Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

jueves, 11 de noviembre de 2010

La Columna del Odio: La Real Academia Española

Me llego otra vez al frente de esta sección de artículos para convertirme en el adalid de una protesta que, curiosamente, no he visto -ni he buscado, puesto que esperaba que no fuera necesario para que la corriente de críticas llegase a mí- hasta este momento.

Y es que desde las entrañas de un organismo cuya función está inmortalizada en la leyenda “Pule, fija y da esplendor” -aunque ahora pule tanto que deja al descubierto las nada esplendorosas formas que pretende fijar- se ha levantado un nuevo aire burocrático caracterizado por pretender convertir los libros de texto en SMSs de cientos de páginas.

¡Cosa más rara! Uno esperaría de los académicos del idioma el velar por la corrección de los hablantes de éste, y no correr, cual puta por rastrojo, en pos de la juventud y su curiosa concepción de la corrección textual. Aunque bien es cierto que esto ya se venía pregonando desde hacía largo tiempo (“más o menos”, me recordaba mi amigo Gerard ayer, al ver mi cara desencajada por un rictus agónico, “cuando decidieron que 'carné' era más correcto que 'carnet'”). ¿Qué hay de toda esa gente que se esforzaba en pronunciar ese difícil fonema final, en aras de una mayor corrección?

Niente. Mi profesor de Lengua y Literatura se pasa el día recordándonos que sólo en Ciudad de México hay tantos hablantes de español como en toda España, y que su manera de pronunciar es tanto más correcta que la nuestra, en tanto que es más mayoritaria. La clase guarda silencio y un servidor tiene la tentación de gritar “falacia ad populum” unas cuantas octavas por encima de su delicada voz de tenor, pero se reprime. ¿La razón? Alguien ha sacado la artillería pesada: “De hecho,” continúa el profesor, “se rumorea que pretenden cambiar la palabra 'reloj' y quitarle la jota final.” Esto es: 'reló'.

La clase calla, y vienen a mi mente las palabras de Tito Andrónico explicando por qué anda suplicando a las calzadas romanas por la vida de sus hijos: “Una piedra guarda silencio y no ofende, mientras que los tribunos, con su lengua, condenan a muerte a los hombres.” Suena el timbre y caras inexpresivas se levantan para irse, el profesor suspira aliviado porque puede irse a casa y yo me quedo con la copla de por qué habría que quitarle el acento a guión, y por qué demonios ya no puedo ponerlo entre el prefijo 'ex' y la palabra.

¿El sentido común? Bien, gracias. En casita. (Lo cual explicaría por qué, el otro día, mi amigo Gerard me saludó por msn con el lascivo grito de “KESOOOOOOOOOOOOOOOOOOO”, imponiendo las mayúsculas como modo de mostrar énfasis y riéndose de una situación que no puede ser más ridícula).

1 comentario:

Nadie dijo...

In soviet russia, la RAE no te corrige a tí, tu corriges a la RAE. Ay, no calla, que esto es lo que hacemos aquí.