Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

lunes, 10 de mayo de 2010

Aquel maravilloso siglo XII, II

Kyrie.
Había algo de blasfemo en la idea de entrar en una iglesia y emborracharse con el vino del Santo Oficio, incluso si no estabas ya borracho mientras trazabas el plan. De hecho, probablemente era el estar borrachos lo que movía a André y a Jack a pensar en la posibilidad de penetrar en una iglesia y, sin almar un alboroto considerable, abrir la bodega y sacar el suficiente vino como para saciar su ansia etílicoblasfema.
Y el suficiente vino era, presumiblemente, mucho vino. Uno no se ganaba el infierno sin una buena recompensa, y a fe que ésa lo parecía. Luego, tras haber penetrado en su Paraíso particular, deberían salir de la casa del Señor sin tropezarse con ningún banco -habían elegido una buena iglesia para ello- y salir a la calle sin causar demasiado alboroto. Vaya, toda una proeza para el último viernes de cuaresma.
-Lo que pasa -había dicho aquella lámpara de aceite, con un acento normando que daba a sus palabras una unidad auditiva ininteligible-, so gabacho, es que no quieres compartir los vinos de tu tierra con los extranjeros. Además, ¿quién coño va a darse cuenta a estas horas?
Ante esa muestra de claridad mental, André se había sentido incómodamente xenófobo. Había tratado de hilvanar una respuesta, pero las barreras del lenguaje se habían unido entonces a las barreras cognitivas provocadas, en mayor o menor medida, por la ingesta excesiva de jugo de fruta fermentado. Además, la mirada de Jack era irresistible. Parecía recordar que, hicieses lo que hicieses, Jack podría convencer a una lámpara para que te convenciese a ti, sorprendiéndote tanto que ni se te pasará preguntarte por qué no prueba a convencerte él mismo.
Además estaba lo del regalo, claro. Jack había querido regalarle alguna bagatela a una muchacha de la cual hacía tiempo que no dejaba de hablar, y ése era el lugar más idóneo para encontrar bagatelas a buen precio -un desganado 100% de descuento era algo que la Iglesia ofrecía a quienes tenían la osadía de robar tanto como ella. Aunque, bien mirado, la rebaja era igual en todas partes, porque robar es robar, el pecado es pecado y el amor es, en fin, Dios.
Y encomendándose a este último, se encaminaron hacia la iglesia de San Esteban, que era, a la sazón, sede del obispado de París y, para más señas, aquella que, recortada contra el sol de la mañana, llamaba a la gente a la oración.
Sí, era un golpe perfecto.

Belle que tiens ma vie.
Salió hacia Damasco la mañana siguiente, y cabalgó hasta que el sol, que había amanecido sobre los territorios enemigos, comenzó a caer sobre el mar. Como era un jinete experimentado, Eugène pudo recorrer una gran distancia, y sólo se paró cuando, asustado, escuchó que una voz lo llamaba por su nombre.
Eugène, como todos, no era inmune a los consejos del Demonio de la Perversidad, y estaba, de hecho, acostumbrado a su presencia. Él comenzaba, recuerda, diciéndole suavemente su nombre para, después, llevarlo por caminos moralmente discutibles y lógicamente inconsistentes, y al final uno acababa tirado desnudo en alguna playa olvidad de la mano de Dios, observando, curioso, cómo un grupo de teutones persigue a una chica joven. Entonces recordaba sus ideales caballerescos y, con el corazón enardecino, giraba los talones, ponía mirada de duro, y...
-¡Eh, espera! -se dijo y, sin hacerse caso, retrocedió. Allí, delante, había una torre. Era el tipo de torre que no aparece, así de repente, en medio de un desierto de rocas y, si descartamos que hubiese estado cabalgando con los ojos cerrados, creeríamos que sería, por lo menos, inevitable haberla visto. Y, sin embargo, la torre era nueva.
"Gótico primitivo, podría decirse que tímido" le dijo el Demonio de la Perversidad, que se llamaba Ralph, "con una clara influencia románica visible por las puntas de arco suavizadas, además de la solidez de la construcción. Base redonda y tejado acabado en punta hacie el cielo. Podríamos, casi, decir que se trata de gótico alemán... pero está... borroso..."
-¡Hum! -el caballero expresó sus opiniones de forma concisa.
-Pero Eugène, ¿acaso estás sordo, illo? -dijo la ventana.
-Perdone, señora ventana -"pardiez, Eugène, no es una ventana cualquiera. ¿No ves la ornamentación en el rompeluz?"-guapa. Ventana guapa.
-Ventana no soy, gentil caballero, sino una muhé encerrá -aquí se hizo evidente una sinalefa- en esta torre por orden de su malvado padre.
- ¿Y por qué encerraría un padre la esperanza de sus años de vida, la joya de su corona y la flor de su existencia en esta horrible prisión -"en realidad, la aparente austeridad de la contrucción es un resquicio del románico, además de tener una clara función práctica. Eso se refleja claramente en el hecho de no ver más elementos decorativos que la ventana" por la cual ahora caía una liana de cabellos de mujer, " y la propia puerta que, aún, no hemos visto"- sin puerta?
-Tié puerta, en el otro lao... Yo... yo he... he suspendío castellano.
-¿Castellano? ¿En Tierra Santa?
-Coño, ¿y cómo te crees que fablamos, tontorrón?
-Yo... no... no sé... es que... -mirando atentamente el polvo de sus botas- creía que... tal vez... hablábamos francés. Yo soy francés, ¿sabe?
-Pero no hablamos francé.
-No.
-Sin duda.
Durante el cuarto de hora siguiente, pasó un ángel con sobrepeso.

Gloria.
- Me quiere. No me quiere.Me quiere. No me quiere.Me quiere. No me quiere... -se repetía inaudiblemente la muchacha, ajena al hecho de que la margarita desconocía la identidad del referenciado y, por tanto, difícilmente podía responder. Tenía el cabello castaño, que caía búclicamente cubriendo el rostro, mirando la margarita recortada sobre sus rodillas, recortadas sobre las losas grises del suelo de la iglesia.
El sacristán ofrecía un curioso sermón sobre la Pascua. 'Curioso' es un adjetivo ampliamente utilizado en el mundo medieval para incluir cualquier cosa relacionada con judíos sin culparlos necesariamente de todos los males del mundo. Y más en Francia.
Francia, en la época que nos concierne -una época aburrida, monotemática y poco desarrollada tecnológicamente-, es el paladín de la Cristiandad. De la Cristiandad de verdad, claro. Están esos bizantinos, por supuesto, pero no aceptan la autoridad del Santo Padre como representante de Cristo en la Tierra y, quizá peores aún que los griegos, ese hipócrita Sacro Emperador Romano, que es el paladín de iure del Catolicismo Romano, aunque de facto lo considere poco menos que un molesto ataque de conjuntivitis.
Lo cual, todo junto, se traduce en una molesta costumbre de asaltar sinagogas y una cargante necesidad de hacer cuentas para repartir bienes, que resultaría mucho más fácil si no se estuviese asesinando a las únicas personas de Francia que parecen tener habilidades matemáticas.
Claro que la Fe debe ser protegida, y los esos semitas ofendían a Dios negando a Jesucristo, mientras mutilaban su propio cuerpo y se negaban a comer carne de cerdo y marisco...Y por eso no hay manera de mantener una marisquería si las únicas personas que tienen el dinero suficiente para pagarla se niegan por principios a ser sus clientes.
-No me quiere... ¡será golfo! -dice en voz alta, ganándose un escrutinio visual por parte de todos los allí congregados, y la ira del párroco-. Pero Jesús sí me ama, je -expresa con una sonrisa angelical, como la de las figuras de los vitrales.
La comparación no dura mucho, porque los vitrales estallan y las sonrisas -angelicales o no- de todos los presentes se torban en oes de deliciosa turbación.

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