Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Dancin bitchez

Se trata de un lugar al aire libre. Es verano, y hace calor. Unas gotas de sudor perlan mi frente, incomodándome. Hay humedad, y el traje de noche, aunque elegante y bien escogido, incluso cómodo –para ser un traje- no puede evitarme el sudar.
Es una especie de patio arbolado. El suelo está cubierto por baldosas y flores y plantas la mar de bien cuidados nos rodean por doquier. La situación no es de congoja. Acorralado por la vegetación y asediado por el clima, no me vengo abajo. Un grupo de música desconocido para mí toca algo indeterminado –me fijo en que el bajista no es muy bueno- y una brisa, agradable aunque algo cálida, hace ondear ligeramente las faldas de las demás mujeres como si fueran banderas multicolor.
Seguiría describiéndome a mí mismo, pero la verdad es que no me interesa lo más mínimo. Estoy en ese lugar al aire libre, posiblemente cerca del mar, quizá cerca de un río, porque puedo bailar con ella. La agarro por la cintura, acercándome peligrosamente a su nalga izquierda. La otra mano sobre el hombro, y parecería que estuviéramos bailando un vals o un tango si no fuera porque no tengo ni idea de qué toca el bajista. Yo me muevo desacompasadamente, porque ni sé bailar ni nunca me he molestado en aprender, y ella lo hace algo mejor que yo porque es imposible hacerlo peor. No sé de qué color va vestida, porque la luz no es muy buena y tengo problemas para distinguir los colores, pero sí sé que va ceñida. Su cintura estrecha y sus caderas anchas quedan remarcadas por el estrecho vestido de noche. Algo escotado, sin ser impertinente, me importuna con su sonrisa, más cautivadora que socarrona. Si ya es alta por sí misma, los tacones que luce la sitúan a mi altura, posiblemente más. Casi seguro que más, pero resulta incómodo imaginarse a la mujer más alta que el hombre. Puedo hundir mi rostro en su hombro y sentir como su nariz y su barbilla se acomodan en el mío. Aspiro con delicadeza, sin hacer ruido –puesto que habría parecido grosero o quizá ofensivo-, y un suave perfume a cítricos me inunda las fosas nasales. Considero que ella es bastante dulce, así que el contraste ácido del olor a mandarina me hace sonreír y ella cree que sonrío porque ella me hace sonreír a mí y en parte tiene razón.
El jardín bien arreglado se ha convertido en una pista de baile improvisada –o no tan improvisada, quizá los anfitriones lo habían dispuesto así- y me resulta curiosa la intimidad que ofrece un abrazo bailarín. Podemos susurrar  sin vernos la cara más que de vez en cuando, echando el cuello hacia atrás en una postura incómoda, como tratando de cerciorarnos que seguimos siendo ella y yo y que nadie ha tenido la extraña idea de intercambiarse por alguno de los dos mientras estábamos enfrascados disfrutándonos mutuamente.
No giramos. No damos vueltas ni volteretas ni realizamos movimientos complejos. Una parte de mi cerebro está dedicada a no pisar sus pies, débiles ahora que usa zapatos de tacón, y la otra parte de mi mente, la que está más o menos libre, la dedico a grabar en alguna parte de mi cerebro lo que está ocurriendo. Normalmente es más fácil recordar un suceso traumático. Tienes un accidente de coche y o bien lo recuerdas perfectamente y con horror durante noches interminables o bien tu mente lo borra por completo y sigues viviendo como si nunca hubieras estampado el auto. Los recuerdos buenos son distintos: a los dos días crees que lo recordarás toda la vida. A los dos años, no recuerdas el color del vestido, el dibujo de su sonrisa o la cantidad de compases que falló el bajista. Es fácil recordar el dolor causado por un cristal al atravesar algún tendón; atroz, posiblemente. Recordar un rostro, una boca abierta y la completa disposición de sus dientes, eso es realmente difícil.
Así que me cuestiono su existencia mientras bailamos –o lo intentamos- y accedo a que su sola presencia dote de sentido a aquel traje incómodamente cómodo y aquellas pequeñas gotitas de sudor que me molestan pero a ella no le importan. Es demasiado bonita para estar a mi vera, pero lo está. Por supuesto, he visto a mujeres más bonitas. Pero no esta clase de bonito. He visto caras objetivamente más proporcionadas, pómulos más elevados, labios más rojos y carnosos. He visto fisonomías matemáticamente más sugerentes. Pero ella es la más bonita de todas, esta noche, y no de un todas que sólo comprende las demás mujeres del baile, sino un todas que las comprende a todas en un sentido mucho más amplio.
Entonces bajo la mano, con alevosía, hacia su culazo y se lo aprieto con ternura. Con ternura porque no pretendo excitarla. Ella me conoce y me tiene confianza y simplemente me entiende sin que le diga nada: hablamos nuestro propio idioma y yo le aprieto el culo y ella no se enfada ni se excita ni se deja llevar por las convenciones sociales, sino que se ha molestado en aprender mi dialecto personal y entiende al instante que le estoy expresando ternura y entonces, ella, que es algo más convencional que yo –aunque no mucho- me abraza con fuerza y puedo sentir como sus senos se aprietan contra mi pecho y, aunque ella no lo pretendía, yo sí me excito un poco. Los hombres somos mucho más fáciles de excitar.
Recuerdo el abrazo porque está ocurriendo ahora mismo. Me rodea el cuello con ambos brazos y mi nariz roza el suyo. He dejado de apretarle el trasero y he dejado también las manos tontas. Si no sé bailar, es natural que tampoco sea el mejor abrazador del mundo. Estoy cansado, tengo sueño y la corbata me pesa pero agradezco el contacto físico y hasta me permito cerrar los ojos para sentir ligeramente más el roce de nuestras dermis.
Estamos perdidos en un mar de buenos bailarines y me asombro de la facilidad con la que pasamos desapercibidos. Estamos teniendo un momento intimísimo, mucho más que el sexo, más íntimo que la relación profesor-alumno, más íntimo que la amistad que hay entre un ciego y su perro lazarillo. Estamos rodeados por desconocidos, a la vista de cualquiera que se atreva a mirar, engarzado el uno en los brazos del otro, relampagueando y tronando completamente en silencio. Hemos formado un fuerte, una burbuja o un muro intraspasable. Estamos ella y yo y no estamos haciendo nada más que movernos al son de una música que no oímos y teniendo una conversación tácita en la que por supuesto no intervienen las palabras.
Y finalmente nos fuimos a dormir, tardísimo. Más que tarde. Realmente tarde. Y a las 11 en punto, ella se despierta y me despierta mí. Apaga la alarma, me mira con tanta ternura que casi siento un pellizco en mi nalga izquierda, y me da los buenos días de tal forma que por cojones iba a serlo. Y luego se da la vuelta y se vuelve a dormir, exhalando un pequeño suspirito que quizá se puede confundir con el rugido de una leona.
Yo dirijo la mirada hasta su figura y compruebo que las sábanas dejan al descubierto su culazo desnudo. Sacudo la cabeza como un perro lazarillo al que acabaran de duchar a traición. Me levanto y con cautela salgo, cerrando la puerta con cuidado sumo para evitar despertarla.

Al fin, enfilo el pasillo, dirección a echarla de menos.

domingo, 31 de agosto de 2014

Onirismos: El gatito azul

Sueño que me encuentro en una capilla académica junto a L. un otoño, y que estamos escuchando a un coro de estudiantes cantar Joia en el món. Me hace gracia imitarlos de vez en cuando, y como hay una pequeña columna entre ambos, aparezco por la parte de delante cantando la parte de las voces femeninas, y de repente me voy y aparezco por la parte de detrás cantando la parte de las voces masculinas, en respuesta (i canta sa llaor, i canta sa llaor, i cantaaa i caaaanta sa llaor). Ríe.
Entonces ella se pone mi abrigo y decidimos salir al aire frío. Opino que qué bien, porque viendo cómo le queda a ella puedo hacerme una idea de cómo me queda a mí. Es un abrigo largo y oscuro que tiene una capucha, también oscura. Le pregunto si me queda mejor con o sin la capucha, y me dice que sin -obviamente-, pero que igual me conviene llevar capucha, al menos hasta que aprenda a conducir.
O eso o un sombrero, vaya. Bromeo diciendo que igual me compro un bombín, pero ella se refería más a un gorrito de lana como los que lleva ella. Le digo que sí, que lo sé. Veo su imagen constantemente.

Poco después decidimos volver a la capilla y encontramos a una señora y su nieto jugando con un gatito en las escaleras. El gato tiene muy poco pelo, repartido aquí y allá con mechones largos e irregulares, acabados en azul -no un azul natural, sino un azul tintado. El niño repite una y otra vez que menos mal que su abuela lo ha salvado del sastre, que era malo con él.
Me acerco, aunque L. sigue subiendo las escaleras. Pregunto qué hacía el sastre con el felino, y la mujer me mira sonriente y dice "Esto." Acto seguido arranca un mechón de pelo del gatito de manera brutal, y él no se inmuta. Aunque lo intento supongo que mi cara refleja el horror de la situación, y la mujer dice que está bien, lo han salvado y estará mejor pronto.
Le digo a L. que venga pues, por lo que sé, le encantan los animales. Ella viene, pero se queda mirando al gato sin ninguna emoción visible. Supongo que ya no le gustan las mismas cosas.

sábado, 21 de junio de 2014

Estoicismo resentido

Hoy pensaba en este poema de Kavafis, el poeta de la ciudad de Alejandría.

Y si no puedes hacer tu vida como la quieres,
en esto esfuérzate al menos
cuanto puedas: no la envilezcas
en el contacto excesivo con la gente,
en demasiados trajines y conversaciones.
No la envilezcas llevándola,
trayéndola a menudo y exponiéndola
a la torpeza cotidiana
de las compañías y las relaciones,
hasta que llegue a ser pesada como una extraña.

sábado, 10 de mayo de 2014

Unoriginal couch request, I: ¡París!


Un viaje por el interior de la psique humana, y de algunas capitales europeas.

15 de junio: Me tomo un Vallinaccio y, para mi galopante desagrado, sabe a café. Ahora me arrepiento de no haber pedido azúcar. Esperamos el avión.

Girona, o alguna lugar cerca de; esperamos el autobús. Gerard ha tirado el vaso.

(Lidl y esa bolsa que nos acompañó hasta Suecia)

Quizá no salgamos de Girona. ¿Billetes de autobús? Bien, tal vez. Capturas de una página web. Sólo cabe esperar la friolera de cuatro horas para saberlo, cogiendo, en el mejor de los casos, el tren en la madrugada.

16 de junio: Buena noticia, no ha hecho falta esperar cuatro horas. Dicho autobús no existía: a G. le ha vendido el billete un gnomo. Noche de mierda en el aeropuerto. G. no ha podido dormir.
Nos hemos lavado la cabeza en los aseos públicos. (Hemos desayunado tostadas con atún).

En Perpignan todas las chicas con monas, todo el mundo está enfadado. Los anuncios son dados en francés y en español. La estación, el único lugar en el que hemos estado, aparte de un cíber de beurre y un supermercado, es un lugar horrible que se jacta de haber hecho comprender a Dalí el sentido de la creación. (Apuntes en este párrafo: “la manzana de G.”, “me ofrecen marihuana”).
Te cobran por usar los lavabos. Delante, una pareja retoza alegremente en otro andén, él de gris y ella llevando un vestido y medias, sirviendo de contraste con los trenes de alta velocidad.
En otro orden de cosas, Eichmann en Jerusalén es sorprendente: lleno de datos curiosos y reflexiones, que muestran a un asesino exasperantemente tonto, bobo, incapaz de pensar.
Y la pareja sigue retozando...
(Aurélie: 47 rue Vivienne. “Hazak”. 2nd elevator, 7th floor, the door on the right)

17 de junio: ayer nos acogió, a última hora y con prisas, una francesa hawaiiófila que toca el ukelele. Estuve cerca de una hora preguntando a la gente para encontrar su casa, dando vueltas por Grands Boulevards. (Chucrut)
Ahora escribo estas líneas en los jardines del Louvre, mientras Gerard da de comer a los pinzones y palomas, al lado de un grupo de ¿chinos? (más morenos que los japoneses), mientras un ¿musulmán? ¿senegalés? juega con sus caros perros negros. Un cuervo observa las palomas con delectación.
Hemos alquilado una habitación en Paris-Clichy, albergue Léo Lagrange, en 107 rue Martre.
Nos ha asaltado un comando de pedigüeños sordomudos muy violentos.
Una disgresión: aún recuerdo la guardia militar armada del metro, y nosotros sin saber dónde dormir. Una japonesa asustada y demás stuff.

Hemos ido a comer al hostal y hemos comprado comida -y un melón que no nos hemos comido. Luego hemos salido y hemos ido a Notre Dame y la Shakespeare & Company -una librería con Jam Session, una japonesa pianista que tocaba de maravilla, una improvisación – miraba la partitura del Praeludium XVI de Bach, pero no era eso. Luego ha presentado unas variaciones sobre el Praeludium XX, y ha venido el resto de la banda. Hemos comprado A farewell to arms, de Hemingway, y Mother Night, de Vonnegut. (Adición posterior: la estudiante de intercambio de Washington D.C. que nos indicó el camino a la librería y que se quejó de que los franceses hablasen tanto francés). Luego hemos ido a ver la Torre Eiffel, bajo cuya base nos hemos sentado y hemos hablado en un parque lleno de cuervos. (Conversación sobre videojuegos)
La habitación del hostal tiene tres camas, una de las cuales está ocupada por un canadiense borde (esto está tachado: me hizo un regalo) y medio rubio, medio pelirrojo (es quebecois). He perdido las llaves, nos he costado 16€. (Notas en el párrafo: “el canadiense nos despertó a las seis de la mañana”, “las llaves estaban en mi bolsillo”)
Ayudamos a una muchacha mexicana, mona y simpática, con el ordenador.
(Adición posterior: “¡París! DondelaschicassonmonasperonotantocomoenPerpiñán, ¡París!”)

18 de junio: Abandonamos el hostal, nos encontramos a la mexicana en el ascensor. Desayunamos.
Ya lo dijo Descartes: “Joderme a mí es joder al más grande.” (¿De dónde coño sale esto? Y, ¿por qué yo no tengo la idea de infinito?)

Sentados, escribiendo junto al Princesa Guerrera, la perspectiva de pasar la noche en vela rondando por París no parece tan horrible.
Hemos ido a las estaciones de tren y, estúpidos de nosotros, debimos reservar cuando éstos no estaban aún llenos. La solución ha sido un tren hacia Colonia a las 6:00h, y luego de allí a Berlín. Mientras escribo esto me ha asaltado la sensación de estar en París, por primera e irremediable vez.
Después fuimos al castillo de Vincennes y al Parc Floral, donde Quizzy Brown (Push Up) nos ha deleitado con funky-jazz bajo la lluvia.
Más tarde, fuimos a casa de David Arambrosky (¿Abramovitz?) -o algo así-, concertino de piano y homosexual (visiblemente en orden invertido, como él), de la cual nos ha echado educadamente (Abramuse face). He podido tocar su piano de cola.
De allí a S&C, pasando por una siniestra tienda de chinos que me han cambiado la maleta rota por tres ovejas y una virgen.
He estado leyendo a Arendt mientras escuchaba a un muchacho tocar el piano en la Shakespeare.
Gerard me explica por qué huele tan mal el Sena, en términos biológicos. (No recuerdo nada).

19 de junio: Consternación. Paseamos, encontrando muchachas borrachas y lo que G. asegura es una actriz porno (Liza del Sierra). Entonces huimos y, cogiendo el metro parisino por última vez, llegamos a la Gare du Nord. Allí, un simpático vagabundo -aunque probablemente no sea ése el término- nos guía hacia un bar que, dice, está abierto toda la noche -en este punto debo hacer notar que necesitábamos un lugar donde pasar la noche antes de que abriesen la estación, a las cuatro y media (y que soy idiota). En dicho bar, caro como él solo, todo cobra un aire extremadamente hostil, desde el Je t'aime... Moi non plus de Gainsbourg y Birkin, hasta el camarero que ofrece los servicios carnales de dos muchachas o -quizá, mi francés no llega a tanto- drogas, o me pregunta por qué me sangra la nariz (Me sangra la nariz). El caso es que lo hace con secretismo, y se arrepiente en seguida. Permanecemos allí hasta las cuatro, cuando salimos a las frías calles parisinas y esperamos a la salida de la Gare du Nord.
Mientras escribo esto, Gerard dormita a mi lado mientras esperamos el tren que nos ha de llevar a Colonia y, de allí, a Berlín.

miércoles, 30 de abril de 2014

Primavera

Para Ana, por su apoyo,
ayuda,
e insultos constructivos.


She's like a beautiful girl
she falls like drops from the sky,
like red wine”
-Lady Cabrera

Una mujer que pasa en bicicleta a las dos de la mañana, hermosas piernas morenas bombeando los pedales mientras la brisa le alza el vestido y revela un perfecto milagro de carne femenina en movimiento. Nuestros ojos se cruzan un momento y ya se ha ido. Son cosas como ésa las que te hacen darte cuenta de lo poco que realmente sabes de nada.”
-Roger Wolfe


30 de abril
"Pneumos" quiere decir aire, piensa mientras un martillo neumático percute contra el pavimento y sus oídos. El obrero que lo empuja contra el desarmado suelo levanta un instante la vista, y aún a riesgo de amputarse un pie, se lleva la mano izquierda a los labios -unos labios descarnados y sucios- y silba.
Los de ella, que son de un rojo carmín brillante, como debiera ser la manzana de Blancanieves, esbozan una sonrisa: es bella, y lo sabe. No retrasa su paseo, y sigue colocando sus sandalias una delante de la otra mientras el mundo pasa bajo sus pies. Su paso seguro, la brisa que a esas horas de la tarde sube desde el mar -que se ha pasado todo el día soportando los rayos de un tiránico sol- y esas sencillas sandalias negras hacen que los obreros se lamenten del polvo que levanta el martillo, mientras que un grupo de muchachos se agolpa tras ella contemplando el espectáculo que ofrece la parte trasera de cada uno de sus muslos (lugar donde acaba el vestido, pero que una -bendita- brisa deja más al descubierto, marcando cómo, si uno sigue hacia arriba, puede alcanzar el Paraíso). Apuestan entre sí sobre el nombre de la muchacha y, cuando ella gira para seguir recorriendo la orilla de piedra de La Riera, se paran descorazonados y sueltan un suspiro. Deben ir en dirección contraria, y la toman, algunos más reticentes que otros, mientras miran a intervalos hacia atrás.
Llegan a la conclusión de que se llama Ana. "Ana es un nombre bonito", dice alguien. No discrepo: Ana mola. Ahora bien, todos menos uno de ese grupo de muchachos la olvidarán: ese uno corresponde al idealista platónico, que esa misma noche se encerró en el baño pensando en ella, y no salió hasta que su padre aporreó la puerta con ira.
Ana me gusta, es tan sencillo como las sandalias que lleva mientras desciende por la cuesta. Son negras, se ha dicho ya, creando un encantador contraste entre ellas y su piel. Las obras -Palma no dejaría de estar nunca en obras, decretó algún genio de la Antigüedad pagana- se paran a su paso, y ella vive un momento de alegría plena: por un momento está en la cima de la Pirámide de Maslow, ascendiendo al Olimpo con más rapideza de la que gasta bajando por La Riera: todo el mundo le parece insignificante, y lo que haya más allá de sus piernas parece insignificante a todo el mundo. Pasa frente al edificio del Teatre Municipal, en el cual no es su intención detenerse.

Dos amigos sentados en un bar céntrico, con ventanales dando a una calle adoquinada por la que se pasea la flor y nata de la ciudadanía mallorquina. Tonos marrones. Sonido de tazas y conversaciones. Se respira un elegante aroma a café, que hace pensar en el colonialismo y una edad dorada de explotación injustificada y cruenta que, curiosamente, en la distancia no parece tan terrible.
Es sábado. Lo saben porque ayer fue viernes o, al menos, lo parecía. La gente salía animada de sus trabajos, y se iba a quedar con los amigos para pasar la noche con una pizza y una cerveza, y alguna buena película y/o partido en la televisión. Mientras, algunos de ellos se dedicaban a recorrerse todos los antros del Paseo Marítimo o la Plaza Gomila, y las parejas se reunían para cenar en algún restaurante sofisticado y caro.
En fin, es lógico. El tópico del carpe diem comienza, para los más afortunados, en viernes: bendito día de descanso estudiantil.
-Es como cenarse una perfumería.
-¿Picante? -pregunta Tomás de forma suspicaz.
-Dulce -sentencia Daniel.
La noche del día anterior había sido La Gran Noche, y eso es sinónimo de sexo. Desgraciadamente para Daniel, eso significaba también haber tenido que pasar por una serie de prolegómenos anteriores al momento de la cópula que sólo parecían tener la función explícita de molestar. Comer en restaurantes caros y exóticos era uno de ellos, pero por lo menos tenía que ver con la satisfacción de una necesidad fisiológica cubierta.
Y cosmética. Los restaurantes exóticos evidentemente eran el futuro.
-Por lo que dices, probablemente no fuesen hindúes, sino musulmanes. ¿Te fijaste en si llevaban o no recortado el bigote?
-Sí, el tipo tenía una legaña en el ojo derecho y un punto en el iris. La ceja un poco caída, y un lunar minúsculo cerca del labio.
-Vale, eso es que no, ¿no?
-Sí... ¿para qué querías saberlo?
-Para saber si eran musulmanes o sijs. ¿Sí qué?
-Sí que no.
-Oh. ¿Nunca te he contado por qué contratan a los sijs como guardias jurados en media Asia?
-No -o quizá fue el sonido de su garganta al cerrarse.

Dos amigas sentadas en la casa de una tercera. Tonos verde fosfi y rosa. Sonido de risas equinas. Minifaldas y piernas.
-Es mono -dice una de ellas con malicia. Más risas equinas. La tercera amiga vuelve de la cocina -aunque, como es un loft, es equivalente a decir que viene del otro extremo de una habitación grande- con unas cervezas, que reparte entre sus compañeras.
-Así que hoy es la segunda cita. Hum...
-Hemos quedado para ir al Jazz Voyeur. ¡Es tan romántico!
-¡Hum! -sugirió una de ellas, sin ser demasiado informativa.
-No sé yo. La última vez que fui allí dos cuarentonas se pusieron a rapear mezclando idiomas que realmente no conocían. Fue desconcertante.
Silencio.
-Pero, ¡hey! Es muy posible que no vayan a la Jam Session de esta noche -después de todo, tiene una visión bastante reducida como para comenzar a lanzar generalizaciones.
De repente, los cristales de la ventana son golpeados por una ligera capa de agua, mientras una nubecilla pasa, sin pena ni gloria, y abandona esta historia. Las tres chicas se giran y miran la ciudad asustadas: Palma se recorta contra un fondo azul claro -a medida que el cielo deja de ser gris-, y la primavera sigue, y su miedo desaparece.

En la calle San Miguel se alza una parroquia que fue cedida a la comunidad ortodoxa de la ciudad. Tomás, a quien le encanta la música litúrgica ortodoxa, pasa por ahí con frecuencia, más para escuchar los cánticos de la misa que para salvar un alma que, siente, está condenada al infierno. Al pasar por la calle de Olmos, en cambio, se para en seco al ver a tres muchachas tocando dos violines y un violonchelo delante de la iglesia.
Comienzan, al parecer, con el quinteto de cuerda en si bemol mayor, K.V. 174, de Mozart; algún tipo de adaptación para trío. Luego pasan a un arreglo de la vigésimo quinta sinfonía del mismo, el primer movimiento, en el cual Tomás se da cuenta, extrañado, de que se ha equivocado: no son dos violines y un chelo, sino violín, viola y chelo. Y, en el mismo tiempo en que se percata de esto, un hombre, a sus espaldas, emite una risotada que detiene a los músicos: americana, pantalones de vestir y una camisa pulcramente planchada que acaba donde empieza su barbita de chivo. Se disculpa, con una sonrisa socarrona, y se va alejando por los Olmos, hacia el mar y la puesta de sol, que se hace cada vez más patente.
Tomás piensa que, de alguna manera, es evidente que se ríe de su confusión, y se avergüenza. A su alrededor, la gente va acabando sus paseos, y el trío empieza a tocar Por una cabeza, de Gardel.
Oscurece.


29 de abril
A veces uno se despierta y el cielo brilla, la ventana está abierta. De hecho, puede ser perfectamente por ese orden: a veces uno se despierta y le da igual que el cielo no brille. La cuestión es que la ventana sigue estando abierta, y llueva o deslumbre en la habitación, nunca tiene ganas de cerrarla. Y curiosamente, de la misma forma que el tiempo puede no acompañar, quizá no haya ninguna razón para ser feliz, y sí muchas para no serlo. Quizá el fresco aire que entre por la ventana y se cuele en el pulmón sea el humo cancerígeno de algún vehículo, o contenga la descomposición del cadáver de algún gatito.
La cuestión es que a veces te despiertas, el cielo brilla, y como que si no brilla te da igual, todo lo demás tampoco. Es agradable, qué coño.

La cultura india suele parecer, a los ojos occidentales, excesivamente colorida, con unas tonalidades que transgreden la frontera entre el barroco y lo hortera, violando el Derecho Internacional y todas las normas del buen gusto. Ya que, a fin de cuentas, la decoración, la música y el cine pueden parecer de una muestra de kitsch -suponiendo que, en su propia evolución artística, ellos no tuvieran ese mismo concepto, en cuyo caso todo sería una gran broma para Occidente, la exportación de lo hortera frente a la nacionalización de lo sereno, una onda de mal gusto provocada por una homónima broma, la muerte del relativismo cultural.
Sin embargo, al igual que en el barroco, el mal gusto reinante para algunas artes se compensaba con creces con lo vitalista de la música, o el claroscuro pictórico. La gastronomía india es brillante como un campo primaveral: huele como tal y, debido a alguna sinapsis sinestésica, sabe como debe saber ese campo.
Daniel y ella piden arroces que huelen llegar antes de divisar la camisa rosa del camarero: cardamomo, coriandro -especias cuyo nombre no había oído nunca, palabras exóticas que la transportan a algún bazar oriental donde se resbala por los pétalos volados desde el rosedal-, clavo, canela, y menta. Su plato -el de ella- se llama biryani, es popular en Pakistán y se sirve acompañado de una salsa de yogur que puede servirse o no, destrozando o no el sabor de la comida. Él, por contra, pide un arroz pulihora, tan lleno de limón que casi flota en su jugo. Lo llaman el arroz ácido, y es más típico del sur de la India que de comunas hippies.
Todo lo cual, quizá, está más sacado de la mente del narrador omnisciente que de la de los personajes, que ahora se miran el uno al otro con sonrisas que hacen denotar un progresivo allanamiento en su encefalograma. En algún momento, la vejiga de Daniel da signos inequívocos de no aguantar más, cosa que su cerebro interpreta como enamoramiento y, en esas, se declara, ella acepta, él se da cuenta de su error y se levanta, aturdido, para buscar el lavabo.
Ella se queda, más feliz que una perdiz, esperando a que su recién estrenada pareja vuelva del lavabo.

La tarea de encontrar el lavabo, no facilitada por sonrisas de oreja a oreja y asentimientos poco esclarecedores, se vuelve cada vez más desesperante -esto sí facilitado por la música del hilo ambiental del local, una colección de sonidos que el sinestésico cerebro de Daniel considera rosas, cuando no se salen del espectro visible.
La relación de los pensamientos que pasaron por su cabeza, llegados a este extremo, era parecida a la relación de pensamientos en un sueño, donde una idea parece cambiar el espacio a tu alrededor, y cualquier sinapsis neuronal tiene un papel determinante en el entorno. Así, cuando Daniel pensó que, bueno, lo primero sería encontrar una puerta, se topó de frente con una, e hizo girar el picaporte hasta que la abrió -es decir, exactamente un quinto de circunferencia, que gimió haciendo crujir la madera de la puerta.
Dio un paso y cayó por un oscuro tobogán, aún caliente por el tránsito constante de almas pecadoras.

Al llegar al suelo, se encontró con un ambiente exquisito. “Estos demonios tienen buen gusto”, pensó. Y es que aunque la mayor parte del arte se haya consagrado a Dios, los artistas siempre se inspiraron, por lo bajini, en el Diablo.
Aunque, quizá, pensándolo desde un ámbito políticamente correcto, denominar 'demonios' a los habitantes del subcontinente indio era bastante radical. Y quizá el propio término de “subcontinente” daba algún tipo de discriminación geográfica, supeditada a la arcaica noción de continente. Quizá, por tercera vez, sostenían algunos, la propia forma del subcontinente era ofensiva -en muchos casos, eran las personas que sostenían que ciertas nociones debían ser eliminadas por sus connotaciones negativas las causantes de estas últimas, creando un incesante campo de cultivo de mala follá.
Pero, como se ha dicho, y nadie podría negarlo, el ambiente era exquisito. Pasado un vestíbulo de madera barnizada se encontraba un salón lleno de humo de tabaco de liar y, expulsados como viles ratas de la superficie, un par de hombres se agolpaban en círculo hablando. La estancia estaba llena de la tranquila y animada cadencia de una sonata clásica, que denotaba un sentimiento de exclusividad aún mayor que el de la prohibición que caía sobre esos hombres que, por fumadores, sólo se mostraban en el interior, y jamás al público. Al acabar la sonata, uno de ellos dijo algo en hindi, y una sonrisa de oreja a oreja comenzó a tocar la transcripción de Liszt de la obertura de Tannhäuser.
La reconoció porque Tomás así lo había dispuesto, haciéndole tragar todo Wagner un fin de semana que decía haber ido a visitarle para evadirse del mundanal ruido. Las notas de esa obra, destinadas a ser oídas por übermenschen o untermenschen -dependiendo, en todo momento, de la reacción del compositor a los afectos de Nietzsche por su mujer- no evitaron una animada conversación entre los señores, que ni se inmutaron ante la llegada de Daniel.
-Y por eso se abrazó a un caballo. Porque nadie más lo soportaba -estruendosas risas de neopositivista.
-Disculpen, caballeros. Intentaba encontrar el aseo, y me he visto arrastrado hasta este -pausa- círculo.
El grupo, después de darse cuenta de que su juego ha sido descubierto, giró sus morenas teces -¡salvo una!-hacia él. Tras unos instantes de incómodo silencio,
-Salud, señor. Intentábamos discernir si El día que Nietzsche lloró trata del momento en que se da cuenta de que todo su trabajo ha sido inútil.
(Una imagen en la cabeza de Daniel: Nietzsche se despierta en su mesa de trabajo y, con trocitos de papel en el mostacho, comienza a leer alguno de sus manuscritos. “Pero esto... esto es una mierda.”, con lágrimas en los ojos.)
-Oh, perdónele usted, tiene un temperamento de digno demonio -risas educadas, risita nerviosa de Daniel-. Señor, le presento a Mefistófeles.
-Por favor, llámeme Mefisto, Daniel -a estas alturas, no tiene sentido preguntar por qué sabe su nombre. Se limita a preguntar por el lavabo.

Entretanto, en la superficie, los olores a especias llenan el local de tal manera que hace que cada uno de los camareros piense en las primaveras de los campos indios -aunque no tenga demasiado sentido en una modalidad climatológica oscilante entre Malo y Monzónicamente malo. Aunque ella, sentada en su mesa, se imagina un campo verde lleno de olores exóticos, a la europea, con niñas bajando colinas suizas al trote, la realidad tiende a ser ligeramente más molesta. Entonces, tras unos instantes de litigio con la ética comercial de los restauradores, alguien le trae la cuenta.
Para ello recurren a una pomposidad hilarante que acaba con un trozo papel posado sobre un plato, con algunos pétalos de rosa que dejan de ser primaverales en tanto que dejan de esconder las cifras escritas. Siendo aprendiz de novelista de terror, ha debido describir centenares de veces cómo se eriza el vello de la nuca y se pone la carne de gallina, pero no ha podido sentirlo en su propia persona hasta ese momento. Toma nota en su Moleskine, y juguetea con el bolígrafo para parecer menos nerviosa de lo que está.
Daniel asoma, pálido, y se sienta a la mesa.
-No te lo vas a creer -empieza.
-Dispárame.
-¡Acabo de conocer a un personaje del Fausto de Goethe!
Ella le enseña la cuenta.
-Hostias.
>>De acuerdo, tú ganas -admite él-. Debemos actuar rápido -se levanta y, mientras ella se levanta también, escupe a una gruesa señora sentada en la mesa de al lado-. Vaca gorda, ¡deberías ser sacrificada como el animal impuro que eres, y contaminar con tu cadáver descompuesto las aguas del Ganghes! -a continuación abandona el local por la ventana, haciendo estallar un icono vitral de algún ídolo de Bollywood, bajo la atenta mirada de los trabajadores sijs del local, que están demasiado chocados por el fútil intento de ofensa religiosa como para darse cuenta, hasta que es muy tarde, de lo que demonios haya pasado. Una botella de champagne cae al suelo y se esparce, prolongando el sonido de cristales rotos.
Fuera del local, antes de que éste explotase en indignación, ella le saca los oscuros ojos de Rekha de la frente, le da un beso que le escuece en la herida, y salen corriendo y riendo, dejando tras de sí parte de una fabulosa representación de la Gretta Garbo de la India, resplandeciendo con la luz de las farolas y las antorchas, que una vez más arden demasiado tarde.

Walpurgisnacht
Pero el Jazz Voyeur estaba cerrado, y decidieron darse una vuelta por la feria, antes de que la cerrasen ese año. Situada cerca del cementerio, en una hondonada descampada que huele a patatas con vinagre blanco y algodón de azúcar cerca del curso irregular de sa Riera. Dejan la Lonja y las luces verdes y rojas, y azules y púrpuras, y sus proyecciones acuáticas, del distrito portuario, metiéndose entre las callejuelas estrechas del barrio antiguo con su iluminación amarillenta hasta llegar las Avenidas, anchas y sanas llenando de un blanco incandescente y metálico el lugar por donde antes se alzaban las murallas. Y continuando por estas, hasta el mismo puente que albergó una sangrienta batalla de disfraces una noche de Halloween, girando hacia la derecha tras tomarlo y siguiendo recto casi un kilómetro, uno encuentra, a diestra, el camposanto, y a siniestra, la feria, por más que pudiera parecer lógico lo contrario.
Se elevan sobre el puente y respiran el olor de la diversión. Alguien dijo una vez que la Catedral de Mallorca se sostenía milagrosamente, sin que los cálculos arquitectónicos pudieran dar crédito de ello -quizá después de todo construirla encima de la Gran Mezquita tuvo sus consecuencias de película de serie B para arquitectos, un infierno de cálculos y litros de argamasa.
-Eres muy divertido -dice ella. Es sincera, y acompaña su comentario con una risa aguda y felizmente tímida. Él intenta no recordar la última chica que le dijo exactamente esas palabras, pero la resistencia cede como una ridícula presa de castor. And someday you'll be sorry, canta un ronco Louis Armstrong en algún lugar de su cabeza, confusa por los sedimentos que el curso medio del río que destrozó la presa del castor ha ido colocando en su trayecto, sobresaliendo del agua gris y dando las primeras señas visibles del amor. La vida es como los ríos que van a dar en la mar.
-Ais. Cuando seas famoso, la gente no sabrá cuál de tus frases recordar, porque son todas geniales. Y Wikiquote estará a tope de citas tuyas, y explotará. Y, así, Wikipedia también. E Internet y, en fin, el mundo entero. Y, ¡boom! -boogie boo rock n' roll clock-, todo se acabará. Así, de risas.
-Je -y se sume en sus pensamientos.

Una vez, hacía tiempo, Daniel había ido arrastrado por Tomás a escuchar madrigales y canciones de compositores ingleses -grandes olvidados por la poca cultura popular existente sobre música clásica. El concierto se centró, sobretodo, en las obras de Thomas Morley -que compuso arreglos para obras de Shakespeare- y Henry Purcell -que escribió la marcha fúnebre para la reina María II que Stanley Kubrick haría tan famosa en su Naranja Mecánica. Pero ninguna de esas composiciones fue tocada en el recital, sino que fueron obras más bien frescas y fáciles de escuchar, que cautivaron tanto a Daniel como a Tomás y, en fin, a todos los presentes.
Daniel pensó en ese momento en dos piezas en concreto: April is in my mistress face, de Morley; y She loves and she confesses too, de Purcell. Ambas livianas como una brisa primaveral, parecían evocar tanta frescura que los presentes olvidaron sus penas durante un día o dos. Al salir a la calle, húmeda y fría como es Palma en invierno, se embucharon en largos abrigos y desaparecieron.
Mientras la mayoría de ellos se dirigió al mar, Tomás y Daniel caminaron hacia la periferia de la ciudad -mucho más tranquila, más rectangular. No hablaron, como es costumbre entre los amigos que se conocen desde hace mucho y ya no tienen demasiado que contarse -Daniel observa lo mismo en los matrimonios ancianos, y una ola de pena invade su cabeza. Tomás, en cambio, silba El barbero de Sevilla, y hace un chiste sobre sentirse Fígaro en época de exámenes.
Pero a Daniel no le hace gracia. Y no porque tenga un doble sentido que pueda resultarle ofensivo -eso, en realidad, haría que sonriese y se riese de la propia evidencia-, sino porque, aún conociendo la referencia, el chiste no parece tener más trasfondo que el mero alarde de cultura, aún cuando carezca de ingenio.

Pero Daniel se engaña, porque en realidad no la quiere. Y además es un engaño tan evidente, tan burdo, que no consigue tomárselo en serio y sigue adelante con su vida como si nada hubiera pasado. Daniel, enamorado de lo imposible, romántico hasta la médula, pero demasiado humilde para reconocerlo, sigue enamorado de aquello que sabe que no conseguirá: está, por ejemplo, loco por la bella -siempre bella- Scarlett Johansson (por supuesto, sólo reconocería, como todos los hombres de bien, que siente una atracción meramente sexual hacia ella, y lo adornaría con piropos de obrero, que harían que el genio en su interior muriese un poco). Daniel se cubre entre los pliegues del tiempo, a salvo, mientras pone el piloto automático en su conversación con la muchacha con la que camina. Imagina que conoce a la bella actriz y se declara y ella, claro, con un gracioso ademán, le dice que es un chico simpático, pero que no es su tipo -todo esto, piensa, en medio de una fiesta elegante, la flor y nata de Hollywood y, por ende, del mundo. Así que se aleja del jaleo y se pone a mirar meditabundo una ventana, y las fantasías siguen por derroteros autocompasivos y azucarados.
Se pregunta si, de poder conseguir a la mujer de sus sueños, ello no conllevaría que dicha mujer dejase de ser especial para él. Y piensa en Scarlett, otra vez, fumando en Match Point, con el pelo recogido, formando una hermosa imagen de serenidad y paz.
Y que está buena, qué coño.

La Feria del Ramo, como las ferias por las noches, recuerda a neones verdes y violetas surcando el cielo, en movimiento -aunque quizá nunca haya tenido esos colores, heredados de películas japonesas o americanas, invenciones de un cerebro extralimitando las funciones de su imaginación. Porque lo cierto es que no eran esos colores los más usuales, sino azules y rojos, y amarillo y blanco. Abajo, la gente parecía moverse en un escenario teatral iluminado, una región muy concreta del espacio recortada entre la oscura noche. La gente ríe y canta animadas canciones.
Todos ellos ignoran completamente la fecha en la que se encuentran, y si alguien les hubiese dicho algo, sólo podrían haber recordado vagamente la novela de Stoker: la noche del 30 de abril al 1 de mayo es la noche de Walpurgis, aquella en la que las brujas se reúnen en aquelarres en los bosques de las montañas del Harz. Claro que de eso hacía mucho tiempo: los bosques habían sido talados y las brujas, quemadas. La celebración, deshecho de mitologías nórdica, celta y romana, había ido cayendo en el olvido tras el paso inexorable de los años -aunque todavía quedaban algunos viejos que recordaban que uno no debía enamorarse en mayo, más por superstición costumbrista que por alguna extraña leyenda que, en cualquier caso, había caído en el olvido.
Juntos, pasan cerca de unas cuantas casetas de tiro y viejas atracciones sacadas de los años 50, con esa polvorienta gracia de los recuerdos de otra época. En algún momento, llegan a la casa del terror, con un monstruo de cartón-piedra sosteniendo a una hermosa dama del mismo material. Ambos se mueven acompasadamente, siguiendo un viejo mecanismo que chirría y da pena. Daniel y ella se acercan a la venta de entradas, en la cual hay un viejo cataléptico sacado de algún relato de Poe.
Suben a una vagoneta que se pone en marcha inmediatamente, sin esperar a un público hipotético que subiera tras ellos. Después de unos momentos, llegan a la conclusión de que de pequeños era más terrorífico, y que era una pena haber dejado atrás esa capacidad de permanente sorpresa, de imaginativas respuestas que parecían invalidar la vieja Navaja.
Daniel cita a D'Annunzio: - “¿Dónde hallaré el antiguo horror del hombre ante lo vario y lo confuso y lo amenazador y lo inexplicable? ¿Dónde el prodigio oscuro y siniestro ante el que temblar? No puedo seguir viviendo en esta tierra esclava, medida, explotada hasta el último palmo.” -y ella lo reconoce y le recuerda que era un fascista.
Ambos ríen un rato en voz alta, y pasan por el túnel del terror pletóricos.

Llegan a un pequeño restaurante al aire libre, con un grupo folk tocando algo que suena entre celta y jazz, y Daniel piensa que probablemente tenga muy poco de lo primero y bastante de lo segundo -sinestésicamente, piensa en chocolate con menta.
Pero resulta que ésa es su última actuación, y pronto aparece un grupo completamente diferente. Cuando la cantante abre la boca, medio local se queda decepcionado porque canta en alemán -a los hablantes de lenguas romances no les suele gustar cómo suena, una carga entrecortada de fonemas difíciles y cacofonías-, y la otra mitad se alegra porque podrá comprender mejor qué se canta. Daniel, que no entiende el alemán, sin embargo opina que suena bastante bien, incluso con un cierto lirismo primitivo, y piensa en danzas de la muerte:

Es führt über den Main, eine Brücke von Stein.
Wer darüber will gehn muß im Tanze sich drehen.
Fa la la la la, fa la la la...

Kommt ein Fuhrmann daher, hat geladen gar schwer,
seiner Rösser sind drei, und sie tanzen vorbei.
Fa la la la la, fa la la la...

Und ein Bursch ohne Schuh und in Lumpen dazu,
als die Brücke er sah, ei wie tanzte er da.
Fa la la la la, fa la la la...

Kommt ein Mädchen allein auf die Brücke von Stein,
faßt ihr Röckchen geschwind, und sie tanzt wie der Wind.
Fa la la la la, fa la la la...

Und der König in Person steigt herab von seinem Thron,
kaum betritt er das Brett, tanzt er gleich Menuett.
Fa la la la la, fa la la la...

Liebe Leute herbei! Schlagt die Brücke entzwei!
Und sie schwangen das Beil, und sie tanzten derweil.
Fa la la la la, fa la la la...

Alle Leute im Land kommen eilig gerannt:
Bleibt der Brücke doch fern, denn wir tanzen so gern!

Sin embargo, no acaba de ver la relación entre ambos estilos (una fusión muy irlandesa, todo sea dicho) y el alemán. Pero supone que será cosa de la literatura.
Y, entonces, la ve. Al contrario de lo que le suele pasar con muchas chicas, ve primero su cara pálida enmarcada en un pelo castaño oscuro, sus ojos negros -¡como las alas del cuervo de la tempestad!- y unos labios que son de un rojo intenso, como debieran ser los de la manzana del cuento. Después, bajando por su cuello esbelto, el resto de su cuerpo le causa un efecto tangiblemente descorazonador, y mira melancólicamente el vaso de agua que tiene frente a sí, y la mira a ella -y su busto, y sus piernas-, y vuelve al vaso. Si su novia se da cuenta, no lo exterioriza.
El tiempo fluye incluso a pesar de la cantante, que parece rasgar el todo con su lengua. Medio local escucha, medio local mira a Ana -aunque esta división no es exactamente una división de género, y ni siquiera todo el jazz del mundo puede hacer que ese lugar al aire libre parezca un horno lleno de humo y sin aire, de manera que algunos parecen visiblemente decepcionados y otros respiran hondo.
Ana, vestida de blanco y de negro, con su cuerpo en blanco y su pelo negro, cuyo único detalle de color son unos labios carnosos, se levanta y se dirige al lavabo, en el interior. Un violonchelo desgarra el ambiente y parece enmudecer a la cantante, que repite de forma esporádica “Wie einst, Lily Marleen.” Daniel lleva un rato mirando al vacío, pero cuando se gira su acompañante no está.
Respira hondo.

Los baños tienen luces asépticas como los de un quirófano, una morgue o una cocina. En cualquier caso, los lugares donde se manipulan directamente tejidos orgánicos parecen tener esa tendencia. Los ecos del grupo que toca llegan a los oídos de Ana doblemente apagados. El alumbrado eléctrico zumba sobre su cabeza, y alguien se ha dejado un grifo abierto, que está comenzando a desbordar el lavabo.
Y los ecos del grupo le llegan doblemente apagados. “Pneumos” debe querer decir aire, piensa aunque es precisamente eso lo que le falta, haciendo que su cerebro funcione entrecortadamente como el espectro de un átomo de hidrógeno. Eso es porque la novia de Daniel agarra su cabeza y la mantiene en la taza del váter, para asegurarse de que la zorra que ha intentado quitarle a su pareja deja este mundo de la manera más desagradable posible. Porque ella bien se lo merece, por ser una fresca.
Lo curioso es que ni se lo plantea: por supuesto que debe morir. No le falla el pulso y no da una oportunidad de recuperación: Ana patalea agónicamente durante unos minutos hasta que, con una sonrisa de satisfacción, la asesina nota que ha parado. Causar la muerte de forma tan repentina, hacer descender a alguien del todo a la nada más absoluta, dar un empujón desde la pirámide de Maslow: matar. Aunque -dicen, no consta en ningún lugar que sea cierto- la muerte bien puede ser una liberación.
De manera que, con un nivel de adrenalina superior al recomendado, se levanta, cierra la puerta del váter y se acerca al espejo, esperando ver su imagen deformada por la atrocidad, como la del retrato de Dorian Gray. “Lo que se hace por amor se hace más allá del bien y del mal” recuerda que dice Nietzsche. Durante un instante, piensa en los crímenes que ha ido cometiendo durante los últimos dos días, en una escalada de violencia creciente: no pagar la cuenta en un restaurante indio, romper una ventana, matar a alguien. Quizá le convendría abandonar la ciudad durante un tiempo, o quemar el cadáver para eliminar cualquier tipo de huella -porque esconderlo es imposible. Luego siempre podría decir que los dueños del restaurante, sijs, han decidido tomarse la justicia por su mano y se han equivocado de persona. O no, no lo sabe.
En cualquier caso, deduce que está jodida.
Y no sabe bien cuánto.

Pasa el tiempo, y Daniel se aburre sentado en la mesa, escuchando la música e imaginándose situaciones de estúpida autocompasión e inocencia. Es algo que hace desde que tenía ocho años, con más o menos frecuencia, algo olvidado en el torrente hormonal de la pubertad y que vuelve en los años finales de la adolescencia, y desde entonces. Y entonces -sólo entonces- se permite divagar sobre cuestiones metafísicas, imaginando que ningún narrador omnisciente dará a conocer tal falta de rigor. Se pregunta si aprehender en el alma de las cosas tiene un carácter humano y sencillo o técnico y difícil de comprender. Imaginarse llegando al concepto de libertad y verlo como un anciano sentado eligiendo el momento de la propia muerte adelantándose a la naturaleza o una serie de proposiciones lógicas sacadas de la carrera de informática -también es consciente de que ni en el mejor de los casos es posible saberlo. Y tampoco le importa, aunque parece más inclinado a considerar la primera definición, empujando todo el concepto dentro de un ejemplo concreto como a gente en el metro de Tokio.
Pasa el tiempo, y una brisa se levanta desde algún lugar en la oscuridad, llenando el lugar de polen y haciendo que gran parte del local se levante a buscar pañuelos de papel en alguna parte. El grupo ha abandonado el escenario, y el ambiente está tranquilo salvo por un alud repentino de estornudos simultáneos como bostezos en un experimento sociológico.
Daniel, solo, mira de un lado -la mesa vacía donde estaba la muchacha de la piel blanca- a otro -su lado, donde su novia ha desaparecido- con aburrimiento, y pide la factura. Poco antes que ésta, reaparece Ana, hecho del que se da notable cuenta. La observa sentarse en su silla y mirar su vaso, vacío salvo por unos restos de carmín en el cuello, y un cubito de hielo fundiéndose lentamente -analogía que Daniel usa para sí mismo, transpirando al otro lado de la estancia, mirando con ojos soñadores su escote. Entonces suena un grito desde el lavabo y alguien le dice que su novia ha muerto.
En fin, era lógico.

Lo que sigue, claro, es un seguido de situaciones incómodas, colores y sirenas, y palmaditas en la espalda. Ana se ofrece a acompañarlo a su casa, cosa a la que accede de buen grado en pleno shock, sin poder realmente comprender que un ser querido ha muerto, excitado por la situación. Cuando vuelve a tener uso de su razón, camina por el descampado que se abre paso en la misma hondonada donde está situada la feria, entre hierbas altas que cubren más de lo que sería necesario para temer a las garrapatas. Avisa a Ana del peligro, pero a esta parece no importarle, preocupándole en demasía cómo se encuentra. ¿Y cómo se encuentra? Es difícil saberlo, aunque supone que mejor de lo que cabría esperar, teniendo en cuenta las circunstancias, ¿no? Sí: pasea por el descampado y se consuela pensando que no lo acaba de comprender del todo, pero sabe que es una excusa, que su corazón no se ha roto.
-¿Tú crees que soy ruin?
Ella le mira y sonríe triste, torciendo delicadamente la cabeza en un gesto sutil. “No, claro que no”, dice, o se supone que dice, y se acerca a Daniel y le da un beso en la frente, y Daniel olvida a su novia y se siente más ruin y más feliz, y doblemente ruin pero infinitamente feliz al estar al lado de Ana. La pálida y frágil Ana, como un espectro de mayo.


miércoles, 19 de marzo de 2014

I V v3.0

Irja Virtanen era una persona con la cabeza llena de cosas. Irja Virtanen vivía con la mente tan ocupada que a veces no podía evitar, al acostarse, quedarse inconsciente en lugar de dormirse. Irja Virtanen era una mujer llena de teorías, y a veces las compartía.
Irja Virtanen no creía en el cambio. Irja Virtanen, de haber sido algo más optimista, posiblemente hubiera hablado del término “reinventar”. Dado que Irja Virtanen tenía los pies firmemente asentados en estas arenas movedizas que llamamos mundo, decía que la gente moría y resucitaba constantemente. Nada que ver con las teorías orientales sobre la reencarnación; ni una palabra sobre el Nirvana. Irja creía que cuando alguien dejaba de caerte bien, empezaba a resultar insoportable o cualquier cosa similar, es porque había muerto. Imaginemos un primer amor cualquiera. Sexo primerizo, puestas de sol y escaladas a lo alto del palo mayor en mitad de una borrasca. La clase de situaciones que unen a las personas y prácticamente las obligan a que signifiquen algo las unas para las otras. Después, la muerte. Aquél que escaló el Aconcagua contigo ya no es quien creías que era. Aquella señorita que se sentó a tu lado cuando se estrelló el avión ya no despierta más tu interés. Aquél primer polvo y tantos otros más que ahora se ha ido en busca experiencias exóticas. A Irja no le importaba ya, porque, según ella, su primer amor había muerto. Todavía existía alguien con su rostro, tentándola a dudar sobre su longevidad; pero unos rasgos no eran suficientes para engañar a Irja. Ella sabía muy bien con quién se había acostado. Y esa persona no coincidía con la que ahora misma ocupaba su cuerpo. Así que le daba absolutamente igual cuántas se hubiera follado ahora –Irja podía ser increíblemente directa a pesar de su finlandiedad-, porque, mientras se definió por la Irjidad que acompasaba su vida, nunca tuvo ojos para otra mujer que no fuera la Finlandesa.
Irja era considerada una persona extraña. Si bien podía hablar de su primer amor, luego tenía que reconocer que jamás había escalado el Aconcagua. Ni siquiera algún otro monte próximo a los 7.000 metros de altura. Le gustaba bastante el mar, así como las películas de piratas, e incluso podía engañar a algún inocente usando una gran variedad de vocabulario técnico mezclado aleatoriamente. ¡Vigilad con el trinquete! ¡Mira, a dos cuartas por estribor! Y, cómo no, ¡arriad la vela mayor! A pesar de todo esto, también existían cosas que la desagradaban.
Irja Virtanen no podía soportar los indeseables que grababan cintas de cassette dedicadas a las amas de casa cincuentonas que se sentían perdidas en estas arenas movedizas. “Le ayudaremos a encontrar su alma, no se preocupe”. “Si algo le molesta en demasía, sólo tiene que imaginarse que no existe y entonces se va”. Irja se los imaginaba, personajes raquíticos, afónicos a causa de forzar la voz con la intención de parecer más solemnes. Muertos de hambre, acuclillados en sus estudios mirándose entre ellos con ojos saltones, desconfiados y huraños, temerosos de que les arrebataran por conquista el bocadillo que con tanto esmero se habían preparado para almorzar.
Irja tenía muchísimas cosas en la cabeza, y estas sólo eran unas pocas de ellas. Amor, aventura, producción, disgustos. Lo que todo el mundo –más o menos- atesora en su mente, sólo que su cerebro llamaba la atención. La personalidad de Irja era atractiva. Estaba buena. Se trataba de la clase de persona con tan poca aptitud para liderar que la seguirías a los infiernos sin darte cuenta. Era el tipo de mujer que te encontrabas en el ascensor y apenas cruzada una mirada ya sabías la clase de guarradas que querías hacerle. Irja era un cuadro: la mujer mirando por la ventana de Dalí. Sólo la veías de espalda y sentías la inenarrable necesidad de darle la vuelta y preguntarle por qué miraba hacia fuera con tanto ahínco.
Irja era intensa. Lo que quiere decir, justamente, no que Irja fuera ella misma intensa, sino que actuaba a modo de catalizador. Apenas entraba en tu radio de vista ya sentías la necesidad de componer una sinfonía o de convertirte en recordman de salto de altura. La sangre de tu cuerpo empezaba a pensar en Kelvin y el latón del pomo de la puerta se fundía apenas rozarlo. Porque salías de tu casa como si hoy fuera el Día y ni siquiera sabías que se suponía que iba a ocurrir.
Irja Virtanen, de haber sido creyente, habría sido el mejor profeta y predicador que ninguna iglesia hubiera podido encontrar nunca. La convicción con la que hablaba era tan tierna que parecía que pudiera abrir las aguas. La tenacidad con la que se desenvolvía resultaba tan natural que podías creer que ella misma estuviera esculpida en diamante; y lo creías, porque sin duda se trataba de una pieza de joyería.
Para algunos, Irja Virtanen era simplemente la vecina del segundo primero. La profesora de lengua extranjera. La hija de su señora madre. La estúpida que no les había dejado sentarse en el metro. Para otros, Irja era esas piernas desnudas que colgaban desde lo más alto de un rascacielos en Tokyo. Esa parte, inexistente en la práctica, a la que llamamos escote y que se formó debido a la insistencia de un cuello de pico. Esa melena niagarense cayendo en un murmullo sobre un culito respingón.
Para miles de personas, Irja sólo fue un instante. Un trozo de carne, un nombre más en una lista, un cigarrillo listo para desechar o una uña a punto de ser mordida. Aunque, si hablamos de todos esos miles de personas que nunca vieron en Irja el aura que claramente la rodeada, debemos decir que tenían algo en común; y es que, contrarios a mi propia experiencia, ellos nunca pudieron escalar el Aconcagua con una finlandesa ni mucho menos decir que encontraron su primer amor en el puesto de vigía de un galeón corsario a más de siete mil metros de altura.
Irja Virtanen sabía que ella misma había muerto y resucitado varias veces; y ella misma se encargaba de sentarse todas las mañanas frente al espejo y decirse a la cara, sin miramientos, lo que ella misma era.

Irja Virtanen moría cada noche y se levantaba cada mañana, sobresaltada, cuando el teniente de guardia pitaba a zafarrancho de combate.

sábado, 15 de marzo de 2014

Irja sigue viva.

Irja Virtanen se encontraba lavando los platos cuando pensó que realmente odiaba lavar los platos. Curiosa, más que molesta, dedicó un segundo pensamiento a por qué no le gustaba lavar los platos. Tarea repetitiva, sucia, no requería de su completa concentración, no la absorbía. Le dedicó todavía un tercer pensamiento y llegó a la conclusión de que ninguna tarea que no la absorbiera le resultaba agradable.
Así que le gustaba encontrarse inmersa en aquello que hacía. Lo que de verdad aprecio en algo –pensó-, es hacerlo bien, con los cinco sentidos puestos en ello, cuidando los detalles y disfrutando de las nimiedades. Así que Irja asió con fuerza el estropajo y frotó con todavía más fuerza la grasa restante de los platos, procurando con énfasis que cada uno de ellos terminara reluciente y con una funcionalidad propia de un espejo.
Al haber terminado, se contempló las manos, arrugadas por el transcurrir del agua entre sus dedos, y se preguntó otra vez si le gustaba lavar los platos. La respuesta seguía siendo no, para su desgracia, pero una especie de calor interno la reconfortaba: había hecho algo que no le gustaba de un modo totalmente concienzudo e implacable. Se había vencido a ella misma y eso le permitía sonreír con satisfacción. Se sentía, sin duda, orgullosa.
Luego, la señorita Virtanen se dejó caer, cansada, sobre el incomodísimo sofá que poblaba el salón de aquello que llamaba hogar. Encendió la televisión, cogió un libro cualquiera y se puso a hojearlo con poco interés hasta que cayó rendida de sueño y el libro fue a dar con sus páginas al suelo, obligado a pasar el resto de la noche en una incómoda postura rompe-lomos. A las 5 de la mañana, Irja se despertó, se levantó como buenamente pudo y, dando bandazos, recorrió el camino que la separaba de una cama poco menos incómoda que el sofá. Y se olvidó de lo poco que le gustaba lavar los platos.
Años después, lejos de Finlandia, en un hogar propiamente dicho, con una salita de estar con alfombra y retratos por doquier, con al menos una cama doble y lámparas de luminosidad ajustable en los pasillos, la vajilla sucia volvió a invadir su mente:
Estaba de pie, superando ampliamente la altura recomendada para usar el fregadero del que se estaba sirviendo. La espalda algo resentida debido a la obligación de estar medio agachada;  el pelo indebidamente mojado a causa de las salpicaduras del agua. Sin embargo, una diferencia notable era crucial a la hora de contrastar ambas experiencias. La primera vez que reflexionó sobre ello, estaba sola. Ahora, otra figura se erguía –más que ella, ya que con menos altura no tenía que agacharse- a su lado. ¿Puede esto marcar tanta diferencia? –se dijo a ella misma-. Y ni siquiera tuvo que darse una respuesta.
Sus dedos rozaban otros dedos y estos intercambiaban fluídos –agua, y sucia para más inri-. No prestaba atención a la grasa ni al estropajo. No se detenía en el brillo de los enseres. Toda su atención estaba concentrado en el roce de las epidermis. La fuerza justa que debería ejercer para contonear su cadera lo suficiente para acariciar la figura que se encontraba a su lado. La cantidad exacta de mente que debía dedicar a colocar los platos limpios de tal modo que no rompiera ninguno y el estropicio pudiera desencadenar, de algún modo, un parón en la fricción de las manos con sus manos.
Y, entonces, cuando se encontraba al borde del colapso, algún tipo de divinidad próxima la encontró para recordarle la sensación que le producía, años atrás, realizar tales tareas domésticas.
Irja Virtanen sonrió. Irja Virtanen se rió a pleno pulmón, causando un estropicio de platos rotos y charcos estratégicamente mal colocados. La enigmática figura que no era Irja la inquirió al respecto, descolocada por el repentino giro de los acontecimientos.
Irja Virtanen paró de sonreír para mirar muy, muy fijamente a las pupilas de su acompañante de vajillas:
 Lo que ocurre –le dijo ella-, es que acabo de darme cuenta de que me encanta lavar los platos.

Y entonces también se rozaron otras partes de la anatomía y no hace falta añadir ni una palabra más.

martes, 11 de marzo de 2014

Irja significa paz.

Irja Virtanen vivía en Vanta, en la provincia de Uusimaa, Finlandia. Uusimaa significa en la lengua suomi “nueva tierra”, pero, para Irja, se trataba de un lugar bastante viejo. Por el otro lado, Irja es el diminutivo de Irina, derivación nórdica de lo que nosotros llamamos Irene, que provine casi tal cual del latín: paz. Y, efectivamente, Irja era pura paz.
Hay cierta tendencia a pesar que el estereotipo de mujer finlandesa y sueca es exactamente el mismo, pero esto resulta inexacto. Mientras que el prototipo sueco es de mujer rubia de ojos azules, las finlandesas más bien van en dirección contraria, hacia el pelo y ojos oscuros. Y, efectivamente, Irja era finlandesa desde su pelo largo, liso y más negro que el carbón  hasta el átomo más septentrional de su dedo meñique. Ciento setenta centímetros de finlandesa de hombros estrechos y cintura todavía más fina, con una piel tan blanca que casi dolía al contraste con la oscuridad de sus ojos.
Debido a su situación geográfica, Finlandia es un país frío. En el norte del país, en la zona lapona, llega a haber hasta siete meses de invierno al año. Irja, que vivía más al sur, relativamente cerca de Helsinki, contaba con la suerte de sólo tener que soportar cuatro meses de invierno anuales. Aunque se especula mucho sobre la interferencia del clima en la calidez del carácter de las personas, parece innegable que en comparación con los habitantes de la Europa del sur, los nórdicos son más fríos y reservados. Irja era un témpano de hielo.
Fuera de Finlandia, y excluyendo el sistema educativo, se puede decir que la gente capaz de situar el país en un mapa suele tener en mente dos datos sobre esta curiosa nación:
El primero es que hay una regulación relativamente laxa en lo referente a las armas de fuego, y el segundo es que la tasa de suicidios es alarmantemente elevada. Irja, Finlandia hecha mujer, dormía con una nueve milímetros en el cajón de su mesita de noche y en su vida había dedicado un mísero pensamiento al suicidio, aunque sí varios al homicidio.
Vista desde fuera, Irja era el perfecto sicario, la mejor cualificada para trabajar de asesina a sueldo. Fría, azulada, sobria, estable. Sólo una dificultad la separaba de ganarse la vida inhumando al personal: estaba dotada de una moralidad más dura que el invierno de su país natal. Así que la señorita Virtanen tenía todas las herramientas necesarias para hacerse con el mundo –o la porción de mundo que a ella le apeteciera- pero, sin embargo, dedicaba todos sus esfuerzos a luchar contra ella misma. Hasta el momento, había logrado no matar a nadie.
¿Cómo te haces entender cuando el termómetro marca veinte grados centígrados negativos? La comunicación era el verdadero problema de Irja. Siempre quiso tocar el chelo, pero nunca lo intentó. Pensó en escribir algún grandísimo libro, pero la inspiración no la encontró trabajando. Quiso dejar un reflejo de la vida plasmado en un lienzo cualquiera, pero su mano izquierda nunca dio el trazo deseado. Así que de frustración en frustración avanzaba su carrera cogida de la mano de la edad. ¿Y cómo expresas lo viejo que te estás haciendo cuando ni siquiera has llegado a los treinta?
Irja temía la soledad. Aunque, por supuesto, al no haber comunicación, estaba sola. Reflexionaba sobre ello y se preguntaba: ¿Cómo puedo hacer llegar mis ideas? ¿Cómo puedo lograr que alguien lea la frase que yo escribo o las notas que yo toco, y en su cabeza se forme exactamente aquello que yo quiero transmitir? Y, así, daba vueltas alrededor de la pureza de la comunicación, estancándose y estancada, fría, distante, solitaria y con el alma cansada.
Irja no podía dormir por las noches porque vivía demasiado concentrada. Si no produces algo, te consumes a ti mismo. Es como si el humano tuviera la necesidad de estar constantemente creando. No podemos simplemente actuar como gatos, vegetar, porque entonces nos asqueamos y sentimos la imperiosa –como si otro adjetivo pudiera acompañar al sustantivo- necesidad de movimiento.
Así que Irja se movía. Acudía a la ducha y reflexionaba sobre su situación. Lavaba los platos y le daba vueltas a las ideas. Se tumbaba en la cama y, ahí, justo ahí, estaba la concentración que era incapaz de atesorar a las nueve de la mañana. ¿Qué ocurre, pues? ¿Qué te preocupa, Irja?
“Que no me quiero”.
Y, así, susurrándoselo a su propio oído interno, fue como por fin se atrevió a confesarse aquello que le quitaba el sueño.
Con lo fácil que resulta, a priori, amar con locura a ciento setenta centímetros de Finlandia comprimida cuando estos aprietan una S&W del 0.357 contra tu sien.
Pero entonces se durmió y en cierto modo yo logré dormirme con ella. Porque aporreando el teclado como si se tratara de un piano, encontrando cierto tempo en cada una de las letras que se proyectaban, Irja pudo dar con el Sueño:
Se trataba de Jeff Buckley cantando el Hallelujah justo en el momento donde se oye:
She tied you to a kitchen chair.
She broke your throne, and she cut your hair
And from your lips she drew the hallelujah.
Y, solo entonces, se hizo por fin la luz en la noche finlandesa. Un rayo de esperanza prácticamente física recorrió el cerebro de Irja en forma de algún tipo de onda, agujereándolo como una bala. Por fin, la verdad, tan pura y firme como sólo podemos encontrarla cuando no somos plenamente conscientes, se presentó. Entró por la puerta principal y se vanaglorió ante los aplausos con los que los neurotransmisores la recibieron.
Pero, ¿qué has visto, Irja?
“A ti”.
Así que en eso consistía la esperanza finlandesa. En saber que la comunicación es limitada. Aceptar la soledad como un mal necesario, y mirar profundamente en los ojos de aquella durísima norteña y saber que, por un milisegundo, durante el tiempo que había tardado la bala en deslizarse como una góndola por los canales de mi hipotálamo, nos habíamos entendido.
No podía durar para siempre. A veces la música logra hacerte creer que no estás solo. A veces lo hacen las drogas, o alguna charla especial. Yo lo logré a través de mi queridísima Irja.
Y así fue como todo terminó. Ella, sin aire, muerta de miedo. Angustiada. Dubitativa, desolada, descompuesta y atascada. Los dedos de su mano izquierda ligeramente quemados por el fogonazo. La melena totalmente despeinada por la acción desenfrenada de su otra mano.
Yo, sin vida. Un agujero en la cabeza, la sangre brotando de la mortal herida. Sin embargo, una sonrisa en mi rostro. Mi cuerpo reposaba todavía en una silla de ruedas de la que no me podía mover desde hacía años. Tetraplejia completa, apenas tenía movilidad del cuello para arriba. Dolor. Una prisión.
No sé si llegué a quererla nunca. Sin embargo, al matarme, me aseguré sin lugar a dudas de que ella me querría, si no siempre, hasta el momento en que alguien se atreviera a volarle la tapa de los sesos.
Entre ficciones y rutinas, entre sentimientos y consciencias, entre bambalinas y barómetros, Irja y yo encontramos la comprensión. Lo llamaría amor, pero sería un insulto. Porque no terminó con la necesidad, ni siquiera terminó.

Así que, con mucho cuidado, me levantó en vilo y me sentó en una mesa de la cocina. Cortó mi cabello, me arregló el cuello de la camisa, y, antes de irse, con su dedo índice izquierdo, tembloroso a causa del revólver y la situación, acarició el contorno de unos labios que se enfriaban por momentos. No me besó, porque hasta en los últimos momentos fue ella misma, y besar a un muerto está mal. Pero, sin lugar a dudas, mientras la suavidad de su dedo serpenteaba por mi rostro, sin responder ante las leyes de la física, en mis labios cortados se formó la palabra Irja, mi salvadora: la única razón para lamentar, mínimamente, mi propia muerte.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Dormir

Para Rocío,
porque estaba asustada

Dormir. Una relación de prelapsos, postlapsos y simples lapsos en la respiración, un vaivén constante del pecho y una expresión facial vacía de todo contenido. Miento: no está vacía de todo contenido, pero sí está desprovista de toda falsedad -hasta los empresarios parecen humanos cuando cierran los ojos y se abandonan al vendedor de arena.
Dormir; dormir es importante. En todo lo que llevamos de evolución, el proceso ha sido básicamente el mismo: te tumbas paralelamente al suelo, cierras los ojos, con más o menos sueño, y en un tiempo comienzas a hilvanar pensamientos cada vez más absurdos, que se entrelazan y ascienden en la escala del dadaísmo hasta el portal del sueño.
Rocío está tumbada paralela al suelo, tiene los ojos cerrados, su (hermoso) pecho sube y baja tranquilamente y, sin embargo, no duerme. No podría aunque lo intentase, pero sabe que no debe hacerlo. Está ahí siendo objeto de examen médico, en un sótano de un viejo hospital semi abandonado. Oh, por supuesto que es un procedimiento rutinario: nada de monstruos, OVNIS o películas de terror barato, sino un simple análisis de su salud -nada más tranquilizador, ¿no?
No.
Rocío no está tranquila, aunque intenta repetirse una y otra vez que está bien, que no hay nada de preocupante en ello y que es normal que esté algo asustada. El sonido de la resonancia llena el ambiente y hace que piense en la inmensidad silenciosa del espacio exterior, un mantel negro moteado de manchas de salsa carbonara luminosas que en realidad son gigantes de dimensiones que su cerebro no está preparado para comprender a distancias que no puede imaginar. Se retrotrae a ese rinconcito de su alma donde reina la paz y la serenidad, donde las cosas son armónicas y los cuerpos sufren un vaivén simétrico, como la respiración de quien duerme tranquilo.
Pero el sonido de la resonancia es más fuerte, su respiración no es simétrica y se entrecorta, y nada más fácil que imaginar en el espacio tranquilo un espejo de la propia insignificancia, o terrores oscuros de colores vivos que probablemente no podría describir, escondidos en ecuaciones sobrias y elegantes cuya complejidad refleja cuán poco sabemos realmente del tema.
Rocío intenta zafarse de esos pensamientos, corre alocadamente por el bosque de espinos en que se ha convertido su rincón de paz y cruza varios jardines antaño verdes y floridos que se desaturan a su paso. Quiere escapar de la negrura definitiva, de la desesperación humana ante la inmensidad, de las enumeraciones de un autor aburrido y poco inspirado. Cruza puentes hechos de dudas sobre ríos y océanos de incomprensión, conoce a extraños de todas las culturas, colores y tamaños; escribe versos sentada en la orilla de una playa y alza la vista para ver el sol ponerse, y entonces se da cuenta de lo que es obvio para los señores doctores que hurgan en su actividad cerebral.
Se ha dormido, y vuelve a respirar tranquilamente.

martes, 4 de febrero de 2014

Un zorro del siglo XX

Para Guillem, 
que es grande, fuerte y guapo

Bajo la planicie nevada habita un zorro, astuto y malintencionado como todos los zorros. Su casa, construida en una gruta del terreno, tiene unas vistas preciosas al deshielo del río que corre por los alrededores, de los bosques colindantes y de las montañas eternamente blancas -aunque todavía hace frío, tanto que los niños de la zona no van al colegio algunos días.
El zorro vive solo. Hace tiempo que su mujer se fue lejos, al otro lado del río, de los bosques y de las montañas, y le dejó tristón y desanimado. Por aquel entonces, el río era fluido, y el paisaje ofrecía muchos colores que observar: amarillos, rojos, marrones. Colores llamados cálidos, que se fueron con ella.
Y entonces llegó el frío.

Un día llamaron a su puerta los primeros brotes de la primavera. Literalmente: dicen, cuentan -no consta que sea cierto en ninguna parte- que en algunas regiones del norte no sólo los animales hablan y caminan sobre sus patas traseras, trabajan y visten con elegantes abrigos de gamuza; ¡sino que incluso algunas plantas se han cansado de quedarse quietas y aburrirse todo el día! Así, al abrir la puerta se encontró a tres elegantes señores lirios que pasaban por allí.
-Buen día tengan ustedes -dijo el zorro, que hacía tiempo que no se afeitaba y debía oler bastante mal...
-¡Buen día! Representamos a una empresa de abono fértil para jardines -y, añadieron-. ¡Fíjese, fíjese en qué pétalos más carnosos, en esta época del año! -le invitaban a tocarlos, y eso hizo. En efecto, se trataba de los pétalos más carnosos que había visto en mucho tiempo, por lo que no perdió el tiempo y se los comió (nadie visitaba al zorro normalmente, por lo que tenía los modales un poco olvidados).
Con todo ello, el zorro pretendía haber acabado con los visitantes inoportunos; pero en cuanto alzó la vista se encontró con todo un enjambre de lirios que parecía haber invadido su jardín, apartando la nieve y plantándose en el frío suelo.
El zorro montó en cólera: -¡Exijo ver a vuestro jefe! -chilló.
Pronto se acercó un lirio como cualquier otro, ni más grande, ni más pequeño, ni más carnoso. El zorro le preguntó qué hacían allí.
-Oh, hemos venido a su jardín a petición de Miss Foxie. ¡Esto es un regalo! Además, ofrecemos una promoción de abono para claveles...
-Un momento, ¿quién es Miss Foxie?
-Una cliente, y este es su regalo. Je. Debe tenerle en alta estima, porque esto no es precisamente barato...
Así que el zorro se comió al lirio. No sólo a ese lirio, se comió media docena de los mismos antes de darse cuenta de que no paraban de llegar y que nada conseguiría de esta manera.
-Es usted un desagradecido. No nos iremos de aquí hasta que no vea nuestras ofertas y atienda a razones- dijo alguien.
-Gracias, pero ya he comido -y se lo zampó.

El zorro esperaba que los lirios se fueran pasado un tiempo, pero a veces cuando llega la primavera y el clima empieza a mejorar es todo lo demás lo que empeora. Los lirios no se iban. Es más, parecían mucho más cómodos que antes, y el asunto empezaba a atraer a otras plantas del lugar: rosales, crisantemos y un roble perdido que pasaba por allí. Este último le dijo al zorro:
-Hey, Foxie, ¿qué tal?
-¿Foxie? ¿Conoces a Foxie?
El roble se reía.
-¡Pues claro que conozco a Foxie! ¡Estoy hablando con él!
Entonces le explicó que había un país en el norte que estaba dominado por unos animales que parecían ser parientes del mono y que tenían los dientes amarillos y mal colocados. Sus hembras, continuó, se asemejaban las veces a caballos, y hacía tan mal tiempo que decenas de especies de animales habían decidido huir del país desde la llegada de los animales de dientes dispares, y aún seguían haciéndolo. Dichos animales de dentadura angosta eran, dicho sea de paso, los únicos que parecían encontrar placer en el clima del lugar.
Las gentes del lugar llamaban a los zorros foxes, le explicó pacientemente al ver que al zorro le parecía muy bien la lección de geografía, pero no entendía nada.
-¿Y dónde queda esa tal Inglaterra? -preguntó.
-Más o menos por ahí. No, no, ¡no por allí! Por ahí -dijo el roble, que empezaba a darse cuenta de lo difícil que es dar indicaciones si no tienes brazos y no te preguntan por la catedral.
Miró en esa dirección: pasado el río, los bosques y las montañas. El árbol le había dicho que ese lugar estaba rodeado de agua por todos lados, más agua de la que el zorro había visto nunca, que no podía beberse y que no se congelaba por muy frío que fuese el invierno.
Así que el zorro decidió que quería ir a ver a Miss Foxie y pedirle explicaciones; cerró la casa, echó un poco de sal sobre la tierra y se fue.