Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

viernes, 7 de mayo de 2010

Lúa Alén IV

Lúa Alén no podía conciliar el sueño pese a que era tarde. La medianoche ya se había acostado y ella seguía sentada en la silla de su escritorio, inclinada, tratando de plasmar en un folio, mediante la escritura, ideas vagas y sin forma, las cuales ni siquiera ella alcanzaba a comprender. No servía de mucho.
Sonaba la marcha eslava, aunque “slave” también puede traducirse como “esclavo”, y esa definición se acercaba más a la realidad. Se sentía esclava de sí misma, quizá de su cuerpo físico, quizá de su mente, estaba cansada de un estado de ánimo opresor que no le permitía alegrarse como, cuando y donde ella quisiera.
Letra a letra, unas pocas líneas aparecían aquella hoja de papel reciclado, y, aunque carentes de sentido, actuaban como chivo expiatorio. Lúa vomitaba ahí lo que no se atrevía a confesar a ninguna persona en concreto, quién sabe si por miedo, si porque se sentía ridícula al hacerlo.
Mientras los jeroglíficos iban ocupando sus correspondientes lugares, Lúa fue sintiéndose mejor. El agobio producido por la situación que vivía se traspasó al papel, la tristeza fue desprendiéndose y posándose sobre las fibras vegetales, el dolor pasó a ocupar un segundo plano, como un simple dolor de cabeza o un sábado sin dormir.
Y poco a poco se calmó, porque sin saberlo se había puesto nerviosa. Llegó al final de su texto incoherente, dibujó un último punto, uno de los que marcan final, y entonces se desplomó de cualquier forma.
Mientras dormía alguien se coló en su habitación y adelantó la alarma del despertador hasta colocarla cinco minutos después del momento exacto en el que la señorita Alén se durmió, o quizá simplemente descansó tan bien que las exiguas horas le parecieron minutos. Soñó, ciertamente soñó, pero esta vez cosas normales: no se le aparecieron Kerouacs ni Cassadys; simplemente pianos cayendo desde quintos pisos, extraños personajes persiguiéndola furiosamente por una oficina del centro de Manhattan, alguna escena de Amélie, la del protagonista recogiendo las fotografías escondidas debajo del fotomatón, que es una película sencilla pero graciosa, o quizá soñó con un poco de rock alentador, tibio, reconciliador.
Finalmente despertó y deseó no haberse dormido nunca, porque se encontraba horriblemente mal. Su estómago no aceptaba el desayuno. El agua, a mayor temperatura que el rock con el que había soñado, le parecía fría. La cartera con los libros, inútiles, ya que los profesores están preparados y no necesitan chuletas, pesaba demasiado.
Antes de marchar hacia sus obligaciones recordó el papel, se acercó a él y lo releyó. No debió hacerlo, porque en cuanto sus ojos recorrieron las primeras letras, éstas, ávidas de volver con su dueña, escaparon de la prisión donde habían estado una noche recluidas y se instalaron de nuevo en el cuerpo de su creadora, como simples parásitos que necesitan de sangre caliente para existir.

2 comentarios:

Sir Thomas Malory dijo...

"Sonaba la marcha eslava, aunque “slave” también puede traducirse como “esclavo”"

viene de la misma raíz: pregúntate por qué todos los esclavos de los imperios grecolatinos eran eslavos xDDD

Nadie dijo...

Con tantas pataditas en el suelo estoy empezando a destrozar el parquet.