Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

viernes, 13 de diciembre de 2013

Otr4 v3z

Como te dije, buen Tomás, si tengo la oportunidad prefiero unir fuerzas a las tuyas y echarte un cable por aquí cuando mi inspiración me lo permita. Si nmás dilación:




Estaba esa chica, Julia Deephallow, que era igualita a Scarlett Johansson en Match Point. Nacida en Barcelona, nieta de un empresario venido a menos que emigró del este de los Estados Unidos hacia España. Tratante textil, trató de reanudar su relación con los algodones en la capital catalana, pero al ceder los mandos del negocio a su hijo, el padre de Julia, la fealdad de la situación se acrecentó hasta un punto en el que la vuelta a los EUA ya no resultaba factible. Así que el pobre abuelo Deephallow vio como su adorable nieta daba con sus huesos en una escuela pública a muchas millas de la patria que le hubiera gustado poder ofrecer. Ahí fue donde yo la conocí.
Como he dicho, estaba hecha una perfecta Scarlett. Además del apellido, el pelo rubio y la tez blanca, una providencial predisposición para los escotes pronunciados acompañaba a las razones de su parecido con la actriz. Así que el viejo Deephallow seguía muy abajo en lo que consideraba el escalafón social pero tenía algo bello que contemplar cuando recordaba que no podía permitirse una niñera.
En aquel preciso momento yo no tenía nada que ver con el Brad Pitt de Fight Club. Ni siquiera con Norton. Cursaríamos el último curso del instituto antes de entrar en la universidad y nadie tenía muy claro nada. Yo, menos que cualquiera. Excelente estudiante, trato decente con los matones, buenos contactos entre los deportistas, cero popularidad entre el sector femenino. Alguien que pasaría desapercibido incluso en este mundo de mediocridad. Y entonces estaba Julia. Excelente estudiante –aunque no tan buena como yo, pero mucho más guapa-, encantadora, incluso charming. Exótica. Provocaba anhelo. Y, curiosamente, nos gustábamos.
Es importante la ambigüedad del verbo gustar porque resulta importante especificar. A mí me ponía. Quería sexo con ella. Quería descuartizar sus labios y trabajar cada célula de su epidermis. Quería asfixiarla con mi ser, violarla mentalmente. Poseerla, dejarme poseer, atormentarme con su ausencia, desencajarme por su pérdida, causarme y ser su muerte. Quería una tormenta, una vorágine y un ahogamiento de energía compartida y a la vez hermética. Una burbuja donde sólo existiéramos ella y yo y pudiéramos querernos y arruinarnos la vida. Por eso me gustaba.
Yo a ella le molaba. Le gustaba mi compañía, apreciaba mis consejos y mi charla y creía que la ayudaba a ser mejor persona. Estaba relajada en mi presencia, le resultaba más sencillo centrarse. Se sentía a salvo y respetada y consideraba que la ayudaba a sacar mejores notas y a jugar más osada y decidida sus partidos de voleibol o tenis o lo que jugara en su momento. Posiblemente fuera tenis, porque sin duda Julia era Scarlett, aunque si hubiera sido voleibol su trasero todavía, hoy en día, seguiría siendo espectacular.
Así que Julia y yo nos gustábamos y congeniábamos pero seguía habiendo un punto donde se acrecentaba el gran problema de la comunicación. A medida que pasaban los meses, ambos nos íbamos concienciando de que algo iba mal. Aunque podría ser peor, aunque no hubiera algo mejor, ninguno de los dos estábamos satisfechos con la relación. Ella me notaba irritado, colérico, desquiciado. Agobiante, atascador, corrosivo. No le dejaba tiempo para ella, y si no me correspondía, la ignoraba. Yo la notaba fría, distante, evasiva, etérea. La buscaba como un tesoro perdido, la imaginaba desnuda y vestida y cambiándose y soñaba con ella y la cantaba en la ducha. Y entonces nos besamos –yo también puedo decir haber besado a Scarlett- y por supuesto todo cambió.
No nos hicimos novios porque Julia no quería una relación. Pero simplemente no quería sexo. Conmigo. Yo quería una relación pero no la presioné. Porque quería sexo. Y pensaba que sería mejor una no-relación que me llevara al sexo que el simple onanismo. Así que fueron pasando los meses y yo iba consiguiendo besos irregulares y a cambio sólo tenía que acompañarla al funeral del viejo abuelo Deephallow o a probarse ropa de buen algodón americano o que me llamara a las cuatro de la mañana porque estaba oyendo a sus padres discutir y no se lo digas a nadie, que creo que es un trauma infantil, pero me siento muy sola y vulnerable oyendo a mis padres discutir y yo sin tener a nadie quien le importe y se preocupe por mí.
Es ahora necesario que aparezca Jack Silva. Hijo de andaluces emigrados a Cataluña, su familia poseía una tienda de comestibles en el barrio de Horta, y por lo tanto era igual de pobres que los Deephallow. Como su nombre, su madre era de ascendencia anglosajona, y como también era terca, su hijo nunca terminó llamándose Jordi o Pep. Jack era Tyler Durden reencarnado. Ojos azules, metro ochenta y cinco. Pelo rubio, pómulos elevados, hoyuelos, sonrisa de dentífrico. Además de buen futbolista, un aura de seguridad y chulería lo rodeaba y lo protegía. Tenía que pasar.
Primero, Julia no quería sexo. Luego añadí que no lo quería conmigo. Porque lo quiso y lo tuvo con Silva. Repetidas veces. Una vorágine, una tormenta y un ahogamiento de veces. Se recorrieron las epidermis y retozaron y ninguno de los dos me dedicó nunca un pensamiento. Aunque no me hubiera servido tampoco que se le hubiera ocurrido a Silva.
Segundo, Julia y yo no teníamos una relación. Así que vino corriendo y llorando y por lo tanto las lágrimas se le corrían en la tez pálida hasta resbalarle por debajo de las orejas, para terminar fluyendo hasta el suelo, que aunque no lo pueda recordar, seguro que estaba sucio y moteado. Me he acostado con Jack y de verdad que te quiero, pero esto es inevitable. Y lloramos juntos y yo la vi morir en mis brazos. Y entonces se fue a otros brazos y seguro que follaron como si brindaran a mi salud y yo me gradué y posteriormente me matriculé en medicina.
Hasta que ayer volví a encontrar a esa chica. Salía del hospital, un día duro: granulomatosis de wegener. Le habíamos puesto ciclofosfamida tras el diagnóstico y todavía nos encontrábamos pendientes de la evolución. Ahí estaba mi Scarlett vestida de Julia y con un trasero digno de una jugadora de voleibol. Así que hablamos y ella estaba sola y yo estaba solo ese día y todo terminó en una espiral de sexo y destrucción que estuvo bien pero no lo que imaginaba en el instituto. Yo estaba casado y divorciado y pagando la pensión de dos hijos. Ella había empezado criminología en la Universidad de Barcelona pero lo dejó en cuarto. Demasiados porros y un mal amor del momento, me dijo. No podía concentrarme en nada y me abandoné. Mentalmente quizá –pensé yo- porque tu figura sigue espléndida.
Así que fueron pasando los meses y no tuvimos una relación porque yo tenía dos hijos y ella parecía dudar entre la fecundación in vitro o la adopción de tres niñas rusas. Diecisiete años después del instituto, yo seguía sin tener nada claro. Pero Julia me aclaraba las ideas. Me apoyaba en mis malos diagnósticos, me hacía más brillante al afrontar los retos. Investigaba sobre las enfermedades autoinmunes, me fascinaba la sarcoidosis. Daba conferencias en Salamanca y en Madrid e incluso una vez participé en una ponencia en Hopkins. El sexo estaba bien porque era regular y la compañía me gustaba porque Julia era todavía muy Scarlett y me quería.
Julia me quería porque yo no la quería demasiado. Soñaba con el día en que dejara de pensar en mi ex mujer por ella. Anhelaba que hiciera mis hijos suyos, que la instruyera en la medicina y la dejara comprender los entresijos de la osteoporosis y los estafilococos. Quería inundar mi ser y fusionarse sin dejar de ser una pareja. Deseaba mi totalidad, se volvía paranoica por mi atención. Quería enjaularse conmigo y luego tragarse la llave. Necesitaba encadenarnos a una secuoya gigantesca y arrojarse de un séptimo piso sólo para que yo pudiera agarrarla.
Más meses. Más lack of communication,  sin olvidar su ascendencia americana.  Otra vez algo insatisfactorio en este mundo de mediocridad ahora ya bien definida. Julia se fue de misionera a Nicaragua. Estuvo en una comuna ácrata en los Cárpatos esquilando ovejas y vendiendo leche sin pasteurizar. Estuvo de hostelera en Salvador de Bahía y militó en el incipiente partido feminista que se acababa de poner de moda en Oslo.  Yo volví a ver Match Point. Regresé con mi mujer, que aunque nunca la quise más que Scarlett, siempre la aprecié más.

Así que estuvo esa chica, la que resultaba ser igualita que Scarlett Johansson. Pues yo me la follé. Y ella me amó. Y yo la cagué, porque es lo que hace la gente mediocre en un mundo de mediocridad. Y ella me perdió; y yo la perdí. Y gracias a eso fuimos capaces de seguir con nuestras vidas y evitamos terminar muertos a causa del exceso de vorágines, tormentas y ahogamientos.

2 comentarios:

Unknown dijo...

Sigues escribiendo genial

Paula dijo...

Vaya, ¿todo esto lo haces tú? Es maravilloso.