Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

jueves, 7 de enero de 2010

Invierno

El frío llega a Mallorca de forma abrupta a mediados de octubre. Una madrugada, mientras yaces tranquilamente en tu cama, te das cuenta de que la fina sábana que te cubre de repente es insuficiente, pero inexplicablemente no consigues asociar eso al concepto de frío. Tras unas cuantas noches seguidas, decides que el frío ya está aquí y que es hora de buscarse una manta en condiciones.
Y sin embargo, ¡hace tanto calor a veces! El invierno, ese segador implacable de los conciertos de Vivaldi, se acerca -primer movimiento- y hace su aparición con todo el poder del que la naturaleza es capaz de dotarle.
El mar regula las temperaturas, dicen. En Palma no nieva. Las contadas ocasiones en las que la ciudad se ha cubierto de un manto blanco son relatadas a los niños como historias lejanas de una época fría y pobre, lejos de los televisores y consolas actuales. En cambio, el invierno mallorquín es duro por la inaguantable humedad del ambiente.
Decían los antiguos que el invierno del lejano norte se veía, pero era fácil no sentirlo. Aquí, sin embargo, el frío se sentía pero permanecía oculto.
Una referencia más cercana dice que entrar en Mallorca es como ponerte una esponja mojada en la cara.
En cualquier caso, llegados a enero uno nunca sabe si tiene calor o es que en realidad hace calor, de forma que el único recuerdo de la estación son las lluvias continuas.
Y así, sentado en la habitación de su cuarto, Daniel escucha las gotas de lluvia batir de forma monótona sus cristales -segundo movimiento. El frío invierno fácilmente domeñado hasta convertirse en una mera molestia, como quien pisa las deposiciones de un perro por la calle. Y aún así lo soportamos, porque tiene ese deje que, por poético, enardece el corazón y el pensamiento y nos vuelca a cosas líricas y estéticas, envueltos en nuestros pensamientos así como en nuestras bufandas, mientras caminamos -solos o acompañados- por la calle, y los árboles pierden las pocas hojas que habían sobrevivido al otoño a merced del viento que sopla desde Tramuntana -tercer movimiento.
Así que Daniel continúa pensando en la gente arremolinada en las aceras: en rigor, si soportamos el invierno es porque no nos queda otra.

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