Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

martes, 5 de octubre de 2010

Verónica.

Veronique vivía en Francia. No en París, llamada la ciudad de la luz o del amor, sino en Marsella, junto al Mediterráneo, que es una ciudad como otra cualquiera.
Una vez le pidieron que expresara su idea de felicidad. Veronique respondió que la felicidad es justo el momento en el que estás lo suficientemente dormido como para poder decir que estás despierto. Luego elucubró más y llegó a la conclusión que felicidad también eran las charlas con el gato de Cheshire, los viernes después de clase, los envoltorios de regalo aún sin abrir y las sonrisas de los chicos más encantadores.
Luego los que habían inquirido tales respuestas comenzaron a avasallarla con discursos sobre metafísica, parafraseando a millones de filósofos famosos: “T dijo que no sé puede ser feliz desde el momento en que piensas en la felicidad”, “X pensaba que la felicidad estaba en el pasado y en el futuro, nunca en el presente”, “Pues Z opinaba que sólo dando la vuelta a la tristeza se puede llegar a la felicidad”.
Entonces Veronique se cansó de tanta verborrea sin sentido y los despachó a todos. Se sentó sola, en una silla de madera incómoda, y recapacitó sobre lo oído. A ella no le importaba qué dijeran esos barbudos sabihondos. Veronique se sentía feliz justo el momento en el que estás lo suficientemente dormido como para poder decir que estás despierto, cuando conversas con el gato, abres los regalos, sonríes cándidamente.
Veronique se decidió por fin. Se levantó de la silla y abrió un cajón de su escritorio. El gato maulló a modo de saludo y se colocó sobre su regazo. Veronique se interesó por su estado de salud y tras varias preguntas triviales ya estaba feliz, conversando con él. Todas las palabras de los sabios habían desaparecido y sólo quedaba la ignorancia, tan simple y placentera como la duermevela, los regalos abiertos, los dientes incipientes.

4 comentarios:

Nadie dijo...

¿Refrito?

Sofía S. Curtis dijo...

Verónica es féliz. xD

Jack dijo...

!Verónica no existe!

Nadie dijo...

Mierda, me has hecho reir xD