerse! —dije a Georges—. ¡Sdenka, usted vaya a preparar alguna medicina, este hombre está a punto de desfallecer!

—Padre mío —dijo Georges acercándose a Gorcha—, muéstreme su herida, sé de estas cosas y lo voy a curar.

Se acercó para abrirle las vestiduras, pero el viejo lo rechazó bruscamente y ocultó la lesión tras sus manos.

—¡Quítate, torpe —dijo—, me haces daño!

—Pero entonces, ¡es en el corazón donde trae la herida! —gritó Georges palideciendo—. ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Quítese esas ropas, es urgente, urgente le digo!

El viejo se irguió.

—¡Cuídate mucho —dijo con su voz hueca— de tocarme, pues si lo haces, te maldeciré!

Pierre se puso en medio de Georges y de su padre.

—¡Déjalo! ¿no te das cuenta que lo lastimas?

—¡No le lleves la contra —añadió su mujer—, sabes que nunca lo ha tolerado!

En ese momento vimos a un rebaño regresar de pacer, entre una nube de polvo, que se dirigía hacia la casa. El perro pastor que lo conducía, o no reconoció a su viejo amo, o por otro motivo ignorado, desde el momento en que percibió la presencia de Gorcha se detuvo, y, con el pelambre erizado, comenzó a aullar como si viera algo sobrenatural.

—¿Qué le pasa a ese perro? —dijo el viejo cada vez más enojado—, ¿qué significa todo esto?, ¿me he convertido en un extraño en mi propia casa?, ¿diez días pasados en la montaña me cambiaron hasta el punto de que ni mis perros me reconocen?

—¿Escuchaste? —dijo Georges a su mujer.

—¿Qué cosa?

—¡Reconoce que pasaron los diez días!

—¡No, pero si regresó dentro del plazo fijado!

—¡Está bien, está bien, yo sé lo que tengo que hacer!

Como el perro seguía aullando, vociferó:

—¡Maten a ese perro! ¿No me escuchan?"

Georges no se movió, pero Pierre se levantó con lágrimas en los ojos, tomó el arcabuz de su padre y disparó. El perro rodó por el suelo.

—¡Era mi perro preferido —dijo en voz baja—, no entiendo porqué ha querido que lo mataran!

—¡Porque lo merecía! —dijo Gorcha—. ¡Vamos, quiero entrar, hace mucho frío!

Mientras eso sucedía afuera, Sdenka preparó para el viejo una tisana hecha de aguardiente hervido con peras, miel y raíces secas. Pero su padre la rechazó con asco. Mostró la misma aversión al plato de carnero con arroz que le sirvió Georges, y finalmente fue a sentarse en un rincón del hogar, mascullando palabras ininteligibles.

Un fuego hecho de pinos chispeaba en la chimenea y alumbraba vacilante el rostro pálido y derrotado del viejo, y sin esa luz se habría dicho que era la cara de un muerto. Sdenka fue a sentarse junto a él.

—Padre mío —le dijo—, no desea tomar alguna cosa ni descansar. ¿Y si nos contara sus aventuras en las montañas?

Al decir esto la joven sabía que tocaba un punto débil, pues al viejo le encantaba narrar historias de guerras y combates. Se dibujó una sonrisa en sus labios descoloridos, sus ojos permanecieron inexpresivos y pasando las manos por sus hermosos cabellos blancos, respondió:

—Sí, hija mía; sí, Sdenka, me gustará mucho narrarte lo que sucedió en las montañas, pero será otro día, ahora estoy muy cansado. Entretanto te adelantaré que Alibek ya no existe y que por mi mano murió. Si alguien lo duda —siguió el viejo paseando la mirada sobre su familia—, ¡aquí está la prueba!

Desató una especie de alforja que le colgaba de la espalda y extrajo una cabeza pálida y cruel, que aún no excedía en estas características al rostro del viejo. Nos volvimos horrorizados, y Gorcha se la entregó a Pierre:

—Toma —le dijo—, ¡colócame esto encima de la puerta, para que la gente que pase sepa que Alibek está muerto y que los caminos están limpios de bandoleros, exceptuando, claro está, a los jenízaros del Sultán!

Pierre acató la orden con repugnancia.

—¡Ahora comprendo —dijo el viejo—, que ese pobre perro aullaba por olfatear la carne muerta!

—Sí, olió carne muerta —respondió con tristeza Georges, que había salido sin que nos diéramos cuenta y en ese momento entraba portando en la mano un objeto que me pareció una estaca y fue a depositarlo en un rincón.

—Georges —le dijo su mujer en voz baja— ¿no estarás pensando...?, espero.

—Hermano —añadió Sdenka—, ¿qué vas a hacer? Pero no, ¿no harás nada, verdad?

—¡Déjenme —respondió Georges—, yo sé lo que debe hacerse y no haré nada que no sea necesario!

Entretanto había llegado la noche, la familia fue a acostarse en una parte de la casa separada de mi habitación solamente por un tabique muy delgado. Reconozco que lo sucedido aquella tarde turbó la tranquilidad de mis pensamientos. La luz de mi cuarto estaba apagada, la luna penetraba por una ventana muy baja cercana a mi cama y dejaba caer sobre el piso y los muros resplandores blanquecinos, más o menos similares, queridas damas, a los que invaden el salón donde nos encontramos ahora. Quise dormir sin poder lograrlo. Atribuí el insomnio a la claridad de la luna; busqué algo que pudiera hacer las veces de cortina, pero no hallé gran cosa. Entonces, al percibir voces confusas detrás del tabique, me acerqué para escuchar mejor.

—Acuéstate, mujer —decía Georges—, Pierre, Sdenka, ustedes también. No se preocupen, yo velaré por ustedes.

—Pero Georges —dijo su mujer—, me toca a mí permanecer en vela, tú lo hiciste ayer y trabajaste todo el día, debes estar muy cansado. Soy yo la que debe cuidar a nuestro hijo mayor, no está muy bien desde ayer.

—¡Tranquilízate y vete a la cama —respondió Georges—, yo velaré por los dos!

—Pero hermano— intervino Sdenka, con su voz más dulce—, todo esto me parece inútil. Nuestro padre ya se durmió, mira cómo está calmo y apacible.

—Ninguna de las dos entiende —dijo Georges en un tono que no admitía réplica—. Les he dicho que deberán acostarse y dejarme hacer guardia.

De pronto se hizo silencio, sentí el peso de mis párpados y el sueño vino a apoderarse de mí.

Creí ver que la puerta de mi habitación se abría y que el viejo Gorcha aparecía en el umbral. Pero más que ver su forma, la intuía, pues la habitación de la que salió estaba muy oscura. Me pareció que sus ojos apagados intentaban adivinar mis pensamientos y trataban de seguir el ritmo de mi respiración. Primero adelantó un pie, después el otro. Luego con extrema precaución caminó con paso de lobo hacía a mí. De inmediato dio un salto hasta quedar a un lado de mi cama. Padecí una angustia indecible pero una fuerza oculta me mantuvo inmóvil. El viejo se inclinó y aproximó su cara lívida tan cerca de la mía que me pareció sentir su respiración difunta.

Hice un esfuerzo sobrehumano y desperté bañado en sudor. No había nadie en mi habitación, pero me volví hacia la ventana y descubrí al viejo Gorcha afuera, con el rostro pegado al vidrio y sus ojos espeluznantes mirándome fijamente. Tuve el ánimo suficiente para no gritar y el dominio para permanecer acostado, como si nada hubiera visto. Sin embargo, el viejo daba la impresión de haber venido a asegurarse de que dormía y no hizo ningún intento por entrar. Después de escudriñarme se alejó de la ventana y lo sentí caminar hacia el cuarto vecino. Georges se había dormido y roncaba tan fuerte que hacía temblar los muros. El niño tosió y reconocí la voz de Gorcha.

—¿No puedes dormir, pequeño?

—No, abuelo —respondió el niño—, ¡y me gustaría mucho hablar contigo!

—¡Ah! Quieres hablar, ¿y de qué?

—Quisiera que me contaras cómo, al combatir a los turcos, los venciste. ¡También yo lucharé contra ellos!

—Ya lo había pensado, por eso te traje un pequeño yatagán. Mañana te lo daré.

—No, abuelo, mejor dámelo ahora, ya que estás despierto.

—Y tú, ¿por qué durante el día no me dirigiste la palabra?

—¡Porque papá me lo prohibió!

—Tu papá es demasiado precavido. Entonces, ¿de veras te gustaría tener tu pequeño yatagán?

—¡Oh!, sí que me gustaría, pero no aquí, papá podría despertar.

—Entonces, ¿dónde?

—Si salimos, prometo portarme bien y no hacer el menor ruido.

Me pareció escuchar la risa burlona de Gorcha y oí que el niño se levantaba. No creía en los vampiros pero la pesadilla que acababa de tener afectó mis nervios y no deseaba cargar en el futuro con una culpa a cuestas, así que me levanté y golpeé el tabique lo suficientemente fuerte como para despertar a toda la familia. Me precipité hacia la puerta dispuesto a salvar al niño; estaba obstruida por fuera y el cerrojo no cedió pese a mis esfuerzos. Mientras intentaba derribarla, vi por la ventana al viejo con el niño en brazos.

—¡Levántense! ¡Levántense! —grité con furia, haciendo que el tabique se estremeciera con mis golpes.

Sólo Georges despertó.

—¿Dónde está el viejo? —me preguntó.

—¡Salga rápido —grité—, acaba de llevarse a su hijo!

Georges abrió la puerta de una patada, pues la suya también había sido cerrada por fuera, y se echó a correr hacia el bosque. Por fin conseguí despertar a Pierre, a su cuñada y a Sdenka. Nos reunimos delante de la casa y pasados unos minutos vimos a Georges regresar con su hijo. Lo encontró desmayado en el camino, pero pronto recobró la conciencia; no parecía estar más enfermo que antes.

Acosado por las preguntas, respondió que su abuelo no le había hecho ningún mal, que ambos habían salido para conversar pero una vez fuera perdió el conocimiento y no recordaba nada. Gorcha había desaparecido. El resto de la noche, como pueden imaginar, nadie durmió.

Al día siguiente me enteré que el Danubio, cuyo curso interceptaba el camino a un cuarto de legua del pueblo, comenzaba a arrastrar témpanos de hielo, lo que siempre ocurre en esas regiones hacia el fin del invierno e inicio de la primavera. El paso estaba obstruido y no podía ni pensar en la partida. Aun cuando lo hubiera podido, la curiosidad y una atracción cada vez más poderosa, me retuvieron. Más veía a Sdenka, más me sentía dispuesto a amarla. No soy de ésos que creen en las pasiones súbitas e irresistibles de las que ofrecen tantos ejemplos las novelas; pero hay casos en los que el amor crece de prisa. La belleza única de Sdenka, ese extraño parecido con la duquesa de Gramont de la que huí en París para reencontrarla ahí, sumergida en las costumbres folklóricas, hablando un idioma extranjero y melódico, el rasgo peculiar por el que en Francia me habría dejado matar; todo eso, sumado a la rareza de mi situación y a los misterios que me envolvían, debieron contribuir a que naciera dentro de mí un sentimiento que, en otras circunstancias, quizá se hubiera manifestado vago y pasajero.

En el transcurso del día escuché cómo Sdenka conversaba con su hermano menor.

—¿Qué piensas de todo esto? —decía ella—, ¿también tú desconfías de nuestro padre?

—No me atrevo —respondió Pierre—, menos cuando el niño dice que no le hizo ningún daño. Y de la desaparición, tú sabes que nunca rindió cuentas de sus ausencias.

—Lo sé —dijo Sdenka—, pero entonces tenemos que protegerlo, ya conoces a Georges...

—Sí, sí, lo conozco. Hablar con él sería inútil, pero si le escondemos la estaca nunca irá a buscar otra, pues de este lado de las montañas no hay un solo álamo.

—Sí, escondámosla, pero no digamos nada a los niños, ya que podrían delatarse frente a Georges.

—Nos mantendremos alerta —dijo Pierre. Y luego se separaron.

Llegó la noche sin que tuviésemos noticias del viejo Gorcha. Al igual que la víspera, yo estaba acostado en mi cama y la luz de la luna invadía la alcoba. Cuando el sueño comenzó a hacer turbias mis ideas sentí como por instinto la proximidad del anciano. Abrí los ojos y su rostro lívido estaba pegado a mi ventana.

Esta vez quise levantarme, pero me fue imposible. Sentí entumecidos todos mis miembros. Luego de mirarme con insistencia, el viejo se alejó. Percibí cómo merodeaba alrededor de la casa y cómo, muy quedo, tocaba la ventana donde dormían Georges y su mujer. El niño daba vueltas en la cama y gimió en sueños. Pasaron algunos minutos en calma y volví a escuchar el toque en la ventana. Entonces el niño se quejó de nuevo y despertó...

—¿Abuelo, eres tú?

—Sí —contestó la voz apagada—, vengo a traerte el pequeño yatagán.

—Pero no me atrevo a salir, ¡papá me lo ha prohibido!

—¡No es necesario, sólo ábreme la ventana y ven a darme un abrazo!

El niño se levantó y abrió la ventana. Entonces, haciendo un llamado a mis fuerzas, descendí de la cama y me precipité a golpear el tabique. Georges se levantó al instante.

Lo escuché gritar, su mujer emitió un chillido. Muy pronto todos estaban reunidos en torno al cuerpo inerte del niño. Gorcha desapareció al igual que la noche anterior. Con muchas atenciones logramos que el niño viniera en sí, pero estaba débil y apenas respiraba. El infortunado ignoraba la causa de su desvanecimiento. La madre y Sdenka lo atribuyeron al susto de ser sorprendido hablando con su abuelo. Yo no dije una palabra. Cuando el niño se calmó, todos nos fuimos a recostar, excepto Georges.

Hacia el amanecer, Georges levantó a su mujer. Hablaron en voz baja. Sdenka se les acercó y la oí sollozar junto con su cuñada.

El niño había muerto.

Omito la consternación y la desesperanza de esa familia. A nadie se le ocurría atribuir la causa al viejo Gorcha.

Georges callaba, pero su expresión, siempre de desasosiego, tenía ahora algo terrible. Dos días pasaron sin que el viejo apareciera. La noche del tercero (ese mismo día tuvo lugar el entierro del niño) creí oír pasos afuera de la casa y una voz de anciano llamaba al hermano pequeño del difunto. Me pareció también que la cara de Gorcha estuvo pegada a mi ventana, pero no puedo asegurar si esto ocurrió en realidad o fue producto de mi imaginación, porque esa noche la luna estuvo escondida. De todas formas creí mi deber llamar a Georges. Interrogó al niño, y éste respondió que ciertamente su abuelo lo había llamado a través de la ventana. Georges le ordenó estrictamente a su hijo despertarlo si el viejo aparecía de nuevo.

Todas esas tribulaciones no evitaron que mi cariño por Sdenka creciera cada día más.

No había podido hablarle a solas desde la mañana. Y al llegar la noche, la idea de mi próxima partida afligió mi corazón. La habitación de Sdenka estaba separada de la mía por un pasillo que por un lado daba a la calle y a un patio por el otro.

Mis anfitriones ya estaban acostados cuando me dieron ganas de salir a dar un paseo para distraerme. Me adentré en el pasillo y vi entrebierta la puerta de la alcoba de Sdenka. Involuntariamente me detuve. El roce entre las telas de un vestido conocido hizo latir con fuerza mi corazón. Además escuché la letra de una balada cantada en voz baja. Se trataba del adiós que un rey serbio dirigía a su amada al momento de salir para la guerra.

"¡Oh, mi jóven álamo, decía el viejo rey, me voy a la guerra y tú me olvidarás!

"¡Los árboles que crecen al pie de la montaña son esbeltos y flexibles, pero tu tallo lo es más!

"¡Mecidos por el viento, los frutos del serbal son rojos, pero tus labios son más rojos que los frutos del serbal!

"¡Y yo soy como el viejo roble desprovisto de follaje, y mi barba es aún más blanca que la espuma del Danubio!

"¡Y tú me olvidarás, oh, mi alma, y yo moriré de pesadumbre pues mi enemigo, sin osar tocar a un viejo rey, no me matará."

Y la bella respondió: "Juro serte fiel y no olvidarte. Si llegara a faltar a mi promesa, después de tu muerte podrás venir a sorber toda la sangre de mi corazón!"

Y el viejo rey dijo: "¡Así sea! Y se marchó a la guerra. Y muy pronto la bella lo olvidó!"

Aquí se detuvo Sdenka, como temiendo completar la balada. Yo no podía contenerme. Esa voz tan dulce, tan expresiva, era la misma voz de la duquesa de Gramont... Sin pensar en nada, empujé la puerta y entré. Sdenka venía de quitarse una especie de corpiño que portan las mujeres de su país. Una camisa bordada en oro y roja seda, ajustada a su cintura por una sencilla falda a cuadros componían todo su atuendo. Sus hermosas y rubias trenzas estaban deshechas y el desaliño resaltaba los atractivos de la joven.

No se enojó por mi brusca entrada, pero la vi turbarse y enrojecer ligeramente.

—¡Ay! —me dijo—, ¿por qué ha venido usted y qué pensarán de mí si somos sorprendidos?

—Sdenka, alma mía —le dije—, tranquilícese, todo duerme a nuestro alrededor, sólo el grillo y el abejorro pueden escuchar lo que voy a decirle...

—¡Oh, amigo mío, salga, salga! Si mi hermano llega a sorprendernos, estaré perdida!

—Sdenka, no me iré si antes usted no promete amarme hasta el fin, como en la balada lo promete la bella al rey. Partiré muy pronto, Sdenka, ¿quién sabe cuándo nos volveremos a ver? Sdenka, yo la amo más que a mi alma, más que a mi libertad... mi vida, mi sangre le pertenecen... ¿no me daría usted, una hora en cambio?

—Muchas cosas pueden suceder en una hora —dijo Sdenka pensativa, pero dejando su mano entre la mía—. Usted no conoce a mi hermano —continuó ella temblando—; presiento que vendrá.

—¡Cálmese, Sdenka mía —le dije—, su hermano se encuentra fatigado de sus vigilias, y adormecido por el viento que juega entre los árboles; su sueño es profundo, larga la noche, y yo sólo le pido una hora! Y después, adiós... ¡acaso por siempre!

—¡Oh, no, por siempre no! —dijo con nerviosismo, y después retrocedió asustada de sus palabras.

—¡Oh, Sdenka! —grité—, no miro ni escucho otra cosa que usted, ya no soy mi dueño, obedezco a una fuerza superior, perdóneme, Sdenka! —Y actuando como un inconsciente la apreté contra mí.

—Usted no es mi amigo —dijo ella liberándose de mis brazos, y se refugió en el fondo de su alcoba. No sé qué le dije, yo mismo estaba confundido por mi audacia. No porque en esa ocasión me hubiera fallado, sino porque a pesar de la pasión que arrastraba, no podía sustraer mi sincero respeto por la inocencia de Sdenka.

Es verdad que al principio había aventurado algunas de las frases galantes que no disgustaban a las mujeres de nuestra época, pero pronto me sentí avergonzado, y renuncié al ver que la candidez de la joven le impedía adivinar lo que para otras como ustedes, lo veo en vuestras sonrisas, está sobreentendido.

Estaba ahí, delante de ella, sin saber qué decirle, cuando de pronto, la vi estremecerse fijando en la ventana unos ojos aterrorizados. Seguí la dirección de su mirada y vi con claridad la figura inmóvil de Gorcha, mirándonos desde afuera.

En ese mismo instante, sentí una pesada mano posarse sobre mi hombro. Me volví. Era Georges.

—¿Qué hace usted aquí? —me preguntó.

Desconcertado por ese reproche brusco, le señalé a su padre que todavía nos miraba a través de la ventana, y aunque huyó rápidamente, Georges lo alcanzó a ver.

—Sentí al viejo y vine a prevenir a su hermana —le dije.

Georges, queriendo leer en mi alma, me miró profundamente. Luego me tomó del brazo, me condujo hasta mi alcoba y se fue sin decirme una palabra.

A la mañana siguiente, la familia estaba reunida frente a la entrada de la casa, sentada en torno a una mesa bien provista de todo tipo de quesos y mantequillas.

—¿Dónde está el niño? —preguntó Georges.

—Está en el patio —respondió su mujer—, se divierte solo en su juego favorito: imaginar que combate a los turcos.

Apenas terminó de pronunciar la frase cuando, para sorpresa nuestra, vimos la figura de Gorcha acercarse desde la espesura del bosque. Caminaba lentamente hacia nosotros y se sentó a la mesa como el día de mi llegada.

—Padre, sed bienvenido —murmuró la nuera con voz apenas perceptible.

—Sed bienvenido, padre —repitieron en voz baja Sdenka y Pierre.

—¡Padre —dijo Georges con voz firme pero cambiando de color—, lo esperábamos para rezar!

El viejo se apartó frotándose las cejas.

—¡Rezaremos ahora mismo! —repitió Georges—, y haga el signo de cruz o la de San Jorge...

Sdenka y su cuñada se inclinaron hacia el viejo suplicándole pronunciar la oración.

—¡No, no —dijo el anciano—, no tiene ningún derecho de exigirme y, si insiste, lo maldeciré!

Georges se levantó y corrió hacia la casa. Y regresó con la furia en los ojos.

—¿Dónde está la estaca? —gritó—, ¿dónde la escondieron?

Sdenka y Pierre intercambiaron miradas.

—¡Cadáver! —dijo entonces Georges dirigiéndose al viejo—, ¿qué le hiciste a mi hijo mayor?, ¿por qué lo mataste? ¡Devuélveme a mi hijo, cadáver!

Y mientras decía esto se ponía cada vez más pálido y su mirada se inflamaba más aún.

El viejo, sin moverse, lo miraba con desprecio.

—¡Oh, la estaca, la estaca! —gritaba Georges—. ¡El que la haya escondido responderá por las desgracias que nos aguardan!

En ese momento oímos los alegres estallidos de risa del hijo menor; lo vimos llegar montando a caballo, sobre una estaca que él hacía galopar, y se acercó lanzando con su vocecita el grito de los serbios cuando atacan al enemigo.

A su vista la mirada de Georges resplandeció. Le arrancó al niño la estaca y se precipitó sobre su padre. Éste emitió un aullido y corrió hacia el bosque con tanta agilidad que parecía sobrenatural.

Georges lo siguió a través de la espesura y pronto los perdimos de vista.

Cuando Georges regresó a la casa, el sol ya se había puesto. Lo vimos pálido como la muerte y con los cabellos erizados. Se sentó junto al fuego y creí percibir que sus dientes castañeteaban. Nadie osó interrogarlo. A la hora en que la familia por costumbre se retiraba, pareció recobrar toda su energía y, llevándome aparte, me dijo de la manera más natural:

—Querido huésped, vengo de ver el río. Ya no hay témpanos, el camino está libre: nada impide su partida. En estos momentos resulta imposible —añadió lanzando una mirada a Sdenka— divertirse con nosotros. Le deseamos toda la buena suerte que sea posible aquí en la Tierra, y espero que usted guarde un buen recuerdo de nosotros. Mañana, al rayar el alba, encontrará el caballo ensillado y el guía listo para conducirlo. Adiós. De vez en cuando acuérdese de su anfitrión y perdónele si su estadía no estuvo exenta de adversidad, como él habría deseado.

Los severos rasgos de Georges, en ese momento me parecieron casi cordiales. Me acompañó hasta mi habitación y me estrechó la mano una vez más. Luego sus dientes castañetearon como si temblara de frío.

Solo, en mi alcoba, no pensaba ni por asomo acostarme, como ustedes podrán imaginar. Tenía otras preocupaciones. Muchas veces en mi vida me había enamorado. Había sufrido arrebatos de ternura, de despecho y de celos, pero nunca, ni siquiera cuando dejé a la duquesa de Gramont, sentí una tristeza similar a la que en ese momento me desgarraba. Antes de salir el sol me puse el atavío de viaje y quise intentar ver a Sdenka por última vez. Pero Georges me esperaba en el vestíbulo. La mínima posibilidad de verla me fue arrebatada.

Salté sobre mi caballo y partí al galope. Prometí que a mi vuelta de Jassy pasaría por este pueblo y esta esperanza tan lejana disipó poco a poco mi pesadumbre. Ya pensaba con gozo en el regreso, y en mi imaginación se dibujaban recuerdos del porvenir con todos sus detalles, cuando un movimiento brusco del caballo casi me hizo caer. El animal se detuvo repentinamente, y poniéndose tenso, se paró, apoyándose en sus patas delanteras, y resopló ruidosamente, como suelen hacer los caballos cuando los acosa algún peligro. A cien pasos de mí distinguí un lobo cavando la tierra. Al oirnos, huyó. Hendí las espuelas en los costados del caballo y conseguí hacerlo avanzar. Entonces me dí cuenta que en el lugar donde estuvo el lobo había una sepultura reciente. Me pareció ver el extremo de una estaca que sobresalía algunas pulgadas de la tierra removida. Sin embargo, no puedo afirmarlo porque pasé velozmente por el lugar.

Llegado a este punto el marqués guardó silencio y tomó una porción de tabaco.

—¿Eso es todo? —preguntaron las damas.

—¡Desgraciadamente, no! —respondió el marqués de Urfé—. Lo que me resta por contarles forma parte de recuerdos que son todavía más dolorosos para mí, y al narrarlos creo librarme de ellos.

Los asuntos que me condujeron a Jassy, me retuvieron más tiempo del que esperaba. No cumplí con todos sino hasta seis meses después. ¿Qué puedo decirles? Es penoso confesarlo, en este mundo son pocos los sentimientos duraderos. El éxito de mi negociación, los estímulos que recibí del gabinete de Versalles, en una palabra, la política, esa vil política, que tanto nos ha mortificado en estos últimos tiempos, no tardaron en debilitar en mi alma el recuerdo de Sdenka. Además, la esposa de nuestro anfitrión, mujer bella y que hablaba perfectamente nuestro idioma, me honró al escogerme entre otros jóvenes extranjeros que residían en Jassy. Como estuve educado dentro de los principios de las cortes francesas, mi sangre gala se habría sublevado antes de pagar con ingratitud la benevolencia que me testimoniaba la bella. Por tanto correspondí galante a las ventajas que se me ofrecían, y también para defender los intereses y hacer valer los derechos de Francia, comencé por avezarme en todo lo concerniente al hospitalario anfitrión.

Recibí un llamado de mi país y retomé una vez más el camino que me condujo a Jassy.

Ya no pensaba en Sdenka ni en su familia, hasta que una noche, galopando a campo traviesa, escuché las campanadas que anunciaban las ocho de la noche. Me pareció que ya había escuchado alguna vez ese sonido y mi acompañante anunció que provenía de un convento cercano. Le pregunté el nombre y me enteré que no era otro que el de la Virgen del Roble. Aceleré la marcha del caballo y en poco tiempo estábamos golpeando la puerta del convento. Un eremita vino a abrir y nos condujo a la estancia para los extranjeros. Lo encontré tan atiborrado de peregrinos que perdí las ganas de pasar ahí la noche y pregunté si podía hallar alguna casa de huéspedes en el pueblo.

—¡Encontrará más de una —me respondió el eremita profiriendo un suspiro—, gracias al infiel de Gorcha, las casas abandonadas no escasean!

—¿Qué quiere decir con eso? —inquirí—, ¿el viejo Gorcha todavía vive?

—¡Oh, no, ése está bien muerto y enterrado con una estaca clavada en el corazón! Pero antes de eso había succionado la sangre del hijo de Georges. El niño regresó una noche y llorando tras la puerta imploró que le abrieran pues tenía frío. La necia de su madre, siendo testigo de su entierro, no tuvo el valor para enviarlo de vuelta al cementerio y le abrió. Entonces el niño se lanzó sobre ella y la sorbió hasta morir. Fue enterrada, pero tornó para succionar la sangre de su otro hijo, luego la de su marido y finalmente la de su cuñado. A todos les tocó.

—¿Y Sdenka? —pregunté.

—¡Oh, ésa se volvió loca de dolor, pobre niña, ni me hable!

La respuesta del eremita no fue afirmativa pero no tuve el ánimo suficiente para repetir la pregunta.

—¡El vampirismo es contagioso! —continuó el eremita persignándose—. Numerosas familias en el pueblo son atacadas, en muchos casos perece hasta el último miembro, y si me cree, permanecerá esta noche en el convento. Aunque se quedara en el pueblo y usted no fuera devorado por los vourdalaks, el terror que experimentaría sería suficiente para dejar blancos sus cabellos antes de llamar a maitines. Yo soy un pobre religioso —continuó—, pero la misma generosidad de los viajeros me permite proveer sus necesidades. Tengo exquisitos quesos, uvas secas que le harán agua la boca y algunas botellas de vino de Tokay que no tienen nada que envidiar al que sirven a su Santidad.

En ese momento me pareció que el eremita se convertía en posadero. Creí que adrede me había narrado historias para no dormir en razón de hacerme agradable a los ojos de Dios al imitar la generosidad de los viajeros que proveen al santo para que éste sacie sus necesidades.

Además la palabra terror siempre hizo sobre mí el mismo efecto que el clarín hace sobre el corsario en tiempos de guerra. Hubiera sentido vergüenza de no haber salido de inmediato. Mi guía, tembloroso, me pidió permiso de permanecer y se lo di con gusto.

Tardé aproximadamente una media hora en llegar al pueblo. Lo encontré desierto. No refulgía una luz, no se dejaba oír una canción. Pasé en silencio por entre las casas, la mayoría de ellas me eran conocidas y llegué por fin a la de Georges. Ya fuera por sentimentalismo, ya por gallardía juvenil, fue ahí donde decidí pasar la noche.

Bajé de mi montura y toqué a la puerta de la cochera. Nadie me respondió. Empujé la puerta que se abrió rechinando los goznes y entré.

Amarré mi montura con todo y silla dentro del cobertizo en el que había una cantidad suficiente de avena, y avancé resuelto hacia la casa.

Como ninguna puerta estaba cerrada, las habitaciones parecían desiertas. La de Sdenka daba la impresión de haber sido abandonada la víspera. Algunos vestidos yacían aún sobre la cama. Las joyas que recibió de mí, entre ellas una pequeña cruz esmaltada que había adquirido al pasar por Pest, brillaban sobre una mesa al resplandor de la luna. No pude evitar sentir mi pecho oprimido, aunque el amor ya había pasado.

No obstante me arropé en mi abrigo y me tendí en la cama. De súbito, el sueño se apoderó de mí. No recuerdo con precisión los detalles, pero vagamente sé que vi de nuevo a Sdenka, hermosa, ingenua y cariñosa, igual que en el pasado. Viéndola, me arrepentía de mi egoísmo y de mi inconstancia. ¿Cómo pude, me preguntaba, abandonar a esta pobre niña que me amaba?, ¿cómo pude olvidarla? Luego su imagen se fundió con la de la duquesa y las vi a las dos en la misma persona. Me lanzaba a los pies de Sdenka, implorando su perdón. Todo mi ser, mi alma toda se sumergía en un laberinto inefable de felicidad y melancolía.

Ése era el rumbo de mis sueños cuando me despertó una música armoniosa parecida al murmullo de una brisa ligera sobre el campo. Me pareció escuchar que las espigas se encontraban en una misma melodía y que el canto de los pájaros se mezclaba con el fluir de un manantial y con el murmullo de los árboles. Luego todos esos sonidos confusos no me parecieron sino el roce de un vestido de mujer, abrí los ojos y vi a Sdenka junto a la cama. La luna refulgía con tal fulgor que pude distinguir los detalles más pequeños y adorables que me habían sido tan queridos en otro tiempo. Encontré a Sdenka más hermosa y madura. Iba con el mismo arreglo que la última vez que la vi: una simple camisa de seda bordada en oro y una falda estrechamente ajustada a sus caderas.

—¡Sdenka! —le dije incorporándome—, ¿es usted, Sdenka?

—Sí, soy yo —me respondió con dulzura y tristeza a la vez—, la misma Sdenka que olvidaste. Ay, ¿por qué no viniste antes? ¡Ahora todo se ha acabado, es mejor que te vayas! ¡Un momento más y estarás perdido!¡Adiós, amigo, adiós para siempre!

—¡Sdenka —le dije—, supe que ha sufrido usted numerosas desgracias! ¡Venga, hábleme de ello, eso aligerará sus penas!

—Amigo mío, no hay que creer todo lo que se dice de nosotros; pero váyase, váyase rápido, porque si permanece aquí, su ruina es segura.

—Pero Sdenka, ¿qué peligro será ése que me amenaza? ¿No podría concederme aunque fuera una hora para platicar con usted?

Sdenka se estremeció y un cambio se operó en toda su persona.

—Sí, claro —dijo ella—, una hora, una hora, ¿al igual que esa noche, cuando cantaba la balada del viejo rey, y tú entraste en esta habitación? ¿Es eso lo que quieres decir? ¡Hecho, te concedo una hora! Pero no, no —dijo ella, retractándose—, vete. ¡Sal rápido, te digo! ¡Huye... huye mientras puedas!

Una energía salvaje animaba sus rasgos.

No entendía el motivo que le hacía decir esas cosas, pero estaba tan hermosa que resolví permanecer a su pesar. Finalmente cedió a mi petición, se sentó cerca de mí, me habló del pasado, y me confesó, enrojeciendo, que me había amado desde el primer día. Mientras tanto, percibí que un cambio paulatino se iba operando en Sdenka. La timidez de otro tiempo dio paso a la desenvoltura. Su mirada, antes cohibida, hoy era atrevida. En fin, vi con asombro que su manera de ser conmigo estaba lejos de la modestia que antaño la distinguía.

¿Será posible, me dije, que Sdenka no fuera la joven pura e inocente que aparentaba ser hace dos años? ¿Habrá actuado por miedo a su hermano? ¿Habré sido vilmente engañado con una virtud prestada? Pero entonces, ¿porqué me suplicó partir? ¿No será una astucia de la coquetería? ¡Y yo que creía conocerla! ¡Pero, qué importa! Si Sdenka no es una Diana como lo creí, bien puedo compararla con otras divinidades, no menos encantadoras, y, ¡alabado sea Dios!, prefiero el papel de Adonis al de Acteón.

Si esa sentencia clásica, que me dirigí a mí mismo, les parece fuera de tono, señoras mías, tengan presente que la historia que tengo el honor de contarles sucedió en el año de 1758. En esa época la mitología estaba en boga y yo no hago alardes de ir más rápido que el siglo. Las cosas han cambiado desde entonces, y no fue hace mucho que la Revolución, echando abajo los principios paganos y los cristianos, entronizó a la deidad Razón en su lugar. Esta deidad, señoras mías, jamás fue mi patrona, menos cuando me hallé frente a una mujer, y en la época de que les hablo, estaba aún menos dispuesto a ofrecerle sacrificios. Yo me abandoné sin reservas a la inclinación que me conducía a Sdenka y me dejé llevar por sus provocaciones. Había transcurrido algo de tiempo en dulce intimidad, y jugando a adornar a Sdenka con todas sus joyas, quise rodear su cuello con la pequeña cruz esmaltada que había visto sobre la mesa. A mi gesto, Sdenka retrocedió sobresaltada.

—¡No más juegos, amigo mío —me dijo—, deja ahí esa fruslería y hablemos de ti y de tus proyectos!

El ofuscamiento de Sdenka me hizo reflexionar. Mirándola con atención, remarqué en su cuello la ausencia de las muchas imágenes santas, relicarios y saquitos con incienso que los serbios acostumbran llevar puestos desde que son niños hasta su muerte, y que Sdenka portaba en otro tiempo.

—Sdenka —le dije—, ¿dónde están las imágenes que llevabas colgadas?

—Las perdí —respondió con una actitud de impaciencia y rápidamente cambió la conversación.

Un vago presentimiento se adueñó de mí, y quise irme de inmediato, pero Sdenka me retuvo.

—¿Cómo? —me dijo—, ¡pediste una hora y, cuando te complazco, decides irte al cabo de unos pocos minutos!

—Sdenka —dije—, tenía usted razón de incitarme a partir, escuché ruido y temo que nos sorprendan.

—¡Tranquilízate, amigo mío, todo duerme a nuestro alrededor, sólo el grillo y el abejorro pueden escuchar lo que voy a decirle!

—¡No, no, Sdenka tengo que partir!...

—Espera, espera —dijo Sdenka—, ¡te amo más que a mi alma, más que a mi libertad, tú dijiste que tu sangre y tu vida me pertenecían!...

—¡Pero y tu hermano, tu hermano, Sdenka, presiento que vendrá!

—¡Cálmate, mi hermano está adormecido por el viento que juega entre los árboles; su sueño es profundo, larga la noche, y yo no te pido sino una hora!

Al decir esto, Sdenka estaba tan hermosa que, el vago terror que me agitaba comenzó a ceder ante el deseo de permancer junto a ella. Una mezcla de temor y voluptuosidad indecible se apoderó de todo mi ser. A medida que yo me entregaba, Sdenka se hacía más tierna, y si bien yo me había decidido a sucumbir, todo me decía que me mantuviera en guardia. Sin embargo, como dije hace un momento, siempre fui sabio a medias, y cuando Sdenka, dándose cuenta de mis reservas, me propuso disipar el frío nocturno con unos vasos de vino generoso, que me dijo provenían del eremita, acepté solícito y ella sonrió. El vino hizo efecto. A partir del segundo vaso, la mala impresión que experimenté por la escena de la cruz y de las imágenes, se borró por completo. Sdenka, desarreglada, con sus hermosos cabellos medio trenzados, con sus joyas a la luz de luna, me pareció irresistible. No pude contenerme y la tomé en mis brazos.

Entonces, mis queridas damas, tuvo lugar una de esas misteriosas revelaciones que jamás sabré cómo explicar, pero que ante mi experiencia terminé por creer aunque hasta la fecha me cuesta admitirlo.

Con tal fuerza tomé entre mis brazos a Sdenka que uno de los extremos de la cruz, que me regaló la duquesa de Gramont y que ustedes acaban de ver, se clavó en mi pecho. El dolor punzante me atravesó como el rayo de luz de la revelación. Miré a Sdenka, y sus rasgos, aunque hermosos, estaban contraídos por la muerte, sus ojos no veían y su sonrisa era una mueca impresa por la agonía, en un rostro cadavérico. Al mismo tiempo sentí el olor nauseabundo que despiden los sepulcros mal cerrados. La espantosa realidad en todo su esplendor se me brindó, era demasiado tarde para recordar las advertencias del eremita. En seguida comprendí lo precario de mi situación y que dependía de mi ánimo y de mi sangre fría. Desvié la mirada hacia la ventana para ocultar a Sdenka el horror que mi expresión debía traslucir. Pegado al vidrio estaba el infame de Gorcha, apoyado sobre una estaca ensangrentada y posando sobre mí unos ojos de hiena. En la otra ventana se veía el rostro pálido de Georges: ahora tenía con su padre un parecido aterrador. Los dos espiaban el más mínimo de mis movimientos y no dudé que en una tentativa de fuga se lanzarían sobre mí. Fingí no darme cuenta, pero no me fue fácil controlarme. Continué, sí, mis queridas damas, continué regalando a Sdenka las mismas caricias que antes del terrible descubrimiento. Todo ese tiempo de angustia no pensé en otra cosa que no fuera el modo de escapar. Percibí que Georges y Gorcha intercambiaban con Sdenka señales de impaciencia. De afuera llegaban una voz de mujer y unos gritos infantiles tan espeluznantes como los aullidos de un gato salvaje.

—¡Llegó la hora de hacer las maletas! —me dije, y mientras más rápido, mejor.

Le hablé a Sdenka en voz alta para que su horrenda parentela alcanzara a oír:

—Estoy cansadísimo, mi niña, y me gustaría mucho acostarme y dormir unas cuantas horas, pero antes tengo que ir a ver si el caballo ha comido y tiene el forraje suficiente. Le ruego no se vaya y, por favor, espere, vuelvo enseguida.

Entonces hice coincidir mis labios con los fríos y descoloridos labios de ella, y salí. Encontré al caballo con el hocico cubierto de espuma e inquieto. No había tocado la avena y el relincho con furia que emitió al verme llegar me erizó la piel. El caballo estaba incontrolable y temí que echara por tierra mi intención de escapar. Aunque seguramente los vampiros escucharon mi conversación con Sdenka y se inquietaron. Comprobé que la puerta de la cochera estaba abierta, y lanzándome sobre la silla de montar, espoleé al caballo.

Al salir pude ver un grupo numeroso reunido alrededor de la casa, casi todos con las caras pegadas a las ventanas. Mi brusca salida los dejó estupefactos, pues durante un largo rato en medio de la silenciosa noche no se escuchó sino un galope continuo. Cuando creí que había llegado el momento de felicitarme por mi astucia, oí a mis espaldas el ruido de un huracán entre las montañas. Miles de voces confusas gritaban, aullaban y parecían pelearse entre ellas. Luego, enmudecieron como por un acuerdo en- tre ellas y sentí unas zancadas acuciantes como si una tropa de soldados se aproximara a paso rápido.

Espoleé mi montura hasta desgarrarle los costados. La fiebre me hacía temblar y mientras hacía esfuerzos inusitados por conservar el temple una voz detrás de mí gritó:

—¡Espera, espera, amigo! ¡Te amo más que a mi alma, más que a mi libertad, que a mi vida! ¡Espera, espera, tu sangre me pertenece!

En ese instante un aliento glacial rozó mi oreja y tuve la sensación que Sdenka había subido a la grupa.

—¡Mi corazón, mi alma! —dijo—, no miro ni escucho otra cosa que a ti, ya no soy mi dueña, obedezco a una fuerza superior, perdóname, amigo, perdóname!

Y enlazándome con sus brazos trató de estirarme hacia atrás para morderme el cuello. Una lucha feroz se estableció entre nosotros. Durante largo rato apenas conseguí defenderme, pero finalmente alcancé, con una mano, sujetar a Sdenka por la cintura y, con la otra, por las trenzas y apoyándome en los estribos, ¡la arrojé al suelo!

Acto seguido me abandonaron las fuerzas y tuve visiones delirantes. Miles de rostros enloquecidos me perseguían haciendo muecas terribles. Georges y su hermano Pierre bordeaban el camino y trataban de obstaculizarlo. No lo lograron y estuve a punto de sentirme salvado cuando vi a Gorcha que sirviéndose de su estaca daba saltos como un alpinista tirolés que traspone abismos. Gorcha también quedó rezagado en el camino. Entonces su nuera, arrastrando tras de sí a sus hijos, le lanzó uno, Gorcha lo recibió con el extremo de la estaca y utilizándola a modo catapulta, lanzó con todas sus fuerzas al niño como un proyectil sobre mí. Esquivé al niño pero con instinto de sabueso la pequeña alimaña se adhirió al cuello de mi caballo y me costó trabajo desprenderlo. Me lanzaron al otro niño pero, éste cayó delante y el caballo lo aplastó. No recuerdo qué otras cosas sucedieron y cuando volví en mí, estaba a un lado del camino y mi caballo moribundo.

Así termina, queridas damas, un amorío que debió curar para siempre las ganas de intentar nuevos. Algunas contemporáneas de sus abuelas podrán atestiguar si después de esta historia me hice prudente.

No importa lo que haya sido. Tiemblo todavía al pensar que, si hubiera sucumbido ante mis enemigos, hoy sería un vampiro; pero el cielo no quiso permitir que sucediera, y, ¡lejos de tener sed de vuestra sangre, señoras, no pido algo mejor, a pesar de mis años, que obtener la gracia de vertir la mía por vuestros favores!

jueves, 21 de mayo de 2009

Tito Newton

"Se conoce una lista de cincuenta y ocho pecados que escribió a los 19 años entre los cuales se encuentra 'Amenazar a mi padre y madre Smith con quemarlos y a la casa con ellos'."

domingo, 17 de mayo de 2009

Relatividad

Neal Stephenson

En una buena demostración del principio de Relatividad, tal como fue propuesto por Galileo, la bandeja obscena, y los humeantes bocados que tenía encima, permanecían en la misma posición con respecto a Daniel, y por tanto, en principio, eran tan comestibles como si estuviesen frente a, y los pasteles descansasen sobre, una mesa que estuviese estacionaria con respecto a las estrellas fijas. Lo cual era cierto a pesar del hecho de que el carruaje que contenía a Daniel, Isaac Newton y los pasteles daba trotes por Londres. Daniel suponía que estaban virando alrededor del extremo norte del camposanto de St. Paul, pero no tenía forma real de saberlo; había cerrado las contraventanas porque el viaje a Bedlam les llevaría directamente a través de las fauces de Grub Street, y no quería leer la aventura de hoy en los periódicos de mañana.

Isaac, aunque estaba mejor capacitado que Daniel y la verdad que cualquier otro hombre vivo para comprender la Relatividad, no mostró interés en su pastel, como si el que estuviese en movimiento con respecto al planeta Tierra lo convirtiese de alguna forma en No Pastel. Pero en lo que a Daniel se refería, un pastel en un marco de referencia móvil no era menos pastel que uno inmóvil: para él, la posición y la velocidad no tenían efecto o relación con las propiedades esenciales para ser un pastel. A Daniel sólo le importaba la relación entre su estado físico, el de Daniel, con el estado físico del pastel. Si Daniel y Pastel estaban cerca tanto en posición como en velocidad, entonces comerse el pastel se convertía en una posición práctica y tentadora. Si Pastel estaba muy lejos de Daniel o se movía a una gran velocidad relativa –por ejemplo, porque se lo lanzaban a la cara-, entonces su naturaleza de pastel quedaba de alguna forma limitada, al menos en el marco de referencia de Daniel. Sin embargo, por ahora no eran más que hipótesis escolásticas. Pastel estaba en su regazo, y era totalmente un pastel, independientemente de lo que opinase Isaac.

El señor Cat les había prestado cubiertos de plata, y Daniel, mientras hablaba, se había metido una servilleta en el cuello de la camisa, una bandera de rendición, y una capitulación incondicional ante las atracciones de Pastel. En lugar de abandonar las armas, las cogió, cuchillo y tenedor. La pregunta de Isaac le dejó congelado justo cuando iba a atacar la corteza.

-¿El club tiene la intención de permanecer ocioso durante todo el mes de julio?

-Cada miembro prosigue con la línea de investigación que le parece más prometedora –respondió Daniel-. Como hacemos tú y yo en este mismo instante –y apuñaló a Pastel.

Saturday Morning Breakfast Cereal

viernes, 15 de mayo de 2009

lunes, 11 de mayo de 2009

Johnny Rebel




Oh I'm a good old rebel, Now that's just what I am,
And for this Yankee nation, I do not give a damn,
I'm glad I fought against her, I only wish we'd won,
And I ain't asked any pardon, for anything I've done...

I hate this Yankee nation, And everything they do,
I hate the Declaration of Independence too,
I hate the glorious Union, 'Tis dripping with our blood,
And I hate the striped banner, And fit it all I could...

I rode with Robert E. Lee, For three years, there about,
Got wounded in four places, And I starved at Point Lookout,
I caught the rheumatism, A camping in the snow,
But I killed a chance of Yankees, and Id like to killed some more....

Three hundred thousand Yankees, are stiff in Southern dust,
We got three hundred thousand, Before they conquered us,
They died of Southern fever, And Southern steel and shot,
I wish there were three million, Instead of what we got....

I can't take up my musket, And fight 'em now no more,
But I ain't gonna love 'em, Now that is certain sure,
And I don't want no pardon, For what I was and am,
I won't be reconstructed, And I do not give a damn...

O I'm a good old rebel, Now that's just what I am,
And for this Yankee nation, I do not give a damn,
I'm glad I fought against her, I only wish we'd won,
And I ain't asked any pardon, for anything I've done...

lunes, 4 de mayo de 2009

Tito Neal

Neal Stephenson

La Torre podría haberse conservado eternamente con muy poco mantenimiento, si no fuese por la desagradable infección de humanos. Desde el punto de vista del mantenimiento, el problema con esa especie en particular no es que fuese de-, sino ansiosamente con-structivo, y de ninguna forma dejaría de traer nuevos edificios a través de las demasiado numerosas puertas, convirtiéndolos en refugios. Dejadas a los elementos, semejantes improvisaciones se desmoronarían de forma natural en décadas o siglos, dejando la Torre como Dios y los normandos habían querido que fuese. Pero la dificultad con los humanos estriba en que cuando dan con un refugio lo ocupan, y cuando se rompe, lo arreglan, y si no se les impide, construyen anexos. Para la administración de la Torre, no era tanto una infección de termitas como una plaga de avispas dedicadas a la construcción con barro.
Cada vez que el administrador traía a un topógrafo y comparaba su trabajo con el plan trazado por su predecesor algunas décadas antes, descubría avisperos nuevos que habían crecido insensiblemente en las esquinas, como bolas de polvo bajo una cama. Si iba a expulsar a la gente que allí vivía, para poder derribarlos, le respondían con documentos y precedentes, que demostraban que esas personas eran inquilinos no ocupas, y que llevaban décadas pagando alquiler a algún otro ocupa tornado inquilino, que a su vez pagaba alquiler o realizaba servicios necesarios a alguna Corporación u oficina u otra extraña y antigua Entidad sui géneris que afirmaba poseer antiguos derechos reales.
Exceptuando la campaña de incendios concertada, el único freno a esa plaga era la falta de espacio entre las murallas que rodeaban la colmena. Por tanto, todo se reducía a decidir cuánto abarrotamiento podían soportar los seres humanos. La respuesta: no tanto como las avispas, pero la verdad es que bastante. Es más, había un cierto tipo humano que prosperaba en esa situación, y los e ese tipo gravitaban naturalmente hacia Londres.

domingo, 3 de mayo de 2009

Introducción de la Locura

1.
Toc. Toc. Toc. ¿Quién es?, La Locura, ¿Perdón?, Sí, sí. La Locura. Abre la puerta y déjame entrar, por favor, No puedo..., ¿Cómo? ¿Puede saberse por qué?, Joder..., ¿Estás con otra verdad? ¿Es eso? Dios mío. Y yo que pensé que sólo me querías a mí, sólo a mí..., Pero cariño... puedo explicarlo... Hay una explicación coherente a todo este embarazoso lío..., ¿Ah, sí? ¿Cuál es? ¿Y quién es ella? Que dé la cara. Que la dé y que no se quede callada, Por favor. Lárgate ahora. Por favor..., ¿De quién se trata? ¡DÍMELO!, Por favor, por favor te lo suplico. Vete. Márchate, Lo haré, pero déjame advertirte: despídete de todo lo que tienes, despídete de todo lo que posees y aprecias, por que ya no te quedará nada. Absolutamente nada...
Y la Locura se marchó, de muy buenas, pero con la indignación y el dolor producidos por los odiables Traición y Engaño. No sabía, sin embargo, que su amor, por quien ella vivía y por quien en otros tiempos hubiese muerto, se había convertido en el nuevo amante de otra peor que ella misma, de un ser corrupto por dentro y angelical en su más dulce rostro. Lo ignoraba, pero sabía que ya no haría nada más junto a su amor, que ya no desempeñaría su principal labor, que ya no representaría su papel en esa sala y espectáculos, y eso, en parte, la animaba, no sabía por qué, pero así era. Y tras eso, mientras que el amor de la Locura asomaba su ojo derecho por la mirilla y veía como su indignada ex-pareja se marchaba por donde había venido, se fue hacia la cama, su cómoda cama de sábanas rojas aterciopeladas, en esa cama donde había estado con su querida Locura construyendo inútiles planes de futuro, hablando sobre sus vidas y vivencias, donde habían hecho el amor innumerables veces, y donde ahora lloraba en el hombro de su nueva amante lamentándose de lo sucedido. La besó, la abrazó y le dijo lo mucho que la quería ahora. Ésta le correspondió, le abrazó y le besó tambien. Cinco minutos después, estaban haciendo el amor de un modo salvaje y pasional. Ella gemía lo que él quería oir, y él sentía lo que él mismo quería sentir. Cuando acabaron, ambos completamente desnudos sobre aquel suave terciopelo rojo, él se recostó sobre su amante, quien le acariciaba el pelo y la cara, y pensó que, si había algo mejor que ser el amante de la Locura, eso debía ser, sin ningún tipo de duda, haberse convertido en el amante de la Demencia.

Pesadilla en Abbey Road: Las fantásticas aveturas del mundo de Tommy Toole, II; Dave, el Defensor

Tommy tenía sólo un amigo, Dave. Era el típico inglés que causa malestar a su alrededor por su exceso de educación y modales. No iba a la misma escuela que Tommy, sino a un internado para niños que era tan inglés como la Reina y sólo un poco menos estirado.
Por supuesto, en el internado no había fiesta de carnaval, pero Dave, aunque era demasiado educado para expresarlo al mundo libremente, siempre había deseado ir a una.
Ese día Tommy estaba especialmente agitado, y cuando le dijo que era porque había planeado matar a todos sus compañeros de clase, la cara de Dave experimentó un breve, breve rictus, y de inmediato se oscureció tras una taza de té.
- Lo comprendo, Thomas -él detestaba que le llamasen Tommy, y a Dave sencillamente no se le había ocurrido llamar a alguien con familiaridad-, pero es un poco extravagante, ¿no? Quiero decir, estás en tu derecho de odiarlos, pero matarles sería pasarse... podrían no tomárselo a bien.
- Me importa un comino si se lo toman bien o no. Los odio, me odian, así que si yo los mato, no haré nada con lo que ellos no hayan soñado.
- ¿Puedo recordarte que el asesinato está prohibido desde los tiempos de Caín...?
Bien, eso era un golpe bajo. De hecho, era algo en lo que Tommy no había pensado. Desde su punto de vista, las personas siempre se habían dividido en dos grandes grupos. Él y todos los demás o, como Dave siempre recordaba con encantadora paciencia, todos los demás y él. Pero Dave le había recordado otra cosa más, y era que entre esa tradicional división crecía una enorme sierra representada por Dave y una legión de funcionarios estatales que defendía a ambos grupos por igual junto con su derecho a no levantar el trasero de ninguna clase de asiento.
- Así que, en contra de toda norma cívica, decides asesinar a todos tus compañeros... ¡en una fiesta de carnaval! Bien, ordinario no lo sería – en este momento su compostura pareció flaquear -. Hummm...
Se sumió en profundas cavilaciones. Profundas, en verdad, puesto que en situaciones normales le hubiese horrorizado dejar de prestar atención a un invitado. El viento, que llevaba azotando la región toda la semana, se intensificó entonces, y las persianas (abiertas, algo imperdonablemente imprudente) daban golpecitos como el desbocado pulso del profesor de dibujo de Tommy.
Éste (Tommy, no su profesor) se quedó mirándolo fijamente, con una expresión de serena resignación.
- Thomas... yo... yo quiero. –dijo, al rato, sin ser muy informativo.
- ¿Qué quieres?
- He pasado mi juventud encerrado en estos patios... quiero... ¡quiero ir a una fiesta de Carnaval!
Normalmente, que Dave hubiese expresado sus deseos habría sido considerado un acto tremendamente descortés que le hubiese valido ser desheredado. Pero Tommy no diría nada, porque apreciaba a Dave.
- No va a ser una fiesta de Carnaval normal, Dave...
Hacérselo entender podría costar más tiempo del que tenía, así que decidió levantarse y ponerse el abrigo en silencio.
- Thomas...
- ¿Sí?
- Tengo armas... armas que fueron tachadas de inútiles cuando comenzó el siglo XIX... ¿se te ocurre algo menos ordinario?
Aquello bastó como cuota de entrada, e hizo que Tommy se preguntase cómo había tenido pensado asesinar a sus compañeros sin armas... Ahora, por lo menos, tenía tantas posibilidades de que la pólvora le explotase en la cara como de errar el blanco.