Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

jueves, 31 de octubre de 2013

Otoño

Para Toni, Manel, Laura y Quim,
protagonistas de la tormentosa
madrugada del 10 de octubre
de 2010.


Obertura 1812. La Tempestad1

Una gota hace que se mire sorprendido la palma de la mano, la segunda hace que levante la vista hacia el cielo gris y, a la tercera, ya corre calle arriba. A primera vista no es que haga falta, esas tres gotas parecen fenómenos aislados en una tarde de esas en las que parece que todo sucede de forma extraña: hace unos pocos minutos, la calle estaba concurrida y, ahora, está solo frente a un espacio abierto y gris por todas partes.
Y entonces llueve. Llueve de una manera que le deja sin respiración, de una manera que no recuerda haber visto jamás. Llueve como si Dios quisiese ahogar el mañana, y por eso el pequeño Daniel mira asustado el cielo, esperando ver a un viejo de barba blanca y expresión airada, descargando su furia sobre la ciudad.
Pero no hay nada salvo niebla, así que aprovecha la poca visibilidad que aún tiene para subir corriendo la cuesta hasta la cantina donde, gentilmente, su madre empina el codo con fruición. Sus zapatos chapotean el agua, la camisa se le pega al cuerpo, los calcetines se mojan y el pelo ya lleva tiempo empapado. Al llegar a la cima de la cuesta pasa cerca de un remolino de agua que se vierte en las alcantarillas. En la oscuridad de las sucias alcantarillas.
Daniel ríe en voz alta, da unas cuantas vueltas sobre su eje -imitando a algún rechoncho planeta del Sistema Solar- y vuelve a iniciar la carrera atravesando la fría niebla de esa tarde de octubre, con las cavidades craneales llenas del aire más frío que se pueda encontrar.
La taberna se levanta encajada entre dos bloques de pisos oscuros, con la puerta de cristal eternamente cerrada para él, llena de humo de tabaco incluso cuando no hay nadie dentro. Ese calor -el del humo y el vapor humano- la hace apetecible en medio de todo ese desierto frío y húmedo.
Entra, y el sonido de la puerta debe ser considerable porque de repente todo el mundo pasa a mirarlo con recelo, como si temiesen que ensuciase demasiado el suelo o viniese a montar algún tipo de escándalo. Él avanza cabizbajo hasta que encuentra a su madre, que le mira con algún tipo de desconfianza.
-Debes ir a ver a la señora Jeanette -dice, refiriéndose a la nueva inquilina francesa del edificio, un tanto extravagante, pero con muy buenos pechos-. Dijo que tenía un trabajo para ti.
Daniel no protesta.


En la cueva del rey de la montaña2

Como era un niño pequeño, se sentía vivo por correr bajo la lluvia haciendo algo que parecía una aventura, y soñaba con los personajes de las novelas que solía leer tumbado en su (seca) cama durante todo el verano. Su corta edad se veía embellecida por un sentido romántico de la estética, y al llegar a su portal se quedó mirando con al puerta abierta la calle, con las explosiones de cada gota contra el pavimento, levantando pequeñas divisiones de sí mismas con impulso, así como el viento le levantaba el pelo y le obligaba a cerrar la puerta tras de sí. Se giró, entonces, hacia la escalera oscura llena de recovecos por los que, cuando era más pequeño, temía que surgiese alguna mano y se lo llevase pataleando y chillando y llorando hacia algún extraño lugar del que, presumía, no volvería a salir jamás.
Esos recuerdos le causaron un escalofrío que recorrió su columna, y fue a encender el contacto de la luz eléctrica para hacer desaparecer los recovecos más tenebrosos. Nada: ¡claro, so estúpido, habían cortado la luz por la tormenta!
Un paso detrás de otro, fue avanzando escalón a escalón, hasta el cuarto piso: uno compartido por su propia familia y la señora Jeanette, esa francesa de abundante pecho. Durante un instante se detuvo en el tercero, el único lugar del edificio que, a pesar del paso del tiempo, seguía dándole un miedo físico tan horripilante que acostumbraba a recorrerlo al trote. A veces, cuando era de día y la escalera era blanca y todo parecía un lugar más puro en el que vivir, él y sus amigos se agazapaban a la puerta a escuchar los ruidos de dentro, como de jolgorio y alegría siniestra; el hogar de un viejo loco, le decía su madre.
Pero ahora distaba mucho de ser de día, así que corrió lo más rápido que pudo hasta el siguiente tramo de escaleras, y las subió jadeando: había llegado. Tocó a la puerta y esperó, mirando por el rabillo del ojo el hueco de la escalera, desde donde se podía ver la puerta del tercero.
Una dulce voz en francés mandó callar a los perros y los cerrojos chirriaron y dieron paso a un halo de luz recortando la sensual figura de la viuda más joven y hermosa de Francia, al menos para el inexperto gusto de Daniel: nadie sabía cómo había llegado allí, pero el hecho de que lo hubiera hecho denotaba que o bien su difunto marido distaba mucho de ser rico, o ella de ser una buena actriz. En cualquier caso, siempre se le alegraba la cara al ver al pequeño Daniel, y más ahora que estaba empapado y con la nariz chorreante. Más ahora que parecía que iba a coger una neumonía.
-Oh, vamos. Pasa, no te quedes ahí. Recuerda que esta también es tu casa -lo cual no era un formalismo, porque por piso sólo existía una vivienda, y ésta era lo suficientemente amplia para que coexistiesen al menos dos familias reducidas. Luego añadió con un color rojo de vergüenza que hizo que Daniel sintiese que aceptaría aunque lo enviase a exhumar el cuerpo de su esposo muerto-. ¿Puedes irme a comprar unos cuantos huevos y leche?
Eso era una mejora evidente respecto a su imaginación:
-Cla...¡Claro!
-Hay... Hay otra cosa más. Necesito una estilográfica urgentemente, y sólo las venden en la calle de los Pintores, en el otro extremo de la ciudad -y añadió, cuando Daniel supuso que no se refería a hacerlo en ese momento en que, bueno, estaba cayendo el Diluvio Universal-. La necesito ahora -y su tímida y jovial sonrisa quedó encuadrada por los bucles dorados de su cabello.
-Claro.

[Texto manuscrito]
Daniel recuerda todo eso, y algo más que sería obsceno relatar, mientras es conducido a través de un pasillo decorado con motivos navideños comprados durante los últimos seis años, algunos de ellos tan desgastados que piden a gritos ser reemplazados.
Se le sienta en una silla, se le pone un poco de pavo relleno frío delante y es obligado a comer, con la excusa de celebrar, no otra cosa sino la Navidad.
Lo que, aún a su corta edad, sorprende a Daniel: no todos los años se puede celebrar Navidad en octubre.
-Y por eso necesitamos algo de ti -el plural al que se refiere, dos críos menores a Daniel, y una hermana de su misma edad, le miran con cara de pavor-. Debes ir a comprar los adornos nuevos para el árbol y -añade con cierto énfasis, como para secar la laguna (o río, u océano) de dudas sobre su cordura- algo de comida para Nochebuena, ¡y faltan sólo un par de horas!
Daniel no contesta. Lo intenta, pero reflexiona sobre la utilidad de contradecir a los lunáticos. Cierra los ojos e intenta recordar cómo ha llegado hasta allí.

Cerró la puerta de su casa con la extraña sensación de un desequilibrio en el repartimiento del volumen de sangre en su cuerpo. Bajó las escaleras de una en una, con temor, igual que lo hacía siempre, para pasar por el lado de la puerta del tercero sin hacer demasiado ruido: era una táctica nueva, un poco más elaborada, que la de salir corriendo y bajar la escalera a trompicones. Poco a poco, casi tanto como el profesor le había dicho que se había unido la India al resto de Asia, fue llegando al rellano -sucio, con polvo acumulado en las esquinas y rodando por el suelo cada vez que una ráfaga de viento abría la vieja ventana de la escalera.
Puso tanto empeño en no hacer ruido, con tal ansia miró sus zapatos mojados e intentó que no chirriasen las gomas con el embaldosado, que cuando pudo levantar la vista se cayó por el susto que le pegaron dos ojos blancos brillando en la oscuridad.
-Hola, Daniel.
La puerta del tercero estaba abierta, y erguido ante ella había un hombre de mediana edad y un evidente sobrepeso, sonriendo amablemente con la superioridad de saber que Daniel no podría rechazar una invitación a su casa.
-¿Quieres pasar? Tengo algo para ti -dijo, con una sonrisa.
-Claro.

La Nuit3

Sigue lloviendo. El vecino le conmina a partir cuanto antes, llevándose a sus tres hijos con él. En un momento dado se levanta y, con un esfuerzo sobrehumano, se sienta en la banqueta de un viejo piano de pared. Para tener unos dedos rechonchos, toca sorprendentemente bien, de una manera limpia y brillante.
-Cada día toca villancicos -le susurra ella-. Los mismos villancicos.
Daniel está demasiado absorto escuchando la primera Gimnopedia de Erik Satie, pero él no lo sabe. El ritmo le da la sensación de cojear, y le transmite ternura -ternura que, por otra parte, es rota por un trueno allá, afuera, donde el Señor descarga su furia sobre la Tierra.
-¿Por qué? -reacciona Daniel- Los villancicos son para la Navidad.
Ella le mira sorprendida.
-Pero cada día es Navidad.

El recibidor. Sonido amortiguado de las gotas al filtrarse por la vieja estructura, algún trueno ocasional a lo lejos. Timmy, el más pequeño del grupo, rompe el silencio:
-Tengo miedo.
Silencio, el hermano de Timmy, Jack, se limita a reñirle con la mirada. De repente, una hermosa voz de contralto llena el espacio

Oh nuit, vient apporter à la terre
Le calme enchantement de ton mystère
L'ombre qui l'escorte est si douce
Si doux est le concert de tes doigts
chantant l'espérance
Si grand est ton pouvoir transformant
tout en rêve heureux

Oh nuit, oh laisses encore à la terre
Le calme enchantement de ton mystère
L’ombre qui t’escorte est si douce
Est-il une beauté aussi belle que le rêve
Est-il de vérité plus douce que l’espérance

Daniel mira arriba con una sonrisa. Timmy y Jack se estremecen y sostienen miradas de pavor. Anne lanza un suspiro de exasperación y abre la puerta de la calle, infiltrándose con el paraguas en la noche.
Pronto todo el grupo está en la calle, apiñándose bajo un enorme y estilizado hongo negro y caminando de forma ridícula. Un borracho imposta su risa histérica por el callejón al verlos. Llueve con más fuerza y el cielo se vuelve azul eléctrico durante una milésima de segundo.
Timmy llora, Jack le riñe, Anne se enfurece y Daniel los mira. Es el ciclo de la vida.
Las calles en ese punto de la ciudad están conformadas por los trazados geométricamente perfectos de los barrios periféricos, así que forman un espacio más o menos holgado por el que caminar, de manera que realmente no se tienen que topar de frente con nadie demasiado desagradable, caminan apiñados en las aceras mientras la proporción de coches por peatón aumenta considerablemente: por alguna extraña razón, la gente ha decidido no mojarse. Pasan cerca de una casa abandonada llena de gatos que debieron ser domésticos en algún momento, y que ahora se refugian en el porche, mirando con temor cada goterón que se desliza por las canales y cae al suelo. Fuera, en las malas hierbas mojadas, la comida, que algún amante de los gatos con pocas luces les había dejado, se está inundando.
-Oh, pobrecitos. Vamos a dejarles la comida bajo el porche -dice Anne. La falta de entonación deja claro que no se trata de una pregunta. A continuación se introduce corriendo en la espesura, y un observador externo sólo vería una figura oscura medio difuminada en un jardín oscuro corriendo a trompicones, perdiendo el equilibrio parece una gota de azogue que buscase el nivel en un barco.
Las botas de lluvia chapotean la tierra y se llevan trozos de hierba pegados. Por un instante, Anne parece no estar allí, y los tres niños se quedan quietos, asustados de la magnitud de la tormenta, buscando a lo lejos una sombra que les llevase a ubicar a su compañera. Allí, debajo de ese gran paraguas, adquieren la romántica peculiaridad de despertar divagaciones metafísicas: ¿es acaso una alegoría sobre la pequeñez del hombre frente a la Creación? ¿El cuadro de Friedrich, El viajero sobre el mar de brumas, desinflándose ante la evidencia de estar relegado a esa condición de humana impotencia?
La casa, de construcción estilizada, burtoniana, es una especie de chalet victoriano que debió dejar de ser habitado hace por lo menos medio siglo. Eso está bien, porque para entonces probablemente hacía varias décadas que había dejado de ser habitable. Su imagen, difícil de contornear en medio de la tormenta, se torna visiblemente clara durante una pequeña fracción de segundo seguida de una explosión de sonido: la fachada principal acaba en un triángulo isósceles que tiene, a la izquierda, una torre de construcción bastante anterior acabada en punta, como sacada de uno de esos relatos góticos sobre vampiros de Benson que había leído últimamente.
A la derecha no había nada, o no se había fijado, ya que pronto el relámpago hubo desaparecido y el trueno fue ahogado por los sollozos del pequeño Timmy. Jack se le une al punto, dejando a Daniel en una posición de incómodo liderazgo.
La primera decisión que toma es llevarlos al porche, donde podrán meditar sobre el paradero de su hermana: después de todo, no puede haberse ido muy lejos, ¿no?
Caminan con cautela y mirando a su alrededor, pero ninguna de las sombras que de pronto aparecen en cada recoveco, con formas cada vez más siniestras, parece ser Anne. La preocupación no se hace patente porque todos esperan a reconocerla en la cara del otro.
El porche se levanta del suelo por unas cuantas vigas de madera carcomida que no soportaría el peso de más de tres adultos, pero que bien puede aguantar el de otros tantos niños. Los gatos están demasiado ocupados comiendo de una bandejita de poliéster llena de carne mojada como para preocuparse de los niños que ahora los miran con cierto aire de melancolía...
-¡Eh! Esperad -dice Daniel. Él mismo tampoco tiene muy claro si se lo dice a los dos hermanos o a los gatos-. Si la comida está aquí, es que Anne ya ha estado aquí mismo.
Jack sale corriendo y ataca un hormiguero. Timmy está demasiado entusiasmado por el concepto de tener más de una circunferencia de tres cuartos de metro para moverse. Daniel está pensativo, y adquiere una interesante pose de intelectual que haría que Jeanette estallase en carcajadas y elogios cariñosos.
Jack grita:
-¡Oíd! Aquí hay una entrada -dice mientras sostiene un palo lleno de lo que parece ser el corazón de una población de como cinco millones de hormigas. Daniel coge el paraguas y se lleva a un intranquilo Timmy con él.
Centellas y truenos consecutivos; la lluvia arrecia. De pie frente a la entrada, Jack prende el extremo del palo lleno de hormigas creando una suerte de antorcha genocida.
-Hay huellas de barro en el embaldosado -y, ante la mirada de horror de Daniel-. Es una táctica que aprendí en los Scouts.
Entran. Daniel mira el estampado de las paredes mientras Jack les advierte sobre la conveniencia de pisar todas las hormigas en llamas que caigan al suelo. Los cuadros, iluminados por la luz mortecina de hormigas moribundas, tienen cada vez un aspecto más tétrico y retratan cada vez a personas más feas y viejas: Daniel tiene que tapar la boca de Timmy para que no grite y sobresalte a su hermano. Jack sigue las huellas y ellos lo siguen a él hasta una sala principal donde los restos en descomposición de una rata enorme hacen que Timmy se libere de la mano de Daniel y chille como la grabación de una casa del horror de la feria.
Jack se sobresalta. La antorcha cae al suelo de baldosas, cosa que dificulta la expansión del fuego hasta que un montón de hormigas medio muertas salen corriendo de ese horno y se esparcen por la habitación.
-¡Mierda! -exclama Jack- ¡Mierda y mierda!
Daniel:
-Hay que encontrar a Anne -y, señalando a Timmy-. Llévatelo fuera. Ahora vengo -dice, y sube las escaleras para escapar del inminente incendio en el que se está convirtiendo el salón.
El sonido de una puerta cerrándose le informa de que están fuera. Daniel abre una ventana, en parte para que la (poca) luz del exterior le desvele que está siguiendo el camino correcto, en parte para gritarles que dejen la puerta abierta para posibilitar su escape.
-La hemos dejado abierta, Dan -chilla Jack.
Consternación. Daniel se gira y comienza a caminar por un largo pasillo, sintiendo el calor del fuego bajo sus pies. Corre, corre abriendo todas las ventanas para no morir ahogado, tirando objetos de madera por la ventana en un fútil de crear alguna especie de cortafuegos, sin reparar en que el papel de las paredes arde igual de bien: reproducciones de la Mona Lisa que dejan al descubierto siniestros agujeros a la altura de los ojos, ídolos funerarios indios, cofrecitos llenos doblones de oro español, viejas plumas estilográficas que al instante se arrepiente de no haber conservado para Jeanette... atrapa una de ellas alargando el brazo y se la mete en el bolsillo. Ahora el pasillo está iluminado por la luz naranja del fuego, y puede ver que las zancadas de barro se alejan cada vez más una de la otra: Anne debió haber corrido también por ese extremo.
El sonido de otra puerta cerrándose y de unos pasos agitados hacen que corra más deprisa, girando por recodos puntiagudos donde el papel hacía mucho que se había desconchado, esquivando muebles de la moda pocos-muebles-pero-grandes, negándose a jugar con unas gemelas diabólicas sacadas de una película de Kubrick. Pronto divisa la puerta del final del pasillo, cerrada, debajo de la cual desaparecen las huellas y se empotra contra ella mientras una macabra armonía de voces condenadas se levanta por la casa y le recuerda el asesinato de miles de hormigas, la expoliación de la pluma y la transgresión de la propiedad ajena.
Daniel estira de la puerta tanto como puede sin llegar a despegarla de sus goznes, sin realizar ningún trabajo productivo. Luego empuja, empuja con fuerza la puerta, y tiene la sensación de haber encajado la puerta aún más en su marco.
Lleno de sudor, vuelve a estirar con fuerza cuando, de repente, algo le toca la espalda, oye un sonido gutural y estira con tanta fuerza que casi cae al suelo, pero sale corriendo por la torre -escalera de caracol hacia arriba, escalera de caracol hacia abajo. Las huellas suben hacia arriba y Daniel, que hasta ahora sólo ha seguido las huellas, sube corriendo de forma casi inercial, dejando de lado todo instinto de supervivencia. Tiene el consuelo de que al menos la torre es toda de piedra y parece que podrá salvarse del fuego, y está pensando en esta y otras cuestiones físicas referidas a la velocidad del viento y su influencia en el fuego cuando, de repente, una sombra blanca le pasa por el lado corriendo desbocada hacia abajo, y Daniel tiene el tiempo suficiente para ver que lleva los zapatos manchados de barro.
Daniel grita de exasperación y se lanza a una alocada carrera hacia abajo, no tanto para alcanzar a Anne, que parece haber decidido vestirse de blanco Dios sabrá por qué, sino para huir de lo que sea que la haga huir, formándose miles de ideas vagas y tétricas, alimentadas por el calor y el cansancio.
Durante su descenso, al pasar por la puerta, consigue ver un montón de sombras dantescas formadas por el fuego en sus retinas, o por su imaginación en su cerebro, y pronto pierde el control y se resbala y cae con impulso, como el Coyote por el precipicio: de repente, no hay suelo debajo suya.
Mientras convierte dramáticamente toda su energía potencial en cinética, despreciando el rozamiento del aire y la vida misma, tiene una visión bastante clara del miedo.

La cabalgata de las Valkirias4

Despierta tirado en el jardín. En parte porque Jack le ha estado dando bofetadas, en parte porque llueve, en parte porque, en fin, tiene una casa en llamas a unos cinco metros.
-No la pude... -Daniel tiene la garganta irritada, así que traga algo de saliva- No la pude alcanzar.
-No importa -dice Jack-, la vimos salir corriendo antes que tú. La llamamos, pero no pareció escucharnos.
Jack le alarga la mano y Timmy le ayuda a levantarse. La lluvia parece haber amainado un poco. Los gatos, huyendo del fuego, están ahora escondidos en un cobertizo cercano que, asombrosamente, parece haber aparecido de la nada: la casa en llamas iluminaba la parcela y daba calor. Un relámpago les recuerda que no es un buen momento para las contemplaciones paisajísticas.
-¿Hacia dónde ha ido?
-Por allí -señala Timmy-. Carretera arriba.
Sin mediar palabra, Daniel se pone en marcha seguido de cerca por los dos hermanos. Lejos, el sonido de los coches de bomberos llena la noche, y tiene el efecto del pistoletazo de salida de una carrera: ninguno de los críos quiere estar cerca del incendio cuando lleguen los bomberos, así que salen corriendo dejando atrás el paraguas.
Lo que pronto se revela como una mala idea, porque arrecia de nuevo y suena como el estrujar del papel de aluminio. Entonces, la carrera se convierte cada vez más en una suerte de maratón. Los niños comprenden que es imposible seguir las huellas por el barro ahora que la lluvia las borra, de manera que deben comenzar a moverse por suposiciones. Caminan sobre aceras divididas en pastillas de cemento, facilitando el agarre ahora que subir cuesta arriba y con la lluvia corriendo hacia abajo parece una tarea tan complicada: se encorvan hacia delante desplazando su centro de gravedad, paralelos a un auténtico torrente de agua marrón que parece provenir de las vías del tren: una arteria abierta en medio de la ciudad, marrón en un mundo gris en los días soleados, ahora un riachuelo que es preciso vadear. Bien, en su punto más hondo, probablemente ninguno de los tres, puesto uno encima del otro, se salvaría de la muerte por ahogamiento. Unos escalones de piedra llevaban hasta la vía, ahora completamente inundada.
Llegan para ver a Anne corriendo colina abajo, hacia la tienda de juguetes del viejo Fletcher, y tienen una visión a vista de águila del panorama: si cruzan las vías les esperan unos quinientos metros de cuesta abajo que acaban en un puente sobre las márgenes de piedra del Río. Tras él, en un laberinto de calles, se alza la vieja juguetería, iluminada como en las películas.
-¿Alguien lleva hora?
-Son las siete menos cuarto, caraculo -grita alguien.
Los niños se giran despacio, como si quisiesen dar tiempo de reacción a sus nuevos compañeros, todos ellos montados en bicicletas nuevas y relucientes y vestidos con curiosos disfraces: uno de ellos es un romano, el otro un fantasma, el que les ha gritado la hora -todavía con el reloj, fardando de un nuevo reloj de lectura directa que su padre le ha comprado- va de zombie. El que parece el jefe del grupo se adelanta. Va vestido de vampiro.
-Vamos, Francis, no hay necesidad de ser desconsiderados con nuestras... -aquí piensa un eufemismo un poco más agradable para “víctimas”- presas.
No se le ha ocurrido nada mejor. Es imposible cruzar el torrente a nado. Timmy llora.

Una noche en el monte pelado5

Existe un axioma bien conocido que reza algo así como: “Todo lo que puede salir mal, saldrá mal.” Bien, a esto se le llama la Ley de Murphy, mundialmente ejemplificada con la Parábola de la Tostada -aquí algún cerebrito geek se levantará del asiento y gritará, con una voz entre niño y adulto, que tiene gracia, diantre, porque los cuerpos que caen con cierta velocidad inicial describen una parábola.
Un corolario menos conocido de esta Ley es la llamada Paradoja de Siverman, que nos dice algo parecido a: “Todo lo que puede salir mal, saldrá mal. Si la Ley de Murphy tiene que salir mal, saldrá mal.” -lectores sorprendidos mesándose las barbillas en pose intelectual, sonus hominum qui cogitant.
Todo lo cual viene, más o menos, a colación ya que esta situación sólo puede acabar de dos maneras: paliza y deus ex machina.
Además, teniendo en cuenta que esto, al menos al principio, fue pensado para niños, y amparándome en la Paradoja de Siverman, escogeremos la segunda opción:

Jack dice:
-He oído hablar de un tipo al que le pasó algo parecido. Moisés, se llamaba.
Daniel, a punto de decirle que se calle, se para al ver cómo, de repente, los cuatro macarras se han convertido en dieciséis. ¿Tendría esto algo que ver con las potencias de dos?
-Cuando el Faraón perseguía a su pueblo, él rezó a Dios y, hundiendo su bastón en el Mar Negro, lo dividió.
Daniel intenta imaginar un mapa de Europa con un paso sólido entre Crimea y Trebisonda, y niega con incredulidad:
-¿No era el Mar Rojo?
-Lo que sea -y, al Cielo-. Señor, ayúdanos.
De repente, algo cambia. No es un cambio impresionante en un principio, sólo la sensación de que algo está pasando. Un viento del oeste se levanta y agita los cabellos de los muchachos, haciendo las delicias de los más rockeros, como un tipo que se ha bajado de la bici y ahora hace girar su melena mojada como si fuera un ventilador de techo. Creo que por eso es el único que no acaba boquiabierto -sonidos guturales aparte- al ver cómo se levanta el agua marrón del torrente en dos grandes grupos, dejando un improvisado -algunos dirían que cutre- paso por las vías.
-Gracias, Señor -dicen nuestros tres protagonistas al unísono.
-De nadita -truena el mundo.
Silencio. Luego un tronar lejano. Después más silencio.
En términos cinematográficos:
Plano general: la pantalla está partida entre el gris del asfalto y el negro de la noche, cuando de repente aparecen tres figuras corriendo como alma que lleva el diablo colina abajo. De fondo, los gritos de adolescentes ahogándose.
-¿Cómo sabías todo ese rollo de la Pascua? -pregunta Daniel- Creí que sólo celebrabais Navidad.
Jack se encoge de hombros: -Bueno, tampoco he ido a los Boy Scouts.
En algún momento suena Highway to Hell. El escritor de estas líneas se pega un tiro porque se da cuenta de que ninguno de sus lectores necesitará saber los autores de esta referencia.
Qué asco de vida.

El carnaval de los animales: Aquarium6

Lluvia, esta palabra aparece tanto en este texto como en un seminario sobre el Arca de Noé. Sinestésicamente hablando, este texto está impregnado de color azul, y es por eso que coloco esta pieza en concreto como título: la pieza de Saint-Saëns me recuerda a azul tanto como el Dies Irae del Réquiem de Mozart me recuerda al amarillo. En fin, yo soy así.
Y así seguiré.

Lluvia, gotas de aguas filtradas entre alguna minúscula rotura del chubasquero. Claro que, después de unas dos horas de aventuras interminables, ¿qué no? Ésta llega a algún dolorido músculo del cuerpo y, tras el sobresalto inicial, es agradable.
Durante un rato corren paralelos a otro arroyuelo de barro carretera abajo -es un dato importante, porque en cualquier caso están demasiado agotados para hacerlo en sentido contrario. Las casas se van haciendo cada vez más viejas y venerables, y eso les indica que están llegando a la parte vieja de la ciudad, delimitada por los márgenes del Río, que ruge y truena -como esa tarde todo está tronando- y se lleva el mundo líquido a reposar en el mar.
En una tumba junto al mar sonoro, como diría el Poeta.
Una intersección da paso a otra y ésta a otra más, y se suceden como los puntos que forman una recta. En algún momento no pueden seguir avanzando, porque todo es rojo o naranja o algún color cálido inmerso en esa maraña gris y azul oscuro y negro salpicada por una mezcla de todos ellos cayendo sobre la tierra en pequeñas fracciones de color.
Una procesión de como cien muertos vivientes, todos bailando y portando calabazas encendidas, recorre la calle. Daniel recuerda las danzas de la muerte de la Edad Media, y siente un escalofrío. No tienen más remedio que parar, así que se quedan allí de pie, al lado de la luz, donde el mundo es un lugar menos frío, mirando un montón de piernas y brazos y calabazas talladas.
Cuando alguno de ellos levanta algo la vista alcanza a ver las caras de la gente que pasea en la procesión: máscaras de no-muerto o maquillaje, algunas muecas macabras lanzadas directamente hacia ellos, y en todas indiferencia por la lluvia que anega las calles y desborda cloacas.
Daniel no puede evitar pensar que es algún tipo de rito para que la lluvia pare, y va a expresar eso en voz alta cuando, de repente, algo se mueve entre la procesión.
-¡Allí está! -grita Jack- Es Anne, ¡está corriendo hacia el puente!
Los chicos corren. Lo hacen a través de los disfrazados, así que pronto se ganan algunas enemistades. Los no-muertos corren. Todo -lluvia, arroyo, Anne, chicos, gente disfrazada- parece correr en dirección al puente, la primera desde el cielo, el segundo de forma continua, Anne de forma juvenil y alocada como una fan de los Beatles, y los chicos persiguiendo y perseguidos, tanto como pueden, arrastrando a Timmy del brazo.
Y los muertos viajan deprisa a la luz de la Luna.7

Die Moldau8

Como un montón de agua cayendo por un embudo, como un delta de río puesto del revés, tres o cuatro calles confluían en el puente sobre el Río de forma tan evidente que los planos parecían representaciones bidimensionales de un agujero negro a simple vista.
Si uno de nosotros se acercase un poco, inclinándose sobre el plano, vería un montón de imperfecciones en el trazado de las calles en cuestión: las manzanas a veces contienen sencillamente descampados y solares de construcción en los que crece la hierba y juegan los niños, y algún enfant gâté vuelve a casa horrorosamente sucio, su madre chilla y sigue un plano general de pajarracos abandonando una casa al vuelo.
En fin, era lógico.
Pero si miramos aún un poco más de cerca, con una lupa en las manos y poniendo los ojos como Karloff haciendo de Fumanchú, veremos una figura blanca corriendo hacia el puente, perseguida a unos pocos metros por otras tres figuras oscuras, mientras el espacio se va invadiendo por las luces y antorchas de unas decenas de personas, llegando de todas partes, invadiendo la imagen como los márgenes de un papel ardiendo.

-¿Veis la violencia inherente al sistema? -grita Jack, recordando (brevemente) una etapa pasada haciendo de chico de los recados de un sindicato que, en realidad, tampoco existió.
-A veces dices unas cosas muy raras -espeta Timmy, que lleva ya un rato callado. Daniel no dice nada, porque intenta no caerse redondo antes de llegar al puente, y ser pisoteado por unas cien personas.
Pero ellas se paran. Los chicos, sorprendidos y alegrados, siguen corriendo persiguiendo a Anne hasta que ven antorchas encendidas en la otra orilla: ¡oh, no! ¡Son los comunistas-nazis!
Como los campesino del medievo, los chicos siguen irremediablemente la voluntad de la Rota Fortunae de Boecio, y no tienen más remedio que seguir los pasos de algún gran señor en busca de protección, aunque así hipotequen su libertad y probablemente también sus vidas. Extrapolando todo esto a la situación que nos concierne, los niños sólo pueden posicionarse -y como lo que quieren es cruzar el puente, deberán pactar con el Demonio.
Éste aparece en forma de Jeanette, vestida con un vestido corto de cuero rojo brillante. Daniel alarga la pluma en una imagen de extrema candidez, y Jeanette se la mete en el escote. Luego lanza un temible grito de amazona y las hordas del Averno cargan a través del puente como en una película de Sam Raimi, con las caras perladas por la lluvia que ahora es sólo una llovizna suave y húmeda.
Los comunistas-nazis no cargan.
En el fragor de la carga, Daniel no consigue recordar nada desde el momento en el que Jeanette desaparece de un salto y se pone a correr, y ellos la siguen, y Jack y Timmy la siguen y él también, hasta que, en medio de la multitud, un estruendo le hace despertar y darse cuenta de lo que está pasando.
Los comunistas-nazis cargan, y de pronto el mundo es un lugar un poco más caótico en el que vivir, lleno de miembros del KGB y muertos vivientes, y miembros del KGB muertos y otros aún vivientes. Una botella de cristal que contiene sangre falsa se rompe dejando puntiagudos triángulos transparentes con los que comprobar la verosimilitud del líquido conetnido. Los más teatrales aún están atrás imitando la eficacia combativa de una carga zombie, pero todavía intentan cubrir el espacio que los separa del fragor de la batalla ayudados por la deriva continental.
Surfeando sobre la puñetera deriva.

Oriental, danza española número 29

Cuando las sufragistas llegaron agitando pancartas pidiendo anacrónicos derechos políticos, más de media hora más tarde, los zombies aún no habían llegado. Quedaban apenas diez minutos para las ocho, lo que supieron porque un oficial de la SS lo gritó en voz alta y todos, zombies inclusive, se alejaron caminando a paso ligero del lugar, dejando los restos de una batalla campal sobre el puente. Ahora la zona es oficialmente de las sufragistas vestidas con largos y marrones abrigos, mirando con malos ojos a cualquier mujer que muestre un poco de carne, identificándose a sí misma como visión estereotipada de la mujer.
De manera que los niños hacen lo que cualquier padre hubiera recomendado, ante la mirada reprobadora de sus madres: huyen como alma que lleva el diablo, a veces pasando sobre, y frecuentemente tropezando con, los vestigios de los dos mayores totalitarismos del siglo XX y burdas actualizaciones del tenebrismo del XIV -pero ellos ni idea, oiga.
Durante unos instantes corren siguiendo la dirección de los disfrazados, pero pronto quedan perdidos en la cantidad de calles y travesías del lugar. Los edificios pasan a ser moles oscuras recortadas en un azul brillante a medida que la tormenta pasa, al fin. Las farolas se encienden, y Daniel comenta jocosamente que ahora ya no hacía falta.
Ríen. Preguntan a un señor sentado en la escalinata de un bar -porque, a fin de cuentas, ya casi no llueve- y la respuesta queda ahogada por una alegre melodía irlandesa desde el interior del local, con un violín de fondo y una voz que, si bien no ha estudiado canto, entona alegremente y con la fuerza que se espera en la música popular.
Daniel abre la boca para repetir la pregunta. Jack le tira del brazo. Timmy corre y abraza a su hermana. Anne lleva una bolsa de la juguetería llena de decorado navideño, con el extremo de la sábana blanca sobresaliendo.
Oscurece.
Otra vez.

Have yourself a Merry Little Christmas10

-Bueno... Je. Fue divertido, ¿no? -murmullos entrecortados, suspiros de exasperación-. Quiero decir, lo pasamos bien corriendo bajo la lluvia. ¡Encontré una sábana preciosa! -Silencio- Antes de que quemaseis la casa, claro.
Caminan sobre el puente de el Río, ahora casi reclinándose sobre sus márgenes de piedra. El paso es limpio y seguro, y no hay ni rastro de la batalla campal que ha tenido lugar hace apenas media hora. Las feministas han desaparecido, y ahora el lugar vuelve a llenarse de tráfico de coches. La lluvia ha desaparecido hasta convertirse en una finísima capa de agua cuya única función es hacerse patente ante los faros de los coches.
-¡Ahí va! Qué tarde es. ¿No deberíamos correr? -Daniel la mira con ira, Jack también. Timmy mira al frente esperanzado por poder llegar a casa- En serio, vais muy lentos. ¿Por qué creéis que salí corriendo? Miré la hora y era la única manera de llegar.
Silencio. Algunos coches de bomberos vuelven al cuartel, después de realizar una ardua labor. Algunos vagabundo se acercan a los restos de la casa en llamas, y buscan algo útil entre los restos de la defenestración, buscando bajo la atenta mirada de los gatos en el cobertizo. La calle es una cartulina negra salpicada de focos de luz a izquierda y derecha, siguiendo dos rectas paralelas en un plano que nuestra percepción deforma hasta hacer que se crucen en el horizonte: el punto máximo al que nuestra vista puede aspirar, la última línea de materia antes del éter celestial.

Apéndice.

Una canción irlandesa (de Flogging Molly):

If I ever leave this world alive
Flogging Molly

If I ever leave this world alive
I'll thank for all the things you did in my life
If I ever leave this world alive
I'll come back down and sit beside your
feet tonight
Wherever I am you'll always be
More than just a memory
If I ever leave this world alive

If I ever leave this world alive
I'll take on all the sadness
That I left behind
If I ever leave this world alive
The madness that you feel will soon subside
So in a word don't shed a tear
I'll be here when it all gets weird
If I ever leave this world alive

So when in doubt just call my name
Just before you go insane
If I ever leave this world
-Hey, I may never leave this world
But if I ever leave this world alive

She says 'I'm okay; I'm alright,
Though you have gone from my life
You said that it would,
Now everything should be all right'

She says 'I'm okay; I'm alright,
Though you have gone from my life
You said that it would,
Now everything should be all right
Yeah should be alright '





Palma de Mallorca,
otoño de 2010
1 Piotr Illich Tchaikovsky
2 Edvard Grieg
3 Jean-Philippe Rameau
4 Richard Wagner
5 Modest Mussorgsky
6 Camille Saint-Saëns
7 Referencia al poema Lenore, de Gottfried August Bürger.
8 Bedrich Smetana
9 Enrique Granados

10 Frank Sinatra

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