Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

sábado, 21 de agosto de 2010

Kitsch, The absolute denial of shit. II

Dicho todo lo anterior, y deseando que alguien llegue hasta este punto, llevaré la exposición por los cerros de Úbeda del ostracismo intelectual en una anécdota sin importancia pero kitsch y divertida, para luego comenzar con el plato fuerte de todo esto: las ideas de Kundera sobre el kitsch.
Bien, como ya habréis adivinado nos desplazamos para pasar unas vacaciones kitsch a California, estado sede de las estrellas de Hollywood, San Diego, el Golden Gate y algunas paradisíacas playas que hacen las delicias de los turistas que puedan permitírselas.
Malditos burgueses.
La historia que voy a narrar tiene lugar antes de que Almodóvar se convirtiese en el abanderado del kitsch de todo el mundo, junto con la juventud nipona. Pasó en California, sí, entre las décadas de 1910 y 1930, y fue financiada por el éxito de la industria cinematográfica y agricultora de la zona, que hizo que muchos europeos emigrasen a la zona -hartos de las guerras y ávidos de aventuras- para hacer fortuna por la zona.
La mayoría tuvo éxito y convirtió su emigración en la mayor expresión de gusto hortera que he podido encontrar en esta historia (salvo la ya mencionada excepción de La Movida), en arquitectónica y kitsch apoteosis.
Pero vayamos por partes. Imaginemos a un inmigrante cualquiera que ha hecho fortuna. Además, se ha criado bajo la sombra de grandes castillos en Baviera, rodeado de casitas rústicas y alguna iglesia barroca. Esas cosas le dejaron marcado de por vida, claro, como cosas de lujo y gusto aristocrático. De forma que, ¿qué hace? Construir, claro. ¿Rústico? ¡Rústico! ¿Barroco? ¡Pues coño, barroco!
A la larga, y combinado con el estilo de las antiguas misiones españolas, el pout pourri resultante de todos los estilos anteriormente citados, sin ningún orden ni concierto, en las mansiones de esta gente dio en crear lo que ahora conocemos como estilo californiano. Kitsch total, sí.
Pero la cosa no acaba aquí: como hay tanto dinero, nada impide que, por ejemplo, se llene la casa de cuadros de supuestos antepasados nobles con su correspondiente escudo nobiliario ficticio. I per què no? Y si traemos un castillo desde Alemania, piedra por piedra...?
Sí, todo eso se hizo por amor al kitsch.

Al mismo tiempo, y al margen de esta curiosa anécdota, están pasando cosas muy curiosas en Europa. El marxismo ha triunfado en el lugar donde nadie esperaría que triunfase: un país casi carente de proletarios. La República de Weimar, por culpa de las sanciones aliadas, está hundida en la miseria y aguarda impotente el auge del nazismo. En Italia, el fascismo llega al poder rápidamente. Poco después habrá guerra en España.
Comunismo o fascismo, izquierdas o derechas, Stalin o Hitler... el mecanismo de represión estatal es igual de grande en ambos totalitarismos. Las potencias occidentales observan con horror la situación y... bueno, todos sabemos lo que vino después. Y es en los totalitarismos donde nace el concepto de kitsch que quería defender, por el cual escribo este artículo. “El kitsch es la absoluta negación de la mierda”, escribe Kundera. Pues vaya.
¿Qué es lo que caracteriza a los totalitarismos? La propaganda. Kundera vivió en la Checoslovaquia soviética y pudo dar cuenta de ello. Según la teoría comunista, la dictadura del proletariado es el paso sine qua non la fase final del comunismo no se podría realizar. De ahí que la propaganda se mostrase tan optimista: caras felices, Lenin barriendo a los capitalistas del mundo, obreros colaborando entre sí y valientes soldados rusos sin nombre, representando al hombre medio que ha creado la revolución. Eso ya es bastante kitsch per se.
Pero hay otra cosa: esos carteles recortaban lo que el pueblo no podía entender -al igual que muchos burgueses no comprenderían la música de Wagner- y ofrecían su propia verdad inamovible. En palabras de Kundera: “all answers are given in advance and preclude any questions”.
Esa forma de sesgar todos los aspectos incomprensibles o malvados de la vida, dice, está íntimamente ligada al totalitarismo. En una democracia sana, las cosas son sometidas a discusión y crítica, sin embargo el kitsch no es criticable porque es una visión de la vida donde todo es feliz y no existen problemas. Por eso su desacuerdo con la mierda: en el reino del kitsch no existe la mierda, y cualquier cosa que afirme que sí -la ironía, la crítica- atenta contra la felicidad.
Citaré, para finalizar este artículo, otra vez a Kundera, más estética que argumentalmente:
"Kitsch causes two tears to flow in quick succession. The first tear says: How nice to see children running on the grass! The second tear says: How nice to be moved, together with all mankind, by children running on the grass! It is the second tear that makes kitsch kitsch."

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