Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

martes, 19 de octubre de 2010

Porque a veces llega la 1 de la noche y yo tengo ganas de escribir.

Deduzco el color de su vestido porque al cruzar el umbral siento que el aire es de mediados de diciembre, a pesar que apenas terminamos octubre. El vestido es morado y el morado es su color, ella no se lo pone para mí pero yo se lo agradezco de todas formas. Caminamos y caminamos y discutimos sobre si el amor es el motor del mundo, si las crisis existenciales están justificadas, si podría existir el amor sin el odio o si una vida humana es inútil en caso de no hacer nada para remediarlo. Discutimos acaloradamente y me niega la razón, yo tomo conciencia y echo el reciclado en su correspondiente contenedor. Ella me da su aprobación pero sigue negándome la razón. No es competitiva, no es egoísta, simplemente quiere tener la razón.
Los valses suelen tener un ritmo ternario y no andábamos para nada acompasados sino que parecíamos una cabalgata desordenada y con muy poco público al que contentar. Nuestras voces convergían y no entendíamos nada de lo que pronunciaba el otro, ni nos importaba, ni nos sonreía el clima cuando de golpe se puso a llover y ella traía un paraguas morado, también, que aunque no lo llevara para mí yo se lo agradecí de todas formas. Entonces se empeñó en llover y aguantamos bajo el paraguas a que no amainara durante toda la noche, aunque nos entraron unas ganas enormes de tumbarnos en medio del asfalto y dormirnos mientras escuchábamos el repiquetear de las gotas sobre las chaquetas de cuero de los demás transeúntes, no lo hicimos. Nos quedamos muy juntitos, sin tocarnos, yo mirándola hasta que me escocieron los ojos, ella gesticulando y desgañitándose y desgañitada, puesto que se había quedado ronca de tanto levantarme la voz.
Tras horas de lluvia y amaine decidí darle la razón, no porque la tuviera, sino porque la merecía debido a su insistencia. Así se lo hice saber y entonces no la quiso, me la envolvió junto al paraguas recién apagado, como la luz del comer de donde vinimos, y me animó a metérmelo junto a la razón por el conducto anal. Se fue de mi lado enfurruñada, si se puede estar al lado de alguien sin estar junto a él, y me hizo entender mediante signos que no quería saber absolutamente nada de mí. La seguí con palabras de amor y olvido en mi lengua, corriendo para alcanzar sus zancadas de un número 38. Coloqué la mano derecha sobre su hombro y me soltó un revés de izquierdas que me quitó el frío de golpe, ardiendo mi mejilla como las colegialas cuando hablan discretamente sobre su nuevo amor. Sorprendida, se miró la mano, me miró la mejilla, se miró la mano y se echó a reír con fuerza, cerrando los ojos y reteniendo mentalmente la visión de varios dedos sobre un fondo color carne. Me eché a reír yo también y esperé con victimismo a que me llegara la amnistía en forma de beso reconciliador.
La amnistía llegó y entonces los labios se volvieron calientes y sólo una mejilla quedó conjuntada con el frío y la humedad que queda después de la lluvia. Sin embargo, ella seguía vestida de morado, ahora sin paraguas, ahora colocándose los cabellos detrás de la oreja para que no hubiera nada entre sus labios y mis labios.
Otra vez amigos, otra vez como dos vidas útiles, otra vez moviendo el mundo deshicimos el camino hacia casa y volvimos a cruzar el umbral, esta vez en sentido contrario. Otra vez llegamos al comedor y me echó la bronca porque me había dejado la luz abierta, porque soy un inconsciente que no pienso en el medio ambiente y por culpa de la gente como yo el planeta está como esta. Otra vez cerré la luz y nos quedamos a oscuras, y otra vez pensé que sería un buen momento para reconciliarnos con algún besito y quizá algo más, pero otra vez ella abrió la luz y me dijo que daba igual la puta luz, que sin mí el planeta no estaría tan lleno.
Y le quité el vestido morado que tanto me gustaba otra vez.

3 comentarios:

Nadie dijo...

De tener, diría que Buenafuente está matando mi espíritu creativo.

Jack dijo...

No ver la tele siempre me ha gustado bastante, sí xD

Nadie dijo...

Me encanta la idea de disfrutar de algo que no se hace. Abre una puerta al placer infinita xD

Da igual, de todos modos la culpa de mi falta de talento es de ETA.