Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

domingo, 27 de marzo de 2011

Don't look back in anger

Alba está acodada en la ventana, reposando el peso de su cuerpo sobre los brazos, con la espalda ligeramente curvada y las piernas completamente estiradas, sinuosas, conduciendo hacia unos glúteos tersos tapados por una falda ligera que deja entrever su contorno. La parte de los brazos que puede observarse y las pantorrillas están tan bronceadas como la mínima fracción de tez que sus cabellos largos, finos, negros, cayendo en cascada sobre su espalda, permiten contemplar. Una espalda cubierta por una camiseta de tirantes blanca que contrasta, totalmente, tanto con sus cabellos como con el azul proveniente del mar que Alba contempla desde la ventana abierta de par en par.
Está tratando de vaciar su mente, dejarla en blanco, como su nombre, y poder captar con los sentidos la identidad del mar que le ha secuestrado la mirada. Aspira la brisa salina, la misma que mece las cortinas dispuestas a lado y lado de su figura; descubre cómo las pequeñas gotitas de agua de adhieren a cada poro que pueden encontrar en su piel y al estar de espalda no se ve, pero seguro que una sonrisa pacífica se apodera de su rostro.
No lo logra. Ni siquiera con el paisaje al que ella misma da el adjetivo de bello puede abstraerse y olvidarse durante un ratito de sus preocupaciones. Recuerda cuando eran otros dedos los que mecían su pelo, supliendo la torpeza con infinito cariño y aún así dejando a su paso unos nudos que luego debía entretenerse a desenredar. Ahora es simplemente el viento el que se los remueve y tiene que levantar el brazo del marco para colocárselos otra vez detrás de la oreja, levantando a su vez la vista del mar para depositarla en su mano y considerarla sola y fría sin otra, de diferente propietario, que la haga enrojecer por la presión y quizá sudar o cualquier otra conducta vergonzosamente natural. La perspectiva hace que los barcos, veleros en su mayoría, parezcan juguetes de plástico surcando el azul de una extraña bañera descubierta, ya que refleja el color del cielo. Alba se divierte visualizando cómo el agua parece añil al contemplarla a través del prisma que ofrece el cristal del ventanal.
Un escalofrío la hace estremecerse y se da cuenta de que la tarde ha avanzado y la playa empieza a vaciar el turno de día para rellenarse con el de la noche. La temperatura ha descendido y sin embargo nadie ha acudido a rodearle los hombros con un abrazo arropador y susurrarle al oído “Alba, es muy tarde ya, ¿por qué no vamos hacia adentro?”. Espera unos segundos más, totalmente en vano, y por primera vez desde que se asomó a la ventana, gira la cara hacia el interior de la habitación y unos ojos verdísimos que lloran sin lágrimas quedan recortados por la luz ya cenicienta del atardecer. Otro día se acerca a su muerte y, aunque estuviera orientada hacia él, Alba no podría contemplar ya más el mar debido a la inminente oscuridad.
Resignada, cierra la ventana sin prestar demasiada atención y el corazón le da un vuelco al pensar que quizá mañana por la mañana algo le impida volver a abrirla. No tiene sentido, se dice, y aún inquieta se estira, desperezándose después de un largo período de inactividad muscular, con el objetivo de dirigirse a su cama y acostarse una vez más. A medida que los pasos la alejan de aquel recuadro de libertad siente que las paredes avanzan imperceptiblemente, apretándola. La intranquilidad deja paso a la angustia y comienza a respirar con dificultad. Alba sabe que ahora está sola; no tiene a nadie a quien gritar que está bien cuando se siente mal y necesita su propio espacio.
No es capaz de seguir avanzando y retrocede hasta la ventana otra vez. La abre con prisas, como si se estuviera quedando sin reservas de oxígeno, y el aire exterior le golpea directamente en la cara, aliviándola ligeramente.
Recupera la posición que ha estado adoptando durante toda la tarde y, ahora ya más tranquila, habla muy suave, pareciendo que se dirige a un mar que ya no puede ver pero sí oír cuando en realidad lo dice para sí misma: no estoy preparada para decirte adiós.

sábado, 26 de marzo de 2011

And after all, you're...

Lucas se despertó en un habitáculo de nueve metros cuadrados y lo primero que sintió fue que su cuerpo al completo descansaba sobre una superficie, de color blanco sucio, que se le antojó bastante mullida: una cama. Después contempló una puerta de aspecto resistente, tres paredes pintadas de una tonalidad de blanco distinta a la cama, quizá más brillante, y una sonrisa bobalicona afloró en su rostro, marcando todavía más unas ojeras que hacían difícil de creer que se hubiera pasado las últimas doce horas durmiendo. La última pared fue la que ocasionó esa sonrisa; su pared, otra extremidad de su ser.
Lucas llevaba internado en el psiquiátrico desde tiempos inmemoriales. No recordaban por qué estaba allí, no recordaba si alguna vez había estado en otro lado. A veces, en las noches de domingo –si es que no le mentían al decirle que era domingo- acudían a su cerebro imágenes extrañas: personas muy bajitas y con voces agudas, medio desnudas, corriendo y saltando por un suelo compuesto por algo muy distinto a las baldosas que estaba acostumbrado, una especie de barro compacto con el que algunas de esas personas decrecidas moldeaban distintas figuras; mirando en todas direcciones y viendo una extensión infinita de un agua azul ribeteada de blanco, tan distinta a la transparente que le servían con las comidas. También aparecían parejas de personas trasmitiéndose bacterias juntando labios con labios o una decrecida y una de tamaño normal rodeando con fuerza y con los brazos los hombros de la otra. Lucas desconocía el significado de estas extrañas imágenes y dudaba si simplemente eran fragmentos de sueños anclados en su vigilia. Lucas desconocía también qué era la playa, el mar, los niños, los besos y los abrazos, entre muchas otras cosas más. Pero tenía su muro.
Bajó su tren inferior de la cama hacia el suelo colocando ambos pies sobre éste a la vez. Muy meticuloso, había oído decir muchas veces que levantarse con el pie izquierdo traía mala suerte, y no quería comprobar qué ocurría si lo hacías con el derecho. Tras incorporarse, habiendo cambiado la sonrisa inicial por una mueca de esfuerzo, la satisfacción inundó su cara. ¿Su muro? ¡Sí! ¡Su muro!
El muro de Lucas era la única razón por la que se levantaba todas las mañanas. Los médicos, enfermeras y sanitarios que lo trataban sólo le producían decepciones. Fallaban, eran imperfectos: algunas veces calibraban mal y tenían que pincharlo más de una vez con la aguja para suministrarle la droga, causándole un dolor innecesario. Otras lo obligaban a hablar con los demás pacientes para que se sociabilizara y tenía que malgastar una infinidad de horas conversando con personas que no le importaban en absoluto, cuando podría haberlas dedicado a contemplar su muro. A veces, incluso, algún médico inconsciente lo asediaba a preguntas, mencionando términos inexistentes como infancia, familia, hermanos u hogar.
Pero ahora, tras doce horas de sueño, por fin volvía a tener la vista fija en su muro. En él había un collar que una vez trató de colocarse como pulsera y casi perdió. Estuvo tres días llorando por la conmoción que le causó la sola posibilidad. Una pulsera que llevó como pulsera hasta que se consideró indigno de llevarla y colocó en su muro, junto al collar. Una tarjeta de cartón con su nombre escrito; Lucas, con letra fina y redondeada, femenina, según le decían aquellos pocos a los que permitía disfrutar de unos segundos de pared, aunque él no comprendía exactamente qué significaba. Una simple piedra, como las miles que había en los patios del psiquiátrico, quizá algo más redondeada, posada sobre varias chinchetas y cuya única diferencia con esas miles radicaba en el dibujo que se veía en uno de sus lados, dos líneas curvas que una enfermera muy amable le explicó que simbolizaban un corazón, y aunque Lucas sabía que tenía uno en su pecho, no le parecía probable que el de la piedra y el suyo se parecieran. Pero como ésta tenía cuatro lados y uno de ellos era especial, le recordaba a su habitación y dedicar tiempo a mirar el muro dentro del muro era como crear un muro al cuadrado y eso le confería un valor incalculable.
Sin embargo, la pieza clave era la única que no era un objeto físico en concreto, sino dos palabras cuyo significado no entendía pero que sin embargo lo hacían sentir feliz, sin preguntarse por qué: te quiero. Escritas junto a un nombre que esta vez no era el suyo, terminado con una letra que quizá no era una letra sino una sonrisa que Lucas recordaba, vagamente, haber visto a alguien a quien no recordaba, pero de la que tenía la certeza que nadie más sería capaz de esbozar.
Su sonrisa se ensanchó y desembocó en suspiro. ¡Ay, mi muro! ¿Quién me salvaría si no estuvieras tú?

Dies irae

El réquiem de Verdi, en Santa Eulalia, seguirá mañana a las 20:30 h, al igual que lo ha hecho hoy. Y lo ha hecho de una manera sublime, con su fantástico contratenor liberal y el director de orquesta emocionándose con el Dies irae.
Y, todo sea dicho, esa misma pieza me ha clavado al asiento durante la siguiente hora y media.

lunes, 21 de marzo de 2011

Al olmo viejo, hendido por el rayo

Antonio Machado

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.

No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.

Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.

Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

domingo, 13 de marzo de 2011

1009

entradas.

Felicidades a nos.

Qué alegría, vivir

Pedro Salinas

Qué alegría, vivir
sintiéndose vivido.
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.
Que cuando los espejos, los espías,
azogues, almas cortas, aseguran
que estoy aquí, yo, inmóvil,
con los ojos cerrados y los labios,
negándome al amor
de la luz, de la flor y de los nombres,
la verdad trasvisible es que camino
sin mis pasos, con otros,
allá lejos, y allí
estoy besando flores, luces, hablo.
Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
y es que también me quiere con su voz.
La vida -¡qué transporte ya!- ignorancia
de lo que son mis actos, que ella hace,
en que ella vive, doble, suya y mía.
y cuando ella me hable
de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,
recordaré
estrellas que no vi, que ella miraba,
y nieve que nevaba allá en su cielo.
Con la extraña delicia de acordarse
de haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo
a coger con las mías, tan distantes.
Y todo enajenado podrá el cuerpo
descansar, quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza
de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.

sábado, 12 de marzo de 2011

Amén

Anónimo 12.Mar.2011 | 11:55

Y dale con el dichoso HAARP. A ver, hagamos un poco de memoria, y recordemos terremotos importantes de la Historia (información que está a disposición de todos en internet). Nos encontramos con el de Arica de 1868, el de 1700 en USA y Canadá, el de 1755 de Lisboa, el de Valdivia de 1575, o el que hubo en Granada en 1884. Por lo visto, en Siria hubo uno terrible, el año 1200. ¿También entonces los yanquis querían provocar la tercera guerra mundial con sus armas secretas?. Tengamos un poquito de sensatez, por favor, que terremotos devastadores ha habido desde que la Tierra existe.

Saturday morning breakfast cereal

jueves, 10 de marzo de 2011

Gerardo Diego lo parte, tío

Gerardo Diego

Tuya

Ya sólo existe una palabra: tuya.
Ángeles por el mar la están salvando
cuando ya se iba a hundir, la están alzando,
calentando sus alas. ¡Aleluya!

Las criaturas cantan: «Aunque huya,
aunque se esconda a ciegas sollozando,
es tuya, tuya, tuya. Aunque nevando
se borre, aunque en el agua se diluya» .

«Tuya» , cantan los pájaros, los peces
mudos lo escriben con sus colas de oro:
Te, u, y griega, a, sí, tuya, tuya.

Cantádmela otra vez y tantas veces,
a ver si a fuerza de cantar a coro.
« ¿Tú? ¿Ya? ¿De veras?» «Sí. Yo, Tuya. Tuya.»


En mitad de un verso

Murió en mitad de un verso,
cantándolo, floreciéndole,
y quedó el verso abierto, disponible
para la eternidad,
mecido por la brisa,
la brisa que jamás concluye,
verso sin terminar, poeta eterno.

Quién muriera así
al aire de una sílaba.
Y al conocer esa muerte de poeta,
recordé otra de mis oraciones.
«Quiero vivir, morir, siempre cantando
y no quiero saber por qué ni cuándo.»
Sí, en el seno del verso,
que le concluya y me concluya Dios.

lunes, 7 de marzo de 2011

Hum

Nietzsche dijo que la única visión del mundo que valía la pena era la artística, porque era inherente a cada uno de nosotros, original y única.
Yo dije: "Menudo gilipollas".
Él se abrazó a un caballo.

Matemáticas o informática

Jack también es querido poco a menudo.

Al desmenuzar la esperanza nos encontramos con nada más y nada menos que nuestra versión ideal del futuro; aquellos imposibles que colocamos como objetivos vitales y nos empujan –y a veces logran tirarnos al suelo- a convivir con la imperfección del día a día. Una vida pletórica no suscitaría interés: ¿Cómo podemos clasificar algo de perfección si no tenemos una imperfección donde enmarcarla? Tenemos constancia de la importancia de la felicidad porque conocemos la tristeza, la belleza por la fealdad, la salud por la enfermedad. Entonces nos damos cuenta de que, para no perder nunca el sentido a la vida, nos buscamos objetivos imposibles. Mi vida es mi ahora, mi yo actual, y sin embargo está basada en torno a un después y un yo posterior que nunca sucederán, y lo complicado del asunto radica precisamente en esto, en aceptar la meta como imposible y aún así no ceder en el paseo –porque la vida no es una carrera: la lucha más importante la tendrás contra ti mismo, no contra los demás- , a pesar de que habrá millones de ocasiones en las que nos preguntaremos: ¿Realmente esta mierda tiene sentido?
Y por supuesto que la respuesta es sí. La alegría es un derecho, al igual que la tristeza, y cada uno decide cuál usa. En ocasiones es complicado dejar que la primera domine a la segunda cuando las circunstancias no acompañan. Si te ha dejado la novia, se te ha muerto un familiar o te duele la cabeza, es mucho más natural y cómodo dejarse arrastrar por ella y no esforzarse por contradecirla. Aún así, incluso en los peores casos, siempre la decisión de oponernos o claudicar depende exclusivamente de nosotros: tenemos la última palabra en la elección de nuestro estado de ánimo. Y pese a todo esto, nadie debe de pretender estar absolutamente siempre alegre. Somos humanos –y por lo tanto imperfectos- y fallar, a veces, en el cometido que nos hemos propuesto concuerda totalmente con nuestra naturaleza.
¿Qué coño pasa con el amor? Ocurre que para muchos es la única vía a una felicidad tangible. La vida por uno mismo no tiene sentido, esta vacía: sólo con otra persona que nos complemente, alguien por quien vivir, cobra sentido. Con demasiada facilidad la esperanza se convertirá en un clavo ardiente, y, si no se cumple, nos hundirá en el pozo más hondo que hayamos podido imaginar nunca. Ver la felicidad a la vuelta de la esquina, alargar la mano y rozarla suavemente y que el mismo esfuerzo te haga perder el equilibrio y darte de bruces con el suelo es uno de los mayores sufrimientos que podemos padecer: no tanto por el resentimiento físico como la rabia mental al ver nuestro objetivos alejarse sin remedio, ver la impotencia visitar tu puerta demasiado a menudo.
Muchas veces tratamos de engañarnos diciendo que la persona en cuestión no valía la pena; nos encerramos en nosotros mismos y nos ponemos a la defensiva: me trató mal, no me valoró suficiente, no supo hacer las cosas como debía. Y toda esta actitud proviene de la perfección que esperamos de ella cuando decimos quererla. La queremos en su ahora, pero con reservas; esperamos que pula sus defectos, que se acople a nuestra manera de ser, que llegue a ser la persona que siempre quisimos encontrar. Y no todos vemos que nunca será así; que la única manera de querer es hacerlo con las virtudes y con los defectos, sin esperar que aquél otro humano se convierta en otro. Por supuesto que el amor también es cambio, y sacrificio, e inestabilidad, pero nunca un cambio de sustancia. Si quieres a alguien de verdad no buscas su perfección junto a ti sino que te esfuerzas por asimilar e incluso apreciar su imperfección.
Así que conoces a alguien, te das cuenta de que lo quieres y entonces, sólo cuando aceptas interiormente que tiene muchas carencias, que nunca será aquello que siempre has querido, que te decepcionará día a día hasta el fin de tu recorrido, que no cumplirá nunca tus expectativas al completo ni te hará completamente feliz durante todos los segundos de tu resto de vida, puedes decir que la quieres de verdad. Porque querer también es preferir la otra persona –la imperfecta, la que no te valora, la diferente, la humana, la única- a la perfección absoluta.

domingo, 6 de marzo de 2011

Episodios inquietantes: ¿Tara?



Un microrrelato rutinario, sobre la marcha

Lo recuerdo todo perfectamente. Aquel tío de las aduanas estuvo media hora registrando nuestras maletas para desaparecer montado encima de un pingüino tropical.
Al final, lo único que se llevó fue la dentadura postiza de la abuela. Aunque ya poco importó: le había quitado también la sonrisa.

A Kurt Gödel

Que sacó la demostración lógica de la existencia divina. Nuestros expertos están analizándola.
Nuestros... expertos.

martes, 1 de marzo de 2011

La Columna del Amor y el Respeto: Braid

A aquellos que digan que no es una obra de arte, en fin, sólo puedo decirles que jueguen hasta el final.

A aquellos que lo hayan jugado, preguntarles si sintieron la misma grata impotencia al ver que algo tan bello estaba sucediendo y que, una vez terminado, ya no sería como la primera vez.

Porque todos y cada uno de los textos de ese juego podrían ser considerados obras de arte, y todas y cada una de las piezas musicales que contiene también. Porque todos los dibujos son tan geniales que merecerían una exposición por ellos mismos, y porque la jugabilidad es tan ingeniosa como la del mejor juego que haya jugado, por eso, y por la propiedad conmutativa, puedo afirmar que Braid es una auténtica obra de arte.

Gracias, Jonathan Blow.