Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

miércoles, 20 de enero de 2010

Pennywise is back, little children (o, Cómo plagiar a Stephen King y quedarse tan pancho)

Las doce solemnes campanadas de la medianoche habían, apenas, acabado de sonar cuando la ciudad se vio abatida por una tormenta enorme. Una tormenta de dimensiones descomunales, de las que hacen época: una tormenta elevada al cubo. La madre de todas las tormentas, vamos, y con perdón de la expresión.

La gente que, ocupada en alguna tarea intempestiva, aún continuaba en la calle, había decidido ponerse a cubierto y llegar a su casa lo antes posible. La gente que, sencillamente, no tenía casa, probablemente no sobreviviese para ver el nuevo día.

En una finca de pisos cerca del centro de la ciudad, el pequeño Tom y sus amigos eran enviados a dormir por los padres del propio Tom, porque, aún a sus nueve años, tenían la costumbre de quedarse despiertos hasta horas bastante tardías en la noche, mientras pasaban la velada contándose relatos de fantasmas o monstruos peludos que anidaban bajo las camas de los niños pequeños que se habían portado mal con sus papás.

Oh, por supuesto que los padres de Tom no veían con buenos ojos estas pequeñas aventuras, pero pronto comprendieron que, con nueve años, poco podían hacerles comprender que no les gustaba: ellos seguían contándose esas historias cuando nadie miraba.

Pero esta noche se había acabado, sin duda. Y era una pena, porque el tiempo acompañaba (tanto que, incluso, Anne, la pequeña y miedosa Anne, había salido corriendo al sonar un trueno), pero los padres de Tom habían sido inflexibles: “¡a dormir!”, habían dicho, con el ceño fruncido y voz grave, fingiendo un enfado que, en el fondo, no era más que nostalgia. Y, por supuesto, antes debían lavarse los dientes.

El agua se arremolinaba en el lavabo, haciendo que, por un momento, no existiese el sonido de la tormenta ni el rugir de los truenos. Que, durante un tiempo, todo fuese blanco como la pasta dentífrica, y que, por tanto, los tres amigos riesen con voces claras mientras se precipitaban hacia su extraña muerte. Y el sentimiento que les colmaba en ese momento era, sencillamente, alegría: alegría porque estaban los tres juntos y eran capaces, creían, de sobrevivir a todo.

Se acostaron. Como todos los niños, no se durmieron de seguida, sino que el silencio inicial dio paso a una larga conversación entre susurros, de las que carecen de sentido si no eres un pequeñajo aburrido, y que, como todas las conversaciones entre susurros, acabó en grandes risotadas apenas disimuladas bajo las sábanas, y pronto alguien se calló y, de repente, todo fue silencio, salvo el constante batir del agua contra los cristales y, al final, se durmieron.

Y la lluvia continuó batiendo los cristales de la habitación, y la gente intentando llegar a sus casas. En algún momento, en alguna parte, comenzó a granizar: tic, tic, tic. Una hora, dos horas...

A la que hacía tres, despertaron. Jack abrió los ojos y contempló la silueta de Anne sentada en la cama, observando curiosamente la puerta que daba al balcón, cuyo cristal estaba siendo golpeado por granizo de forma incesante: tic, tic, tic.

Tom no estaba en la habitación, que ahora se hallaba en la más completa penumbra visual y auditiva, salvo por el golpeteo del granizo. Nadie dijo palabra alguna, ni movió un ápice durante un tiempo, de forma que las cosas quedaron en una calma intranquila, malsana, que parecía profetizar un empeoramiento de las cosas: la tormenta arreciaba.

El granizo rebotaba en el cristal, de forma que cada golpe tenía que ser seco y limpio. Y sin embargo, no todos los golpes eran así. Jack se incorporó, y fue a susurrarle algo a Anne, cuando ella se llevó el dedo lentamente a los labios en una señal universalmente reconocida: silencio; y continuó mirando el vacío negro que encuadraba el cristal. Pronto, Jack lo comprendió: Tom estaba allí de pie, callado, erguido, impasible.

Los segundos se sucedieron, uno tras otro, hasta que llegaron a sesenta, y por tanto no tuvo más sentido contar segundos. Los minutos se deslizaban como las gotas de lluvia por el cristal, y sobre el tintineo del granizo sonaba un rechinar curioso sobre la puerta, como algo que, al chocar, se pasease sobre el vidrio: tic, tic, tic.

La tormenta era ahora lejana, como suena la voz de tu padre o de tu madre cuando te llama de un sueño profundo, con dulzura empalagosa y un eco lejano, onírico, que se repite sin demasiado sentido, y que ahí sigue: había pasado a segundo plano. Granizo y lluvia estaban ahora difuminados, eran ruido, un elemento cuya única función era dificultar la difusión del mensaje.

Tic.

La intensidad de los golpes crecía insistentemente, de forma que cada uno parecía más alejado que el resto. De repente, un relámpago iluminó el cielo, dejando ver un rectángulo poco definido de luz blanca en la pared de la habitación, a Tom, el rostro desencajado de miedo de Anne, y una sonriente y bien parecida figura vestida de payaso al otro lado de la pared, del cristal, de la cordura y, de hecho, de la inocencia.

-Hola, Tom -dijo, alegre, mostrando, en una centésima de segundo, unos dientes afilados y amarillentos, retorcidos y feos. El relámpago dio paso, casi inmediatamente, a un trueno fuerte y arrollador: la tormenta estaba justo encima de ellos.

Y la cámara seguía a oscuras, pero no hacía falta luz para notar que Tom estaba pálido como los muertos. La tormenta seguía su curso implacable, allá fuera. Dentro, la voz alegre y bien entonada del payaso, seguía resonando entre las paredes.

-¿No te alegras de verme? ¿No piensas, siquiera, presentarme a tus amigos? ¿Vas a estar evitándome toda tu vida, a pesar de que te he enseñado secretos e historias que ningún otro crío de tu edad podría conocer nunca?

-Vete, por favor.

La sonrisa del payaso se acentuó.

-¿Cómo, acabo de llegar y ya me echas? Veo que has olvidado tus modales, pero te lo perdonaré si me presentas a tus amigos -los miró, fijamente, de tal forma que ellos sintieron que todo lo que era bueno, puro o alegre en el mundo se convertía en una sucesión de imágenes macabras, sinsentidos y crueldades innecesarias.

-Vete -aquí el payaso echó una risotada fría y aguda que hubiese alertado a todo el vecindario, de no ser porque, al parecer, hoy estaban todos ausentes. Muertos, quizá.

-No voy a irme, Tom, porque sé que en el fondo no quieres que me vaya, que lo que sientes es vergüenza, que...

-He dicho: fuera -dijo finalmente, de forma convencida y autoritaria que sorprendía en un muchacho de nueve, casi diez, años.

La sonrisa del payaso se torció. No se le vio físicamente, pero algo en la situación, en el aire, lo anunció así.

-Adiós.

Y el granizo volvió a reinar el ambiente, y los truenos y coches desbocados a sonar en los oídos de los niños. El tic-tac del viejo reloj de cuco del salón les llegó, lejano, como un recordatorio del mundo adulto, que era cálido y que les protegía. Luego, de pronto, tocó las cuatro.

Alguien, probablemente Anne -poco importaba-, dijo lo que todos habían estado pensando:

-Cuando estábamos en el salón, contando historias de... de eso -hizo una pausa para tragar saliva-, el viejo reloj no funcionaba.

Se miraron, con decidida locura, y acordaron ir a ver qué sucedía. Lo hicieron con la mirada, como suelen hacerse estas cosas en situaciones extremas, cuando no importa lo insensato que es echarse a la boca del lobo ya que, de hecho, te has dado cuenta demasiado tarde de que llevabas un buen rato dentro. Jack -el fuerte de Jack- cogió un palo de cricket que había tirado en el suelo de la habitación, y abrió la marcha con Anne pegada a su espalda, y Tom, expectante, mirando de un lado a otro, detrás.

El pasillo se extendía a sus pies, largo y siseante, a oscuras -la luz se había fundido esa misma tarde, y papá no había podido ir a buscar recambios a causa del mal tiempo-, silencioso y tétrico. Al final, en un recodo, brillaba la luz tenue de la sala de estar, que les atraía con su tic-tac llevadero.

Avanzaron un pie, y después el otro, y luego el primero, seguido del segundo, y así, durante unos pocos metros -los que les separaban de la otra punta del pasillo-, mirando a su alrededor y estremeciéndose levemente a cada paso. Los cuadros se sucedían uno tras otro, a su lado, mientras a ninguno se le ocurría dibujarles un bigote bajo la nariz, como, hacía poco, habían bromeado con hacer.

Llegaron a la esquina y tomaron aliento: saltarían gritando y alcanzarían el salón corriendo, ya que, si despertaban a sus mayores (cosa que no les preocupaba en absoluto), al menos tendrían la tranquilidad de ser unos histéricos, unos niños con una gran imaginación. Unos locos, incluso, lo cual era mucho mejor que pensarse cadáveres que, por alguna extraña razón, seguían moviéndose.

Jack fue el primero en gritar, y salió corriendo seguido de Tom.

Cruzaron el umbral, vieron el reloj, y perdieron, de golpe, toda la cordura. Los padres de Tom habían muerto, decapitados. Cada una de sus cabezas se encontraba en el cuerpo de su compañero, con una sonrisa de oreja a oreja pintada de rojo alrededor de la boca y, en el caso de la madre, un gran y tupido bigote dibujado bajo la nariz: el espanto fue tal, que despojó a Tom, durante lo poco que duró su vida, de cualquier atisbo de compasión.

De forma que, cuando se giraron para buscar a Anne y la encontraron en manos del payaso, con la mirada aterrorizada y suplicante, y Jack se echó, palo de cricket en mano, para liberar a su amiga, Tom salió corriendo hacia la ventana.

Atravesó el cristal con su masa, justo cuando se oía una risotada, se sentía una punzada de agonía, y sus dos mejores amigos dejaban de existir.

En su caída, a 9'81 m/s^2, Tom encontró un globo azul que venía hacia él con límpida y tranquila lentitud, mientras parecía no sentir la fuerza del temporal, y durante el instante en que el globo y Tom se encontraban a la misma altura*, pudo leer la leyenda impresa en grandes letras mayúsculas: “TÚ TAMBIÉN FLOTARÁS.”

Luego se partió el cuello contra el pavimento.

*Es decir, cuando la y de Tom era igual a la y del globo.

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