Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

domingo, 28 de agosto de 2011

Efemérides

Hoy este blog cumple cuatro años.
Está, a todas luces, muerto. Quizá algún día decida resucitarlo, porque últimamente no se ha escrito nada en él.

Lo dejaré abierto como escarnio.

sábado, 27 de agosto de 2011

La Columna del Odio: Y es que a veces llega el verano, y con él las minifaldas

Vaya por delante que no se me da bien expresar emociones por escrito, que las considero aburridas y que tiendo a pensar que la gente que lee mis escritos busca huir de la monotonía de sus propias emociones y dejarse llevar por algo bonito, entretenido, ingenioso o inteligente -entonces quizá debería intentar escribir cosas bonitas, entretenidas, ingeniosas o inteligentes. Aún así, hoy escribo porque siento la imperiosa necesidad de contar algo, algo inenarrable por tedioso y no por horrible, algo a lo que sólo yo puedo ver interés, y de lo que me gustaría desembarazarme.
Me paso los veranos muerto, más o menos, sin participar de las actividades con las que mis compañeros se divierten tanto. Si hay una época en mi vida que deteste, ésa es el verano: alejado del estrés de las clases, sí, pero no está hecho para mí. Corrijo: no estoy hecho para él. El mundo entero fluye y yo quiero volver a sentarme en un banco y ser la parte dinámica de un universo estático, que llegue el otoño y disfrutar de hablar con la gente en lugar de que la gente disfrute y yo esté sentado, sin ningún nexo entre ambos fenómenos.
Este año he cumplido mi mayoría de edad, y más que nunca pienso que ya no soy un niño, y que muchas de las cosas hermosas que he vivido quizá no las pueda volver a vivir. Sé, sin embargo, que es una estupidez: uno sólo es tan aburridamente maduro como es en su interior, y si aún quiero divertirme como un crío debo poder hacerlo. Pero a esto le falla un error de concepto importante: nunca, en la entera historia de mi vida, me he divertido como un crío -“nunca” es categórico, quizá exagerado. De hecho, salvo desequilibrios hormonales, sigo siendo, emocionalmente, como lo era hace diez años: un romántico que decide mostrar con la mayor parte del mundo una cara áspera y utilitarista, una forma de ser racional que le gustaría tener. Enamoradizo, la mayor parte de las veces sin suerte, no puedo evitar caer rendido ante el bello sexo -y esto, en mi romanticismo, no es algo que realmente me enoje: me imagino enamorado y no correspondido, suspirando en las esquinas y siendo el mejor amigo de una chica que, en realidad, no quiere saber nada de mí, y ni yo suspiro ni a ella le importa, ni esto es como lo era en mi imaginación o tal vez sí y estoy soñando.
El mundo moderno es una pesadilla para mí: me imagino pasando las vacaciones en Ginebra, en 1816, en compañía de tan ilustres escritores, pasando mi vida entre gente que me comprendería y con la que podría interactuar y me sentiría a gusto, escribiendo o no escribiendo, siendo un romántico en una época llena de románticos, resultando atractivo a alguien.
Algún día he de morir, y temo tanto la muerte como la vejez, encorsetado en un personaje que no me dejaría comportarme con la frescura con la que me comporto. Soy de los que piensan que no puedes darle respiro a una conversación si quieres mantener algo de interés en el público, pero ni tengo don de gentes ni puedo quitarme de encima cierta mezcla de timidez y hastío por la que no puedo estar en lugares demasiado llenos de gente hasta tarde, rodeado de un ambiente festivo que me cuesta compartir. Y no puedo compartirlo y quizá debería, y conocería gente y quizá a alguien que me sacase de la monotonía estival que amenaza cada año, puntualmente, con temperaturas que dejan las ganas de hacer cualquier cosa hirviendo en el suelo.
Pero cada verano es un pequeño trauma, dicen. Y si no lo dicen, lo digo yo, que para algo soy el que escribe estas líneas, que me brotan de repente sin tenerlas planeadas, no como la mayor parte de las cosas que escribo. No voy a dejarlas para mí, porque me gusta abrirme al mundo y recibir grandes dosis compasión, vicio no tan estético como fumar pero quizá más sano: compasión quizá no sea la palabra, pero prefiero relatarle mis penas a alguien que pueda responder que dejar que fermenten o críen polvo, sea cual sea su destino, en un documento de programario libre, en un ordenador portátil que, como ya se sabe, no será eterno.