Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

jueves, 24 de junio de 2010

Por qué no amo a mi país.

Antes de cualquier cosa, es indispensable aclarar el término nacionalismo. Para ello, evitando la subjetividad, iremos directamente al Diccionario de la Real Academia Española. Según éste, nos encontramos con tres distintas acepciones:
1) Apego de los naturales de una nación a ella y a cuanto le pertenece.
2) Ideología que atribuye entidad propia y diferenciada a un territorio y a sus ciudadanos, y en la que se fundan aspiraciones políticas muy diversas.
3) Aspiración o tendencia de un pueblo o raza a tener una cierta independencia en sus órganos rectores.
Obviamente, los tres significados de la palabra están estrechamente relacionados, pero a mi modo de ver, los dos últimos se diferencian del primero porque mezclan aspiraciones políticas, sociales, territoriales etc. con el amor hacia una extensión de tierra en concreto. Referente a estos, opino que el centralismo debe ser evitado a toda costa, puesto que es el causante de la mayoría de las marginaciones de todo tipo que sufren muchísimas regiones en todo el mundo. Cuanto más lejos del poder geográfico, menos recursos llegan, indudablemente. Así pues, el nacionalismo se erige como alternativa al centralismo, por lo tanto lo considero positivo. Supuestamente, si un estado estuviera dividido en numerosos órganos de poder adecuadamente establecidos, la repartición de los bienes totales debería ser más equitativa. Sin embargo, ¿cómo realizamos estos cortes en la geografía, cómo decidimos qué lugar pertenece al órgano administrativo X y cuál al órgano Y? Entonces topamos de frente con la siguiente paradoja: la pretensión de unir a los hombres separándolos. Querría una distribución equitativa de los recursos, pero, para lograrla, necesitaría dividir a los propios vecinos. ¿En qué está basado el nacionalismo del que habla el diccionario? Justo en lo contrario de lo que yo busco, en la diferencia. El pueblo nacionalista, aludiendo a sus desigualdades respecto a la región a la que está sometido, busca independizarse y lograr el autogobierno. Rechazo totalmente esas distinciones. El pueblo debería ser capaz de ver que los habitantes externos a ellos, los considerados extranjeros, son exactamente iguales. Quizá hablan otra lengua, practican otra religión o su color de piel es distinto, pero a la hora de la verdad tiene dos manos, dos piernas, una cabeza etc.; esencialmente son lo mismo.
Entonces, yo propondría unas divisiones geográficas basadas puramente en que el número de habitantes sea óptimo para que el órgano administrativo lo pueda, valga la redundancia, administrar. Desecharía completamente todas las marginaciones debidas a características superfluas como las nombradas arriba: cultura, raza…
Muy a mi pesar, parece ser que la realidad dista demasiado de la utopía que me gustaría vivir. ¿Cuántos muertos han ocasionado las múltiples guerras de independencia? ¿Cuántos los proyectos de unificación? Las cruzadas, la guerra de independencia de los Estados Unidos, las unificaciones de Alemania o Italia, el reparto de África… por desgracia, muchísimas más podrían ser incluidas aquí, hay tantos ejemplos que me avergüenza colocar apenas unos pocos, como si no diera importancia a los demás.
¿Qué ha de pasar para que la humanidad tome consciencia de unidad? ¿Debemos esperar a encontrar una potencia alienígena que amenace con exterminarnos a todos por igual, sin hacer las diferenciaciones que nosotros mismos cometemos, para lograrla?
Dado el hipotético caso, tampoco me sentiría satisfecho. Yo apoyaría un sentimiento de unidad basado en la vida. Es decir, una hermandad entre todos aquellos que compartamos la vitalidad, no ya independientemente de la etnia, la raza, la especie; directamente del planeta, de la galaxia, del universo. ¿Estás vivo? Entonces te quiero.
Volviendo al bloque central del tema, la acepción que más discordia me provoca es la número uno. Amor a una tierra y todo aquello que le pertenece. ¿Por qué? Según Fromm, el amor que siente una madre por su hijo es siempre incondicional. ¿El amor que siente en este caso el habitante por su tierra lo es también? ¿Se puede amar algo inerte? ¿El hecho de ser el lugar donde has nacido es un mérito suficiente para ganarse tu amor? Es más ¿Es necesario ganarse el amor de alguien, no debería ser incondicional siempre? Todas estas preguntas me parecen muy difíciles de responder, y yo me limitaré a dar mi opinión totalmente subjetiva.
Desgraciadamente, no creo que actualmente el amor sea algo incondicional. Normalmente cualquiera tiene que hacer algo para ganárselo. Ahora bien, yo distinguiría, muy a groso modo, entre dos amores: el amor a lo vivo y el amor a lo inerte. Mientras que el primero sí debería ser incondicional y regalarse a absolutamente todo ente vivo. El segundo, el amor a lo inerte, no tendría por qué ser incondicional, ya que el amor no es un sentimiento gratuito, está motivado por algo; en este caso, la vida, y todo lo inerte no dispone de la misma. Eso no implica que no se pueda profesar amor hacia algo inerte. Por ejemplo, un collar que te regaló un ser querido (lamento tener que usar el adjetivo “querido” para darme a entender; debería poder elidirlo y que todo el mundo lo diera por supuesto) puede propiciar el amor, y por lo tanto, convertirse en un objeto inerte amado.
De este modo, el amor de alguien por su tierra no debería ser incondicional; ni lo es en todos los casos humanos existentes. Tu casa, tu nación, tu territorio. Todo esto puede producirte amor. Amor a la gente que vive en ella, amor a los árboles, amor a la fauna, quizá amor a tu cultura o a tu lengua, que indirectamente es amor a las personas que la comparten. En todos los casos, ese amor siempre es hacia la vida, si bien indirecto. Nunca amor hacia la esencia geográfica de tu nación, hacia esas líneas que te separan de lo demás humanos, en lugar de unirte con los que están dentro. Llegamos a la conclusión de que la tierra en la que hemos nacido no realiza ningún mérito para que la amemos, y por lo tanto no la amamos. Decimos que amamos a un país cuando en realidad lo que amamos es la vida que en él habita.
Llegados a este punto, me cuestiono qué pasaría si lográramos dejar atrás la concepción de una nación como límite diferenciador; si consiguiéramos evadir las diferencias entre los seres vivos; si nadie se enorgulleciera de amar a los habitantes de una sola región porque amase a toda la vida.
Todo parece ser una simple barrera mental. Digo que amo a mí país, a mi tierra, porque no soy capaz de amar a toda vida por igual. Quiero que mi país tenga buen papel en los eventos internacionales porque no me considero igual a todos los demás, sino que, aunque quizá no esté dispuesto a admitirlo, creo que disfruto de cierta superioridad; porque yo soy de X lugar, donde tenemos T, Z y D, mientras que los del lugar Y no lo tienen. Quiero todo esto porque soy injusto y egoísta, porque mi preocupación no es que el mundo sea un lugar donde haya unas condiciones adecuadas para todo aquél que viva en él; total, es una idea irrealizable, lo que de verdad deseo es mirar para mí mismo y sálvese quien pueda. Digo que amo a mi país porque, al fin y al cabo, quizá el nacionalismo no sea más que otra forma de egoísmo o de autodefensa: querer reducir el círculo de amados de modo tal que la supervivencia quede asegurada. Digo que amo a mi país porque quizá convencerme de ello me haga sentir más seguro.
Finalizando, he de especificar que yo tengo fe racional, de la que nos habla Fromm, en la justicia y en el potencial humano para lograr la misma. Así que, hasta que no se considere que todos los seres vivos, independientemente de todas las diferencias que he nombrado a lo largo del texto, formamos parte del mismo país, de la misma nación, seguiré autodenominándome apátrida.

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