Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

lunes, 11 de octubre de 2010

Chuc, chuc, chuuuuuuuuc.

En una estación de tren alejada de cualquier núcleo urbano, sentado sobre el andén, las piernas colgando a pocos centímetros de las vías vacías, las muñecas apoyadas sobre el suelo, abiertas, los brazos echados hacia atrás. Las piernas se balancean, el tren no viene. La cabeza inclinada, los ojos hacia el cielo, una gota.
Dos, tres, cuatro gotas. Empieza a llover. Llueve mucho, muchísimo. Mojado. Empapado. Sumergido. Aún así, nada cambia; la misma posición.
Y por supuesto el tren sigue sin venir. No parece que tenga intención de hacerlo: quizá ha sufrido alguna clase de incidente; quizá no sea la hora, quizá queden muchas; quizá sea festivo; quizá simplemente nunca hubo ningún tren. Inseguridad.
El tiempo se desliza muy suavemente. El clima no importa, la lluvia torrencial es tan silenciosa que incluso se oyen los engranajes mentales al girar: “Es irracional, completamente irracional…”
Los tríceps se tensan, las deportivas mojadas golpean el andén. La cabeza se remueve perrunamente, el agua salpica el agua. Ésta se esparce todavía más por las gafas al tratar de ser expulsada. Las gafas son de sol. Qué incoherencia. Pobres gafas, están llorando.
Los pasos van volviéndose inaudibles, como la lluvia. Cada vez hay más espacio entre el andén y las deportivas. Llegados a un cierto momento, sólo pueden oírse las siguientes palabras: “Pude decir por qué me atraía, pude hablar de su físico, de su inteligencia, de su moral; pero cuando quise quererla, tuve que aceptar que era completamente irracional.”
Ya no hay pasos, ya no hay lluvia, ya no hay palabras. Sólo un andén, unas vías, una sombra de lo que fue.
Y, a lo lejos, puede verse el tren, parado, quietísimo. Completamente estático.
Quizá ni siquiera fue nunca un tren.

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