Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

jueves, 7 de enero de 2010

Pesadilla en Abbey Road: Pesadilla

31 de octubre, 1969

Algún momento entre las seis y las once de la mañana.
Pues qué bien.
Sigo sin encontrar la salida.
No sé cuánto tiempo llevo aquí, y sigo sin encontrar la salida. No es que me preocupe especialmente, ya que aún no siento ni hambre ni sed.
Nunca siento hambre ni sed.
Imagino que tiene que ver con que normalmente como y bebo -respectivamente- antes de que eso suceda.
En realidad, todo esto es porque imagino demasiadas cosas. Mi madre cree que me drogo, pero no tiene nada que ver con eso.
Imagino que no, vamos.

Más tarde.
Me he despertado en el suelo, así que deduzco que también he dormido allí. Al lado de mi cabeza había una bandeja con un plato de ensalada de pasta y una nota.
Mi carcelero sabe lo que me gusta.
La nota dice:

“He ido a comprar al centro.
Un beso;
tu mamá, que te quiere.”

Mi carcelero es un poco moñas.
Mi carcelero se ha olvidado de darme algo para beber.
Tengo sed.

Aún más tarde.
Trato de entender qué relación tiene la realización de una tarea cotidiana para el mantenimiento del hogar con la expresión de un sentimiento de amor maternofilial. La nota carece de coherencia, o, en el peor de los casos, la tiene, pero no logro comprenderla, lo cual inserta momentáneamente en mi mundo algo que no entiendo, y que no puedo, por ende, dominar. Independientemente de lo que pretendiese conseguir con esa nota mi progenitora, está claro que es el inicio del caos.
Un mundo sin coherencia es impredecible, y con coherencias que no pueda comprender, también. Por lo cual, dejo de tener idea alguna sobre qué me depara el futuro a corto plazo. Nada de lo que concibiese con anterioridad sirve ahora, ya que las normas de coherencia por las que se regía mi pequeño pero organizado mundo ya no valen.
Ahora trataré de escapar por última vez de esta prisión, y alzarme con la victoria en plena libertad... o moriré en el intento. Éstas pueden ser las últimas anotaciones de mi diario, un diario que dejo a una edad aún demasiado temprana...

Ese mismo día, un poquito más tarde.
Soy libre. Por lo visto, la autora de mis días no tenía en cuenta mi ingenio.
El pomo iba hacia el otro lado.
Ahora me dispongo a coger este diario e ir anotando en él los pasos de mi huida del refugio materno hacia lo desconocido, y dar así constancia de mi gesta.
Tengo sed...

Algún momento anterior a la caída del sol.
El hueco de la escalera: llegar hasta aquí ha sido un infierno. Al salir de mi celda me he dado cuenta de que las baldosas no han sido diseñadas teniendo en cuenta la anchura del pasillo, y por tanto debemos utilizar una fracción de baldosa para el lado izquierdo. Idea de tan baja ralea sólo ha podido ser de una mente malvada que quiere impedirme la huida.
Ignoro qué peligros me esperan en el piso de abajo, pero oigo risas de niños pequeños.
Creo que bajaré las escaleras con cuidado e intentaré beber algo en la cocina, e iré anotando lo que crea importante.
Allá voy...

Más tarde.
Temor.
La cocina ha sido invadida por un enjambre de pequeños humanoides vestidos de verde que usan curiosas máquinas taladradoras de tela.
Si quiero llegar hasta la nevera, tendré que deslizarme sigilosamente sobre las baldosas.
Puedo hacerlo, pero hasta ellos se darían cuenta de que la nevera se abre.
La única opción es que me haga pasar por uno de ellos, y así poder apoderarme del brebaje mágico.

La caída del sol.
Escribo estas líneas mientras hago un alto en el camino.
Cautiverio.
Al parecer, ya me estaban esperando y, por orden de mi captora, habían de llevarme con ellos a una peculiar marcha alrededor del vecindario.
Las máquinas que había observado son, en realidad, máquinas de coser que han utilizado para componer ingeniosos disfraces con los que ocultar sus intenciones.
El que parece su líder está repartiendo los frutos de la incursión en una de las casas: parecen caramelos.
Me obligan a continuar; al menos pude beber algo de agua antes de salir.

Medianoche.
El horror y la incertidumbre son plurales. El mundo ha perdido la poca coherencia que aún le restaba. Soy incapaz de determinar el momento exacto en el que eso sucedió, pero creo que fue cuando accedí a combatir en una batalla campal.
Llevábamos un buen rato caminando cuando, de pronto nos encontramos en la verja de la casa del viejo Shaftoe, y el fantasma del abatimiento pareció caer sobre mis secuestradores. Aproveché la ocasión para intentar escaparme, pero el líder -que se hace llamar John- arengó a sus adláteres para continuar hacia el porche.
Según parece, el viejo tenía fama de no darle caramelos a nadie, pero de recompensar la falta de éstos con patadas y maldiciones.
Íbamos por la mitad del sendero de gravilla cuando salieron unos cuantos interfectos que pude reconocer como la versión pequeñita de Drácula, Frankenstein, la Momia, el Hombre Lobo y una sábana agujereada.
Mis amigos impuestos -un duendecillo, el Fantasma de la Ópera, el doctor Jekyll, el Hombre Invisible y John- los reconocieron.
Con pesar, a juzgar por sus rostros.
Durante los inciertos instantes que siguieron, logré convencerlos de que me liberasen.
Pero primero debía ayudarlos a vengarse.
No me explicaron de qué.
Antes de que me quisiera dar cuenta, John había levantado el brazo retrasando el momento en el cual nuestros destinos se habrían fundido de forma irremediable.
En mi memoria, sólo recuerdo con cierta nitidez el comenzamiento de la carga y cuando, entre una confusión de cristales rotos, pequeños humanoides y seres monstruosos combatiendo, me di cuenta de que se me había ido la cabeza.
Lo que ocurrió entre ambos instantes está borroso.
Cuando vino la policía, cuatro brazos rotos más tarde, todos habíamos salido huyendo por piernas. Por mi parte, encontré en esa ocasión la oportunidad de huir, y la exploté. Corrí hasta desprenderme de la incoherencia del mundo que me rodeaba, pero era inútil: aún me rodeaba.
Resumido en pocas líneas; acabé encaramándome a la escalera cochambrosa de una casa del árbol en el jardín de unos vecinos. Luego decidí subir y, tras un breve forcejeo, eché a otra sábana agujereada (¿pariente de la otra?), que decidió darse a la fuga tras llamarme monstruo en repetidas ocasiones.
Desde aquí puedo dar cuenta del paso del tiempo mientras pienso cuál será mi próximo movimiento.

1:29
Adherido a la muñeca como si fuera una esposa, tengo un reloj. Si lo hubiese descubierto con anterioridad, hubiera prescindido de todas esas ridículas y vagamente concretas expresiones de orden cronológico.
Estoy en un banco. Por qué: lo ignoro.
El viento forma remolinos de hojas calle arriba. O abajo. O adónde quiera que vayan las hojas en una maldita calle sin desniveles.
Un grupo de cíngaros ha iniciado una tonada con el violín y las palmas. Algunos cantan.
Debo salir de aquí.

2:03
El centro comercial: cualquiera diría que debería estar cerrado.
Mentes inocentes que siguieron a los caudillos más demoníacos.
Anduve cerca de media hora en una extraña procesión de entes cadavéricos, máscaras de látex y más sábanas siniestramente agujereadas. En algún momento se unieron también las calabazas.
Éstas me sonreían tétricamente en lo que parecía, de lejos, el aleteo de decenas de pequeños fénix inconscientes de la oscuridad de su alrededor.
Fue entonces cuando comenzó a oírse la más solemne de las composiciones que una mente humana pueda imaginar, siquiera intuir, desde aquel momento hasta la eternidad. Determinar su origen, en medio del éxtasis que producía, era imposible; pero pronto, cada uno de los integrantes de la siniestra marcha -hacia la nada- se unieron tarareando o -los más cultos de entre ellos- entonando unas palabras en alemán que parecían tener guardadas para ese momento.
Decidí unirme a la marcha, fueran donde fueran, para lo que fueran o por qué. Entre ellos estaba John, quien, sin darme tiempo a reaccionar, me comentó, en voz bajita y para no entorpecer el crescendo de la tonada, que se trataba del Coro de los Peregrinos, de Tannhäuser.
Así que no fue un ángel -ni un demonio- quien compuso aquello. Fue Wagner, con sus manos y su humana mente, y la coherencia volvió a reinar en mi mundo.
Perdió un poco al llegar al final de nuestra peregrinación, cuando, algunos acordes aún en el aire, se lanzaron contra una oferta especial de la noche de Halloween.
Un 50%. Ni Wagner puede competir contra ello.

4:24
Se han ido todos. Siento la presencia de extrañas figuras vestidas a la última que me espían desde detrás de los escaparates.
Parecen estar muertas, pero su espina dorsal aún las aguanta en pie. Evidentemente esperan el momento idóneo para atacar.
No puedo dormirme...

6:50
Me ha despertado un guardia de seguridad en el suelo, así que deduzco que también he dormido ahí.

No hay comentarios: