Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

sábado, 26 de marzo de 2011

And after all, you're...

Lucas se despertó en un habitáculo de nueve metros cuadrados y lo primero que sintió fue que su cuerpo al completo descansaba sobre una superficie, de color blanco sucio, que se le antojó bastante mullida: una cama. Después contempló una puerta de aspecto resistente, tres paredes pintadas de una tonalidad de blanco distinta a la cama, quizá más brillante, y una sonrisa bobalicona afloró en su rostro, marcando todavía más unas ojeras que hacían difícil de creer que se hubiera pasado las últimas doce horas durmiendo. La última pared fue la que ocasionó esa sonrisa; su pared, otra extremidad de su ser.
Lucas llevaba internado en el psiquiátrico desde tiempos inmemoriales. No recordaban por qué estaba allí, no recordaba si alguna vez había estado en otro lado. A veces, en las noches de domingo –si es que no le mentían al decirle que era domingo- acudían a su cerebro imágenes extrañas: personas muy bajitas y con voces agudas, medio desnudas, corriendo y saltando por un suelo compuesto por algo muy distinto a las baldosas que estaba acostumbrado, una especie de barro compacto con el que algunas de esas personas decrecidas moldeaban distintas figuras; mirando en todas direcciones y viendo una extensión infinita de un agua azul ribeteada de blanco, tan distinta a la transparente que le servían con las comidas. También aparecían parejas de personas trasmitiéndose bacterias juntando labios con labios o una decrecida y una de tamaño normal rodeando con fuerza y con los brazos los hombros de la otra. Lucas desconocía el significado de estas extrañas imágenes y dudaba si simplemente eran fragmentos de sueños anclados en su vigilia. Lucas desconocía también qué era la playa, el mar, los niños, los besos y los abrazos, entre muchas otras cosas más. Pero tenía su muro.
Bajó su tren inferior de la cama hacia el suelo colocando ambos pies sobre éste a la vez. Muy meticuloso, había oído decir muchas veces que levantarse con el pie izquierdo traía mala suerte, y no quería comprobar qué ocurría si lo hacías con el derecho. Tras incorporarse, habiendo cambiado la sonrisa inicial por una mueca de esfuerzo, la satisfacción inundó su cara. ¿Su muro? ¡Sí! ¡Su muro!
El muro de Lucas era la única razón por la que se levantaba todas las mañanas. Los médicos, enfermeras y sanitarios que lo trataban sólo le producían decepciones. Fallaban, eran imperfectos: algunas veces calibraban mal y tenían que pincharlo más de una vez con la aguja para suministrarle la droga, causándole un dolor innecesario. Otras lo obligaban a hablar con los demás pacientes para que se sociabilizara y tenía que malgastar una infinidad de horas conversando con personas que no le importaban en absoluto, cuando podría haberlas dedicado a contemplar su muro. A veces, incluso, algún médico inconsciente lo asediaba a preguntas, mencionando términos inexistentes como infancia, familia, hermanos u hogar.
Pero ahora, tras doce horas de sueño, por fin volvía a tener la vista fija en su muro. En él había un collar que una vez trató de colocarse como pulsera y casi perdió. Estuvo tres días llorando por la conmoción que le causó la sola posibilidad. Una pulsera que llevó como pulsera hasta que se consideró indigno de llevarla y colocó en su muro, junto al collar. Una tarjeta de cartón con su nombre escrito; Lucas, con letra fina y redondeada, femenina, según le decían aquellos pocos a los que permitía disfrutar de unos segundos de pared, aunque él no comprendía exactamente qué significaba. Una simple piedra, como las miles que había en los patios del psiquiátrico, quizá algo más redondeada, posada sobre varias chinchetas y cuya única diferencia con esas miles radicaba en el dibujo que se veía en uno de sus lados, dos líneas curvas que una enfermera muy amable le explicó que simbolizaban un corazón, y aunque Lucas sabía que tenía uno en su pecho, no le parecía probable que el de la piedra y el suyo se parecieran. Pero como ésta tenía cuatro lados y uno de ellos era especial, le recordaba a su habitación y dedicar tiempo a mirar el muro dentro del muro era como crear un muro al cuadrado y eso le confería un valor incalculable.
Sin embargo, la pieza clave era la única que no era un objeto físico en concreto, sino dos palabras cuyo significado no entendía pero que sin embargo lo hacían sentir feliz, sin preguntarse por qué: te quiero. Escritas junto a un nombre que esta vez no era el suyo, terminado con una letra que quizá no era una letra sino una sonrisa que Lucas recordaba, vagamente, haber visto a alguien a quien no recordaba, pero de la que tenía la certeza que nadie más sería capaz de esbozar.
Su sonrisa se ensanchó y desembocó en suspiro. ¡Ay, mi muro! ¿Quién me salvaría si no estuvieras tú?

2 comentarios:

Lady Cabrera dijo...

Siempre tienes que dejarnos a todos a la altura del betún, no? xD

Jack dijo...

mujer, no en todos lados me tienen tan bien considerado!