Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

viernes, 30 de octubre de 2009

La Columna del Odio: RAE

No, no se trata de una columna dedicada a la Real Academia Española, que no deja de demostrarme que conozco más palabras que la mayoría de monos pseudo-analfabetos que me rodean, sino a la entrega de premios al Rendimiento Académico excelente.
Era lunes, con todo lo que eso implica: inicio de la semana laboral, clases hasta las tres y esa maldita sensación de acabar de salir de la novena esfera del Paraíso para adentrarse en el noveno círculo del Infierno.
La cosa no mejoró cuando los autores de mis días, en un futil intento por hacer valer sus derechos paternos, quisieron acompañarme a la entrega. Pero en una maniobra táctica digna de Cannas -y no exagero ni un millón de ápices-, salí corriendo para esconderme en la casa de Parmenio/Shinsajo Remon.
Por supuesto, eso implicó que él vendría conmigo para saciar su ansia fotográfico-estética, y se dedicaría a sacar fotos de todo cuanto pudiera demostrar ser gratificantemente indie.
Tras parafrasear a Isabel Coixet un par de veces, llegamos al Conservatorio de música, lugar en el que se suponía debían entregarnos nos excelsos premios a la excelencia -a partir de ahora, excelentísimo señor.
Y se suponía bien.
La ceremonia, tras encontrar a los dos interfectos de mi instituto que también recibían reconocimiento, se sucedió entre lacrimógenos discursos de políticos más lacrimógenos aún. Pronto comenzaron a llamar a los ganadores del premio al esfuerzo (nótese la diferencia entre ellos, que aún esforzándose, no reciben premios a la excelencia, y yo, que sin esforzarme sí los recibo).
Aunque al final la diferencia entre ambos premios era nula: un diploma, un libro, y un llavero.
Bien, lo último era desquiciante. Un bolígrafo, como mínimo, sirve de algo: incita a estudiar. Un llavero con el escudo de la autonomía a lo más que incita es a la apátrida concepción de los -en mala hora- compatriotas.
Tras eso, el verdadero premio. Un conservatorio de música sin música no es un conservatorio de música. Aunque sí que es un conservatorio de música sin música, pero ni es el caso ni viene al caso.
Tres piezas, de las cuales debo destacar la segunda. La reconocí por el nombre, ya que sale en la banda sonora de El Padrino III: Preludio de la Caballeria Rusticana, de Pietro Mascagni.
Luego, todo fue convite (del que huí) y gente (de la que también huí).
Una naranjada y una croqueta más tarde, estaba de vuelta en casa.

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