Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

viernes, 7 de mayo de 2010

Del azul del cielo al negro de la nada*

*Bruce Springsteen

[El siguiente "relato" quedó segundo en un concurso literario en el cual participaron dos personas.]

Sobre un cielo estrellado se pueden proyectar muchas cosas, y la forma de hacerlo, claro, es importante.
En nuestro paganismo, intentamos proyectar a los miembros mitológicos de nuestro panteón al cielo. Eso también era práctico. El cielo es un punto de referencia que de día es fácil de seguir (el sol sale por el este y, pasando por el sur, llega al oeste). Y sin embargo, cuando llega al oeste y se esconde tras el horizonte, la manera de orientarse es confusa, de forma que volvemos irremediablemente al principio de esta historia: sobre un cielo estrellado se pueden proyectar muchas cosas.
Claro que hoy en día ya no es fácil encontrar cielos completamente estrellados. Él -un él genérico, hipotético y protagonista- sabe que entre todas esas estrellas hay una que apunta siempre al norte, lo cual no es una gran ayuda en ese momento, ya que no sabe encontrarla. Los marineros cuentan que basta con prolongar la bisectriz de Casiopea al norte, pero ni él sabe dónde está Casiopea ni entiende que deba prolongar algo hacia el norte cuando es, precisamente, el norte lo que está buscando.
Su figura -la de él- se recorta sobre Glen Coe, y mientras sus pensamientos vagan entre esa miríada de estrellas sin poder comprenderlas -como un analfabeto que hojease un libro-, su ser físico se orienta sobre una piedra completamente normal que carece de sentido alguno, y está allí como podría haber estado sumergida en el Clyde.
Cuando Magalhães llegó al hemisferio sur tenía brújula. Y suerte, porque de otra manera se hubiera perdido: en el Sur no había Estrella Polar, sino todo un enjambre nuevo de estrellas. Entonces, en nuestro cristianismo, creamos la Cruz del Sur.
“Crear”, piensa, es la palabra. Sí, las estrellas, evidentemente, ya estaban allí; y sí, tenían forma de cruz, pero a nadie se le ocurrió pensar en la simple coincidencia, y pronto aquellas estrellas que, de ser por Descartes, hubiesen acabado siendo el Origen de Coordenadas, se convirtieron en señal divinal.
Pero en Glen Coe no hay cruces celestes, y las terrenales están emplazadas en recuerdo de la barbarie fraticida. Frente a él, imponentes, se alzan las Tres Hermanas, aunque en la penumbra se asemejan a una sola mole de oscuridad, reduciendo el azul del cuadro celeste. Esas tres montañas habían acogido mucha vida, y habían sido mudos testigos de la tristemente famosa masacre de Glen Coe. Pero él, que nada de esto conoce, encuentra en aquel lugar un reducto de paz desde donde proseguir sus meditaciones orientativas.

De no ser por esa maldita piedra, clavada en el suelo como dicen que estaban los cuernos en la cabeza de Acteón, estaría a gusto. Y era esa incomodidad -y no el estar perdido, ni siquiera el hecho de no saber qué traidora imaginación lo había creado en un lugar tan recóndito del mundo- la que ahora ocupaba sus pensamientos.
Ya no había estrellas en el cielo, ni paz en ese valle. Cuando el dolor apremia, no hay mente que pueda dejarlo pasar sin buscar una solución: pues bien, la de ese dolor era sorprendentemente fácil.
Se levantó, y caminó como sonámbulo durante un rato, aunque la escena -negro abajo, azul moteado arriba- era la misma en todas partes. Entonces lo ganó la desesperación, que se había mantenido escondida durante todo ese tiempo, y él lloró. Y no por eso dejó de caminar, más bien al contrario: corrió por el valle -esa mancha perezosamente negra- bajo un cielo que no cambiaba en ningún caso, que estaba lleno de deidades y monstruos y ninfas que se reían de su soñadora mente.
Y, como suele pasar cuando se corre en un campo umbrío, se tropezó. Con una piedra. Incómoda, para más señas. De hecho, justamente había manchado sus pantalones con una de las caras de esa piedra, llena de musgo.
Qué asco. Se echó a dormir, consciente de que, por la mañana, dejaría de ser esclavo de la literatura.
Mi pluma -y los mitos del cielo- lo dejarán reposar un tiempo.

1 comentario:

Nadie dijo...

Me ha encantado el él genérico, hipotético y protagonista.