Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

jueves, 21 de enero de 2010

Colgad, por favor, colgad

El tiempo, que es sin duda uno de los pocos fenómenos que la raza humana no ha podido subyugar todavía, no terminaba de decidir de qué color quería pintar el cielo esa mañana.
En ese mismo momento, en una de las calles de La Ciudad, un hombre de aspecto preocupado transitaba la misma acera una y otra vez. Pese a que sudaba copiosamente debido al calor, un paraguas negro reposaba bajo su brazo. Nadie prestaba atención al curioso personaje. Era como una sombra más, uno de los muchos decorados en los que la gente no se fija porque siempre han estado ahí. Jack, puesto que éste el nombre del extraño hombre, era considerado un loco por la gente de La Ciudad, que a partir de ahora llamaremos Londres.
No la clase de loco que puebla los diferentes distritos de la ciudad de Chicago y se dedica, incesantemente, a asustar a los turistas novatos con la velocidad de la silla de ruedas en la que viaja; tampoco el representativo desequilibrado mental, encerrado en alguna suerte de centro psiquiátrico porque una sociedad irracional considera su comportamiento inaceptable. Jack estaba loco porque era excesivamente cuerdo.
Cada mañana, al salir de casa para dar su paseo matutino, cogía su paraguas sin escuchar el parte meteorológico o quizá dedicar una simple mirada al cielo. En alguna parte de su cerebro tenía grabada una inscripción que dictaba: no me gusta mojarme. Y la mejor forma de evitarlo era llevar siempre un paraguas encima. No podía comprender por qué los otros transeúntes se extrañaban con según qué actitudes, consideradas extremadamente adecuadas y corrientes por él.
Esta vez su mente estaba ocupada por otras líneas de pensamiento, muy distantes de las que circulaban por los cerebros inactivos de los otros miembros de la raza humana. Él estaba siendo acosado por la preocupación. No una preocupación banal e intrascendente, sino una de carácter crucial y relevante: estaba experimentando odio. Era la primera vez que sentía esa sensación en concreto, así que la ya nombrada preocupación se mezclaba con la inquietud y la excitación. Quizá hubiera sido el influjo que ejerció sobre él aquel cielo de color indefinido, quizá la realidad hubiera elegido ese momento para manifestarse, o quizá simplemente algún extraño ente superior había decidido que las cosas fueran así, pero, al fin y al cabo, la verdad es que Jack debía replantearse de nuevo el sentido de su vida.
Hasta ese momento jamás encontró ningún tipo de problema derivado del acto de existir. Él se ceñía a su rutina, sin dedicar ningún tipo de interés especial a las demás personas: por la mañana, paseaba; disfrutaba del paisaje y del aire fresco. Al mediodía almorzaba y posteriormente se dirigía al trabajo. No le entusiasmaba demasiado, era el gerente de una sucursal bancaria bastante trivial, pero aún así estaba acostumbrado a sacar provecho del dinero ajeno. Después de cumplir con sus quehaceres volvía a su casa. Tomaba un whisky, leía exactamente treinta minutos y luego se acostaba. No estaba casado y no le importaba, no se sentía solo.
Ahora nada de eso tenía sentido, no con el odio deslizándose de un lado a otro de su corazón. No podía seguir errando por las calles mientras veía como la muchedumbre arrollaba a las pobres ancianitas indefensas; mientras los jóvenes analfabetos incitaban a delicadas muchachas a entrar en sus respectivos coches, durante las intempestivas horas de la noche; mientras el gentío desconsiderado actuaba, de forma consecuente con su modo de ser, contra toda alma despistada que pudiera encontrar; mientras que él mismo, muy distante de intervenir a favor de los vilipendiados, se limitaba a deambular de una esquina a otra, con su paraguas bajo el brazo y las gotas de sudor lagrimando por su frente.
El odio, antes sólo dirigido a los demás individuos, empezaba a volverse contra él mismo. Era desconcertante. Medio siglo de ignorancia destruido en una apenas unas cuantas horas, y ni siquiera conocía el porqué. Jack resolvió intentar reparar el daño que había causado. Debía intentar corregir la sociedad fuera como fuera.
Puesto que se trataba un hombre muy metódico, decidió que lo mejor sería empezar por el principio. Es decir, por él mismo; por su banco.
Nuestro personaje no era una mente brillante, pero durante su juventud había asistido a varias clases obligatorias, y durante su madurez había sido instruido por la escuela de la vida. Cumplió con sus obligaciones laborales y, al término de la jornada, le pidió a una joven empleada que esperara diez minutos antes de marcharse, alegando una charla sobre un posible aumento de sueldo. A los veinte minutos, cuando Jack se aseguró de que los demás trabajadores habían abandonado la oficina, se dirigió sin contemplaciones a la impaciente muchacha y la asesinó brutalmente, clavándole repetidas veces un cuchillo –sacado previamente del cajón de su escritorio- en el vientre. Luego, sin inmutarse lo más mínimo, escribió con la sangre del cadáver una inscripción en la pared de su propio edificio: “Si no os sabéis comportar por vosotros mismos, yo os castigaré hasta que aprendáis.”
La pobre chica había sido una víctima casi circunstancial. En realidad, él la había elegido porque estaba a su abasto, y al fin y al cabo, todo el mundo es culpable de algo. La cuestión es que su muerte serviría de ejemplo. Esa noche Jack tomó doble ración de whisky, leyó sólo veinte minutos y se fue a dormir satisfecho. Cuando, a la mañana siguiente, le despertó una mano golpeando su puerta, tuvo la sensación de que había apenas habían pasado cinco minutos. Se levantó, completamente fresco y con renovadas energías, y abrió. Se trataba de la policía: una mujer había sido asesinada en la oficina donde trabajaba.
Lo sometieron a un duro interrogatorio que le pareció casi divertido. Mintió con jovialidad a todas las preguntas que podían implicarle y asintió con gravedad cuando le agradecieron el tiempo prestado. Despidió amablemente a los agentes de la ley, que abandonaron el edificio pensando que todos los ciudadanos debieran ser como Jack: cordiales, temerosos de la autoridad y, por encima de todo, cooperativos.
Después de la visita sorpresa, nuestro homicida justiciero abandonó su rutina y caminó hasta la sucursal. Se había armado un gran revuelo. Los policías habían acordonado el recinto y los trabajadores estaban muy alborotados; la mayoría no sabía con certeza qué había pasado. Jack, alzando la voz, les transmitió las noticias que, pocas horas atrás, le habían comunicado a él. Luego, después de acercarse a una cabina para llamar a la central londinense a la que su banco estaba subordinada, anunció a los empleados que disponían todos de quince días de vacaciones, hasta que se aclarase el asunto. Estos, cuando lograron reprimir sus llantos y tranquilizar sus almas, agradecieron la comprensión a su superior y se movilizaron, la mayoría abatidos, hacia sus respectivas casas.
Jack estaba orgulloso. La gente no comprendía la mayoría de palabras o ideas, pero sí los hechos. Contento con los resultados, resolvió repetir esa misma noche; esta vez lejos de las calles que frecuentaba, no fuera que los agentes de la ley decidieran ser eficientes por una vez.
Se decidió por uno de los barrios marginales y pobres situados al oeste de la ciudad. Ya entrada la noche, deambuló por el sucio pavimento hasta que dio con la persona que buscaba: una mujer de alterne, una prostituta, una acechona o, como a él le gustaba llamarla, una puta. La mujer, ligera de ropa pese al frío nocturno, sonrió al ver a Jack. Éste aumentó el paso hasta llegar a su lado, y rápidamente le expresó el deseo de contratar sus servicios. Siendo ambos los únicos compañeros de una noche profundamente oscura, no fue muy difícil para nuestro personaje convencer a la joven, mediante una sustanciosa suma, de dirigirse juntos hacia un apartado callejón donde gozar de unos minutos de placer. Una vez allí, sacó a relucir su cuchillo y rajó la garganta a la señorita antes de que pudiera proferir ninguna clase de grito. Luego, con mano ya experta debido a la práctica, aplicó su característico sello al vientre del cuerpo que yacía sin vida a sus pies. Finalmente, dedicó cinco minutos a formular una frase original y repitió el mismo proceso que había llevado a cabo la noche pasada con la empleada: bañó su dedo repetidamente en el estómago de la mujer y escribió en la pared: El dolor ayuda a grabar lecciones importantes en la memoria.
Volvió a casa dando un pequeño paseo, tomó tres copas de whisky y apenas leyó diez minutos. Apagó la vela y trató de dormir, pero la excitación le mantuvo insomne toda la noche, o lo que quedaba de ella. Ya levantado el sol, creyó oír tres golpes sordos provenientes del rellano de la escalera. Se levantó, se vistió con prisas y abrió. No había nadie. Quizás no habían descubierto el cadáver todavía. Sin molestarse en desvestirse de nuevo, se tumbó en la cama y durmió, a intervalos, varias horas. Cuando hubo descansado lo que él considero suficiente y tomado un pequeño refrigerio, salió a comprar el periódico, no sin antes recoger su paraguas. El titular clamaba: “Otra misteriosa joven muere a manos de un implacable asesino. Aparecen extrañas inscripciones en el lugar del crimen”. Jack, más que satisfecho con el resultado, empezó a planear su futura actuación. Parecía que estaba ayudando a la comunidad, así que era su obligación continuar.
Guardó el periódico bajo el brazo libre y volvió a subir las escaleras que conducían a su casa. Allí se sentó en una silla, y mirando por una de las ventanas que daban a calle, empezó a cavilar. A los diez minutos ya tenía el próximo objetivo decidido: una inocente niña. Luego discurrió sobre cómo podía hacerse con una. No era viable acercarse a los barrios pobres y comprarla, aunque los padres valoraban más el mobiliario que las descendientes. Aún disfrazado era factible ser reconocido por alguien, puesto que no pasaba precisamente desapercibido en la ciudad. La opción de vagar durante la noche por las calles en busca de alguna rezagada estaba descartada; todo el mundo sabía que había cosas muchos peores que Jack. Así pues, sólo le quedaba la seducción.
Una vez detallados los pormenores, nuestro héroe redentor se levantó de la silla y salió a la calle otra vez. Pasó por una pastelería y compró unos cuantos dulces; realmente parecían deliciosos. Jack creía que todo ser humano tenía su precio, y el de los críos no solía ser demasiado elevado. Deshizo el camino, se cambió de ropa y envolvió los dulces junto con una barba y bigote postizos. Esta vez no se dirigió a los barrios más alejados, sino que caminó convencido hasta los suburbios situados cerca de la orilla del Támesis. Una vez se hubo alejado a una distancia prudencial de lo que habitualmente llamaba hogar, buscó un rincón apartado y se cubrió la cara con el vello sintético. Se acercaba la hora de la verdad, así que concluyó la caminata sentándose en el banco de un parque, decidido a esperar el ocaso observando cómo jugaban y se ensuciaban los herederos de las más ricas familias londinenses.
Poco a poco los chavales fueron disipándose, hasta que sólo quedaron los caprichosos que no hacían caso a sus madres cuando los llamaban a cenar. Entonces Jack entró en acción. Se acercó cautelosamente a una solitaria muchacha, que agotaba la luz del sol haciendo castillos en el banco de arena, y le preguntó si quería uno de los dulces que él portaba en la bolsa. Ésta le miró, primero con desconfianza y luego con avidez, y alargó la mano mientras murmuraba un apenas audible sí. Escogió un pastelito de crema y lo mordisqueó lentamente, demostrando ya desde la más tierna infancia el linaje que ostentaba, siendo sólo traicionada por sus ojos, que no podían evitar brillar mientras contemplaban el resto de manjares. Jack le preguntó si quería otro y ella respondió que sí con muchísimo más aplomo. –Primero tendrás que decirme cómo te llamas-, le dijo él con una sonrisa en el rostro. –Me llamo Anne- respondió la chica, educada. –Ven conmigo, Anne, te llevaré a un lugar donde podrás encontrar tantos como quieras-. La chica dio la mano a Jack y ambos desfilaron juntos, prácticamente como abuelo y nieta, a un lugar de donde sólo uno iba a volver.
Después de cinco minutos de paseo, el barbudo disfrazado y la inconsciente jovencita llegaron a un callejón demasiado apartado. Se notaba la calidad del lugar, puesto que incluso en rincón había menos polvo que en la mayoría de calles comerciales, ya ni hablar de las pobres. Para terminar con el episodio, Jack dejó caer las chucherías al suelo, y, ante la mirada incrédula de la niña, desenvainó su arma blanca. Cuando ella quiso reaccionar, un enorme cuchillo ya hendía el aire y un brutal tajo le dejaba la cabeza casi separada de los hombros. El homicida, mediante una precisión digna de un carnicero, y posiblemente debido a la costumbre, asestó varios golpes al estómago del cuerpo que había perdido la vida prematuramente. Como no podía ser de otra forma, se empapó de la sangre fresca y pintó la rutinaria frase: “Anne no era una buena chica. Prácticamente nadie lo es. Redimid vuestras culpas o sólo encontraréis la muerte.”
Jack volvió corriendo a casa, ligeramente perturbado. Casi se sentía mal, pero a las pocas cosas la sensación se disiparía. Lo primero que hizo al llegar fue terminarse la botella de whisky, e inmediatamente después encendió la chimenea, donde quemó el disfraz y el resto de golosinas. Una vez se sintió a salvo, se desvistió y se metió en la cama, logrando conciliar el sueño al cabo de unos pocos minutos.
Se despertó intranquilo a la mañana siguiente, y tardó unos segundos en recordar los hechos transcurridos durante el pasado día. Se levantó, desayunó, se vistió y salió a por el periódico, como ya había hecho el día anterior. Al leer el titular, tuvo que reprimir una sonrisa de satisfacción. “El Destripador se cobra una nueva víctima”. Los detalles también eran muy interesantes. “Hoy por la mañana, un grupo de ciudadanos han encontrado el cadáver de la joven Anne Gallagher, heredera de una de las familias más ricas de todo Londres, mutilado en un solitario callejón”. El artículo también citaba la frase que habían hallado y toda una serie de conjeturas sobre la identidad del posible asesino. No se acercaban para nada a la verdad.
Orgulloso y contento con su trabajo, Jack creyó conveniente tomarse un período de descanso antes de seguir con su tarea de reformar la sociedad. Empezó por relajarse; los últimos tres días habían estado a rebosar de emociones fuertes, así que dedicó jornada siguiente al descanso absoluto. Nunca jamás había dormido tan plácidamente como durante esas veinticuatro horas. Al término de este período, decidió reanudar su rutina con un paseo, pero un hecho inesperado quebró su creciente felicidad.
Como ya adelantaba, Jack bailó hasta la calle. Se sentía profundamente realizado y el odio casi había remitido por completo. Quizá ya le faltara poca penitencia por cumplir. Pese a que hacía un día soleado, de golpe unas nubes negras se arremolinaron por encima de la ciudad y descargaron una repentina lluvia sobre las cabezas de los transeúntes. Jack sólo tuvo que abrir su paraguas mientras disfrutaba de ver mojarse a los demás. Todo parecía perfecto.
Se acercó a un muchacho y le compró el periódico por unos pocos peniques. Quizás hubiera noticias frescas sobre sus hazañas. Sin embargo, lo que vio le desfiguró el rostro por completo: “El famoso asesino en serie es por fin capturado”. No se paró a leer nada más. Algún hijo de la gran puta, puesto que no había otra forma de llamarlo, pretendía aprovecharse de su actuación. Era completamente inconcebible. Sin perder ni un solo instante, se dirigió a su morada y recogió todo cuanto podía implicarlo: el cuchillo, la ropa manchada de sangre, un pañuelo, perteneciente a la prostituta, el cual tomó por accidente. Lo embaló con prisas y se propulsó hacia la comisaría más cercana.
Irrumpió en ella a gritos, exigiendo a los guardias hablar con su superior. De entre ellos avanzo un tipo alto y fornido que dijo llamarse Thomas King. Apenas era un teniente.
Sin pararse a respirar, Jack le entregó el paquete con los objetos y le confesó todos sus delitos. Explicó detalladamente cómo había llevado a cabo los asesinatos, mientras, por igual, insultaba ferozmente al bandido, sin hallarse éste presente, que pretendía hacerse pasar por él y llevarse el mérito de sus acciones. El oficial, impertérrito ante las vociferaciones de nuestro exaltado homicida, y convencido de la validez de las pruebas que el sujeto presentaba contra sí mismo, mandó arrestarlo.
Desde el primer momento se declaró culpable. Arremetió e insulto, tanto tiempo como duró el juicio, al pobre desgraciado que había intentado suplantarlo. Al final, el juez, no tuvo más remedio que liberar al falso Destripador sin ninguna clase de cargo, puesto que simplemente se trataba de un demente, uno de los que catalogamos como típicos, que instantes después de escaparse del psiquiátrico aprovechando un descuido de sus vigilantes, corrió por las calles proclamando a los cuatro vientos su falsa identidad. Para Jack la sentencia no fue tan magnánima: le condenaron a colgar de la horca hasta morir.
El hombre estuvo seguro de la rectitud de sus acciones hasta el mismísimo momento de su muerte. Cuando el verdugo le colocó la soga en el cuello y le preguntó si quería proferir unas últimas palabras, nuestro futuro espíritu habló, delante de los familiares de las víctimas de sus crímenes.
- Damas, caballeros, puede que ustedes ahora me odien e incluso se alegren de mi próxima muerte, pero dentro de unos años, cuando la humanidad esté ya perdida y nadie pueda hacer nada para remediarlo, desearán haber continuado lo que yo nunca pude terminar.
Una vez hubo pronunciado el discurso, el encargado de su ejecución accionó la palanca y el cuerpo de Jack se precipitó al vacío, partiéndose el cuello y muriendo instantáneamente.
Momentos después, los ya nombrados familiares abandonaron el recinto, aliviados al saber que el monstruo que tanto dolor les había comportado no volvería a importunarlos jamás. Todos andaban atareados con sus propios asuntos, pero si alguno de ellos hubiese dedicado una mirada al cielo, hubiera comprobado que éste tenía la misma tonalidad indefinida que el día que todo cambio para Jack.

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