Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

miércoles, 1 de septiembre de 2010

A la luz de las catedrales, I

Philippe Messer

Hoy este artículo es de una extrema importancia al retraer los orígenes filosóficos, intelectuales y sociales de dos movimientos del todo opuestos. Por un lado, los monjes irlandeses como Alcuino de York, Gerbert, Suger, Abelardo y la Escuela de Chartres, para quienes cada ser humano está en el centro de la creación con (sean cuales sean su origen o su estatus) su poder de volver el mundo inteligible, de transformarlo y de mejorarlo. Por otro lado, Bernardo de Claraval, el espíritu de caballería y el orden cisterciense, que postulan un hombre librado al mal y que debe contentarse haciendo penitencia a fin que Dios le perdone sus pecados. Por un lado, los constructores de las catedrales que practican una educación abierta a todos, por el otro, el oscurantismo monástico predicanto la cruzada y exhortando a abandonar las ciudades y los libros. Educación popular contra feudalismo populista: el lector no dejara de hacer aproximaciones con las apuestas de nuestro tiempo, de naturaleza tan próxima, incluso si las apariencias difieren. Bernardo de Chartres y Bernardo de Claraval serán siempre inconmensurables e incompatibles.

En el espacio de sólo dos siglos, ¡cerca de ochenta catedrales fueron construidas en Europa! A pesar de los efectos del tiempo, su belleza aún está intacta. A pesar de ello, no fueron edificadas ni para realizar una “obra de prestigio” ni para “hacer bonito en el paisaje”. En una época en que la gran mayoría de la población era tratada como un rebaño, la catedral fue la afirmación más visible y la más indiscutible del poder creador del hombre (su chispa divina). A propósito de su basílica, el abad Suger de Saint-Denis escribe: “El poder admirable de una razón única y suprema borra la disparidad entre las cosas humanas y divinas gracias a una composición adecuada, y aquello que parece mutuamente en conflicto por la inferioridad de su origen y la contrariedad de su naturaleza, se encuentra conjuntado por la simple y deslumbrante concordancia de una armonía superior bien temperada.” Esta idea de borrar “la disparidad entre las cosas humanas y divinas” representa un verdadero desafío al orden feudal.

A pesar de todo, las catedrales no habrían despertado gran interés -y sin duda no habrían podido ser contruidas- sin la creación de un vasto movimiento destinado a la educación de la población y de las élites. Vamos a ver en este artículo cuales fueron los actores y las concepciones que los guiaron.

Antes de nada, es necesario subrayar bien subrayado que las “circunstancias” no se prestaban del todo a que tal movimiento pudiera emerger. Es necesario recordar que en la Edad Media las naciones se reducen a asambleas heteróclitas de condados, ducados y feudos móbiles… la autoridad de los cuales está dividida entre incontables parcelas autónomas. En cada una de estas parcelas, un amo ejerce su poder -un patrimonio hereditario- sobre todos y sobre todo. La sola cosa que los unifica es el orden feudal, que impone una división de la sociedad en diversas clases relativamente estancadas y fijas: los nobles y los caballeros, los campesinos y los clérigos.

El vértice de la jerarquía social está ocupado por señores hacendados que se nutren del trabajo de otros hombres. El señor tiene el “bando”, es decir, el derecho de mandar, de imponer y de castigar. Posede todos los medios de producción, tanto si se trata de la tierra como de los animales, como… del hombre. Sus actividades princinpales son, por una parte, la caza, y por la otra, la guerra, que permite acumular algún provecho gracias a los pillajes y a los rescates. Toda la vida se organiza alrededor del castillo, en función de los deseos y de las necesidades del señor, el cual, en su gran mansedumbre, se compromete a proteger su “bien”.

En la base de la jerarquía encontramos a los campesinos, que representan la gran mayoría de la población. De hecho, la servidumbre es la condición dominante de esta clase. La principal característica del siervo es que no es libre: no dispone libremente de sus bienes, no puede reclamar justicia ni desplazarse libremente. Todo está regulado según la buena voluntad del señor, del matrimonio ( el siervo debe pedir autorización) hasta la herencia (cuando el siervo muere, sus bienes vuelven total o parcialmente al señor). Los cargos ligados a la tierra -taxas o diezmos- son muy pesados y los campesinos “libres” no son en ningún modo mejor tratados en este ámbito. Resumiendo, el siervo está considerado como una herramienta de la cual el señor hace uso a su antojo. En fin, como no puede tener dos amos, es estrictamente mantenido apartado de las órdenes religiosas.

En lo que concierne a los clérigos, las cosas son más complicadas. La acción de la Iglesia no es monolítica: escontramos diferentes corrientes de pensamiento totalmente opuestas cuya línea de demarcación atraviesa toda la jerarquía eclesiástica. Una de esas corrientes rehusa adaptarse y ver la condición de los campesinos como una fatalidad. Vamos a remontar un poco hacia su origen.

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