Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

viernes, 18 de junio de 2010

A veces, cuando cuando me ordeñan, ladro

El anciano y su nieto otra vez. Horror. La última vez que vinieron, la administración del supermercado tuvo que expedir tres bajas por depresión entre las pluriempleadas cajeras. '¡Es que las cajeras en España no son cajeras!', repetía indignado el anciano, y a continuación se dejaba llevar por la pasión del momento a un largo monólogo sobre supermercados suizos. Quizá era por eso que la cajera estaba visiblemente al borde de un ataque de nervios.
Ese día, sin embargo, parecía estar de buen humor. Quizá fuera cosa del clima estival y la promesa de largos y calurosos días que flotaba en el ambiente.
-Daniel, ¿para qué necesitas leche de cabra? -comentó. La cajera se había escondido bajo la máquina de cambio ante la mirada divertida de una señora que, embozada en un estampado de flores que gritaba 'kitsch' sobre la estancia, había decidido comprar víveres para prolongar indefinidamente su estancia en este planeta.
-No necesito leche de cabra -era sincero, después de todo era la primera vez que se enteraba de que los supermercados vendían esa clase de leche. El anciano le miró. De hito en hito, como suele decirse. Luego posó sus ojos sobre la cesta de la compra. Los bricks de leche que sobresalían estaban parcialmente ocupados por la palabra 'cabra', que se zampaba visualmente los tímidos 'leche de'.
-Vaya... Je. Ahora vengo -dijo, cogió los bricks y salió disparado como alma que lleva el diablo hacia el otro extremo del supermercado. Algunas de las personas que se encontró en su camino afirmaron haberse llenado de terror ante la expresión enajenada del muchacho. Después de todo, ese día llevaba las gafas.
Su disculpa llegó cuando, tras haber dejado los cartones de leche en su estante, vio que sólo había leche de cabra. Bueno, y de soja, claro. Un empleado que pareció advertir su cara de consternación se le acercó y dijo “ven conmigo”. Daniel, que de despistado dejaba de lado la prudencia, siguió a ese señor con la alegre sonrisa de quien, con una grapa en cada mejilla, espera la muerte a manos de algún psicótico vendedor de seguros.
Una vez en el almacén, el empleado apartó una cortina. Allí adentro había unos ojos inexpresivos.
El empleado encendió la bombilla. Las pupilas se empequeñecieron.
Daniel se encogió de hombros y se puso de rodillas. Era una vaca, y no se iba a ordeñar sola.
Sobre su lomo, con visible fruición, un par de duendecillos del hielo brincaban alocadamente.

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