Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Una noche en las estepas del Asia Central

Esa noche llega a casa más tarde de lo habitual, se prepara un whisky y se sienta a escuchar la radio. Anuncian el concierto de Sioux Falls, lo que hace que piense durante unos instantes qué hacer mañana. Fuera hace un día extrañamente hostil -se ha dado cuenta mientras conducía, pequeñas y frenéticas gotas de agua han entorpecido su visión, acumulándose en el cristal y difuminando la realidad. Ha entrado el coche en el cobertizo, y se ha asegurado de que los animales estén en buenas condiciones -debe recordarse esto, ahora que los bueyes han empezado a bramar aterrados. Para empeorar las cosas, algún oyente listillo ha pedido a la radio que emita Una noche en el Monte Pelado, de Mussorgsky. Cuerdas agitadas sacadas de las entrañas del nacionalismo ruso, muy lejos de los salones vieneses donde Johann Strauss compone su Danubio azul.
En su mente, obnubilada por el alcohol, las enormes estepas del Asia Central se aparecen en una estampa muy diferente a la que inspiró a Borodin. Sabe que el interior de las grandes masas continentales se presta a cambios de temperatura más bruscos que las zonas con costa. Allí, en medio de una tormenta de verano, en medio del continente americano, piensa en la magnitud y salvajismo de la naturaleza. Entonces, vagamente, es consciente de algo: está en el corazón América. Podría coger el coche y deambular kilómetros y kilómetros por las autopistas sin encontrar el mar. Viajando de esta manera, atravesaría enormes superficies de praderas, montañas y bosques, que sin duda estarían cubiertos por la Lluvia, algo más que un fenómeno meteorológico. Esa Lluvia que ejerce una fascinación primitiva sobre él, el velo gris de este mundo. De alguna manera -piensa mientras se llena otro vaso-, no estaría ya en América sino en Asia.
Asia, el eterno antagonista, hogar de tiranos como Jerjes o Stalin, enemiga sempiterna de la libertad y la próspera sociedad occidental -aquí Alejandro es víctima de una educación tremendamente parcial a favor de un Occidente libre del totalitarismo oriental, impartida en una nación poco próspera y poco libre. Asia, lejana e inhóspita, la masa terrestre más grande del planeta, con una evolución cultural completamente diferente a la europea y completamente diferente en cada uno de sus territorios -aquí, sin embargo, es el mismo romanticismo que Gautier sentía por España el que viene a cargar contra sus pensamientos.
El coche avanzaría por un camino de tierra cada vez más enfangada. A su alrededor no vería nada salvo la vegetación inmediata al vehículo, pero sabría que a lo lejos se encuentra el Altái. Aunque no importaría, en medio de un fin del mundo inminente, un Apocalipsis, un evento de Tunguska. Y la soledad, allí en medio, caería como un cuerpo físico sobre el ambiente, y ahogaría el coche. Subiendo las ventanas, Alejandro no tendría más remedio que alejarse de la carretera y parar el vehículo en el llano, y esperar a que amaine.
Las horas se sucederían con rapidez, como las gotas empapando el cristal del coche, convertidas en un torrente continuo. Allí, probablemente, y debido a su afición a la soledad, se dedicaría a hacer crucigramas con la luz encendida, forzando la vista hasta un extremo inusitado. Aún así, levantaría los ojos justo cuando el sol comenzase a asomar entre negros nubarrones de tormenta y la Lluvia empezase a amainar.
Existe una razón biológica para que la luz anime y la oscuridad no, y esa razón tiene que ver con células fotosensibles y algún mecanismo evolutivo, seguramente. Allí, en las estepas del Asia central, que mudan cada vez más de Mussorgksy a Borodin -o allí, en un rancho de Dakota-, mira a través de la ventana -en ambos casos, al este- y observa el despuntar del día.
De repente se pregunta cuánto dura un amanecer desde que cambia el primer tono de la noche a amarillo hasta que sale el sol. Casi cincuenta minutos.

Una inmensidad.*



*Los dos últimos párrafos no son míos, aunque me pese reconocerlo. Los encontré precisamente preguntándome cuánto duraba un amanecer de principio a fin, aquí http://www.volver.asia/2010/09/subida-al-monte-fuji.html, y desde entonces han anidado en mi subconsciente. 

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