Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

domingo, 7 de marzo de 2010

La esperpéntica historia de Jack, I

Era una historia normal, sin pretensiones, publicada en la sección para niños de un periódico local de una tirada tan irrisoria que las cartas al director ni siquiera estaban acompañadas por una identificación como Dios y el Estado mandan: Hola, soy Jack Ritter, y me gustaría comentarles que me parece francamente terrible la receta de cocina de la página 12.
Era un relato normal: un niño se perdía por el bosque y era asaltado por un malvado duende que le pedía que confiase en él con buenas palabras, una mirada de cordero degollado y un aliento que recordaba a eso último, pero que al final intentaba raptarlo para una malvada bruja que vivía en lo más profundo del bosque. Al final, el niño se salvaba gracias a su ingenio y una piedra providencialmente afilada, y salía corriendo hacia su casa, donde su madre -una madre joven, guapa y acogedora- lo consolaría hasta que su padre llegase del trabajo.
O eso fue antes de la llegada de ese gilipollas de Josh Andrews, lo cual sucedió en primavera. Por entonces, Jack Ritter estaba en Nueva York, y había tenido tiempo para desarrollar una profunda aversión hacia la ciudad. Mientras caminaba por sus calles sentía la imponente sensación de quedarse sin aire y, una vez acostumbrado al humo de los coches y el peculiar olor de Nueva York en esa época del año, comenzó a sentir el imperante deseo de que eso sucediese cuanto antes. Aunque, claro, Jack todavía no sabía lo que era quedarse sin aire, pero en eso el peso de la idiotez humana ayudó a oprimir sus pulmones lo suficiente para generarle una idea, si bien no agradable, tremendamente acertada de la sensación.
Todo comenzó con la sorprendente rapidez que sólo saben presentar los problemas: era viernes, no aparecían los taxis cuando más necesarios eran y Jack había tenido que llegar a su hotel corriendo bajo la lluvia desde el concierto de la novena sinfonía de Dvorák, el estreno de la cual cumplía cien años ese año -aunque no ese día-, y parecía que toda Nueva York se había engalanado en honor del compositor checo y su sinfonía del Nuevo Mundo durante todo ese año. Bien mirado, tampoco hacían falta demasiados motivos para que Nueva York se engalanase con el glamour característico que siempre aparece en las películas.
Excepto en primavera. La primavera está sobrevalorada. La lluvia apareció nada más poner un pie fuera de Central Park, como el primer movimiento de la obra que acababa de ver: eran unos nubarrones imponentes, que no parecían asustarse por las injurias que Jack profería ante la mirada indiferente de docenas de neoyorquinos acostumbrados al mal tiempo. Luego empezó a correr.
Tras quince minutos de jadeos (él era periodista, no atleta, por el amor de Dios) llegó a la puerta de su hotel, donde el portero le dedicó una mirada de reproche por haberse dejado mojar por la lluvia. Entró en el vestíbulo, y el recepcionista, un inmigrante francés cuyo apellido era ridículamente impronunciable, con una sonrisa de oreja a oreja, le anunció que lo llamaban desde la editorial de su periódico, y Jack, que de todas formas no esperaba acabar el día con buen pie, lo cogió con desidia y un tanto de magnanimidad:
-¿Diga?
Bien, la causa de la llamada era, al principio, ridícula: “nos han enviado una carta firmada, Jack. Sí, con número del seguro y todo, Jack. Lleva el puto número del seguro médico.”
Eso eran palabras mayores. Eran palabras vertiginosas, qué coño. Pero la sorpresa no acababa ahí: “El problema, Jack, es que lo que ese capullo quiere son tus huevos, Jack. ¿Me oyes, Jack? Quiere tus puñeteras gónadas en una bandeja de plata.”
Y así, con nocturnidad, alevosía, y el número del seguro, fue como Josh Andrews entró en la vida de Jack: por la puerta del vestíbulo.
-¿Es usted Jack Ritter?

No hay comentarios: