Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

martes, 5 de noviembre de 2013

Hannah

El siguiente escrito es la transcripción de un sueño que tuve el 24 de diciembre de 2011, en la ciudad de Millau, en Francia.

Hannah. La palabra recorre, de izquierda a derecha y con una caligrafía horrenda, un papel manchado de sangre sobre una vieja caja de hierro oxidado. La escena es tan sorprendentemente sórdida que quizá no sea real, quizá se despierte de madrugada sudado en su cama del apartamento del centro, lejos de oscuras estaciones de metro, lejos de cajas rojas por el óxido y la sangre. Sí, probablemente eso fuera un sueño.
Está oscuro, y la luz eléctrica, blanca y zumbante, hace que las cosas parezcan maniqueas: oscuras o blancas, y un solo detalle a color, una caja, roja por el óxido y la sangre.
Hannah, que es un palíndromo, recorre el papel con esa caligrafía colegiala redondita, sólo que esta vez los círculos no son círculos y los tallos se tuercen una y otra vez, lo que probablemente esté bien porque ese día nada sale como debe: una sucesión de desastres y decepciones, de esperas y negativas que hace que él se sienta abatido y comprenda que debajo de lo estético que pueda parecer estar abatido se esconde una verdad insondable que turba y hace querer alzar las manos en un desesperado grito de horror, un cuadro de Münch, el quejido hondo y quedo de un perro.
Hannah, escrito en caligrafía infantil. Hannah, roja de óxido y de sangre. Hannah, que es palíndromo.
Los ojos pican de cansancio, el vendedor de arena ha hecho su trabajo. (¿Qué clase de figura extravagante y sombría se pasea arrojando arena a los ojos de la gente cansada? ¿Sonríe desdentadamente con un aire de insensible incultura o de refinada crueldad?) La pregunta imprime una imagen oscura en su mente que desea olvidar, la reminiscencia de cuentos infantiles recurrentes perdidos entre las brumas de su memoria selectiva.
Y Hannah, que es roja, abre una brecha en su censura consciente y queda anihilado, hecho nada, durante unos instantes.
Se sienta y a su alrededor no hay nadie, salvo esa escena ridículamente sórdida -personalizada, tal vez, en el oscuro vendedor de arena. Coge la caja y se la coloca en las rodillas, pesada y desagradable al tacto como todas las cajas oxidadas. Se da cuenta de que basta con ejercer una débil presión para abrirla, y aunque siente que no debe -no mancharse de sangre, no entrar en ese juego macabro- una fuerza infantil y animal, la misma que le insta a saltar a la vía del tren cuando éste está llegando, o tirarse al vacío desde un balcón o una terraza, le hace abrir la caja.
Y entonces empieza a gritar, y el sonido del tren silencia sus gritos -que nadie, por otra parte, podría oír. Y eso es bueno, porque ese día todo sale mal.

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