Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

domingo, 6 de junio de 2010

El club de los incomprendidos - Dos granujas sin tacha (Una historia de pulpos)

Un pulpo es siempre un pulpo. Evidente. Los pulpos no hablan. De acuerdo. Los humanos sí, y ésa es la razón por la que se pasan la historia pegándose tiros y matándose con la mirada. Una vez conseguido su propósito, dejan de hablar para siempre. Están muertos. Descansen en paz. (Por eso es imposible mantener relaciones supralaborales si Hacienda tiene más cuidado que tú con las mentiras).
Entonces constituyen un elemento básico de la cadena trófica, y no hacen de extremo cabrón de la misma. Por tanto, y observando las anteriores afirmaciones, un pulpo muerto es doblemente incapaz de ponerse a hablar. NO WAY!
Y sin embargo, ese pulpo a la gallega, cortadito en trozos aliñados y sirviendo de tapa, le acababa de confesar su homosexualidad. Bien, atendiendo a una lógica puramente biológica, los pulpos, como moluscos que son, carecen de sexo.
No estoy diciendo, sin embargo, que su vida sea una tediosa sucesión de tardes frente al televisor por no poder copular con su pareja de hecho, sino que el término “homosexual” pierde su fuerza expresiva si designa a elementos que, de todas maneras, sólo tienen un sexo. El término correcto sería un “carecen de diferenciación sexual.”
Eso sólo añadía extravagancia a la situación. No mucha, ya que de hecho nadie se para a analizar si las proposiciones de un pulpo son coherentes. Uno coge el cuchillo más cercano y ensarta al octópodo hasta que deje de proferir balbuceos inteligibles.
Eso, más o menos, parecía haber pasado ya.
-Te he salpicado en el pantalón. Y mi caldo está peligrosamente cerca de tus apuntes -salió de su boca, difuminada por la superficie de psique como un taquión de Heisenberg.
-Es química. A nadie le va a importar -dijo, justo cuando su profesor (oh, vamos, no) entraba en la cafetería. La gramola comenzó en ese momento a reproducir I can't stop loving you, convirtiendo el local en una suerte de bar de camioneros perdido por el Cinturón Bíblico.
-¿Quién coño ha puesto eso?
-Es automática.
-Cállate -soportar correcciones por parte de un molusco muerto era algo que no estaba dispuesto a aguantar, así que ambos se decidieron por la muda convivencia. Pronto, un intenso aroma a café invadió el local.
-¿Qué es mejor, un reloj que da la hora exacta una vez por año, o un reloj que es puntual dos veces al día? -él lo miró sorprendido. Pero no mucho, porque acababa de entrar una chica. En ese momento, prácticamente toda la cafetería de la facultad de ciencias exactas estuvo a punto de levantarse y mostrarse satisfechos de la irrupción de una fémina en el local, pero no lo hicieron para hacerse los interesantes. Él la conocía. Vaya si la conocía. La conocía en el sentido bíblico de la palabra.- "Este último", contestarás, "incuestionablemente." Muy bien, ahora atiende.
-No -dijo, mientras ella se sentaba a su lado.
-¿Eh? -dijeron unos labios en alguna parte por encima de su escote.
-Supongamos que tengo dos relojes: uno no funciona en absoluto, y el otro se retrasa un minuto al día: ¿cuál preferirías? "El que se retrasa", replicarás sin ninguna duda. Al menos si pudieras decir algo sin que se diese cuenta de que estás completamente loco. En fin.
-Nada, es que me pasé la noche jugando a rol con mis amigos. Con Daniel y estos, ya sabes. Aún tengo algo de esquizofrenia post-mazmorra -él siempre pensó que la sinceridad era la base de una buena relación.
-Ahora observa: el que se retrasa un minuto al día tiene que emplear doce horas, o setecientos veinte minutos, hasta que de nuevo señale la hora correcta; por consiguiente, es puntual una vez cada dos años, mientras que el otro es puntual evidentemente siempre que sea la hora por él indicada, lo que ocurre dos veces por día.
-Me dijiste que ayer ibas a estudiar.
-De manera que ya te has contradicho una vez. Y está buena, ¿eh?
-Bueno, es que soy muy malo, ¿sabes? Así que entre que me mataban y que me emborrachaba con mi propia saliva, tenía tiempo de estudiar.
-"Ah, pero", dirás, "¿de qué me sirve que sea puntual dos veces al día, si no puedo saber cuándo lo es?"
>>Bueno, supongamos que el reloj marca las ocho en punto, ¿no comprendes que el reloj será puntual a las ocho en punto? -eso, sin duda, parecía lógico.- Tu reloj señalará la hora exacta cuando sean las ocho en punto.
-Siempre fardaste de lo bueno que eras jugando a rol.
-"Oh, ya veo", dirás.
-Oh, ya veo-dijo.
-Muy bien, por lo tanto te has contradicho ya dos veces; ahora sal del apuro lo mejor que puedas y procura no contradecirte una vez más.
-Te quiero.
-Podrías seguir diciendo: "¿Cómo habría de saber cuándo son las ocho en punto? El reloj no me lo dirá".
-¿Cómo habría de saber cuándo son las ocho en punto? -y, añadió con cierto énfasis- ¡El reloj no me lo dirá!
-Últimamente no sé lo que te pasa. Estás raro. Me voy. Llámame cuando quieras mantener una conversación decente.
-Tranquilo. Ten paciencia: sabes que, cuando sean las ocho, tu reloj irá bien. Perfecto, de hecho. Ergo, esto es lo que tienes que hacer: mantén la vista fija en el reloj y, en el momento exacto en que dé puntualmente la hora, serán las ocho. "Pero...", será tu balbuceo. Pero (ya es bastante) vale más que desistas en tu vana demanda de algo conforme a los usos de tu sentido común. Te alejarás más y más, a medida que preguntes, del punto en que se sustentaba tu necio equilibrio. Así que cállate.
Se quedó mirando pensativamente la puerta. Cogió el tenedor y apuñaló al pulpo. Sin puñal, sí. Él era así de guay. Cuando se lo hubo comido, comenzó a recoger sus apuntes. Entre ellos estaba un reloj. Su reloj.
El de ella.
-Volverá -se dijo. Aunque probablemente le resultase imposible determinar cuándo. Extraño: después de todo, ahora tenía reloj.

*Gracias a Lewis Carroll y su reloj.

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