Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

domingo, 2 de mayo de 2010

Lúa Alén

Lúa Alén estaba acodada sobre la repisa de la ventana, con la vista traspasando el cristal; sin embargo, sus ojos no retenían ninguno de los movimientos llevados a cabo por los muchachos que jugaban varios pisos por debajo de ella. Una de sus manos estaba ocupada evitando que su, de golpe, pesada cabeza desfalleciera. La otra, independiente, repiqueteaba con los dedos encima de la mesa, sin seguir ningún ritmo en concreto. Su espalda no estaba formando un ángulo recto con las piernas, sino que más bien se inclinaba hasta los cuarenta y cinco grados.
De pronto un suspiro se escapó de sus labios sin pintar. Acto seguido, se permitió un parpadeo ligeramente más largo de lo normal. Los síntomas eran claros, y ella lo sabía: se estaba quedando dormida. Necesitaba toda su capacidad mental para evitar dejarse arropar por un sueño que, en esos precisos instantes, se le antojaba delicioso.
Lúa era fuerte y aguantó tenazmente. El profesor murmuraba por lo alto y los fonemas que rugía se entremezclaban hasta resultar demasiado confusos como para que la muchacha los pudiera procesar. En lugar de parpadear de vez en cuando, pasó a abrir los ojos a intervalos regulares. El repiqueteo cesó y la ahora libre mano se dispuso a ayudar a su homónima. La fuerza que ejercían ambas sobre las mejillas colocó una extraña sonrisa en su rostro.
Llegado el momento crítico, Lúa se prometió que apoyaría la cabeza sólo un momento, un instante de nada, para descansar apenas lo necesario para sobrevivir. Retiró las dos manos, dejó caer la mejilla derecha sobre la madera fría y cerró los ojos. Segundos después dormía.
Unas risitas llenaron el espacio que antes ocupaban las pseudopalabras del profesor; éste, molesto, se giró dispuesto a exigir silencio, pero el motivo de las ahora ya carcajadas lo mantuvo callado. Al contrario de lo que pretendía hacer en primera instancia, habló muy dulcemente:
- Señorita Alén, ¿verdad que está usted solamente descansando la vista?
El contraste entre el murmullo de fondo que antes formaba la explicación del profesor y la inusitada dulzura de su pregunta activó algunos circuitos de la, reciente e intranquilamente, dormida mente de Lúa. Súbitamente levantó la cabeza, con expresión muy seria, y respondió con aplomo.
- Disculpe, ¿puede usted repetir la pregunta?
El resto de la clase explotó en una risotada encantadora. El profesor se permitió una media sonrisa y las mejillas de Lúa, tan nombradas ya, enrojecieron violentamente; si bien la derecha, que había estado varios minutos sometida al contacto con la madera, alcanzó una tonalidad visiblemente más poderosa. El resultado fue semejante a uno de esos dibujos infantiles, abstractos y divertidos por igual.

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