Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

martes, 5 de octubre de 2010

A la luz de las catedrales, V: La oposición de Bernardo de Claraval

Philippe Messer


Esta visión optimista del hombre no era compartida por todos. Una oposición virulenta nacerá en el seno mismo de la Iglesia, por la acción de Bernardo de Claraval. Éste llega al monasterio de Cîteaux en 1112 con una trentena de amigos, “clérigos letrados y de alto linaje, laicos poderosos en el siglo y no menos nobles”. Este hijo de señor dará un gran impulso a la extensión del orden cisterciense.

De hecho, Bernardo de Claraval introdujo el espíritu de la caballería entre los cistercienses. Salido de la aristocracia militar, considera el orden feudal como perfecto, pues es querido por Dios. Es normal a sus ojos que los caballeros ordenen y que los otros dispongan –es su interpretación muy personal de la jerarquía celeste. Así, Cîteaux encarna perfectamente, en el seno de una comunidad, la estructura social feudal. Se divide en dos clases: los monjes de coro y los conversos.

Los primeros vienen del mundo de los señores, del clergado y de la caballería. Su educación está hecha y así, incluso si trabajan (un poco) con sus manos, están predispuestos a participar en la celebración litúrgica.

Los segundos provienen de las clases bajas del campesinado. Son considerados como rústicos y están destinados a seguir siéndolo.

Estas dos clases están bien definidas y separadas. El historiados Georges Duby, admirador de san Bernardo, describe el universo de los conversos de la manera siguiente: “Los conversos están situados a parte; tienen su propio dormitorio, la sala donde comen, en el suelo, cerca de las bodegas. Muros sin aperturas aislan su espacio del de los monges de coro. Deben deslizarse por un pasillo estrecho, ciego, hasta la iglesia, en el fondo de la cual quedan acuartelados, rebaño mudo, más negro, más apestoso que el grupo de los celebrantes unidos por el canto en la plegaria. Los conversos son inferiores. Se les exhorta, en nombre de la humildad y de la caridad, a regocijarse de su estado, como del alimento, también inferior, que se les sirve.”

Además, la instalación de un monasterio cisterciense tenía a veces consecuencias desagradables para la población local, ya que pueblos enteros debieron vaciarse de sus habitantes con el fin de respetar la regla de aislamiento. Contrariamente a los monges irlandeses, san Bernardo desprecia el mundo. Escribe: “Pero nosotros, que ya no pertenecemos al mundo, hemos abandonado por Cristo la misma belleza del mundo y –sigue diciendo- sabemos que el oficio del monge no es enseñar, sino llorar.” En efecto, para qué enseñar si, según él, “engendrados en el pecado, pecadores, engendramos pecadores; nacidos deudores, engendramos deudores; nacidos corrompidos, engendramos corrompidos; nacidos esclavos, engendramos esclavos. Estamos heridos desde nuestra entrada en este mundo, mientras vivimos en él y cuando salimos de él; desde la planta de los pies a la cima de nuestra cabeza, no hay nada sano en nosotros.” El hombre es pecador y la sola manera para él de salir bien librado es la penitencia. Está claro que no se puede ser digno de Cristo si no se ha sufrido tanto como él: “Feliz el alma que pone su gloria en la cruz; es por ella que ella triunfará si a pesar de todo persevera y ninguna tentación no la hace bajar. Que ella rece, clavada a esta cruz, que suplique a su Maestro de no permitir que sea arrancada de ella. Sea quien sea que nos llame, no bajemos para responderle: ni la carne ni la sangre, ni tan sólo el espíritu tienen el poder arrancarnos de este patíbulo donde estamos atados hasta la muerte.” Y a un joven que desea entrar en Cîteaux, trata de tranquilizarlo en cuanto al rigor del orden: “Cristo será vuestra madre, (…) y los clavos de la cruz que traspasan Sus manos y Sus pies traspasarán también los vuestros: seréis Su hijo.”

El hombre, incapaz de hacer el bien, debe contentarse haciendo penitencia para que Dios le perdones sus pecados. Todo aquello que es susceptible de desviarlo de esta vía debe ser apartado con firmeza. San Bernardo exige, por ejemplo, abandono extremo, hasta el punto que precribió en su capítulo general que las iglesias y otros lugares de los monasterios no recibieran ninguna decoración esculpida o pintada y prohibió el uso de vidrieras en color, pues “cuando uno las mira, neglige a menudo la utilidad de una buena meditación y la disciplina de la gravedad religiosa.”

Es evidentemente un ataque directo contra el movimiento de las catedrales. Se conoce bien su acarnizamiento contra Abelardo, pero éste no será su única pieza a cobrar. San Bernardo quiere, literalmente, arrasar la gran empresa educativa de la población. Por ejemplo, irá a exhotar a los parisinos a irse de las ciudades, pues encontrarán más en los bosques que en los libros. Uno de sus amigos, Guillermo de Saint-Thierry, escribe que san Bernardo “pensaba adquirir lo mejor meditando y rezando en los bosques y en los campos, y no tener ningún maestro, sino los robles y las hayas…” Rezar en el bosque, según Guillermo de Saint-Thierry, está bien. Por el contrario, denuncia a la escuela de Chartres que explica la creación del primer hombre, no a partir de Dios, sino de la naturaleza, de los espíritus y de las estrellas. Guillermo de Conches respondió a ello: “Ignorando las fuerzas de la naturaleza quieren que nos quedemos atados a su ignorancia, nos niegan el derecho a investigar y nos condenen a quedar como los rústicos en una creencia sin inteligencia.”

Esta “creencia sin inteligencia” es el éxtasis místico realizado por la mortificación y la penitencia. La relación del hombre en el orden divino no es inteligible, se trata de una percepción inexplicable, como describe el mismo Bernardo de Claraval: “A menudo [el Verbo] ha entrado en mi, y a veces no me he dado cuenta de su llegada, pero he notado que estaba allí, y recuerdo su presencia. Incluso cuando he podido presentir su entrada, no he sido capaz de tener la sensación, como tampoco de su partida. ¿De dónde ha venido a mi alma? ¿A dónde se ha ido al dejarla?”

El éxito de san Bernardo de Claraval –las abadías cistercienses se extendieron por toda Europa y se convirtieron en un lugar de paso casi obligado para la jerarquía de la Iglesia- se debe en primer lugar a su maniqueísmo populista. En efecto, azota (con toda justicia) la corrupción de los poderosos, pero es para imponerles una visión fija del mundo donde se oponen luz y tinieblas, espíritu y materia. Después, justificando el orden feudal, calma sobretodo a los señores y a los caballeros, el poder de los cuales se ve confortado por la bendición de san Bernardo si se comprometen a defender a Cristo. San Bernardo no sólo predicó la segunda cruzada en Vézelay en 1146, se comprometió a crear, según sus propias palabras, una “nueva caballería, una caballería de Dios” –el orden del Temple. Para él, todos los principios de la caballería son buenos desde el momento en que se aleja de las frivolidades del mundo. Porque, además, matando de “manera arbitraria” en tanto que matando “en nombre de Cristo”, se evita el pecado:

“Los caballeros de Cristo libran en plena seguridad el combate de su Señor, no debiendo temer ni el pecado si matan ni la condena si mueren (…) Matando un malechor, no cometen un homicidio, sino que suprimen un mal (…) La muerte que dan es el provecho de Cristo (…)”

“Sin duda el asesinato es siempre un mal, y os prohibiría matar a esos paganos si pudiéramos impedirles de otra manera oprimir a los fieles. Pero en nuestra condición presente, más vale combatirlos (…)”

En lugar de hacer retroceder el paganismo o la herejía a través de la educación del pueblo, san Bernardo propone una solución mucho más radical, que no estaba hecho precisamente para disgustar a los señores.

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