Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

lunes, 6 de septiembre de 2010

Onirismos

Salido y yo cocinando, imagino que eso ya basta para que la mayoría de vosotros lo consideréis una de las pesadillas más demenciales que imaginarse pueda. En fin, al menos la sopa tiene buena pinta. Ahora sólo falta meterla en el horno. Muy bien, por supuesto.
Abro el horno con despreocupada felicidad, como si formase parte del kitsch de Kundera, y un rayo de preocupación me cruza el rostro. ¡Horror! El horno está ocupado por los cocarrois de mi madre. Evidentemente sólo puedo hacer una cosa: llamar a mi profesora de catalán para que me acompañe a casa de un amigo de infancia que hace años que no veo. No en vano vive en el mismo bloque de pisos.
Llamo. No hay problema, dice. Presumo que lo dice en catalán, pero mis sueños están normalizados lingüísticamente. Siguen la lengua de mis pensamientos.
Pájaro, pájaro, ojo.
Bajo a su casa y toco, pero dentro hay una fiesta de alumnos de teatro. El tipo que me abre la puerta me es conocido: su melena pelirroja lo delata. Sigo bajando hasta la entrada, y veo a mi profesora tirada hablando por teléfono.
Lo siguiente que recuerdo es a ella diciéndome que me agarre fuerte a la bicicleta y una escena sacada del GTA San Andreas, esquivando coches a toda velocidad mientras decido que, para que el caldo de ambos platos no se me caiga, lo mejor es ponerlos de perfil.
Llegamos a la finca, una torre de pisos protegida por contraseña que parece sacada de alguna película de espías. Recuerdo que la contraseña empezaba por siete, así que comienzo a marcar... y resulta que sólo era siete. Las puertas se abren y dejo a mi profesora esperando abajo mientras entro en el ascensor, donde me encuentro a dos señores vestidos con elegantes trajes de ejecutivo que me sonríen. Debo ir a la séptima -oh, vaya- planta, pero cuando el ascensor llega a la duodécima planta, comprendo que vamos a salir disparados.

Al bajar después de calentar la sopa, mi profesora me echa la bronca por haber tardado tanto. Me he tenido que comer un kebab, me dice. Presumo que lo dice en catalán.

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