Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

jueves, 11 de marzo de 2010

Jack Rusell: humano, hombre e idiota; no necesariamente por ese orden.

El capitán Jack Rusell de la Guardia de La Ciudad realizaba su cotidiana ronda nocturna. Nunca había sido un hombre demasiad ilustrado y tampoco era ya demasiado joven, pero a pesar de estos dos factores, estaba pensando.
Eran las cuatro de la madrugada y la memoria de sus pies, acostumbrados al mismo recorrido durante años, le permitían ocupar su cerebro con otros temas.
Aunque parezca mentira, no pensaba en sexo; y en este caso las apariencias no engañan. Realmente sí pensaba en sexo, todo el mundo piensa en sexo, pero entonces Rusell también mantenía otros pensamientos más o menos en paralelo. Por ejemplo, pensaba en Julia, y para ser sinceros, ambos conceptos -el del sexo y el de Julia- no estaban completamente desvinculados.
Lo curioso es que Julia era una señorita de afecto negociable. Y no es que a Jack eso le importara demasiado, pero a la sociedad en general sí, y Jack estaba ligeramente atado a la opinión de ese maldito colectivo. Pese a ello, la sociedad era sólo un problema menor.
El mayor de los obstáculos era que Julia no sentía el menor interés por él; y la verdad, puede que a un hombre no le moleste en absoluto que su enamorada sea una señorita de alterne, pero la sociedad -que ya realiza su aparición estelar por segunda vez en muy poco tiempo- encuentra muy gracioso que todo un guardia de La Ciudad sea rechazado incluso por una puta. Y pese a que Jack no es precisamente un intelectual, tampoco es tonto.
En ese momento exacto se hallaba analizando su propia situación y llegando a ciertas conclusiones prácticamente universales: "no me merece", "yo aspiro a algo mejor", "ciertamente no es nadie trascendental en mi vida", "sólo es un capricho", "debo olvidarme de ella" o "jodidos pies automáticos, me dejan reflexionar durante demasiado tiempo".
Y a medida que su ego se recomponía lentamente y el reloj avanazaba -de la única manera que puede avanzar el tiempo- inexorablemente, un resorte se accionó en su cabeza y le sacó de sus cavilaciones, obligándole a volver a la noche. Enfocó la vista de nuevo y desvió la mirada hacia el frente. Ahí estaba Julia, aunque era extraño verla trabajar hasta tan tarde. Y ahí estaba Ernie, un cliente demasiado habitual, según la mentalidad de Jack.
Es cierto que Julia no estaba interesada en Russell, por lo menos no de la forma que éste hubiera querido, pero esto no quita que le prestara una cantidad de atención muy considerable. Simplemente ella era totalmente ajena a los sentimientos del guardia; le gustaba sentir la autoridad cerca, en su trabajo nunca se tenía la certeza absoluta de que no ocurriría ningún percance imprevisto.
Volviendo al hilo de la narración, Julia despidió momentaneamente a su cliente, alejándose unos pasos de él para quedar cerca de Jack. Mantuvieron una conversación trivial sin que en ningún momento el cuerpo de la mujer rozara mínimamente el del hombre. Tras unos minutos -que duraron exactamente unos minutos para uno, demasiado poco tiempo para el otro- se despidieron, y cada uno siguió con sus obligaciones.
Todavía no había dado Russell tres pasos cuando, sin poder reprimir su instinto, giró la cabeza para contemplar a Julia por última vez esa noche y se encontró con una imagen desoladora. La vio agarrada del brazo del hasta ahora invisible Ernie, dirigiéndose ambos, presuntamente felices, hacia un oscuro a la par que acogedor portal.
No pudo Jack soportarlo, no interiormente. El ego que había logrado retener durante aquel paseo se desmenuzó y se mezcló con las huellas que dejaban sus botas en el barro, sumiéndolo a él en un estado de completa vulnerabilidad, indefenso ante cualquier ataque de las taimadas angustia e impotencia.
Y así fue. Terminó su ronda, volvió a casa y se tumbó sobre la cama sin desvestirse -porque realmente no tenía otra ropa que ponerse, y el frío acuciaba-. Su cabeza le decía que ya no tenía edad para esas cosas, pero de nada sirvió. Sólo al cabo de unos minutos logró serenarse lo justo para empezar de nuevo el trabajo que acababa de ser destruido.
Se autoconvenció de que no sentía absolutamente nada por ella y era completamente capaz de controlar la atracción, e incluso probó a insultarla para ver si así mejorba; por desgracia el resultado fue totalmente contrario a sus pretensiones. Finalmente el sueño le venció, y por tópico que suene, pasó un mal final de noche y principio de día.
Durante la siguiente ronda, ya más convencido y resignado, no vio a Julia, y quizás pasó una semana o un mes hasta la inevitable "próxima vez", pero cuando por fin llegó el fatídico momento, ninguna de las fortificaciones y defensas que hubo armado alrededor de su mente sirvieron para aguantar ni una mísera ronda contra su amada. Las mujeres poseen un influjo más poderoso que la luna de Baudelarie.

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