Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

domingo, 17 de octubre de 2010

La hora 25 - Constant V. Gheorghiu

Libro Quinto


123
Traian Koruga escribía incansablemente. Iohann Moritz, a su lado, contemplaba cómo sostenía el lápiz con los dedos apretados y cómo iba trazando las letras, despacio y minuciosamente, como si fuera ensartando perlas.
Moritz no había tenido nunca paciencia para escribir. No le gustaba. Pero se sentía capaz de contemplar horas y horas, sin aburrirse un solo instante, cómo Traian Koruga escribía.
Pensaba que cuando él escribía era como si estuviera rogando ante los iconos. Y al verle, se olvidaba que estaba prisionero. Dejaban de verse sus pies descalzos, su rostro mal afeitado y los rotos de sus pantalones. Cuando escribía, Traian Koruga era un señor. Y ante él se sentían deseos de quitarse el sombrero y hablar a media voz.
-¿Has oído hablar de los encantadores de serpientes? -preguntó Traian, interrumpiéndose.
-Sí -dijo Moritz.
-Daniel permaneció en la fosa de los leones y éstos no le devoraron -dijo Traian-. Por el contrario, él les amansó. Los hombres pueden encantar serpientes y amansar leones. Mussolini tenía dos tigres en su despacho. Los había domesticado. Los hombres pueden domar a todos los animales salvajes. Pero desde hace algún tiempo, una especie nueva de animal ha aparecido en la superficie del Globo. Esa especie tiene un nombre: "Ciudadano". No vive en los bosques ni en la selva virgen, sino en los despachos. Sin embargo, es más cruel que cualquier animal salvaje de la selva. Han nacido del cruzamiento del hombre con la máquina. Son de especie bastarda, y, sin embargo, componen la raza actualmente más poderosa en la superficie de la tierra. Su rostro se parece al de los hombres, tanto, que con frecuencia se llega a confundirlos con ellos. Pero poco después se da uno cuenta de que no se comportan como hombres, sino como máquinas. En lugar de corazón tienen cronómetros y su cerebro es un engranaje. No son máquinas, pero tampoco hombres. Sus deseos son los de los animales salvajes. Así son los Ciudadanos... Extraño cruzamiento que ha invadido el mundo entero.
Iohann Moritz trató de imaginarse a los Ciudadanos. Pero sin lograrlo. Por espacio de unos instantes pensó en Marcu Goldenberg. Pero Traian volvió a hablar y sus palabras alejaron el recuerdo de Marcu.
-Soy escritor -dijo Traian-. En mi opinión, un escritor es un domador. Mostrando a los seres humanos la Belleza, es decir, la Verdad, se logra amansarlos. Pero yo quiero domar a los Ciudadanos. Comencé a escribir un libro y llegué al capítulo quinto. Pero luego los Ciudadanos me hicieron cautivo y ya no pude escribir más. Y el capítulo quinto se quedó sin comenzar. Pero ahora ya no tengo razón alguna para escribirlo. No volveré a publicar libros. Y en vez del capítulo quinto quiero escribir algo capaz de domar a los Ciudadanos. Si logro hacerlo, moriré con el alma en paz. Voy a leerte lo que escribo. No será una novela. Ni una pieza de teatro. Los ciudadanos no gustan de la literatura. Para amansarles, escribo en el último género que admiten. Son "Peticiones". Los ciudadanos no tienen tiempo para perderlo con novelas, dramas o piezas. No leen más que Peticiones.


124

"Petición número 1".- Tema económico: "Materias grasas".
Decidido a remitirles muchas peticiones, comienzo por un asunto económico. Sé que la Civilización técnica está construida sobre bases y fundamentos materialistas. La Economía es el Evangelio de ustedes. No tengo nada que objetar. Personalmente confesaré que soy escritor y que cada escritor es, ante todo, un "testigo".
La primera cualidad requerida para ser testigo es la imparcialidad. Por lo tanto, mis Peticiones serán testimonios de Verdad.
El problema que voy a exponer me parece particularmente importante: se trata de materias grasas.
Supongo que está usted al corriente de la penuria de materias grasas que sufre el Universo actual. Cuando llegué al campo, los prisioneros dormían tendidos en el suelo, uno al lado de otro. Sólo con dificultad hallé un sitio donde tenderme. Acababa de salir de la cárcel y estaba muy cansado. Los terrenos que rodeaban el campo me parecían muy grandes, y no comprendí por qué habían limitado ustedes hasta tal punto la superficie.
Las quince mil personas que se hallan en el campo parecen pegadas unas a otras. De pie, queda aún un poco de sitio. Pero al acostarse, el espacio es tan reducido, que se amontonanunas encima de otras. De mí, puedo decir que no me fue posible extender las piernas en toda la noche. Los que se hallaban a mi alrededor ponían sus pies en mi cabeza constantemente. Como esos pies estaban muy calientes y me cubrieron el cuerpo durante toda la noche, no tuve frío.
Creo saber ahora por qué limitaron ustedes el espacio: porque los prisioneros pisoteaban la hierba con los pies, y ustedes querían economizar la que crece en los campos. La hierba cuesta cara. Hubiera sido una lástima pisotearla inútilmente. Es mucho mejor que se la coma una vaca, pues la vaca da leche. Los prisioneros, en cambio, no dan nada.
Por otra parte, de haber hecho el recinto más ancho habrían necesitado mayor cantidad de alambre de espino. El espino artificial es caro y no valía la pena gastar mucho con el solo fin de que los prisioneros tuvieran más espacio y pudieran dormir cómodamente.
Además, en cuanto haga frío y llegue la estación de las lluvias, la mayoría de los prisioneros se morirán. Otros se morirán antes, y los que queden con vida tendrán así el espacio necesario para extender sus pies. Creo que tuvieron en cuenta ustedes tal detalle cuando construyeron el campo. No puedo hacer otra cosa que inclinarme ante el rigor científico de sus previsiones.
Ayer, antes de dormirme, estuve escuchando una conferencia. El conferenciante, que se decía profesor de la Universidad de Berlín, nos habló de las materias grasas. Y respecto a esta conferencia, voy a tratar en la presente petición.
El profesor ha contado diariamente las judías contenidas en el rancho que comemos en el campo.
Ha contado durante treinta días, mañana y tarde, todas las judías contenidas en su plato. Luego ha sumado todo ello, sacando finalmente un promedio. Afirma, en consecuencia, que un prisionero recibe diez judías por día, en ambas comidas. Los ayudantes del profesor han contado también las judías contenidas en sus platos corroborando la exactitud del cálculo.
Luego el profesor ha contado las peladuras de las patatas, calculando la cantidad de harina contenida en el rancho. Debido a la circusntancia de no poder entrar en la cocina, este último cálculo ha sido, naturalemente, aproximado.
Saben ustedes, igual que yo, que los alemanes son muy rígidos en cuestiones matemáticas. Por lo tanto, es de suponer que las judías se contaron con toda exctitud. Los germanos son pacientes y escrupulosos. Después de los treinta días de comedida labor, el profesor ha acabado su estudio, dándonos una conferencia, apreciada por el auditorio en su justo valor. Los alemanes gustan de escuchar conferencias, aunque se refieran a los temas más diversos. Es un hábito que data de la Edad Media. Después de explicar cómo había logrado contar las judías diariamente, pasando el rancho por un fino tamiz, el profesor ha confesado la cifra exacta de calorías contenidas en cada judía. No recuerdo la cifra exacta. Luego ha calculado el número de calorías contenidas en diez judías, añadiendo el número de calorías de las patatas y de la harina, que los prisioneros no perciben jamás en su rancho, pero cuya existencia no sabría poner en duda el profesor. Y ha concluido declarando que cada prisionero del campo recibe por término medio quinientas calorías diarias. Algunas veces recibe, en realidad, bastantes menos. Ha ocurrido que a veces ni siquiera el profesor ha encontrado una sola judía en el rancho. Pero otros, en cambio, han hallado hasta quince y algunas veces dieciocho. El promedio es, por tanto, exacto.
Los prisioneros del campo no duermen todo el día. Sin embargo, el profesor ha establecido sus cálculos como si los prisioneros consumieran despiertos un número igual de calorías al que necesitarían si pasaran todo el día durmiendo. Mil calorías es el mínimo.
Los prisioneros reciben quinientas calorías en judías. Las quinientas que consumen de más tienen que extraerlas de sus propias reservas de grasa, es decir, del capital acumulado en su cuerpo. Y al extraer cada día quinientas calorías de la reserva con que habían llegado al campo, resulta que los prisioneros adelgazan seis libras por mes.
Todo, naturalemente, en promedio. El profesor pesó por sus propias manos a los prisioneros con balanzas y pesos improvisados. Parece, sin embargo, que los instrumentos eran bastante exactos. Sumando las seis libras, es decir, los tres kilos de grada que cada prisionero pierde al transformarlos en calorías, resulta que sólo en este campo de Ohrdruf, puesto bajo la competente dirección de usted, se pierden mensualmente cuarenta y cinco mil kilos de materias grasas. Cada mes, cinco vagones repletos de materias grasas se van del campo. La grasa se desvanece con el aire. Calcule usted mismo la pérdida que de eso resulta. No soy economista y no sabría decirle sugerirle a usted ninguna solución, sin embargo, estoy convencido de que, gracias a los medios técnicos de que disponen, podrían ustedes utilizar en su provecho esa grasa viva. ¿Por qué dejar que se pierda?
Tal es el objeto de mi petición.
Estoy seguro de que sabrá usted comprenderme, Pertenece a la rama más evolucionada de la Civilización técnica y acaso pueda usted mandar un informe a este respecto a la Academia de Ciencias de su país.
Es un acto de barbarie dejar que se pierdan así cuarenta y cinco mil kilos de grasa mensualmente. Tienen ustedes otros campos. Creo saber que sólo en Alemania existen algunos centenares. Podrían ustedes tener montañas de grasa fresca diariamente.
Después de haber escuchado la conferencia del profesor de Berlín, cada vez que husmeo el aire descubro que huele a grasa humana.
Su campo es una prensa gigante que extrae la grasa de los prisioneros. ¿No percibe usted ese olor de grasa cuando tiene abierta la ventana de su despacho? Hasta nuestras ropas deben de estar impregnadas. Tenga la amabilidad de preguntarle a su esposa, o a aquella al lado de quien duerma cada noche, si su pelo y su piel no huelen a grasa humano cuando se acuesta usted junto a ella. Las mujeres poseen un olfato más fino que el nuestro. Ella se lo dirá, seguramente. En cuanto a mí, el solo pensamiento me produce angustia, náuseas... Reciba mis saludos y la seguridad de hallar siempre en mí un gran admirador de la Civilización que usted representa. Estoy completamente seguro de que gracias a los recursos y los medios técnicos de que disponen ustedes, podrán utilizar toda esa grasa. (Y no olvide que yo mismo le ofrezco tres kilos por mes de mi propio cuerpo.)
"El testigo."


125

"Petición número 2" - Tema estético: "El ideal de la belleza humana en la Sociedad Técnica Occidental".
El otro día discutí sobre el tema de Estética con un profesor alemán. Y las palabras se fueron encadenando hasta degenerar en una verdadera disputa. Los alemanes, como los demás europeos, siguen aferrados al clasicismo. Esa es la causa de que la sociedad se haya derrumbado. Una sociedad sana y evolutiva como la de ustedes posee un arte moderno.
El profesor alemán me mostró a los prisioneros que se paseaban por la explanada del campo y que sólo tienen -como usted sabe muy bien- la piel y los huesos. El profesor me dijo que eran feos. ¿Por qué? Pues sólo porque no llenaban los cánones de la belleza griega. Yo no compartí su convicción. Para mí, los hombres reducidos a su esqueleto y piel son soberbios y constituyen verdaderas obras de arte vivas.
Traté de convencer al alemán de que la sociedad de ustedes aprecia lo Bello hasta un punto jamás alcanzado por ninguna sociedad hasta nuestros días, y que si practican la extracción de la grasa de los cuerpos humanos, es con fines puramente estéticos, para embellecer al Universo. No me comprendió. Los alemanes son tarods en comprender. Por ese motivo les dicen que tienen la cabeza cuadrada.
Mañana daré una conferencia sobre la belleza humana en el Occidente moderno.
Existe un escultor suizo, Alberto Giacometti, que realiza en el campo de la escultura los mismos principios y el mismo ideal de belleza masculina y femenina que ustedes realizan en la práctica haciendo desaparecer la grasa y la carne del cuerpo humano. Trabajando en sus estatuas se esfuerza en eliminar la grasa, tanto del cuerpo humano como del espacio.
El cuerpo queda reducido así a una sola dimensión, adquiriendo las formas alargadas y áridas de un alambre.
Ustedes hacen lo mismo en el campo. Y sé que desde siempre su civilización se ha basado en principios estéticos.
Y cuando, mañana, toda la superficie del Globo esté poblada de hombres con cuerpos armónicos de acuerdo con los nuevos cánones estéticos del arte de Giacometti -y de ustedes-, el Universo respladecerá de belleza.
"El testigo."


126

-Mi querido Moritz -dijo Traian Koruga-. Hasta ahora llevo escritas por lo menos cuarenta peticiones, en las que he querido poner al descubierto la verdad y convencer a los hombres para que no se torturen mutuamente. He puesto unas señas en cada petición pero en vano. He utilizado el estilo jurídico, el estilo diplomático, el estilo telegráfico, el estilo de receta culinaria y el estilo publicitario. Me he mostrado sentimental, vulgar, suplicante y he pedido justicia por todos los medios que la desesperación ponía a mi alcance, pero sin recibir ninguna respuesta.
"Les he dicho las verdades más descarnadas, pero no se han enfadado. Me he arrodillado para escribirles, pero no se han apiadado. Les he insultado groseramente, pero no se han sentido ofendidos. He querido hacerles reír o excitar su curiosidad, pero inútilmente. No he logrado despertar en ellos grandes sentimientos ni apetitos vulgares, No he podido provocar la menor reacción y mejor habría hecho hablándoles de las piedras. No tienen sentimientos. No saben odiar ni vengarse. La piedad es algo extraño en ellos; trabajan automáticamente e ignoran todo lo que no está escrito en el programa. Podría arrancarme un jirón de piel y escribir en él una petición con mi sangre todavía caliente, y estoy seguro de que ni siquiera la leerían. La arrojarían a la papelera, como han hecho con las demás. Ni siquiera verían que era un jirón de mi piel, escrito con mi sangre todavía caliente. El hombre les es completamente indiferente. Es la suya la indiferencia del Ciudadano ante el hombre, la indiferencia que ha terminado por sobrepasar la de las máquinas.
-¡Pobre señor Traian! -dijo Iohann Moritz compasivo-. ¿Qué intenciones tiene usted? Mi opinión es que sería mucho mejor que no siguiera escribiendo.
-Seguiré -dijo Traian-. Sólo la muerte podrá interrumpirme. Los hombres han logrado domar a todos los animales salvajes. ¿Por qué no vamos a domar nosotros a los Ciudadanos?
-Quizás haya que hacerlo de otra manera -dijo Iohann Moritz-. Escribiendo no alcanzará usted ningún resultado práctico.
-Todas las vistorias del hombre, desde su aparición en la superficie del Globo hasta hoy, han sido victorias del Espíritu. Y gracias al Espíritu, terminaremos por domar a los Ciudadanos, encastillados en sus despachos. Si no llegamos a domarlos, nos harán pedazos.
"Tenemos que habituarles a no desmontar el hombre en piezas apenas lo encuentren. En tanto no les hayamos enseñado eso, no podremos habitar la misma tierra, las mismas ciudades, las mismas casas que ellos. Será mucho más difícil que encantar serpientes o domar leones. Sin embargo, jamás me he sentido tan optimista como hoy. Es sin duda el optimismo del hombre ante la muerte. El espasmo de mi agonía será el capítulo de "Peticiones" de la hora veinticinco.
¡Pero lo escribiré!

127

"Petición número 3." - Tema económico: "Prisioneros que no poseen más que la mitad o el tercio de su cuerpo".
Durante cuatro días, uno de mis amigos, ayudado por mí, ha logrado empadronar a los prisioneros de este campo que no poseen más que la mitad, el tercio o un quinto de su cuerpo.
Mi amigo no ha hecho aún el recuento de sus estadísticas. Es un maniático del cálculo. Pero yo me apresuro a escribirle a usted, ya que el problema me parece urgente desde el punto de vista económico. Así podrán ustedes economizar diariamente algunos millones de marcos por lo menos.
Veamos de qué se trata: Entre los quince mil prisioneros encerrados conmigo, tres mil por lo menos no poseen su cuerpo íntegro. Doscientos carecen de piernas. Se arrastran como reptiles a través del campo. Mil doscientos, no tienen más que una sola pierna, y otros, un solo brazo. Algunos son completamente mancos. Eso en lo que concierne a los miembros exteriores.
Pero gran número han perdido también ciertos órganos interiores: un pulmón, un riñón, fragmentos de huesos, etc. Cuarenta prisioneros no tienen ojos.
Todos estos individuos fueron detenidos automáticamente al mismo tiempo que yo. Al principio los compadecí. Mi amigo Iohann Moritz cierra los ojos cada vez que pasa ante los mutilados del campo, pero Iohann Moritz es un primitivo. No comprende que la detención es automática y que desde el momento en que se forma parte de una categoría que debe hallarse encerrada, no puede eludirse la suerte por el simple motivo de carecer de piernas, de ojos, de nariz o de pulmones. La detención automática no prevé excepciones para aquellos que tienen un cuerpo en estado de no funcionamiento, y es justo que así sea. La justicia es para todos sin excepción.
Hay en este campo un profesor que carece de brazos por haberlos perdido en la guerra. Cuando ustedes dieron orden de detener a todos los profesores, no hubiera sido justo ahorrarle la detención a mi amigo por el hecho simple de carecer de brazos. ¿Qué hay en común entre la detención y los brazos? Nada. Si era profesor, tenía que ser detenido al mismo tiempo que todos los de la categoría a la que pertenecía. Es lo que ustedes hicieron. Ustedes no se equivocan, y por eso les admiro tanto. Sería capaz de dar en cualquier momento mi vida, si con ella salvaba esa grande y magnífica Civilización que representan. Son ustedes la Justicia y la Precisión encarnadas.
Pero volvamos a nuestro tema: esas fracciones de hombres a quienes faltan pedazos enteros de carne reciben la misma cantidad de alimentos que los prisioneros en perfecta posesión de su cuerpo. Es una gran injusticia.
Mi propuesta es que tales prisioneros reciban raciones alimenticias proporcionales a la cantidad de cuerpo que aún poseen. El Gobierno de ustedes hace grandes sacrificios para asegurar las raciones de los prisioneros, pero por prisionero debe entenderse un hombre íntegro. Si juntan ustedes los tres mil mutilados y cuentan sus manos, sus pies, sus ojos y sus pulmones, verán que en realidad no necesitan alimentar más que dos mil prisioneros, como máximo.
¿Por qué gastar dinero en alimentar órganos que los prisioneros no poseen? Tal generosidad me parece perfectamente desplazada.
Creo que las autoridades superiores se sentirán satisfechas si les señala el caso. Es posible que llegue a ganarse usted una condecoración. Logrará que el Estado economice una gran cantidad de dinero, y todos sabemos que el dinero es lo único importante. Tal convicción es la que me ha impulsado a dirigirme a usted.
"El testigo."

128

"Petición número 4." - Tema militar: "Cambio de sexo".
El hambre ha operado ciertas transformaciones en los prisioneros del campo. Transformaciones que pueden ser para ustedes de un gran interés militar. He aquí, en pocas palabras, de lo que se trata: los prisioneros detenidos hace tiempo y que han estado viviendo con quinientas calorías diarias, no necesitan ya afeitarse. Hombres que en tiempo normal se afeitaban una o dos veces al día, desde que están en el campo han comenzado a no hacerlo más que una vez cada dos días primero, luego una vez por semana, después dos veces por mes, para terminar dejando de afeitarse. Su barba se ha ido haciendo de día en día más escasa, hasta parecer sólo un vello, que luego ha terminado por desaparecer. Sus rostros se han ido dulcificando hasta convertirse en caras de mujer. Pero eso no ha sido todo. Su voz se ha afeminado también, desarrollándose sus senos hasta alcanzar, en ciertos prisioneros, la talla de los de una muchacha de trece años. Su piel se ha hecho suave y sedosa como la de las mujeres, y sus propios gestos se han convertido en ademanes femeninos. No sé en realidad lo ocurrido con sus órganos sexuales, pero creo que este régimen alimenticio terminará por transformarles completamente en mujeres. Los médicos pretenden que es causa del hambre y "que la privación de alimentos tiene por efecto reducir comsiderablemente, hasta casi detener, las secreciones hormonales de doble función: andrógenas (hormonas machos) y estrógenas (hormonas hembras). Además, el hígado debilitado no puede ejercer ya su función de regulador hormonal. Llega a destruir excesivas hormonas andrógenas pero sigue dejando pasar las hormonas estrógenas. El equilibrio hormonal se rompe y el organismo acaba por revelar y acusar su "aspecto femenino".
Esta comprobación puede tener para la civilización de ustedes una gran importancia militar. Piense con calma quién llenaría el universo si metieran ustedes a todos sus enemigos bárbaros en campos de concentración -como ya han comenzado a hacer- y les dieran solamente algunos centenares de calorías hasta que todos se convirtieran en mujeres. La nación que se hubiera atrevido a ser enemiga de la suya, se quedaría sin varones. Nadie podría declararles a ustedes la guerra. Creo que su gran Estado Mayor debería utilizar ese descubrimiento. Y teniendo en cuenta el espíritu práctico y particularmente inventivo de la Civilización de ustedes, creo que deberían efectuar también la operación inversa: la sobrealimentación de las mujeres de su patria que quieran inscribirse como voluntarias y su transformación en varones. Así podrían acrecentar la mano de obra.
Propongo, por lo tanto, que las raciones de quinientas calorías que se dan a los prisioneros del campo de su digna dirección sean disminuidas. Así se transformarán con mayor rapidez en verdaderas mujeres.
"El testigo."

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