Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

martes, 4 de mayo de 2010

Lúa Alén II

Lúa Alén estaba confusa; Lúa Alén no se comprendía a ella misma; Lúa Alén tenía 17 años, que es una edad preciosa, lo suficientemente elevada para creerse mayor, lo suficientemente tierna como para no serlo. Sus dudas tenían fundamento.
La noche anterior se había dormido leyendo On the Road, de Jack Kerouac, y esa misma noche tuvo un sueño relacionado con la novela: en él, ella era el propio Jack. La aventura transcurría en una habitación sin ventanas, prácticamente a oscuras, con sólo una vela permitiendo entrever las siluetas de Jack, es decir, ella, y la del otro personaje, Neal Cassady. Ambos se dedicaban a hablar y hablar y hablar; ella aseguraba que ambos tenían ya treinta y cinco años, que debían dejarse de periplos propios de la gente joven y volver a Nueva York inmediatamente. Entonces Cassady se negaba rotundamente, afirmando que su vida debía transcurrir entera en aquel pequeño zulo de San Francisco, o Frisco, como la llaman en la novela, ajeno a todo el mundo exterior, simplemente enfocado a conducir por encima del límite de velocidad, tener el máximo trato posible con el mayor número de mujeres disponibles y entrar en todos los tugurios del mundo donde se pudiera encontrar a negros tocando jazz áspero.
Entonces Lúa se despertó y buscó a su Cassady por toda la habitación. Segundos después volvió a la llamada realidad y se extrañó por el sueño en el que había incurrido. Realizó sus quehaceres cotidianos: se vistió, desayunó y partió apresurada hacia el instituto, donde pasaba, por desgracia, más horas que en su suave y mullida cama.
Llegó justo a tiempo, apenas cinco minutos después de la hora convenida, como era habitual. Golpeó la puerta con los nudillos, cruzó el marco y susurró un “buenos días” mientras atravesaba el aula y se dejaba caer en su asiento de siempre, junto a la esperanzadora ventana.
Transcurrieron las primeras horas con lentitud, con mucha lentitud, hasta que llegó el tiempo de recreo. Salió disparada, necesitada de libertad; el cansancio desapareció con los primeros pasos y pronto se perdió entre las charlas animadas de sus compañeras.
Deambuló, ahora alegremente, por los pasillos, perdiendo el tiempo y disfrutando con la pérdida. Alcanzó uno de los patios, donde les estaba permitido tomar el aire fresco, y entonces lo vio. Joder, era su puto Neal Cassady. Totalmente distinto, físicamente, al Cassady que había soñado, pero no cabía duda, era él. El muchacho en cuestión, ironías de la vida, se llamaba Jack, como el Kerouac que ella había sido.
Jack era un joven muy interesante. Era inteligente, muy inteligente, demasiado. Había compartido con él algunas asignaturas durante el transcurso del año, y, joder, parecerá estúpido, pero se reían de las mismas cosas. A veces algunos profesores contaban cierto chiste complicado, alguno de los dos daba muestras de un humor superior o, simplemente, se producían situaciones que sólo resultaban graciosas para ellos. Entonces se podía oír esa risa cómplice, una risa que parecía gritar, aún en voz muy bajita, que Lúa no estaba sola en el mundo.
Jack se mostraba muy cortés con ella, incluso a veces daba muestras de verdadero interés. Conversaban cuando podían, compartían opiniones, discutían sobre cosas que no rozaban los deportes ni el instituto; Lúa creía que hacían buena pareja, por lo menos mental, y eso la obligaba a considerar la posibilidad de que realmente el muchacho realizara una fuerza de atracción jodidamente considerable sobre ella.
Por supuesto también había una parte desesperanzadora. Su Cassady se juntaba con mucha otra gente. Al contrario que ella, que era más bien fría y retraída por naturaleza, Jack era el ser más amigable y social que conocería nunca. Tenía muchos, muchísimos amigos, y la mayoría parecían buenas personas, pero eran demasiado diferentes de Lúa. Todos eran muy pintorescos, muy modernos, muy atrevidos. Gente muy distinguida, si así se puede llamar. Todos iban para actores, para pintores, seguro que también había candidatos a la presidencia de los Estados Unidos. Y luego estaban las otras muchachas. Las bellezas del instituto se volvían locas por el inteligente, popular y apuesto Cassady, digo, Jack. Lo rondaban a todas horas, se abrazaban a él, lo besuqueaban impunemente, lo deseaban, pero a la vez su pequeña diferencia, la cual radicaba en su inteligencia, dejaba todo aquello en simples coqueteos. Y allí estaba ella, la pobre señorita Alén, incapaz de acercarse a treinta centímetros del joven.
Jack era una persona sensible que permitía que los intereses de los demás pospusieran los suyos propios. Eso le hacía especialmente vulnerable a los aprovechados, entre los que se contaban unos cuantos de sus amigos pintorescos. Así pues, pese a su situación social, sufría pequeños ataques de tristeza, sobre todo cuando se sentía apenado y no encontraba ninguna vía de escape a sus emociones.
Entonces su única salida era Verónica. Verónica, Vero, era la mejor amiga de Jack. Quizá, de entre el grupo de los nombrados pintorescos, su mejor y, prácticamente, única amiga. Atenta, como él, altruista, como él, tenían unas maneras de ser que se complementaban. Lúa conocía eso, y, pese a que no había ninguna clase de relación amorosa entre ellos, ella sabía a la perfección que no podía llegar al nivel de Verónica, que era a su vez una buena amiga suya.
Recuperando el hilo, Lúa sonrió a su Cassady, contenta de verlo, conversaron unos cuantos minutos y luego apareció Vero. Jack, radiante, la saludó efusivamente e, inesperadamente, le acarició el pelo. Ella echó la cabeza hacia atrás y se colocó el flequillo, con qué gracia, joder. Lúa, pasmada, no sabía cómo reaccionar. Entonces Jack le acercó los labios a la oreja y le pronunció unas cuantas y terribles palabras: se habían decidido dar una oportunidad, a ver dónde conducía el camino que sería su relación. Qué poeta era Cassady. Y hacían una pareja de la hostia.
Así que sonó el timbre y Lúa volvió hacia clase. Se acodó en la ventana de siempre y visualizó Frisco. Sus ojos se volvieron vidriosos y decidió orientarlos hacia la ventana. Se concentró más en la visión y vio un coche, un coche en marcha. En él iba ella, Jack Kerouac, junto a Cassady. La carretera era larga, muy larga, y ambos compartían el viaje de retorno a Nueva York. De pronto, Kerouac estiró los brazos y dijo: “Neal, me alegro de que vuelvas a estar junto a mí”. Y entonces respondió el quizá no tan joven Neal, quizá el entrañable Jack: “Yo también, yo también”.

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