Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

viernes, 3 de septiembre de 2010

A la luz de las catedrales, II: Sembrar las semillas

Philippe Messer

Entre 575 y 725, san Columba (530?-615) y un puñado de monjes irlandeses agustinos tejieron una red de cerca ciento cincuenta monasterios sobre el continente que se convirtieron en verdaderos centros de educación y de vida intelectual abiertos a todos, incluso a aquellos que no están destinados a convertirse en monjes. Es gracias a sus esfuerzos que Europa podrá recuperarse lentamente de la caída del Imperio romano. En efecto, no es ningún azar que Carlomagno retome por su cuenta este proyecto de educación del conjunto de la sociedad. Desde 782, un monje de York, Alcuino, se convierte en su consejero y en responsable de la escuela palatina de Aquisgrán. Alcuino considera que la evangelización de los paganos no puede hacerse por la fuerza, inculcándoles dogmas, sino más bien enseñando el sentido profundo de las Escrituras. Para conseguirlo, es necesario ayudarse de una cultura que sobrepase la de los Evangelios. Alcuino afirma que “los grados de las disciplinas gramaticales y filosóficas conducen a la cima de la perfección evangélica” y presenta así su proyecto a Carlomagno: “Si muchos se penetraran de vuestras intenciones, una nueva Atenas se formaría en Francia, que digo, una Atenas más bella que la antigua. Pues, ennoblecida por las enseñanzas de Cristo, la nuestra sobrepasaría tota la sabiduría de la Academia. La antigua no tenía para instruirse sino las disciplinas de Platón; a pesar de todo, formada en las siete artes liberales, no ha dejado de resplandecer; la nuestra estaría dotada además de la plenitud septiforme del Espíritu y sobrepasaría toda la dignidad de la sabiduría secular.” Estas palabras no quedarían en vanas afirmaciones. En 789, la Admonitio generalis (Exhortación general) proclama: “Y que haya escuelas para enseñar a leer a los niños. Que, en cada diócesis, en cada monasterio, se enseñe los salmos, las notas, el canto, el cómputo, la gramática, (…)” Una instrucción de 805 dada a los “missi dominici” subraya la importancia otorgada a la educación bajo el mandato de Carlomagno: “Lecturas. Canto. Escribas, para que no escriban de través. Notarios. Otras disciplinas. Cuentas, arte de la medicina.”
Los monasterior creados por los monjes irlandeses jugaron un papel predominante en la realización de estas iniciativas, pero veremos igualmente la apertura de verdaderas escuelas elementales en las parroquias. Es así que, a gran escala, se formarán hombres destinados, en el orden temporal o eclesiástico, a constituir los cuadros competentes de la sociedad.
Más allá de las directivas del Palacio, la Iglesia tomará ciertas iniciativas importantes: en 789, un sínodo decide que cada obispado estableza una escuela en su ciudad; en 813, un concilio ordena abrir escuelas donde serán enseñadas las letras y las Escrituras; en 816, otro concilio decide organizar en capítulos el clergado de las iglesias y precisa las medidas a tomar para asegurar en cada uno el funcionamiento de una escuela.
Después de la muerte de Carlomagno, su imperio es roído por la feudalidad y se podría creer en el fin de su proyecto educativo. Nada de eso: las escuelas resistieron a la dislocación del poder político.
Es a la cabeza de una de estas escuelas episcopales, en Reims, que Gerbert será nombrado en 972. Gerbert no construirá nunca catedrales, pero aportará una ciencia, entonces desconocida en Francia, sin la cual la revolución gótica no habría tenido lugar. Además, su compromiso a formar una élite política interesada en el bien común permitirá el movimiento de las catedrales encontrar más fácilmente aliados en esta empresa.
Nacido en Aurillac, su educación de desarrolla en Vic (Cataluña) y hay quien piensa incluso que habría llegado hasta Córdoba, cuya biblioteca contenía 400.000 volúmenes y atraía tanto a los pensadores cristianos como a los judíos. Lo que es seguro es que importa a Francia la ciencia de los sabios árabes: la aritmética con la introducción de las cifras arábigas, la astronomía con los trabajos sobre la precisión de los equinoxios y muchos otros descubrimientos y estudios en física y en óptica. En 970 se encuentra en Roma, donde sus conocimientos en astronomía y en matemáticas no pasan desapercibidos al Papa. Es allí que encuentra a Otón I, rey de Germania y de Italia, quien, impresionado por la inteligencia de Gerbert, pide al Papa “de retener al joven y de no facilitarle ningún medio de partir.” A pesar de todo, Gerbert no se queda en Roma y se convierte, dos años más tarde, en jefe de la escuela episcopal de Reims, en la cual amplía los dominos estudiados. Así como en la época de Alcuino la teología y la gramática eran las principales materias estudiadas, Gerbert desarrolla las artes liberales pues, para él, fe y razón son inseparables: “La Divinidad, escribe, ha hecho un presente considerable a los hombres dándoles la fe y no negándoles la ciencia. La fe hace vivir al justo; pero hace falta añadirle la ciencia, pues se dice de los tontos que no la tienen.” Gerbert tratará de insuflar este espíritu a sus numerosos alumnos, algunos prestigiosos como el futuro rey de Francia Roberto el Piadoso o Fulbert, futuro obispo de Chartres.
En aritmética, hace construir un ábaco, es decir una tabla de multiplicación y de división. Enseña igualmente música, antes totalmente ignorada en la Galia. Según Richer, su alumno, disponía “las notas sobre el monocordio, distinguiendo en sus consonacnias y sus sinfonías los tonos y los semitonos, los ditonos y las alteraciones, y distribuyendo racionalmente los tonos y sonidos, volvía sensibles las relaciones.” Gerbert es también conocido por haber construido órganos. Pero es astronomía lo que más estudia: no solamente vulgariza la utilización del astrolabio, sino que hace construir esferas, llenas o no, para describir el movimiento de los planetas y el de las constelaciones. A propóstio de una de esas esferas, Richer testimonía que “tenía de divino que incluso aquél que ignoraba el arte podía, sin maestro, si se le mostraba una de las constelaciones, reconocer les otras sobre la esfera.”
En 980, Gerbert vuelve a Roma donde enseña esta ciencia a Otón II. Éste le nombrará, en 983, abad de Bobbio, un monasterio fundado por san Columba y célebre por su biblioteca. La muerte de Otón II, vencido por los sarracenos a fines de este mismo año, empuja Gerbert a refugiarse en Reims. Con la ayuda del arzobispo de Reims, Adalberón, facilita la ascensión al poder de Hugo Capeto en 987 y se esfuerza en ayudar a Otón III, aún niño, y a su madre Teófano, ambos amenazados. A partir de este momento, Gerbert se encuentra aislado y atrapado en diferentes intrigas que casi paralizan su acción hasta 997, cuando responde a la llamada de Otón III que le escribe: “Soy ignorante y mi instrucción ha sido negligida, venid en mi ayuda: corregid lo que ha sido mal hecho, y aconsejadme para gobernar bien el Imperio (…) Explicadme el libro de aritmética que me habéis enviado.” Gerbert va a Italia donde redacta para su joven alumno el tratado Sobre lo racional y el uso de la razón. En 999, Gerbert se convierte en Papa con el nombre de Silvestre II y recibe la sumisión eclesiástica de Roberto el Piadoso, rey de Francia, Boleslas de Polonia y Esteban de Hungría. El sueño de Otón III y de Silvestre II de retomar el camino diseñado por Carlomagno empieza a tomar forma y se aventuran incluso a retomar las posesiones bizantinas en el sur de Italia. Bizancio ve muy rápidamente la amenaza que esto representa para su poder. Ya en 809 Carlomagno había intentado, en el concilio de Aquisgran, de imponer, contra la voluntad de Bizancio, el principio fundamental del Filioque según el cual el Espíritu procede del Padre y del Hijo, subrayando así el carácter divino del hombre. La contraofensiva de la oligarquía bizantina no ser hará esperar mucho. En 1001, algunos disturbios son organizados por la aristocracia romana y los dos hombre son expulsados fuera de Roma. Algunos meses más tarde, Otón III muere a la edad de 22 años. Silvestre II podrá volver a Roma, pero morirá en mayo de 1003. Incluso si a priori se puede estimar que la tentativa de restablecer el proyecto de Carlomagno fue un fracaso, a pesar de todo, las semillas sembradas por Gerbert ya germinan. Su antiguo alumno Fulbert llega a Chartres en 987 y sigue la obra de su maestro.

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