Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

viernes, 1 de enero de 2010

El Centurión no tiene quien le escriba: Baviera; esa panda frikis, VIII

Kgw

El duque Ernest intentó empezar la conversación, en vista que nadie empezaba.
- A ver, Constantinín, hijo mio... ¿Podrías contarnos algo más de tu viaje?
- Como no, señor duque. ¿Sabía usted que en Castilla hay un sitio que se llama la Laguna negra? Es como el Bosque negro, pero con agua en vez de con árboles. Y luego hay...
- Es impresionante, hijo... -terció en ese momento el Obispo de Múnich.
- ... Pero queremos que nos cuentes otra cosa -continuó Federico.
- ¿Estamos en guerra con Castilla o no? -saltó un noble que pensaba en descolgarse por la ventana, al ver que el atasco en la puerta era insalvable. Sin embargo, antes de dar ese paso, quería asegurarse de que era la menos mala de las soluciones.
- ¿Eh? ¿Guerra? ¿Guerra por qué? -se sorprendió Constant.
- Eso queremos saber nosotros -dijo Federico-. Vamos a ver, ¿exactamente, tú qué hiciste en Castilla?
En la sala de estado fue unánime el grito "¡Eso, eso!" , al que pronto le siguió "¿Quién rayos le manda a ese idiota cabrear a los castellanos, con la mala leche que tienen?" y gritos similares. Incluso los nobles que todavía se encontraban atascados en la puerta, intentando salir se volvieron un instante hacia el bávaro viajero para mostrarle su enfado, los puños, y hasta algún cuchillo tocinero, seguramente con perversas intenciones.
Sin embargo, Constant Von Balcke, una vez más, no se sintió afectado en lo más mínimo. Así que volvió a sonreír (si es que en algún momento había dejado de hacerlo) y respondió:
- ¿Que qué hice? Pues caminé mucho, subí a montañas llenas de nieve, bajé por ellas... Luego llegué a Madrid, me dijeron que la capital de Castilla estaba en Toledo, me fui a Toledo, ¡y me dijeron que me había vuelto a equivocar! Que la capital era Madrid. Creo que tendrían que poner más carteles, porque, la verdad, tanto viaje marea mucho. ¿No les parece? -preguntó a la sala. La sala no se dignó responderle, ya que al ser un elemento inanimado, no tenía la capacidad de hablar. Pero para evitar que Constant se perdiera entre sus recuerdos, el duque Ernest tuvo que pedirle que continuara el relato.
- Bueno, pues volví a Madrid y me fui al palacio. Fue fácil, porque no había casi nada más en la villa. Pero me han dicho que en un par de años, o un siglo como mucho empezarán a construir edificios, plazas, calles y todo lo demás.
- Sí, ya, de acuerdo. ¿Pero qué pasa con el rey de Castilla? -metió prisa Federico.
- Estaba a punto de contárselo, don Federico. Cuando llego al palacio, me presenté al chambelán mayor, pasé a la sala del trono, dije que era un enviado de Baviera y...
Al decir esas palabras, el viajero tuvo que detener su relato, puesto que los nobles atrapados en el atasco de la puerta redoblaban sus esfuerzos por salir. Ahora ya estaba claro que los castellanos sabían de dónde había salido Constant, y por tanto, sabían dónde encontrarles. Algunos otros se decidieron definitivamente por el método, más rápido, de tirarse por la ventana, esperando no lastimarse demasiado, o sin esperar nada más que un fin veloz; entre ellos, el mismo que había interpelado a Von Balcke unos minutos antes. Cuando el resto de miembros del consejo de Estado pensaban en si optar por la solución rápida o la lenta, el barbudo bávaro viajero volvió a hablar.
-...Y lo siento, don Federico, pero no pude cumplir su misión.
-¿Cómo? -preguntó el aludido.
- Que no pude conseguir que el rey de Castilla me diera fuego.
- Valiente tontería -dijo el conde de Chisburguer en voz baja- ¿No se le podía haber ocurrido otra cosa?
- ¿Y yo cómo iba a pensar que ese idiota se iría de verdad a Castilla a pedirle fuego? -respondió Federico- ¿Y dónde están los salteadores de caminos? Mucho quejarse la inseguridad en los caminos, pero cuando se busca a unos bandoleros como Dios manda, nunca aparecen... Un momento... ¿cómo has dicho?
- Que el rey de Castilla no me dio fuego. Dijo que estaba muy ocupado, mandó que me dieran un globo y un "sugus" y me dijo que volviera más tarde. Así que decidí volver a informarle, don Federico.
El silencio se hizo de nuevo, y uno de los nobles se fue a avisar a todos los nobles que todavía estaban bajando por la escalera para que volvieran. Otro hizo el gesto de llamar a los que habían salido por la ventana, pero ya era demasiado tarde para aquellos.

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