Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

domingo, 7 de febrero de 2010

La Columna del Odio: Respeto

Me propuse acabar con las Columnas del Odio cuando decidí que la ficción era más imaginativa e infinitamente menos hiriente que meterse con la gente a la que uno apenas conoce y, en cualquier caso, de la que no puede conocer los motivos por los cuales buenamente sientes el imperante deseo de hacer tragar la Moleskine en la que escribo estas líneas empapada en gasolina para que expulsen alguna selecta combinación de órganos vitales por la boca, instrumento que, en primer lugar, nunca debieron haber aprendido a utilizar porque su falta de sinapsis neuronal las convirtió en entes incapaces de realizar cualquier otra función que convertir mi vida en una espiral sin fondo de odio.
Fui a ver el Proyecto Ibsen con la esperanza de que conseguiría acercarme a la literatura del dramaturgo noruego, y a fe que lo consiguió -la primera función, La Casa de Muñecas, me erizó la piel, y la segunda, Hedda Gabler, me hizo desternillarme con el humor más negro que he tenido el placer de presenciar en mucho tiempo. Vamos, que la recomiendo encarecidamente.
La cuestión por la que escribo las líneas de arriba es para no comenzar a echar odio a borbotones por todos los poros de mi cuerpo antes de haber alabado las obras, los actores, y las revisiones. Joder, si hasta tengo unos cuantos autógrafos.
Pero la Fortuna, sonriendo a la ruin causa de mis desdichas, parecía la puta de un rebelde, y el valiente Tomás, pues no en vano merece tal epíteto, se encontró, tras el interludio, con que dos señoras más maquilladas que leídas habían invadido mi sitio, y mis amigos me miraban con cara de “ahivá, la hemos cagao”.
En primer lugar apelé a la caridad y el buen sentido de esa caricatura de la jet set, pero no funcionó. “Idò, noi, t'hauràs d'aseure en un altre puesto”. Miré a mis compañeros en una cara mezcla de recriminación -¿no podían dejar una chaqueta en mi sitio?- y resignación -oh, vaya. Finalmente, me senté detrás, y me dediqué a hacer comentarios ofendidos sobre las señoras, su falta de escrúpulos y las arrugas de su cara, mal disimuladas con la ostentación que hacían de las perlas y sus vestidos.
Cuando acabó la obra, se me escaparon antes de que pudiese colocarles un cartel diciendo: “pegadme, soy una zorra sin corazón”. Ahora me doy cuenta: debiera haberles escupido.

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