Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

miércoles, 21 de abril de 2010

Aquel maravilloso siglo XII, I

Introducción.
El padre Clermont era abad de la pequeña capilla de Saint-Dié-des-Vosges, un pueblecito de los Vosgos con la desagradable tendencia de quedarse completamente congelado en invierno y ser un horno en verano. Cada mañana, muy temprano, salía a pasear por la campiña que circundaba la aldea, y llegaba a la Roche Saint-Martin, desde donde podía contemplar, al este, el Rin, las montañas del Hardt y, en rigor, el mosaico incomprensible de principados, ducados y algún reino que conformaba el Sacro Imperio Romano Germánico.
Luego volvía a la capilla y se preparaba para dar el Santo Oficio a una caterva de campesinos analfabetos, mujeres pecaminosas y jovenzuelos irrespetuosos.
“Todo comenzó con esas putas universidades”, se dijo, en voz demasiado alta. Alzó la vista, preocupado, hacia la gente congregada. Había tenido suerte: aún faltaban unos siglos para el micrófono.

Aquel maravilloso siglo XII.
André Clermont nació en julio de 1173 a las afueras de París, mientras su madre despedía al padre de la criatura, Eugène, que partía a defender Tierra Santa de los infieles barbudos y de tez del color de las aguas fecales que corrían por la ciudad -”canela” era una especia que él conocería en Oriente, y que por tanto no podía usar para dar encanto a sus descripciones.
Eugène, al ver a su mujer tan necesitada de primeros auxilios, se puso blanco como el marfil -licencia poética posterior, ya que tampoco sabía qué era el marfil-, dijo que ya llegaba tarde -tenía que estar en Narbona a las seis, dijo- y espoleó el caballo, que salió ballesteado hacia el sur. Los criados de la por aquel entonces rica familia Clermont se ocuparon del parto, y a las dos horas, el pequeño André -niño mimado, pícaro, universitario, galán, putero, abad y protagonista, por ese orden- ya era huérfano.
Pero de una pieza, eso sí.
Creció, hasta donde nos interesa, en compañía de sus tíos paternos, los cuales le mimaron como si fuese su hijo hasta que ellos mismos tuvieron un hijo propio, Patrick, y por tanto André comenzó a ser una carga para la familia. Carga la cual, por otra parte, los introdujo en estas narraciones, ya que André Clermont volvió a verse solo, aunque esta vez también desheredado. Lo cual, en la Edad Media, no sería tan grave de no ser porque, en algún momento de su cómica existencia, André Clermont había pensado que, en fin, heredaría algo.
Y es este, creo, el momento idóneo para introducir a André en nuestra historia: pasea cabizbajo por París, esquivando las ofertas de algunas damas de dudosa y, en cualquier caso, pequeña virtud y de algunos hombres de poca virilidad pero grandes atributos, mientras maldice a su familia por haberlo dejado sin blanca. En algún momento de su periplo, topa con una bolsa de cuero asomando ostentosamente del bolsillo de un rico comerciante judío -ciertamente no tiene pruebas para decir que es judío, pero aún a sus catorce años, André tiene edad suficiente para comprender que, evidentemente, si no fuese judío no tendría dinero- que parece decirle "cógeme, cóóógeme".
André Clermont no lo sabía entonces, pero había topado con Jack Ritter, el pícaro ventrílocuo inglés. A los cinco años se cayó por un agujero en el suelo, y pasó una semana hablándole a una raíz.
A medida que la deshidratación se personaba, la raíz dejaba su timidez inicial y le contestaba. Los cazadores que visitaron el lugar dijeron que era imposible distinguir si era el niño o la raíz quien hablaba.
Ahora, diez años más tarde, Jack creía que había encontrado un compañero de aventuras. Aunque, bueno, eso lo llevaba creyendo desde entonces. Hoy, un 2 de octubre de 1187, probaría si, quizá obligándole a esconderse junto a él, lo encontraba y, mientras Balián entregaba las llaves de Jerusalén a Salah al-Din, André Clermont se escondía en el borde de una calle encharcada de lluvia: Jack había cambiado el curso de vida.
Y no para bien, aunque eso poco le importó.
A veces, sencillamente, uno se siente solo.

Seventies fans.
Había amanecido, y Eugène Clermont se alegró: ya era hora, porque había pasado toda aquella noche de jueves -o miércoles, o viernes- de enero tiritando en la bodega de un barco veneciano. Florentino, tal vez.
Lo que sin duda estaba claro era que a) era 1174 porque la gente tenía la misma amplitud de mrias con o sin yelmo y b) era un barco, porque no había visto tantas ratas juntas nunca y "estabilidad" era un concepto que recordaba con nostalgia.* Se levantó, se puso la armadura, y salió. El primer pensamiento que invadió su mente fue una decepción inexpresable en su pobre vocabulario de noble de la Francia feudal, pero no por esto más irreal: habían llegado, y el barco llevaba amarrado toda la mañana. Ya no surcaba el Mediterráneo, ya no dejaba una blanca estela de espuma a su paso.
'Tierra Santa', se dijo. No dijo más, nada más podía decir. Tampoco era necesario. Si hubiese sido un erudito, si supiese leer, si fuese un librepensador, podría haber reflexionado sobre la complejidad que hacía que las naciones más poderosas del Occidente cristiano luchasen por un territorio apenas comprendido entre el Jordán y el mar. Estaban aquellos malditos infieles, claro, con sus turbantes y arcos compuestos, y toda la diatriba de mala prensa occidental sobre sus costumbres domésticas. Y, a pesar de todo, ahora estaba en Jaffa, y mañana a la tarde llegaría a Jerusalén.
Pasó la noche en el camino, acampando improvisadamente en la destartalada carretera -destartalada desde el dominio franco- que llevaba de Jaffa a Jerusalén, y al llegar a ésta, antes de lo que esperaba, la ciudad, que no llevaba ni cien años sometida a la Fe Verdadera, le parecía la más bella que había visto jamás.
El paseo por sus calles fue emocionante: el mercado tenía tanta fruta y sales que desprendía un olor que le llenó los pulmones de forma agradable, y la música sonaba en las calles con melodías estrambóticas que no había oído jamás en su lejana patria.
Cuartos de tono, hubiera dicho de conocer la teoría pitagórica.
Había predicadores de la Cruzada, los cuales, recuerda, sí conocía ya. Los edificios tenían formas que le eran desconocidas, y había una utilización casi abusiva de la geometría que él desconocía, pero que aún así notó. en conjunto, todo tenía una tonalidad amarilla que le confería una serenidad espiritual.
Y entonces lo entendió. Entendió por qué esa ciudad era venerada por la Cruz y la infiel Media Luna: esa ciudad bien valía otra cruzada, y la vida de miles de personas enterradas en el desierto. Descansen en paz.
Encontró posada en la taberna de un viejo cristiano armenio, adonde tuvieron que llevar el caballo desde el barco, y pasó la noche pensando en su familia. Su primogénito recién nacido, su mujer, los gritos de dolor de ésta al romper aguas -mezclados con los de indignación al ver que él espoleaba su caballo y, caballerosa y galantemente, huía despavorido a Tierra Santa...
Se durmió.

*Aquí debo decir que, según mi padre marino, "estabilidad" es la capacidad de volverse a levantar... de lo cual, un barco, tiene.

1 comentario:

xavi dijo...

*
o En navegación, la estabilidad es la facilidad de un buque para mantenerse o retornar a su posición de adrizamiento.




de Wikipedia:
http://es.wikipedia.org/wiki/Estabilidad