Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

martes, 11 de mayo de 2010

La esperpéntica historia de Jack, II

La respuesta era sí, claro, pero ésta no llegó de forma instantánea. Jack no tenía dos bocas, y ciertas observaciones recientes le llevaban a pensar que no era casualidad que, por el contrario, sí tuviese dos orejas. Y, sin embargo, no podía atender al editor, que le hablaba de Josh Andrews, y al hombre que le había preguntado tan bruscamente su nombre, que era el propio Josh Andrews, al mismo tiempo. Esto repercutía, mayormente, en que cualquiera de los dos se tomaría como una ofensa el hecho de que Jack pasase completamente de él, pero como Josh Andrews le comenzaba a caer realmente mal, y, además, veía que estaba al teléfono - "¿Quééé? ¿Que Josh Andrews ha hecho quéééé? ¿Josh Andrews? ¿Se refiere a... Josh Andrews?”, marcando bien las palabras para que se oyesen mejor por el vestíbulo-, decidió despedirse del editor con toda la pomposa cortesía que pudiese utilizar.
-Que los Hados le sean propicios, señor Ernest. Paz y prosperidad -Jack estaba lo suficientemente lejos como para no escuchar el golpetazo airado de su editor contra el escritorio, pero ciertos avances relacionadas con las telecomunicaciones auditivas hicieron que tuviera que oírlo igualmente.
-¿Te lo estás tomando a broma, Jack? Sabes que ese hombre puede hacerte daño. En fin, yo ya no me meto, pero que sepas que te la vas a cargar. Adiós, Jack.
Colgó el teléfono lentamente, de forma elegante, como si se hubiese pasado diez años encerrado en un monasterio tibetano de monjes especializados en colgar teléfonos.
Exasperante.
Se gira, poco a poco, con una cara de sorpresa evidentemente fingida, y queda frente a un hombrecillo menudo de amplia frente y gafas de pasta, vestido como si acabase de salir de su casa para asistir a su primer día de colegio. Aunque ese no era el caso, claro: la falta de pelo lo delataba. A juzgar por las manchas oscuras que se formaban bajo los sobacos, el hombre había estado esperándolo en la cálida recepción del hotel durante mucho tiempo. Jack nunca comprenderá por qué no pueden poner el aire acondicionado al gusto de nadie.
Transpirante.
-Yep, Woody. ¿Qué hay?
-Señor Ritter, soy Josh Andrews -aquí la fingida sorpresa de Jack se acentuó de una forma apenas creíble que parecía identificarlo como un negado para las artes dramáticas-. Como veo que ya sabe, le he puesto una demanda -cara de ofensa. Andrews debía suponer a estas alturas que se reían de él-, y me veía en la obligación moral de decírselo. Porque lo que no pienso hacer es permitir que se pervierta a nuestra juventud como usted hace, señor Ritter -por primera vez, una cara de sorpresa real: las comisuras de los labios se le estiraron en una especie de sonrisa que sólo podía querer decir:
-¿Eh?
-Usted, Jack Ritter, es un progre -le escupió, de forma que Jack pudo volver a fingir que se sentía ofendido (¡Cómo se atreve!)-. Y se enorgullece, por lo que veo. No le importa que con sus historias procomunistas y panhomosexuales confunda a nuestros pequeños.
-Con el debido respeto, señor A...llen. No creo que mis historias sean pronada.
-¿Ah, no? ¿Y qué me dice del lobo, evidente alegoría de la sociedad burguesa? -y se pasó la siguiente media hora discutiendo sobre qué había querido decir en realidad: evidentemente, el niño era una visión idealizada del obrero que, inocente y engañado por sus patronos lupinos, era devorado por el malvado sistema. Al vencerlo (eso implicaba una revolución y mucha sangre, lo cual era altamente preocupante), el obrero corría hacia su madre, que era una metáfora del libertinaje y que llevaba a, en fin, la homosexualidad-. Quod erat demonstrandum.
-Oh, vaya, sabe latín -dijo, para la evidente satisfacción del señor Andrews-, eso es que es culto. Además, tampoco tuve en mente la posibilidad de encontrarme con alguien tan leído como usted, con un... idiote savant. Y le hablo en francés porque, aparte de culto, es gilipollas -dice, y se da la vuelta.
-¡Nos veremos en los juzgados!-la voz retumba por la recepción como una matrona alemana echándole la bronca a su pequeño y escurridizo marido. Bien mirado, es probable que acabase de describir el día a día de la vida de su amenazador visitante.
Miró por la ventana. Seguía lloviendo.
“Llueve. Las calles están mojadas.”

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