Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

lunes, 7 de marzo de 2011

Jack también es querido poco a menudo.

Al desmenuzar la esperanza nos encontramos con nada más y nada menos que nuestra versión ideal del futuro; aquellos imposibles que colocamos como objetivos vitales y nos empujan –y a veces logran tirarnos al suelo- a convivir con la imperfección del día a día. Una vida pletórica no suscitaría interés: ¿Cómo podemos clasificar algo de perfección si no tenemos una imperfección donde enmarcarla? Tenemos constancia de la importancia de la felicidad porque conocemos la tristeza, la belleza por la fealdad, la salud por la enfermedad. Entonces nos damos cuenta de que, para no perder nunca el sentido a la vida, nos buscamos objetivos imposibles. Mi vida es mi ahora, mi yo actual, y sin embargo está basada en torno a un después y un yo posterior que nunca sucederán, y lo complicado del asunto radica precisamente en esto, en aceptar la meta como imposible y aún así no ceder en el paseo –porque la vida no es una carrera: la lucha más importante la tendrás contra ti mismo, no contra los demás- , a pesar de que habrá millones de ocasiones en las que nos preguntaremos: ¿Realmente esta mierda tiene sentido?
Y por supuesto que la respuesta es sí. La alegría es un derecho, al igual que la tristeza, y cada uno decide cuál usa. En ocasiones es complicado dejar que la primera domine a la segunda cuando las circunstancias no acompañan. Si te ha dejado la novia, se te ha muerto un familiar o te duele la cabeza, es mucho más natural y cómodo dejarse arrastrar por ella y no esforzarse por contradecirla. Aún así, incluso en los peores casos, siempre la decisión de oponernos o claudicar depende exclusivamente de nosotros: tenemos la última palabra en la elección de nuestro estado de ánimo. Y pese a todo esto, nadie debe de pretender estar absolutamente siempre alegre. Somos humanos –y por lo tanto imperfectos- y fallar, a veces, en el cometido que nos hemos propuesto concuerda totalmente con nuestra naturaleza.
¿Qué coño pasa con el amor? Ocurre que para muchos es la única vía a una felicidad tangible. La vida por uno mismo no tiene sentido, esta vacía: sólo con otra persona que nos complemente, alguien por quien vivir, cobra sentido. Con demasiada facilidad la esperanza se convertirá en un clavo ardiente, y, si no se cumple, nos hundirá en el pozo más hondo que hayamos podido imaginar nunca. Ver la felicidad a la vuelta de la esquina, alargar la mano y rozarla suavemente y que el mismo esfuerzo te haga perder el equilibrio y darte de bruces con el suelo es uno de los mayores sufrimientos que podemos padecer: no tanto por el resentimiento físico como la rabia mental al ver nuestro objetivos alejarse sin remedio, ver la impotencia visitar tu puerta demasiado a menudo.
Muchas veces tratamos de engañarnos diciendo que la persona en cuestión no valía la pena; nos encerramos en nosotros mismos y nos ponemos a la defensiva: me trató mal, no me valoró suficiente, no supo hacer las cosas como debía. Y toda esta actitud proviene de la perfección que esperamos de ella cuando decimos quererla. La queremos en su ahora, pero con reservas; esperamos que pula sus defectos, que se acople a nuestra manera de ser, que llegue a ser la persona que siempre quisimos encontrar. Y no todos vemos que nunca será así; que la única manera de querer es hacerlo con las virtudes y con los defectos, sin esperar que aquél otro humano se convierta en otro. Por supuesto que el amor también es cambio, y sacrificio, e inestabilidad, pero nunca un cambio de sustancia. Si quieres a alguien de verdad no buscas su perfección junto a ti sino que te esfuerzas por asimilar e incluso apreciar su imperfección.
Así que conoces a alguien, te das cuenta de que lo quieres y entonces, sólo cuando aceptas interiormente que tiene muchas carencias, que nunca será aquello que siempre has querido, que te decepcionará día a día hasta el fin de tu recorrido, que no cumplirá nunca tus expectativas al completo ni te hará completamente feliz durante todos los segundos de tu resto de vida, puedes decir que la quieres de verdad. Porque querer también es preferir la otra persona –la imperfecta, la que no te valora, la diferente, la humana, la única- a la perfección absoluta.

3 comentarios:

Lady Cabrera dijo...

El arte de amar II? xD

Jack dijo...

¿de Fromm o de Virgilio? xD
Nada, problemas cotidianos cuando no te quieren, que te buscas cualquier excusa para no perder la esperanza.

Sir Thomas Malory dijo...

Te ha faltado acabar diciendo "Así habló Zarathustra" xDDD

Hay un trozo que me ha recordado mucho a la explicación que dio Aristófanes sobre el amor.