Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

viernes, 29 de enero de 2010

El Centurión no tiene quien le escriba: Baviera; esa panda frikis, XII

Kgw

¿Un qué secreto...?


- ¿Bávaro secreto? -dijo Constant.
- ¿Bávaro secreto? -repitió el diplomático.
- ¿Bávaro secreto? -se preguntaron los nobles... como se ve, la originalidad no era un rasgo distintivo de la nobleza bávara
- Sí, eso he dicho. -aclaraba Federico- Es un nuevo cargo diplomático, mucho, pero que mucho más importante que un simple y vulgar embajador.
-Vaya, muchas gracias -añadió Werther por lo bajini.
Federico no le hizo ni caso, pero se guardó el comentario en la memoria. Quién sabe si en algún otro momento le vendría bien recordarlo. Pero en aquel momento, los diplomáticos eran demasiado caros como para invitarles a las mazmorras ducales. ("Ah, qué poco me imaginaba lo mucho que le iba a necesitar", pensó el Federico actual, recordando los hechos hace ya una decena de años.).
Así pues, cogió al viajero sonriente del hombro y fue caminando con él...
- Verás, Constantitnín, como ya he dicho, queremos que seas nuestro "bávaro secreto" en Castilla. Evidentemente, al ser un cargo tan, tan importante que tiene que ser absolutamente secreto. Nadie puede saber que eres nuestro enviado.... mucho menos que vienes de Baviera.
- ¿Ah, no? -dijo Constant- ¿Y si me lo preguntan?
- Les dices que eres de la Lorena... o mejor, les dices que eres sordomudo y no hablas castellano.
- Pero si es sordomudo no puede hablar, ¿no? -inquirió un noble bávaro
- A mí no me preguntéis, a lo mejor en Castilla los sordomudos hablan en alemán -le respondió un compañero de mesa.
-Bueno, como ya os dije , se trata de que vayáis a Castilla y que nos informéis de todo lo que ocurre en esas tierras.
- ¿Me vuelvo a informaros todos los años? -quiso saber Constant.
- ¡No! -exclamó el duque Ernest- digo... no, hijo mío, una carta puede ser más discreta que una persona, ¿lo comprendéis?.
- Oh, cuánta razón tenéis, señor duque... entonces os mandaré una carta todos los años.
- Muy bien, ya veo que estáis captando la idea del bávaro secreto -le felicitó Federico de Ñion y Cifuentes- Mandad una carta larga, muy larga, cada fin de año, que será bien recibida...
El conde de Chisburguer se vio en la necesidad de comentar a Werther en un aparte: "Por supuesto; vos sabéis qué frías son las noches de invierno en este castillo y lo bien que arde el papel..."
- ...pero recordad, es vital, e importantísimo que nadie sepa vuestra identidad secreta. Así que nada de acercarse al castillo real, ni de pedir audiencias ni nada de nada. ¿Comprendéis?
- Por supuesto, don Federico, ¿os creéis que soy tonto?
El rugido "Noooo, en absoluto" que inundó la sala en ese momento, impidió oír la respuesta del regente de Baviera, que seguramente iría en ese sentido.

- Evidentemente, al ser un cargo tan importante, es vital que parta ahora mismo, ¿verdad? -sugirió Werther- Cuanto más tiempo esté en Baviera, de menos cosas podrá informarnos.
- Tenéis toda la razón del mundo, maese embajador -reconoció el duque Ernest- Don Federico, dadle un trozo de queso, una hogaza y una longaniza a nuestro nuevo bávaro secreto y que se ponga en marcha ahora mismo, que el camino es largo y cuanto antes salga, antes llegará.

Federico se había adelantado a la decisión , ya que mientras deambulaba con Constant por la sala de diplomacia del castillo de Múnich, había estado haciendo provisión de víveres, aunque con las protestas de los asistentes que aún no habían terminado de desayunar, de almorzar o lo que quiera que sea...
- Bueno, aquí tenéis todo lo necesario para el viaje, Constant, buena suerte y en marcha -dijo Federico, dejándole justo en la puerta de la sala.- Id con Dios y recordad vuestras órdenes.
-Así lo haré, don Federico. Hasta siempre, señor conde, amigos míos. Dentro de poco recibiréis noticias del nuevo bávaro secreto. Seré tan secreto que ni yo mismo sabré quién soy.
- No lo dudamos, hijo mío -respondió el duque- ¡Con Dios!

Los nobles bávaros hubieran salido por la ventana a despedirle agitando pañuelos blancos de no ser por varias razones: era una horterada, con su manera de comer, era muy improbable que estuvieran blancos y, en último lugar, todavía no se habían inventado, lo que explicaba el aspecto negruzco de las mangas de sus trajes. En su lugar, prefirieron decir "adiós, adiós" con la manita mientras la figura del nuevo bávaro secreto se iba haciendo más y más pequeñita hasta desaparecer de la vista. Cuando esto sucedió, Federico se volvió al duque:
- Su duqueza, creo que es necesario mandar llamar al jefe de la guardia.
- ¿Para avisarle de que jamás, jamás en la vida vuelva a dejar pasar al castillo Constant Von Balcke o cualquier persona que se le parezca? -completó la idea el marqués de Chisburguer.
-Efectivamente, señor marqués.
- Sabia medida, sí, señor -reconoció el diplomático, más aliviado- Lo mejor para evitar sorpresas desagradables.

Entonces los nobles bávaros volvieron a tragar a dos carrillos, mientras reconocían que sustos como los que habían tenido eran malísimos para el apetito, que la camisa todavía no les llegaba al cuerpo -algo lógico, dada la panza de algunos- y cosas similares. Mientras, el consejo de emergencia se felicitaba por la ingeniosa solución.
- Os felicito por vuestra ingeniosa solución -dijo Chisburguer (¿qué hemos dicho de la originalidad bávara?)
- Muchas gracias, pero fue idea del duque Ernest... -reconoció Federico.
- Sí, pero sin vuestra labia no habría...
- ¡DIN DON!
- Oh, no, otra vez no...


(¿Quién llama a la puerta? ¿Conseguirán los nobles bávaros terminar de comer... almorzar... desayunar.. o lo que sea? ¿Volverán a salir volando por la ventana? ¿habrá que convocar oposiciones a noble para cubrir las bajas?... ¡Continuará! )

miércoles, 27 de enero de 2010

Asdfland, II

Cesarión

Konstantinos Kavafis

En parte para verificar las descripciones de un período,
en parte para distraerme un rato,
anoche cogí y comencé a leer
un volumen de epígrafes de Ptolomeo.
Las exageradas loas y alabanzas
son siempre iguales. La gloria sucede a la gloria,
todos famosos, fuertes, llenos de nobles hazañas;
cada uno de sus actos la cumbre de la sabiduría.
E igual con respecto a las mujeres,
cada una posee la fama de Berenice o de Cleopatra.
Cuando hube rememorado mis recuerdos del período,
habría dejado caer el libro
si una breve e insignificante referencia de Cesarión
no me hubiese inmediatamente detenido.

Ah, ahí estás, con tu indefinido
encanto. En la historia hay tan sólo
unas pocas líneas sobre ti,
de modo que puedo moldearte más libremente en mi pensamiento.
Puedo hacerte bello y sensual.
Mi arte da a tu rostro
un atractivo bello y soñador.

Y tan completamente te he imaginado,
que ayer tarde cuando se apagó
mi lámpara -la dejé apagarse-
creí que entrabas en mi aposento,
parecías estar de pie frente a mí como cuando
entraste en Alejandría al ser conquistada,
pálido y cansado, idealizado en tu dolor
aún esperando que tendrían piedad de ti
los más bajos -aquellos que murmuraban “Demasiados Césares”.

Hayseed Dixie -o cómo enamorarse de un banjo

viernes, 22 de enero de 2010

A bird came down

Emily Dickinson

A bird came down the walk:
He did not know I saw;
He bit an angle-worm in halves
And ate the fellow, raw.

And then he drank a dew
From a convenient grass,
And then hopped sidewise to the wall
To let a beetle pass.

El Centurión no tiene quien le escriba: Baviera; esa panda frikis, XI

Kgw

No hay buena acción sin recompensa

- Creo que tengo una idea -dijo el duque Ernest.- Si me dejan que se lo explique...
Un rato más tarde (el tiempo que tardaron los noble bávaros en acabar con una fuente de tocino), el pequeño círculo se abrió y de él salió Federico con una sonrisa en el rostro. Cruzó la poca distancia que le separaba del sonriente Constatin y le pasó el brazo alrededor de los hombros.
-¡Felicidades, querido Constantín! Habéis cumplido vuestra misión con gran éxito.
-¿Ah, sí? - respondió el interpelado
- ¿Ah, sí? -dijo Werther, el diplomático, que ya no se enteraba de nada
- ¿Ah, sí? - repitieron a coro los nobles, si bien hacía tiempo que ellos no se enteraban de nada.
- Sí, tamaño éxito merece una recompensa, ¿No es cierto, señor duque?
El duque asintió con una sonrisa.
-¿Cómo que una recompensa? -indignóse Werther- ¡Pero si un poco más y nos mete en una guerra con Castilla!
- Oh, muchas gracias -se sonrojó el siempre sonriente viajero.
- ¡No es un halago!
- Y la recompensa va a ser algo que supongo que os hará ilusión: un destino permanente en Castilla, como representante nuestro.
En ese momento el diplomático bávaro soltó un grito de horror, al que se unieron varios nobles más, que si bien antes no se habían tirado por la ventana, ahora podrían cambiar de idea. Federico hizo caso omiso de los gritos, intercambió miradas con el duque Ernest y siguió hablando.
- Sin embargo, es mucho más que una recompensa, Constantín. Es una nueva misión
- ¿Ah, sí? -se repitió el viajero... ciertamente, nadie podría acusarle de ser complicado.
- Claro, como al final no conseguimos entrar en guerra con Castilla, le damos otra oportunidad, a ver si ahora le sale mejor ¿eh? -dijo un noble por el fondo de la sala.
Pero eso no afectó a Federico, que siguió con su discurso:
- La nueva misión es muy importante para nuestra querida Baviera. Tendréis que informarnos de todo lo que suceda en Castilla y los reinos vecinos. Seréis nuestro... bávaro secreto

jueves, 21 de enero de 2010

Una historia sin título. Uuh, ¡qué miedo!

-Joe, ese tío nos está amenazando con un hacha...¿o sólo va a cortar leña?-dijo Ron.
-Aquí no hay leña, Ron.
-Entonces...¿nos cortará a nosotros?
-Puedes contar con ello.-y, ante la cara de espanto de Ron, añadió- Tranquilo, tengo un plan. Cuando cuente tres, tú te lanzas contra él.
-Vale, ¿ y qué haces tú?
-Salir corriendo.
-Vale...¡eh! ¿Y a mí me mata? No sé, quizá deberíamos pensar en un plan B.
-¿Tú crees?
-Claro. ¡Oye! Acabo de darme cuenta de una cosa. Tenemos una escopeta. ¿Cómo no nos hemos acordado antes?
- Serán los nervios.
-¿Sí?
-Claro.
-Jo, qué listo eres, Joe. Venga, a la de tres disparo. Una...dos...y...¡tres!
-No has disparado.
-No quedan balas.
-Joder, habrá que volver al plan original, venga, esta vez también puedes correr tú.
- ¡Bien! Venga, una...dos...y...¡tres!
A la de dos Joe ya se encontraba a unos metros del maníaco del hacha, llamémosle maníaco del hacha, Ron, sin embargo, esperó hasta llegar al cuatro para empezar a correr. De todos modos, a todos debería sorprendernos que Ron hubiese conseguido contar hasta cuatro sin confundirse.
Corrieron y corrieron. Ron, que era muy rápido, alcanzó fácilmente a Joe, y se encaminaron hacia la casa de este, cosa que habían decidido telepáticamente, por dos razones:
a) En casa de Ron nunca había nada bueno para comer, en la de Joe sí.
b) La primera razón era más que suficiente.
Cuando por fin llegaron, se dieron la vuelta, efectivamente, el maníaco no les había seguido.
Una vez a salvo, se dieron cuenta de que los padres de Joe no estaban en casa, cosa lógica, puesto que se habían ido de viaje una semana. Cuando volviesen, quizá descubrirían la casa en llamas, Joe no era un tío demasiado responsable.
Después de comer algo, ya que tanta carrera les había cansado, decidieron que llamarían al resto del grupo de amigos, les pareció que, si el maníaco aparecía, mejor morir cinco que dos. ¿Por qué? Quién sabe.
Decidieron llamar primero a Kate, por dos razones, primero, Kate estaba buena, qué coño, y segundo, era la más inteligente, por lo tanto, en caso de crisis, sabría qué hacer.
Kate les dijo que eran idiotas, que seguramente estaban alucinando, y que, finalmente, no jodieran, pero, como no tenía nada mejor que hacer, acabó acudiendo a casa de Joe.
Luego, llamaron a Britney, que, a pesar de estar bastante buena, era la clásica rubia tonta. La llamaron porque pensaron que, si el maníaco acababa con toda la humanidad, al menos tendrían a dos chicas con las que repoblar el mundo.
Y, finalmente, remoloneando un poco, porque era un fanfarrón, llamaron a Josh. Josh era el típico atleta de instituto, vamos, un gilipollas, la verdad es que nadie sabía qué hacía en el grupo, pero en el fondo, era un tío majo.
Hablando un poco de todos, Joe era un tío normal, no era un lumbreras, pero tampoco idiota. Su principal característica era que llevaba colado por Jane desde el jardín de infancia, cuando juntos comían arena. Ron no tenía muchas luces, pero era un tío gracioso, a todo el mundo caía bien, era un tipo simple, en el que se podía confiar.
El primero en llegar fue Josh, era un gilipollas, pero puntual. Luego apareció Britney ,y, finalmente, Kate, que era un poco despistada, y por un corto periodo de tiempo se habia olvidado de adónde tenía que ir.
-Bien, ya estamos todos-dijo Joe-ya os hemos explicado por teléfono qué es lo que ha ocurrido y, aunque algunos no nos creen-miró hacia Kate- es cierto, y pensamos que ese loco podría venir a por nosotros.
-Creo, -dijo Britney- que deberías explicarnos cómo era ese tío, por si nos lo cruzamos.
-Debe ser la primera cosa inteligente que dices.- dijo Joe- Bien, veamos...era un tío alto y delgado...
-¿Cómo de alto? -preguntó Josh.
-Yo qué sé, mediría uno ochenta, o así. Moreno, de pelo rizo...
En ese momento sonó el timbre. Britney fue a abrir. Vió por la mirilla, vió a un tío alto, moreno, de pelo rizo, delgado...y abrió la puerta.
Él le clavó un cuchillo en el estómago, y se largó, no se sabía por dónde, ya que Britney estaba ocupada con su herida. Gritó.
Todos acudieron corriendo.
-¿Qué ha pasado?-preguntó Ron.
-Un...un hombre, me ha acuchillado. ¡En el estómago!
-Nunca lo habría adivinado.-dijo Kate.
-Sí, desde luego, Ron, haces unas preguntas...-dijo Josh.
-Bueno, bueno, pero, ¿quién fue?-preguntó Ron, colorado.
-Quizá primero deberíamos vendarle la herida a Brit, no parece que se lo haya clavado mucho, pero sangra un poco. -dijo Kate.
Una vez hubieron vendado a Britney, y conseguido que se tranquilizase un poco, ella les explicó qué había ocurrido.
-El hombre llamó a la puerta, era alto, moreno, delgado, de pelo rizo...
-¿Eres idiota? ¿por qué le abriste?-gritó Joe.
-Es que...es que...tú dijiste un metro ochenta, y este mediría...uno setenta y ocho. ¡Yo no tengo la culpa!
-Brit tiene razón, deberías haber sido más específico, ha sido culpa tuya-dijo Josh.
-Tú lo que quieres es llevarte a Britney a la cama-dijo Joe.
-Esperad, ¿adónde se ha ido el loco?-dijo Kate, siempre pendiente de lo importante.
-¿No se habrá metido en casa?-preguntó Ron, con cara de estar a punto de mearse en los pantalones.
-Bien, -dijo Kate- haremos dos grupos, unos que inspeccionen el piso de arriba, y los demás el de abajo, Britney se quedará en el sofá. Yo iré con Ron e iremos arriba, y Joe con Josh, abajo. Así habrá alguien con sentido común en cada grupo.

Cuando Kate y Ron subieron las escaleras, Joe y Josh se encaminaron hacia la cocina, y una vez que se hubieron cerciorado de que allí no había ningún asesino, decidieron bajar al sótano.
Mientras, Ron y Kate inspeccionaron el piso de arriba. Cuando estaban entrando en la habitación de Joe, oyeron a Britney gritar en el piso de abajo.
-Brit está gritando, deberíamos ir a ver qué pasa-dijo Ron, preocupado.
-No, -dijo Kate- ya ha dejado de gritar, así que una de dos, o estaba haciendo el paripé para asustarnos o ya está muerta, será mejor que nos quedemos aquí, si no queremos acabar igual.
"Menuda frialdad", pensó Ron.
Josh y Joe, sin embargo, subieron corriendo del sótano para ver qué ocurría. Cuando llegaron al salón, se encontraron a Britney tirada en el suelo, cubierta de sangre, y, a todas luces, muerta.
Vieron al rededor, no había nadie. Empezaron a gritar, y, puesto que creyeron que debían ayudar a sus amigos, Ron y Kate bajaron corriendo las escaleras.
Ron, al ver a Britney, se puso muy pálido, para después pasar a un tono más verdoso, terminando por vomitar en la alfombra.
-Eh, eh, tío, que es mi casa.-dijo Joe, en un alarde de sensibilidad hacia su amigo.
Cuando Ron hubo parado de vomitar, se dieron cuenta de que debían llamar a la policía. Lo intentaron, la línea estaba cortada y se estaba haciendo de noche. Empezaron a tener miedo. Mucho miedo. Intentaron encender las luces, tampoco iban, y no podían recurrir a ningún vecino, porque su casa estaba algo apartada del resto.
Como no querían quedarse en el salón, con el cadáver, ya que, en fin, dicen que un muerto no es la mejor compañía, se encerraron en la habitación de Joe, encendieron unas cuantas velas para que Josh no intentase meter mano en la oscuridad, y buscaron armas con las que defenderse.
Josh cogió el único arma que había de verdad, la navaja de Joe, alegando que formaba parte del equipo de fútbol y que, por tanto, no podían permitirse perderle. Ron, por su parte, había cogido un puñado de bolígrafos y lápices y se los había colocado en las manos con celo a lo Lobezno, algo ridículo, en opinión de Kate, que, por su parte, pensaba utilizar como arma la lámpara de la mesilla de noche de Joe. Por último, éste había cogido lo único que quedaba que le parecía que podía resultar mortífero: una percha.
Se encontraban en una acalorada discusión sobre quién vencería en una pelea, si Batman o Superman, cuando oyeron pasos procedentes de las escaleras.
-Mierda-dijeron todos al unísono.
Se pusieron en posición de combate, esperando a que llegase el loco asesino de la pala, que, a pesar de llevar un hacha, quedaba mejor "asesino de la pala". Bien, el caso es que, en cuanto llegó ante su puerta, comenzó a clavar el hacha en ella. Los cuatro amigos, en lugar de tener miedo, se quedaron perplejos.
Joe se acercó lentamente y abrió la puerta.
-Eh, tío, que es mi casa, ¿qué coño crees que haces?
-Echar abajo la puerta para poder acabar con vosotros, ¿a ti qué te parece, mocoso?
-Que sí, que vale, que quieres matarnos, pero la puerta estaba abierta.
-Oh...vaya, no lo había pensado, creí que la habríais cerrado con llave, sería lo lógico.
-No tiene cerradura...
-Bueno, da igual, ¡os mataré ahora mismo!
-Pero, ¿por qué? Y ten cuidadito, ¿eh? Que tenemos aquí a la reencarnación de Lobezno- dijo Kate, señalando a Ron-y a Perchaman- dijo señalando a Joe.
-Eh, ¿y yo qué?-dijo Josh
-Tienes una navaja, como mucho eres un atracador de poca monta.-contestó Kate.
-Tú tienes una lámpara.- se defendió Josh.
-Pero es una lámpara retro.
-¿Y qué?
-Que mola.
-Callaos de una vez.- dijo el asesino de la pala, viendo que aquella conversación no terminaría nunca-os mataré, tanto si sois Lobezno como la reina del mundo.
-Ninguno de nosotros es la reina del mundo.-contestó Joe.
-Oh, no me digas.-respondió el loco chiflado.
Y, sin más dilación, levantó el hacha, se lo clavó a Josh en la cabeza, matándolo en el acto, después le cortó la cabeza a Ron, que intentaba defenderse con sus nuevas garras. Se dirigió entonces hacia Kate, que se había escondido tras Ron, y, cuando fue a clavarle el hacha, Joe se interpuso en su camino en un alarde de valentía, y se la clavó a él. Bien, sólo quedaba la chica, que, horror, salió corriendo de la habitación. Por suerte para el asesino, no era demasiado rápida, la alcanzó en las escaleras y le clavó el hacha varias veces. Disfrutó con ello. Era divertido.
Una vez se los hubo cargado a todos, se dispuso a marcharse de aquella casa. Quizá iría en busca de otras víctimas, o puede que se fuese a su casa y se tomase un buen chocolate calentito, porque había hecho un buen trabajo y se lo merecía.
Tiró el hacha al suelo, ya no lo quería, y le daba igual dejar huellas. Se dispuso a bajar las escaleras, pero no tuvo en cuenta la sangre que había derramado el cuerpo de Kate, resbaló y se cayó, rodando por las escaleras y empapándose de sangre de su última víctima. Se partió el cuello, y ahí se quedó, más muerto que un cadáver.
Irónico, ¿no?

Colgad, por favor, colgad

El tiempo, que es sin duda uno de los pocos fenómenos que la raza humana no ha podido subyugar todavía, no terminaba de decidir de qué color quería pintar el cielo esa mañana.
En ese mismo momento, en una de las calles de La Ciudad, un hombre de aspecto preocupado transitaba la misma acera una y otra vez. Pese a que sudaba copiosamente debido al calor, un paraguas negro reposaba bajo su brazo. Nadie prestaba atención al curioso personaje. Era como una sombra más, uno de los muchos decorados en los que la gente no se fija porque siempre han estado ahí. Jack, puesto que éste el nombre del extraño hombre, era considerado un loco por la gente de La Ciudad, que a partir de ahora llamaremos Londres.
No la clase de loco que puebla los diferentes distritos de la ciudad de Chicago y se dedica, incesantemente, a asustar a los turistas novatos con la velocidad de la silla de ruedas en la que viaja; tampoco el representativo desequilibrado mental, encerrado en alguna suerte de centro psiquiátrico porque una sociedad irracional considera su comportamiento inaceptable. Jack estaba loco porque era excesivamente cuerdo.
Cada mañana, al salir de casa para dar su paseo matutino, cogía su paraguas sin escuchar el parte meteorológico o quizá dedicar una simple mirada al cielo. En alguna parte de su cerebro tenía grabada una inscripción que dictaba: no me gusta mojarme. Y la mejor forma de evitarlo era llevar siempre un paraguas encima. No podía comprender por qué los otros transeúntes se extrañaban con según qué actitudes, consideradas extremadamente adecuadas y corrientes por él.
Esta vez su mente estaba ocupada por otras líneas de pensamiento, muy distantes de las que circulaban por los cerebros inactivos de los otros miembros de la raza humana. Él estaba siendo acosado por la preocupación. No una preocupación banal e intrascendente, sino una de carácter crucial y relevante: estaba experimentando odio. Era la primera vez que sentía esa sensación en concreto, así que la ya nombrada preocupación se mezclaba con la inquietud y la excitación. Quizá hubiera sido el influjo que ejerció sobre él aquel cielo de color indefinido, quizá la realidad hubiera elegido ese momento para manifestarse, o quizá simplemente algún extraño ente superior había decidido que las cosas fueran así, pero, al fin y al cabo, la verdad es que Jack debía replantearse de nuevo el sentido de su vida.
Hasta ese momento jamás encontró ningún tipo de problema derivado del acto de existir. Él se ceñía a su rutina, sin dedicar ningún tipo de interés especial a las demás personas: por la mañana, paseaba; disfrutaba del paisaje y del aire fresco. Al mediodía almorzaba y posteriormente se dirigía al trabajo. No le entusiasmaba demasiado, era el gerente de una sucursal bancaria bastante trivial, pero aún así estaba acostumbrado a sacar provecho del dinero ajeno. Después de cumplir con sus quehaceres volvía a su casa. Tomaba un whisky, leía exactamente treinta minutos y luego se acostaba. No estaba casado y no le importaba, no se sentía solo.
Ahora nada de eso tenía sentido, no con el odio deslizándose de un lado a otro de su corazón. No podía seguir errando por las calles mientras veía como la muchedumbre arrollaba a las pobres ancianitas indefensas; mientras los jóvenes analfabetos incitaban a delicadas muchachas a entrar en sus respectivos coches, durante las intempestivas horas de la noche; mientras el gentío desconsiderado actuaba, de forma consecuente con su modo de ser, contra toda alma despistada que pudiera encontrar; mientras que él mismo, muy distante de intervenir a favor de los vilipendiados, se limitaba a deambular de una esquina a otra, con su paraguas bajo el brazo y las gotas de sudor lagrimando por su frente.
El odio, antes sólo dirigido a los demás individuos, empezaba a volverse contra él mismo. Era desconcertante. Medio siglo de ignorancia destruido en una apenas unas cuantas horas, y ni siquiera conocía el porqué. Jack resolvió intentar reparar el daño que había causado. Debía intentar corregir la sociedad fuera como fuera.
Puesto que se trataba un hombre muy metódico, decidió que lo mejor sería empezar por el principio. Es decir, por él mismo; por su banco.
Nuestro personaje no era una mente brillante, pero durante su juventud había asistido a varias clases obligatorias, y durante su madurez había sido instruido por la escuela de la vida. Cumplió con sus obligaciones laborales y, al término de la jornada, le pidió a una joven empleada que esperara diez minutos antes de marcharse, alegando una charla sobre un posible aumento de sueldo. A los veinte minutos, cuando Jack se aseguró de que los demás trabajadores habían abandonado la oficina, se dirigió sin contemplaciones a la impaciente muchacha y la asesinó brutalmente, clavándole repetidas veces un cuchillo –sacado previamente del cajón de su escritorio- en el vientre. Luego, sin inmutarse lo más mínimo, escribió con la sangre del cadáver una inscripción en la pared de su propio edificio: “Si no os sabéis comportar por vosotros mismos, yo os castigaré hasta que aprendáis.”
La pobre chica había sido una víctima casi circunstancial. En realidad, él la había elegido porque estaba a su abasto, y al fin y al cabo, todo el mundo es culpable de algo. La cuestión es que su muerte serviría de ejemplo. Esa noche Jack tomó doble ración de whisky, leyó sólo veinte minutos y se fue a dormir satisfecho. Cuando, a la mañana siguiente, le despertó una mano golpeando su puerta, tuvo la sensación de que había apenas habían pasado cinco minutos. Se levantó, completamente fresco y con renovadas energías, y abrió. Se trataba de la policía: una mujer había sido asesinada en la oficina donde trabajaba.
Lo sometieron a un duro interrogatorio que le pareció casi divertido. Mintió con jovialidad a todas las preguntas que podían implicarle y asintió con gravedad cuando le agradecieron el tiempo prestado. Despidió amablemente a los agentes de la ley, que abandonaron el edificio pensando que todos los ciudadanos debieran ser como Jack: cordiales, temerosos de la autoridad y, por encima de todo, cooperativos.
Después de la visita sorpresa, nuestro homicida justiciero abandonó su rutina y caminó hasta la sucursal. Se había armado un gran revuelo. Los policías habían acordonado el recinto y los trabajadores estaban muy alborotados; la mayoría no sabía con certeza qué había pasado. Jack, alzando la voz, les transmitió las noticias que, pocas horas atrás, le habían comunicado a él. Luego, después de acercarse a una cabina para llamar a la central londinense a la que su banco estaba subordinada, anunció a los empleados que disponían todos de quince días de vacaciones, hasta que se aclarase el asunto. Estos, cuando lograron reprimir sus llantos y tranquilizar sus almas, agradecieron la comprensión a su superior y se movilizaron, la mayoría abatidos, hacia sus respectivas casas.
Jack estaba orgulloso. La gente no comprendía la mayoría de palabras o ideas, pero sí los hechos. Contento con los resultados, resolvió repetir esa misma noche; esta vez lejos de las calles que frecuentaba, no fuera que los agentes de la ley decidieran ser eficientes por una vez.
Se decidió por uno de los barrios marginales y pobres situados al oeste de la ciudad. Ya entrada la noche, deambuló por el sucio pavimento hasta que dio con la persona que buscaba: una mujer de alterne, una prostituta, una acechona o, como a él le gustaba llamarla, una puta. La mujer, ligera de ropa pese al frío nocturno, sonrió al ver a Jack. Éste aumentó el paso hasta llegar a su lado, y rápidamente le expresó el deseo de contratar sus servicios. Siendo ambos los únicos compañeros de una noche profundamente oscura, no fue muy difícil para nuestro personaje convencer a la joven, mediante una sustanciosa suma, de dirigirse juntos hacia un apartado callejón donde gozar de unos minutos de placer. Una vez allí, sacó a relucir su cuchillo y rajó la garganta a la señorita antes de que pudiera proferir ninguna clase de grito. Luego, con mano ya experta debido a la práctica, aplicó su característico sello al vientre del cuerpo que yacía sin vida a sus pies. Finalmente, dedicó cinco minutos a formular una frase original y repitió el mismo proceso que había llevado a cabo la noche pasada con la empleada: bañó su dedo repetidamente en el estómago de la mujer y escribió en la pared: El dolor ayuda a grabar lecciones importantes en la memoria.
Volvió a casa dando un pequeño paseo, tomó tres copas de whisky y apenas leyó diez minutos. Apagó la vela y trató de dormir, pero la excitación le mantuvo insomne toda la noche, o lo que quedaba de ella. Ya levantado el sol, creyó oír tres golpes sordos provenientes del rellano de la escalera. Se levantó, se vistió con prisas y abrió. No había nadie. Quizás no habían descubierto el cadáver todavía. Sin molestarse en desvestirse de nuevo, se tumbó en la cama y durmió, a intervalos, varias horas. Cuando hubo descansado lo que él considero suficiente y tomado un pequeño refrigerio, salió a comprar el periódico, no sin antes recoger su paraguas. El titular clamaba: “Otra misteriosa joven muere a manos de un implacable asesino. Aparecen extrañas inscripciones en el lugar del crimen”. Jack, más que satisfecho con el resultado, empezó a planear su futura actuación. Parecía que estaba ayudando a la comunidad, así que era su obligación continuar.
Guardó el periódico bajo el brazo libre y volvió a subir las escaleras que conducían a su casa. Allí se sentó en una silla, y mirando por una de las ventanas que daban a calle, empezó a cavilar. A los diez minutos ya tenía el próximo objetivo decidido: una inocente niña. Luego discurrió sobre cómo podía hacerse con una. No era viable acercarse a los barrios pobres y comprarla, aunque los padres valoraban más el mobiliario que las descendientes. Aún disfrazado era factible ser reconocido por alguien, puesto que no pasaba precisamente desapercibido en la ciudad. La opción de vagar durante la noche por las calles en busca de alguna rezagada estaba descartada; todo el mundo sabía que había cosas muchos peores que Jack. Así pues, sólo le quedaba la seducción.
Una vez detallados los pormenores, nuestro héroe redentor se levantó de la silla y salió a la calle otra vez. Pasó por una pastelería y compró unos cuantos dulces; realmente parecían deliciosos. Jack creía que todo ser humano tenía su precio, y el de los críos no solía ser demasiado elevado. Deshizo el camino, se cambió de ropa y envolvió los dulces junto con una barba y bigote postizos. Esta vez no se dirigió a los barrios más alejados, sino que caminó convencido hasta los suburbios situados cerca de la orilla del Támesis. Una vez se hubo alejado a una distancia prudencial de lo que habitualmente llamaba hogar, buscó un rincón apartado y se cubrió la cara con el vello sintético. Se acercaba la hora de la verdad, así que concluyó la caminata sentándose en el banco de un parque, decidido a esperar el ocaso observando cómo jugaban y se ensuciaban los herederos de las más ricas familias londinenses.
Poco a poco los chavales fueron disipándose, hasta que sólo quedaron los caprichosos que no hacían caso a sus madres cuando los llamaban a cenar. Entonces Jack entró en acción. Se acercó cautelosamente a una solitaria muchacha, que agotaba la luz del sol haciendo castillos en el banco de arena, y le preguntó si quería uno de los dulces que él portaba en la bolsa. Ésta le miró, primero con desconfianza y luego con avidez, y alargó la mano mientras murmuraba un apenas audible sí. Escogió un pastelito de crema y lo mordisqueó lentamente, demostrando ya desde la más tierna infancia el linaje que ostentaba, siendo sólo traicionada por sus ojos, que no podían evitar brillar mientras contemplaban el resto de manjares. Jack le preguntó si quería otro y ella respondió que sí con muchísimo más aplomo. –Primero tendrás que decirme cómo te llamas-, le dijo él con una sonrisa en el rostro. –Me llamo Anne- respondió la chica, educada. –Ven conmigo, Anne, te llevaré a un lugar donde podrás encontrar tantos como quieras-. La chica dio la mano a Jack y ambos desfilaron juntos, prácticamente como abuelo y nieta, a un lugar de donde sólo uno iba a volver.
Después de cinco minutos de paseo, el barbudo disfrazado y la inconsciente jovencita llegaron a un callejón demasiado apartado. Se notaba la calidad del lugar, puesto que incluso en rincón había menos polvo que en la mayoría de calles comerciales, ya ni hablar de las pobres. Para terminar con el episodio, Jack dejó caer las chucherías al suelo, y, ante la mirada incrédula de la niña, desenvainó su arma blanca. Cuando ella quiso reaccionar, un enorme cuchillo ya hendía el aire y un brutal tajo le dejaba la cabeza casi separada de los hombros. El homicida, mediante una precisión digna de un carnicero, y posiblemente debido a la costumbre, asestó varios golpes al estómago del cuerpo que había perdido la vida prematuramente. Como no podía ser de otra forma, se empapó de la sangre fresca y pintó la rutinaria frase: “Anne no era una buena chica. Prácticamente nadie lo es. Redimid vuestras culpas o sólo encontraréis la muerte.”
Jack volvió corriendo a casa, ligeramente perturbado. Casi se sentía mal, pero a las pocas cosas la sensación se disiparía. Lo primero que hizo al llegar fue terminarse la botella de whisky, e inmediatamente después encendió la chimenea, donde quemó el disfraz y el resto de golosinas. Una vez se sintió a salvo, se desvistió y se metió en la cama, logrando conciliar el sueño al cabo de unos pocos minutos.
Se despertó intranquilo a la mañana siguiente, y tardó unos segundos en recordar los hechos transcurridos durante el pasado día. Se levantó, desayunó, se vistió y salió a por el periódico, como ya había hecho el día anterior. Al leer el titular, tuvo que reprimir una sonrisa de satisfacción. “El Destripador se cobra una nueva víctima”. Los detalles también eran muy interesantes. “Hoy por la mañana, un grupo de ciudadanos han encontrado el cadáver de la joven Anne Gallagher, heredera de una de las familias más ricas de todo Londres, mutilado en un solitario callejón”. El artículo también citaba la frase que habían hallado y toda una serie de conjeturas sobre la identidad del posible asesino. No se acercaban para nada a la verdad.
Orgulloso y contento con su trabajo, Jack creyó conveniente tomarse un período de descanso antes de seguir con su tarea de reformar la sociedad. Empezó por relajarse; los últimos tres días habían estado a rebosar de emociones fuertes, así que dedicó jornada siguiente al descanso absoluto. Nunca jamás había dormido tan plácidamente como durante esas veinticuatro horas. Al término de este período, decidió reanudar su rutina con un paseo, pero un hecho inesperado quebró su creciente felicidad.
Como ya adelantaba, Jack bailó hasta la calle. Se sentía profundamente realizado y el odio casi había remitido por completo. Quizá ya le faltara poca penitencia por cumplir. Pese a que hacía un día soleado, de golpe unas nubes negras se arremolinaron por encima de la ciudad y descargaron una repentina lluvia sobre las cabezas de los transeúntes. Jack sólo tuvo que abrir su paraguas mientras disfrutaba de ver mojarse a los demás. Todo parecía perfecto.
Se acercó a un muchacho y le compró el periódico por unos pocos peniques. Quizás hubiera noticias frescas sobre sus hazañas. Sin embargo, lo que vio le desfiguró el rostro por completo: “El famoso asesino en serie es por fin capturado”. No se paró a leer nada más. Algún hijo de la gran puta, puesto que no había otra forma de llamarlo, pretendía aprovecharse de su actuación. Era completamente inconcebible. Sin perder ni un solo instante, se dirigió a su morada y recogió todo cuanto podía implicarlo: el cuchillo, la ropa manchada de sangre, un pañuelo, perteneciente a la prostituta, el cual tomó por accidente. Lo embaló con prisas y se propulsó hacia la comisaría más cercana.
Irrumpió en ella a gritos, exigiendo a los guardias hablar con su superior. De entre ellos avanzo un tipo alto y fornido que dijo llamarse Thomas King. Apenas era un teniente.
Sin pararse a respirar, Jack le entregó el paquete con los objetos y le confesó todos sus delitos. Explicó detalladamente cómo había llevado a cabo los asesinatos, mientras, por igual, insultaba ferozmente al bandido, sin hallarse éste presente, que pretendía hacerse pasar por él y llevarse el mérito de sus acciones. El oficial, impertérrito ante las vociferaciones de nuestro exaltado homicida, y convencido de la validez de las pruebas que el sujeto presentaba contra sí mismo, mandó arrestarlo.
Desde el primer momento se declaró culpable. Arremetió e insulto, tanto tiempo como duró el juicio, al pobre desgraciado que había intentado suplantarlo. Al final, el juez, no tuvo más remedio que liberar al falso Destripador sin ninguna clase de cargo, puesto que simplemente se trataba de un demente, uno de los que catalogamos como típicos, que instantes después de escaparse del psiquiátrico aprovechando un descuido de sus vigilantes, corrió por las calles proclamando a los cuatro vientos su falsa identidad. Para Jack la sentencia no fue tan magnánima: le condenaron a colgar de la horca hasta morir.
El hombre estuvo seguro de la rectitud de sus acciones hasta el mismísimo momento de su muerte. Cuando el verdugo le colocó la soga en el cuello y le preguntó si quería proferir unas últimas palabras, nuestro futuro espíritu habló, delante de los familiares de las víctimas de sus crímenes.
- Damas, caballeros, puede que ustedes ahora me odien e incluso se alegren de mi próxima muerte, pero dentro de unos años, cuando la humanidad esté ya perdida y nadie pueda hacer nada para remediarlo, desearán haber continuado lo que yo nunca pude terminar.
Una vez hubo pronunciado el discurso, el encargado de su ejecución accionó la palanca y el cuerpo de Jack se precipitó al vacío, partiéndose el cuello y muriendo instantáneamente.
Momentos después, los ya nombrados familiares abandonaron el recinto, aliviados al saber que el monstruo que tanto dolor les había comportado no volvería a importunarlos jamás. Todos andaban atareados con sus propios asuntos, pero si alguno de ellos hubiese dedicado una mirada al cielo, hubiera comprobado que éste tenía la misma tonalidad indefinida que el día que todo cambio para Jack.

miércoles, 20 de enero de 2010

Pennywise is back, little children (o, Cómo plagiar a Stephen King y quedarse tan pancho)

Las doce solemnes campanadas de la medianoche habían, apenas, acabado de sonar cuando la ciudad se vio abatida por una tormenta enorme. Una tormenta de dimensiones descomunales, de las que hacen época: una tormenta elevada al cubo. La madre de todas las tormentas, vamos, y con perdón de la expresión.

La gente que, ocupada en alguna tarea intempestiva, aún continuaba en la calle, había decidido ponerse a cubierto y llegar a su casa lo antes posible. La gente que, sencillamente, no tenía casa, probablemente no sobreviviese para ver el nuevo día.

En una finca de pisos cerca del centro de la ciudad, el pequeño Tom y sus amigos eran enviados a dormir por los padres del propio Tom, porque, aún a sus nueve años, tenían la costumbre de quedarse despiertos hasta horas bastante tardías en la noche, mientras pasaban la velada contándose relatos de fantasmas o monstruos peludos que anidaban bajo las camas de los niños pequeños que se habían portado mal con sus papás.

Oh, por supuesto que los padres de Tom no veían con buenos ojos estas pequeñas aventuras, pero pronto comprendieron que, con nueve años, poco podían hacerles comprender que no les gustaba: ellos seguían contándose esas historias cuando nadie miraba.

Pero esta noche se había acabado, sin duda. Y era una pena, porque el tiempo acompañaba (tanto que, incluso, Anne, la pequeña y miedosa Anne, había salido corriendo al sonar un trueno), pero los padres de Tom habían sido inflexibles: “¡a dormir!”, habían dicho, con el ceño fruncido y voz grave, fingiendo un enfado que, en el fondo, no era más que nostalgia. Y, por supuesto, antes debían lavarse los dientes.

El agua se arremolinaba en el lavabo, haciendo que, por un momento, no existiese el sonido de la tormenta ni el rugir de los truenos. Que, durante un tiempo, todo fuese blanco como la pasta dentífrica, y que, por tanto, los tres amigos riesen con voces claras mientras se precipitaban hacia su extraña muerte. Y el sentimiento que les colmaba en ese momento era, sencillamente, alegría: alegría porque estaban los tres juntos y eran capaces, creían, de sobrevivir a todo.

Se acostaron. Como todos los niños, no se durmieron de seguida, sino que el silencio inicial dio paso a una larga conversación entre susurros, de las que carecen de sentido si no eres un pequeñajo aburrido, y que, como todas las conversaciones entre susurros, acabó en grandes risotadas apenas disimuladas bajo las sábanas, y pronto alguien se calló y, de repente, todo fue silencio, salvo el constante batir del agua contra los cristales y, al final, se durmieron.

Y la lluvia continuó batiendo los cristales de la habitación, y la gente intentando llegar a sus casas. En algún momento, en alguna parte, comenzó a granizar: tic, tic, tic. Una hora, dos horas...

A la que hacía tres, despertaron. Jack abrió los ojos y contempló la silueta de Anne sentada en la cama, observando curiosamente la puerta que daba al balcón, cuyo cristal estaba siendo golpeado por granizo de forma incesante: tic, tic, tic.

Tom no estaba en la habitación, que ahora se hallaba en la más completa penumbra visual y auditiva, salvo por el golpeteo del granizo. Nadie dijo palabra alguna, ni movió un ápice durante un tiempo, de forma que las cosas quedaron en una calma intranquila, malsana, que parecía profetizar un empeoramiento de las cosas: la tormenta arreciaba.

El granizo rebotaba en el cristal, de forma que cada golpe tenía que ser seco y limpio. Y sin embargo, no todos los golpes eran así. Jack se incorporó, y fue a susurrarle algo a Anne, cuando ella se llevó el dedo lentamente a los labios en una señal universalmente reconocida: silencio; y continuó mirando el vacío negro que encuadraba el cristal. Pronto, Jack lo comprendió: Tom estaba allí de pie, callado, erguido, impasible.

Los segundos se sucedieron, uno tras otro, hasta que llegaron a sesenta, y por tanto no tuvo más sentido contar segundos. Los minutos se deslizaban como las gotas de lluvia por el cristal, y sobre el tintineo del granizo sonaba un rechinar curioso sobre la puerta, como algo que, al chocar, se pasease sobre el vidrio: tic, tic, tic.

La tormenta era ahora lejana, como suena la voz de tu padre o de tu madre cuando te llama de un sueño profundo, con dulzura empalagosa y un eco lejano, onírico, que se repite sin demasiado sentido, y que ahí sigue: había pasado a segundo plano. Granizo y lluvia estaban ahora difuminados, eran ruido, un elemento cuya única función era dificultar la difusión del mensaje.

Tic.

La intensidad de los golpes crecía insistentemente, de forma que cada uno parecía más alejado que el resto. De repente, un relámpago iluminó el cielo, dejando ver un rectángulo poco definido de luz blanca en la pared de la habitación, a Tom, el rostro desencajado de miedo de Anne, y una sonriente y bien parecida figura vestida de payaso al otro lado de la pared, del cristal, de la cordura y, de hecho, de la inocencia.

-Hola, Tom -dijo, alegre, mostrando, en una centésima de segundo, unos dientes afilados y amarillentos, retorcidos y feos. El relámpago dio paso, casi inmediatamente, a un trueno fuerte y arrollador: la tormenta estaba justo encima de ellos.

Y la cámara seguía a oscuras, pero no hacía falta luz para notar que Tom estaba pálido como los muertos. La tormenta seguía su curso implacable, allá fuera. Dentro, la voz alegre y bien entonada del payaso, seguía resonando entre las paredes.

-¿No te alegras de verme? ¿No piensas, siquiera, presentarme a tus amigos? ¿Vas a estar evitándome toda tu vida, a pesar de que te he enseñado secretos e historias que ningún otro crío de tu edad podría conocer nunca?

-Vete, por favor.

La sonrisa del payaso se acentuó.

-¿Cómo, acabo de llegar y ya me echas? Veo que has olvidado tus modales, pero te lo perdonaré si me presentas a tus amigos -los miró, fijamente, de tal forma que ellos sintieron que todo lo que era bueno, puro o alegre en el mundo se convertía en una sucesión de imágenes macabras, sinsentidos y crueldades innecesarias.

-Vete -aquí el payaso echó una risotada fría y aguda que hubiese alertado a todo el vecindario, de no ser porque, al parecer, hoy estaban todos ausentes. Muertos, quizá.

-No voy a irme, Tom, porque sé que en el fondo no quieres que me vaya, que lo que sientes es vergüenza, que...

-He dicho: fuera -dijo finalmente, de forma convencida y autoritaria que sorprendía en un muchacho de nueve, casi diez, años.

La sonrisa del payaso se torció. No se le vio físicamente, pero algo en la situación, en el aire, lo anunció así.

-Adiós.

Y el granizo volvió a reinar el ambiente, y los truenos y coches desbocados a sonar en los oídos de los niños. El tic-tac del viejo reloj de cuco del salón les llegó, lejano, como un recordatorio del mundo adulto, que era cálido y que les protegía. Luego, de pronto, tocó las cuatro.

Alguien, probablemente Anne -poco importaba-, dijo lo que todos habían estado pensando:

-Cuando estábamos en el salón, contando historias de... de eso -hizo una pausa para tragar saliva-, el viejo reloj no funcionaba.

Se miraron, con decidida locura, y acordaron ir a ver qué sucedía. Lo hicieron con la mirada, como suelen hacerse estas cosas en situaciones extremas, cuando no importa lo insensato que es echarse a la boca del lobo ya que, de hecho, te has dado cuenta demasiado tarde de que llevabas un buen rato dentro. Jack -el fuerte de Jack- cogió un palo de cricket que había tirado en el suelo de la habitación, y abrió la marcha con Anne pegada a su espalda, y Tom, expectante, mirando de un lado a otro, detrás.

El pasillo se extendía a sus pies, largo y siseante, a oscuras -la luz se había fundido esa misma tarde, y papá no había podido ir a buscar recambios a causa del mal tiempo-, silencioso y tétrico. Al final, en un recodo, brillaba la luz tenue de la sala de estar, que les atraía con su tic-tac llevadero.

Avanzaron un pie, y después el otro, y luego el primero, seguido del segundo, y así, durante unos pocos metros -los que les separaban de la otra punta del pasillo-, mirando a su alrededor y estremeciéndose levemente a cada paso. Los cuadros se sucedían uno tras otro, a su lado, mientras a ninguno se le ocurría dibujarles un bigote bajo la nariz, como, hacía poco, habían bromeado con hacer.

Llegaron a la esquina y tomaron aliento: saltarían gritando y alcanzarían el salón corriendo, ya que, si despertaban a sus mayores (cosa que no les preocupaba en absoluto), al menos tendrían la tranquilidad de ser unos histéricos, unos niños con una gran imaginación. Unos locos, incluso, lo cual era mucho mejor que pensarse cadáveres que, por alguna extraña razón, seguían moviéndose.

Jack fue el primero en gritar, y salió corriendo seguido de Tom.

Cruzaron el umbral, vieron el reloj, y perdieron, de golpe, toda la cordura. Los padres de Tom habían muerto, decapitados. Cada una de sus cabezas se encontraba en el cuerpo de su compañero, con una sonrisa de oreja a oreja pintada de rojo alrededor de la boca y, en el caso de la madre, un gran y tupido bigote dibujado bajo la nariz: el espanto fue tal, que despojó a Tom, durante lo poco que duró su vida, de cualquier atisbo de compasión.

De forma que, cuando se giraron para buscar a Anne y la encontraron en manos del payaso, con la mirada aterrorizada y suplicante, y Jack se echó, palo de cricket en mano, para liberar a su amiga, Tom salió corriendo hacia la ventana.

Atravesó el cristal con su masa, justo cuando se oía una risotada, se sentía una punzada de agonía, y sus dos mejores amigos dejaban de existir.

En su caída, a 9'81 m/s^2, Tom encontró un globo azul que venía hacia él con límpida y tranquila lentitud, mientras parecía no sentir la fuerza del temporal, y durante el instante en que el globo y Tom se encontraban a la misma altura*, pudo leer la leyenda impresa en grandes letras mayúsculas: “TÚ TAMBIÉN FLOTARÁS.”

Luego se partió el cuello contra el pavimento.

*Es decir, cuando la y de Tom era igual a la y del globo.

lunes, 18 de enero de 2010

sábado, 16 de enero de 2010

El espejo de Narciso

Oscar Wilde

Cuando Narciso murió, las flores del campo se vieron embargadas por el dolor y le suplicaron al río algunas gotas de agua para llorarlo.
-Si todas mis gotas de agua fueran lágrimas -respondió el río-, no me alcanzarían para llorar por Narciso. Yo le amaba.
-¿Cómo hubieras podido evitar amarlo? -preguntaron las flores-. Era tan hermoso.
-¿Era apuesto? -preguntó el río.
-¿Quién podría saberlo mejor que tú? -preguntaron las flores-. Si cada día se recostaba en tu orilla y reflejaba su belleza en tus aguas.
-Pero yo le amaba -murmuró el río- porque al inclinarse sobre mí podía ver el reflejo de mi propia belleza en sus ojos.

viernes, 15 de enero de 2010

El Centurión no tiene quien le escriba: Baviera; esa panda frikis, X

Kgw

La conquista de Lafarra

Constant Von Balcke, contento de que el duque Ernest le hicera caso, decidió continuar con su relato:
- Pues verá, señor duque, resulta que Lafarra está al norte de Aragón, que está al norte de Castilla... me han contado que es lo mismo que estar al sur de Francia, pero no acabo de entenderlo. ¿Cómo puede estar algo al mismo tiempo al norte y al sur?
- Seguro que es cosa de ese ajedrez del demonio - dijo el duque- pero tú sigue, sigue...
- Y sucede que esos "lafarros" se enfadaron con los "aragonios", y entonces entraron en guerra... o sea, que el norte de Castilla estaba en guerra con el norte de Aragón...
- Pero Castilla no estaba en guerra, ¿verdad? - saltó Federico, temiendo que al final, de alguna manera todo desembocase en que alguien, en un sitio ignoto, le declarase la guerra a Baviera.
- No, Castilla, no, don Federico - le aseguró el bávaro barbudo - Y al final, como los "lafarros" eran muy fuertes, le quitaron a los "aragonios" dos provincias que estaban al norte de Aragón, que es lo mismo que al este de Lafarra... creo que Verona y Rosetón. ¡Ah, y Valenciaga tambión!
Esta vez el que saltó fue el embajador de Baviera:
- ¿Gerona, Rosellón y Valencia en manos de Navarra? ¡No puede ser!
- No me diga que tampoco se había enterado de eso - comentó con sequedad Federico; comentario que se vio acompañado de abucheos por parte de los nobles presentes.
"¡Buuu!", "¡Fuera!", "¡Qué birria de embajador!", "¡Mi venerable abuela, que es sorda y ciega por lo menos sabe dónde está Lafarra!" y gritos semejantes se oyeron por toda la sala. Ante esta situación Mathias Werthen decidió que sería mejor para su seguridad personal (y laboral) perderse en algún rincón de la sala de diplomacia, esperando a que amainase la tormenta o a que Constant volviera a hablar, a ver si la audiencia se distraía con su cháchara.
- Sí, en Castilla también decían que era imposible, todo el mundo iba corriendo de un lado para otro, gritando que si los "lafarros", que si Aitor, que si Ainhoa, que qué barbaridad, por los clavos de Cristo... y entonces el rey me dio un "sugus", me di la vuelta y me volví a Baviera. Eso es todo, señor duque, ¿qué hago ahora?
Lo normal hubiera sido que se hubiese hecho un silencio después del relato de Constant, pero al parecer, los asistentes a la reunión se veían incapaces de callar más. De esta manera, el final de la narración se vio acompañada del ruido de los nobles bávaros llenándose la tripa para olvidar los malos tragos (ya fuese como desayuno, merienda o cena).
Sólo Federico tuvo suficientes oído como para escuchar la pregunta de Constant.
- ¿Que qué haces? Sí, un momento... ¡Reunión de emergencia! - gritó, volviéndose hacia el duque Ernest, el conde de Chisburguer y un par de nobles más, todavía sin nombre. - ¿Qué hacemos con este idiota?
- Siempre podía sufrir un accidente... - apuntó uno de los nobles
- No exageremos - descartó el duque - después de todo, es el heredero de una de las familias más antiguas de Baviera.
- Tal vez demasiado antigua... esto es lo que pasa cuando se llevan varios siglos casándose entre primos. - dijo Chisburguer.
- No nos distraigamos - recordó Federico- ¿qué podemos hacer con este idiota? No quiero imaginarme lo que es capaz de hacer si le dejamos sueltos.
- ¿Y si le perdemos? - sugerió Chisbuger - Le mandamos al quinto pino, y le decimos que no se mueva de allí hasta nueva orden.
- Ya, ¿pero qué hacemos cuando llegue la orden esa? - quiso saber uno de los nobles anónimos.
- Ejem... Mirad, allí al fondo están sirviendo una fuente de tocino - sugirió Federico - ¿por qué no vais a probarlo?
- ¡Oh, es verdad! ¡Allá voy!
...

Recuperación

He recuperado aquel fatídico examen con un 10. A la pregunta de mi profesora, de si quedaba satisfecho, no he podido por menos esbozar una sonrisa: resarcido quedo.

martes, 12 de enero de 2010

Jerarquía de escritura

- Novela romanticoide con la que me haré rico.
- Novela underground que me hará un genio.
- Decamerón Coixetero.
- Aquel maravilloso siglo XII.
- La Caperucita vende su cuerpo -por la mermelada de la abuela. (Nota: La Caperucita formará parte de mi antología de cuentos infantiles, junto a "Los tres cerditos son unos cerdos" y "Vaya con el pulgar de Pulgarcito").

sábado, 9 de enero de 2010

Quedarse solo y morirse de indigestión en el intento, I (¡amenazo con más!): Tsatziki

Ingredientes.
- Toneladas y toneladas de insana curiosidad.
- Una cucharada de picadillo de ajo y perejil.
- Yogures naturales a mansalva.
- Un culito de aceite de oliva. (Nota: yo puse demasiado aceite)
- Nuez moscada, pimienta negra (porque yo lo valgo).
- El jugo de una mandarina.
- Un chorrito de vinagre.
- ¿Harissa?

Elaboración y otras incongruencias evolutivas.
El caso es que estaba yo con mi buen hacer y mis ganas de aprender cosas nuevas e inesperadas, que crecieron al abrir la nevera y encontrarme una tarrina con picadillo de ajo y perejil -abrí la nevera gracias a (o por culpa de) mis ganas de picar algo. A mi derecha encontré unos cuantos yogures naturales, y me dije que eran demasiados.
Luego, sin comerlo ni beberlo -eso llegaría después, me dije-, me acordé de que a los griegos les gustaba el yogur. Me acordé, también, de que les agradaba el aceite de oliva. Y, coño, el ajo y el perejil están buenos, ¿no?
Así que saqué un bol de Ice Age, le puse más aceite del que debiera -tuve que echar tres yogures enteros, y aún así había demasiada proporción de aceite- y una cucharadita de ajo y perejil. Para eterna ansia de venganza de mi estómago, abrí el armario de las especias y le eché nuez moscada y pimienta blanca. Una vez esta suerte de Tsatziki estuvo finalizada, la probé: no me había quedado ciego.
Decidí mirar la receta por internet [http://recetas.mundorecetas.com/modules.php?name=Recipes&op=viewrecipe&recipeid=3743]: pude ver que, a parte de los muchos ingredientes y pasos que me había saltado, también debía echarle vinagre y limón. Así que eso hice, pasando completamente de las cantidades: un chorro de vinagre y... bueno, no tengo limón, pero las mandarinas son casi lo mismo... ¿no? Quiero decir, ¿son cítricos? ¡Pues ya está!
Y lo removí todo bien removido, y se lo eché al arroz. Veredicto: está buena sola, mezclada con el arroz es muy desagradable.

Y, ahora, mis queridos ciberamigos, me voy a expulsar toxinas de mi cuerpo. ¡Sed felices!

Apuntes de la teoría de conjuntos: Definición de antisimetría

Pues resulta que últimamente las conversaciones que tengo con la gente van sobre esto.

Decimos que, por definición, algo es antisimétrico "Si < x, y > e < x, y >, entonces x = y". Como toda condicional, tiene un antecedente -"si < x, y > e < x, y >"- y un consecuente -"entonces x = y". Por extraño que parezca, si un antecedente es falso, pero el consecuente también lo es, se cumple la definición -imagino que tiene que ver con que menos por menos es más, o algo así. Si hay un antecedente falso y un consecuente verdadero, o viceversa, no se cumple.

Por tanto, si queremos saber si S= {<1,2> , <2,1>} es antisimétrica, debemos ver que, en efecto, cumple el antecedente, pero como 2 ≠ 1, por tanto no cumple el consecuente. Así, pues, no es antisimétrica.

En cambio, hablando de S= {<1,2> , <0,0>}, hay que ir caso por caso: <1,2> no cumple el antecedente -no es < x, y > e < x, y > , tenemos sólo < x, y >- pero puesto que tampoco cumple el consecuente -1 ≠ 2-, es antisimétrica; <0,0>, por otra parte, cumple el antecedente -como ambos son iguales, al decir < x, y > decimos < y, x > - y, de hecho, cumple el consecuente -0 = 0- y, por tanto, es antisimétrica.

Y hasta aquí, mis apuntes sin valor ni sentido.

viernes, 8 de enero de 2010

El Centurión no tiene quien le escriba: Baviera; esa panda frikis, IX

Kgw

¿Y los castellanos?

Los nobles fueron volviendo poco a poco a la sala de Estado multiusos del castillo de Múnich. Cada vez que entraba uno, hacía la misma pregunta: "¿Y los castellanos?".
Con mucha paciencia, el duque Ernest iba respondiendo cada vez: "Venir, no vienen". Cuando su paciencia se agotó, delegó la respuesta en Federico de Ñion y Cifuentes.
- ¿Y los castellanos? - preguntó un noble con pinta de haber sido pisado por sus colegas en su despendolada huída.
- Nada, que no vienen.
- ¿Y los castellanos? - inquirió el siguiente en entrar en la sala.
- No, que no vienen...
- ¿Y los castellanos? - quiso saber un noble que se ajustaba la capa.
- No vienen.
- ¿Y los castellanos? - la enésima pregunta del enésimo noble
- No vienen... - la enésima respuesta
- Perdone...
- ¡¡QUE NO VIENEN!! - gritó Federico, harto de repetir lo mismo.
El susto que se llevó el pobre paje que sólo quería recoger las copas fue inenarrable...

Una vez hubo de nuevo quórum en el Consejo de Estado, volvió el interrogatorio a Costant Von Balcke (y su incansable sonrisa).

- ¿Pero por qué iban a venir los castellanos, don Federico? - preguntó risueñamente el barbudo viajero - Anda que no están ocupados con Lafarra...
- ¿La farra? - quiso saber el Duque Ernest - ¿Los castellanos, de juerga? Y yo que les había tomado por unos señores serios y circunspectos...
Constant Von Balcke negó con la mano:
- No, no, señor duque. Me refiero al reino de Lafarra -
- ¿Lafarra? -le preguntó Federico al jefe y chico para todo de su diplomacia- ¿Es un nuevo reino?
El preguntado alzó la mirada y empezó a hacer memoria. Pero todos sus esfuerzos fracasaron.
- Lafarra... Lafarra... lo siento, don Federico, pero por ese nombre no me viene nada.
- Pues menuda birria de diplomático - soltó un noble anónimo. - ¿Para qué le pagamos si no se entera de nada? No sabe si estamos en guerra, no sabe dónde está Lafarra...
Este comentario fue muy bien recibido entre los nobles que habían logrado volver por su propio pie a la sala de diplomacia del castillo de Múnich. E incluso Federico de Ñion y Cifuentes reconoció para sí que empezaba a pensar igual que ellos.
- ¿Estás seguro que se trata de "Lafarra", señor Von Balcke? - le preguntó el diplomático, herido en su orgullo.
- Bueno, Lafarra o... una cosa de esas, no sé, ¿qué más da? -Constant hizo una pausa para rascarse la barba, algo que, se crea o no, no le impidió dejar de sonreír-. Pero ahora que lo dice, creo que se trataba de "Navarra"
- ¡JA! -rió el diplomático hacia sus críticos- ¿Ahora quién es el que no sabe geografía, eh?
Ante tal respuesta, la mayoría de los asistentes empezaron a disimular silbando, como si todo aquello no fuera con ellos. Con tanto silbido desafinado junto, resultó raro no se pusiese a llover...
- ¿Puedo seguir con los de Lafarra? - dijo Constant
- Claro que sí, hijo mío. -le dijo comprensivamente el duque- Vamos, que yo te hago caso...

jueves, 7 de enero de 2010

Pesadilla en Abbey Road: Pesadilla

31 de octubre, 1969

Algún momento entre las seis y las once de la mañana.
Pues qué bien.
Sigo sin encontrar la salida.
No sé cuánto tiempo llevo aquí, y sigo sin encontrar la salida. No es que me preocupe especialmente, ya que aún no siento ni hambre ni sed.
Nunca siento hambre ni sed.
Imagino que tiene que ver con que normalmente como y bebo -respectivamente- antes de que eso suceda.
En realidad, todo esto es porque imagino demasiadas cosas. Mi madre cree que me drogo, pero no tiene nada que ver con eso.
Imagino que no, vamos.

Más tarde.
Me he despertado en el suelo, así que deduzco que también he dormido allí. Al lado de mi cabeza había una bandeja con un plato de ensalada de pasta y una nota.
Mi carcelero sabe lo que me gusta.
La nota dice:

“He ido a comprar al centro.
Un beso;
tu mamá, que te quiere.”

Mi carcelero es un poco moñas.
Mi carcelero se ha olvidado de darme algo para beber.
Tengo sed.

Aún más tarde.
Trato de entender qué relación tiene la realización de una tarea cotidiana para el mantenimiento del hogar con la expresión de un sentimiento de amor maternofilial. La nota carece de coherencia, o, en el peor de los casos, la tiene, pero no logro comprenderla, lo cual inserta momentáneamente en mi mundo algo que no entiendo, y que no puedo, por ende, dominar. Independientemente de lo que pretendiese conseguir con esa nota mi progenitora, está claro que es el inicio del caos.
Un mundo sin coherencia es impredecible, y con coherencias que no pueda comprender, también. Por lo cual, dejo de tener idea alguna sobre qué me depara el futuro a corto plazo. Nada de lo que concibiese con anterioridad sirve ahora, ya que las normas de coherencia por las que se regía mi pequeño pero organizado mundo ya no valen.
Ahora trataré de escapar por última vez de esta prisión, y alzarme con la victoria en plena libertad... o moriré en el intento. Éstas pueden ser las últimas anotaciones de mi diario, un diario que dejo a una edad aún demasiado temprana...

Ese mismo día, un poquito más tarde.
Soy libre. Por lo visto, la autora de mis días no tenía en cuenta mi ingenio.
El pomo iba hacia el otro lado.
Ahora me dispongo a coger este diario e ir anotando en él los pasos de mi huida del refugio materno hacia lo desconocido, y dar así constancia de mi gesta.
Tengo sed...

Algún momento anterior a la caída del sol.
El hueco de la escalera: llegar hasta aquí ha sido un infierno. Al salir de mi celda me he dado cuenta de que las baldosas no han sido diseñadas teniendo en cuenta la anchura del pasillo, y por tanto debemos utilizar una fracción de baldosa para el lado izquierdo. Idea de tan baja ralea sólo ha podido ser de una mente malvada que quiere impedirme la huida.
Ignoro qué peligros me esperan en el piso de abajo, pero oigo risas de niños pequeños.
Creo que bajaré las escaleras con cuidado e intentaré beber algo en la cocina, e iré anotando lo que crea importante.
Allá voy...

Más tarde.
Temor.
La cocina ha sido invadida por un enjambre de pequeños humanoides vestidos de verde que usan curiosas máquinas taladradoras de tela.
Si quiero llegar hasta la nevera, tendré que deslizarme sigilosamente sobre las baldosas.
Puedo hacerlo, pero hasta ellos se darían cuenta de que la nevera se abre.
La única opción es que me haga pasar por uno de ellos, y así poder apoderarme del brebaje mágico.

La caída del sol.
Escribo estas líneas mientras hago un alto en el camino.
Cautiverio.
Al parecer, ya me estaban esperando y, por orden de mi captora, habían de llevarme con ellos a una peculiar marcha alrededor del vecindario.
Las máquinas que había observado son, en realidad, máquinas de coser que han utilizado para componer ingeniosos disfraces con los que ocultar sus intenciones.
El que parece su líder está repartiendo los frutos de la incursión en una de las casas: parecen caramelos.
Me obligan a continuar; al menos pude beber algo de agua antes de salir.

Medianoche.
El horror y la incertidumbre son plurales. El mundo ha perdido la poca coherencia que aún le restaba. Soy incapaz de determinar el momento exacto en el que eso sucedió, pero creo que fue cuando accedí a combatir en una batalla campal.
Llevábamos un buen rato caminando cuando, de pronto nos encontramos en la verja de la casa del viejo Shaftoe, y el fantasma del abatimiento pareció caer sobre mis secuestradores. Aproveché la ocasión para intentar escaparme, pero el líder -que se hace llamar John- arengó a sus adláteres para continuar hacia el porche.
Según parece, el viejo tenía fama de no darle caramelos a nadie, pero de recompensar la falta de éstos con patadas y maldiciones.
Íbamos por la mitad del sendero de gravilla cuando salieron unos cuantos interfectos que pude reconocer como la versión pequeñita de Drácula, Frankenstein, la Momia, el Hombre Lobo y una sábana agujereada.
Mis amigos impuestos -un duendecillo, el Fantasma de la Ópera, el doctor Jekyll, el Hombre Invisible y John- los reconocieron.
Con pesar, a juzgar por sus rostros.
Durante los inciertos instantes que siguieron, logré convencerlos de que me liberasen.
Pero primero debía ayudarlos a vengarse.
No me explicaron de qué.
Antes de que me quisiera dar cuenta, John había levantado el brazo retrasando el momento en el cual nuestros destinos se habrían fundido de forma irremediable.
En mi memoria, sólo recuerdo con cierta nitidez el comenzamiento de la carga y cuando, entre una confusión de cristales rotos, pequeños humanoides y seres monstruosos combatiendo, me di cuenta de que se me había ido la cabeza.
Lo que ocurrió entre ambos instantes está borroso.
Cuando vino la policía, cuatro brazos rotos más tarde, todos habíamos salido huyendo por piernas. Por mi parte, encontré en esa ocasión la oportunidad de huir, y la exploté. Corrí hasta desprenderme de la incoherencia del mundo que me rodeaba, pero era inútil: aún me rodeaba.
Resumido en pocas líneas; acabé encaramándome a la escalera cochambrosa de una casa del árbol en el jardín de unos vecinos. Luego decidí subir y, tras un breve forcejeo, eché a otra sábana agujereada (¿pariente de la otra?), que decidió darse a la fuga tras llamarme monstruo en repetidas ocasiones.
Desde aquí puedo dar cuenta del paso del tiempo mientras pienso cuál será mi próximo movimiento.

1:29
Adherido a la muñeca como si fuera una esposa, tengo un reloj. Si lo hubiese descubierto con anterioridad, hubiera prescindido de todas esas ridículas y vagamente concretas expresiones de orden cronológico.
Estoy en un banco. Por qué: lo ignoro.
El viento forma remolinos de hojas calle arriba. O abajo. O adónde quiera que vayan las hojas en una maldita calle sin desniveles.
Un grupo de cíngaros ha iniciado una tonada con el violín y las palmas. Algunos cantan.
Debo salir de aquí.

2:03
El centro comercial: cualquiera diría que debería estar cerrado.
Mentes inocentes que siguieron a los caudillos más demoníacos.
Anduve cerca de media hora en una extraña procesión de entes cadavéricos, máscaras de látex y más sábanas siniestramente agujereadas. En algún momento se unieron también las calabazas.
Éstas me sonreían tétricamente en lo que parecía, de lejos, el aleteo de decenas de pequeños fénix inconscientes de la oscuridad de su alrededor.
Fue entonces cuando comenzó a oírse la más solemne de las composiciones que una mente humana pueda imaginar, siquiera intuir, desde aquel momento hasta la eternidad. Determinar su origen, en medio del éxtasis que producía, era imposible; pero pronto, cada uno de los integrantes de la siniestra marcha -hacia la nada- se unieron tarareando o -los más cultos de entre ellos- entonando unas palabras en alemán que parecían tener guardadas para ese momento.
Decidí unirme a la marcha, fueran donde fueran, para lo que fueran o por qué. Entre ellos estaba John, quien, sin darme tiempo a reaccionar, me comentó, en voz bajita y para no entorpecer el crescendo de la tonada, que se trataba del Coro de los Peregrinos, de Tannhäuser.
Así que no fue un ángel -ni un demonio- quien compuso aquello. Fue Wagner, con sus manos y su humana mente, y la coherencia volvió a reinar en mi mundo.
Perdió un poco al llegar al final de nuestra peregrinación, cuando, algunos acordes aún en el aire, se lanzaron contra una oferta especial de la noche de Halloween.
Un 50%. Ni Wagner puede competir contra ello.

4:24
Se han ido todos. Siento la presencia de extrañas figuras vestidas a la última que me espían desde detrás de los escaparates.
Parecen estar muertas, pero su espina dorsal aún las aguanta en pie. Evidentemente esperan el momento idóneo para atacar.
No puedo dormirme...

6:50
Me ha despertado un guardia de seguridad en el suelo, así que deduzco que también he dormido ahí.

Invierno

El frío llega a Mallorca de forma abrupta a mediados de octubre. Una madrugada, mientras yaces tranquilamente en tu cama, te das cuenta de que la fina sábana que te cubre de repente es insuficiente, pero inexplicablemente no consigues asociar eso al concepto de frío. Tras unas cuantas noches seguidas, decides que el frío ya está aquí y que es hora de buscarse una manta en condiciones.
Y sin embargo, ¡hace tanto calor a veces! El invierno, ese segador implacable de los conciertos de Vivaldi, se acerca -primer movimiento- y hace su aparición con todo el poder del que la naturaleza es capaz de dotarle.
El mar regula las temperaturas, dicen. En Palma no nieva. Las contadas ocasiones en las que la ciudad se ha cubierto de un manto blanco son relatadas a los niños como historias lejanas de una época fría y pobre, lejos de los televisores y consolas actuales. En cambio, el invierno mallorquín es duro por la inaguantable humedad del ambiente.
Decían los antiguos que el invierno del lejano norte se veía, pero era fácil no sentirlo. Aquí, sin embargo, el frío se sentía pero permanecía oculto.
Una referencia más cercana dice que entrar en Mallorca es como ponerte una esponja mojada en la cara.
En cualquier caso, llegados a enero uno nunca sabe si tiene calor o es que en realidad hace calor, de forma que el único recuerdo de la estación son las lluvias continuas.
Y así, sentado en la habitación de su cuarto, Daniel escucha las gotas de lluvia batir de forma monótona sus cristales -segundo movimiento. El frío invierno fácilmente domeñado hasta convertirse en una mera molestia, como quien pisa las deposiciones de un perro por la calle. Y aún así lo soportamos, porque tiene ese deje que, por poético, enardece el corazón y el pensamiento y nos vuelca a cosas líricas y estéticas, envueltos en nuestros pensamientos así como en nuestras bufandas, mientras caminamos -solos o acompañados- por la calle, y los árboles pierden las pocas hojas que habían sobrevivido al otoño a merced del viento que sopla desde Tramuntana -tercer movimiento.
Así que Daniel continúa pensando en la gente arremolinada en las aceras: en rigor, si soportamos el invierno es porque no nos queda otra.

domingo, 3 de enero de 2010

Pesadilla en Abbey Road; Las fantásticas aventuras del mundo de Tommy Toole, IV: Vísperas de Carnaval

Emoción contenida. Tommy Toole llevaba toda la clase -la última clase del día-tomando apuntes, cosa que le convenía si tenía en cuenta que su profesor de filosofía no hacía más que saltar al cuello de los filósofos que tenía que explicar, y por tanto obtener una versión objetiva del pensamiento de cada uno de ellos era cuanto menos difícil.

- Y por eso se abrazó a un caballo, porque nadie más lo soportaba.

De forma que ocasionalmente hacía algún comentario no plagado de envidia, que no revelaba alguna oscura anécdota de alguno de ellos, y era interesante apuntarlo antes de que se volviese a perder por los cerros de Úbeda del ostracismo intelectual.

En algún instante posterior a que los reconociese a todos como una pandilla de untermenschen, sonó el timbre.

Así que salieron a los pasillos del instituto como el ganado que pasta en el campo que se extendía alrededor de la ex-casa del tal Oliver, que no en vano al día siguiente era la macrofiesta de Carnaval, y todos hacían planes para acicalar los últimos detalles de sus disfraces o actuaciones. Y Tommy también, por primera vez en su vida.


Al llegar a su casa, Dave estaba esperando en su cuarto -no había osado tomar asiento por temor a parecer tremendamente descortés- observando los libros de la estantería.

-La Trilogía del Elfo Oscuro, ¿eh? Je... no me suena, ¿no será narrativa romántica? ¿Algún poema épico de grandes dimensiones que ha pasado desapercibido al mundo durante siglos?

-R. A. Salvatore. Es... err... narrativa post-Tolkien.

-Suena interesante... Sí... La cuestión es que creo que hay un terrible error.

Dave tenía la cara desencajada por la vergüenza, y se notaba que había estado ensayando la mejor forma de dar la mala noticia ante uno de los antiguos espejos de su casa.

-Tranquilízate, David. ¿Qué sucede?

-Es sobre... el primo de John.

-¿De... quién?

-John, el tipo que me ayudó con el armero -siempre es útil saber cómo se llama un compañero de matanza.

-Y... ¿qué sucede?

-Su primo... no tiene trajes renacentistas. Son de jacobino (el burgués, no el monje) y el más antiguo es de puritano inglés del siglo XVII...

Dave lo miró con asombro.

-No se puede empuñar un trabuco del XVI llevando vestimentas del XVII o incluso XVIII, es un grave anacronismo.

-Dave, debo matar a doscientas personas mañana por la tarde. No me vengas con chiquilladas.

-Como desees... pero quizá necesitemos balas -más caras de asombro-. Sí... se me ha ocurrido que... en fin, las balas que necesitan esas armas no las tenemos.

-No las tenemos.

-Ahá.

-¿Y tenemos formas de conseguirlas?

-Eh... bueno. La mayoría de trabucos de la época podían funcionar con astillas y pedazos de cerámica -la cara de Tommy se contrae en un rictus agónico-. Pero creo que podríamos conseguir bolas de plomo del diámetro adecuado en alguna ferretería... Con el presupuesto adecuado, claro.

-¿Quieres que le pida a mi madre unos cuantos dólares para comprar balas, Dave?

Eso no hizo nada por aliviar la situación de tensión, y Dave, tímido y educado Dave, no supo cómo tomarse el comentario, lo que llevó, por supuesto, a la elección de la vía más errónea de tomarse el comentario:

-¡Eso estaría genial, Tommy!

viernes, 1 de enero de 2010

El Centurión no tiene quien le escriba: Baviera; esa panda frikis, VIII

Kgw

El duque Ernest intentó empezar la conversación, en vista que nadie empezaba.
- A ver, Constantinín, hijo mio... ¿Podrías contarnos algo más de tu viaje?
- Como no, señor duque. ¿Sabía usted que en Castilla hay un sitio que se llama la Laguna negra? Es como el Bosque negro, pero con agua en vez de con árboles. Y luego hay...
- Es impresionante, hijo... -terció en ese momento el Obispo de Múnich.
- ... Pero queremos que nos cuentes otra cosa -continuó Federico.
- ¿Estamos en guerra con Castilla o no? -saltó un noble que pensaba en descolgarse por la ventana, al ver que el atasco en la puerta era insalvable. Sin embargo, antes de dar ese paso, quería asegurarse de que era la menos mala de las soluciones.
- ¿Eh? ¿Guerra? ¿Guerra por qué? -se sorprendió Constant.
- Eso queremos saber nosotros -dijo Federico-. Vamos a ver, ¿exactamente, tú qué hiciste en Castilla?
En la sala de estado fue unánime el grito "¡Eso, eso!" , al que pronto le siguió "¿Quién rayos le manda a ese idiota cabrear a los castellanos, con la mala leche que tienen?" y gritos similares. Incluso los nobles que todavía se encontraban atascados en la puerta, intentando salir se volvieron un instante hacia el bávaro viajero para mostrarle su enfado, los puños, y hasta algún cuchillo tocinero, seguramente con perversas intenciones.
Sin embargo, Constant Von Balcke, una vez más, no se sintió afectado en lo más mínimo. Así que volvió a sonreír (si es que en algún momento había dejado de hacerlo) y respondió:
- ¿Que qué hice? Pues caminé mucho, subí a montañas llenas de nieve, bajé por ellas... Luego llegué a Madrid, me dijeron que la capital de Castilla estaba en Toledo, me fui a Toledo, ¡y me dijeron que me había vuelto a equivocar! Que la capital era Madrid. Creo que tendrían que poner más carteles, porque, la verdad, tanto viaje marea mucho. ¿No les parece? -preguntó a la sala. La sala no se dignó responderle, ya que al ser un elemento inanimado, no tenía la capacidad de hablar. Pero para evitar que Constant se perdiera entre sus recuerdos, el duque Ernest tuvo que pedirle que continuara el relato.
- Bueno, pues volví a Madrid y me fui al palacio. Fue fácil, porque no había casi nada más en la villa. Pero me han dicho que en un par de años, o un siglo como mucho empezarán a construir edificios, plazas, calles y todo lo demás.
- Sí, ya, de acuerdo. ¿Pero qué pasa con el rey de Castilla? -metió prisa Federico.
- Estaba a punto de contárselo, don Federico. Cuando llego al palacio, me presenté al chambelán mayor, pasé a la sala del trono, dije que era un enviado de Baviera y...
Al decir esas palabras, el viajero tuvo que detener su relato, puesto que los nobles atrapados en el atasco de la puerta redoblaban sus esfuerzos por salir. Ahora ya estaba claro que los castellanos sabían de dónde había salido Constant, y por tanto, sabían dónde encontrarles. Algunos otros se decidieron definitivamente por el método, más rápido, de tirarse por la ventana, esperando no lastimarse demasiado, o sin esperar nada más que un fin veloz; entre ellos, el mismo que había interpelado a Von Balcke unos minutos antes. Cuando el resto de miembros del consejo de Estado pensaban en si optar por la solución rápida o la lenta, el barbudo bávaro viajero volvió a hablar.
-...Y lo siento, don Federico, pero no pude cumplir su misión.
-¿Cómo? -preguntó el aludido.
- Que no pude conseguir que el rey de Castilla me diera fuego.
- Valiente tontería -dijo el conde de Chisburguer en voz baja- ¿No se le podía haber ocurrido otra cosa?
- ¿Y yo cómo iba a pensar que ese idiota se iría de verdad a Castilla a pedirle fuego? -respondió Federico- ¿Y dónde están los salteadores de caminos? Mucho quejarse la inseguridad en los caminos, pero cuando se busca a unos bandoleros como Dios manda, nunca aparecen... Un momento... ¿cómo has dicho?
- Que el rey de Castilla no me dio fuego. Dijo que estaba muy ocupado, mandó que me dieran un globo y un "sugus" y me dijo que volviera más tarde. Así que decidí volver a informarle, don Federico.
El silencio se hizo de nuevo, y uno de los nobles se fue a avisar a todos los nobles que todavía estaban bajando por la escalera para que volvieran. Otro hizo el gesto de llamar a los que habían salido por la ventana, pero ya era demasiado tarde para aquellos.

Desayuno en 2010

Acabo de ver una felicitación navideña que pone "Felis 2000000010", así que, eso. Felices todos.