Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

domingo, 19 de septiembre de 2010

A la luz de las catedrales, IV: El hombre en el centro de la Creación

Es en el siglo XII que se verá el apogeo de esta idea, encarnada por Thierry y Bernardo de Chartres, Honorio de Autun, Guillermo de Conches. Abelardo y Suger.


Su mensaje es claro: el hombre no es ni un “don” ni un “bien” que posee el señor. No es una criatura entre tantas otras. Honorio de Autun afirma que “(…) incluso si todos los ángeles se hubieran quedado en el cielo, el hombre, con toda su posteridad, habría sido creado. Y es que el mundo ha sido hecho para el hombre, y por mundo entiendo el cielo y la tierra y todo lo que está contenido en el universo.” Que no se ofendan los señores, Dios ha creado el mundo para todos los hombre, incluido el más pobre de los siervos y, además, cada hombre posee una cualidad divina.


Esta cualidad no es de ninguna manera un tipo de “fuerza” mágica que sea suficiente invocar a fin de que apareza. No se trata, tampoco, de seguir las indicaciones de una “receta” que incluya los diferentes ingredientes del conocimiento humano.


La creatividad del hombre puede expresarse desde que éste accede a la inteligibilidad del mundo y se compromete en seguida a transformarlo y mejorarlo. Thierry de Chartres, profesor de Abelardo y canciller de Chartres entre 1120 y 1153, distingue las diferentes facultades del alma: “Así el alma se queda al nivel de la bestia cuando es prisionera de la sensación y de la imaginación. Pero se queda en lo propio del hombre cuando se pone al servicio de la razón. Pero cuando se eleva hasta las ideas y se convierte en disciplina, de esta manera se convierte en superior a los hombres, porque hace exclusivamente uso de ella misma. Y en fin, cuando se esfuerza por elevarse, en los límites de sus capacidades, a la simple totalidad unificadora, y eleva el pensamiento hasta la inteligibilidad, entonces hace uso de ella misma, por encima de ella y se convierte en un dios.”


¿Todo se resume en el conocimiento del mundo o en la creencia en Dios? Sea en su actividad, en sus estudios o en su fe, el hombre debe actuar por amor al prójimo. Thierry de Chartres explica que “la fe, de hecho, se comprende en dos sentidos: “fe-virtud”, que corresponde a la definición: “la fe es la sustancia de las cosas esperadas y el argumento de las cosas invisibles”, tal fe es la unión del pensamiento en Dios y accedemos al amor por la misma razón por la cual creemos, y “fe-creencia”, con la cual creemos que las ters personas, el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo pertenecen a una sola sustancia, una sola divinidad (…). La fe de la cual se sustrae el amor ya no es virtud: si lo fuera, deberíamos reconocer al diablo la posesión de una virtud por el hecho que cree en la encarnación de Cristo, en su vida en medio de los hombres, su crucifixión, su pasión, resurrección y ascensión: conoce todo esto mejor que si lo hubiera visto con los ojos del cuerpo, y además teme el mando de Dios, pero no lo ama.”


Así pues, no nos encontramos en un idealismo beato donde baste ser creyente para ser cristiano, y estudiar para ser inteligente. En su De sex dierum operibus, explicación de la Creación a través del Timeo de Platón, Thierry de Chartres explica que “las causas de la realidad del mundo son cuatro: la causa eficiente, es decir Dios; la causa formal, es decir la sabiduría de Dios; la causa final, es decir su bondad; la causa material, es decir los cuatro elementos.” Si el hombre es creado a imagen de Dios y posee también esa cualidad creadora, entonces debe comprender las leyes del Universo (la sabiduría de Dios) para intervenir en él (los cuatro elementos) y mejorar el mundo en el cual vive (la bondad). Estos diferentes elementos son absolutamente indisociables.


La construcción de las catedrales –obras de arte y de ciencia- se inscrive perfectamente en este pensamiento. El desafio tecnológico que representan, en efecto, hará necesaria una mejor comprensión de las leyes de la naturaleza, pero igualmente hará necesarios hombres educados, mejor alimentación, más energía y herramientas más perfeccionadas –es decir que todos los progresos que verán la luz en esas canteras tendrán repercusiones en el total de la economía. Es ahí que se debe encontrar la explicación del auge económico europeo y de la urbanización entre los siglos XI y XIV.1


1 Una consecuencia directa de esas canteras es la mecanización de medios de producción: gracias al “arbre à came” se transforma el movimiento circular en movimiento alternativo, lo cual permite, con una comodidad sin precedentes, moler los cereales, estirar las telas, serrar, presionar los minerales, accionar los fuelles de los altos hornos o los martillos de fragua.


La mecanización del trabajo de la fragua permite, por ejemplo, construir en grandes cantidades herramientas de acero más resistentes y más precisas. Gracias a este progreso se contruirán muchas más casas de piedra y las herramientas industriales y agrícolas serán más eficaces.

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