Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Invierno

Para mí mismo,
porque yo lo valgo.




Del azul del cielo
al negro de la nada.
-Neil Young

When you're gonna make up your mind?
When you're gonna love you as much as I do?
When you're gonna make up your mind?
'Cause things are gonna change so fast,
all the white horses have gone ahead.
I tell you that I'll always want you near,
you say 'The things change'.
Now have changed.
-Tori Amos, Winter


Escenas

Como la gangrena extendiéndose alrededor de una herida, las ciudades suelen crecer haciéndose valer del símil hasta conseguir oler igual. Los ríos, las carreteras e incluso el aire se han convertido en una fuente de propagación rápida y despiadada del Progreso, creando microclimas urbanos cubiertos de vapor, dentro de los cuales nunca nieva.
Y sin embargo, hace frío. Y la gente mira al cielo y el cielo no está allí dispuesto a ser observado, así que ponen pies en polvorosa y corren a trabajar durante otro día, alimentando los hornos que mueven el mundo. Un desagradable olor a herrumbre sustituye un desagradable olor a estiércol, y los edificios se alzan marrones uno encima del otro, compitiendo por escapar de la atmósfera opresiva de la ciudad.
Metales entrechocando por todas partes, y locomotoras escupiendo su contribución al invernadero atmosférico. Brest -aunque realmente ya no hace falta saber el nombre, porque todas las ciudades se parecen- se estremece cada vez que los trenes salen y la conectan con el resto de la República Francesa -aunque realmente puede ser sólo un ejemplo, porque todas las naciones se comportan igual-, y el único punto donde se puede respirar tranquilamente es en algún paseo junto al mar ruidoso.

Jacques, que tiene un nombre sonoro, pasea agitadamente de un lado al otro del elegante vestíbulo de la recepción del hotel donde se hospeda su patrono, el único hombre que ahora mismo tiene más poder sobre su vida que el Estado o Dios. Se propone iniciar una retahíla de conversaciones plagadas de halagos y cortesías, como quien ensaya ante el espejo de su lavabo una declaración de amor, pero las palabras se atropellan y apagan antes de ser realmente pronunciadas.
Jacques transpira abundantemente. Su pelo se precipita cubriendo su cabeza gacha, de manera que las perlas de sudor de su frente no se ven, pero caen empapando sus cabellos.
Las reglas de causalidad de este mundo son curiosas, y los físicos se tiran de los pelos intentando descubrir las más evidentes: una gota de sudor que cae al suelo y se esparce en un área de unos cuantos centímetros y un pianista que, acto seguido, inicia algo que parece barroco. Claro que pensar que ambos sucesos tienen relación es algo completamente ilógico, pero Jacques mira el suelo pensativo mientras la gota se va secando.
-¿Señor Millet? -es él.

Una pálida florista vestida de rojo espera en un cruce de calles al que da la ventana de la habitación adonde conducen a Jacques. Se para a pensar cómo deben crecer las flores si el aire está viciado de carbón y vapor de agua, y siempre es invierno.
La florista -ahora una cofia blanca que le da la espalda- se pasea de un lado a otro esperando clientes, aunque nadie parece querer flores hoy. Jacques no puede evitar pensar en eso porque su jefe le grita que es un inútil y que está despedido.
No es una buena época para Jacques Millet.

Gasta lo poco que lleva encima comprándole una rosa a su mujer. La muchacha sonríe con unos labios apenas visibles, y la chimenea de una fábrica indica que los obreros pueden salir a darse un tentempié. De repente, la plaza se llena de personas cubiertas de hollín, y todo cobra una suerte de vida efímera.
Jacques los mira con cierta nostalgia, ya que acaba de abandonar el mundo laboral y la seguridad que él comporta. Hay algo terriblemente lastimero en él, y se queda los cinco minutos -oh, ¡pero la vida es eterna en cinco minutos!- del almuerzo de pie, siendo una figura esbelta negra en medio de un mundo dorado lleno de figuras grises. Un obrero lo reconoce, se acerca y le abraza. Le desea buena suerte, y se va corriendo al sonar el silbato, regalándole la mitad del bocadillo que su mujer le ha preparado con tanto cariño.
Aunque el señor Millet tiene que echar mano a su memoria para recordar cómo es un bocadillo hecho con amor, en los lejanos días en que su madre le hacía la merienda para ir al colegio.
Recuerda uno en concreto, en el que la ciudad estaba lo suficientemente nevada como para perderse con facilidad, pero no lo suficiente para eludir las clases. Su madre le había hecho un bocadillo de boquerones, y el calor de éstos lo mantuvo templado hasta que llegó al colegio, atravesando témpanos de hielo colgando de las farolas como espadas de Damocles. El mundo -o eso parecía decir ese día- es una gran llanura nevada en la que construir un igloo antes de que llegue la noche, y con ella las comadrejas del hielo.
Recoge sus cosas y vuelve a casa.

Poco después, un día de enero, el tiempo hizo una cosa rara. Jacques, sentado en una vieja butaca de su casa y con un revólver en la mano, alzó la vista sobre la -ya por siempre- vacía cama de matrimonio y miró la ventana.
No había vuelto a encontrar trabajo, y ella le había abandonado con los niños. Pasó la primera semana con el ánimo festivo de quien vuelve a ser libre, y se gastó gran parte de su dinero invitando a sus amigos para poder celebrarlo con alguien. De eso hacía ya un mes, y ahora, bebiéndose sus últimos ahorros, se disponía a no necesitar el dinero nunca más.
Pero lo que caía de aquel cielo blanco era igualmente blanco, se posaba sobre el alféizar con rapidez, y Jacques saltó de la butaca tirando el arma hacia atrás -hecho que casi consigue que abandone esta historia involuntariamente.
¡Estaba nevando! Esa evidencia llegó como los pequeños copos caídos del cielo, que se mecían lentamente hasta posarse en el suelo, para fundirse rápidamente dejando un frío charco que se precipitaba limpiando un poco la suciedad de las calles.
Abrió la ventana y sacó su cabeza al mundo frío, y la nieve se posó sobre él contrastando con sus cabellos castaños, pero confundiéndose con la camisa blanca. Unos niños pasaron bajo su ventana recogiéndola de los recovecos más apartados antes de que se fundiese, y la lanzaron velozmente contra sus compañeros.
Jacques se giró. El vaso de ginebra estaba tirado en el suelo de su casa, y dos ratones olisqueaban su contenido con la inocencia de unos jóvenes tortolitos, dando vueltas al tema que les interesaba sin atreverse a abalanzarse sobre él, esperando que cayese como una fruta madura, evitando el Pecado Original. Así debía pasar con todo, incluso -pensó Jacques- con la muerte, ¿por qué abalanzarla sobre sí con el calor impersonal del plomo, pudiendo salir a buscarla en un entorno frío y hostil, completamente ajeno a su voluntad y que, sin embargo, le recordaba a los momentos más íntimos de su infancia?
Se enfundó en un abrigo apolillado y guardó el arma en un bolsillo, se encasquetó un sombrero de hongo y salió disparado hacia el campo, cerrando la puerta con llave y murmurando unos versos del Bardo.

Para alguien que vive en la ciudad, el campo es un entorno fundamentalmente salvaje y hostil. A finales del siglo XIX las ciudades registran una mortandad enorme asociada a suicidios y diversos crímenes que sería ocioso enumerar, así que el campo -libre, tradicional y olvidado campo- podría parecer una alternativa aceptable al microclima urbano, al menos cuando no registra temperaturas de varias decenas de grados por debajo del cero (o, si eres un apestoso inglés, del 32 Fahrenheit). Tampoco deja de ser curioso que, a medida que te adentres en la soledad inmensa, te sientas más observado, aunque quizá no por la vecina que siempre te ponía ojitos o ese chico delgado e irritable que seguro que acabaría matando a alguien -¡siempre saludaba! Ahora, en cambio, ese pájaro, o liebre o movimiento de ramas, el crujir de las hojas o el viento sobre los árboles, o todo; puede ser causante de un ligero ataque de paranoia.
Para Jacques, lo anteriormente citado es tan válido como para la mayoría de nosotros, a lo que además hay que sumarle el estrés de casi suicidarse hace apenas una hora. El bosque está extremadamente blanco -aunque no por ello deja de ser oscuro-, y está lleno de troncos de árboles que han dejado de ser marrones por la distancia o el contraste. Jacques se tapa los ojos y avanza regulando la luz para que sus retinas no sean víctima de una sobreexposición luminosa, y a lo lejos parece un marinero que se ha confundido buscando el camino de vuelta a su barco.
Y, bien mirado, su situación es parecida. Cada paso que da le aleja de la civilización y, aunque ha oído de todo sobre el bosque, desde Rousseau a los cuentos de sus abuelas, sospecha -¡y con razón!- que puede ir olvidando todos esos consejos, utópicos o tópicos.
Por fin, antes de que el sol se ponga, llega al bosque. Las tímidas sombras azuladas de los árboles se difuminan en la nieve y, un instante más tarde, el único blanco que alcanza a ver es el de la Luna y las estrellas. Pero Jacques no mira las estrellas, y su obstinada negación a dejar de avanzar hace que pronto esté perdido. Avanza por avanzar, porque es lo que le han dicho que debe hacer desde siempre; y se pierde (como siempre), obcecado en continuar.
Da un paso en falso, se tropieza, cae -cosas que suceden en tan poco tiempo que no puede prever que acabará en el suelo. Cierra los ojos y se pone a dormir.
Dormir, tal vez soñar.

Sobre un cielo estrellado se pueden proyectar muchas cosas, y la forma de hacerlo, claro, es importante.
En nuestro paganismo, intentamos proyectar a los miembros mitológicos de nuestro panteón al cielo. Eso también era práctico. El cielo es un punto de referencia que de día es fácil de seguir (el sol sale por el este y, pasando por el sur, llega al oeste). Y sin embargo, cuando llega al oeste y se esconde tras el horizonte, la manera de orientarse es confusa, de forma que volvemos irremediablemente al principio de esta historia: sobre un cielo estrellado se pueden proyectar muchas cosas.
Claro que hoy en día ya no es fácil encontrar cielos completamente estrellados. Él -un él genérico, hipotético y protagonista- sabe que entre todas esas estrellas hay una que apunta siempre al norte, lo cual no es una gran ayuda en ese momento, ya que no sabe encontrarla. Los marineros cuentan que basta con prolongar la bisectriz de Casiopea al norte, pero ni él sabe dónde está Casiopea ni entiende que deba prolongar algo hacia el norte cuando es, precisamente, el norte lo que está buscando.
Su figura -la de él- se recorta sobre Glenn Coe, y mientras sus pensamientos vagan entre esa miríada de estrellas sin poder comprenderlas -como un analfabeto que hojease un libro-, su ser físico se orienta sobre una piedra completamente normal que carece de sentido alguno, y está allí como podría haber estado sumergida en el Clyde.
Cuando Magalhães llegó al hemisferio sur tenía brújula. Y suerte, porque de otra manera se hubiera perdido: en el Sur no había Estrella Polar, sino todo un enjambre nuevo de estrellas. Entonces, en nuestro cristianismo, creamos la Cruz del Sur.
Crear, piensa, es la palabra. Sí, las estrellas, evidentemente, ya estaban allí; y sí, tenían forma de cruz, pero a nadie se le ocurrió pensar en la simple coincidencia, y pronto aquellas estrellas que, de ser por Descartes, hubiesen acabado siendo el Origen de Coordenadas, se convirtieron en señal divina.
Pero en Glenn Coe no hay cruces celestes, y las terrenales están emplazadas en recuerdo de la barbarie fraticida. Frente a él, imponentes, se alzan las Tres Hermanas, aunque en la penumbra se asemejan a una sola mole de oscuridad, reduciendo el azul del cuadro celeste. Esas tres montañas habían acogido mucha vida, y habían sido mudos testigos de la tristemente famosa masacre de Glenn Coe. Pero él, que nada de esto conoce, encuentra en aquel lugar un reducto de paz desde donde proseguir sus meditaciones orientativas.

Cuando despierta, el leprechaunn aún está ahí. Le mira y sonríe, mostrando una pipa de roble bajo sus dientes negros, cuya única utilidad parece ser distraer la atención de una cara de rasgos duros y añejos, enmarcada en un flequillo y patillas de un rojo intenso. En la cumbre de su cabeza, un sombrero verde con el trébol de cuatro hojas.
Se miran durante largo rato, estudiándose, entornando los ojos, cerciorándose recíprocamente de que el otro no es producto de un sueño. En un momento dado, el duende lanza una risotada que estremece el entorno, de manera que Jacques se da cuenta de que todo puede ser más real de lo que desearía, su situación actual, el mal sueño de la pérdida de trabajo y el intento de suicidio, e incluso la existencia de criaturas míticas sacadas de cuentos de abuelas, todo cobrando vida dentro de su mente en forma de complejas sinapsis. Al enderezarse, el leprechaunn retrocede dando saltitos graciosos, y Jacques lo mira con atención y curiosidad científica, preguntándose si será peligroso y si, en cualquier caso, no le sale mucho más a cuento levantarse e irse -esperando que la longitud de las piernas de su nuevo acompañante no sea inversamente proporcional a su velocidad.
Opta por levantarse. El leprechaunn comienza a caminar hacia el interior del bosque, sin importarle si Jacques está o no detrás, de la manera despreocupada que sólo un duende irlandés puede fingir.
Así que Jacques, que ya no tiene familia ni empleo, decide seguirle por algún tipo de sentimiento de despecho - “¡A mí con esas! Ningún duende con florecitas en la cabeza me va a dejar plantado así como así.
Y abandona ese claro para siempre.

Los árboles se suceden de una manera grotescamente triunfal, recordándole que está perdido y que el único camino que puede seguir es el que deja atrás ese enano de levita verde y pantalones bombachos, que trata el bosque nevado con una naturalidad que sobresalta a Jack. Al principio se entretiene pisando la cabeza de la sombra del leprechaunn, pero, cuando ésta es pataleada por el propio duende, comprende que tiene hambre, y comienza a mirar de reojo al duende y pensar para sus adentros si es pecado, o no, comer carne de duende. Si son bajitos no cuenta, se dice, como algún colono contemporáneo diría de los pigmeos. En seguida, se da cuenta de que el leprechaunn se ha detenido y de que, de todas formas, parece mucho más a gusto en ese bosque de lo que él pudo estarlo en la ciudad y, en fin, que si alguno tuviera que morir sería él -donde él se refiere al que sí cuenta. En algún momento, poco después, decide expresar lo que pasa por su cabecita en una frase repetida hasta la saciedad en un contexto socio-económico mayoritariamente industrial:
-Tengo hambre -pero nadie ofreció respuesta.
Tres pasos más tarde, el hambre se hizo insoportable, como lo suelen ser los problemas que se arrastran durante años justo después de reparar en ellos. Pero el trasno, altivo, adusto, no pronunció desde el suelo, como si en ello le fuera el alma, una sílaba. No dijo palabra alguna, hasta que Jacques insistió:
-Tengo hambre -cosa que ya poco podía sorprender a su amiguito extranjero-. ¿Todos los irlandeses tenéis tan poca estatura como educación? -lo que causó unos ligeros rumores detrás de una maraña de pelo rojo, que pronto se confundió con una sombra roja, que pronto acabó inmovilizando al leprechaunn y mirando fijamente a Jacques.
-Hola -dijo el tipo bajo el abrigo rojo. Comenzó a nevar.

Al hacer que el leprechaunn le mirase fijamente, Tomás le había lanzado un sortilegio. O eso le explicó, hundido en su caperuza roja, mientras Jacques se comía una pierna de cordero cocida que Tomás había cazado (y cocinado) para él, o -tal vez, sus explicaciones eran algo confusas- había arrancado de un árbol. Luego se presentó, divertido al ver que Jacques no ponía reparos en comer buena carne de un desconocido vestido como una chica. Era un mago de origen español que, al parecer, había nacido más de cien años después de que esta historia sucediese, cosa que inquietó a Jacques.
Hacía tiempo que no hablaba con nadie -o, al menos, no era respondido-, y un ofrecimiento en apariencia tan sincero le desarmó. Una pierna de cordero que un mago no nato español había cazado para él -o arrancado de un árbol. Jacques, que era de ciudad, pero no completamente estúpido, se planteó (brevemente) si era víctima de algún tipo de broma.
Pero no había indicios de que así fuese, y decidió poner toda su confianza en manos de aquel viajero extravagante. Pronto se volvieron a poner en marcha, seguidos por el pequeño trasno.
El bosque presentaba una paleta completamente diferente a la de la ciudad, con más verde o, en su defecto, un tipo de luz azulada que contrastaba con el marrón herrumbrado de entornos industrializados. En lugar de virutas de hierro oxidado, ahí caían copos de nieve que tenían la forma de gráciles peladuras de naranja.
Y al igual que las naranjas, el bosque tenía un olor que sólo pudo calificar de fresco: abetos, fresnos, tejos, robles... Y él -y el mago y el leprechaunn- en medio de todo eso, caminando entre los árboles con más o menos soltura, cayendo al suelo con más o menos gracia.
En una de esas, Jacques se levantó enojado y preguntó si realmente iban a alguna parte. Tomás lo miró, se encogió de hombros y, sin quitarle la vista de encima al pequeño duende, comenzó a correr con los brazos estirados hacia abajo, en una pose desconcertantemente femenina. El trasno, claro, le seguía bajo el efecto de sus ojos penetrantes, de manera que Jacques no tuvo realmente otra opción que seguirles durante una intensa media hora de trote, en la cual oscureció.
Todo culminó en un claro más bien oscuro bajo la tenue luz de la luna y la bella música de Claude Debussy, que sonaba en su cabeza. Haría falta mucho ruido para quitarle esa pieza de la mente, una obstinada forma de rebelarse contra un mundo lleno de sonidos desagradables, una letanía dodecafonista. Tomás y el leprechaunn ralentizaron el paso hacia una caseta de madera enclavada en el centro del claro.
-No sabía que vivía gente aquí -comenzó Jacques, pero nadie pareció escucharle. Hacía rato que ya no nevaba, de manera que podía ver con claridad todo lo que la poca luz le dejaba observar: sus fortuitos compañeros, una casa de madera que se acercaba cada vez más, un bosque y una bóveda celeste que no se inmutaban.
Al llegar al edificio, éste se reveló como una suerte de estación ferroviaria en desuso.
-En fin -dijo Tomás, rompiendo el silencio-. Debo ir a casa de la abuelita.
Jacques le miró, sin sorprenderse. Ese curioso personaje le había caído bien, y que se fuera era algo que, sencillamente, debía suceder.
-Mantente con los pies sobre el sendero, y mucha suerte -dijo, resuelto a coger el primer tren que pasase por allí. Se abrazaron, y Tomás se alejó dando saltitos balanceando una cesta que parecía haber salido de la nada, mientras cantaba algunos conocidos madrigales italianos con muchos falalalanes en medio. Unos metros a sus espaldas, el leprechaunn lo seguía -cosa que dedujo más que intuyó.

Las horas se sucedieron con nocturnidad y alevosía, no dándose a conocer hasta que comenzó a clarear por el este. A lo lejos, se oyó el aullar de algún lobo solitario.
Jacques Millet, medio dormido, entreabrió los ojos y se enderezó sobre la plataforma de piedra que sostenía la caseta -que no era más que un parapeto contra la lluvia y un viento unidireccional. El rótulo de la estación está corroído, pero parece tener inscrito el socarrón topónimo de Utopía, que aplicado a ese lugar sólo puede tener un sentido literal. Un viento del oeste se levanta para intentar apagar el Sol -que avanza inexorablemente sobre los árboles-, pero en su lugar le hiela los huesos y hace que se entierre en su abrigo tiritando.
Haga lo que haga, si no viene un tren, es probable que no sobreviva muchas más noches con ese frío, sentado en el banco de la estación. Está en una parada de tren en un lugar que no es un lugar buscando una muerte que ya no desea, pero que parece acercarse a ese curioso y desolado sitio, azotado por una estación inclemente y salvaje, pero que Jacques considera excepcionalmente bella.
Poco a poco, la extensión casi circular en medio de la que se alza esa curiosa estación va mudando de color, pasa de un azul oscuro -casi negro- a un blanco azulado que se mantiene durante un buen rato. El lugar está inmerso en un silencio atroz hasta que se oye un disparo, o un pistón estallando, pero del bosque sale una nube de vapor de agua que se acerca veloz, y contra el viento.

El tren para en un pueblo cuya estación se alza pintada de bermellón, alrededor de las cinco. Durante el último medio día, Jacques ha ido rebotando ligeramente sobre el cristal del vagón del tren, convirtiendo cada bache en un espacio entre sueños, una madre molesta que le recuerda la obligación de asistir a clase. Dirá: No importa, he perdido la fe en los inviernos, o alguna otra proposición de lógica onírica que se desvanecerá en cuanto pase el curioso umbral que une la vigilia y la inconsciencia, que confunde ideas a la ida y las revela a la vuelta: se dará cuenta de que esa idea ha dejado de tener sentido -y, justo después, que nunca lo ha tenido.
Una muchacha, y no un bache, le avisa de la llegada del tren y le dice que esta es la última estación. Él se alegra porque no se pierde quien no sabe adónde va, y también porque esa muchacha no puede alejarse del pueblo si ése es el último tren y, aunque no vuelva a verla, le apetece ocupar un lugar en el espacio cercano al suyo, de manera que si se mirase desde lo suficientemente lejos, podrían confundirse las dos almas en un único e impreciso espacio.
Luego se aleja y, aunque Jacques intenta seguirla con la mirada, no la vuelve a ver.

Si se dibujase la trayectoria de Jacques sobre el plano del pueblo, buscando alguna casa que lo acogiese durante la fría noche y le diese algo de cena y desayuno -y, a ser posible, unas monedas para volver a Brest-, sería imposible construir una función, se colocasen como se colocasen los ejes de coordenadas. Pasó lo menos cinco veces por el edificio de la estación, con su tren cerrado a cal y canto.
En algún punto de su recurrente avance, se encuentra con una vendedora de cerillas tísica que le ofrece unas cerillas y, más tarde, su cuerpo, a cambio de unas monedas. Tiene la cara macilenta y blanca como el vapor de agua, y unas facciones marcadas por la desnutrición y la tuberculosis. Aunque quisiera ayudarla, él no tiene monedas. Le da el abrigo, se disculpa, y se aleja para probar en la última casa del pueblo, con la luz del salón aún encendida.
El sonido de sus nudillos golpeando la puerta de madera son ahogados por un disparo, aunque éste hace la misma función de llamamiento. Se gira, y ve el cuerpo de la vendedora de cerillas desplomándose.
La muchacha del tren abre la puerta. Jacques se tira sobre ella sollozando, y, a modo de consolación, escucha unas palabras amables cargadas de frialdad: Da igual, ya estaba muerta.

A ello le siguieron noches febriles cargadas de sopa de pollo y el incesante olor del esputo al principio, y la humedad que su cuarto acumulaba tras días sin abrirse al mundo después. La muchacha del tren le cuidaba con la dulzura paciente de una madre. Vivía sola; su marido había muerto en la guerra contra los prusianos, a manos de un grenzer en Sedán. Sabe que la única manera de ser una mujer independiente es ser viuda, y ese calificativo parece hacerla más mayor de lo que es.
De día, el sol entraba por la ventana y ella lo ahogaba en recomendaciones literarias y conversaciones trascendentales. Él dijo:
-El mundo sería un lugar mejor si todos aprendiésemos a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.
Ella replicó:
-El mundo sería un lugar mejor si todos dejásemos de decir lo que debe hacer para mejorar.
Él no supo qué responder.
Las noches, en cambio, eran un seguido de pesadillas y fantasmas desde que ella salía por la puerta hasta que el sol entraba por la ventana. Él nunca pudo entender por qué no se había acordado de que tenía un arma en el abrigo, y la cerillera no dejó de recordarle su falta durante las vigilias que siguieron, hasta que caía rendido en la cama y se dormía -aunque bien era lógico que ella fuera un sueño, y la realidad su descanso. Durante diez días, la posibilidad de la noche flotaba por el ambiente y se hacía más terrorífica en tanto que era inexorable.
Durante una de sus charlas, ella vio que su cara se ensombrecía antes de que se ensombreciese la habitación por completo, y que su charla se volvía agitada y frenética, mientras su respiración se entrecortada. “¿Quieres que me quede un rato más?, le preguntó.
-No importa, he perdido la fe en los inviernos -lo que tal vez quisiera decir Te amo, porque ella le abrazó sollozando, provocando una revolución completa de la situación de diez días atrás.
Ambos acabaron tumbados sobre la cama, contándose sus vidas y, más personales que éstas, descifrándose sus penas.

Al amanecer, él se apropió de un viejo abrigo de su difunto marido, y se preparó para volver a Brest. Ella le vio marchar en silencio, convencida de que su papel como viuda era estar triste para honrar mejor a su marido. Él, convencido de no merecer ningún tipo de compensación por ser el culpable de la muerte de la cerillera, no intentó quedarse.
Al abrir la puerta, ella le llamó por su nombre, pero no supo qué decir. Entonces, tras un silencio, él le dijo que la amaba.
Al poco tiempo, jadeantes y desnudos, miraban el techo de su habitación mientras las ideas e impresiones se confundían en el umbral del sueño y, al final, sólo eran capaces de reconocer que ambos habían perdido la fe en los inviernos.

De no ser por esa maldita piedra, clavada en el suelo como dicen que estaban los cuernos en la cabeza de Acteón, estaría a gusto. Y era esa incomodidad -y no el estar perdido, ni siquiera el hecho de no saber qué traidora imaginación lo había creado en un lugar tan recóndito del mundo- la que ahora ocupaba sus pensamientos.
Ya no había estrellas en el cielo, ni paz en ese valle. Cuando el dolor apremia, no hay mente que pueda dejarlo pasar sin buscar una solución: pues bien, la de ese dolor era sorprendentemente fácil.
Se levantó, y caminó como sonámbulo durante un rato, aunque la escena -negro abajo, azul moteado arriba- era la misma en todas partes. Entonces lo ganó la desesperación, que se había mantenido escondida durante todo ese tiempo, y él lloró. Y no por eso dejó de caminar, más bien al contrario: corrió por el valle -esa mancha perezosamente negra- bajo un suelo que no cambiaba en ningún caso, que estaba lleno de deidades y monstruos y ninfas que se reían de su soñadora mente.
Y, como suele pasar cuando se corre en un campo umbrío, se tropezó. Con una piedra. Incómoda, para más señas. De hecho, justamente había manchado sus pantalones con una de las caras de esa piedra, llena de musgo.
Qué asco. Se echó a dormir, consciente de que, por la mañana, dejaría de ser esclavo de la literatura.
Mi pluma -y los mitos del cielo- lo dejarán reposar un tiempo.


Palma de Mallorca,
invierno de 2010-2011


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